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Antonio Gades: La mirada y el cuerpo


Texto de la presentación del libro "Antonio Gades y el Cine", de Adolfo Dufour Andía, efectuada el 9 de julio de 2024 en la Academia de Cine: 

·     Los buenos libros vienen a ser como los hojaldres de diversas capas, donde se funde cada una con otra de mejor sabor, como sucede en este libro. Un libro que sostiene fehacientemente la idea básica de Adolfo Dufour, no antes muy aceptada, de que, además de un bailaor y coreógrafo único, “Antonio Gades me parece un excelente actor. Conmueve, emociona, siente, sabe estar en escena. Lástima de carrera tan corta en el cine”. Una carrera de catorce títulos, comprendidos entre 1963, con “Los Tarantos”, y 1986, con su segundo “Amor Brujo”.

 Esa opinión de que Gades era un notable actor también yo la comparto. Porque disponía de los dos atributos básicos de cualquier gran actor o actriz: una mirada peculiar, penetrante, directa; y un dominio especial del cuerpo, nacido de su condición de bailaor o bailarín. Como lo demuestran, sobre todo, sus trabajos alejados de la danza, muy distintos a él, en “Con el viento solano” y “Los días del pasado”, en este caso ya con su auténtica voz.

El título del libro (editado por Atrapasueños), que parece tan sencillo, revela bien su contenido: no es una biografía de Antonio Gades, aunque contenga elementos biográficos, sino de su relación con el cine hasta sus últimos detalles, sin dejar ningún título fuera, por breve que fuera su aparición. Además, el texto aborda múltiples aspectos relativos al cine, la cultura y la sociedad española en general.

* Así, no solo de Gades y el cine habla el libro, también de cosas tan dispares, y que lo enriquecen, como de los vergonzantes pactos entre Estados Unidos y España a propósito de “En busca del amor”, de Jean Negulesco; o de la cultura de la posmodernidad, con una muy lúcida reflexión sobre ella, cuando escribe de “Con el culo al aire”, de Carles Mira; o de los nombres fundamentales de aquel “Nuevo Cine Español” en que se integra “Último encuentro”, de Antonio Eceiza; o de la Escuela de Barcelona y la “Gauche Divine” al bucear en “Lejos de los árboles”, de Jacinto Esteva, por poner solo unos cuantos ejemplos.

En "Con el viento solano", de Mario Camus (1965)

Porque Adolfo Dufour compone su libro como un collar en que una perla conduce a otra o, si prefieren, como un racimo de cerezas donde cada una de ellas invita a disfrutar de la siguiente. Cada paso es un ejercicio de documentación e información sobre todo aquello que va surgiendo al paso de una película, sin olvidar ningún aspecto que desarrollar, ningún nombre sobre el que incidir, ningún tema colateral que pudiera ser considerado menor. 

* De ahí que, además de los excelentes capítulos dedicados a las dos principales películas en que intervino Antonio Gades, las citadas “Con el viento solano” (1965) y “Los días del pasado (1977), ambas de Mario Camus, sean de gran brillantez los que se centran en adaptaciones de uno u otro signo. Caso del análisis que efectúa Dufour de la inmortal trilogía de Saura-Gades, en la segunda parte del libro, donde tanto “Bodas de sangre” como “Carmen” y “El amor brujo” aparecen exhaustivamente tratadas desde sus orígenes literarios, teatrales u operísticos, lo que también sucede en la versión de “El amor brujo” que dirigiese Rovira-Beleta. 

* Por su significado, quiero traer a colación dos citas que figuran en el libro. Una del propio Gades, de 1996, sobre su centro del mundo, la danza: “No vives para la danza, sino que la vida te hace danzar. Se olvida que el baile no es un ejercicio, el baile es un estado anímico que sale a través de un movimiento. Por eso mi Compañía está humanizada. Hay gordos y flacos, calvos, altas, con tetas gordas, sin tetas; es un pueblo que baila, no son bailarines que imitan a un pueblo. El baile no son los pasos, la danza es lo que hay entre paso y paso”.

* Otra cita de Carlos Saura, con la que también se cierra el texto del libro: “Es estimulante trabajar con un ser especialmente dotado para lo que hace, un privilegiado capaz de inventar y avanzar allí donde los demás siguen caminos trillados por comodidades y rutinas… Si artista es quien tiene la habilidad, la destreza y el talento para hacer bien una cosa, son precisamente esos, y muchos más, los atributos de Gades”.

En "Los días del pasado", de Mario Camus (1977)
 
* Y como en un eco final, dejemos en el aire la cita del Eclesiastés con la que se iniciaba “Los días del pasado”: “Las arenas del mar, las gotas de la lluvia y los días del pasado…,¿quién podrá contarlos?”… Adolfo Dufour lo ha conseguido con este libro. Les invito a comprobarlo.

 

El cine de Hayao Miyazaki

 

Texto de la exposición presentada ante el Pleno de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando el 13 de noviembre de 2023. Este llamado "Espacio de Reflexión" venía acompañado por un  Power Point, cuyas imágenes se mostraban en aquellos momentos señalados por los sucesivos números que aparecen en dicho texto.

(1)

Buenas tardes.

Antes de entrar en la obra de Hayao Miyazaki, permítanme unas breves notas sobre el cine de animación en general.

Dar vida y movimiento a lo que es inanimado. Dotar de dinamismo a lo que, en principio, es algo inerte, como un dibujo en un papel o un muñeco en una estantería. Este es el “milagro” que define al cine de animación desde el invento de los Lumière en 1895. E incluso antes, porque ya en los experimentos de su prehistoria se había avanzado en esta ilusión de que objetos y personas se mostrasen a los espectadores de forma dinámica. Aunque ha sido el dibujo el principal soporte de la animación, ha desarrollado con el tiempo muy diversas muestras, trabajando con muñecos, marionetas, siluetas, pinturas, arena…, en un sinfín de propuestas imaginativas. Incluso fundiéndose con el documental en las últimas décadas, cuando ya el género ha compartido definitivamente su faceta infantil con la de contenidos adultos, lo que ha aumentado su alcance cara al público.

De hecho, la animación surge prácticamente con el propio cine, con pioneros como el francés Émile Cohl y el norteamericano Stuart Blackton en los primeros años del siglo XX. O, basándose en la imagen fotográfica, la obra de Georges Méliès, con quien rivalizó desde la todopoderosa firma Pathé un español: el turolense Segundo de Chomón, autor de cortometrajes tan valiosos como El hotel eléctrico o Una excursión incoherente. Pero sería la figura de Walt Disney la que dominaría esta modalidad a partir de las breves piezas de Mickey Mouse y de su primer largometraje, Blancanieves y los siete enanitos, de 1937. La inmensa popularidad alcanzada por sus producciones, basadas sustancialmente en relatos infantiles, motivó que se asociara a ella la animación de manera abusiva. Pero no hay que olvidar que, enseguida, en 1940, el propio Disney lleva a cabo Fantasía, donde “visualiza” famosas composiciones de Bach, Beethoven, Schubert, Tchaikovski o Stravinski.

Hayao Miyazaki, dibujando en su estudio 

Van surgiendo autores fundamentales del cine de animación en los más diversos confines, como Lotte Reiniger en Alemania, Norman McLaren en Canadá, Jirí Trnka, Karel Zeman y Jan Svankmajer en la entonces Checoslovaquia, el grupo británico de Aardman Animations, o Bruno Bozzetto en Italia. Y, décadas después del surgimiento de Disney y paralelamente a su filmografía, la figura señera del japonés Hayao Miyazaki (2), cuya última película, El chico y la garza, se proyecta actualmente en los cines de nuestro país (motivo por el que le dedicamos estos minutos), después de inaugurar la pasada edición del Festival de San Sebastián. La acogida del público español ha sido espectacular, siendo, por ejemplo, el título de mayor recaudación por pantalla, más de 3.500 euros, en el primer fin de semana de su exhibición.

"Nausicaä del Valle del Viento" (1982)

Precisamente el Director de ese certamen, José Luis Rebordinos, ya había subrayado en el libro “El principio del fin” la maestría de Miyazaki, al considerarlo “el poeta de la animación, que algún día ocupará el lugar que le corresponde en la historia del cine, como uno de los cineastas más grandes, comparable a Ozu, Dreyer o Ford”. Una maestría que se iría fogueando en el diseño de series televisivas inolvidables como Heidi y Marco, y en el ámbito global del “anime”, el género de animación japonés por excelencia, al que pronto él dotaría de una personalidad muy específica, por encima incluso de otros importantes autores como Isao Takahata o Fujio Fujiko. Al comienzo, mostrando su atractivo por la cultura europea, presente en su primer largometraje, de 1979, Arsenio Lupin III: El castillo de Cagliostro (3), sobre el famoso ladrón de guante blanco que miles de seguidores tuvo en Japón. Pero solo tres años después, viraría hacia un relato distópico, Nausicaä del Valle del Viento (4), centrado en las consecuencias apocalípticas de una guerra nuclear, nada extraño venido de un país que sufrió dos bombas atómicas, en Hiroshima y Nagasaki, al término de la II Guerra Mundial.

"Mi vecino Totoro" (1988)

Ya dentro del famoso Estudio Ghibli, que él fundase con Isao Takahata y Toshio Suzuki, crea en 1985 La fortaleza celeste (5), donde las características principales de Miyazaki siguen consolidándose: sencillez en el trazo gráfico, desbordada imaginación en las tramas, espacios legendarios, gusto por la aventura… Todo ello, perfeccionado en Mi vecino Totoro (6), de 1988, por la prospección que efectúa en el imaginario infantil, con rasgos autobiográficos, entre los que se han destacado “el miedo a la muerte y el sentimiento de orfandad”. La nostalgia del film hacia un Japón tradicional tocó en el corazón a públicos muy diversos, al tiempo que la Naturaleza y el tránsito desde la niñez a la edad adulta van adquiriendo papel protagonista, lo que progresivamente se convierte en señas de identidad de su autor.

"La Princesa Mononoke" (1997)

Porco Rosso (7), realizada en los primeros años 90 por encargo de la Japan Airlines,1997 retoma el gusto por la aventura antes citado, dentro del contexto de la aviación en una todavía primera etapa, que siempre fascinó a Miyazaki. La maldición contra un héroe de la Primera Guerra Mundial, que le transforma en cerdo y varía su condición mítica por la de simple pirata, nutre una historia divertida y bastante extraña entre hidroaviones. Con una potente protagonista femenina, una de las que pueblan con frecuencia el universo de Miyazaki, La Princesa Mononoke (8), de 1997, le lleva dos décadas de desarrollo hasta lograr, según el historiador Tadao Sato en su libro clásico “Le cinéma japonais”, un “gran fresco mitológico muy original sobre toda la belleza perdida de la selva primitiva”. Enfoque que en el film se halla imbuido por la modalidad religiosa del Shinto, dominante en Japón y que se caracteriza por un animismo no reglado y sincrético con otras doctrinas.

"El viaje de Chihiro" (2001)

Si el enorme “tirón” de esta película en su país lograría introducirle en el siempre difícil mercado norteamericano, el éxito mundial le vendría cuatro años después (tiempo muy habitual para llevar a cabo una obra de animación) con El viaje de Chihiro (9), primer film del género en lograr el máximo premio en un Festival de categoría A, concretamente el Oso de Oro de Berlín en 2002, y considerada entre las primeras de las cien mejores películas asiáticas de todos los tiempos, según una encuesta llevada a cabo por el Festival coreano de Busán. Impresionante en sus múltiples dimensiones, desde el grafismo hasta la música pasando por la irrupción de potentes personajes, El viaje de Chihiro logró que el nombre de Miyazaki ya fuese familiar en los circuitos cinéfilos pero también entre públicos amplios.

"Ponyo, en el acantilado" (2008)

Lo que se concretó con El castillo ambulante (10), de 2004, valorada por su enfoque crepuscular sobre la vejez, otro tema que va a ir ganando terreno en la filmografía de su autor. Algo no contradictorio con su empeño sucesivo, Ponyo, en el acantilado (11), acabada en 2008, donde regresa a su querido mundo infantil y a un dibujo de mayor sencillez que el barroquismo que había ido tomando cuerpo en sus títulos anteriores.


"El viento se levanta" (2013)

Ya en 2013, la depuración impresionista domina El viento se levanta (12), que figura entre sus trabajos de mayor perfección, al reflejar la existencia de una de las figuras más destacadas de la aviación japonesa, el ingeniero Jiro Hirokoshi. Vuelve a utilizar también en este caso acentos muy autobiográficos, hasta el punto de que su insistencia en ellos los justifica argumentando que sería su última película, con 72 años a las espaldas y el gran desgaste personal que supone elaborar un largo de animación. Pero, afortunadamente, no ha sido así…

"El chico y la garza" (2023)

No lo ha sido porque, justo una década después, ha surgido El chico y la garza (13), que citábamos al comienzo. La propuesta ecologista que encierra, confirmando un principio que en Miyazaki es muy anterior a cualquier moda, se traduce en una nueva apuesta por la Naturaleza, su confrontación con los seres humanos y, dentro de ella, la preeminencia de la vejez y la muerte, paralelas al sentimiento de pérdida (de hecho, la trama del film arranca con el fallecimiento en un incendio de la madre del niño protagonista) y al paso de este hacia la madurez desde sus 12 años. La relación con el ave que da título occidental al film –el original japonés se traduciría por ¿Cómo vives?, nombre del libro en que se basa–, constituye el núcleo de una trama que arrebata por sus diversos pliegues narrativos, donde lo evidente deja continuo paso a la sugerencia ante los fascinados ojos del espectador.  

Otra imagen de "El chico y la garza"

Como escribió Jordi Sánchez Navarro, “las obras de Miyazaki ilustran perfectamente el hecho, consustancial al arte japonés, de que lo irreal puede capturar la esencia de la realidad más que la realidad en sí misma, porque la fantasía es universal más que individual”. (14). En definitiva, el cine de Miyazaki es como un espejo donde lo real y lo irreal, lo reconocible y lo secreto, se relacionan al mismo nivel desde la imaginación y la fantasía hasta llegar a su completa fusión.

Valga este Espacio de Reflexión para subrayar la importancia de una forma de lenguaje audiovisual como el cine de animación (sobre el que, como saben, la Academia firmó el mes pasado un Convenio de difusión) y, más concretamente, hacia la excepcional figura de Hayao Miyazaki. Si he logrado despertar el interés de mis compañeros académicos y académicas, o contrastar sus opiniones si ya conocían estas obras, mi objetivo se habrá cumplido. Creo, sinceramente, que no les defraudarán si tienen la oportunidad de conocerlas y disfrutarlas por primera vez o de nuevo. (15)

Muchas gracias por su atención.

 

En busca de Johannes Bernhardt


Presentación del Premio Muñoz Suay, de la Academia de Cine, correspondiente a los libros sobre cine español publicados durante 2021.



Como es bien sabido, la Historia del cine español está plagada de paradojas y contradicciones. Y no es la menor de ellas que con el dinero nazi se pagasen una serie de películas realizadas por cineastas que no lo eran precisamente, como Edgar Neville, Luis Escobar, Arturo Ruiz Castillo, Antonio del Amo o Manuel Mur Oti, además de contar con el músico Jesús García Leoz o el director de fotografía Juan Mariné, buena parte de los cuales eran de ideas republicanas o que, al menos, no se sentían a gusto con el brutal franquismo de la posguerra. Y junto a las obras producidas entre 1947 y 1951 por Sagitario Films, de Cuatro mujeres a La canción de la Malibrán, pasando por El señor Esteve o Un hombre va por el camino, con esos marcos hitlerianos también se pagaron la distribuidora Europa Films o los Estudios Cinearte, donde se rodaron numerosas películas de la época.

A esa paradoja, a esa contradicción, dedica su libro Santiago Aguilar, que lleva el título de la productora y el expresivo subtítulo de Oro nazi para el cine español y que ha editado Shangrila. En la motivación del Premio Muñoz Suay correspondiente a los volúmenes editados en 2021, otorgado por unanimidad, ya se definían sus méritos, “por el rigor en la investigación de una empresa y de un productor hasta ahora no suficientemente estudiados y que, en cambio, son muy significativos del contexto histórico de una época y de las relaciones entre el franquismo y la Alemania nazi”.

Porque, como suele suceder, detrás de empresas así, existe un personaje, en este caso llamado Johannes Bernhardt, uno de los más peculiares productores (y ya es decir, con la fauna que ha poblado el cine español) que haya ejercido el oficio entre nosotros. Nazi convencido, amigo personal de Hitler, o así lo proclamaba, que negoció la ayuda militar alemana durante la Guerra Civil, y, a cambio de la deuda generada por ella, intermedió en cuantas exportaciones se encaminaron hacia Berlín al estallar la II Guerra Mundial. Sobre todo respecto al wolframio que encerraban las minas gallegas y bercianas y que para la industria armamentística resultaba imprescindible.

En este personaje semidesconocido se centra el trabajo de Santiago Aguilar. De Bernhardt apenas teníamos noticia más que en el Diccionario del Cine Español dirigido por José Luis Borau y, con mayor amplitud, en la exhaustiva e imprescindible recopilación que de la producción y los productores españoles hicieron en 2008 Esteve Riambau y Mirito Torreiro. Pero ahora, gracias al libro premiado, conocemos mucho mejor a un tipo que parece nacido de las mejores narraciones sobre tiempos bélicos o de guerra fría, alguien que habría merecido en la ficción novelistas como Graham Greene o John Le Carré. Sobre él, ejerce Santiago Aguilar esa fusión tan difícil de lograr y que sin duda es marca de la casa, cuando trabaja en solitario y cuando lo hace con su compañero Felipe Cabrerizo: una simbiosis enormemente difícil, pero que resulta sencilla para el lector (igual que sucede con toda obra de valía), entre la documentación rigurosa y analítica y la amenidad a la hora de desarrollarla en un relato que siempre acaba siendo apasionante.

En su búsqueda, Santiago Aguilar ha acudido a decenas de fuentes documentales, entre ellas norteamericanas y alemanas, además de, lógicamente, las españolas. Sabido es hasta qué punto nuestro país se convirtió en refugio de nazis que habían perdido la guerra y que escapaban de la represión aliada. Y que posteriormente muchos se encaminaron hacia diversas naciones latinoamericanas, de manera fundamental Argentina, entre ellos el propio Berhardt, que cruzó el Atlántico en 1951 con su mujer, nacida en ese país, motivado por el mal resultado económico de varios de sus negocios y de legislaciones financieras y políticas que iban cercándole cada vez más. Se desvanecía así la figura de un personaje que cabe imaginar salido de las sombras y las cloacas como el Orson Welles de El tercer hombre, al tiempo que alternaba en aquellos hoteles, restaurantes y cafés madrileños (que reflejase Pilar Miró en Tu nombre envenena mis sueños), repletos de espías nazis y británicos en años donde España se jugaba su futuro, sobre todo por la lucha para que los aliados acabasen con Franco, lo que nunca sucedió sino todo lo contrario.

Santiago Aguilar, autor del libro sobre Sagitario Films

Enhorabuena a Santiago Aguilar por haber creado este Sagitario Films. Oro nazi para el cine español, que recomiendo vivamente a quienes no lo hayan leído ya. La pandemia impidió que, con toda probabilidad, el Premio Muñoz Suay fuese a parar en 2020 a un libro tan espléndido como La Codorniz. De la revista a la pantalla (y viceversa), de Aguilar y Cabrerizo, que Cátedra y Filmoteca Española habían editado. Ahora, el primero de ellos logra con justicia este galardón de la Academia. Me temo que no va a ser el último…


Conclusiones sobre "La distribución del cine español"


Dentro de su programa "Encuentra Distribución en Seminci", la Semana Internacional de Cine de Valladolid dedica cada año -en colaboración con la Asociación ADICINE- una Jornada a la distribución independiente. En esta ocasión, en la 67 edición del Festival, se centró en los problemas de la distribución del cine español, y he aquí las conclusiones a las que llegaron su medio centenar de participantes, entre los que también estaban representados los sectores de la Producción y la Exhibición:  

1.- El panorama audiovisual español está experimentando una serie de transformaciones vertiginosas que motivan una urgente renovación por parte de los tres sectores de producción, distribución y exhibición.

2.- La pandemia, que tanto ha afectado al mundo cinematográfico durante los dos últimos años, ha venido a acentuar este radical cambio en el modelo de negocio y en las relaciones establecidas con los públicos.

3.- En este tiempo de pandemia, las distribuidoras independientes adoptaron una arriesgada práctica de estrenos que sintieron no reconocida ni compensada cuando la cartelera se fue normalizando en los meses posteriores.

4.- De hecho, mientras la asistencia a las salas cinematográficas se ha reducido en un 47% en relación a 2019, las distribuidoras independientes lo han sufrido con mayor acritud, hasta un 60%, lo que pone en claro peligro su trayectoria futura.

5.- El acelerado crecimiento de las plataformas virtuales supone un nuevo factor que interviene decisivamente en la realidad de los sectores, hasta incluso distorsionarla de forma profunda.

6.- Reclaman los productores y los exhibidores que la distribución se comprometa desde un principio con las películas que va a comercializar, en una labor continuada y de conjunto que consiga que ninguna de ellas se quede sin encontrar a sus espectadores.

7.- Dentro de ese trabajo de distribución, se considera trascendente todo lo relacionado con el ‘marketing’ y la utilización de nuevas técnicas en los planes de promoción, mediante el uso de redes, aplicaciones y cuanto internet facilita, en especial para captar públicos jóvenes.

8.- Preocupa que casi la mitad de la producción anual española quede sin estrenarse en salas: de los 200 títulos que, como media, se producen cada año en nuestro país, menos de la mitad llegan a las carteleras comerciales, con lo que se aborta su primera ventana de explotación y se generan dificultades a la hora de ser aceptados por las siguientes.

9.- Aunque también se da dentro de la ficción, esta carencia afecta básicamente a la producción de documentales, para los que —salvo excepciones— sigue sin existir un adecuado circuito de distribución y exhibición en salas, con un número de copias en explotación acorde con el potencial de cada película.

10.- Continúa incrementándose en el mercado cinematográfico español la peculiar característica de que las películas nacionales de presumible mayor tirón comercial sean distribuidas por compañías multinacionales y no por independientes, contra lo que sucede en los países de nuestro entorno europeo.

11.- En la coyuntura actual, el máximo desafío es recuperar el público perdido en los últimos años, sobre todo entre las generaciones de cinéfilos que han sustentado durante décadas la producción y distribución independientes. Por ello, sería necesario formular una política activa que permita retomar el hábito del ir al cine.

12.- Al igual que en Conclusiones de años anteriores, reclamamos una firme iniciativa pública en la inclusión de la enseñanza cinematográfica y audiovisual en todos los niveles académicos de nuestro país, como método idóneo para salvaguardar la diversidad del cine en su doble faceta, cultural e industrial, tarea para la cual los festivales también deben jugar un mayor papel dinamizador.

Corolario.- Los organizadores del Encuentro ‘La distribución del cine español’ se comprometen a establecer un listado de temas abordados entre los distintos sectores como, por ejemplo, las ventanas de explotación de las películas (dentro del respeto de las normas marcadas por la legislación de Competencia), la cuota de pantalla, las dimensiones idóneas de la producción y la distribución, atender a la conciliación familiar, reconquistar el espacio en la agenda de los medios, potenciar la dimensión internacional del cine español, la apertura de ‘slots’ de emisión en RTVE o las dificultades burocráticas para abrir nuevas salas en los centros de las ciudades…

Dicho listado será enviado a todos los participantes en la Jornada para que identifiquen aquellos problemas que estimen más acuciantes. Asimismo, se propone el establecimiento de mesas intersectoriales que, respaldadas por el Instituto de Cinematografía (ICAA), fueran analizando la problemática citada, o bien se sumen a iniciativas similares ya existentes.

Participantes en el Encuentro sobre "La distribución del cine español"


El cine como testimonio silenciado


Texto de la conferencia pronunciada en la Fundación BBVA, de Madrid, el 28 de septiembre de 2022, dentro del Ciclo "Las artes y los confinamientos en los siglos XX y XXI", organizado conjuntamente por dicha Fundación y la Academia de Bellas Artes de San Fernando. (Los números entre paréntesis y en azul corresponden a las imágenes del Power Point que acompañaba a la conferencia). 


(1) Cuando Walter Benjamin señalaba en su “Libro de los pasajes” que “el presente no es un estado de vigilia sino de peligrosa ensoñación, de la cual solo el recuerdo, el pasado vivo, nos despierta. Por ello, recordar y despertar son íntimamente afines”, nos estaba marcando sin saberlo un camino para abordar la historia del cine. Una historia que encierra la continua tensión entre la libertad, esa palabra sagrada tan mal empleada últimamente, y la represión; entre el derecho del creador a expresarse libremente y las argollas de quienes tratan de confinarle. O, en todo caso, a utilizar sus obras como vehículos de propaganda de regímenes políticos totalitarios.

(2) Desde la primera proyección pública del cinematógrafo el 28 de diciembre de 1895 en el Boulevard des Capucines de París (invención que muy pronto llegaría a España, a Madrid concretamente, el 14 de mayo de 1896, con ocasión de las fiestas de San Isidro), los ojos de los biempensantes y los censores se lanzaron sobre él. Aquellas proyecciones iniciales comenzaban siempre con La salida de los obreros de la fábrica Lumière, un presunto documental que investigaciones de la Cinemateca de Lyon han demostrado que en realidad se trataba de una ficción varias veces ensayada por los trabajadores de la pequeña factoría (3). Y junto a esta “Salida de los obreros…” se solía mostrar La llegada de un tren a la estación de La Ciotat, donde se veía avanzar un convoy desde el fondo hasta el primer plano de la imagen, con el susto de unos espectadores que contemplaban algo así por primera vez (4). Inmediatamente hubo voces que proclamaron que aquella impresión podía ser muy perjudicial para la salud, sobre todo para el corazón y el sistema nervioso de quienes lo estuvieran contemplando en la oscuridad y en compañía de otros.

Ya se sabe que el cine surgió y se desarrolló como un espectáculo de barraca de feria, asimilado al tren del miedo, la mujer barbuda o el túnel de la risa. No iba más allá en la consideración de una sociedad dentro de la que la burguesía estaba experimentando un gran auge económico. Pero el cine salió del confinamiento ferial y se fue expandiendo gracias al apoyo de las clases populares, que lo hicieron un espectáculo suyo, lo que motivó que cada vez fuera ganando más terreno, ya dentro de los espacios urbanos. Y van surgiendo los barracones de madera (5), cada vez más amplios, pero también más susceptibles de sufrir incendios debidos al celuloide inflamable y a los cigarrillos del público, con fuego que los devora con frecuencia y causa numerosas víctimas humanas.

De ahí que la primera preocupación de las autoridades fuera evitar esos incendios mediante la tajante prohibición de aquellos peligrosos recintos, en los que veían una amenaza para los ciudadanos. Y que daría pábulo a frases realmente salvajes como la de, años después, el Obispo de Pamplona, Monseñor Olaechea: “Son los cines tan grandes destructores de la virilidad moral de los pueblos, que no dudamos que sería un gran bien para la Humanidad el que se incendiaran todos… En tanto llegue ese fuego bienhechor, señalaba el prelado, ¡feliz el pueblo a cuya entrada rece con verdad un cartel que diga: Aquí no hay cine!”.

Porque, paralelamente, la clase dominante veía otro peligro, este de carácter moral y relativo a lo que consideraban “buenas costumbres”: las imágenes que las pantallas mostraban ponían a menudo en cuestión convicciones arraigadas, sobre todo en lo que se refería a costumbres amorosas fuera de las normas imperantes. No bastaba, como se hacía en diversos países, entre ellos el nuestro, separar las localidades entre zonas para hombres y zonas para mujeres, a la manera en que se hacía y se hace en las mezquitas musulmanas. Aunque, a partir de 1921, una Orden municipal permitió en Madrid un tercer espacio dedicado a las parejas, por supuesto heterosexuales, pero iluminada por una luz roja para evitar en lo posible contactos físicos… No, esto no era suficiente. Había que actuar decididamente mediante la prohibición, la censura y la persecución de aquellas películas y sus responsables que pretendieran saltarse los límites establecidos. Como diría claramente Bernard Shaw, “todas las censuras existen para impedir que se desafíen las concepciones actuales y las instituciones existentes, justo lo que necesita el progreso para avanzar”.

Papel represivo en el que, como lo acabamos de ver, tuvo parte fundamental –dentro del ámbito de la cultura occidental– una Iglesia Católica que consideró desde el principio al cine como “un arte diabólico” y “una escuela de perversión”, del que había que defenderse a toda costa. Bueno, lo de “arte” tardó tiempo en implementarse, pasaron años ante de ser considerado así, lo que se lograría en buena parte gracias a los llamados “Films d’Art”, que adaptaban obras famosas del teatro o de la literatura mundial, atreviéndose incluso con una adaptación del Quijote en quince cuadros y en un tiempo récord de veinte minutos…

Pero ello sirvió para darle una pátina de seriedad y reconocimiento a aquel espectáculo de feria. Lo que adquiriría carta de naturaleza cuando en su Manifiesto de las Siete Artes, de 1911, el escritor futurista italiano Ricciotto Canudo (6) incluyese al cine como la séptima de ellas, considerándolo un “arte plástico en movimiento” que fusionaba a las restantes. El bautismo académico daba alas a una forma de expresarse que pronto generaría figuras como el considerado “padre del lenguaje del cine”, David Wark Griffith, Charles Chaplin o Buster Keaton, “estrellas” de la popularidad de Mary Pickford, Theda Bara o Rodolfo Valentino, o movimientos decisivos como el expresionismo alemán y el vanguardismo francés, coetáneos de una primera Gran Guerra Mundial, donde el cine, en especial el documental, ya sería utilizado como elemento no solo testimonial sino de abierta propaganda (7).

Eran los años, tras la Revolución Rusa, en que Lenin proclamase a los cuatro vientos que “el cine es, entre todas las artes, la más importante”. No porque el dirigente marxista fuese un cinéfilo empedernido, sino porque veía que a través del cine podía llegar a unas masas todavía en buena parte analfabetas y emprender, a través de las películas, una verdadera tarea ideologizadora. Aunque la creatividad de unos jóvenes cineastas, plenos de ímpetu revolucionario y entusiasmo por la nueva época, consiguieran convertir en obras maestras lo que en origen era pura propaganda. Eisenstein con La huelga y Octubre; Pudovkin con La madre, Dovjenko con Arsenal, el Cine-Ojo de Dziga Vértov o el grupo FEKS (Fábrica del Actor Excéntrico) en su opción por la comedia satírica, lograron obras maestras. Y en 1925, por encima de todas ellas, un Acorazado Potemkin (8), en el que Eisenstein, al narrar la insurrección de 1905 contra el régimen zarista, conseguiría una de las secuencias más icónicas de la historia del cine: la del descenso de las escaleras de Odesa, con el ejército reprimiendo a los manifestantes y aquella madre que cae abatida por un balazo mientras el carrito con su bebé se despeña por los escalones… (9).

También el cine todavía mudo alcanzó en España una gran popularidad, en buena parte por esa tasa de analfabetismo citada, que aquí alcanzaba proporciones superiores al 50%. Surgió por ello entonces, junto a los músicos que acompañaban las proyecciones, la figura de los “explicadores”, que iban leyendo los intertítulos de las películas o explicando su contenido para que el público no se perdiera en la trama. Manuel Gutiérrez Aragón contaba cómo en su localidad cántabra había un conocido “explicador” que cuando en la pantalla surgía un beso amoroso (10), decía siempre: “Esto, señoras y señores, carece de explicación”… Eso si el cura de ese o de cualquier otro lugar no ponía su mano delante del proyector para que los espectadores no se dejaran llevar por la concupiscencia, como recordarán ustedes que Cinema Paradiso reflejaba en el ámbito de una pequeña ciudad italiana.

En contraposición, España quizá sea el único país en que su jefe de Estado, en este caso Alfonso XIII, haya financiado la producción de películas pornográficas que todavía se conservan, caso de El confesor, El ministro y Consultorio de señoras (11). Realizadas en Barcelona por un buen director, Ricardo de Baños, y su hermano Ramón, interpretadas por prostitutas, chulos y golfos, la intermediación correspondía al Conde de Romanones y eran vistas con alborozo en palacio por el monarca junto a un escogido grupo de amigos e integrantes de su Corte más cercana.

Ejemplo paradójico porque, de una u otra manera, el cine, y ahora el audiovisual en general, siempre ha estado bajo sospecha. ¿Por qué esa inquina?, cabe preguntarse. Y, lo que quizá todavía sea peor, sujeto a una simple valoración como medio de propaganda y manipulación por parte de los poderes establecidos, silenciando su papel testimonial en beneficio de una utilización partidista. Ya aquellos jóvenes revolucionarios soviéticos veían censurados sus nuevos proyectos, que no respondían a los esquemas del llamado “realismo socialista” impuesto por el estalinismo, al que tampoco le temblaba la mano para borrar literalmente de cualquier imagen la presencia de un Trotsky convertido en máximo enemigo. Ya se acercaba aquel momento, década de los 30, para el que Gramsci previese cómo “el viejo mundo se muere, pero el nuevo tarda en nacer. Y en ese claroscuro aparecen los monstruos”… Unos monstruos llamados fascismo, nazismo, estalinismo, todos ellos volcados en usar el cine en su propio beneficio con el objetivo de adoctrinar a sus súbditos.

Si la obsesión de Hitler y Goebbels fue lograr un equivalente al Potemkin, lo que nunca consiguieron pese a poner todo el dinero y la maquinaria del Estado en fomentar una producción nacionalsocialista que diera la vuelta al mundo desde los potentes estudios UFA, en Potsdam, al lado de Berlín, Mussolini no le anduvo a la zaga. Encargó a su propio hijo, Vittorio, el diseño de una cinematografía al servicio del fascismo, creó un Instituto Luce dedicado sobre todo al documental de propaganda e incluso fundó en 1932 el primer Festival de Cine que existió, la Mostra de Venecia, que proclamaba que “la cinematografía es el arma más poderosa” (12). Mientras, se prohibía aquellas películas que, de una producción que en 1942, en pleno conflicto bélico, llegó a 120 títulos, no se ajustasen al ideario oficial.

Las censuras contra el cine y su utilización proliferaron por doquier, incluso en la España de la II República, que mantuvo una práctica censorial que arrancó en 1912 durante la monarquía, prohibiendo, por ejemplo, la República, durante el conocido como “bienio negro”, el documental de Luis Buñuel sobre Las Hurdes, Tierra sin pan (13), de 1933. Al tiempo que la Francia del Frente Popular no dudaba en auspiciar films que divulgasen su ideología, como La vie est à nous (producida directamente por el Partido Comunista) o El crimen de Monsieur Lange. Pero, eso sí, con el acierto de encargárselo a un talento de la altura del de Jean Renoir, que dirigiría ambos, al igual que La Marsellesa (14), de tintes muy nacionalistas. La ardua batalla ideológica y política que se vivía en la Europa de los 30, tuvo así su claro reflejo en las pantallas.

Como tampoco podía ser de otra manera, la II Guerra Mundial supuso el apogeo del uso y abuso del cine como factor de propaganda y prohibición o silenciamiento del que no fuese favorable a las ideas de cada régimen. Aunque a su término, surgiría junto a la derrota del nazismo un movimiento de máxima libertad y originalidad creativas: el neorrealismo italiano, a hombros de maestros como Rossellini y su Roma, città aperta (15), Visconti con La terra trema o De Sica con Ladrón de bicicletas, y una figura que, desde la escritura del guion, iría marcando los parámetros del movimiento, Cesare Zavattini (16). En su exploración de la sociedad posbélica, en el protagonismo que otorgaba a las clases populares, en los conflictos que mostraba de un país empobrecido por el fascismo y la guerra, no ha habido momento tan transformador en la historia del cine como el acaecido en Italia entre 1945 y 1951.

Solo una década después, la Nouvelle Vague francesa surgía con Godard (en A bout de souffle, Al final de la escapada en España (17). Una Nueva Ola también con Truffaut (Los 400 golpes) y Resnais (Hiroshima mon amour) al frente, que provocaría el surgimiento de “Nuevos Cines” en los cinco continentes como santo y seña de una generación joven que se estaba adueñando progresivamente del mundo.

No lo vivimos así en España, atenazados por una censura que puso pronto en marcha el segmento del bando llamado “nacionalista” radicado en Salamanca, y que se consolidaría tras la finalización de la Guerra Civil. Censura monolítica que prohibió radicalmente esos títulos señeros del neorrealismo, que solo conocieron nuestros jóvenes realizadores como Bardem y Berlanga por minoritarias Semanas de Cine Italiano que se desarrollaron en Madrid y que supusieron una verdadera epifanía para ellos. Habían vivido y sufrido una década, la de los 40, donde solo algunas excepciones como la semidesconocida Vida en sombras, de Llobet Gràcia (18), o algunos films de Edgar Neville supusieron una excepción a las producciones de glorificación patria, de habitual cartón piedra, que el franquismo impulsaba sobre todo a través de la productora Cifesa. Periodo en el que llegó a darse un hecho inusual, que el propio Franco escribiese un guion, el de Raza (19), llevado a la pantalla por José Luis Sáenz de Heredia, primo hermano de José Antonio, el fundador de Falange Española.

Bardem, Berlanga, Fernán-Gómez o el José Antonio Nieves Conde de Surcos y El inquilino se sumaron decididamente, ya en los 50, al silenciado clamor por la libertad de expresión. Un clamor que les aglutinaba con un amplio grupo antifranquista que se extendía hacia otros campos de la cultura española: la narrativa de Aldecoa, Ferlosio, Sueiro, Jesús Fernández Santos o Delibes; el teatro de Sastre, Buero Vallejo y Carlos Muñiz; las propuestas plásticas de los colectivos El Paso, Dau al Set, Estampa Popular, Equipo 57 y la Escuela de Madrid, e incluso la música vanguardista de la Generación del 51, la de Luis de Pablo, Cristóbal Halffter, Antón García Abril, Xavier Montsalvatge o, más joven, Tomás Marco. Significaba todo un movimiento crítico y renovador que iría desplegando su talento a través de, limitándome al cine, obras señeras como Esa pareja feliz, Bienvenido Mister Marshall (20), Muerte de un ciclista, Calle Mayor, La vida por delante o, más tarde, Plácido y El verdugo (ya con la aportación decisiva de Rafael Azcona en la obra de Berlanga) o Nunca pasa nada (21), otra muestra del mejor Bardem. Junto a las de Bardem y Berlanga, hay que situar dos obras maestras de Fernán-Gómez, El extraño viaje y El mundo sigue, y un Carlos Saura que había iniciado con Los golfos una trayectoria de enorme riqueza a la que ya asomaba La caza. Por desgracia, Luis Buñuel no tendría posibilidad de rodar en España hasta 1961, cuando filma Viridiana (22), verdadera “bestia negra” para el Vaticano y para el franquismo, que –tras obtener la Palma de Oro del Festival de Cannes– no solo es prohibida sino a la que se llega a negar su existencia.

Todas y cada una de las películas citadas sufrieron en sus carnes una censura impenitente que el franquismo ejerció entre 1939 y 1977, al comenzar la democracia. Su ejecutoria supone una auténtica infamia, de especial virulencia contra el cine por su carácter popular y masivo en aquellos años en los que significaba el principal recurso de ocio. Con la doble censura, sobre guion y a película realizada, quedaron cercenadas muchas obras en su raíz y en su desarrollo. La censura franquista no se limitó a unas cuantas anécdotas curiosas o divertidas, como ahora se citan a menudo, sino que fue un mecanismo de represión que abortó, o cuando menos confinó hasta el límite, proyectos que habrían sido fundamentales para la cultura española.

Porque a esa labor gubernamental hay que sumar la ejercida por la Iglesia, con aquellas calificaciones del 1 al 4 que lanzaba cada semana la Oficina Católica del Cine. 3 para Mayores, 3-R para Mayores con Reparos y 4 para películas consideradas nada menos que “gravemente peligrosas”, lo que si para los creyentes significaba una barrera a la hora de ir a las salas, para los no creyentes suponía un acicate irresistible… Solo ya avanzados los 50, cuando el Papa Pío XII (llamado “el Papa del Cine”) publicó la encíclica Miranda Prorsus (23), la actitud eclesiástica fue variando desde la condena rotunda que propugnase otra encíclica, la Vigilanti cura de Pio XI en 1936 (donde se aseguraba que el cine fomentaba “la relajación de las facultades mentales y las fuerzas espirituales de los espectadores”), hasta la búsqueda propuesta por Pío XII de un “film ideal” que fomentase los valores predicados por el catolicismo y que incluso dio nombre a una revista especializada española. La línea del Concilio Vaticano II, con posiciones más abiertas y tolerantes, tardaron en llegar a España, aferrada a un nacional-catolicismo que se veía ya con los días contados, pero que pugnó por sobrevivir hasta la muerte del dictador.

Tampoco en Estados Unidos se aceptó con facilidad el viento de libertad que había surgido con tanta fuerza tras el fin de la II Guerra Mundial. Allí fue el macartismo (adjetivo derivado del nombre del senador republicano Joseph McCarthy) (24) el que se impuso durante más de una década, hasta casi los años 60. La reacción en Hollywood había comenzado con el temor ante las protestas salariales y de condiciones laborales emprendidas por los trabajadores de la industria cinematográfica. El apoyo que recibieron por parte de cineastas muy diversos se volvió contra ellos, al ser acusados de pertenencia al Partido Comunista y de actuar en contra de los intereses nacionales. Fue entonces, en 1950, ya con la Guerra de Corea por medio, cuando se creó el Comité de Actividades Antiamericanas, presidido por el citado McCarthy, que fue citando a declarar a muchas personalidades conocidas, sobre todo directores, guionistas y actores.

Las productoras ejercieron entonces una auténtica “caza de brujas” a través de “listas negras” con nombres a quienes impedía trabajar en sus Estudios. Fueron frecuentes las negativas a declarar ante el Comité por parte de los conocidos como “testigos inamistosos”, en especial los guionistas y directores que integraron el grupo más combativo, los llamados Diez de Hollywood (25), varios de los cuales acabarían en la cárcel por desacato. Frente a ello se posicionó el Comité de la Primera Enmienda (formado sobre todo por famosos actrices y actores), Enmienda que proclama la libertad de expresión; y se dieron posturas honestas, como la de John Ford frente a la de Cecil B. De Mille en el Sindicato de Directores. Pero predominaron las denuncias o delaciones, entre las que destacaron las de Gary Cooper, Robert Taylor y Ronald Reagan. E incluso el gran Elia Kazan pagó una página de publicidad en el “New York Times” (26) justificando su delación contra presuntos comunistas e instando a que otros siguieran su camino…

Fue un periodo realmente oscuro y penoso para el cine norteamericano, que motivó, aparte de la cárcel para varios, el exilio a Europa de figuras de la valía de Charles Chaplin, Jules Dassin o John Berry. Y que, por ejemplo, un gran guionista, Dalton Trumbo, tuviese que firmar con diversos seudónimos que le servían de “tapadera”, incluso ganando así dos Oscar, por Vacaciones en Roma y El Bravo; y hasta, trágicamente, la “caza de brujas” quebró la vida del actor más prometedor del momento, John Garfield (27). En el país que presumía de ser tierra de libertad, el macartismo se llevó por delante toda una generación ligada al cine. La sentencia la pronunciaría Orson Welles: “Lo malo de la izquierda estadounidense es que traicionó para salvar sus piscinas. Somos pocos quienes no hemos traicionado nuestra postura, los que no hemos dado nombres de otras personas”

En Europa, mientras, se va imponiendo la actitud de defensa de la libertad de expresión, de la apuesta por la diversidad, del respeto y apoyo al creador, aunque ello no se traduzca en demasiadas facilidades económicas en su trabajo. Pervive en cada país la censura gubernamental, pero Francia ya se plantea eliminarla desde 1974, para que pase a emitir recomendaciones a los espectadores, sobre todo para los de edad infantil, solo tres años antes de que, por ejemplo, la censura gubernamental también se suprima en España, como ya hemos indicado. El cine europeo parece respirar en este nuevo clima de abierta confianza en que la relación entre las obras y su público se mueve en un terreno no conflictivo a causa de la represión, el recelo o el simple trato comercial que busca altos rendimientos de taquilla, como sucede con el cine mayoritario que llega del otro lado del Atlántico.

Pero no cesan las pretensiones de confinamiento, de silenciamiento, para las obras más libres. Y dada la desaparición o el relajamiento de las censuras gubernativas, surge entonces la práctica de denuncia de determinadas películas ante la justicia por parte de asociaciones, grupos o personas de un catolicismo ultraconservador, modo de actuar donde Italia lleva la delantera. Recordemos, en este sentido, el calvario judicial sufrido por El último tango en París (28). Igual que el film de Bertolucci, otros como Salò o los 120 días de Sodoma, de Pasolini; Marcia trionfale, de Bellochio; L’ape regina, de Ferreri, y tantas más son denunciados ante los tribunales que, como medida cautelar, prohíben su exhibición y, por tanto, su normal comercialización. Aunque finalmente, tras un largo tiempo de recursos e incluso cambios obligados en su relato o sus imágenes, quedan liberados.

Entre nosotros, esa práctica adquiere un perfil exacerbado cuando El crimen de Cuenca (29) es llevada ante la Justicia militar, con petición fiscal para su directora, Pilar Miró, de nada menos que seis años de cárcel. El caso se convierte en un “affaire” nacional que llega al Parlamento, provocando encendidas disputas políticas entre el Gobierno de la UCD y la oposición del PSOE, que logra que, mediante una reforma del Código de Justicia Militar, el asunto salga de esa jurisdicción, pase a la civil, y sea finalmente sobreseído. Pero no sin erigirse en un claro exponente de las contradicciones y tensiones múltiples que tienen su seno en el proceso de la transición política española.

Siempre sujetas las obras a unas normas legales cuya aplicación corresponde, como es lógico, a los jueces, las mayores amenazas contra la libertad de expresión en este siglo XXI provienen no ya de una Europa que se enorgullece de haberlas desterrado, como de dictaduras teocráticas como un Irán de triste actualidad, donde cineastas como Jafar Panahi (30) y Mohammad Rasoulof pasan temporadas en la cárcel o confinados en sus casas, aunque luchen siempre por seguir rodando. O de carácter político, caso de Cuba, Venezuela o Nicaragua, entre los países iberoamericanos, y la Rusia de Putin, que lleva reprimiendo cineastas desde mucho antes de su criminal invasión a Ucrania.

En todo caso, es una mala praxis de la llamada “corrección política” lo que está gravitando sobre la producción cinematográfica, en especial la norteamericana, muy lejos de aquel espíritu testimonial y comprometido de sus mejores autores de los 70. Cuando Pollack, Pakula, Mulligan, Penn, Lumet o Frankenheimer mostraban en la pantallas de todo el mundo los conflictos de una sociedad corroída por la violencia, la corrupción y la falsificación de las propias imágenes, como no había podido hacerse desde la inquisición macartista (31).

Igual que las filmografías de tantos autores decisivos de estos años, incluyendo los dos de la pandemia que los diversos sectores de la industria cinematográfica han vivido con tanta penuria y una competencia tan fuerte de las plataformas digitales, obras como estas y otras muchas que he citado en mi intervención suponen lo que Faulkner solicitaba para la escritura, que fuera “como encender una cerilla en un campo oscuro: no se ilumina todo, pero sí lo bastante para que nos demos cuenta del tamaño de la oscuridad”.

El cine, tantas veces odiado, confinado o prostituido en aras de un beneficio político o económico, posee también esa capacidad de iluminar para que comprobemos hasta qué punto nos rodea la oscuridad. O, como ha dicho el director australiano George Miller de manera similar, el cine viene a ser “esa vela tintineante en una casa a oscuras en la noche más profunda”. En ello confiamos y, si se mantiene fiel a ese principio, nunca ha sido ni será vencido por fuerzas coercitivas que busquen anularlo, destruirlo o confinarlo (32). Siempre ha salido vencedor de una pugna que quizá nunca tenga fin porque, en verdad, es un factor más de la lucha global por la democracia.

 

La infinita fascinación de Louise Brooks

 



Buenas tardes y muchas gracias por su asistencia. Y también un profundo agradecimiento a Lucía Franco y Carmen Monsalve, las responsables del Programa de Conferencias de la Fundación March que me han ofrecido la posibilidad de ocupar este estrado por tercera vez.


Se sorprenderán ustedes de que en esta sala, templo del cine mudo, venga a cometer la herejía de presentarles una película sonora, Prix de beauté, Premio de belleza, de Augusto Genina, también conocida como Miss Europa en los países anglosajones. Bueno, sonora solo hasta cierto punto, más bien “sonorizada”, poco y no muy bien, como veremos. Pero piensen que estamos en 1930, que el cine sonoro viene arrasando desde que, tres años antes, El cantor de jazz, entusiasmara al público y, quieran o no, las nuevas producciones tienen que adaptarse al tiempo de las películas “totalmente habladas” o hasta “totalmente cantadas” si desean sobrevivir.

De nada sirvieron las opiniones de los mayores cineastas del momento, de Chaplin, Eisenstein o Murnau, quienes lucharon denodadamente por preservar el cine mudo. Ellos consideraban, no sin razón, que ese cine había llegado a un grado de madurez expresiva, de identidad propia como lenguaje, que el sonoro ponía en muy grave peligro. El cine, pensaban, se acercaría peligrosamente al teatro, a un dominio de la palabra que iba a interferir el progresivo desarrollo del arte nacido en 1895. La dependencia de los diálogos y las canciones sería inmediata, condicionando también una planificación y unos movimientos de cámara que tenían que compaginarse con el pesadísimo equipamiento sonoro para registrar las palabras. Cualquiera que haya visto Cantando bajo la lluvia, por ejemplo, entenderá muy bien esta situación.

Pero el beneficio industrial acabó prevaleciendo sobre los puristas del lenguaje de las imágenes mudas. Y en el periodo de transición hasta que ya el sonoro se implantó definitivamente, se recurrió a la llamada “sonorización”. Es decir, ajustar como se podía diálogos, canciones, efectos de sonido y músicas varias a lo que había sido rodado como una película muda. Así se hizo de manera destacada en Francia, con films como La Edad de Oro, de Luis Buñuel, o la película que vamos a ver esta tarde, con resultados poco estimulantes pese a que el registro de sonido llevase la firma de la prestigiosa firma alemana Tobis.

De manera más elaborada, aunque también lo rechazase al comienzo, René Clair supo ir conformando una estética distinta, incorporando el sonoro de manera creativa en esos mismos primeros años 30 mediante trabajos de la entidad de Bajo los techos de París y El millón. Precisamente el nombre de Clair está presente en Premio de belleza, ya que él inspiró su guion e incluso estaba previsto que la dirigiera, aunque luego prefiriera emprender otros proyectos más personales como los citados.

También parece que otro gran cineasta de la época como Pabst intervino en la película, aunque los historiadores no se ponen muy de acuerdo en cuáles fueron sus funciones: unos hablan de que contribuyó al guion, otros que a apoyar su producción por SOFAR Film y no falta quienes le vieron como consejero personal de la actriz Louise Brooks, a la que había brindado su enorme doble éxito de La caja de Pandora y Tres páginas de un diario. Pero la verdad es que en Premio de belleza intervinieron asimismo otros nombres de primera fila, como el director de fotografía Rudolph Maté, quien después emprendería una amplia carrera como operador y director en Estados Unidos; el montador y ayudante de dirección Edmond T. Gréville, que también desarrollaría una larga trayectoria como realizador, y el músico alemán Wolfgang Zeller, que destacase en la mejor producción muda de su país y que aquí ofrece una incesante música. Además de componer dos canciones, una de ellas, Je n’ai qu’un amour, c’est toi (“Solo tengo un amor, que eres tú”) repetida al principio y al final, con una voz en francés que algunos han querido reconocer como la de nada menos que Josephine Baker. Canción que adquiere un potente significado como ustedes verán por sí mismos y yo no voy a ser tan “cenizo” como para descubrírselo.

Augusto Genina con Louise Brooks, durante el rodaje de "Prix de beauté"

Diferente es el caso del guionista y director, el italiano Augusto Genina, de quien a los más veteranos de la sala les sonará sin duda la película que hizo en 1940 sobre la Guerra Civil española, Sin novedad en el Alcázar, sobre el asedio de las tropas republicanas a la entonces sede toledana de la Academia de Infantería. Y que, por supuesto, incluía la famosa conversación entre el General José Moscardó y su hijo Luis tras ser capturado por los atacantes y proponer estos su liberación a cambio de la entrega del Alcázar, a lo que el padre se negó, con la rotunda frase de “El Alcázar no se rinde”. Hecho no contrastado históricamente, pero que el franquismo utilizó de forma incesante, estableciendo un paralelismo entre él y la muerte del hijo menor de Guzmán el Bueno en la defensa de Tarifa. Como utilizaría durante muchos años la propia película Sin novedad en el Alcázar, con la que –según la desorbitada frase de su director– pretendía emular a todo un Acorazado Potemkin

Poco extraña esta película en el caso de Genina, convertido en cineasta oficial del fascismo italiano mediante títulos del estilo de El escuadrón blanco y Bengasi, ambas situadas en Libia, objeto siempre del deseo colonialista de ese régimen. Allí había vuelto para rodearse de todos los oropeles mussolinianos tras haberse marchado de su país con ocasión de la profunda crisis del cine italiano en 1927. Recaló primero en Alemania, donde rodó cinco largometrajes, para asentarse posteriormente en París hasta 1934, etapa en la que realizase, entre otros, este Prix de beauté, probablemente su mejor obra. Había sido antes un director muy prolífico en todo tipo de géneros de la producción muda transalpina, a la que, después de unos años de hibernación por su filiación fascista, volvió con films de intenso contenido católico y gran éxito comercial, en especial Cielo sobre el pantano, en 1949, sobre la vida de la niña santa Maria Goretti, de 12 años, película que se proyectó sin cesar en nuestros colegios del nacional-catolicismo; o, cinco años más tarde, Magdalena, modernización de la figura bíblica con la que Marta Toren triunfase mundialmente. Y es que a Augusto Genina, fallecido en 1957, con tan solo 65 años, el éxito comercial, por una u otra vía, nunca le abandonaría.

Tampoco unas buenas dotes profesionales. Pueden comprobarse en Premio de belleza, por su uso de la cámara, su sentido de la planificación, sus movimientos dentro y fuera del cuadro, su criterio escenográfico y objetual que ejemplifica ese recurso de los relojes en la segunda parte del film. No era Genina un director vulgar, como también demuestra su mezcla de ficción y documental en muchas secuencias, como la inicial en la piscina popular, similar a la que otros cineastas coetáneos harían en Alemania con Sinfonía de una gran ciudad o Gente en domingo. O las secuencias dedicadas a la elección de “la más bella” de las misses, ¡en San Sebastián!, “bajo el cielo azul de España, clara señal de que ni Genina ni sus colaboradores eran visitantes demasiado habituales de la hermosa capital guipuzcoana… Dado que se trataba de un film presuntamente sonoro, era inevitable que dicha elección se efectuase por la longitud cronometrada de los aplausos del público. No precisamente por estas escenas, pero sí Genina destacaría por el memorable final de su película, en el que ya he dicho que no entraré por respeto a ustedes, pero que les avanzo que supone una secuencia muy adelantada a su tiempo.

Pero, por encima de cualquier otra consideración, Prix de beauté es Louise Brooks, su fascinante protagonista. Con el corte de pelo que la hizo famosa, con su mirada entre ingenua y pícara, toda la película gira en torno a ella, a su personaje de Lucienne Garnier, apodada coloquialmente Lulú, sin duda en homenaje al papel que le dio fama en La caja de Pandora. Actriz especial en todos los sentidos, esa fama no le llegó en su Norteamerica natal (había nacido en Cherryvale, en el Condado de Montgomery, Kansas, en 1906), sino en Europa tras los films dirigidos por Pabst que hemos citado. Todavía supone un cierto misterio por qué dejó el cine tan pronto como en 1938, producto quizá tanto de su matrimonio con el bailarín y millonario Deering Davis, con el que formó el dúo de baile Brooks&Davis, como de una rebeldía que siempre le caracterizó y que le llevó a enfrentarse con los Estudios de Hollywood por no aceptar sus imposiciones. “No hay otro trabajo que se parezca más a la esclavitud que el de estrella de cine”, dijo entonces con pleno conocimiento de causa.

Tras abandonar la pantalla, llevó una vida a salto de mata, desde dependienta de un comercio de Nueva York hasta prostituta de lujo. Años después y hasta su muerte, pobre y alcoholizada, en 1985, se centraría en la escritura (siempre había sido una gran lectora, incluso en los rodajes, a los que con frecuencia llevaba libros de Proust), fruto de lo cual serían numerosos artículos sobre sus avatares, que reuniría en su notable libro Lulú en Hollywood, hoy difícilmente encontrable en España.

Dado que mi compañero José Luis Sánchez Noriega ya dedicó en esta misma sala, en febrero de 2019, a Louise Brooks buena parte de su presentación de Tres páginas de un diario, no me detendré en ella tanto como me apetecería y no tendré más remedio que repetir alguna de sus citas. Pero seguro que ustedes van a compartir esa común fascinación, como la sintieron Stanley Donen y Gene Kelly al idear el baile de una Cyd Charisse con idéntico corte de pelo en la citada Cantando bajo la lluvia, Godard al caracterizar a Anna Karina en Vivir su vida, Bob Fosse a Liza Minnelli en Cabaret, Jonathan Demme a Melanie Griffith en Algo salvaje o Quentin Tarantino a Uma Thurman en Pulp Fiction. Una melena que va mucho más allá de un simple recurso de peluquería y que se extendería por el famoso cómic de Guido Crepax, Valentina, e incluso al perfume LouLou lanzado por Cacharel y cuyo poder de seducción todavía pervive.

Lulú es pretendida por el Príncipe Adolphe de Grabovsky

Mal doblada en francés por la semidesconocida actriz Hélène Regelly, esta Louise Brooks, transmutada en una belleza de “1.65 de estatura y 54 kilos”, según describe el locutor de la ceremonia de las Misses, trasciende continuamente la pantalla. Humilde mecanógrafa del inventado diario parisino “El Globo”, pareja del linotipista André (con una descripción de los talleres de un periódico que hoy parece de tiempos inmemoriales, pero no hace tanto de ello), no resulta extraño que Lulú despierte la atracción sexual, y financiera, del Príncipe Adolphe de Grabovsky o de todo un marajá indio que le promete infinitas dádivas. Regalada como jamás lo había sido, la muchacha es, en definitiva, víctima de un machismo que se expresa en dos vertientes distintas: desde el deseo de posesión y los celos; o desde el halago hacia su simple belleza (de inteligencia ni se habla) emitido con la soberbia de una posición económica dominante. Una vez más dentro del cine europeo de entreguerras, asistimos en Prix de beauté al conflicto entre la debilidad de los seres vulnerables, mujeres habitualmente, y la altivez de los poseedores de un mundo que, sin embargo, se halla cerca de su ocaso con el estallido de la II Guerra Mundial.

Para Lulú, el pájaro enjaulado supone una metáfora de su vida cotidiana

Rodada entre el 29 de agosto y el 27 de septiembre de 1929, menos de un mes, y estrenada en el 20 de agosto siguiente, nos hallamos ante una película claramente dividida en dos partes, como también el estilo que Augusto Genina aplica en ambas difiere considerablemente. Mucho más ágil y dinámico en la primera mitad de una hora, se reposa en la continuación, donde Louise Brooks, además de su atractivo, demuestra su valía de actriz dramática en secuencias como las que reflejan su vida cotidiana o cuando la contemplamos sumida en sus reflexiones sentada en la cama marital. Evidentemente, la actriz no encajaba en la línea que Hollywood había popularizado durante “los felices 20”, la de aquellas traviesas “flappers” creadas para alegría y satisfacción de un público que intentaba olvidarse así de las injusticias sociales que acabarían estallando en el “crack” del 29.

Imagen de la impactante secuencia final de "Prix de beauté"

Al tiempo que, avanzados los 50, al conocer sus películas los críticos galos la redescubrían y ensalzaban con admiración, vale la pena, refiriéndose a Louise Brooks, lo que sesudos directores de Cinematecas europeas opinaron sobre ella. Todo un Henri Langlois, creador de la primera que hubo en el mundo, la francesa, se lanzaba a exclamar “No hay Garbo, no hay Dietrich, ¡solo Louise Brooks!”. Y quien fuera durante décadas director de la Cinemateca Suiza, Freddy Buache, no dudaría en calificarla como “un astro de carne y de fuego único en la historia del séptimo arte”. Por parte española, Carlos Fernández Cuenca, primer director de la entonces llamada Filmoteca Nacional, actualmente Filmoteca Española, escribiría, ya en 1967: “Louise Brooks fue un milagro excepcional en el ámbito de la pantalla. La actriz norteamericana que mejor encarnó a las seductoras europeas ocultaba tras de su rostro bellísimo, con el cabello cortado al estilo garçon de la época –cuidadosamente rapado en la nuca, el flequillo espeso llegándole a las cejas y la corta melenita marcando dos avances atrevidos sobre las mejillas-, una sensibilidad exquisita, un sentido natural de la expresión, un ritmo de movimientos que daba la insuperable sensación de la más tentadora voluptuosidad. El poder erótico de primaria animalidad que Louise Brooks lució en ‘La caja de Pandora’ no tenía precedentes en el cine, ni sería después superado o igualado siquiera. Comparada con Louise Brooks, la audacísima Brigitte Bardot resulta poco menos que una recatada alumna ejemplar de convento de monjas”.

Solo me queda por saber la visión que, ahora, en 2022, tendrán de ella ustedes, los espectadores, y sobre todo, espectadoras de Premio de belleza o Miss Europa en esta sesión que tanto me ha complacido presentar.

Muchas gracias por su atención y que disfruten de la película.


(Presentación efectuada, con apoyo de Power Point, en la sede madrileña de la Fundación March el 29 de abril de 2022).