Nace la Unión de Cineastas


Cineastas en un sentido muy amplio. Porque en esta nueva “asociación cultural” caben todos aquellos que tengan vinculación con el hecho cinematográfico: productores, directores, guionistas, actores, músicos, montadores, técnicos, responsables de festivales, periodistas, críticos…, e incluso en un próximo futuro estudiantes de último curso de las Facultades de Ciencias de la Comunicación. Por ello, se inclinan por la “transversalidad”, por convertirse en una especie de movimiento que reúna a cuantos están inmersos en el cine español, sea cual sea su actividad profesional.

Se venía gestando desde hace meses, pero no ha sido hasta el cercano 24 de mayo cuando han celebrado su Asamblea Constituyente. A partir de ese día la Unión de Cineastas es ya una realidad, con una dirección colegiada de tres componentes (el productor José Nolla, la directora Mar Coll y la actriz Ana Risueño), encabezando un Comité de Coordinación de once miembros. Ya cuentan con cerca de doscientos afiliados, que cotizarán tan solo cincuenta euros al año, con facilidades para quienes no puedan abonarlo de una vez o se encuentren en situación de paro.

Dicen, entre otras cosas, en su manifiesto fundacional: “El cine como bien cultural y forma de vida se encuentra en una situación de gravedad extrema. Precisamente por ello, consideramos más necesario que nunca dar un paso adelante a la hora de involucrarnos en el devenir de nuestra profesión, de aquello que amamos, reclamando el lugar que nos corresponde como ciudadanos en el escenario social y político de nuestro país y dentro del ámbito europeo e internacional, pero también entre nosotros, promoviendo un  nuevo espacio de encuentro en el que poder dialogar, proponer, construir y trabajar juntos”. De ahí que se planteen un ambicioso programa de actuación, donde confluyen desde aspectos legislativos y de contacto con la Administración hasta propuestas educativas, pasando por temas como los diversos accesos de las películas por parte del público.

Heredera en cierta manera de aquella oleada de oposición que se llamó “Cineastas contra la Orden” (referida a la tan nociva Orden Ministerial que se aprobó en octubre de 2009), pero también con claros ecos de recientes movimientos ciudadanos y sociales, la Unión de Cineastas está formada sobre todo por gente joven que quiere actuar con decisión en el presente y futuro de su actividad creativa y laboral. ¿Quedará todo en bellas palabras o se convertirá en un importante instrumento para mejorar la situación de nuestro cine, que atraviesa un momento especialmente difícil y delicado?

Solo el tiempo dará la respuesta en un sentido o en otro, y mucho va a depender del eco que sus propuestas despierten en el sector y de su capacidad para impulsarlas con inteligencia y determinación. Pero hacía falta, aquí y ahora, una plataforma así. La cosa tiene buena pinta.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2014).

La confirmación de un cineasta


Había ido subiendo peldaño a peldaño en el palmarés del Festival de Cannes, quedándose en un par de ocasiones a las puertas del cielo. Pero, por fin, en esta 67 edición lo ha conseguido. Me refiero al cineasta turco Nuri Bilge Ceylan, cuyo Winter Sleep (o Sueño de invierno) ha logrado por fin la Palma de Oro. De las dieciocho películas en competición dentro de la Sección Oficial, era la que se acercaba más a las características de este premio, por su densidad conceptual, su propuesta estética y por esa trayectoria anterior del director. Desde que se vio en un único pase multitudinario con que la organización del certamen la “castigó” –quizá por su duración de tres horas y cuarto–, era para muchos la favorita para el galardón máximo. Así ha sido, y es justo porque se trata de una gran película que viene a confirmar la destacada personalidad de Nuri Bilge Ceylan.

Algunos críticos le consideran “el nuevo Angelopoulos”, pero en el caso concreto de este film yo creo que está mucho más cerca de Bergman, con sus reposados e incisivos diálogos, su insistencia en el primer plano y una utilización del paisaje donde la Capadocia viene a ser el equivalente de la isla de Farö del maestro sueco. Winter Sleep obtuvo también el Premio de la Crítica Internacional (FIPRESCI), aunque en las votaciones de la revista “Screen” aparecía por debajo de Mr. Turner, de Mike Leigh (que ganó el Premio al Mejor Actor para Timothy Spall), y únicamente cuatro décimas por encima de Deux jours, une nuit, de los hermanos Dardenne, la preferida con diferencia por la crítica francesa. Aunque no suelo coincidir con ella, estoy de acuerdo, porque el film de la pareja belga es de una inteligencia y una conexión con la actual crisis política y laboral realmente excepcionales. Pero los Dardenne ya tenían dos Palmas de Oro y una tercera les habría convertido en los únicos cineastas de la historia de Cannes en poseerlas…


Por supuesto, cada uno tiene su palmarés. Pero llevar hasta el segundo premio a la solo estimable Le meraviglie, parece muy excesivo. Si Jane Campion, presidenta del Jurado, quería destacar la presencia de una de las dos únicas realizadoras de la Sección Oficial, mejor habría optado por la japonesa Naomi Kawase y su excelente Aguas tranquilas. Tampoco es merecido el Premio a la Mejor Actriz para la histriónica Julianne Moore de Maps to the Stars, de David Cronenberg. Pero, dando como válidos los galardones a la Mejor Dirección para Bennett Miller por Foxcatcher y al Mejor Guion para el de Leviathan, del ruso Andrei Zvyagintsev, donde el Jurado rizó el rizo fue igualando en un premio “ex aequo” al cineasta más veterano de la Competición, Godard, con el más joven, el canadiense Xavier Dolan. Eso sí que se llama poner una vela a Dios y otra al Diablo… Cuál es uno y cuál el otro lo dejo a su elección.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2014).

El cine está vivo



Más allá de un palmarés que tuvo su mayor sorpresa en la inclusión de la pequeña película italiana ‘Le meraviglie’ como Gran Premio del Jurado, como rareza la consideración de que Julianne Moore por ‘Maps to the Stars’ era la mejor actriz de la Competición Oficial y como humorada el hacer coincidir al director más veterano del Festival con el más joven, Jean-Luc Godard y Xavier Dolan, en un mismo galardón “ex aequo”, Cannes ha demostrado que el cine sigue en buena salud. Con todos los problemas que se quiera, con los ajustes que está determinando el proceso de digitalización de las salas, con los graves perjuicios que causa el pirateo, pero el cine continúa teniendo carta de naturaleza en nuestra sociedad. No me refiero a los aspectos más epidérmicos y “glamourosos” que tanto gustan en La Croisette, sino a una valoración más en profundidad, relativa a un arte que quiere seguir siendo espejo de su tiempo y de la inquietud de sus creadores.

Sobre todo en Europa, el cine está luchando por superar una crisis política y económica que podía llevársele por delante. La fuerte presencia en el Cannes de este año de una serie de cineastas superconsagrados como los hermanos Dardenne, Mike Leigh o Ken Loach significa, al margen de los premios, que sus obras continúan vigentes y que cuentan con un público amplio al que siguen interesando. La Palma de Oro decidida a favor del turco Nuri Bilge Ceylan por ‘Sueño de invierno’ (o ‘Winter Sleep’, si prefieren su título internacional) confirma este argumento. Premiado sucesivamente en Cannes por sus películas anteriores, le ha llegado su consagración con un film muy ambicioso, que bebe de Bergman, Chejov y Shakespeare de manera clara, lo que supone entroncarlo con toda una cultura europea del máximo nivel. Con su dificultad, sus tres horas y cuarto de duración entre conversaciones desarrolladas en el peculiar paisaje de la Capadocia, ‘Sueño de invierno’ sabe responder a unas inquietudes y preocupaciones que se hallan en nuestro entorno. De forma muy diferente, lo hacen los hermanos Dardenne con su magnífica ‘Deux jours, une nuit’, reflejo lúcido y directo de la crisis actual, pero ya adelantamos que el hecho de haber logrado previamente dos Palmas de Oro probablemente la penalizaría a la hora de figurar en el palmarés.

Si el cine sigue vivo, es también porque los poderes públicos de muchos países lo apoyan con decisión. No había más que leer los títulos de crédito de la inmensa mayoría de los films vistos en Cannes, con una larga lista de instituciones y entidades que respaldaban su existencia, para llegar a la conclusión de que tal apoyo resulta imprescindible. La necesidad de preservar y potenciar una creación audiovisual propia frente al coloso norteamericano, llámese a ello “excepción cultural” o como se desee, motiva este decidido respaldo. Lo que supone una imprescindible lección para los actuales gobernantes españoles, que –al contrario que sus colegas europeos– parecen empeñados en debilitar nuestra cinematografía. No es casual que, como ya ha quedado reflejado en estas crónicas, hayamos estado casi ausentes de la principal cita de la producción mundial.

Cannes 2014 nos ha hablado asimismo de la extensión global del hecho cinematográfico. Más países que nunca han estado presentes en el Mercado del Film, más avanza el poderío de lugares como China o la India a la hora de poner en pie proyectos ambiciosos, más surgen aquí y allá películas de consideración que antes eran ignoradas. Podemos estar tentados de que los árboles no nos dejen ver el bosque al comprobar la ingente cantidad de productos de puro consumo y nula inventiva que proliferan en dicho Mercado. Pero nos equivocaríamos en tal apreciación, porque siempre ha existido ese volumen de títulos prescindibles; lo que importa son aquellos que marcan tendencia y nuevos caminos, que responden a la personalidad y el estilo de sus autores por encima de las dificultades financieras que siguen existiendo.


En esta dirección, Cannes ha mostrado un notable nivel de películas valiosas, con una calidad media muy estimable. Quizá, como ya quedó señalado en un artículo anterior, no ha ofrecido LA película por antonomasia, pero sí ha contado con aquellas que indudablemente van a definir la temporada. Si al cabo de unos meses comparan lo que ha valido más la pena con lo mostrado en esta edición del Festival, verán que ha sido así. Van a disfrutar de un buen año de cine.

(Publicado en "El Norte de Castilla" de Valladolid, 26 de mayo de 2014).

Sin claro favorito para la Palma de Oro


Al contrario de lo sucedido en las tres ediciones anteriores, en las que ‘El árbol de la vida’, ‘Amor’ y ‘La vida de Adèle’ figuraban en todas las quinielas, este año no hay un claro favorito para la Palma de Oro de Cannes. Hay, eso sí, un grupo de películas destacadas, entre las que saldrá probablemente el premio máximo. Para la crítica internacional, en su baremo están por encima de tres puntos sobre cinco ‘Mr. Turner’, de Mike Leigh; ‘Sueño de invierno’, de Nuri Bilge Ceylan, y ‘Deux jours, une nuit’, de los hermanos Dardenne. Los títulos se repiten en las votaciones de los críticos franceses, pero con una clara distancia a favor del film belga y el añadido de ‘Mommy’, de Xavier Dolan. Quedan también algunos espacios en el palmarés para “sleepers” como ‘Tombuctú’, ‘Foxcatcher’, ‘Aguas tranquilas’, ‘Relatos salvajes’ o la rusa ‘Leviathan’ (de la que hablaré más adelante), pero difícilmente para el galardón más alto. Aunque ya se sabe que todos los Jurados son impredecibles, y el que preside este año Jane Campion seguro que no lo va a ser menos. Si me preguntan por mi preferencia, me inclino por ‘Deux jours, une nuit’, aunque será difícil que los Dardenne se lleven ¡por tercera vez! la Palma de Oro, lo que no ha sucedido nunca antes en el Festival de Cannes.

"Leviathan", de Andrei Zvyagintsev

Dos films de muy distinto calado han cerrado la Competición Oficial, que ha estado compuesta por dieciocho títulos: el ya citado ‘Leviathan’ y ‘Sils Maria’, de Olivier Assayas. En el primer caso, se trata de una peculiar adaptación del mito bíblico de Job a la actual vida rusa, y concretamente a un conflicto de desahucio abusivo mezclado con una historia de adulterio y una corrupción casi tan generalizada como la ingesta masiva de vodka por parte de sus personajes. El director, de nombre impronunciable, Andrei Zvyagintsev (que ya contaba con títulos de la valía de ‘El regreso’ y ‘Elena’) ha armado con todo ello un relato potente a lo largo de casi dos horas y media, con un dramatismo focalizado en Nikolai, una figura contemporánea del santo Job, sobre la que recaen todas las desgracias, que son muchas y muy variadas en la Rusia de hoy.

Después de su excelente serie televisiva sobre el terrorista Carlos y un acertado reflejo de la juventud “postmayo del 68” en ‘Après Mai’, se esperaba de Olivier Assayas algo de similar calidad en ‘Sils Maria’, un lugar situado en los Alpes suizos. Pues no, estamos ante una retórica y casi pedante película, situada por voluntad propia “entre ‘Eva al desnudo’, Bergman y los paisajes de “La montaña mágica”, de Thomas Mann” para dar origen a lo que, con acento peyorativo, se suele tildar de “muy literario” y “típicamente francés”. Diálogos enfáticos sobre, una vez más, las relaciones entre la realidad y la ficción, la vida y la obra, se dan cita en un film hecho a la mayor gloria de la gran Juliette Binoche, en una de sus interpretaciones menos acertadas. Contiene, además, ‘Sils Maria’ un error inaceptable en cualquier guion que se precie: la desaparición de la trama, porque sí, de un personaje que hasta entonces había sido fundamental en su relación como agente y asistente personal de la actriz protagonista.

Una última parte, pero no por ello menos importante, de esta crónica debe dedicarse con justicia al género documental, al que Cannes ha dedicado este año una especial atención. Y retengan dos títulos que ojalá puedan ver ustedes en la sección Tiempo de Historia de la Semana de Valladolid: ‘National Gallery’, del maestro norteamericano Frederick Wiseman, ofrecido por la Quincena de Realizadores, un apasionante recorrido por el museo de Londres del mismo nombre; y ‘Maidan’, presentado fuera de concurso, donde el ucraniano Sergei Loznitsa nos muestra con arriesgada cercanía y excepcional precisión fotográfica los hechos acaecidos en la famosa plaza de Kiev. También ‘Le Sel de la Terre’ ofrecía la insólita posibilidad de contemplar en una gran pantalla las impresionantes fotos de Sebastiâo Salgado, pero habría sido muy deseable que Wim Wenders y el propio hijo del artista, Juliano Ribeiro Salgado, se hubieran esforzado un poco más en desentrañar en su documental los métodos de trabajo y creativos del fotógrafo brasileño. Como ven, Cannes es más que la lucha por la Palma de Oro y la subida por la alfombra roja.


(Publicado en "El Norte de Castilla" de Valladolid, 24 de mayo de 2014). 

Loach y Dolan, medio siglo los separa

Por un día, los franceses parecen menos atentos a los fastos de Cannes que al escándalo de los trenes, que me figuro que ya conocen: el encargo, fabricación y compra de una serie de vagones que son ¡más anchos! de lo que permiten los andenes de las estaciones. En España tenemos aeropuertos sin aviones o carreteras sin coches, pero esto todavía no lo hemos visto, aunque nunca hay que perder la esperanza… Pero vayamos a lo nuestro, que es una jornada del Festival cuya Sección ha confrontado a dos generaciones muy alejadas de cineastas: la que, nacido en 1936, representa Ken Loach, con ‘Jimmy’s Hall’; y la de Xavier Dolan, que vino al mundo en 1989 y que ha traído ‘Mommy’. Medio siglo los separa, con todo lo que ello determina, pero han coincidido en el signo del buen cine.

"Jimmy's Hall", de Ken Loach

Con guion de su habitual Paul Laverty, ‘Jimmy’s Hall’ continúa en cierta forma la propuesta de ‘El viento que agita la cebada’, gracias a la cual Loach obtuvo la Palma de Oro en 2006. No solo por desarrollarse también en Irlanda y situarse una década después de la anterior, sino porque nace de las consecuencias derivadas de la independencia del país, y concretamente del enorme poder adquirido por la Iglesia católica y los terratenientes. Contra ambos se erige Jimmy Gralton, un hombre de izquierdas que tuvo que huir del país a Estados Unidos y que regresa a él después de diez años. Lo hace para cuidar la granja de su madre, pero pronto se ve animado por sus convecinos a que reabra la sala con diversas actividades culturales que ya “animó” entonces, con el añadido de su fascinación por el jazz y los bailes de moda en Norteamerica. No es un propósito demasiado revolucionario, pero “con la Iglesia hemos topado”… Ahí comienzan los problemas de Jimmy –un personaje que existió en la realidad–, extendidos también a otros conflictos más decisivos.

Es ‘Jimmy’s Hall’ un Ken Loach por los cuatro costados, con sus opciones ideológicas bien vivas, su apuesta por las clases populares, su rotundo anticlericalismo y ese estilo sencillo y envolvente, donde no faltan ni el sentimiento amoroso ni el humor. El gran cineasta británico demuestra que está en buena forma, que sigue deseando contarnos historias que le afectan y que nos afectan. Algo que en un autor de cerca de ochenta años es muy de agradecer.

"Mommy", de Xavier Dolan

En sentido opuesto, Xavier Dolan pasa por ser el “enfant terrible” del cine canadiense, lo que no resulta extraño en alguien que empezó su carrera con una película titulada ‘Yo he matado a mi madre’… Pese a su juventud, Dolan ya ha recorrido toda la escala del Festival de Cannes, pasando por las paralelas Quincena de Realizadores y Un Certain Regard, antes de llegar con todos los honores a la Sección Oficial. Y lo hace bien, con un film potente y de “tonos altos” (sobreactuación de los intérpretes, diálogos a voces bastante a menudo, juegos con el formato de la imagen y el color) que revela personalidad. Homenaje a su madre, quizá por compensarle el disgusto que se debió de llevar con aquella “opera prima”, ‘Mommy’ se centra en la relación de un adolescente conflictivo con su progenitora y la vecina de enfrente. Hablada, o gritada, en un francés “québécoise” que precisa de subtítulos para que los propios franceses lo entiendan, el ya quinto largometraje de Dolan merece que se le siga la pista con atención.

Terminaba la escasa presencia española en Cannes (a la que, aparte de películas, habría que sumar la elección de la joven productora andaluza Marta Velasco, de Áralan Films, dentro del grupo “Producers on the Move” de la European Film Promotion), con uno de los cortometrajes que componen ‘Les ponts de Sarajevo’, fuera de concurso. Son trece episodios, de entre 6 y 8 minutos, que llegan a la actualidad desde el asesinato del archiduque Fernando en 1914, que dio origen a la I Guerra Mundial, y la de la ex Yugoslavia en los noventa, siempre con Sarajevo como punto de referencia. Recha retrata a un muchacho que no vivió la crueldad de ese conflicto bélico, pero que refiere con admiración el arrojo de su padre por salvar al menos un libro de la destrucción de la biblioteca de la ciudad. Si este corto “sabe a poco”, es precisamente por su sensible acercamiento a un personaje real, que ahora vive con su padre en Cataluña.

(Publicado en "El Norte de Castilla" de Valladolid, 23 de mayo de 2014).





Godard si o Godard no


Por primera vez en Cannes, el tiempo de espera para ver una película ha superado la duración de la misma: poder acceder al único pase oficial de ‘Adieu au langage’, Prensa incluida, ha supuesto estar hora y media antes de la proyección, la mitad haciendo cola en la calle y la otra mitad ya sentados en la sala con el fin de asistir a los solo 70 minutos que dura la última película de Jean-Luc Godard, ¡en 3D!… No ha sido algo inopinado, sino perfectamente buscado desde la organización, como lo reconocía su máximo responsable, Thierry Frémaux: “No hemos programado más que una sesión de ‘Adieu au langage’, por lo que esperamos que haya mucho follón. Pero es voluntario para que se convierta en LA sesión del Festival. Claro, que no todo el mundo podrá entrar en la sala”. El que desde luego no ha entrado es el propio Godard, quien ya aseguró hace unos días que “en ningún caso” vendría a Cannes. Debe de recordar todavía cuando, en cierta ocasión, un periodista le tiró a la cara una tarta de crema...

Desde hace mucho tiempo, el mundo del cine se divide en “godardianos” y “antigodardianos”. Para los primeros, es el paladín de la innovación y la experimentación; para los segundos, un autor que no hace sino repetir sus fastidiosas películas, llenas de citas pedantes, y que se agotó cuando lo hizo la Nouvelle Vague, a finales de la década de los sesenta. Aunque particularmente me siento más cercano del segundo grupo, no deja de asombrarme la capacidad de reclamo que sigue conservando el cineasta suizo, ya con 83 años a sus espaldas. El repleto hasta la bandera pase de ‘Adieu au langage’ así lo demuestra, lo mismo que una acogida entusiasta por parte de quienes habría que indagar qué es lo que han entendido del film. Porque la cosa no es fácil precisamente.

"Adieu au langage", de Jean-Luc Godard

Quizá el malentendido estribe en cómo se ven las películas de Godard, que –pese a que asegure que esta última es tan sencilla como la historia “de una mujer casada, un hombre libre y un perro, que concluye en metáfora”– se relacionan mucho más con el ensayo que con cualquier narrativa, más con los textos y las imágenes de archivo a los que acude abundantemente que con un desarrollo de personajes y situaciones. Quizá la “clave” esté en una de las numerosas frases citadas, perteneciente a Claude Monet: “No hay que pintar lo que se ve, ya que no se ve nada, sino pintar lo que no se ve”. Creo, por ello, que los trabajos “godardianos” deberían contemplarse no en la pantalla de una sala, sino acompañando a exposiciones de arte contemporáneo, donde, de la forma en que se hace con las videocreaciones, sus peculiares imágenes encontrarían el contexto adecuado. Seguir debatiendo a estas alturas si Godard sí o Godard no, me parece una pérdida de tiempo y entrar en el mismo juego con que intenta seducirnos. ‘Adieu au langage’, título bien significativo de la, según él, imposibilidad de la comunicación, lo viene a demostrar de nuevo.

Menos polémica ha generado ‘The Search’, de Michel Hazanavicius (el director de la estupenda ‘The Artist’), que ha decepcionado a todo el mundo. En un brusco giro de su carrera, se ha atrevido con el siempre difícil género bélico para adentrarse en el conflicto de Chechenia de 1999, y especialmente en la situación de los refugiados. Inspirado en la clásica película de Fred Zinnemann del mismo título (llamada en España ‘Los ángeles perdidos’ y en la que Montgomery Clift recogía a un niño que había estado internado en un campo de concentración nazi), el film de Hazanavicius no vale ni como denuncia de una situación opresiva ni como el melodrama que ha querido ser y que no emociona casi en ningún momento. Estructurado en función de varias tramas, su propósito también resulta desnaturalizado por el excesivo protagonismo que adquieren las figuras de dos mujeres “occidentales”, interpretadas por Bérénice Bejo y Annette Bening como expertas de la Comisión Europea y de la Cruz Roja.

En el rodaje de "The Search", de Michel Hazanavicius


Tampoco el pabellón francés ha brillado demasiado alto con ‘L’Homme qu’on aimait trop’, de André Téchiné, presentada igualmente en la Sección Oficial pero fuera de concurso. Constatación de que el cine de Téchiné ha ido perdiendo personalidad con el paso del tiempo, en esta última película –basada en un caso real– solo reconocemos como algo suyo ese interés por un personaje que acaba siendo víctima propicia de su entorno.

(Publicado en "El Norte de Castilla" de Valladolid, 22 de mayo de 2014).

Un excelente día: los Dardenne y Naomi Kawase


"Deux jours, une nuit", de los hermanos Dardenne

Sandra acaba de ser despedida de su trabajo, después de que sus compañeros hayan votado que preferían mantener su prima mensual de mil euros a que ella conserve el puesto. Consigue ante su jefe que haya una nueva votación el lunes siguiente para confirmar o no esa decisión, ante lo que con su marido e incluso con sus dos hijos pequeños se entrega a un intenso fin de semana (esos ‘Dos días, una noche’ del título del film) para tratar de convencer a sus colegas de que varíen el sentido de su voto… No, no les voy a contar la última película de los hermanos Dardenne; solo ponerles en situación de un trabajo digno de la impresionante trayectoria de esta pareja de cineastas belgas, ya ganadores en dos ocasiones de la Palma de Oro: en 1999 con ‘Rosetta’ y en 2005 con ‘L’enfant’, además de otras presencias en el palmarés.

La historia de Sandra en ‘Deux jours, une nuit’ posee la capacidad de convertirse en un inteligente y directo reflejo de la crisis económica y política que está viviendo Europa. Junto a ‘Hermosa juventud’, el film de Jaime Rosales, el de los Dardenne es el único de los vistos hasta ahora en Cannes que se adentra a fondo en tan difícil terreno, hasta constituir una radiografía del mismo a través de un caso particular. He empleado antes la palabra “inteligente” porque la película huye de todo maniqueísmo de buenos y malos: Sandra –personificada en una Marion Cotillard que vive a tope su papel– es una mujer con tendencia depresiva, que estuvo de baja meses atrás por esa causa; sus compañeros no son unos desalmados que prefieren conservar su prima laboral para ser unos privilegiados, sino que la necesitan también para sobrevivir cada mes. El problema viene de mucho más arriba, de quienes cometen la ignominia de poner a unos trabajadores contra otros para solventar una crisis y del sistema político-económico que ampara una realidad a la que asistimos todos los días.

Pocos films como el de los Dardenne serán hoy tan necesarios y oportunos como este ‘Deux jours, une nuit’, sin por ello renunciar en absoluto a la calidad narrativa y al estilo “marca de la casa”, a base de planos-secuencia y diálogos concisos y efectivos, aportando una continua sensación de credibilidad. Cuando Europa se dispone a votar el próximo domingo, la pequeña votación en su centro de trabajo que afecta a Sandra posee toda la altura de un símbolo de nuestra época.

"Aguas tranquilas", de Naomi Kawase

Película preciosa también la que ha traído hasta la Sección Oficial de Cannes la japonesa Naomi Kawase, que en España llevará el título de ‘Aguas tranquilas’, el preferido por el coproductor de nuestro país Lluis Miñarro. En una línea muy distinta a la de los Dardenne, pero similar en cuanto a valía artística, el film destaca por su acercamiento al proceso de aprendizaje de la vida, y sobre todo del hecho de la muerte, que efectúa una pareja de adolescentes en el medio natural de la isla de Amami, de donde procedían los antecesores de la realizadora. Un entorno donde la naturaleza del mar y los bosques cobran un protagonismo específico, lo que no resulta extraño conociendo la obra anterior de Naomi Kawase.

Habla ‘Aguas tranquilas’ de esos descubrimientos vitales, pero también de la aceptación de la muerte como un tránsito inevitable, de la continuidad entre generaciones, de la necesidad de tolerancia mutua entre los seres humanos… Palabras mayores que el film sabe poner en pie con clara sencillez, unida a una gran sensibilidad poética. Y si quiere entenderse de una vez por todas en qué se percibe si una película está dirigida por una mujer, vean ‘Aguas tranquilas’ y notarán de qué distinta manera a como lo suele hacer un hombre están tratados los personajes femeninos, e incluso también los masculinos, sin clichés preconcebidos en función del género.


Al lado estas dos películas  tan excelente como las de este martes, de esos días que se recuerdan de una edición a otra, ha palidecido un tanto ‘De vuelta a casa’, de Zhang Yimou, estimable pero más convencional y sabida. El relato de una mujer que pierde la memoria y no reconoce a su marido cuando regresa de su cautiverio de más de diez años durante la Revolución Cultural maoísta, supone ante todo una especie de regalo que Zhang Yimou ha querido ofrecer a su ex musa y esposa, Gong Li.

(Publicado en "El Norte de Castilla" de Valladolid, 21 de mayo de 2014).