Deslocalización


Con esta palabreja, todavía no recogida por la Academia y versión castellana del inglés “offspring”, se designa un fenómeno típico del capitalismo salvaje (valga la redundancia): llevarse una industria del lugar donde está situada a otro que permita un mayor beneficio gracias a menores costes salariales, permisiva legislación social y ambiental o atractivos fiscales. Las grandes empresas, sobre todo multinacionales, suelen utilizarlo, trasladando sus centros de producción a localidades todavía más favorables a sus cuentas de resultados, dejando en el paro a miles de trabajadores de la zona de origen en busca de otros con sueldos reducidos y escasas exigencias sindicales. Lo dicho, una salvajada que ocurre un día sí y otro también, y que ciertos economistas consideran una consecuencia “lógica” de la globalización.

Rodaje de "Zipi y Zape y el Club de la Canica"

Si traigo a esta página el tema de la deslocalización, no es porque alguna película lo aborde ahora (de hecho, ya lo hicieron Costa-Gavras y Ken Loach), sino porque está sucediendo en el cine español. Al repasar las fichas de Zipi y Zape y el Club de la Canica o de la serie televisiva sobre el personaje del Capitán Alatriste, puede comprobarse que han sido rodadas en Hungría, en estudios y con técnicos, operarios e incluso actores de ese país. La razón es simple, y no tiene que ver con que la trama se desarrolle precisamente allí: los costes de producción resultan inferiores y las condiciones laborales más “flexibles”. Mientras, las gentes de nuestro cine no tienen trabajo que llevarse a la boca, no sale nada digno (solo quince largometrajes han superado en 2013 el presupuesto de 2 millones de euros) y deben dedicarse a otros menesteres o emigrar al extranjero. Hay profesiones que están casi desapareciendo, como las de constructores de decorados –en origen, muchos artistas falleros–, atrezzistas, maquinistas o eléctricos, mientras se deslocalizan las escasas producciones de mayor empeño económico y se marchan a Hungría, a Marruecos o a Portugal.

Otro tanto respecto a los estudios. Al tiempo que agonizan los de la Ciudad de la Luz (también por motivos que conocen perfectamente los lectores de Turia) o que Isasi haya cerrado los suyos en Cataluña, vamos a buscar los de fuera, sin duda muy bien dotados pero sobre todo más baratos. Es como la etapa de Samuel Bronston o de Lawrence de Arabia, pero al revés: entonces, finales de los 50 y principios de los 60, éramos el Tercer Mundo del cine y aquí se venía a rodar porque costaba menos y todo eran facilidades. Ahora, ya explotamos a otros… Los que, principalmente desde FAPAE, tanto daban la matraca con el exceso de películas españolas, que vayan a convencer de su teoría reduccionista y su defensa de la deslocalización a los miles de profesionales, técnicos y artistas que están hoy pura y simplemente en el paro. Les van a recibir con las puertas abiertas.

(Publicado en "Turia" de Valencia, enero de 2014).

Notas sobre "Bienvenido, Míster Marshall"


(Texto para la presentación del libro "Bienvenido Mister Marshall". Sesenta años de historias y leyendas", de Eduardo Rodríguez Merchán y Luis Deltell, que tuvo lugar en la Sala Berlanga, de Madrid, el 21 de enero de 2014. En esa presentación también intervinieron los autores del volumen e Inés París como coordinadora).


· Más que al libro de Eduardo Rodríguez Merchán y Luis Deltell, voy a referirme directamente a la película de Berlanga. Además, como soy uno de los dos prologuistas, ya se da por supuesta la alta valoración que me merece… Pero sí hay que resaltar desde un principio que el eje troncal del texto es la decisiva importancia que conceden sus autores al trabajo de Miguel Mihura en el guion del film, que Eduardo y yo mismo adelantamos en nuestro libro “Miguel Mihura, en el infierno del cine”, editado por el Festival de Valladolid. Si el volumen actual supone un estudio analítico a lo largo de 321 páginas y 368 notas, que demuestra una gran meticulosidad académica y documental, debe destacarse que se analizan en él nada menos que veinte razones o apartados para demostrar la coautoría “mihuresca”. Como también supone una importante aportación la comparación entre los dos guiones, el original y el trabajado por Mihura que sirvió para el rodaje, así como de las listas de secuencias correspondientes. Unas secuencias que, durante muchos años, sufrieron la anomalía de que la película se viera con los rollos cambiados… Algo muy propio del carácter caótico del cineasta de “Bienvenido…”, a cuya bibliografía el libro de Rodríguez Merchán y Deltell supone una destaca aportación.


     Eduardo Rodríguez Merchán

· En su momento, Alonso Zamora Vicente escribió que “la aparición de ‘Bienvenido…’ es equiparable a lo que significó ‘El lazarillo de Tormes’ en la literatura”. Y no anduvo precisamente descaminado, pese a la aparente exageración, en su criterio sobre una película que –cabe recordar– solo costó entre tres y cinco millones de pesetas, entre 18 y 30.000 euros, lo que hoy llamaríamos un film “low cost”.

·    Podría considerarse que la semilla de “Bienvenido…” está en la secuencia inicial de “Esa pareja feliz”, cuando –en un estudio de cine y ante sus humildes trabajadores– Lola Gaos, llevando un ropaje similar al de Aurora Bautista en “Locura de amor”, caía por una ventana equivocada del decorado tras gritar “¡No, no firmaré jamás, muera conmigo el honor de Palencia!”… En esa voluntad de plantear un contraste entre el “cine heroico” español de la posguerra y el que deseaban hacer los nuevos cineastas como Berlanga y Bardem, se halla el sustrato del planteamiento de “Bienvenido…”.

·    De hecho, la capacidad irónica, de desmitificación, incluso la irrisión que provoca el choque entre la realidad y una ficción adulterada, están también en “Bienvenido…”. En otras palabras, el contraste entre la España oficial y la real. Porque, así, “Bienvenido…” no es sino la ceremonia de enmascaramiento de un pueblo que ha de disfrazarse con el fin de lograr sus objetivos. Para ello, no les sirve la vida que viven y tienen que inventarse otra distinta, acorde con lo que creen que se espera de ellos. En definitiva, y aunque dentro del terreno de la comedia, la necesidad de ser otros porque lo que se es en realidad no sirve para unos fines concretos. De ahí que pocas películas tengan un final tan triste como “Bienvenido…”, donde dan tanta pena sus personajes, aunque la voz en “off” trate de enmascararlo hablando de la “esperanza” y del tranquilo regreso a la normalidad cotidiana.

·       Se aborda en el libro la polémica sobre si “Bienvenido…” gustó o no al franquismo. De lo primero hay testimonios en cartas de embajadores, gobernadores civiles y escritos de los críticos oficiales, e incluso el hecho de que la censura apenas la atacase, salvo en algunos pasajes del cura. Pero no hay que olvidar que el Régimen había comenzado una tímida apertura en 1951, un año antes de que se aprobara “Bienvenido…”, en el momento del nombramiento de Joaquín Ruiz Giménez como ministro de Educación (que duraría hasta 1956) o de José María García Escudero al frente de la Dirección General de Cine (cargo en el que estaría menos de un año): es también el momento de la autorización de “Surcos”, de Nieves Conde, o del “cine negro” que se estaba haciendo en Barcelona. Por otra parte, al franquismo no le disgustaba en absoluto “meterse” con los norteamericanos después de que España hubiera sido excluida –debido a sus connotaciones filofascistas– del Plan Marshall de reconstrucción europea, ni dejar pasar la ocasión de realzar la autenticidad patria contra lo que venía de fuera, de lo que, eso sí, no dudaba en aprovecharse aunque fuese a costa de disfrazar las “esencias”. Por ello, tienen razón Rodríguez Merchán y Deltell cuando señalan que, posiblemente, solo un año más tarde, “Bienvenido…” no habría sido autorizada, al firmarse los Pactos con Estados Unidos y variar la perspectiva de la relación entre ambos países, que ya no estaría abierta a las “bromas” cinematográficas.

·       Pero vista desde hoy, poco más de sesenta años después, suena disparatado pensar en cualquier tipo de connivencia entre “Bienvenido…” y el franquismo. La prueba es la contemplación que de la película se ha ido haciendo por parte de generaciones posteriores y de la actual (¡cuántas veces se ha comparado el discurso del alcalde con los de Franco!). Difícilmente podría sonar en su elogio la historia de “un pueblo español, un pueblecito cualquiera” que no solo soporta a unos Delegados gubernamentales autoritarios, prepotentes y que no saben ni el nombre de la localidad en que están, sino que vive en una situación de estancamiento, carente de estímulos y futuro sin apenas horizontes, que ha de travestirse, de refugiarse en una falsedad para lograr sus pequeñas ambiciones. ¿Era esa la imagen que el franquismo quería dar de la España de los 50? Evidentemente, no.

·  Porque “Bienvenido…” es una de las escasísimas películas españolas con un protagonista colectivo, ese “pueblo cualquiera” al que hemos hecho alusión. Hay, sí, personajes más destacados que otros, como el alcalde, el representante, la cantante, el cura, el hidalgo…, pero ninguno alcanza un dominio total sobre los demás. Frente al esquema habitual de protagonista y antagonista, en este caso hay una colectividad entera sobre la que gira todo el relato.

·      Podría decirse, por otra parte, que “Bienvenido…” es una de las películas imperfectas más perfectas. Me explicaré: posee varios elementos que no funcionan satisfactoriamente, como una voz en “off” irritante por lo edulcorada y relamida; unos sueños que no aportan gran cosa, aunque nos haga gracia –pese a ser demasiado largo– el del alcalde en el “saloon” de “western”; unas canciones metidas con calzador (como consecuencia del origen de la película para lucimiento de Lolita Sevilla), excepto la famosa de “Americanos, os recibimos con alegría…”. Pese a todo lo cual, “Bienvenido…” es un prodigio de frescura, humor intencionado y una capacidad satírica que llega a alcanzar la categoría de metáfora social. Por eso sigue viéndose en perspectiva con la misma satisfacción que hace más de medio siglo, divirtiéndonos con los impagables trabajos de Pepe Isbert o Manolo Morán y afectándonos en lo que tiene de reflejo de una sociedad española, rural en este caso, que acababa de salir del racionamiento.

·   Finalizaré mi intervención con algo que quiero destacar: el carácter mítico que han alcanzado determinadas imágenes de “Bienvenido…”. Me refiero concretamente a dos: el ya citado discurso del alcalde en el balcón del Ayuntamiento del pueblo y el desfile de sus habitantes, previo a recibir a los americanos (imágenes a las que cabría sumar la muy bella del tractor con el paracaídas). Ambas pertenecen ya, de una manera indeleble, al imaginario colectivo español, lo mismo que –en términos escritos– supone el propio título de la película. (Sobre el que, por cierto, los autores elaboran un amplio capítulo analizando sus diversas modalidades. Lo más curioso es que el que establecen como “canónico” se contradice con el de la propia portada del libro. Otra paradoja referida a “Bienvenido…”).

·   ¿Por qué no dudo en dar a esas imágenes la dimensión de “míticas”? Entiendo por mítico, algo que se configura por encima de su propia existencia: un personaje, entidad o situación de ficción que, a través de su pervivencia en el tiempo y su expansión en el espacio, logra dimensiones de universalidad y se constituye en punto de referencia donde convergen una serie de constantes humanas, por lo que alcanza categoría de símbolo. Y esas imágenes de “Bienvenido…” que propongo, la del discurso en el balcón y el desfile callejero, se ajustan como un guante a esas características que acabo de enumerar. Cada vez que se da una situación similar, saltan a nuestra memoria; cada vez que se desea evocar algo parecido, están ante nuestros ojos. Es lo que se llama formar parte, integrar, un “imaginario colectivo”, algo que no es precisamente frecuente en el cine español.

·   Ello sí sucede en otras cinematografías, sobre todo la norteamericana y también la francesa e italiana, pero no en la nuestra: además de las secuencias citadas, la mesa de los mendigos de “Viridiana”; el verdugo llevado a rastras en la película homónima también de Berlanga; la “Milana bonita” de “Los santos inocentes”; la bicicleta caída en primer término de “Muerte de un ciclista”; la niña de “El espíritu de la colmena” contemplando al monstruo de Frankenstein… Son imágenes que viven pegadas a la memoria colectiva, a nuestro “imaginario”, como parte indisoluble de él. De ahí su condición de míticas como las que, insisto, “Bienvenido, Míster Marshall” guarda en su interior.

    Muchas gracias.    

Y el cine español fue "eso"


"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca

Bastante equilibrados se presentan los Premios Goya de este año. Ninguna película ha logrado un altísimo número de nominaciones: la que más, La gran familia española, tiene 11; seguida por Las brujas de Zugarramurdi, con 10, pero no a la Mejor Película ni a la Mejor Dirección; Caníbal, con 8; 3 bodas de más, 15 años y un día y Vivir es fácil con los ojos cerrados, con 7, y La herida, con 6. Es el reflejo de que ningún título ha dominado de manera evidente sobre los demás, ni desde el punto de vista comercial ni de estima crítica. Aunque, en este sentido, son los films de Martín Cuenca y de Fernando Franco los que han obtenido un mayor respaldo, criterio con el que personalmente me identifico.

2013 ha sido un mal año para el cine español. Las dificultades económicas de la producción, motivadas por la indefinición legislativa, las dificultades crediticias y la inseguridad en un mercado víctima de la subida gubernativa del IVA sobre las entradas, han causado básicamente esta situación. De hecho, la cuota de mercado de nuestro cine ha bajado un 5,5% respecto a la de 2012, situándose en un 14% muy próximo al habitual de temporadas anteriores, aunque sin aprovechar ese casi 20% que proporcionó el pasado año el desmesurado éxito de Lo imposible. Pero todavía más preocupante es que, en cuanto al conjunto de la taquilla, hayamos tenido el peor resultado de la última década, con 508 millones de euros de recaudación global (de ellos, solo 71 para el cine español, un descenso de casi 50 millones respecto a 2012), y sin ninguna película nacional entre las diez primeras.

Ya hemos dicho en otras ocasiones que una cinematografía no debe juzgarse únicamente por cifras como estas, y de ahí la satisfacción de ver a títulos arriesgados y considerados “difíciles”, como Caníbal o La herida (o Stockholm, ejemplo de película de muy bajo presupuesto, con 3 nominaciones), en lo más alto de la selección. Pero también seguimos defendiendo la idea de que el cine es un arte popular, que necesita de la presencia y del calor de los espectadores, sin encerrarse en guetos quizá muy autosatisfactorios pero privados del contacto con un público numeroso.


Poniéndonos positivos, hay que felicitar a mi compañero de página Diego Galán por la nominación a su documental de montaje Con la pata quebrada, que se enfrenta a tres rivales potentes –cada uno en su estilo– como Guadalquivir, Las maestras de la República y Món petit. Así como destacar la selección para los Goya de dos cortometrajes valencianos: Vía Tango, de animación, y Lucas, de imagen real. Y ya puestos a felicitar, hagámoslo con nuestra querida compañera en Turia Carmen Amoraga por su triunfo en el Premio Nadal de Novela con “La vida era eso”. También para el cine español 2013 fue “eso”, entre los problemas del año y las ilusiones de los Goya.

"La herida", de Fernando Franco

(Publicado en "Turia" de Valencia, enero de 2014).

Peter O'Toole: Una voz, unos ojos


No le tenía yo cogido el tranquillo a Peter O’Toole. Su tan celebrada interpretación de Lawrence de Arabia me parecía un tanto impostada, a ratos histriónica, a ratos hierática. Lo mismo me sucedía en películas posteriores, como Becket, Lord Jim, El león en invierno o Adiós, Mr.Chips. Hasta que escuché su voz en Under Milk Wood (Bajo el bosque lácteo), en el personaje del invidente capitán Tom Cat creado por el gran poeta galés Dylan Thomas para una pieza suya de radioteatro. Aquella voz, acompañada por la también espléndida de Richard Burton, dominaba todo el relato: era maravillosa en la dicción y en la entonación, en un sinfín de matices que potenciaban las imágenes de manera fundamental.

El “secreto” radicaba entonces en que yo no había oído a Peter O’Toole en aquellos film que tanta fama le procuraron, sino a unos aplicados dobladores, privándome así de una herramienta fundamental para valorar con justicia el trabajo del actor británico (de cualquier actor, en realidad). Cuando volví a ver en versión original Lawrence de Arabia o las otras películas que había conocido dobladas, entonces sí, entonces valoré realmente al auténtico Peter O’Toole. Algo similar me sucedió con el propio Richard Burton o con James Mason, a quien no estimé suficientemente hasta que vi en versión original el Julio César de Mankiewicz, lo que no resulta nada extraño tratándose de actores “shakesperianos”. Que alguien, además, que detestaba tanto a los críticos como O’Toole fuese elegido para dar voz al pedante gastrónomo Anton Ego en Ratatouille, no fue más que un reconocimiento a la valía de esa inimitable dicción.

Junto a ella, sus ojos azul claro que tanto se han recordado en estos días de su fallecimiento. Unos ojos cuya potente mirada traspasaba a sus oponentes cuando se enfrentaba a ellos, pero que también podían ser comprensivos y cercanos, e incluso cálidos y sensuales cuando estaba a su lado la Audrey Hepburn de Cómo robar un millón y…, lo que, en verdad, a cualquiera le sucedería. No perdió nunca esa mirada especial, y así lo demostró ya de muy mayor en Venus, el mejor de sus últimos papeles, en 2006, como un viejo actor que sirve de guía afectiva a una adolescente deseosa de emociones. Demostró en ella una sensibilidad que a veces se le escapaba al O’Toole más joven, quizá llevado ahora por la edad y por una existencia bastante accidentada y problemática, en la que hasta una vez se había encontrado al borde de la muerte.

Probablemente esté ligada a tan compleja vida el tercer trazo fundamental de su labor interpretativa, sobre todo en sus primeros trabajos de protagonista: la inestabilidad psicológica con que dotaba a sus personajes, la interiorización de unos conflictos que estallaban desde muy dentro. De ahí nace el que Jacinto Antón lo haya caracterizado con acierto en “El País” como “el héroe frágil”, oscilando a menudo entre “esa fragilidad de los héroes y la inexorabilidad de su destino”. Un destino que, ya personalmente, habría sido radicalmente distinto si Marlon Brando o Albert Finney hubiesen encarnado –según estaba previsto– a T.E. Lawrence. ¿Bendición o maldición para un actor ya pegado por siempre a un personaje? Quizá ambas cosas al tiempo, como correspondía a alguien como Peter O’Toole.

(Publicado en "Turia" de Valencia, diciembre de 2013).






Sobre el libro "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais"


(Texto para la presentación del libro "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais", de Federico Volpini, con ilustraciones de Amanda León, que tuvo lugar en la FNAC, de Madrid, el 12 de diciembre de 2013). 

Empezaré como suelen hacerlo la mayoría de los críticos cinematográficos y literarios: hablando de una película o un libro que no son los que se presenta o de los que se escribe una reseña. Un viejo truco que luego referirse lo menos posible a la obra en cuestión. Pero ese no va ser mi caso, ya verán.

El libro al que inicialmente me voy a referir es el anterior de Federico Volpini, “La noche de los lobos”, donde aparecen piratas vikingos, un niño con una capa dorada, una atractiva chica, un fantasma auténtico, un brumoso castillo, un Rey agonizante, un Príncipe sucesor al que todos buscan… No, no se refiere a España, no crean, sino que refleja todo un intrincado y fantástico mundo en el que Volpini se mueve como pez en el agua. Un libro que si los productores de cine de este país leyeran, que no suele ser el caso, ya se estaría convirtiendo en una estupenda película de animación.

Pues bien, a otro mundo no menos intrincado y fantástico se refiere Federico Volpini en este “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais”, título-homenaje a “Blade Runner”, película a la que pertenece la famosa frase y a la que –por lo que se deduce de las numerosas referencias en el texto– él guarda auténtica devoción. Un mundo intrincado y fantástico, digo, sobre el que el autor traza algunos principios básicos, como que “Historia” y “bien contada” suponen las dos premisas irrenunciables de eso que nadie sabe lo que es, pero que es cine” (página 81). O que, refiriéndose a los cortometrajes, los ensalce porque “no son aperitivos: son maneras. Se bastan a sí mismas. Son tan humor, tan literatura, tan cine como los más crecidos y con frecuencia penetran aún más hondo, iluminan con un destello fulgurante lo que desaparece si la luz persiste” (página 145). O que ya que sabemos que a este mundo se ha venido a sufrir, sobre todo si se es del Atlético de Madrid (este año, mucho menos), Fede sitúe como paradigma de tal sufrimiento a Charlton Heston porque “para sufrir no hay nadie como él” (página 104), según demuestra fehacientemente repasando su filmografía de personajes sufridores.

Pero, pasados estos principios básicos, el libro se introduce como en un túnel (ese túnel que recrea yendo y volviendo del Festival de Sitges) en eso que “nadie sabe lo que es, pero que es cine”. Y lo hace, en mi opinión, con tres características fundamentales:

** La ironía. Una ironía casi “british” y, desde luego, cosmopolita, como corresponde a un hombre tan viajado como Volpini. Una ironía a la que dar especial bienvenida al aplicarse a un mundo que, a menudo, se toma tan en serio como el cinematográfico. Veamos un ejemplo en el inicio de una de sus reseñas, dedicada a todo un “clásico” como “Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra”: “Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra esta película no podía haberse hecho. Primero porque no había hombres y después porque los dinosaurios carecían de los necesarios conocimientos técnicos, aunque lo que ha quedado de ellos parece indicar que destacaban por la puesta en escena. Lástima de ojos humanos para verlo” (página 120).

** La heterodoxia, muy unida a la ironía. Ejemplos, todos los que quieran. Como cuando Volpini se refiere a cierta película fuertemente apreciada por los “modernos” –que diría Carlos Boyero–, “Viaje a Darjeeling”, de Wes Anderson, y suelta: “Amenazaba el Nuevo Testamento: los simples heredarán la Tierra. Ya ha ocurrido. Pones en la pantalla a tres autistas, con una línea argumental inexistente, humor del que podría decirse cualquier cosa salvo que es complicado y situaciones que beben en el campo conceptual del perro que no sabe por qué te tiene afecto cuando salta a las llamas por ti. Y es el éxito” (página 28). O cuando asegura que Rebecca, la protagonista de “Zona libre”, de Amos Gitaï, “tal vez porque prevé los noventa minutos que la esperan, empieza la película llorando” (página 33). O cuando, refiriéndose a “El nuevo mundo”, del adorado por muchos Terrence Malick, no duda en resumir su trama: “Capitán que llega, encadenado, el Nuevo Mundo. El motivo de ello no se le explica al espectador. Al cabo de una hora, al espectador el motivo le tiene sin cuidado. De hecho, lo que empieza a preguntarse es por qué no le ahorcaron nada más desembarcar” (página 37).

** La recreación. Sobre “objetos” de eso que “nadie sabe lo que es, pero que es cine”. Muy unida a la ironía y la heterodoxia. Recreación porque los textos de Federico Volpini no son nunca reseñas, críticas o gacetillas. O sí lo son en el sentido de lo que debería ser la crítica cinematográfica: una recreación o subcreación sobre otra creación que es la película, que a su vez es una creación sobre la realidad. Perdonen, pero no es un juego de palabras, sino algo muy serio. Por ejemplo, cuando le apetece escribir sobre una película centrada en Jim Morrison, “When you’re Strange”, y empieza así: “Hay que matar al padre. Y acostarse con la madre. ‘De acuerdo, tú primero’. No apetece. Igual, porque eso trae consecuencias. Sale uno mal parado. Igual, porque a uno no le va ni una cosa ni otra. Matas al padre y como que no te sabe bien. Y está la policía. Te acuestas con tu madre y a ver con qué cara pides mañana el desayuno. Por no hablar de las chicas, que deberían acostarse con su padre y matar a su madre. La familia se resiente. En los años sesenta, del padre y de la madre, lo que quería todo el mundo era no estar allí” (página 91).

Y luego quedan una especie de greguerías, casi a la manera de Ramón Gómez de la Serna y, más en concreto, de su espléndida “Cinelandia” (aquí funciona bien la tradición): “Al muerto, en general, se le denuncia poco y, si se le denuncia, aduce en su favor el que está muerto. Que no es mala coartada” (página 155). O “el prestigio de que goza la nariz le viene de que, además de ser ventana al exterior por la que el hombre accede al mundo del olfato, la nariz es la proa de la persona humana” (página 124). O, volviendo a la familia, “la familia es una de esas cosas que no se sabe lo que es, hasta que la tenemos. Para entonces, ya es tarde”… (página 173).
Federico Volpini

Hasta aquí, mi intento de lograr lo imposible: introducirme de verdad en el proceloso mundo de princesas, dragones y castillos que es “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais”. Porque eso es el cine cuando Federico Volpini escribe (y habla) sobre él. Vale terminar con una advertencia suya en el prólogo: “Estos apuntes no tienen pretensión alguna de ecuanimidad; por el contrario, son vehementes, honestamente subjetivos. Sirven para indicar donde NO están a aquellos a los que gusten las acelgas”. Lo de las acelgas, lo siento, pero descúbranlo ustedes mismos leyendo el libro. Muchas gracias por su atención.

Los Premios del Cine Europeo



Nadie hace demasiado caso a los Premios del Cine Europeo, concedidos en Berlín el pasado sábado. Sobre todo, esa indiferencia se hace palpable en nuestro país, donde solo unas breves crónicas periodísticas y alguna noticia en los telediarios (y porque el Premio de Honor se le otorgaba este año a Almodóvar) han dado cuenta de la entrega (*). Hubo un tiempo en que se retransmitían en directo por Canal+ o la 2, como también alcanzaron cierta presencia entre nosotros cuando el acto de 2004 tuvo lugar en Barcelona, la única vez que se celebró en España. Pero a lo largo de sus ya veintiséis años de existencia los galardones europeos no han llegado a tener ni de lejos la relevancia de los Oscar, a cuya imagen y semejanza se crearon. Una prueba más del colonialismo cultural al que estamos sujetos en el Viejo Continente.

La indiscutible vencedora de esta edición ha sido La grande bellezza, de Paolo Sorrentino (quien, por cierto, no acudió a la ceremonia), al lograr los Premios a la Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor y Mejor Montaje. Ustedes tienen la oportunidad de evaluar la justicia de estas decisiones de los miembros de la Academia Europea, porque felizmente la película acaba de estrenarse en nuestras salas. Y pueden comprobar por sí mismos –ahora, cuando incluso a Carlos Boyero le gusta– la potencia de la estética de Sorrentino en su declarado homenaje al Fellini de La dolce vita y Ocho y medio. Así como, especialmente, admirar la interpretación del genial Toni Servillo, al que Berlín ha dado lo que Cannes le quitó. Por cierto, Servillo va a actuar en Madrid el próximo año con “Le voci di dentro”, de Eduardo De Filippo: no lo duden, merece la pena venirse desde Valencia para disfrutar de su siempre espléndido trabajo como actor y director.

Lo que sí me sorprende, y disgusta profundamente, es la total ausencia de La vie de Adèle en el palmarés, no sé si debido a prejuicios moralistas. Que el film que triunfase en Cannes, admirando a la crítica de todo el mundo, tuviera pocas nominaciones (¡ni siquiera a sus protagonistas!) resultaba muy sospechoso. Que se haya ido de vacío en estos Premios Europeos supone un completo disparate, incluso mayor al que nuestro público viene cometiendo por no acudir en la cantidad que sería lógica a la extraordinaria película de Abdellatif Kechiche.


Del lado español, y aparte del citado premio honorífico para Almodóvar, las cosas tampoco han ido demasiado bien: tan solo Paco Delgado ha visto realzado su vestuario en Blancanieves, mientras que el film de Pablo Berger no “concretaba” sus otras dos nominaciones. Y ni La plaga como “descubrimiento del año” ni los cortometrajes A story for the Modlins y Misterio tuvieron mayor fortuna. Pese a que ahora también surjan aquí unos llamados “Premios Feroz”, de la Prensa y la Crítica, no está hoy nuestro cine para muchas recompensas.

(*) TV3 sí los retransmitió, en diferido, para Cataluña.

(Publicado en "Turia" de Valencia, diciembre de 2013).

De Sevilla a Kore-eda



De entre la marea de Festivales de este mes de noviembre, destaca el europeo de Sevilla, un certamen que en sus dos últimos años, desde que lo dirige José Luis Cienfuegos –expulsado del de Gijón–, ha crecido y mejorado. Su “olfato” cinematográfico, su sentido de la programación, su capacidad organizativa ya son palpables en un certamen que, ahora sí, ha logrado conectar con su público y con los medios de comunicación. No ha sido un simple viaje de Asturias a Andalucía lo que Cienfuegos ha emprendido, sino que ha sabido entender las diferentes características de una ciudad y unos espectadores ansiosos de ver otro cine, y a precios muy populares. Más de un 30% de incremento de público entre esta edición y la precedente señalan el éxito de un Festival que, tras no pocos baches e incertidumbres, llegaba a su décimo año de existencia. Los ha cumplido entre largas colas para asistir a las sesiones, presencia de cineastas tan importantes como Claude Lanzmann y un programa muy atractivo en el que siempre había películas de relieve.

Obtuvo el primer premio, el Giraldillo de Oro, El desconocido del lago, del francés Alain Guiraudie, “por su sincero y original acercamiento a la naturaleza del amor”, de carácter homosexual, según el Jurado presidido por Manuel Martín Cuenca. Mientras que el público prefería Alabama Monroe, de Felix van Groeningen, film belga que desde su paso por la Berlinale (donde obtuvo el galardón equivalente) va “arrasando” por donde pasa. Pero otros muchos títulos recabaron la atención, entre los que citaremos la italiana La grande bellezza, en la que –más allá de rendir homenaje al Fellini de La dolce vita y Ocho y medio– Paolo Sorrentino demuestra un alto poderío estético, acompañado por la interpretación del siempre genial Toni Servillo, que le hizo ganar el Premio al Mejor Actor que ya tenía que haber obtenido en Cannes. O dos documentales acogidos con entusiasmo: Guadalquivir, que cabe considerar como el primer “largometraje de naturaleza” rodado en España para la gran pantalla, a cargo de Joaquín Gutiérrez Acha y con locución de Estrella Morente; y Triana pura y pura, donde el “factótum” del flamenco Ricardo Pachón nos retrotrae a una mítica fiesta de cante y baile de este género, celebrada en 1983 como homenaje a los gitanos que la especulación franquista arrojó del barrio sevillano.



Además del esperanzador renacimiento que supone la Mostra Viva, de la que ya Turia ha dado cumplida cuenta, también debe destacarse de este noviembre la presencia entre nosotros de Hirokazu Kore-eda, el gran director japonés cuyo mayor signo distintivo es el tratamiento que de la infancia ofrece en sus obras. Invitado por la Semana de Cine de Madrid (antes Experimental), ofreció dos espléndidos encuentros donde hizo gala de sinceridad, cercanía e inteligencia. Fueron horas para guardar en la memoria sobre un autor que ha hecho de ella pieza esencial de su filmografía.

(Publicado en "Turia" de Valencia, noviembre de 2013).