La ley del mercado


"Kiki", de Paco León

Un hecho insólito tuvo lugar en la primera semana del pasado mes de abril: una película española distribuida por una firma independiente se situaba en lo más alto del “ranking” de recaudaciones. Me refiero a Kiki, de Paco León, que entraba como segunda de las más taquilleras (solo superada por Batman v. Superman), con un promedio de 4.664 euros por cada una de sus 283 copias, superando los 200.000 espectadores y con una recaudación de 1.320.000 euros en su semana inicial. Pero lo insólito no está en esas cifras, que diversos films españoles vienen frecuentando, sino que las haya logrado comercializada por una distribuidora independiente, Vértigo Films, también coproductora de Kiki. Se rompe así el mito de que solo el cine español apoyado en una multinacional es capaz de obtener los mejores resultados, demostrándose que también una compañía independiente puede lograrlos, siempre que cuente con títulos y medios adecuados para ello.

No es lo habitual, por desgracia. Las películas españolas más potentes desde el punto de vista comercial suelen estar distribuidas por las “Majors” norteamericanas: Warner, Fox, Universal, Sony, Paramount y Disney, a través de sus filiales hispanas. Se trata de un fenómeno bastante peculiar de nuestro país, que se ha incrementado en los últimos años. Los productores confían en ellas porque tienen más peso e influencia sobre los circuitos de exhibición, a los que aplican mayores porcentajes sobre la recaudación obtenida en salas (una media del 50%, frente al 42 o 43% que suelen obtener las distribuidoras independientes), y sus adelantos sobre copias y publicidad acostumbran a ser más sustanciosos. También se da esta circunstancia por una especie de inercia, derivada de la creencia de que siempre será mejor estar respaldado por una compañía grande que por otra pequeña, cuya relativa potencia crea desconfianza.

Son las “Majors”, por tanto, las que distribuyen los títulos de mayor relieve comercial de nuestro cine, lo que significa contribuir a la existencia y mantenimiento de un mercado tan sumamente colonizado como el español. Lo demuestra el listado de las veinte películas nacionales más taquilleras de 2015: 0cho apellidos catalanes, Palmeras en la nieve, El Niño, Atrapa la bandera, Torrente 5, Perdiendo el norte, Exodus: Dioses y Reyes, Regresión, Ahora o nunca, La isla mínima, Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo, Relatos salvajes, Truman, El desconocido, Anacleto, agente secreto, Mi gran noche, El club de los incomprendidos, Un día perfecto, Extinction y Carmina y amén, comprendiendo un arco de espectadores que va desde los 5.762.693 de la primera hasta los 387.061 de la última citada, están todas ellas distribuidas por multinacionales excepto Truman en el decimotercer puesto, El club de los incomprendidos en el decimoséptimo y Carmina y amén en el vigésimo. A partir de ahí, entran ya con mucha frecuencia las distribuidoras independientes, cuyo “reparto del pastel” resulta claramente desigual.

¿Causa o efecto? ¿Las películas españolas logran importantes resultados por estar distribuidas por “Majors”, con todo lo que significa de poder de promoción, o los independientes han de “conformarse” con lo que aquellas no quieren y tienen, por tanto, menores réditos? El ejemplo de Kiki desmontaría –insisto– lo primero, pero la verdad es que hasta ahora se trata de una excepción que “pone a prueba” la regla. Y que no parece que vaya a variar en bastante tiempo si los productores no se arriesgan a intentarlo.

"La Academia de las Musas", de José Luis Guerin

Lo realmente grave es que muchas películas españolas quedan cada año sin distribuir de una u otra forma (sobre todo, a partir de la muy dañina desaparición de Alta Films en 2013), conducidas a una “tierra de nadie” que casi las hace invisibles. De ahí que se vean abocadas a empresas mínimas, donde algunos “hombres-orquesta” intentan hacer de todo, casi siempre con escasísimos resultados en salas también mínimas; o que algunos productores-directores hayan optado por tratar directamente con los exhibidores, caso de Jonás Trueba con Los ilusos, José Luis Guerin con La Academia de las Musas o de numerosos documentales.

La vía de salida suele ser entonces la de los circuitos alternativos que se han ido conformando a base de salas de propiedad ciudadana como las integradas en la red CineArte, o lugares especiales como la Cineteca de Matadero o la Sala Berlanga, en Madrid. Circuitos que pueden y deben tener su importancia, sobre todo cultural, pero cuyos resultados económicos son hasta ahora insuficientes a la hora de amortizar una película, por escaso que sea su presupuesto. Sin que tampoco las ediciones en DVD o el Video on Demand (VOD) a través de internet, determinen hoy beneficios contables para ninguna de las modalidades de comercialización de nuestro cine.

Piénsese que si unas veinte películas españolas son distribuidas anualmente por las “Majors” y otras tantas por las independientes, falta un enorme trecho para albergar a gran parte de cuantas se hacen. Es cierto que, con el nuevo sistema de Ayudas estatales, el volumen de producción va a reducirse notablemente; quizá quede en solo la mitad del centenar y medio de largometrajes que se estaban realizando. Pero aun así, el “gap” resulta espectacular. El problema es que las cuentas no les salen a los distribuidores independientes: para que una película española tenga “cara y ojos”, se precisa una inversión de entre 100.000 y 300.000 euros con una modesta cantidad de 40 copias (o, en la actualidad, DCPs) y una cierta promoción publicitaria. Dado que al distribuidor le llega aproximadamente la tercera parte de los ingresos de taquilla, y estableciendo el precio medio de la entrada en torno a 6 euros, para un pequeño beneficio necesitaría tener de 50.000 a 150.000 espectadores, lo que no consiguen demasiados títulos nacionales. A lo que se suma el tremendo impacto del IVA del 21% sobre las recaudaciones obtenidas. Por ello, las Ayudas públicas a la Distribución independiente se convierten en un salvavidas imprescindible.

Logotipo del circuito Cinesa, recientemente adquirido por el grupo chino Wanda

Ese IVA brutal afecta igualmente a los circuitos de exhibición. Tres son los mayores y más poderosos de España: Cinesa (comprado por el grupo chino Wanda a la compañía británica de capital riesgo Terra Firma), Yelmo (adquirido en julio de 2015 por la mexicana Cinépolis) y Kinépolis (de capital belga), además de otros de ámbito autonómico como Cinesur en Andalucía, propiedad de la francesa MK2, u Ocine y ACEC en Cataluña; o de carácter especializado en producción independiente, sobre todo europea, y en versión original, tipo Golem, Renoir, Verdi, Van Dyck o Manhattan. Entre todos, componen un plantel de unas 3.700 pantallas que, aunque se va reduciendo de forma progresiva, sigue considerándose excesivo para el volumen de público existente.

Lo primero que hay que decir es que este sector de la exhibición ha experimentado una profunda transformación durante estos últimos años a consecuencia de la digitalización de las salas. Y lo ha cargado sobre sus espaldas, sin recursos públicos, estatales o autonómicos, que lo apoyaran. Pese a que la Ley del Cine de 2007 marcase el camino mediante convenios entre el ICAA y las Comunidades Autónomas (a las que están transferidas las competencias sobre la exhibición, lo que se suele olvidar), apenas se ha llegado a concretar esta colaboración, y los circuitos o los locales individuales han tenido que asumir los costes del cambio hacia el digital. Pero, eso sí, con la decisiva participación de los distribuidores a través del llamado Virtual Print Fee (VPF), quienes deben pagar una cantidad media de 650 euros en cada ocasión, por lo que –contra lo que se cree– apenas les ha supuesto ahorro respecto a gastos en copias y en su transporte.

También en este caso “el pez gordo se come al chico”, porque las grandes redes de exhibición les hacen difícil la vida a las salas independientes. Igual que en el terreno de la distribución, es “la lógica del capitalismo”, se dirá, pero en una economía social de mercado como asegura ser la española, deberían existir mecanismos correctivos. De cualquier forma, la mayoría de las opiniones coincide en que hoy no existen problemas para estrenar cine español en las salas, dado el volumen de pantallas antes citado. Otra cosa es que se pueda hacer en las más apetecibles, sobre todo en las situadas en el centro de las ciudades, o en los mejores horarios, que suelen desaparecer sobre todo a partir de la segunda semana de exhibición, cuando tantas películas quedan reducidas a uno o dos pases, no precisamente los de mayor tirón para el público. Pero el actual “cuello de botella” al que se enfrentan nuestras películas se halla más en la distribución que en la exhibición, por paradójico que pueda parecer.

La verdad es, frente a lo mucho que se está debatiendo estas semanas en Francia sobre la diversidad cultural en términos cinematográficos, amenazada por la creciente invasión de los “blockbusters” de las multinacionales y el gran capital, aquí parece que nos conformamos con el “statu quo”. Y no debería ser así por los siglos de los siglos.

(Publicado en la revista especializada "Caimán" nº 100, mayo de 2016).


Las secciones paralelas de Cannes


Ya dije, en la primera de mis crónicas sobre el Festival, que Cannes era como un Espíritu Santo multiplicado: uno en esencia, pero muchos en persona. El problema nace de que, al igual que en la mayoría de los certámenes actuales, resulta imposible abarcarlo no ya todo, sino una proporción satisfactoria de cuanto uno querría ver. Si a los 21 largometrajes en competición, sumamos los 6 fuera de concurso, los 8 de sesiones especiales, los 3 de pases de medianoche y los 18 de la sección paralela Un Certain Regard (englobado todo ello bajo la etiqueta de Selección Oficial), se entenderá fácilmente que quede poco tiempo para los también 18 de la Quincena de Realizadores y los 7 de la Semana de la Crítica. Y ya no hablo de otros apartados como Cannes Classics, CinéFondation, Cinéma de la Plage o las diversas muestras de cortometrajes. Un monstruo, una verdadera locura.

"Divines", de Houda Benyamina, Cámara de Oro

Pero sí merece la pena dejar constancia de algunos títulos que, por un motivo u otro, han llamado especialmente la atención dentro de esas secciones paralelas. Por ejemplo, en una Quincena de Realizadores cuyo nivel de programación ha sido denostado por sus habituales, dos películas al menos merecen reseñarse: Fai bei sogni, un muy valioso trabajo del “clásico” Marco Bellocchio sobre el trauma no resuelto de un periodista que perdió a su madre en circunstancias extrañas cuando solo contaba 9 años, film que merecía de sobra haber estado en la Competición Oficial; y Neruda, donde Pablo Larraín entra en la vida del gran poeta chileno durante la persecución política que sufrió en 1948, narrándola desde la perspectiva del policía (imaginario) que le siguió los pasos, con un enfoque original y nada hagiográfico. A esta sección pertenecía Divines, de Houda Benyamina, que obtuvo la Cámara de Oro a la mejor “opera prima” de todo el Festival.

"El día más feliz en la vida de Olli Mäki", de Juho Kousmanen, Premio Un Certain Regard


Aparte de la Semana de la Crítica, con su galardón para Mimosas, de Oliver Laxe, Un Certain Regard mantuvo una calidad media, sin grandes sorpresas pero tampoco decepciones absolutas, aunque Hirokazu Kore-eda no llegase en Después de la tempestad al tan excelente nivel que había mostrado en sus precedentes Nuestra hermana pequeña y De tal padre, tal hijo. Por encima de otros títulos destacados como el film de animación La tortue rouge (Premio Especial), la egipcia Clash o la francesa La danseuse, venció en este apartado la solo simpática en su pequeñez El día más feliz en la vida de Olli Mäki, del finlandés Juho Kuosmanen, mientras la crítica internacional se inclinaba por la rumana Perros, de Bogdan Mirica, cuya tensión creciente se contradice con su monotonía narrativa. Pero el mayor éxito de público de Un Certain Regard vino de la mano de Captain Fantastic, de Matt Ross (Premio a la Mejor Dirección) y con Viggo Mortensen de gran protagonista, película con un atractivo indudable cara a la taquilla. Nos vemos en Cannes 2017.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2016).

Una edición de Cannes que sabe a poco


Xavier Dolan, Gran Premio del Festival por "Juste la fin du monde"

Contra lo que se esperaba, no fueron especialmente buenas las tres últimas jornadas del 69 Festival de Cannes. Sobre todo, a causa de un “viernes maldito”, en el que tuvimos que soportar las dos peores películas de la Competición oficial: The Last Face, de Sean Penn (una cursi historia de amor en medio de la guerra de Liberia, deshonesta al máximo, y a la que pertenece el texto más absurdo del certamen, cuando el personaje de Charlize Theron define al de Javier Bardem como “un huérfano de la Transición política española”…), y The Neon Demon, del sobrevalorado Nicolas Winding Refn, entregado a todo tipo de artificios estéticos a la hora de trazar una metáfora “caníbal” sobre el mundo de la moda en Los Angeles. Tampoco muy atrás en cuanto a “números” de puesta en escena se quedaba el canadiense Xavier Dolan en Juste la fin du monde, histérica adaptación de la obra teatral de Jean-Luc Lagarce, resuelta a base de primeros planos en que los actores despliegan su histrionismo. Como no podía ser menos tratándose del “niño mimado” del cine mundial, con tan solo con 27 años, el autor de Mommy se llevó el Gran Premio del Festival.

"El cliente", de Asghar Farhadi, doblemente premiada en el Palmarés

La compensación vino de la mano de otros tres films: Bachillerato (Premio ex-aequo a la Mejor Dirección), en la que Cristian Mungiu vuelve al tema preferido por el actual cine rumano, el de la corrupción de una sociedad ante la que resulta casi imposible escaparse; El cliente, del iraní Asghar Farhadi (recompensada por partida doble por su guion y la interpretación de Shahab Hosseini, quien fue también protagonista de Nader y Simín, una separación, del propio Farhadi), relato de la crisis de una pareja a raíz de la agresión que sufre ella y que el marido se obstina en vengar; y, sobre todo, Elle, donde el veterano Paul Verhoeven, se aleja mucho de Robocop y algo menos de Instinto básico para narrar con cínico humor la existencia de una mujer dueña de sí misma, pero también autoritaria y despótica, víctima de una violación que se transforma en relación sadomasoquista. Por Elle, Isabelle Huppert era clara merecedora del Premio a la Mejor Actriz, que fue a parar a la filipina Jaclyn Jose, por su estimable y emotivo trabajo en Ma’Rosa, de Brillante Mendoza. En una edición marcada por las protagonistas femeninas, también Sonia Braga por Aquarius o Sandra Hüller por la alemana Toni Erdmann optaban con fuerza a ese galardón.

Pero el Jurado presidido por George Miller, el autor de Mad Max, dio luz a un Palmarés inesperado. Precisamente los cinco films mejor valorados por la crítica internacional (Toni Erdmann, que sí logró el Premio de la Fipresci, Paterson, Aquarius, Sieranevada y Elle) fueron ignorados en su totalidad por ese “tribunal” tan poco ecuánime, situando en su lugar a títulos de menor valía, como el citado Juste la fin du monde, Personal Shopper, de Oliver Assayas (que compartió con Mungiu el Premio a la Mejor Dirección), o American Honey, de Andrea Arnold, Premio del Jurado.

 La alegría de Kean Loach tras recibir la Palma de Oro del 69 Festival de Cannes

"Timecode", de Juanjo Giménez, Palma de Oro al Mejor Cortometraje

Otra cosa es la Palma de Oro para Ken Loach por su magnífica I, Daniel Blake, a la que ya elogié en mi crónica anterior. Dado que el máximo galardón no fue para Paterson –para mí, la de Jarmusch es la verdadera e inolvidable “película del Festival”–, me alegro mucho de que haya ido a parar a manos del cineasta británico, y por una película como esta que hace honor a su tan coherente y combativa trayectoria.

Hablando de Palmas de Oro, hay que destacar la primera lograda por un cortometraje español gracias a Timecode, de Juanjo Giménez, que se une así al único ejemplo anterior con que a ese nivel contaba el cine español, Viridiana, de Luis Buñuel. Y destacar, asimismo, el Premio de la Semana de la Crítica obtenido por Mimosas, una especie de odisea entre el “western” y la mística esforzadamente llevada a cabo por Oliver Laxe. Por el contrario, ni la Julieta de Almodóvar ni La mort de Louis XIV, lo mejor que ha hecho hasta ahora Albert Serra, obtuvieron reconocimiento.


Cannes’16 ha llegado a su término. Un Festival que ha sabido a poco, sin demasiados títulos que se quedarán en el recuerdo, en una edición notoriamente inferior a las precedentes. Pero Cannes siempre es Cannes, el primer certamen del mundo y que nos deja percibir la situación por la que atraviesa el cine en estos difíciles momentos.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2016).

Bajo el impacto de Jarmusch


Jim Jarmusch, director de "Paterson"

Cada edición de un Festival suele venir marcada por una película, que queda unido a él de manera imborrable. En este 69 Cannes, cuando solo faltan tres días de competición, esa película es, sin duda, Paterson, de Jim Jarmusch. En la extensa filmografía del director norteamericano, de cierta irregularidad desde sus inicios como adalid del cine independiente, ya supone su obra maestra. Porque lo es este film poético, pleno de sugerencias, enormemente sensible que Jarmusch nos ha regalado. Con sencillez extrema, narrando la vida cotidiana de un conductor de autobús apasionado por la poesía, a la que contribuye escribiendo sus pequeñas creaciones en un bloc de notas, su inquieta pareja con la que se entiende a la perfección y el bulldog que les acompaña, Paterson muestra a un cineasta en plena madurez y serenidad.

Otros títulos han destacado también en una edición que ha ido ganando calidad a medida que pasaban los días. Si en el caso de Ken Loach y su estupenda I, Daniel Blake, crítica en profundidad al sistema social británico, donde dominan la burocracia y la externalización dictada por el neoliberalismo, no puede hablarse de sorpresa, sí puede hacerse al citar Toni Erdmann, tercer largometraje de la alemana Maren Ade, solo conocida hasta ahora por Alle anderen (que obtuviese en la Berlinale de 2009 el Gran Premio del Jurado y titulada en España Entre nosotros). En este caso se trata de una comedia dramática que aborda la relación entre un padre aficionado a las bromas o a cambiar de identidad y su hija, alta ejecutiva de una empresa germana en Bucarest, donde ambos tienen un prolongado encuentro. La receptividad que, frente a la dominante “seriedad” de los films seleccionados, encuentran las escasas comedias que se ven en un Festival, ha jugado en Cannes a favor de Toni Erdmann, que tiene el lastre de una excesiva duración de 162 minutos, susceptible de abreviarse evitando secuencias innecesarias o repetitivas.

Películas también sobresalientes en la Sección Oficial proceden de cinematografías más “exóticas”, caso de la filipina Ma’Rosa, de Brillante Mendoza (sobre las devastadores consecuencias que en una familia humilde tiene la corrupción policial); la brasileña Aquarius, de Kleber Mendonça Filho (centrado en la lucha de una escritora, que interpreta enérgicamente Sonia Braga, por conservar su casa de toda la vida frente a la compañía inmobiliaria que busca construir una torre de apartamentos); o, para muchos, no para mí, Sieranevada, estructurada a base de larguísimos planos-secuencia por el rumano Cristi Puiu para narrar las vicisitudes de una familia. Rumania que, por cierto, es un país muy mimado este año por Cannes, como asimismo Corea del Sur. No como España, para cuyos largometrajes apenas hay hueco, quitando la habitual presencia de Almodóvar con su Julieta, ya debatida en profundidad dentro de la Turia, y las de Albert Serra con La mort de Louis XIV y Oliver Laxe con Mimosas en secciones paralelas.

"Loving", de Jeff Nichols

Inevitablemente, está habiendo decepciones: en absoluto la de Woody Allen, de quien ya elogié su estupendo Café Society. Pero sí la de Steven Spielberg, superado por la tecnología digital de The BFG, la de Jeff Nichols que en Loving no pasa de lo correcto al reflejar la odisea sufrida por un matrimonio interracial en la Virginia de los años 50, o –por más que me duela escribirlo– la de unos hermanos Dardenne que en La fille inconnue no encuentran su extraordinario nivel habitual, al abordar la profunda culpa que siente una joven doctora por no haber atendido a tiempo a una mujer en riesgo de muerte.

Claro, que lo más lamentable ha venido de la cuádruple representación francesa, con la atrabiliaria Ma Loute, de Bruno Dumont; Rester vertical, de Alain Giraudie, el autor de El desconocido del lago; la desaprovechada Mal de pierres, de Nicole Garcia, y Personal Shopper, donde Olivier Assayas sigue sin acertar años después de su importante serie televisiva Carlos. Pero el chovinismo en Cannes es tan fuerte que estos títulos le encantan a una crítica nativa que, sin embargo y al contrario que la de carácter internacional, se atreve a poner absurdas pegas a Paterson. Cosas veredes, amigo Sancho…

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2016).


Cannes no es supersticioso


Es el amarillo el color que domina este año en Cannes. Sobre todo, a causa del cartel de la 69 edición, cuyo fondo es de ese color, mientras la imagen viene compuesta a partir de varias de Le mépris, la famosa película de Godard. Y el amarillo surge por todas partes, como si el primer Festival del mundo no tuviera miedo a la vieja superstición entre los artistas de que tal color trae mala suerte. Quizá se atreve porque apenas le falta nada, porque se sabe absoluto dominador en el panorama de los certámenes.

Y eso que una parte de la prensa francesa le empieza a poner en cuestión. “Pará que sirve el Festival”, titulaba casi provocadoramente “Libération” el día inaugural. Las críticas proceden especialmente de un cierto carácter repetitivo en el programa de la Sección Oficial, como ya comenté en un “Tema de Lara” de hace unas semanas. Siempre los mismos nombres –se dice–, siempre se juega sobre seguro, apenas hay sorpresas. De hecho, de las 1867 películas que asegura haber visionado el Comité de Selección, no hay ninguna “opera prima” en la competición principal, apenas cine latinoamericano o asiático y nada del africano. Domina claramente el europeo, con 13 de los 21 films que buscan la Palma de Oro, con la inevitable masiva presencia de producciones o coproducciones francesas.

Pero de lo que Cannes presume, en esta ocasión más que nunca, es de ser un “Festival All Stars”, tal es la cantidad de celebridades que pasearán por su alfombra roja. Es este otro motivo de crítica, ya que muchos se preguntan si la elección de determinadas películas no viene dada más por el relieve de sus “estrellas” que por su calidad cinematográfica. Incluso se celebra como un gran triunfo que Julia Roberts, que nunca había pasado por La Croisette, en esta ocasión lo haga como coprotagonista, junto a George Clooney, de Money Monster, de la ahora más directora que actriz Jodie Foster. De paso, y junto a las figuras norteamericanas, el cine galo promociona su propio “star system”, con frecuentes apariciones sobre las pantallas de Juliette Binoche, Isabelle Huppert o Marion Cotillard, sin olvidar a los “eternos” Catherine Deneuve y Gérard Depardieu.

Woody Allen, dirigiendo a Jesse Eisenberg y Kristen Stewart en el rodaje de "Café Society"

Pero todo se olvida cuando uno se sienta en una sala y contempla, por ejemplo, en la sesión inaugural la última obra de Woody Allen, Café Society, excelente continuación de la larguísima trayectoria de un cineasta que ya ha cumplido los 80 años. En Turia siempre se ha admirado su filmografía, con Antonio Lloréns a la cabeza de su “club de fans”; y seguro que esta triste comedia romántica no les va a decepcionar. Se encuentran en ella las características más queridas y reconocibles de su autor: la recreación de determinados ambientes, como el Hollywood y el Nueva York de la década de los 30, el humor judío centrado en la familia del personaje principal (Jesse Eisenberg), la fascinación hacia una mujer (Kristen Stewart) y, muy especialmente, ese placer de hacer cine que se transmite a los espectadores.


Apenas ha demarrado Cannes cuando escribo esta crónica. Pero ya se perciben algunas tendencias dominantes, donde el núcleo familiar y la aparición de lo irracional o lo fantástico parece que van a ser constantes. Lo veremos en las diversas secciones del Festival, porque aparte de la Oficial, verdadero “escaparate” del certamen y donde hay también películas fuera de concurso o en sesiones especiales, coexisten con ella otros apartados muy significativos, e imposibles de abarcar en su totalidad, caso de Un Certain Regard, la Quincena de Realizadores, la Semana de la Crítica… Como un Espíritu Santo multiplicado, Cannes es uno y son muchos a la vez.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2016).

Palma de Oro para un luchador infatigable


Ken Loach, tras recibir la Palma de Oro por "I, Daniel Blake"

Discutir el Palmarés de un Festival es como discutirle a un árbitro cuando pita un penalti: no sirve de nada. En definitiva, los premios solo reflejan la opinión de un grupo de personas, nueve en el caso de Cannes, que muestran sus preferencias ante los demás. Cada espectador, cada crítico, tiene su Palmarés y cuanto no se adecue a él, lo considerará injusto. Aunque hay ocasiones en que el disparate resulta demasiado evidente, que no hay duda de que la falta del defensor se ha producido varios metros fuera del área.

Desde mi punto de vista, tan subjetivo como cualquiera, otorgar la Palma de Oro a otra película que no fuese ‘Paterson’, de Jim Jarmusch, ya era una injusticia. Pero dado que el Jurado presidido por George Miller, el creador de ‘Mad Max’, no lo ha creído así, me alegro profundamente de que el galardón haya ido a manos de Ken Loach por ‘I, Daniel Blake’. No solo porque se trata de un film excelente, en que el cineasta británico da otra vuelta de tuerca a su reflejo de una problemática social a la que cuestiona en toda su amplitud y gravedad, sino por la personalidad quizá irrepetible del propio Loach. Luchador infatigable, tan ligado a la Semana de Valladolid, ha ido desarrollando una obra de coherencia indiscutible, con un estilo directo y comunicativo, siempre del lado de los más desfavorecidos de la sociedad. Si ya había obtenido la Palma de Oro hace una década por ‘El viento que agita la cebada’, ahora, con ‘I, Daniel Blake’, pasa a pertenecer al escaso grupo de cineastas que cuentan con ella por segunda vez. Y está bien que sea así, que un director que va a cumplir 80 años el próximo mes, vea coronada una carrera que inevitablemente se acerca a su final. Aunque nadie lo diría escuchando sus enérgicas palabras de aceptación del premio, acompañado por su imprescindible guionista Paul Laverty, con su apasionada defensa del cine que intenta cambiar el mundo y su denuncia del neoliberalismo. Los viejos trotskistas nunca mueren…

Pero si ha habido una edición en que las opiniones de la crítica internacional y las del Jurado han estado distantes, pocas como en esta. De hecho, las cinco películas preferidas por los periodistas (‘Toni Erdmann’, ‘Paterson’, ‘Aquarius’, ‘Sieranevada’ y ‘Elle’) ni siquiera han entrado en el Palmarés, en una decisión global que deja bastante estupefacto. Y que hace dudar de los criterios empleados por un “sanedrín” que, además de Miller como presidente, formaban los realizadores Arnaud Desplechin y László Nemes, las actrices Kirsten Dunst, Vanessa Paradis y Valeria Golino, también directora, los actores Donald Sutherland y Mads Mikkelsen, y la productora iraní Katayoon Shahabi. Preferir a esos títulos citados el histrionismo expresivo de ‘Juste la fin du monde’, el fallido ejercicio de género de ‘Personal Shopper’ o la vuelta al ya rancio cine independiente de ‘American Honey’, revela una carencia de juicio realmente notable.

Jaclyn Jose, Premio a la Mejor Actriz por "Ma'Rosa"

Como también asombra que se hayan despreciado por completo los sobresalientes trabajos de Isabelle Huppert en ‘Elle’, de Sonia Braga en ‘Aquarius’ o de Sandra Hüller en ‘Toni Erdmann’, para optar por la Jaclyn Jose de ‘Ma’Rosa’ como Mejor Actriz, por más que resulte muy estimable su labor en la película del filipino Brillante Mendoza, con un impactante primer plano final en el que van asomando las lágrimas de la protagonista ante la injusticia sufrida a causa de la corrupción policial, y que quizá haya quedado en la memoria del Jurado. En cuanto a los intérpretes masculinos, no había actuaciones del nivel de las femeninas, aunque el Adam Driver de ‘Paterson’ destacaba entre ese exiguo grupo de actores relevantes. Le han concedido el premio, como se lo podrían haber dado a cualquier otro, al iraní Shahab Hosseini por ‘El cliente’, la única película que aparece por partida doble en el Palmarés, también –con mayor motivo– por el guion de Ashgar Farhadi.

Juanjo Jiménez obtuvo la Palma de Oro para cortometrajes por "Timecode"

Motivo de especial alegría es la Palma de Oro obtenida por el cortometraje ‘Timecode’, de Juanjo Giménez, que viene a unirse al Premio de la Semana de la Crítica para ‘Mimosas’, de Oliver Laxe, en una buena cosecha nacional, por más que la ‘Julieta’ de Almodóvar haya quedado postergada. En la ceremonia de clausura, Giménez tuvo el detalle de recordar que, a lo largo de las 69 ediciones del Festival, solo ‘Viridiana’, de Luis Buñuel (cineasta ya periclitado y de otro tiempo, en opinión de Pablo Iglesias…), había logrado para el cine español el mismo galardón. Esa obra maestra de Luis Buñuel que, en la encuesta que acaba de efectuar la revista especializada ‘Caimán’, queda valorada como la mejor de toda la historia de nuestra cinematografía.


Ha finalizado Cannes 2016. Les espero, el año próximo, en el 70 Aniversario.

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 24 de mayo de 2016).

Isabelle Huppert brilla en "Elle"


Tarde, ya en la madrugada, las gaviotas llegan a las calles de Cannes. Van buscando los restos de comida que han quedado en las terrazas de bares y restaurantes. Parecen especialmente numerosas si hay noche de luna llena, como ha sucedido esta semana. Y cuando se acerca el amanecer, regresan a sus orillas, a sus vuelos y a las olas que las acogen. Lo mismo que esos más de treinta mil participantes en las diversas actividades del Festival, de esos cuatro mil quinientos periodistas acreditados que ya están volviendo a sus casas, a sus trabajos. Cannes empieza a descansar.

"Elle", de Paul Verhoeven

Como casi despedida, la sorpresa de encontrarnos con una película de Paul Verhoeven, ‘Elle’, muy diferente a sus famosísimas ‘Robocop’ e ‘Instinto básico’, y en la que Isabelle Huppert brilla con luz propia. Todavía se recuerda aquí su fulgurante aparición en ‘La dentellière’, que la hizo famosa de la noche a la mañana. Casi cuarenta años después y con una carrera de enorme valía y llena de premios (dos veces ha ganado aquí el de Mejor Actriz, por ‘Violette Nozière’, de Chabrol, y ‘La pianista’, de Haneke; puede que ahora le llegue el tercer galardón), sigue asombrando por su calidad interpretativa. Pese a que ya sobrepase la edad que requiere la Michèle de ‘Elle’, basada en la novela ‘Oh…’, de Philippe Djian, apenas importa. Porque muy pocas actrices sabrían dar este juego de ambigüedad y cinismo, de autoritarismo, sentido del humor y provocación que requiere la película. Ella la sustenta de la primera a la última imagen, ofreciendo todo tipo de matices y sugerencias a un personaje de conducta más que discutible. Me interesa mucho constatar la visión femenina que haya sobre ‘Elle’: por un lado, tenemos a una protagonista fuerte, con personalidad propia y capacidad de decisión en las diversas facetas de su vida y en la de los demás. Pero, por otro, se da como válida la transformación de una violación en una relación sadomasoquista asumida y hasta deseada por la mujer… Hay mucho que discutir sobre la mirada que sobre estos temas lanza el renacido Verhoeven.

Con cierta lógica, ha cerrado la Competición oficial el último título que se seleccionó para ella: ‘El cliente’, de Asghar Farhadi, bien conocido de los aficionados al cine iraní por ‘Nader y Simín, una separación’, ‘A propósito de Elly’ y la más reciente ‘El pasado’. Como en ‘Elle’, también en este caso se refleja la agresión a una mujer, por parte de un hombre mayor que ha confundido a su víctima con una antigua inquilina del apartamento al que ha tenido que trasladarse una joven pareja a causa del riesgo de derrumbe de su piso. Pareja que, además, es la protagonista del montaje de ‘Muerte de un viajante’ que están representando esos mismos días; aunque no se acaba de entender bien qué relación guarda la célebre obra de Arthur Miller con la trama central, la del marido que busca vengarse de la violencia ejercida contra su esposa, cuya distinta actitud ante el hecho provoca la crisis en el matrimonio. Estamos en un terreno de falta de concreción, de ambigüedad, de cierto misterio narrativo, habituales –salvo en la muy directa ‘Nader y Simín…”– en Farhadi, que siempre deja al espectador la última palabra sobre cuanto ha visto y oído.

Pero la jornada iraní no terminaba con ‘El viajante’, sino que se extendía en programa doble con ‘Inversión’, de Behnam Behzadi, incluida en la sección Un Certain Regard. Película modesta, en presupuesto y contenido, sobre una mujer (en este Cannes apenas ha habido hombres remarcables) que se ve impelida a marcharse al norte del país, acompañando a su madre enferma del pulmón debido a la galopante contaminación de Teherán. Su situación nos habla de la realidad global de las mujeres en Irán, sometidas a los designios de sus familias, cuando no de un sistema político-religioso que ‘Inversión’ se cuida muy mucho de no abordar explícitamente, se supone que a causa de la fortísima censura del régimen.

"Fai bei sogni", de Marco Bellocchio


Finalizaba asimismo una Quincena de Realizadores valorada generalmente como muy débil y superada por la Semana de la Crítica. Pero lo hacía como bien empezó: con la proyección de ‘Fai bei sogni’, de todo un “clásico” como Marco Bellocchio. Baste decir que, en este relato de un periodista que no ha podido superar la muerte de su madre cuando él tenía nueve años y a la que estaba extraordinariamente unido, muchas de sus imágenes, muchas de sus secuencias, superan ellas solas a buena parte de las películas que han figurado a bombo y platillo en la Sección Oficial. ¿Por qué?

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 22 de mayo de 2016).