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Por un Congreso del Cine Español


Es el momento. No se puede esperar más. La situación ha llegado a alcanzar una gravedad especial. La visible caída de espectadores en el primer semestre de este año, el fuerte descenso de los rodajes durante el mismo periodo (solo 43 largometrajes, un 26% menos que en 2012 y un 56% inferior a la cifra de 2011), el paro galopante entre la profesión, la incertidumbre que existe respecto a las ayudas públicas, la inoperancia de la Comisión creada por la Secretaría de Estado de Cultura, el mantenimiento del IVA en el 21% y de la piratería, la desaparición de la emblemática distribuidora Alta Films, incluso la dimisión del presidente de la patronal de los productores… Todo parece haberse confabulado para dejar al cine español bajo mínimos extremos. Por lo tanto, hay que reunirse, hay que hablar, hay que discutir, hay que reflexionar. Nunca como ahora ha hecho tanta falta la celebración de un Congreso del Cine Español, donde todo se pueda poner sobre la mesa.

Lo propuso ya José Luis García Sánchez en la reciente Asamblea de la Academia de Cine. Con el apoyo de los asociados presentes, se encomendó a la Junta Directiva de la entidad que estudiara la posibilidad de convocarlo en un plazo de tiempo razonable. No que lo organizara (para lo que la Academia no tiene recursos humanos ni económicos, ni probablemente sea su papel), sino que convocase al sector, a través de sus diversas asociaciones representativas, con el fin de que se pronunciara sobre la oportunidad y viabilidad de este Congreso. En el caso de que la respuesta fuese afirmativa, se trataría de formar un Comité Organizador, que habría de ocuparse de estructurar el encuentro y dotarlo de los necesarios soportes de todo tipo. Contando, además, con los partidos políticos, sindicatos, organismos de las Comunidades Autónomas y restantes “agentes” que participan en el tema. Nada especial cuando se trata de un Congreso global de estas características, con sus correspondientes áreas de estudio, comisiones y puntos de debate.

En la historia del cine español, existen precedentes que animan a llevar a cabo la propuesta, caso de las Conversaciones de Salamanca en 1955 o el Congreso Democrático del Cine Español en 1978, que dio origen en parte a la mal llamada “ley Miró”. Se trataba también de momentos excepcionales como el de ahora, en que –por uno u otro motivo– se respira la necesidad de que todo el mundo ponga las cosas en claro y busque soluciones a corto, medio y largo plazo. Sobre todo en un tiempo en que el terreno del cine ya no es tan específico, sino que se extiende a todo el ámbito audiovisual por el protagonismo que, respecto a él, han adquirido las televisiones.


Veremos qué sucede. Mientras este Congreso sale (o no) adelante, tengan ustedes unas buenas vacaciones.

Publicado en "Turia" de Valencia, julio de 2013.

La vida es una película mal montada


Creo que era Godard quien decía que “el cine es la vida a veinticuatro imágenes por segundo”. Más allá de la “boutade”, muy típica de los autores de la “Nouvelle Vague” francesa, la frase nos sitúa en un terreno prometedor: el de las relaciones entre lo que acostumbramos a llamar “vida” y un arte como el cinematográfico. Una relación llena de sobresaltos, de avances y retrocesos, de frecuentes cambios, de una dialéctica no siempre fácil de percibir y analizar. Entre otros factores, porque la vida la experimentamos en nuestro propio cuerpo, en la experiencia diaria, mientras que el cine lo contemplamos en una pantalla como algo que les sucede a otros, ajeno a nosotros mismos. El “milagro” se produce cuando interiorizamos aquello que estamos viendo, cuando, paso a paso, imagen a imagen, va formando parte de esa vida personal. Es el signo distintivo de las obras maestras, de las que no solo dejan un poso en nuestras conciencias, sino que se incorporan a ellas de manera indeleble.


Prefiero, por tanto, a la de Godard la frase de Fernando Trueba que encabeza este texto: “La vida es una película mal montada”. Exacto, porque ahora esas relaciones las contemplamos desde el ángulo inverso, donde el punto de comparación ideal es un film y debe ajustarse a él la peripecia vital. Evidentemente, una película es revisada una y otra vez en la sala de montaje hasta que se encuentra el ritmo adecuado, la progresiva sucesión de secuencias, los momentos decisivos que van marcando el relato. Mientras que en la vida no nos es posible hacer lo mismo, y a menudo los hechos nos suceden de forma inesperada, compulsiva tantas veces, cuando no atrabiliaria. Es “la realidad al galope” la que nos domina, sin que casi nunca seamos capaces de embridarla para darle un sentido; lo más que solemos lograr en encauzarla mínimamente para que podamos soportarla, para que no nos asfixie en su demasía. Quizá porque, como nos avisó Gil de Biedma, “que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde”. Quizá tan tarde como cuando ya es inminente el hecho de la muerte, cuando ya va a cesar su margen de disfrute.

De ahí que no haya que confundir el cine con la vida, porque –por más que nos esforcemos en evitarlo– siempre esta será una película mal montada… Y eso que el cine lo ha intentado a fondo y de muy diversas maneras, especialmente en la década de los veinte del pasado siglo, cuando todas las posibilidades parecían abiertas, llevados sus defensores de la fascinación ante el nuevo arte. Sería el momento de la “cámara-ojo” de Dziga Vertov (resucitada años más tarde por el “cinéma-verité”), de las teorías del montaje propiciadas por Eisenstein y Pudovkin, de las búsquedas de los expresionistas alemanes y de los surrealistas franceses. El cine podía traernos o devolvernos la vida, incluso con mucha mayor potencia que ella misma; era susceptible de desvelárnosla con más claridad y precisión de la que emergía de nuestra mirada, de nuestra propia experiencia. O bien porque la cámara se ofrecía como un testigo privilegiado, susceptible de alcanzar cotas a las que el espectador no llegaba por sí mismo, o bien porque la intermediación del autor conseguía que la realidad se nos ofreciera con una nitidez y una luminosidad que deslumbraba positivamente a ese espectador. El cine parecía capaz de todo, como reflejaba –entre tantos otros– Antonio Espina en su artículo “Reflexiones sobre cinematografía” publicado por “Revista de Occidente” en enero de 1927: “En el porvenir, cuando el progreso técnico haga posible la exacta traducción visionaria al mundo exterior de nuestros ensueños y fantasmas, el cine habrá absorbido no solo casi todo el teatro, sino la principal sustancia de las demás artes. Y su radio de acción en nuestra conciencia será enorme”.

Pasada esta etapa de deslumbramiento, comenzó a afianzarse la idea de que el cine es ante todo representación, de la vida, de sus deseos y frustraciones, también de sus componentes irracionales. Siempre he considerado “sospechosa” la teoría que identifica al cine con el sueño, la experiencia cinematográfica con la onírica. No, por el contrario considero que el cine nos despierta a la realidad, nos mantiene muy conscientes y vigilantes ante ella, nos hace abrir los ojos al máximo para percibirla en toda su intensidad. ¿Ello significa una apuesta excluyente por el realismo en la expresión estética? En absoluto, ya Buñuel sostenía que “los sueños hay que filmarlos como si fueran algo real, cotidiano”, porque precisamente así es cuando adquieren toda su fuerza y dimensión.

Y la ficción, la representación, resulta imprescindible para llegar al adecuado conocimiento de las cosas. Lo expresaba muy bien Jorge Larrosa en su aportación al libro “Palabra y ficción”, editado por Joaquín Esteban Ortega para la Colección Seminarium de la Universidad Miguel de Cervantes: “Podríamos decir que, para nosotros, la lucha por la verdad se juega en la ficción o, mejor, entre las ficciones. Podríamos decir que, para nosotros, hay algunas ficciones que son necesarias, precisamente, para que esa gigantesca ficción que se nos impone no sea la única ficción. Para que existan ficciones que nos ponen en una relación otra, más verdadera, con el mundo, con lo real, con lo que somos y con lo que nos pasa, con la vida, con los otros, con nosotros mismos”. Verdad, ficción, realidad, vida…, palabras mayores que exigirían varios tomos para desarrollarlas en profundidad. Palabras que también protagonizaron el estupendo diálogo entre Mario Camus y Gustavo Martín Garzo que tuve ocasión de “moderar” el pasado verano en los Cursos de Urueña, y en el que libros y películas como “conductores” de la realidad acabaron por convertirse en protagonistas.

Quizá por el decisivo papel que llegó a tener para el imaginario colectivo de nuestra generación, confundimos demasiado tiempo el cine con la vida, un tanto a la manera de lo que expresaba Godard en la frase del comienzo. Tardamos en darnos cuenta de que la realidad no se reducía a hora y media o dos horas, que las alegrías y las tragedias, los conflictos y los problemas no se presentaban con la ordenación de un guion ni se arreglaban en tan escaso periodo de tiempo. Hay, en este sentido, una muy significativa secuencia de Total, la espléndida TVMovie de José Luis Cuerda, cuando todo el trayecto sentimental de una pareja, desde el enamoramiento hasta la ruptura, se ofrece en una sola secuencia, a través de un “travelling” que sigue a esa pareja en todo su itinerario sentimental. Es como la reducción al absurdo, la visión humorística, de esta confusión entre realidad y cine que tanto desconcierto nos ha ocasionado. No estoy hablando de fáciles mitificaciones ni de simples procesos de identificación, sino del desengaño producido al irnos dando cuenta de que todo resultaba infinitamente más complejo e inaprensible y de que, sobre todo, el tiempo de la pantalla nada o muy poco tiene que ver con el real de nuestra vida.

En modo alguno se deduzca de ello la no existencia de esa profunda interrelación entre el cine y la realidad. El primero puede llegar quizá no a transformarla, pero sí a clarificar e incluso a modificar su dinámica, y con ella la nuestra, como ha quedado patente en numerosos procesos sociales, en momentos de cambio dentro de la sociedad. Ha sido entonces cuando el cine, y más tarde también la televisión, han demostrado fehacientemente su potencia, su gran margen de actuación sobre la vida colectiva. Un ejemplo evidente lo tenemos ahora mismo: una amplia serie de títulos, entre los que figuran los documentales Inside Job, de Charles Ferguson, o Capitalism: A Love Story, de Michael Moore; y, en el terreno de la ficción, Margin Call, de J.C. Chandor; The Company Men, de John Wells; Une vie meilleure, de Cédric Kahn, o Le capital, de Costa-Gavras (cuyo banquero protagonista se jacta de ser una especie de Robin Hood al revés, “quitando el dinero a los pobres para dárselo a los ricos”), nos hablan de la actual crisis económica con una certeza que supera nuestra propia percepción de la realidad. Así ha sido a lo largo de la Historia desde que el cine nació a finales del siglo XIX, demostrando sin cesar su voluntad de intervenir, a través de un medio u otro, en las sucesivas circunstancias de las que iba siendo coetáneo.

Si hablábamos antes del tiempo vital y del tiempo fílmico, hay que dejar constancia de que el cine es, “per se”, un arte del tiempo y, por extensión, tal como acabamos de ver, de los tiempos con los que coincide. En este sentido, me parecen muy valiosas las palabras de Patxi Lanceros en su ensayo para el ya citado libro “Palabra y ficción”, aunque él las aplicase al mundo helénico: “Trágico es el paso del tiempo; trágico el lugar y el momento, entre dos tiempos, en los que uno y otro chocan, como dos placas tectónicas, produciendo cataclismos, maremotos y terremotos cuyas consecuencias, a veces, se prolongan. En el tiempo (…) En Grecia, en unos agitados años, se produjo una de esas trágicas colisiones. Quedan monumentos que dejan rastro escrito, memoria o leyenda del momento y del proceso. Nos siguen incitando, nos siguen inquietando. Por pasar el tiempo”. También el cine ha dejado, deja y dejará “monumentos” para la posteridad, servirá para marcar la memoria de esos “choques de tiempos” de que habla Lanceros. Porque su huella resultará imborrable para el proceso de conocimiento de las generaciones futuras. Porque, ya sea a través de relatos ficcionales o de la captación directa de la realidad, las imágenes remitirán siempre a quienes fuimos, a cuanto anhelamos, a todo aquello en que volcamos positivamente nuestros empeños o que nuestras frustraciones y fracasos no nos permitieron llegar a conseguir.


En definitiva, con la vida hacemos cine y con el cine hacemos también la vida, en un incesante flujo de interconexiones ante el que las artes, en su conjunto, suponen un factor privilegiado. Aunar ambos elementos es el papel fundamental de la cultura, del completo y complejo sistema de signos que logre hacernos cada día más conscientes del mundo en que vivimos, y también a quienes lo recibirán como herencia. Sin el cine, sin el arte, sin la cultura, esa vida presente y futura se nos escaparía irremediablemente como agua entre los dedos.

(Texto publicado en el libro "El imaginario cinematográfico y la sociedad hipermoderna", editado por la Universidad Miguel de Cervantes, 2013).

Esto no es una película española



Secuencia 28. Interior de autobús. Día.

En el autobús repleto de gente, él y ella van hablando. Él se ha quitado la chaqueta debido al calor, pero mantiene la corbata, que ha desanudado. Ella va vestida algo más informal, pero también con ropa cuidada. Son jóvenes, unos treinta años. Se diría que pertenecen a una de las grandes empresas que abundan en la zona. Su conversación tiene un poso de angustia, de incertidumbre. La voz, baja. La mirada, un tanto perdida.

ELLA.- ¿Crees que nos echarán mañana mismo?

ÉL.- No, me parece que esperarán hasta el lunes. No es fácil echar a tanta gente al mismo tiempo.

ELLA.- ¿Por qué? En muchos otros sitios lo están haciendo…

ÉL.- Me figuro que tienen que ir uno por uno, explicándoles la situación en que se quedan. Pero a lo mejor tienes razón…

ELLA.- ¿Y tú?

ÉL.- No, a mí seguro que me echan mañana, somos menos que en tu departamento. Ya nos lo han dicho.

ELLA.- Bueno, si llego al lunes, es que tengo un par de días más de trabajo…

ÉL.- ¿Y qué vas a hacer luego?

ELLA.- No tengo ni idea, cobrar el paro, tratar de irme fuera, a otro país. Aquí no hay nada.

ÉL.- Tendremos que volver a empezar de becarios, de buscar algo en prácticas…

ELLA.- Pero ya no vamos teniendo edad…

ÉL.- ¿Y qué quieres que hagamos?


No, esto no es una secuencia de una película española, sino un diálogo real escuchado en un autobús que circulaba por el madrileño Paseo de la Castellana un caluroso jueves de finales de junio. No, el cine español –sobre todo, el de los guionistas y directores más jóvenes– no habla de estas cosas, de cuanto está sucediendo todos los días, que parece feo y molesto tratarlo, ya no estamos en los tiempos del “realismo social”.

No, no es una secuencia de una película española. Lo que ahora se lleva es el “género”, lo “fantástico”, niños que surgen de las tinieblas del pasado, fantasmas de madres muertas, bosques umbríos, zombis, epidemias cósmicas, el fin del mundo… Habrá quien quiera ver en ello una dimensión metafórica de la situación actual, pero me temo que se debe más al escapismo, a la pereza de enfrentarse de manera consciente a la realidad y, también, al deseo de hacerse una carrera al estilo “serie B” de Hollywood por si así “me llaman de Los Angeles”, mientras se cuenta, además, con la aprobación de una crítica complaciente.

No, no es una secuencia de una película española. Es un diálogo auténtico en un autobús que podrían ser otros muchos lugares. Es, como diría Horacio, la realidad que siempre se lanza sobre nosotros al galope.

Publicado en "Turia" de Valencia, julio de 2013.

La marcha triunfal de Aida



Tan solo era una adolescente de 14 años cuando Fernando Trueba la eligió para El embrujo de Shangai, en el papel de Susana, por el que llamó poderosamente la atención. Poco después, sería Fernando León quien viera en ella a la Nata de Los lunes al sol. Algo había en esta chica que le hacía diferente de las muchas de su edad que pululaban por los platós de cine y televisión, algo que conseguía que el espectador se fijase en ella en cuanto aparecía en la pantalla. Simplemente, era distinta. ¿Se debería a sus ojos un tanto rasgados, a una mirada que irradiaba sinceridad o al erotismo juvenil que desprendía? Tenía que ser algo más profundo que esas características físicas, sin duda importantes pero no definitivas. Quizá es que ya desde entonces, a principios de la década del 2000, se veía en Aida Folch el sólido proyecto de una excelente actriz.

Otros títulos posteriores lo fueron demostrando poco a poco: La mirada violeta, Salvador, Las vidas de Celia o, muy especialmente, la demasiado poco conocida 25 kilates, de Patxi Amézcua, por cuya Kay (que Aida Folch definía como “una buscavidas”) logró en 2009 la Biznaga de Plata a la Mejor Actriz en la sección ZonaZine del Festival de Málaga. Pero no solo eso, por medio hubo cursos de preparación con Cristina Rota y Juan Carlos Corazza, o su trabajo teatral con Lluis Pasqual en “Roberto Zucco”, lo que demuestra inteligencia a la hora de ir elaborando una trayectoria interpretativa. Que ganaría gran popularidad con su Françoise Alcántara, la hija francesa de Juan Echanove, el personaje de la serie “Cuéntame” al que supo aplicar sentido del humor y de la rebeldía en una época poco propicia para uno y otra.

Y así hasta llegar al resonante éxito de su Mercè en El artista y la modelo, de nuevo con Fernando Trueba, que –además de la nominación a los Goya– le ha hecho ganar diversos premios, entre ellos el de “El Ojo Crítico” de Radio Nacional de España que realza la labor de jóvenes profesionales, y en cuyo Jurado tuve ocasión de participar, o el que ahora le concede con justicia la Turia. Quedan por llegar a las salas El amor no es lo que era, de Gabi Ochoa, y a los televisores la biografía de Vicente Ferrer, en la que, acompañando a Imanol Arias, interpreta a su mujer, Anna. Seguro que está bien en ambas.

Seguridad que proviene de una carrera en ascenso y en la que la fuerza expresiva, la pasión y ese rictus como de enfurruñamiento ante la adversidad surgen como características dominantes en la labor de Aida Folch. “El cine me ha salvado un poco la vida”, tras “una infancia difícil”, ha asegurado –un tanto dramáticamente– esta sagitario que se esfuerza por evitar su fama de impuntual, que se aficionó al cine viendo Dirty Dancing, a la que le gustan las películas de Ken Loach, admira a Kate Winslet o Claudia Cardinale y confiesa su “amor platónico” por Johnny Depp. Hablando cinco idiomas (El artista y la modelo la ha hecho, como es bien sabido, en francés), viajera impenitente, incluso ya con dos cortometrajes dirigidos, Estrellas y Ella, esta joven actriz nacida en Reus y de solo 26 años tiene todo el futuro por delante, siempre que –según desea fervientemente– le “lleguen buenos papeles” y sepa rodearse de los directores adecuados. Si es así, contemplaremos una indudable “marcha triunfal” de Aida Folch.

Publicado en el Extra Premios Turia, de "Turia" de Valencia, julio de 2013. 



Los chicos de la foto



Así se llamaba el ciclo que –en 1986, su primer año como director del Festival de San Sebastián– inventó Diego Galán, en lo que habría de ser una de las muestras más imaginativas celebradas por un certamen español. Veintitrés películas lo componían, firmadas por quienes, en noviembre de 1972, habían acompañado a Luis Buñuel en la comida que le ofreció George Cukor en su casa de Beverly Hills, con motivo de la proyección en Los Angeles de El discreto encanto de la burguesía. Además del anfitrión, esos comensales fueron Alfred Hitchcock, Rouben Mamoulian, Robert Mulligan, George Stevens, Billy Wilder, Robert Wise y William Wyler, junto a Serge Silberman, productor del film, que ganaría el Oscar al Mejor de Habla no Inglesa, su coguionista Jean-Claude Carrière y el hijo menor de Buñuel, Rafael. En la sobremesa, posaron para la famosa foto que Marv Newton les hizo, y que inspiró el ciclo de San Sebastián, en la que faltaba John Ford (obligado a marcharse antes debido a su delicado estado de salud), como tampoco pudo estar Fritz Lang, recluido en casa por grave enfermedad.

Ahora, Manuel Hidalgo se ha basado en esta misma foto para escribir “El banquete de los genios. Un homenaje a Luis Buñuel”, aprovechando hasta el menor resquicio de esa imagen para dar origen a un singular libro de 346 páginas (Ed. Península). Soportado por un enorme despliegue documental, pero de escritura ágil y amena, con la figura de Buñuel –y en especial El discreto encanto de la burguesía– como columna vertebral del relato, “El banquete de los genios” nos va llevando a la personalidad y obra de los cineastas citados, con la capacidad informativa del buen periodista que es Manuel Hidalgo (también novelista y guionista). La estructura de su libro semeja a la de un racimo de cerezas, donde la habilidad del autor logra que una conduzca a la otra con fluidez, hasta ofrecer el retrato de un auténtico Olimpo cinematográfico, ya casi irrepetible con nombres de tan alto nivel. Se diría que incluso el título del volumen, que nos remite al “Banquete” platónico, se mueve en esa órbita de la excepcionalidad del encuentro.

Parece que no lo fue tanto para el propio Buñuel, que describió la comida de esta manera en su autobiográfica “Mi último suspiro”: “Se celebraba en mi honor una extraña reunión de fantasmas que nunca se habían encontrado así reunidos y que hablaban todos de los ‘good old days’, de los buenos tiempos”. Igual que, al aceptar el brindis de confraternización que hizo George Stevens, respondió “bebo, pero me quedan mis dudas”…, porque se sentía “siempre receloso de la solidaridad cultural, con la que siempre se cuenta demasiado”. Cosas de genio (en el doble sentido de la palabra). Para más detalles, lean atentamente el libro de Manuel Hidalgo.

Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2013

La quiebra del modelo francés


No hay debate sobre el cine español en el que alguien –recordando viejas palabras de Berlanga y Aranda– no suelte la “gracieta” de que la única Ley que necesita nuestro cine sería la que hiciera una secretaria traduciendo la Ley francesa… Lo primero que hay que contestar es que no existe como tal una “Ley francesa”, sino que se trata de una normativa compuesta por una serie de reglamentaciones dispersas en el tiempo, alguna de ellas datada incluso en 1946, cuando Europa se disponía a hacer frente a la avalancha norteamericana que siguió a la II Guerra Mundial. Lo segundo, que cada país tiene unas características culturales, sociales y económicas diferentes de las de los otros, por lo que no resulta fácil “importar” un modelo por las buenas. Tercero, que en sus criterios básicos la legislación cinematográfica española tampoco se halla tan alejada de la francesa, basadas ambas en el principio de la “excepción cultural”, como garantía de la “diversidad cultural” frente al imperio de Hollywood. Ese mismo principio con el que pretende terminar el próximo Tratado de Libre Comercio, ante la ambigüedad e indecisión de Bruselas en defenderlo, aunque el voto del Parlamento Europeo sí acaba de apoyarlo al pedir la exclusión de los servicios audiovisuales en ese Tratado.

Paradójicamente, mientras aquí muchos (productores, en especial) siguen dando la tabarra con el “modelo francés”, allí las cosas se ven de otra manera, como ha quedado patente en el recién terminado Cannes. No lo digo, claro, por la merecidísima Palma de Oro de La vie d’Adèle, un premio que Francia no lograba desde hace cinco años con La clase, sino por el estado de opinión que se desprendía de reportajes periodísticos, mesas redondas y encuentros varios. En concreto, el diario “Libération” dedicaba portada y cuatro páginas al tema el mismo día de la inauguración del Festival, bajo el expresivo título de “Cine francés: enfermo, pese a su buena salud” y el sumario “Económicamente en forma, el sistema actual privilegia a las grandes producciones en perjuicio de los presupuestos modestos. Y provoca inquietud”. Frases que confirmaba, incluso con pareceres más rotundos, una encuesta con seis cineastas galos. ¿Causas? Que el “modelo” vigente desde la década de los 80 se está quedando obsoleto, que la financiación depende en exceso de las televisiones, que el poder de las multinacionales resulta asfixiante, que las grandes “estrellas” cobran sueldos desmesurados, que crece la piratería, que peligra la producción media… Nada que no se pueda solventar si se aplican a tiempo medidas correctoras sobre el sistema.


Les suena, ¿verdad? Es lo que deberíamos hacer con Ley del Cine española, que tanto trabajo costó sacar en diciembre de 2007: desarrollarla bien y aprovecharla al máximo, extraerle todas sus muchas posibilidades, en lugar de estar siempre en la boca con el sambenito del “modelo francés”.

Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2013

Hay que cambiar de discurso


No soporto ya más el tono lastimero de las gentes del cine español. Otra cosa es la protesta, la reivindicación, la exigencia. Porque tienen razones de sobra para hacerlas: el absoluto desprecio de este Gobierno hacia la cultura, la brutal subida del IVA desde el 8 al 21% en el precio de las entradas, el vertiginoso descenso del Fondo de Protección a la Cinematografía (a 39 millones, cuando según la Memoria Económica de la Ley de diciembre de 2007 tenía que llegar a los 100 millones), la no convocatoria de numerosas ayudas, la paralizante indefinición en que en estos momentos se debate el sector… Motivos existen más que suficientes para “levantarse en armas”, para resistir y hablar bien alto y claro, pero no a base de lamentos plañideros ni de gestos de que somos muy buenos para que nos concedan unas migajas. Gracián ya dejó sentado que “la queja trae descrédito”, y no lleva a ninguna parte seguir por ese camino, que solo conduce a que el poder se muestre en ocasiones benevolente y disfrace de palabras retóricas lo que no es más que vacío y desprecio respecto a quienes no considera de los suyos.

Creo, por tanto, que hay que cambiar de discurso: oponer la creatividad a la hostilidad; rebelarse haciendo aquello que no quisieran que hiciéramos; mantener una actividad máxima, precisamente porque están tratando de que desaparezca. El cine español ha pasado por etapas todavía peores que esta, sobre todo la larguísima del franquismo con su censura omnipotente. Pero nuestro cine sobrevivió y logró ir creciendo. Aprendamos de ello y sepamos adecuarlo a los tiempos actuales. Si hay que rodar películas de bajo presupuesto, se ruedan (ya se están rodando). Si hay que inventar nuevos métodos de financiación, se inventan (ya se están inventando). Si ante el cierre de distribuidoras y pantallas, hay que ensayar sistemas distintos de comercialización, se ensayan (ya se están ensayando). Todo menos quedarse esperando las limosnas oficiales o televisivas, todo menos limitarse a poner gesto de disgusto o de fastidio. Hagamos, aunque sea en condiciones muy difíciles. No podrán con el cine español: la creatividad, la imaginación, la lucidez, siempre serán más fuertes que ellos en su mediocridad e inopia. No se trata de ningún triunfalismo voluntarista; la Historia demuestra que es así.


Ya se ha dicho muchas veces que “el pesimismo es reaccionario”, que acaba siendo una forma de escaparse de la realidad que conduce a la inacción y a la parálisis. Optemos por lo contrario, por la vitalidad y la creencia en sí mismos, aunque todo esté en contra, por más que el ambiente nos invite a la dejadez y al abandono. Han de surgir voces nuevas, propuestas diferentes, soluciones alternativas y llenas de vigor. De lo contrario, parafraseando el título de una conocida novela, “nos matarán lamentándonos”.


Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2013

El Jurado de Cannes confirma los pronósticos



Como sucedió hace tres años con ‘Tío Boonmee, que recuerda sus vidas pasadas’, España vuelve a llevarse un trocito de Palma de Oro con la tan justamente obtenida por ‘La vie d’Adèle’. Gracias a la participación financiera de Andrés Martín (Vértigo Films), algo de ese máximo premio de Cannes tiene que ver con nuestro país, en un año en el que precisamente apenas ha estado representado. La excelente película del tunecino afincado en Francia Abdellatif Kechiche, centrada en la pasión amorosa de dos mujeres, partía como favorita en todos los pronósticos, y el Jurado presidido por Steven Spielberg ha venido a confirmar lo que era el sentir general. Así lo demuestra también el que haya logrado el Premio de la Crítica Internacional (FIPRESCI), en una coincidencia que no suele producirse. Una vez más, hay que insistir en que ‘La vie d’Adèle’ ha sido la “película del Festival” y con esta consideración quedará para el futuro.

Conviene señalar, por si no se sabe suficientemente, que –según establece el reglamento del certamen– la película que obtenga la Palma de Oro no puede figurar en más ocasiones dentro del palmarés, al entenderse que su valía se extiende a todos los apartados del film. De ahí que sus actrices, y en especial la gran revelación que supone Adèle Exarchopoulos, no hayan obtenido el Premio a la Mejor Interpretación Femenina, que ha recaído en la también notable Bérénice Bejo de ‘Le passé’ (¿la recuerdan como la fan/estrella de ‘The Artist’?), del iraní Asghar Farhadi. Ya sucedió el pasado año con Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva en ‘Amour’ y, lo mismo que entonces, el Jurado ha querido asociar el nombre de las protagonistas a la Palma de Oro, queriendo así dar el relieve que merece su trabajo.

También los otros dos títulos que citábamos ayer como “fijos” en las quinielas, han quedado ratificados en el palmarés: ‘Inside Llewyn Davis’, de los hermanos Coen, con el Gran Premio del Festival –segundo en importancia– para una obra que sabe reflejar el ambiente musical del Greenwich Village neoyorquino a comienzos de la década de los sesenta a través de la historia de un perdedor; y ‘A Touch of Sin’, de Jia Zhangke, cuya acerado retrato de la China actual se ha visto recompensado con el Premio al Mejor Guion. Mientras que también hacia Oriente, Japón en este caso, se ha ido el Premio del Jurado para ‘A tal padre, tal hijo’, donde Hirokazu Kore-Eda demuestra su conocimiento del mundo infantil, aunque en este caso el protagonismo recaiga sobre unos padres que se enteran de que su hijo no es biológicamente suyo. Y para que las recompensas a las cinematografías orientales no quedasen en estos dos títulos, la Cámara de Oro a la Mejor Opera Prima (en cuya decisión intervenía Isabel Coixet) ha llegado a Singapur por ‘Ilo Ilo’, de Anthony Chen, sobre la relación entre una familia y su sirvienta, presentada en la Quincena de Realizadores; y el Gran Premio de la sección paralela Un Certain Regard, también con Enrique González Macho como jurado español, recompensaba al sensible y lúcido documental del camboyano Rithy Panh, ‘L’Image manquante’.

Solo dos decisiones en el palmarés han sorprendido realmente: la de Amat Escalante como Mejor Director por ‘Heli’, un duro y considerable reflejo de la violencia existente en amplias zonas de México, repitiéndose lo que en la pasada edición sucedió con su compatriota Carlos Reygadas; y el de Mejor Actor para Bruce Dern por ‘Nebraska’, de Alexander Payne, quizá un tributo de Spielberg al ya muy veterano actor norteamericano, en un papel pasivo y con escasa expresividad dada la situación física y mental de su personaje, que palidece frente al Michael Douglas de ‘Behind the Candelabra’, el Óscar Isaac de ‘Inside Llewyn Davis’ o el Toni Servillo de ‘La grande bellezza’, sin duda la gran perdedora de esta edición.

Pero, en términos globales, se trata de un buen palmarés, equilibrado y que parece estar muy meditado, sin esos incomprensibles “disparates” de otras ocasiones y que se han dado no solo en Cannes. A su Jurado Internacional de este 2013 se le puede aplicar aquella frase que decían los actores del Siglo de Oro al finalizar sus actuaciones: “Perdónense nuestros errores si acertamos en lo principal”… Hasta el próximo año.

Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 27 de mayo de 2013


Kechiche, los Coen y Zhangke, favoritos en Cannes


A pocas horas de conocerse el palmarés del 66 Festival de Cannes, tres son las películas que aparecen como claras favoritas: por encima de todas, ‘La vie d’Adèle’, de Abdellatif Kechiche, seguida por ‘Inside Llewyn Davis’, de los hermanos Cohen, y ‘A Touch of Sin’, de Jia Zhangke. También cuentan con opciones ‘La grande bellezza’, de Paolo Sorrentino, ‘Like Father, Like Son’, de Hirokazu Kore-Eda, y ‘Le passé’, de Asghar Farhadi. Que entre los veinte títulos que componían la Competición Oficial, haya seis con aspiraciones a la Palma de Oro, ya señala que el nivel medio de esta edición ha sido alto, aunque solo ‘La vie d’Adèle’ posee esas características especiales que hicieron que la denomináramos como “la película del Festival”. Opinión refrendada por la inmensa mayoría de la crítica, como lo demuestra que –en lo que constituye un récord histórico– de los quince comentaristas consultados por la revista profesional “Le Film Français”, doce de ellos la hayan situado al máximo nivel. Solo ha tenido la postura negativa del muy conservador “Le Figaro”, sin duda por una cuestión de reserva moral ante la explicitud de sus escenas lésbicas.


De cualquier forma, en todo festival cada cual tiene su palmarés y los integrantes del Jurado Internacional no van a ser menos. Es de dominio público que se halla presidido por Steven Spielberg –pocas veces un presidente del Jurado ha sido tan aclamado en la alfombra roja–, pero no se ha divulgado tanto el resto de su composición, perfectamente equilibrada entre cuatro cineastas (Naomi Kawase, Ang Lee, Cristian Mungiu, Lynne Ramsay) y cuatro intérpretes (Daniel Auteuil, Vidya Balan, Nicole Kidman, Christopher Waltz), balanza que Spielberg lleva al lado de los directores. ¿Cuáles serán sus opciones? Ejemplos hay a decenas con palmarés totalmente inesperados, e incluso disparatados, que dejan en evidencia a cuantas “quinielas” se hubieran podido elaborar.

Previamente a este día de decisiones, cerraban la Competición Oficial ‘La Vénus à la fourrure’, de Roman Polanski, y ‘Only Lovers Left Alive’, de Jim Jarmusch, dos nombres de peso que, sin embargo, no parecen entrar en esas “quinielas” citadas. Lo merecería más Jarmusch, al narrar la muy especial historia de dos amantes que viven por encima de los tiempos, dada su exclusiva condición de vampiros… Considerando como “zombies” a todos cuantos no son como ellos y bajo los significativos nombres de Adán y Eva, su existencia transcurre a lo largo de diversas etapas históricas, que han de transitar marcados por su imperiosa necesidad de sangre humana. Pero no se crea por ello que ‘Only Lovers Left Alive’ sea una película efectista ni llena de efectos “gore”. Al contrario, donde Jarmusch muestra su máximo nivel (que parecía totalmente perdido en su anterior trabajo, ‘Los límites del control’) es en los paseos en coche de la pareja por un Detroit solitario y decadente o en la descripción de un mundo crepuscular, sobre todo el de él, cerrado sobre sí mismo y su música, obsesión que el protagonista comparte con el propio Jarmusch. Salvo el fallido personaje de la hermana de Eva y un final que no se halla a la altura de la propuesta global del film, este va más allá de un simple “divertimento” de autor y cabe ser interpretado como una sugerente metáfora sobre la droga.

Por el contrario, Polanski no arriesga demasiado al adaptar la obra teatral de Davis Ives que, a su vez, se basa en la famosa novela “La Venus de las pieles” de Sacher-Masoch, la biblia del sadomasoquismo. El único escenario de un teatro vacío, solo los personajes del director de la pieza y una actriz que aspira a ser su protagonista, mantenimiento de las tres unidades de acción, espacio y tiempo, juego con las relaciones de poder… Polanski ya ha hecho cosas similares, hace tiempo con ‘La muerte y la doncella’ o muy recientemente con ‘Un dios salvaje’, su película anterior. Sin duda lo hace bien, con una planificación inteligente y fluida, con un dominio del “crescendo dramático”, con habilidad al dosificar en él momentos de humor. Pero todo ello ya lo sabíamos, esta revisión de la ‘Venus de las pieles’ no nos ofrece apenas nada que no suene a previsible.

Mientras Cannes se va apagando, Francia llora la muerte de Georges Moustaki –que será enterrado en el cementerio parisino de Père Lachaise el próximo lunes–, como suele hacerlo cuando pierde a uno de sus grandes artistas.

Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 26 de mayo de 2013


Cannes da espacio a los "dibujos de la libertad"


En la que puede considerarse como una jornada de transición hacia las últimas películas de la Competición Oficial, las de Polanski y Jarmusch, el Festival ha dado margen para fijarse en otras de las muchas actividades que propone. Y, de manera destacada, en la exposición “Los dibujos de la libertad”, en la que más de 80 viñetas periodísticas de diversos países (con predominio de las firmadas por Plantu en “Le Monde”y “L’Express”, pero ninguna española, huelga decirlo) celebran con humor al mundo del cine y a algunas de sus figuras más destacadas, como Bergman, Fellini, Haneke, Woody Allen o Spielberg. Pero también con la particularidad de fijarse en países con graves limitaciones a la libertad de expresión, Argelia e Irán en concreto, sobre las que ironizan, hasta donde pueden, estas obras gráficas. Que, en el caso iraní, se suplementaba con la presentación de ‘Los manuscritos no arden’, de Mohammad Rasoulof, en la sección Un Certain Regard, película rodada de manera “oculta” para evitar la censura y que aborda, con desigual fortuna, aspectos relacionados con la represión del régimen de Ahmadineyad, que no debe olvidarse que tiene detenidos desde hace tres años a Jafar Panahi y a otros cineastas que se oponen a él.

Antes de entrar en la Competición, debe dejarse constancia de uno de los films más insólitos de esta 66 edición, aunque se halle incluido fuera de ella: ‘All is Lost’, de J.C. Chandor, cuya ópera prima, ‘Margin Call’, supuso el primer y probablemente mejor acercamiento a la crisis financiera norteamericana. Nada que ver, desde el punto de vista temático, con su segunda obra, dominada por un excelente y en muy buena forma Robert Redford que encarna a su único personaje, empeñado en una denodada lucha por la supervivencia después de que su velero sufra una grave vía de agua al chocar con un contenedor a la deriva. Mantener con esta única situación una película de 105 minutos, con apenas unos diálogos y un sugerente final “abierto” a la interpretación del espectador, no está al alcance más que de cineastas muy dotados, y Chandor demuestra serlo. A algunos ‘All is Lost’ les recuerda a ‘La vida de Pi’, pero afortunadamente sin sus ínfulas metafísicas y espiritualistas; a otros a ‘Buried’/‘Enterrado’, pero al aire libre y sin el recurso del uso del teléfono móvil al que acudía Rodrigo Cortés. En este caso, es pura y dura acción física para mantenerse vivo ya sea en el pequeño barco o en el bote adjunto. Y se ha dado la curiosa circunstancia de que, mientras Robert Redford subía entre aclamaciones la alfombra roja, un diluvio caía sobre Cannes, como si el destino del actor estuviese fatalmente marcado por el agua.

Al contrario de lo sucedido con ‘All is Lost’, los dos títulos a concurso en la Sección Oficial no han despertado apenas frío ni calor. Unidos levemente por el peso que en su trama alcanza el cristianismo, ya sea en su versión católica o protestante, ahí terminan las similitudes entre ‘The Immigrant’, de James Gray (cuya mejor película sigue siendo la cuarta de su filmografía, ‘Two Lovers’), y ‘Michael Kohlhaas’, de Arnaud des Pallières, cuya trayectoria previa se ha desarrollado básicamente en el documental. Aquí se atreve con una adaptación de la famosa novela breve de Heinrich von Kleist, que –además de por Volker Schlöndorff en 1969– ya fue llevada otras dos veces a la pantalla, con las novedades de situar en territorio francés lo que en el original es Alemania, la actualización del lenguaje empleado y el protagonismo de quien lograra aquí el pasado año el Premio al Mejor Actor por ‘La caza’, el danés Mads Mikkelsen. Sin que deba omitirse la sorpresa de encontrar durante unos minutos a Sergi López en plan Sancho Panza y hablando en catalán, como corresponde a todo un vicepresidente de la Academia de Cine de Catalunya…

Si ‘Michael Kohlhaas’ nos retrotrae a una fallida revuelta campesina de comienzos del siglo XVI, ‘The Immigrant’ se queda más cerca, en el Nueva York de 1921, con la masiva llegada de emigrantes a la ciudad. Gray se fija en una de ellas, la polaca Ewa, interpretada con su habitual intensidad por Marion Cotillard, centro de un triángulo amoroso con prostitución y “varietés” de por medio. El resultado es un melodrama bastante glacial y de negra tonalidad, donde el amor y el odio se confunden en esa duplicidad moral que tanto atrae a su director.


 Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 25 de mayo de 2013

Con 'La vie d'Adèle', llegó "la película del Festival"




Todos los años hay una película en Cannes que “marca” la edición que se está viviendo y a la que se recordará en el futuro por ese título. El pasado año fue ‘Amour’, de Haneke; y el anterior, ‘Melancholia’ o ‘El árbol de la vida’, según los gustos, e incluso ‘The Artist’. Ese papel, salvo que haya grandes sorpresas en los dos días que quedan de competición, va a corresponderle en 2013 a ‘La vie d’Adèle’, de Abdellatif Kechiche, un film extraordinario llamado a estar en lo más alto del palmarés. Presentado con el subtítulo de ‘Capítulo 1 y 2’, como si su director pensara en seguir la posterior trayectoria de su protagonista, lo que él mismo no descarta y nosotros deseamos, su producción es francesa, aunque en su financiación también ha intervenido el vallisoletano Andrés Martín con su compañía Vértigo Films. Además, ‘La vie d’Adèle’ posee la virtud de revelar a una joven actriz de enorme talento, Adèle Exarchopoulos, a quien difícilmente nadie podrá arrebatar el Premio a la Mejor Interpretación Femenina.


Se basa Kechiche (cuya película más destacada hasta el momento era ‘L’Esquive’, de hace una década) en un conocido cómic para adultos, ‘Le bleu est une couleur chaude’, de Julie Maroh, que fue el título de rodaje del film y con el que posiblemente se conozca en España bajo su traducción de ‘El azul es un color cálido’. Poco importa un nombre u otro, porque la valía de la película seguirá siendo la misma, realmente especial. Se narra en ella la profunda historia de amor entre dos mujeres, de diferente edad y condición social, pero centrándose sobre todo en el personaje de Adèle desde que tiene 15 años y estudia en el instituto hasta que, como maestra de una escuela infantil, ya está en la veintena. Su pasional relación con la pintora Emma (que también cuenta con una buena interpretación de Léa Seydoux) va a marcar su vida personal, aunque ello no le haga disminuir su entrega al trabajo en el que cree.

Espléndidamente rodada en un casi continuo primer plano, el comienzo de ‘La vie d’Adèle’ hace temer el típico film francés de instituto, a base de “ligues” y atractivos profesores de Literatura, pero pronto tal resquemor se diluye. Lo que prevalecerá a lo largo de casi tres horas, junto a una estética muy elaborada, es la profundización psicológica en la pareja protagonista, que incluye dos intensas secuencias de carácter lésbico como lógica muestra de su pasión compartida. Pero no cabe decir que ‘La vie d’Adèle’ sea simplemente un film sobre la homosexualidad, por más que coincida con el actual debate social existente en Francia, sino que su propósito –y logro– se halla en el poderoso conflicto amoroso y humano que sitúa ante el espectador. Gran, importante película.

Palidece ante ella ‘Nebraska’, de Alexander Payne, rodada en blanco y negro quizá como referencia simbólica a la alta edad de la mayoría de sus personajes y, en concreto, del que centra el relato, interpretado por Bruce Dern. Su obsesión por hacer un larguísimo viaje en pos de un premio que cree haber conseguido, semeja a la del Alvin de ‘Una historia verdadera’, aunque el personaje de David Lynch iba en busca de su hermano, y no en coche con su hijo como aquí sino a bordo de una pequeña segadora. Tiene ‘Nebraska’ la tonalidad habitual de su autor, de ‘Los descendientes’, ‘Entre copas’ o ‘A propósito de Schmidt’: la de abordar temas graves (en este caso, la decadencia física y psíquica que implica la vejez) mediante una mirada amable y cordial que deriva habitualmente hacia la comedia. Payne, quien en su día estudiase en Salamanca y habla fluidamente castellano, ha conseguido así un sello propio, expresado a menudo a través de “road movies”, del que ‘Nebraska” es una nueva prueba.

Mientras tanto, el “otro Cannes”, al que no solemos acceder los periodistas que nos levantamos a las 7 de la mañana para empezar a ver cine durante toda la jornada, se divierte en sonoras fiestas nocturnas sobre la playa. Tan sonoras que el Ayuntamiento de la ciudad ha lanzado un ultimátum a sus organizadores para que bajen el nivel de decibelios que se estaba alcanzando. Con un contundente argumento: “Cannes no es Ibiza y no lo será jamás”

Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 24 de mayo de 2013




El cine español aparece en Cannes


“El cine refleja siempre la realidad o parte de ella, y las películas españolas han sido en cada momento espejo de la situación política del país y sus costumbres. En los años treinta, se instituyó una República que equiparó en libertad a la mujer con el hombre. La Guerra Civil dividió en dos bandos también a las mujeres, y la victoria del fascismo las devolvió a ‘su sitio’: el hogar, ‘la pata quebrada y en casa’. Tras la muerte de Franco, la mujer se incorporó a la corriente de lucha por la liberación ya en marcha en el mundo; y en ello continúa”. Bajo estas premisas, Diego Galán ha elaborado el documental de montaje que lleva precisamente el título de ‘Con la pata quebrada’ y que, presentado en la sección Cannes Classics, constituye la única auténtica participación española dentro del Festival. Muy bien acogido, este largometraje de 83 minutos desea –como dice su realizador– reflejar qué imagen de la mujer española ha ofrecido nuestro cine desde la década de los 30 hasta la actualidad.

Y lo hace mediante un montaje de secuencias o escenas de 180 películas, lo que significa un exhaustivo trabajo de búsqueda y selección, con una cierta voluntad humorística y frecuentes momentos musicales. Producida por Enrique Cerezo y El Deseo, sin entrevistas y solo una voz en “off” dicha por Carlos Hipólito (lo que nos remite sin remedio a la serie “Cuéntame”), ‘Con la pata quebrada’ supone un notable esfuerzo de síntesis que, como cualquier otro de sus características, puede resultar discutible, porque todos los espectadores echarán en falta algunos fragmentos concretos. Lo que apenas sucede en su primera hora, con montajes excelente como el de “El día que nací yo” interpretado por Imperio Argentina, mientras vemos imágenes del trágico exilio por la frontera francesa. Pero que sí se echan en falta durante la parte dedicada a los últimos años, donde probablemente Diego Galán habría necesitado de más tiempo y metraje para compensar adecuadamente la lamentable imagen de la mujer resumida con anterioridad por ‘Con la pata quebrada’.

En el capítulo de coproducciones con participación minoritaria española, dos han coincidido en la sección paralela Un Certain Regard: ‘La jaula de oro’, ópera prima del burgalés pero afincado en México Diego Quemada-Díez, y ‘Wakolda’, de la argentina Lucía Puenzo, en el que ya es su tercer largometraje tras ‘XXY’ y ‘El niño pez’. La primera de ellas relata la odisea de tres adolescentes guatemaltecos en su larga travesía hasta llegar clandestinamente a Estados Unidos, atravesando las fronteras mexicanas. Además del durísimo desplazamiento físico, repleto de policías de emigración, “coyotes”, explotadores y viajes en los techos de los trenes, ‘La jaula de oro’ describe con sensibilidad la creciente amistad entre estos críos sometidos a una existencia tan cruel. Apoyado por el Programa Ibermedia, el film de Quemada-Díez se beneficiaría de un montaje más restrictivo que abreviara alguna de sus secuencias, pero ello no le impide aportar un testimonio muy válido sobre esta realidad sangrante, bien mostrada por quien se nota que ha trabajado antes al lado de Ken Loach.

Por su parte, ‘Wakolda’ se refiere a un hecho histórico, la presencia del tristemente célebre médico Josef Mengele (interpretado por un demasiado joven para el papel Àlex Brendemühl) en la localidad argentina de Bariloche, lugar de refugio de una amplia colonia nazi a la que protegió tanto el régimen de Perón como los sucesivos. La relación de Mengele con una familia de la zona y especialmente con la hija de 12 años y su madre, en las que aplica sus experimentos, centra la película, que Lucía Puenzo primero escribió en novela, con gran éxito. Quizá en ella pudo explicar con mayor detenimiento lo que en imágenes resulta algo “disparejo” –que dicen los argentinos–, consecuencia de un guion no siempre bien hilvanado en una narración que, pese a lo cual, se sigue con interés.

Finalmente, sobre la Competición Oficial, reseñemos en plan telegráfico que ‘Grigris’, del chadiano Mahamat-Saleh Haroun, es un honesto y estimable film africano; y que ‘Only God Forgives’, del sobrevalorado Nicolas Winding Refn, ha recibido el primer gran abucheo de las sesiones matinales, producto de su irritante ejercicio de estilo sobre la violencia.

Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 23 de mayo de 2013



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"La grande bellezza" siembra la polémica en Cannes



Para unos, es la adaptación al nuevo siglo de ‘La dolce vita’ y ‘Ocho y medio’, trayendo hasta el presente todo el universo romano que Fellini inmortalizó en sus famosas películas. Para otros, se trata tan solo de una sucesión de imágenes pretenciosas y vacías, de un continuo querer y no poder estar a la altura de tan ilustre precedente. Con la italiana ‘La grande belleza’, de Paolo Sorrentino, la polémica está servida, con apasionados defensores y detractores que la discuten acaloradamente. “Sublime”, “fascinante”, “genial”, dicen los primeros; “ridícula”, “superficial”, “puro manierismo”, responden los segundos. Viene a reproducirse así, con características y protagonistas diferentes, el contencioso que el pasado año enfrentó a crítica y público a propósito de ‘Holy Motors’, de Leos Carax. La verdad es que a Cannes siempre le sienta bien la polémica.


Sin ánimo de quedarse en un cómodo término medio, hay que decir que ‘La grande bellezza’ tiene de todo: secuencias espléndidas, deseo incesante de “epatar”, momentos que quedan en el recuerdo y otros en los que apetece someter a Sorrentino a juicio sumarísimo. Desde luego, lo que no se le puede negar son ambiciones, no ya solo de remedar al mejor Fellini, sino de trazar un retrato –que busca ser irónico pero despiadado– sobre la burguesía intelectual romana de nuestros días, a través de las confesiones de un personaje tan lúcido como cínico, que actualiza el de Marcello Mastroianni en ‘La dolce vita’. Interpretado, y en eso sí está todo el mundo de acuerdo, por un grandísimo actor, tanto de cine como de teatro: Toni Servillo, que ha trabajado en casi la media docena de films realizados por Sorrentino (cinco de ellos presentados en Cannes, es un “hijo predilecto”), con mención especial para ‘Il Divo’, donde encarnaba al recientemente fallecido Giulio Andreotti.

De hecho, este martes ha venido marcado por interpretaciones de alto nivel, porque así también debe considerarse la de Michael Douglas en ‘Behind the Candelabra’, de Steven Soderbergh. Este típico “biopic” (película biográfica) del pianista y “showman” Walter Liberace, quien alcanzó una extraordinaria popularidad en Estados Unidos, sigue los pasos de su relación personal con el joven Scott Thorson (Matt Damon), que fue su amante durante cinco años. En la que vuelve a decir que será su última película, filmada en este caso para el canal televisivo HBO, Soderbergh se esmera en reproducir el mundo gay y “kitsch” que rodeaba a Liberace, poniendo un énfasis especial en la interpretación –incluso vemos a Debbie Reynolds, como la madre del protagonista, y a Dan Aykroyd y Rob Lowe– y la caracterización, con un Douglas casi irreconocible si no fuera por sus ojos y su voz. Ese “ambiente” que quedó destrozado por el sida y las drogas, en el tránsito de la década de los 70 a la de los 80, se plasma en este ‘Behind the Candelabra’, cuyo título hace referencia al candelabro que Liberace siempre situaba sobre el piano durante sus actuaciones, al que puede achacarse una visión demasiado tópica de la homosexualidad.

Y ya que nos estamos refiriendo a actores y actrices, y además de reseñar la aclamada presencia de todos los citados en la famosa “alfombra roja”, quede constancia de un fenómeno que queda muy patente este año en Cannes: su frecuente paso a la dirección, sin por ello renunciar casi nunca a estar también delante de la cámara. Así sucede, con poca fortuna por cierto, en el caso de James Franco con ‘As I Lay Dying’, insoportable adaptación de “Mientras agonizo”, de Faulkner; de Valeria Golino, con la más valiosa ‘Miele’ (ambas presentadas en Un Certain Regard); de Guillaume Canet y su comentada ayer ‘Blood Ties’; o de la insulsa y cargante ‘Un château en Italie’ (Competición Oficial), aunque en el caso concreto de Valeria Bruni Tedeschi, hermana de Carla de Sarkozy, ya se trata de su tercer largometraje como realizadora.

Con lo que les cuesta a los directores, antiguos y nuevos, poner en pie sus proyectos y encontrar la financiación necesaria para ellos, solo falta que los actores, basándose en la popularidad adquirida, les disputen también su trabajo… “Competencia desleal”, cabría llamarlo, aunque lo cierto es que, desde Chaplin, la historia del cine está plagada de ejemplos similares.

Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 22 de mayo de 2013


El día en que el documental superó a la ficción


Hace ya tiempo que el documental tomó carta de naturaleza en los festivales llamados “generalistas”; es decir, aquellos en que se muestra todo tipo de películas. Para ser justos, hay que decir que la Semana de Valladolid fue pionera en este terreno, al crearse la sección “Tiempo de Historia” en 1984, cuando los documentales estaban limitados a los certámenes especializados en ellos. Poco a poco fue variando la situación, hasta el punto de que hoy no resulta nada extraño que alternen con los films de ficción al mismo nivel y en idéntico apartado. E incluso que los superen en relevancia e interés, como ha sucedido en la jornada de ayer de Cannes con ‘Le dernier des injustes’, de Claude Lanzmann, y ‘L’Image manquante’, de Rithy Panh.

Autor de la monumental ‘Shoah’, la obra cinematográfica más importante que se haya realizado sobre el Holocausto, Lanzmann vuelve a él para recuperar la muy importante entrevista que mantuvo en Roma durante 1975 con Benjamin Murmelstein, el último de los decanos del Consejo Judío del “ghetto”/campo de concentración de Terezin, cerca de Praga. Era este Consejo el encargado de organizar la vida diaria, la intendencia y el control interno de los recluidos en cada campo; y en Terezin tal labor tenía un sentido especial porque la propaganda nazi, y concretamente Adolf Eichmann, lo presentaban como un “modelo” de su política respecto a los judíos. Muchos acusaban a ese Consejo, y más directamente a sus decanos o presidentes, de colaboracionismo con el régimen de Hitler, de facilitar el brutal trabajo represivo que ejercían las SS. Por el contrario, Murmelstein defiende que, gracias a ellos, los detenidos aliviaron sus padecimientos cotidianos, que su intercesión resultó fundamental para que la crueldad no llegase a dimensiones todavía más insoportables.

Debate abierto todavía, que plantea cuestiones éticas fundamentales, ‘Le dernier des injustes’ lo aborda a lo largo de casi cuatro horas, en las que lo fundamental, lo auténticamente revelador, es la mencionada entrevista: Lanzmann no consideró adecuada integrarla en ‘Shoah’ porque se alejaba de su estructura e intenciones; si ahora, ya con casi 88 años, lo hace, es porque le parece justo que se conozca antes de que él desaparezca. Así lo manifestó en la presentación de su documental, dentro de una sesión en la que estuvieron presentes la Ministra francesa de Cultura y la esposa del presidente Hollande, llegada especialmente de París para la ocasión. Igualito que en España…
Si Lanzmann tiene el Holocausto como tema casi monográfico de su filmografía, el camboyano Rithy Panh la dedica al despiadado régimen de los Jemeres Rojos y la dictadura de Pol Pot en los años 70. Lo hizo de manera magistral, sobre todo en ‘S21’ y en ‘Duch’, de 2002 y 2010 respectivamente, y vuelve a hacerlo ahora en ‘L’Image manquante’. Con una doble variación: emplea en este caso la narración autobiográfica y reproduce las situaciones, además de con documentos de la época, con un espléndido “retablo” de figuritas esculpidas en madera por Sarith Mang. Lo que para Panh –que entonces era un adolescente cuyo padre había sido asesinado por el régimen– significó aquel terrible periodo, conforma su lúcido y sensible relato de hasta qué punto puede llegar un régimen despótico en su intento de modelar a su gusto a todo un pueblo.

Ya decía al comienzo que, ante estos dos potentes documentales, habían palidecido las películas de ficción programadas en la Sección Oficial. La verdad es que no eran grandes rivales, porque tanto la japonesa ‘Shield of Straw’, de Takashi Miike, como la franco-norteamericana, fuera de concurso, ‘Blood Ties’, de Guillaume Canet, no van más allá de lo convencional y archiconocido. La primera, parte de una idea prometedora: cómo una supermillonaria recompensa por matar a un criminal, ofrecida por el abuelo de una niña asesinada, puede convertirle en objetivo a abatir por parte de todos, agentes incluidos. Pero lo que viene después, incluyendo el destrozo masivo de coches de policía por parte de un camión cargado de nitroglicerina, no escapa del consabido cine de acción a la “manera americana”. Del que tampoco escapa la más psicológica ‘Blood Ties’, film ya visto muchas veces, por ejemplo el francés ‘Les liens du sang’, del que supone un innecesario “remake” rodado en Nueva York.

¡Ah! ‘Shoah’ y ‘S21’ estuvieron en su momento en “Tiempo de Historia”. Esperamos que suceda otro tanto con ‘Le dernier des injustes’ y ‘L’Image manquante’.

Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 21 de mayo de 2013


Los Coen dominan la competición de Cannes



Es, hasta ahora, la película que más amplio acuerdo ha logrado en la competición de Cannes: ‘Inside Llewyn Davis’, de los hermanos Coen. Una producción pequeña, que refleja el ambiente musical del Greenwich Village neoyorquino a comienzos de la década de los sesenta, antes de Bob Dylan. Y lo hace a través del itinerario en el fracaso del músico cuyo nombre figura en el título, epígono de un auténtico Dave Van Ronk que nunca llegó a la fama, como relatase en su libro autobiográfico “The Mayor of MacDougal Street”, en el que los Coen se han basado. No es la primera vez que muestran el camino de un perdedor y, en este caso, lo han hecho con sencillez, sentido del humor y un auténtico “feeling” con el personaje central. Muy bien interpretado por el excelente actor y cantante guatemalteco Óscar Isaac, en su primer papel protagonista pero a quien ya conocimos como Orestes en ‘Ágora’, de Alejandro Amenábar. A quien da réplica en varias de la mejores secuencias Carey Mulligan, mucho más convincente que en ‘El gran Gatsby’.

Los Coen ya tienen una larga trayectoria en Cannes, con la Palma de Oro para ‘Barton Fink’ en 1991 y dos Premios a la Mejor Dirección, años después, con ‘Fargo y ‘El hombre que nunca estuvo allí’, además del gran éxito logrado por ‘No es país para viejos’. Probablemente, tras la buena recepción que ha cosechado ‘Inside Llewyn Davis’, y con Steven Spielberg a la cabeza del Jurado Internacional, tampoco este año se irán de vacío. Juega a su favor la sencillez y claridad de la propuesta, incluso ese carácter de “película pequeña” que antes citábamos, en el que es su trabajo más personal y auténtico desde aquel ‘No es país…” con un inolvidable Javier Bardem tan malo malísimo.

Radicalmente distintas son las intenciones de ‘Borgman’, de Alex van Warmerdam, en una de las escasísimas ocasiones en que el cine holandés ha figurado en la Competición Oficial. Octavo largometraje de su director, cuya obra más conocida hasta ahora era la de su debut, ‘Abel’, en 1986, sorprende encontrarlo aquí en lugar de un festival especializado como Sitges. Quizá ha sido su –demasiado evidente – reflexión sobre el mal y su carácter de parábola sobre la sociedad de nuestros días, lo que ha determinado su presencia en el primer nivel de Cannes. El acoso y destrucción de una acomodada familia burguesa a cargo de un grupo de vampiros demoníacos o demonios vampíricos, que no tienen apariencia de tales, conforma un relato que se sigue con interés y curiosidad, aunque sea a costa de perdonarle diversos cabos sueltos y una cierta arbitrariedad en su desarrollo.

Cannes suele reservar sus “sorpresas” para el primer domingo del certamen: así lo hizo hace dos años con ‘The Artist’ e históricamente con ‘La balada de Narayama’, que detenta el “récord” de que ningún crítico español del momento la viera entonces y todos tuvieran que inventarse su opinión sobre ella cuando obtuvo la Palma de Oro… Me figuro que no va a suceder lo mismo con ‘Borgman’, subsumida en el clima de máxima expectación y notable resultado conseguido por los Coen. O por la polémica que sigue rodeando a ‘Jeune&Jolie’, de François Ozon. Claro, que si la no explicada en la película “vocación hacia la prostitución” que muestra su protagonista, es entendida a estas alturas (así lo ha hecho el comentarista del diario local “Nice-Matin”) como un claro ejemplo de los “misterios de la sexualidad femenina”, apaga y vámonos.

Por otra parte, se habla mucho por Cannes sobre la hoy en peligro “excepción cultural”, que ha hecho posible el cine europeo de los últimos treinta años. La actitud de Bruselas hacia la próxima firma del Tratado de Libre Comercio, muy ambigua respecto a mantener ese imprescindible principio, gracias al que se salvaguarda la diversidad cultural y no queda arrasada por el poder de Hollywood, preocupa sobremanera a realizadores, productores y, en general, a toda la profesión. Manifiestos, tomas de postura y protestas hacia el débil posicionamiento de la Unión Europea se vienen sucediendo estos días en el Festival y se sucederán en los próximos. Como suele terminar sus artículos Miguel Ángel Aguilar, hay que estar atentos.

Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 20 de mayo de 2013