Recuperar a Kieslowski


Krzysztof Kieslowski

La Filmoteca de la Generalitat Valenciana está desarrollando un importante ciclo dedicado al cineasta polaco Krzysztof Kieslowski, uno de los grandes autores contemporáneos y de cuyo prematuro fallecimiento en 1996 se van a cumplir pronto los veinte años. Ya la pasada semana la sección “El huevo de Colón” de la Turia recomendaba esta muestra, comentada puntualmente por Antonio Lloréns en su página habitual “El rincón de la Filmo”. Pero conviene insistir en la oportunidad excepcional que supone encontrarse o reencontrarse con la obra de Kieslowski, un maestro aclamado en su momento por películas como La doble vida de Verónica (1991, la primera que realizó fuera de Polonia), su trilogía Tres colores: Azul, Blanco, Rojo (1993-94) o su serie televisiva Decálogo (1988-89), de la que extraería dos largometrajes: No matarás y No amarás.

Se le consideró entonces como uno de los máximos ejemplos de “cine de autor”, con un mundo propio y un estilo inconfundible donde se aunaban la sutileza, la ambigüedad y el carácter entre realista y poético de sus propuestas, siempre algo misteriosas. Sin embargo, y a consecuencia de las modas que tanto funcionan en el terreno cinematográfico, su estrella parece haber declinado de manera muy injusta, sustituido por otros “ídolos”. Por ello, urge recuperar a Kieslowski, aprender de él, de su amplia etapa documental y de sus trece largometrajes, además del citado Decálogo. Murió todavía joven, con apenas 55 años, pero dejando tras de sí una obra tan personal como sugerente y fructífera.


Coincidiendo con este ciclo, que se proyectará asimismo en diversas cinematecas, se ha publicado el libro “La doble vida de Krzysztof Kieslowski”, escrito por once críticos polacos y españoles y coordinado por Joanna Bardzinska, que han editado Donostia Kultura y Filmoteca Vasca. Sorprende al leerlo que, contrariamente a lo que sucede en muchos libros colectivos, todos los textos tienen similar interés y se unen de forma que se enriquecen unos a otros hasta formar un “corpus” coherente. Lo que habla muy bien del trabajo de quien los ha coordinado, ya provengan de publicaciones anteriores o especialmente escritos para la ocasión, caso de los firmados por César Ballester, Antonio Santamarina, Eduardo Rodríguez Merchán, Federico García Serrano y Julio Rodríguez Chico, por su orden de aparición en el volumen. Un instrumento desde ahora imprescindible para conocer la obra de Kieslowski y tener la satisfacción de profundizar en ella.


Solo falta que alguna editorial de nuestro país se decida a traducir y publicar “Kieslowski on Kieslowski”, una especie de “Mi último suspiro” buñueliano aplicado al autor polaco. Lo elaboró Danuta Stok sobre las conversaciones mantenidas con él entre 1991 y 1993, y sería la manera perfecta de recuperar a un cineasta cuya memoria nunca debería haberse debilitado.

(Publicado en "Turia" de Valencia, octubre de 2015).

Cuestión de género


Mesa Redonda de cineastas en el II Encuentro de Nuevos Autores. Foto: Felipe Fernández.

24 de octubre de 2000: El II Encuentro de Nuevos Autores reúne en la Semana de Valladolid a ocho cineastas mujeres: Icíar Bollaín, Patricia Ferreira, Yolanda García Serrano, Mónica Laguna, Eva Lesmes, Laura Mañá, Dolores Payás, Helena Taberna y Núria Villazán. A la mitad de la mesa redonda en que presentan sus ponencias, Icíar Bollaín se levanta de ella y no reaparece hasta pasado un buen rato. Como moderador de la mesa, le pregunto discretamente si es que se ha sentido mal. «No, no, en absoluto», me responde, «es que estaba dando de mamar a mi hijo». En ese momento entendí una de las claves de lo que diferenciaba a un cineasta de una cineasta…

Aquella fue una reunión muy significativa, donde se habló del difícil acceso a la profesión de todas y cada una de las participantes, pero también —y de manera muy destacada— de cuanto suponía ser mujer y directora en un contexto como el del cine español. La mayoría optó por defender la idea de que seguía habiendo discriminación y desigualdad a la hora de afrontar su trabajo, de que habían tenido que superar muchos más problemas que sus colegas hombres, que continuaba existiendo desconfianza por parte de los productores y el mundo audiovisual en general. Pero se terminó la mesa con un cierto hálito de optimismo: el hecho de que en la década de los 90 hubiese debutado una treintena de directoras en el cine español animaba a ello, después de tantos años en que la ‘nómina’ se redujo a Pilar Miró, Cecilia Bartolomé y Josefina Molina, sobre quien precisamente la Semana estaba desarrollando entonces un ciclo-homenaje, acompañado por el libro autobiográfico "Sentada en un rincón".

Fue una ocasión importante (si se me permite decirlo) aquel Encuentro: por primera vez, se juntaba un elenco tan amplio de las cineastas que habían empezado a demostrar su valía en nuestro cine, trazando un panorama definitorio de él y exponiendo una problemática que a todos, y no solo a ellas, afectaba. La serenidad, la firmeza y claridad de sus ideas dejaban bien patente que no se limitaban a la lógica reivindicación, sino que sus planteamientos debían y tenían que hacerse notar en el futuro. No llegaban a la profesión ‘por sus encantos’, sino dotadas de un sólido bagaje que les permitiría luchar en el futuro con sus colegas masculinos en una industria tan competitiva e incluso cruel como la audiovisual.

Tres años más tarde, el Festival de Málaga retomaba la antorcha, convocando otra mesa redonda que  —coordinada por Javier Angulo y bajo el título "Cine hecho por mujeres: Una forma distinta de ver el mundo"— reunió de nuevo a Icíar Bollaín y Laura Mañá, pero también a Isabel Coixet, Daniela Fejerman, Chus Gutiérrez e Inés París, quienes mantuvieron similares actitudes a las que se habían manifestado en Valladolid, con «una sinceridad, una valentía e incluso un apasionamiento» que recuerda bien Angulo. La mesa fue precedida y continuada por reuniones más informales, en las que fue germinando la idea de convocar a otras compañeras en Madrid para intentar algo conjunto que defendiera los intereses de todas. Y de esos y posteriores encuentros ya surgió CIMA, la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales, fundada en 2006 y que agrupa en la actualidad a más de doscientas socias, convertida en un muy influyente grupo que ha logrado una notable presencia en nuestro cine, a la hora de defender los intereses femeninos en, por ejemplo, la elaboración de normas legales o la denuncia de actuaciones que incumplen la vigente Ley de Igualdad.

De hecho, ya en su primera edición (1998) el Festival de Málaga había publicado el libro "La mitad del cielo. Directoras españolas de los años 90" (con edición a cargo de Carlos F. Heredero), donde, además de tres artículos teóricos, se recogían los testimonios de trece directoras. Entre ellos, el más resonante fue el de Icíar Bollaín, titulado sin rodeos ‘Cine con tetas’ y que comenzaba así: «La diferencia entre los hombres y las mujeres es que ellos son hombres y nosotras mujeres, básicamente. Ellos tienen cola, y nosotras no. Nosotras tenemos tetas, y ellos no. También tenemos más cintura, y ellos menos culo (algunos). Y aunque parezca muy obvio, cuando nos ponemos a hacer cine resulta que todo se complica, y entonces los medios de comunicación, es decir, los que cuentan (algo de) lo que pasa, se rascan la cabeza y nos preguntan, se preguntan: pero, ¿dos tetas ven lo mismo que el poco culo cuando miran por la cámara? ¿Se monta diferente una secuencia con la cola? ¿Qué le parece a la cintura la banda sonora? Dudas metafísicas, porque como todo el mundo sabe, no es lo mismo sentarse con un par de huevos entre las piernas que sin ellos, ya sea ante la moviola o en el Congreso de los Diputados…». Palabras directas, vive Dios.


Quince años después


60º Aniversario del Festival de Valladolid: La Semana plantea un espléndido ciclo titulado ‘Femenino singular’, cuya documentación figura tras este texto, con dieciséis películas pertenecientes a otras tantas directoras, cuatro de ellas españolas (Josefina Molina, Pilar Miró, Gracia Querejeta e Icíar Bollaín) y doce de diferentes nacionalidades: Andrea Arnold, Susanne Bier, Jane Campion, Doris Dörrie, Marion Hänsel, Agnieszka Holland, Deepa Mehta, Annette K. Olesen, Léa Pool, Sally Potter, Coline Serreau y Lone Scherfig. Todas ellas con la característica común de haber presentado sus films en el certamen y haber obtenido con ellos una fuerte resonancia, además de ser premiadas en numerosas ocasiones. Un panel de primerísima fila, al que todavía podían unirse otros nombres, como los de Margarethe von Trotta, Liv Ullmann, Naomi Kawase o Liliana Cavani. Porque la verdad es que Valladolid siempre ha sido un Festival donde no se ha ejercido ningún tipo de discriminación en función del sexo, tratando por igual a quienes estuviesen detrás de la cámara. En este sentido, cabe recordar que todavía en 1978 la citada Coline Serreau lograba por primera vez la Espiga de Oro para una mujer por su ¿Por qué no?, y que antes y después la alta participación femenina ha sido una de las señas de identidad de la Semana.

Pero lo que me interesa ahora es saber qué ha pasado en ese tiempo entre el Encuentro de Nuevos Autores de 2000 y esta muestra de 2015; qué ha sucedido en este arco temporal de quince años. Considero que lo que ha sucedido, tanto en el panorama español que antes he esbozado como en el más dinámico de carácter internacional, es que ya nadie se pregunta a estas alturas qué demonios hace una mujer dirigiendo una película, algo que todavía resultaba muy frecuente en el siglo pasado. En ese sentido, la situación se ha ‘normalizado’ socialmente, como tantas otras que afectan a la vida ciudadana y laboral del sexo femenino. Pero ‘normalización social’ no significa, en modo alguno, que no permanezcan arraigadas las injusticias y las diferencias en la profesión, hasta el punto de que la igualdad es un objetivo aún muy lejano.

Los números lo dicen bien a las claras. Según un estudio del Observatorio Europeo del Audiovisual, presentado el pasado año en Cannes, el porcentaje de directoras en todo el continente se situaba solo en un 16 por ciento, lo que muestra de forma nítida la desigualdad de la situación. Pero mucho peor estamos en España, con la mitad de ese porcentaje, cuando a la relativa ‘eclosión’ de los 90 ha sucedido un claro declive en la incorporación de las mujeres a las labores de dirección, y algo menos acusado en las de guion y producción. Dándose además la circunstancia de que muchas de las nuevas realizadoras lo hacen a través del documental, de costes financieros menos notables y, por tanto, de menor riesgo en la inversión.

Porque una constante del cine dirigido por mujeres es, en el contexto europeo y desde luego en el español, que casi siempre se les confían bajos presupuestos, por lo que tienen que echar mano de todo su talento y habilidad para, con menores recursos, competir de igual a igual con sus compañeros masculinos. Sigue dominando la desconfianza de que ellas sepan manejar una elevada cantidad de dinero y un equipo de un centenar de personas con la misma capacidad, conocimiento y dominio que ellos. Se suele decir que las mujeres prefieren las tramas intimistas, psicológicas o de relaciones humanas entre los personajes, pero habría que plantearse hasta qué punto eso no es consecuencia del tipo de relatos que deben afrontar con los reducidos presupuestos que manejan. Películas ‘grandes’ desde el punto de vista industrial o comercial difícilmente —salvo quizás en Estados Unidos en casos como el de Kathryn Bigelow— llevan firma de mujer.
El 'empoderamiento' de las cineastas

Pero vuelvo a formular la pregunta de qué ha sucedido en estos últimos quince años. Voy a resumirlo en una palabra muy querida por las feministas: ‘empoderamiento’. Las cineastas se han ‘empoderado’ de su papel dentro del mundo audiovisual donde lo que acaba contando realmente es el talento para expresarse en imágenes, provenga del sexo que provenga. No más complejos de inferioridad o actuaciones tímidas dentro de la profesión. Ya lo enunciaba muy bien Patricia Ferreira en el Encuentro de 2000: «Más allá de las reacciones machistas que todas hemos podido encontrar, más allá de desconfianzas basadas en nuestro sexo, hay fundamentalmente un factor que influye en esa dificultad. El factor de nuestra inseguridad, una inseguridad que nos lleva a no desear lo que realmente queremos, para evitar que nos lo nieguen. No nos atrevemos a decir en voz alta que queremos inventar, mandar, dirigir cine, porque demasiadas veces hemos visto la burla o el odio ante afirmaciones semejantes. No queremos sentirnos raras, diferentes, y dejamos pasar los años. Pero no queda otro remedio. Hay que vencer la inercia y ser audaces y perseguir lo que has elegido, sin ceder. Que nuestra presencia, constante, normalice la situación que no parece normalizarse a través de la racionalidad».

A esa ‘audacia’, a ese ‘no ceder’, a esa ‘normalización’, es a lo que cabe considerar ‘empoderamiento’. Es decir, la asunción de poder sobre las situaciones, sentirse capaz de abarcar la realidad y hacer frente a ella, dominar cuanto se necesita dominar para sentirse libres y con capacidad de transformación. Una fusión de voluntad e inteligencia que no es exclusiva de las mujeres; también han tenido que ejercerla otros sectores marginales, porque marginal ha sido —y sigue siendo en buena medida— la existencia femenina en el campo audiovisual. Menos perceptible en la actualidad, por fortuna, merced a ese ‘empoderamiento’ que crece día tras día.

De ahí quizá que las cineastas, siguiendo un camino que ya viene de atrás, se ‘atrevan’ tantas veces en sus películas con cuestiones que los cineastas no se lanzan a recorrer. En cuestiones sociales, políticas, sexuales o de pura interrelación personal suelen ser mucho más ‘osadas’, planteando a los espectadores una serie de interrogantes éticos y morales que atañen a su vida real. Probablemente, porque se han ejercitado en la superación de las dificultades y tienen ‘menos que perder’ a la hora de abordar determinados problemas. O, mejor, porque quieren responder, con un cierto desafío, a esa sociedad que tantas trabas les ha puesto para desarrollar su trabajo y no quieren andar con componendas o paños calientes.

Parte fundamental de ese enfoque de la realidad mucho más acerado es el tratamiento que ofrecen de los ‘roles’ femeninos. Desde luego, no en los términos habituales de mujeres sumisas y dolientes que se hallan sometidas al dominio de los hombres, sino reivindicando unos papeles que también se encuentran muy lejos de la ‘femme fatale’ que causa la destrucción de su compañero y amante o de la prostituta que habita con desmesurada frecuencia el ‘imaginario’ masculino. De hecho sus protagonistas, e incluso secundarias, femeninas acostumbran a ser mujeres que saben lo que quieren y buscan conseguirlo mediante la administración de una serie de recursos inteligentes, con un objetivo claro como punto final. No son personajes ‘casquivanos’, ‘caprichosos’, ni ‘atrabiliarios’. Son seres humanos, dotados de una sensibilidad bien trazada y de unos sentimientos concretos que no les impiden conocer cuál es su lugar en el mundo, cómo vivir la maternidad o afrontar la violencia machista, entre otros muchos aspectos. Y cómo relacionarse armónicamente con los demás, incluidas sus parejas (en el caso de que existan), con un sentido erótico y de las relaciones sexuales y familiares en el que predomina la igualdad, tan distinto a las que habitualmente ofrece el cine convencional.

Lejos de este enfoque se halla cualquier tipo de esquematismo: en las mejores películas de las cineastas —también las hay fallidas o mediocres, por supuesto—, las mujeres no son ‘las buenas’ por definición, como tampoco los hombres son ‘los malos’ por principio. Eso queda para las caricaturas del tema que estamos abordando, y si se ha dado en ocasiones, sería como respuesta elemental a los tópicos que predominaban en sentido contrario. Pero si nos fijamos en las películas que propone el ciclo de la Semana, veremos que en ellas lo que hay de común es, junto a ese atreverse a abordar temas no precisamente fáciles y la forma arriesgada de hacerlo, un tratamiento de los personajes femeninos muy sutil y diferente. O de los masculinos vistos bajo una mirada distinta, con frecuencia mucho más matizada y precisa, nacida de una óptica tan percutiente como conocedora de la verdad de las motivaciones humanas, ya sea en el contexto cercano o lejano en que estas se produzcan.
El género como identidad

Ello no debe llevar a pensar que el ‘cine de mujeres’ sea un género, a la manera en que lo entendemos en términos narrativos. No, el ‘cine de mujeres’ no es ni debe ser un género. Pero sí nace de una cuestión de género, del sexo femenino de quienes se hallan tras la cámara. Voces más autorizadas que yo han dejado constancia de ello: así, Barbara Zecchi, en su obra "Desenfocadas" (Icaria Editorial, 2014), afirma que «ignorar la diferencia de género corresponde a ignorar la discriminación que está en la base de esta diferencia». O la profesora María Castejón Leorza, que en su libro "Más fotogramas de género", editado por Siníndice este mismo 2015, señala que «el cine es una fuente privilegiada para el análisis de las construcciones de las identidades de género y las formas de relación entre estas porque permite, desde representaciones concretas de la realidad, diseccionar estas construcciones como no lo hacen las fuentes escritas, tendentes a la invisibilización. La categoría género aplicada al análisis de los discursos cinematográficos, por lo tanto, posibilita descodificar las relaciones de género que se construyen bajo unas determinadas claves de poder».

Volviendo a Barbara Zecchi, profesora en la Universidad de Massachusetts y una de las máximas especialistas en el tema, también merece tenerse en cuenta su valoración de que «la historia del cine ha ‘desenfocado’ la realidad femenina, al crear imágenes ficticias en la pantalla y, a la vez, borrar la presencia de la mujer detrás de la cámara». Razón de que se haya esforzado en rastrear esa ‘oculta presencia’ en las cinematografías de todo el mundo, demostrando que ni siquiera los nombres de numerosísimas cineastas que existieron han llegado hasta nosotros, con una decisiva proliferación en los albores del cinematógrafo, poco tiempo después de que fuese inventado.

Esa diferencia de género se traduce, por tanto, en un doble nivel: de un lado, la evidente del sexo de quien dirige el film y que puede prolongarse hacia quienes lo han escrito e incluso producido, de lo que se derivará —como ya hemos señalado— una mirada diferente sobre aquello que se narra. De otra parte, el tratamiento que se da a los personajes que, en el caso de las cineastas, suele huir, aunque no siempre, de los estereotipos femeninos creados por la mayoría de las películas y de las series de televisión. Luchar contra ellos se ha convertido en objetivo prioritario de las mujeres directoras en sus realizaciones y, consecuentemente, de las especialistas que, como las dos recién citadas u otras como Pilar Aguilar o Fátima Arranz (por mencionar solo a españolas) han teorizado sobre la cuestión.

Pero sería un grave error deducir de esta ‘cuestión de género’ cualquier signo de uniformidad. No es así, sino todo lo contrario: las obras de las cineastas se caracterizan precisamente por su diversidad, por revelarse como profundamente distintas unas de otras, ya sea en el tipo de historias elegido, el género narrativo en el que cabe inscribirlas, el estilo aplicado a ellas o hasta el carácter de investigación formal que en ocasiones aparece. En este aspecto de la variedad, no hay diferencias con las obras creadas por los directores. Cada film es consecuencia del espíritu de su autora o autor, en el caso de que se adscriban a esta acepción, o al de la industria cinematográfica o televisiva que los produce, que impone sus criterios por encima de la personalidad concreta de sus realizadores. Tampoco aquí valen demasiado los esquemas o las generalizaciones, porque cada título o es un prototipo creativo o pertenece directamente a una cadena de producción, tanto en el caso de que venga firmado por un hombre o una mujer.

Más pertinente, y en nombre de esa diversidad, es plantear la interconexión entre la realidad y la ficción, entre la vida y la obra, en el caso de ambos sexos. En un reciente artículo en ‘El País’, Juan José Millás lo resumía con claridad, y solo tendremos que trasladar su contenido desde la literatura al cine para valorar su significado: «La literatura y la vida son territorios autónomos, incluso cuando aceptemos en toda su extensión la idea de que la literatura es una metáfora de la realidad o no es nada. Como territorios autónomos, cada una tiene sus propias leyes. Así, la realidad es la comarca de lo contingente, entendiendo por contingente aquello que puede pasar o puede no pasar, sin que sea posible saber por qué pasa o no. En un texto literario, en cambio, todo lo que suceda debe ser necesario». Si en efecto la literatura o el cine son metáforas de la realidad, habrá que concluir que esas metáforas son muy distintas, e incluso contrapuestas, en el caso de las y los cineastas. Y si vamos a ‘lo contingente’ y ‘lo necesario’, no tenemos más remedio que recordar al alcalde de Amanece, que no es poco interpretado por Rafael Alonso, cuando los vecinos le aclamaban por ‘ser necesario’… Tan ‘necesario’ (es decir, que no ‘puede pasar o no pasar’) como que las mujeres prosigan aceleradamente por su camino de expresarse en imágenes ante la sociedad que las contempla y de y en la que han nacido.
'Femenino singular'

Por todo lo que antecede, los espectadores del ciclo ‘Femenino singular’, de la 60 Semana de Cine de Valladolid, tienen la ocasión privilegiada de constatar directamente este hecho de la autoría femenina y de la diversidad que acabo de mencionar. Domina, como no podía ser menos en la Semana, el cine europeo, con una especial presencia del danés por medio de Susanne Bier (Freud’s Leaving Home, 1991), Lone Scherfig (Wilbur se quiere suicidar, 2002) y Annette K. Olesen (Lille Soldat, 2008), que comparten un peculiar sentido del realismo en su enfoque pormenorizado de las relaciones humanas. Una cineasta más figura en el bloque español, compuesto por Josefina Molina (Función de noche, 1981), una película avanzada a su tiempo, un ‘docu-drama’ revelador; Pilar Miró (Werther, 1986), que actualizó la tragedia romántica de Goethe para realizarla entre sus etapas como directora general de Cine y de Televisión, y dos óperas primas: Una estación de paso, de Gracia Querejeta (1992), y Hola, ¿estás sola?, de Icíar Bollaín (1995), que marcarían su muy valiosa trayectoria posterior.

Dos cineastas inglesas aparecen en la selección, de estilo y características muy opuestas. Porque mientras en Cumbres borrascosas (2011) Andrea Arnold aplica una mirada casi naturalista a la novela clásica de Emily Brontë, diferenciándose nítidamente de otras adaptaciones anteriores, Sally Potter se introduce con Ginger & Rosa (2012) en el mundo de la adolescencia, situando su historia de compañerismo en el Londres de los primeros años 60. El sentido de la aventura exterior e interior siempre resulta patente en la filmografía de la belga Marion Hänsel, y así sucede en Entre dos mares - Li (1995); y aventura dramática también, pero de signo muy diverso, es Olivier, Olivier (1992), de la polaca Agnieszka Holland, donde asistimos a la transformación de un niño que había desaparecido a los nueve años. Nada que ver con el sentido agridulce de Cerezos en flor (2008), para la que la alemana Doris Dörrie parece haberse inspirado en aquellos maravillosos Cuentos de Tokio, de Yasujirō Ozu; ni con la abierta comedia sentimental sobre un ‘ménage à trois’ descrito por la francesa Coline Serreau en su segunda película, ¿Por qué no? (1977).

Marchando hacia latitudes más lejanas, encontraremos felizmente en Australia a Jane Campion, cuyo Un ángel en mi mesa (1990) traza de forma tan poética como implacable la difícil existencia de la escritora Janet Frame. Y en Canadá, tanto a Deepa Mehta, de origen indio pero emigrada a este país, que en Sam & Me (1991) aúna relato de amistad con ‘choque cultural’ entre sus comunidades de adopción y de nacimiento; como a Léa Pool, que vuelve a mostrar en Emporte-moi (1999) la extrema sensibilidad de la que siempre hace gala quien es, al tiempo, una excelente documentalista.

Pocas ocasiones habrá como la que ofrece la Semana de ver reunido tanto y tan diverso talento, por si hubiera necesidad de demostrar una vez más la creatividad de las mujeres detrás de la cámara. Hoy nadie en su sensato juicio se atreve a ponerla en cuestión, pero solo las cineastas saben hasta qué punto les ha resultado arduo conformar esta realidad diferente. Para llegar a la cual —cabe insistir de nuevo— nada les ha sido regalado, sino todo lo contrario, y pese a que todavía falta mucho para lograr el equilibrio en numerosos países, incluido España, donde la evolución de sus sociedades, de las que el cine siempre es producto y espejo, todavía no ha alcanzado ese umbral de justicia. La lucha continúa.


Sostenía Marco Ferreri que «el futuro es mujer», e incluso así tituló una de sus películas. Aunque siempre he sospechado que bajo esta frase, de apariencia generosa y positiva para el sexo femenino, se escondía una cierta aspiración machista: sí, el futuro será para las mujeres, pero mientras estemos en el presente, y siempre lo estamos, sigamos disfrutando del dominio de los hombres…

Las cineastas participantes en la Mesa Redonda de 2015. Foto: Leticia Pérez. 

(Texto publicado como introducción al programa del ciclo "Femenino singular" de la 60 Semana Internacional de Cine de Valladolid, octubre de 2015). 

Palabras tras recibir la Espiga de Oro de Honor


Buenas noches.

No es nada fácil este momento para mí. Porque me embargan dos sentimientos complicados de expresar en pocas palabras. El primero es el de la gratitud por entregarme esta Espiga de Honor: gratitud a Javier Angulo, a todo el equipo de la Semana y al Patronato que la sustenta. Y mi enorme gratitud a la ciudad de Valladolid, que siempre me acogió con los brazos abiertos, y al público vallisoletano, que supone la razón de ser, la columna vertebral del Festival.

El otro sentimiento es el de la emoción. Emoción por estar ante ustedes y por estar al lado de mis compañeros. He querido que subieran conmigo al escenario quienes, de aquel decisivo grupo que tuve a mi lado, siguen felizmente trabajando para la Semana. Porque esta Espiga no es individual, es colectiva, es de todas y todos los que están junto a mí esta noche. Es de ellos tanto como mía, como también del recordado Juan Carlos Frugone, de Victoria Fernández, Juan Antonio Pérez Millán, Eduardo Rodríguez Merchán, Carmen Pascual, Tomas Adrián, Javier Ureña..., de todos cuantos me acompañaron en un apasionante trayecto de veinte años.

Permítanme, para finalizar, dedicar esta Espiga a mi mujer, Patricia; a nuestra hija, Emma; a los familiares que me acompañan hoy y que quiero personificar en mi hermana, Carmen, el alma actual de esa familia; y a los amigos que también han querido celebrar conmigo el galardón. Y, asimismo, “in memoriam”, dedicársela a un gran amigo, mío y de la Semana, que ha fallecido hace unos días, José Díaz de Espada.

Desde lo más profundo de mi corazón, gracias infinitas por veinte años de felicidad.


Buenas noches.

(Palabras pronunciadas en la Gala Inaugural de la 60 Semana Internacional de Cine de Valladolid, el 24 de octubre de 2015).

Goran Paskaljevic: Desde los Balcanes, con pasión


Goran Paskaljevic, en Valladolid

Nadie mejor que Goran Paskaljevic para cerrar esta serie de artículos sobre cineastas especialmente ligados a la Semana de Cine de Valladolid. Porque es el director más laureado del Festival, el único que ha obtenido tres veces la Espiga de Oro, con ‘La otra América’ en 1995, ‘Optimistas’ en 2006 y ‘Lunas de miel’ en 2009. Por encima incluso de Ingmar Bergman, que ganó también tres veces, pero Lábaros de Oro en la etapa en que era Semana de Cine Religioso y de Valores Humanos. También Valladolid vivió en 1996 la primera retrospectiva completa de su obra hasta ese momento, lo que después fue repetido por numerosos certámenes e incluso el MoMA de Nueva York.

Repasando su trayectoria y entre los dieciséis largometrajes que ha realizado Paskaljevic, desde ‘Un vigilante de playa en invierno’ en 1976 hasta ‘Al nacer el día’ en 2012, creo que hay que diferenciar dos etapas. La primera muy influenciada por la “Nova Vina”, la Nueva Ola checoslovaca (él estudió en la prestigiosa FAMU de Praga), e incluso el neorrealismo, movimiento del que era gran admirador, sobre todo de ‘Ladrón de bicicletas’. Paso a paso, a través de films como ‘El perro que amaba los trenes’, ‘…Y los días pasan sobre la Tierra’, ‘Tratamiento especial’, ‘El engañoso verano del 68’, ‘El ángel de la guarda’, ‘Tiempo de milagros’, ‘Tango argentino’ –todos los cuales se vieron en la retrospectiva vallisoletana–, o la premiada ‘La otra América’, el cineasta serbio fue configurando una filmografía con estilo propio y que se ha caracterizado como “la tragicomedia humana”, precisamente el título del libro de Ron Holloway que le dedicó la Semana.

Es decir, con una fusión de elementos trágicos y cómicos sobre personajes que nos resultaban creíbles y cercanos, personajes muchas veces marginales, “parias de la fortuna”, perdedores que sufrían unos embates que les superaban y les impedían integrarse realmente en la sociedad en la que vivían. Pero tratado todo ello de manera emotiva, con un fuerte sentido del humor y un hálito de esperanza que les permitía a esos personajes algún tipo de salida. Son rasgos típicos de la obra de Paskaljevic, pero también cabe percibirlos como profundamente arraigados en las diversas modalidades de la cultura de su país.

El punto de giro llega en 1998, cuando realiza ‘El polvorín’, también llamada ‘Cabaret Balkan’, inicio de su “Trilogía serbia”, proseguida con ‘El sueño de una noche de invierno’ y ‘Optimistas’. En medio ha sucedido nada menos que la Guerra de los Balcanes y la violenta explosión de un ultranacionalismo que había estado contenido durante el largo periodo de gobierno del Mariscal Tito. Son películas que hablan de la devastación física y moral de un país, la exYugoslavia, y del irracional deseo de expansión y dominio por parte de Serbia, iniciado durante el periodo del presidente Milosevic. Paskaljevic vive exiliado de su país entre 1992 y 1998, cuando regresa para hacer ‘El polvorín’, y está todavía considerado oficialmente como un “traidor a la patria” o, cuando menos, “altamente sospechoso”.

Para entonces, y como no podía ser de otra forma, Paskaljevic ha cambiado muy profundamente. Ya no es el esperanzado humanista de la etapa anterior, ni su humor es el mismo, ahora teñido de acidez e incluso crueldad. Se diría que ha hecho suya la frase de Voltaire en “Cándido” (libro en el que se basan las cinco historias de ‘Optimistas’): “Optimismo es la locura de insistir en que somos todos buenos, cuando todos somos miserables”… Ya no se trata de componer más o menos amables panorámicas sobre pobres seres humanos, sino de denunciar hasta qué punto pueden ser llevados a la barbarie y a la irracionalidad como individuos y como colectivo. Él mismo ha dicho que sus películas se han vuelto “más políticas”, pero no por voluntad propia sino porque es la política, la guerra, la confrontación, lo que ha irrumpido en las vidas de millones de personas.

Ese Paskaljevic “distinto” también se había podido observar en ‘Cómo Harry se convirtió en árbol’, rodada en Irlanda en medio de la “Trilogía serbia”. Y se percibiría claramente en ‘Lunas de miel’: si se hace una comparación entre esta y ‘La otra América’, se comprobará hasta qué punto ha variado su punto de vista sobre un tema básico en nuestro mundo como es la emigración. Mientras en ‘La otra América’ los emigrantes en Nueva York llegaban a un cierto grado de felicidad cotidiana basada en la solidaridad entre ellos, en ‘Lunas de miel’ no existen posibilidades de solución para dos parejas que buscan emigrar a la “tierra prometida” de Europa Occidental.

Hasta llegar a la espléndida ‘Al nacer el día’, programada en la Semana de 2012, en la que Paskaljevic –aunque siempre pasional– muestra una cierta serenidad, un cierto equilibrio donde la memoria personal e histórica juegan un papel esencial y donde también su autor se adentra en un nítido clasicismo estilístico. Habrá que comprobar si sigue en esa línea con ‘Dev Bhoomi’ (‘Tierra de Dioses’), que este año ha rodado en una zona cercana al Himalaya y en la que narra la historia de un hombre ya mayor que, después de cuarenta años en Inglaterra y sintiendo aproximarse la ceguera, regresa a su tierra india de origen.

Cartel de "La otra América", primera película de Paskaljevic en obtener la Espiga de Oro

Hablaremos de ella dentro de unos días en Valladolid, donde Paskaljevic se encuentra “como en su propia casa”, en “su Festival preferido”, al que esta vez acude como Presidente de un Jurado Internacional en el que me siento feliz por participar junto a él.

(Publicado en "La sombra del ciprés", suplemento cultural de "El Norte de Castilla", de Valladolid, 17 de octubre de 2015).


La familia que rueda unida...


Paco León, con su madre, Carmina Barrios, y su hermana, María León

El primero fue Paco León, al llevar a la pantalla a su madre, Carmina Barrios, en Carmina o revienta y Carmina y amén. Después, Daniel Guzmán recurrió a su abuela, Antonia Guzmán, para un importante papel de A cambio de nada. En el reciente Festival de San Sebastián se veía Un dia perfecte per volar, donde Marc Recha da el protagonismo a su hijo Roc. Y, rizando el rizo, Álvaro Ogalla se interpreta a sí mismo en El apóstata. O casi otro tanto Fernando Colomo en Isla Bonita. Parece que ha surgido la moda de que los directores utilicen a familiares suyos a la hora de encarnar a los personajes. Lo que se multiplica en el caso de documentalistas que, ya desde hace tiempo, nos cuentan historias de sus abuelos, padres, madres, hijos, tíos y demás parentela. Bien visto, puede ser una vía de salida para el actual cine español y, de seguir así las cosas, no sería nada raro que viéramos proliferar a núcleos familiares que, en lugar de reunirse a comer los sábados o los domingos, lo hicieran para rodar una película. Y es que, al margen del talento artístico de los convocados, viene muy bien ahorrarse unos cuantos euros a la hora de elaborar el “casting”.

Era bastante habitual que un realizador metiese a su pareja en el reparto, o que su apellido o el del productor se viera repetido numerosas veces en los títulos de crédito. La novedad es que ahora se hace con no profesionales del entorno personal, a quienes se adjudica un lugar relevante como actores del film. A nadie conocemos mejor que a quien está a nuestro lado, y no hay que molestarse en saber si tal o cual intérprete nos dará el perfil exacto que buscamos. Pero, de seguir la tendencia, mal les va a ir a las actrices o actores que viven de esto, porque siempre habrá padres, hijos, sobrinos, cuñados o primos hermanos que nos vendrán de perlas para el papel.

Marc Recha, con su hijo Roc, protagonista de "Un dia perfecte per volar"

Digo yo, ¿no tendrá algo que ver esta racha con el descenso de presupuestos en el cine español? Si la media de coste de un largometraje de nuestro país estaba hace diez años entre los dos millones y medio y los tres millones de euros, en estos momentos anda en torno al millón doscientos mil. Quiten las grandes producciones, casi siempre vinculadas a las televisiones privadas; quiten –por el otro lado– a los documentales, que suelen costar muy poco, y comprobarán que el grueso del cine español se maneja con una financiación realmente escasa. En ese aspecto, hemos ido hacia atrás como los cangrejos, mientras que en la mayoría de los países sucedía lo contrario.


Ante tal penuria económica, ¿cómo quieren que no se recurra a la familia, que siempre estará dispuesta a echar una mano? Si Pablo Trapero acaba de demostrar en El clan que “la familia que secuestra y mata unida, permanece unida”, hacerlo para una película por lo menos no es delito…

(Publicado en "Turia" de Valencia, octubre de 2015).

La incorporación de la educación audiovisual en la Ley del Cine de 2007


Lo primero que deseo es agradecer a la Universidad de Castilla-La Mancha, y muy especialmente a Susana de la Sierra, por invitarme a formar parte de este importante Seminario, que ella dirige.

Lo segundo es asegurar a mis compañeras de Mesa y a la moderadora que no les quitaré demasiado tiempo con mi intervención. El motivo es claro: la incorporación de la educación audiovisual en la Ley del Cine de 2007 se traduce en la historia de un fracaso o, si lo prefieren, en la confesión de una profunda impotencia. Y de uno y otra no hay que hablar en demasía, se resumen rápidamente.

¿Por qué hablo de fracaso o de impotencia? Porque no conseguimos lo que de verdad intentamos en este tema: asegurar que la educación audiovisual, en sus diversos niveles, estuviera garantizada por ley, rompiendo así una dejadez de muchos años. Lo más que logramos es que, en las Disposiciones generales del Artículo 19 de la Ley, y en su punto e), se dijera que dentro de las finalidades del Instituto de Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA) figurasen la “suscripción de convenios de colaboración con entidades públicas o privadas necesarios para el fomento de las actividades cinematográficas y audiovisuales, así como para la formación de profesionales. Colaborará (el ICAA) con las diferentes administraciones educativas para el fomento del conocimiento y difusión del cine en los diferentes ámbitos educativos”.

Palabras muy genéricas que, en la Ley, solo nos permitieron crear, en el Artículo 23, las Ayudas a proyectos culturales y de formación no reglada, estableciendo que “se podrán establecer medidas que apoyen proyectos que, pertenecientes al campo teórico o de la edición, entre otros, sean susceptibles de enriquecer el panorama audiovisual español desde una perspectiva cultural, así como a aquellos proyectos que apoyen programas específicos de formación no reglada para profesionales, incluyendo personal creativo y técnico, o públicos”. Fue un empeño personal, porque una de las cosas que más me sorprendió cuando llegué al ICAA desde el Festival de Valladolid, es que el Instituto concedía ayudas a los diversos sectores industriales, pero no existía ninguna que apoyase a los proyectos culturales de índole cinematográfica, lo que resultaba paradójico en todo un Ministerio de Cultura. Quisimos introducir también el tema de la “formación no reglada” dado que las propuestas de carácter curricular nos estaban vedadas por una cuestión de competencias con el Ministerio de Educación, que entendíamos y asumíamos. De cualquier forma, estas ayudas de las que estoy hablando no se han convocado en los últimos cuatro años debido a las dificultades presupuestarias…

También cabe mencionar la Disposición Adicional Séptima de la Ley, sobre “acceso de los productos cinematográficos y audiovisuales al sistema educativo”, que determinaba que “las Administraciones Públicas, en el ámbito de sus respectivas competencias, promoverán la accesibilidad de los productos cinematográficos y audiovisuales al sistema educativo a través de programas de formación, de manera que sus contenidos puedan también quedar integrados en aquél”.

Estos dos Artículos y esta Disposición Adicional de la Ley del Cine es todo lo que pudimos conseguir, sin que –a excepción de las Ayudas a proyectos culturales y de formación no reglada– tuvieran después el necesario desarrollo reglamentario.

He citado antes el tema de las competencias entre los Ministerios de Educación y Cultura de aquel momento. Ahí está la raíz del problema, que Cultura no tenía, ni tiene competencias sobre la educación “reglada”, lo que ha continuado también cuando, como ahora, están unidos en un mismo organismo. Sabíamos, por tanto, que no disponíamos de mucho margen de actuación, pero aún así lo intentamos, antes y después de que se aprobase la Ley del Cine, basándonos en aquel artículo 19 y en la Disposición Adicional.

Mantuvimos diversas reuniones con el Ministerio de Educación a nivel de Dirección General y técnicos de ambas casas (la Secretaría de Estado de entonces no estaba interesada en el tema). Tratábamos de establecer, mediante Convenios u otras formas jurídicas, una colaboración en la que ambos departamentos pudieran aportar sus conocimientos para llegar a una especie de Plan General de la Enseñanza Audiovisual, de acuerdo con las Comunidades Autónomas. Pero la actitud de Educación supuso una continua barrera. Sus razones eran varias: que para llevar esa enseñanza a los diversos niveles educativos lo primero que se necesitaba era formar profesores de ella, y no había ni formas de hacerlo ni recursos económicos para emprenderlo. En segundo lugar, que las actividades curriculares ya estaban muy saturadas, por lo que no convenía introducir otra materia nueva como la enseñanza audiovisual, mientras que las extracurriculares acababan teniendo escasa incidencia en la formación de los alumnos. Tercero, que la mayoría de las competencias del Ministerio de Educación estaban transferidas a las Comunidades Autónomas, por lo que habría que negociar individualmente con cada una de ellas (tampoco prosperó que presentásemos el tema ante las correspondientes Conferencias Sectoriales). Y, finalmente, que la formación audiovisual no se hallaba entre las prioridades que en ese momento tenía el Ministerio, muy condicionado por su exiguo presupuesto.

Lo más que conseguimos fueron buenas palabras, deseos de ánimos y emplazamientos a futuras reuniones, sin concretar. Nada se logró realmente, salvo perder bastantes horas en el empeño.

Y no se trataba de una postura aislada ni excepcional. Ningún Ministerio de Educación de este país llamado España, por parte de ninguno de los partidos políticos que lo han regido desde la llegada de la democracia (de antes, ni siquiera hablamos) se ha tomado jamás en serio la educación audiovisual. Ninguno. Siempre se ha postergado, siempre se ha dejado para “tiempos mejores”, aunque el cine ya tiene 110 años y todos estamos teóricamente de acuerdo en que resulta imprescindible puesto que el niño, casi desde que nace, se halla sujeto a todo tipo de estímulos audiovisuales, como ya se ha recalcado aquí por varios de los ponentes.

De nada valen las exigentes recomendaciones de la Comisión o el Parlamento Europeo sobre la alfabetización audiovisual, de nada sirven las excelentes prácticas de naciones de nuestro entorno como Francia, Gran Bretaña o los países escandinavos, en nada se escuchan las opiniones de cineastas y otros profesionales, expresadas en manifiestos, artículos o entrevistas, en favor de que esa educación se instaure, de que sería fundamental que los alumnos conociesen a fondo tanto un lenguaje con el que conviven cotidianamente como un patrimonio cinematográfico que forma parte esencial de nuestra cultura.

Hay, por supuesto, iniciativas individuales o particulares dignas de toda consideración y encomio, con numerosos colegios e institutos que se esfuerzan muy meritoriamente en impartir tal enseñanza. También sé que mis sucesoras en la Dirección General del ICAA, Susana de la Sierra y Lorena González Olivares, han dedicado y dedican mucho tiempo y trabajo para cambiar la situación. De hecho, Susana de la Sierra creó los Premios de Alfabetización Audiovisual y de Historia de la Cinematografía, que concede un Jurado independiente, para destacar la labor de esos centros educativos que impulsan entre sus alumnos programas formativos, además de convocar simposios y reuniones como este al que ahora asistimos; y Lorena González Olivares ha continuado todo ello dentro de una similar línea de trabajo. Pero una y otra son las primeras en reconocer que tal esfuerzo no basta.

No basta porque, como en tantos otros aspectos del mundo cinematográfico y audiovisual, la educación en su lenguaje, su Historia y su desarrollo debería ser una cuestión de Estado, que debería traducirse en un Plan General apoyado por el Gobierno central y las Comunidades Autónomas. Mientras no exista una política decidida en este campo, donde confluyan Educación y Cultura bajo unos mismos objetivos marcados desde el Gobierno, sea del carácter ideológico y político que sea, e incluso cuando los partidos se permuten en el poder, la situación no variará. Y seguirán pasando Ministerios y Ministerios sin que hayamos solucionado el problema.

Hay dos libros que, a quienes no los conozcan, recomiendo vivamente: uno, ya clásico, “La hipótesis del cine. Pequeño tratado sobre la transmisión del cine en la escuela y fuera de ella”, de Alain Bergala, que fue redactor-jefe de “Cahiers du Cinéma”, profesor de Cine en la Universidad de París III y encargado por el Gobierno francés de un plan para la educación audiovisual, que llevó a cabo con notable éxito en la etapa de Jack Lang como ministro de Cultura. Y otro libro más reciente, “Cine, enseñanza y enseñanza del cine”, de Juan Antonio Pérez Millan, ex director de la Filmoteca Española y de la Filmoteca de Castilla y León, además de auténtico especialista en la materia.

De ellos, he elegido, para finalizar, dos párrafos muy significativos y que mueven a la reflexión. Uno de Bergala: “Toda pedagogía tiene que adaptarse a los niños y a los jóvenes a que se dirige, pero nunca en detrimento de su objeto (…) Especialmente en el caso del cine, ya que los niños no han esperado a que se les enseñe, como se suele decir, a ‘leer’ las películas para ser espectadores que se consideran a sí mismos perfectamente competentes y satisfechos, antes de cualquier aprendizaje”. Porque, en realidad, “lo que debería ser una aproximación al cine como arte es aprender a devenir un espectador que experimenta las emociones de la creación misma”.

Y otro párrafo, de Pérez Millán: “No nos atrevemos a imaginar siquiera que los poderes públicos de nuestro país pudieran asumir de una vez la enseñanza del lenguaje audiovisual entre las materias que deberían integrar el equipamiento básico de cualquier ciudadano desde una edad muy temprana (…) Aparte de que hay motivos sobrados para dudar de que unas instituciones obsesionadas con la educación como simple engranaje de los sacrosantos conceptos de productividad y competitividad fuesen capaces de admitir unos planteamientos que llevan consigo, de modo inevitable, el aprendizaje y la práctica de unas actitudes sustancialmente críticas”.


En esas estamos. La vigente Ley del Cine de 2007 –solo modificada en algunos aspectos el pasado mayo– ha servido para muchas cosas, muchísimas más de lo que pensaron los que tanto la atacaron en su momento y hoy reconocen su utilidad e incluso la defienden a capa y espada. Pero, debo reconocerlo con pesar, no ha resultado útil en el campo de la formación audiovisual. Ese es su fracaso o su impotencia. Lo que no significa que, llevados del principio gramsciano del “optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón”, no sigamos intentando hasta el agotamiento que en España exista una auténtica educación de la imagen.

(Texto presentado en la primera sesión del Seminario "El Derecho en el Cine y el Cine en el Derecho: Alfabetización mediática, educación audiovisual", organizado por la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Castilla-La Mancha. Toledo, 17 de septiembre de 2015).

La Semana de Cine de Valladolid: Un patrimonio inmaterial


La Unesco designa determinadas experiencias culturales como “Patrimonio Inmaterial de la Humanidad”. No diré yo tanto de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, porque hablar de “la Humanidad” es mucho hablar, pero sí considero al Festival como “patrimonio inmaterial” de toda una ciudad y de las diversas generaciones que la han ido habitando, así como también de multitud de cinéfilos de todo nuestro país, que o bien han acudido a ella personalmente o han estado muy atentos a su celebración a lo largo de nada menos que sesenta años.

Por definición, lo inmaterial es algo difícil de precisar, pertenece a la memoria y la conciencia de las gentes, que lo hacen vivir cada cierto tiempo. No puede limitarse a unas construcciones concretas, a unos objetos específicos, ni siquiera a unas personas en particular. Es la suma de todo ello, pero ligado a una percepción individual y colectiva de que se está ante una realidad excepcional. Es, asimismo, una amalgama de sentimientos ante lo que se nos ofrece como algo irrepetible, aunque –paradójicamente– se reproduce de manera sucesiva ante nuestros ojos. De ahí que la Semana de Valladolid signifique un patrimonio inmaterial que pertenece por igual a todos los vallisoletanos.

El Teatro Calderón, sede central del Festival, lleno de público

No solo, aunque también, cuentan las miles de películas que se hayan proyectado en estas seis décadas. No solo, aunque también, importan las personalidades de todo el mundo que nos han visitado edición tras edición. No solo, aunque también, resultan fundamentales las decenas de libros que se han publicado y que han hecho posible el mejor conocimiento de una serie de figuras de la máxima dimensión. Lo que importa es el ambiente que se genera, la manera de vivir el acontecimiento anual, el aire que se respira durante esos días tan especiales. Es decir, lo inmaterial, lo que cada uno siente dentro de sí ante el acontecimiento y la forma en que lo interioriza y lo expresa ante su colectividad.

De ahí que por buena que sea una exposición sobre el patrimonio de la Semana, por representativa que pueda ser de su larga existencia, nunca llegará a traducir realmente lo que el Festival supone para sus participantes y asistentes. Porque su principal patrimonio es algo tan diverso y casi indefinible como el público. Porque él ha sido sustento y razón de ser, sus verdaderas raíces dentro de una sociedad que precisa de realidades inmateriales para sobrevivir como tal. La cita anual de la Semana no importa únicamente por lo que tiene de vía de conocimiento de un arte como el cine, sino que sirve como reencuentro de ciudadanos en un ámbito común, dando sentido a aquella “polis” que propugnaron los griegos. Sin ese hálito colectivo, el Festival no existiría y, de hacerse, de nada valdría.

Voy a resumirlo en una anécdota que me parece valiosa: una noche de Clausura, bajaban dos chicas desde las localidades superiores del Teatro Calderón. Iban comentando la película que acababan de ver, hasta que una de ellas se paró en los escalones y le dijo a la otra: “Sí, me ha gustado. Pero estoy triste, porque hasta dentro de año no vuelve la Semana”… En estas palabras no hay exclusivamente cinefilia o “búsqueda” de acontecimiento. Hay la necesidad de compartir un determinado espacio y un determinado tiempo con muchos otros, hay la necesidad de respirar una atmósfera que tarda en repetirse aunque se conserva dentro de nuestro interior.

Podría hablar de múltiples situaciones que forman parte de nuestro patrimonio. Como aquella sesión de noche en que, por primera vez, se podía contemplar en versión original y en una nueva copia ‘El apartamento’, y resultaba patente la forma en que los espectadores “respiraban” al unísono ante esa obra maestra de Billy Wilder. O como aquella mañana de domingo en que, desde más de una hora antes de que se abrieran las puertas, una multitud se agolpaba para conocer los más recientes films de Atom Egoyan y Abbas Kiarostami, expectación que nadie podía imaginar. O el asombro compartido cuando un ya veterano Stanley Donen se arrancó con unos divertidos pasos de baile desde el escenario del Calderón. O, mucho antes, la profunda emoción que todos sentimos cuando, en la X edición y con ‘Los olvidados’, los espectadores vivimos la experiencia inédita –por culpa de la censura franquista- de situarnos cara a cara ante una obra de Luis Buñuel.

Una foto histórica: En 1975, el público guarda cola para poder ver "La naranja mecánica" en el Teatro Carrión

Ejemplos así los hay a centenares, pero todos confluyen en un mismo término: el público, los vallisoletanos, que son quienes han hecho grande a la Semana. Unos cuantos de nosotros hemos tratado de cooperar para que ese “patrimonio inmaterial” siguiera creciendo. Y, particularmente, yo no tengo más que palabras de agradecimiento para cuantos, a lo largo de veinte años, entre 1984 y 2004, me acompañaron en esta tarea, formando parte de un espléndido equipo. Pero siempre supimos que no trabajábamos para nuestra satisfacción personal, ni siquiera para ese cine que tanto nos apasionaba a todos. Éramos simples instrumentos de los deseos de una colectividad, meros gestores de sueños e ilusiones que se plasman cada 365 días en una muy querida ciudad llamada Valladolid.

(Publicado el 5 de septiembre de 2015 en el suplemento dedicado por el diario "El Norte de Castilla" a la Semana Internacional de Cine de Valladolid, suplemento también entregado en la exposición "Seminci: Una historia de cine").