Los Dardenne se atreven con el fanatismo yihadista


"Le jeune Ahmed", de Jean-Pierre y Luc Dardenne


No es un tema precisamente fácil el que han elegido Jean-Pierre y Luc Dardenne para su última película, ‘Le jeune Ahmed’: el fanatismo yihadista a través del personaje de un adolescente de trece años, captado por el imán del barrio hasta convertirle en un obseso religioso. Siempre esta pareja de cineastas belgas se han caracterizado por tratar problemas sociales espinosos y de una actualidad que nos afecta. Aquí dan un paso adelante, atreviéndose a penetrar en un mundo nada frecuente en las pantallas, a no ser de forma esquemática o caricaturesca.

Me recuerda ‘El joven Ahmed’ a ‘Lacombe Lucien’, aquella excelente película de Louis Malle que abordaba la educación fascista de un muchacho que se une a los colaboracionistas con el nazismo en la Francia ocupada. En este caso, se trata de otra doctrina fanática, la versión más extremista de la religión musulmana, la que se inculca a un todavía crío que la abraza con entusiasmo. En un país como Bélgica, que ha sufrido de manera continuada los estragos del terrorismo de este signo, el empeño de los hermanos Dardenne por retratar tal proceso de deformación posee especial valía. A él se consagra una primera parte de la película, mientras que su desarrollo posterior, en tan solo 84 minutos, nos habla sobre todo de las consecuencias del acto de violencia cometido por Ahmed.

Participantes en nada menos que ocho ocasiones en la Competición de Cannes, dentro de la que han obtenido dos Palmas de Oro por ‘Rosetta’ en 1999 y ‘L’enfant’ en 2005, además de otros premios, los Dardenne han confesado los problemas que les ha planteado la construcción de este personaje protagonista, cuya definición –en una etapa de consolidación de la personalidad– no resultaba nada sencilla. Quizá de eso se resiente un tanto ‘El joven Ahmed’, porque querríamos saber más de él en profundidad para entenderlo plenamente. Pero es el camino elegido por sus autores para dejar que el espectador saque sus conclusiones a partir de los bosquejos y apuntes que ellos van situando en las imágenes. Los Dardenne, en este sentido, vienen a ser como unos pintores que privilegian la sugerencia plástica sobre el brochazo final.

"O que arde", de Óliver Laxe

Algo no tan lejano practica Óliver Laxe en su tercer largometraje, ‘O que arde’, que ha presentado en Un Certain Regard, después de haber “escalado” y logrado reconocimientos por las otras secciones paralelas, la Quincena de Realizadores (con ‘Todos vós sodes capitáns’ en 2010) y la Semana de la Crítica (con ‘Mimosas’ en 2016). Más abierta y comunicativa que estas dos películas previas, ‘Lo que arde’ se centra en la persona de un pirómano, que sale de la cárcel tras dos años de reclusión, y de su anciana madre, dedicada a cuidar sus vacas. No se sabe mucho de él, de los motivos por los que quemó un bosque ni de otras facetas, salvo que en tiempos “lo pasó muy mal”, según dice un vecino de la zona montañosa donde habitan y en la que acabará declarándose un fuego devastador. Con actores no profesionales, estilo semidocumental y hablada en gallego, ‘O que arde’ encuentra sus mejores imágenes cuando Laxe otorga cierta dimensión casi fantástica a un relato pegado a la tierra.

Por un paisaje muy diferente, el de la bellísima Sintra portuguesa, se mueven los personajes de ‘Frankie’, coproducción entre ese país y Francia pero dirigida por el norteamericano Ira Sachs. Hasta allí han llegado invitados por una famosa actriz, conocida por el nombre que da título a la película e interpreta Isabelle Huppert, deseosa de reunir a su familia antes de que próximamente llegue el fin de sus días. Las historias entrecruzadas de todos esos familiares adoptan un aire “rohmeriano”, que no quita para que el plano final sea un claro homenaje a Kiarostami. Delicada con el tema siempre espinoso de la muerte, fluyendo con naturalidad, basada en diálogos a menudo bien construidos, ‘Frankie’ mantiene un nivel estimable aunque tampoco vaya mucho más allá de lo previsible.

Y termino la crónica a toda velocidad, porque va a comenzar la proyección de ‘Once Upon a Time… in Hollywood’, de Quentin Tarantino, con alfombra roja de lujo para él, Leonardo DiCaprio y Brad Pitt. La película más esperada y deseada del Festival, aunque no para mí, perdonen la franqueza..

(Publicado en "El Norte de Castilla", 22 de mayo de 2019).

El cine francés, omnipresente en la programación de Cannes



Resulta hasta cierto punto lógico que Cannes privilegie al cine francés. También lo hace San Sebastián con el español, Venecia con el italiano o Berlín con el alemán. Pero hay formas y hay formas, y desde luego la de este Festival no es la más discreta ni siquiera elegante. Porque no son solo las cinco películas que compiten en la Sección Oficial (las mismas que de cine norteamericano), ni que prácticamente todas las que acceden a ella han de ser coproducciones con Francia, sino que cada sección, cada apartado del certamen se halla repleto de títulos nacionales, en un ejercicio de chovinismo que llega a estragar.

 "Portrait de la jeune fille en feu", de Céline Sciamma

Y no es que no haya films muy apreciables, como ‘Portrait de la jeune fille en feu’, que Céline Sciamma ha presentado a concurso después de que otros anteriores suyos como ‘Tomboy’ fuese premiado en Berlín o ‘Bande de filles’ abriera la Quincena de Realizadores en 2014. Sciamma es también una acreditada líder feminista dentro del sector audiovisual, concretamente del colectivo ‘50/50 para 2020’, una especie de CIMA galo que busca la paridad de género en el sector. De ahí que no extrañe que este ‘Retrato de una joven en llamas’ posea una nítida mirada femenina en la manera en que aborda la relación entre dos mujeres.

Una de ellas es pintora; la otra, el objeto de su retrato de matrimonio, un enlace no deseado después de haber pasado tiempo en un convento. Es que estamos en 1770, dentro de una sociedad ante la que ambas mujeres se muestran resistentes mediante un amor apasionado. Demasiado académico en ocasiones, pero siempre sereno y preciso hasta en el menor detalle, este ‘Retrato…’ muestra a una realizadora madura y con dominio de la narración, que casi cierra (queda la también francesa Justine Triet con ‘Sibyl’) la cuádruple y escasa participación de cineastas mujeres en la Competición.

Todavía mucho más atrás en el tiempo, hasta 1429 y la Guerra de los Cien años, se ha ido Bruno Dumont con ‘Jeanne’, que trata –es fácil adivinarlo– de Juana de Arco, a la que ya había dedicado su anterior largometraje. Hace interpretar al gran mito francés por una niña de diez años, y aborda el relato de la pasión y muerte de la Doncella de Orléans con largos parlamentos de los personajes dichos en tono discursivo y artificial, totalmente gratuito. Nunca he “comulgado” con el cine de Dumont, y sigo sin hacerlo en esta aproximación tan forzada y caprichosa hacia un episodio clave en la mitología patria de Francia.

Ofrecida al igual que ‘Jeanne’ en la sección Un Certain Regard, ‘Chambre 212’ pertenece asimismo a otro “falso prestigio” del cine galo, Christophe Honoré, muy admirado por ciertos Festivales. Empezando por Cannes, que le tuvo el pasado año en competición con ‘Plaire, aimer et courir vite’, de mal recuerdo. Ahora se centra en esa ‘Habitación 212’ del título para revivir los amores de una mujer cuyo marido plantea separarse de ella al enterarse de que tiene un amante, chileno para más señas, una más en su larga carrera de infidelidades. Ninguno de los tópicos más acreditados de la actual comedia francesa ahorra Honoré: diálogos incesantes, sobreactuación interpretativa, erotismo doméstico, teatralidad asumida como tal; en suma, un conjunto de banalidades que luego buena parte de los distribuidores españoles importan masivamente.

"Les plus belles années d'une vie", de Claude Lelouch

Y si de tiempo pasado hablamos, no hay otro remedio que referirse a ‘Les plus belles années d’une vie’, donde Claude Lelouch vuelve más de medio siglo después a aquel ‘Un hombre y una mujer’ y su “dabadabadá” musical. ¿Qué quieren que les diga? Que da mucha pena ver a Jean-Louis Trintignant tan viejecito, sobre todo porque paralelamente se muestran frecuentes imágenes del film que causó sensación en 1966. Anouk Aimée se conserva notablemente mejor en este ejercicio de nostalgia, un tanto cruel y bastante repetitivo, que Lelouch ha emprendido, dice él, para afirmar que ‘los más bellos años de una vida’ son los que quedan por llegar. Discutible, ¿no?

Aunque para memoria llena de tristeza, también fuera de concurso, la que emprende Alain Cavalier en ‘Être vivant et le savoir’, recuerdo documental de su amiga y escritora Emmanuèle Bernheim, que le pasa lo que a las malas necrológicas: que se refieren más al que escribe que al propio finado...

(Publicado en "El Norte de Castilla", 21 de mayo de 2019).

Malick impresiona con "Una vida oculta"


El cine de Terrence Malick siempre se halla en busca del paraíso, de un paraíso quizá mítico que existía, que el Mal ha transformado en espacio de sufrimiento y dolor, y que entre todos podemos llegar a recuperar. Hasta hoy era ‘El árbol de la vida’, que obtuvo la Palma de Oro en 2011, la expresión máxima de tal planteamiento; a partir de ahora, y por encima de ella, hay que situar ‘A Hidden Life’ (‘Una vida oculta’), su última y mejor película, que puede plantearle una fortísima competencia a Almodóvar para estar en lo más alto del palmarés de la presente edición.
 "A Hidden Life", de Terrence Malick

Refleja Malick la historia real de Franz Jägerstätter, un campesino austriaco, felizmente casado y con tres hijas pequeñas, que se ve confinado en prisión y posteriormente condenado por negarse a prestar el obligado juramento de fidelidad a Hitler cuando es llamado a filas. No combate, por tanto, en una guerra que considera injusta en nombre de su moral y sus sentimientos religiosos. Un hombre que llevará hasta el final sus convicciones, apoyado por una mujer que le ama incondicionalmente, pero también sufriendo el desprecio de los vecinos del pueblo donde viven, fanatizado por las ideas del nazismo y que le consideran simplemente un cobarde.

Con ser potente esta historia, no es lo principal de ‘Una vida oculta’, sino, como siempre, la manera en que está abordada por su autor. Malick, cuyo sentido cristiano y decidida espiritualidad nadie ignora, trasciende este relato hasta convertirlo en un verdadero ejercicio ético y reflexivo, del que impregna al espectador. “Mejor sufrir la injusticia que cometerla”, podría ser la divisa del film, que termina con un texto donde, con palabras de George Eliot, se afirma que sobre vidas tan anónimas u ocultas como las de este campesino se encuentra basada nuestra supervivencia.

Tres horas dura ‘A Hidden Life’. ¿Podría ser menos? Quizá, pero se perdería ese hálito reflexivo al que he hecho alusión, esa capacidad de detenerse un momento tras las bellas imágenes de Malick, tras los textos en “off” que recogen las cartas entre Frantz y su esposa, Fani, síntesis de la profunda historia de amor que vivieron. Exigente para el público, con una evidente trasfondo metafísico y teológico (donde la lucha entre el Bien y el Mal, el Paraíso y el Infierno, se plantea entre angustiadas preguntas al Eterno Padre en el que se cree y confía), sin poder llegar a entender por qué permite el dominio de un poder tan destructor, ‘Una vida oculta” ha impresionado profundamente en Cannes.

"Liberté", de Albert Serra

Por otros motivos muy distintos también lo ha hecho ‘Liberté’, el film de Albert Serra, que se ha presentado –como dijimos ayer– dentro de la sección paralela Un Certain Regard. Hace unos años, en un certamen que no tuviera el cúmulo de siete décadas de existencia como este, habría podido constituir la “película escándalo” del Festival. Ahora ya no escandaliza a nadie el explícito contenido sexual de muchas de sus secuencias, al reflejar las prácticas de un grupo de libertinos en la Francia de finales del siglo XVIII. Todo pasa durante una larga, larguísima noche (aquí sí que sobran minutos), sin un recorrido dramático definido, sino como una simple acumulación de situaciones que intentan definir un ambiente de decadencia y, en último término, arrebatada tristeza erótica.


Volviendo a la Competición Oficial, digamos brevemente que ‘Little Joe’, primer trabajo en Inglaterra y en inglés de la austriaca Jessica Hausner, viene a ser un curioso “remake” de aquella ‘Invasión de los ladrones de cuerpos’ de los años cincuenta, pero con la variante de que es una flor la que hace feliz a quien la huele y cuyo polen anula la empatía respecto a los demás seres humanos, lo que Hausner mira con evidente agrado, quizá harta de pasiones y sentimientos… Mientras que Cannes parece haber descubierto ahora el más convencional género de acción mediante la china ‘El Lago de las Ocas Salvajes’, que debía llamarse “de las Motos Salvajes”; y la rumana ‘La Gomera’, donde lo más llamativo es el decisivo papel que en la trama adquiere el Silbo típico de la isla, además de ver al cineasta mallorquín Agustí Villaronga haciendo de perverso “capo” de una mafia de la droga.

(Publicado en "El Norte de Castilla", 20 de mayo de 2019).

La crítica internacional respalda a Almodóvar


"Dolor y gloria", de Pedro Almodóvar


Once de los quince críticos franceses convocados por la revista profesional ‘Le Film Français’ para ofrecer sus votaciones dan la máxima calificación a ‘Dolor y gloria’, simbolizada en el dibujo de una Palmita de Oro. De forma paralela, aunque con algo menos de entusiasmo, ‘Screen’, otra de las publicaciones diarias que se reparten en el Festival, le da una puntuación conjunta de 3,4 sobre 4, decidida por diez críticos de diferentes países, muy por encima de la película siguiente valorada, con 2,8. Lo que resume a la perfección la excelente acogida que ha encontrado el film de Almodóvar en Cannes, similar a la que en su día obtuvieron ‘Todo sobre mi madre’ y ‘Volver’, con una larguísima ovación en su pase oficial y un fuerte aplauso en el de Prensa, siempre menos expansivo. Pese a ser favoritas y recibir premios, aquellas se quedaron sin la Palma de Oro; esperemos que los triunfantes augurios actuales que explotan por doquier en este primer tramo del certamen, no se queden también en el limbo del palmarés.

Monopolizando la jornada, se abría con ‘Dolor y gloria’ una presencia española que, de nuevo, resulta muy escasa para ser la tercera o cuarta (depende de cómo termine el Brexit…) cinematografía europea. Nada más que Almodóvar en la Sección Oficial, y dos títulos en la paralela Un Certain Regard: ‘Liberté’, de Albert Serra, y ‘O que arde’, tercer largometraje del gallego Óliver Laxe, quien con el anterior, ‘Mimosas’, obtuvo el Premio de la Semana de la Crítica en 2016. Además, en la Quincena de Realizadores el corto ‘Je te tiens’, de Sergio Caballero, protagonizado por Ángela Molina, y la coproducción del largo ‘Canción sin nombre’, de la peruana Melina León.

Un par de proyectos en la Cinéfondation del Festival, entre ellos el de Carla Simón, ‘Alcarràs’, tras el éxito de ‘Verano 1993’, cierran una participación que no es como para tirar cohetes. Para Cannes, solo valen los cineastas españoles que ahora ha llevado a su Selección Oficial, Almodóvar, Serra y Laxe, nombres a los que hay que unir a Jaime Rosales, que el pasado año estuvo en la Quincena con ‘Petra’. Por desconocimiento, falta de atención o poco interés, el resto de nuestro cine no existe para Cannes. Tampoco apenas para Venecia o Berlín: como ya he dicho en otras ocasiones, no somos ni lo suficientemente exóticos ni lo suficientemente imprescindibles.

Debo confesarles que, aunque haya recibido tan bien ‘Dolor y gloria’ y los franceses acordasen  –después del César que le otorgaron– adoptar también a Penélope Cruz como algo propio, les confesaré que hoy le tengo “ciertas ganas” al Festival. Sobre todo porque, llevado de su tradicional “clasismo”, ha decidido que ciertas publicaciones de Madrid y Barcelona, como las de otras grandes capitales, vean los dos films de la Competición antes que el resto de diarios de todo el mundo que estamos aquí acreditados. Lo que les permite publicar sus críticas con un día de anterioridad respecto a la mayoría, que quedamos como unos perezosos que no vamos a los pases adecuados y obligamos a nuestros lectores a esperar veinticuatro horas para conocer nuestras opiniones respecto a las mismas películas… Se ha escrito una carta colectiva, respaldada por la Fipresci (la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica), protestando por la situación, pero me temo que, al menos por esta edición, no va a surtir efecto.

La guardería del Festival de Cannes

Y hablando ya de las interioridades del Festival, que en muchas ocasiones son más apasionantes que las propias películas, ¿conocen ya la historia del bébé? Pues érase una vez una actriz, creo que británica, que fue a entrar con su bebé de cinco meses en el Palacio del Festival. El concienzudo cancerbero le pidió entonces la acreditación de su niño, porque si no solo podría dejarle pasar a ella. No, el bebé no estaba acreditado, había que hacerle la tarjeta correspondiente si quería pasar con su madre, lo que valía 300 euros y tardaba 48 horas en tramitarse… El escándalo que se formó fue tal que la Organización ha tenido que sacar una nota de disculpa, atribuyendo el hecho a un “exceso de celo” y asegurando que quiere mucho a los bebés, a los que este año ha puesto incluso una guardería (algo que, por cierto, la Semana de Valladolid inició en 1984). Así, señoras y señores, es el Festival de Cannes.

(Publicado en "El Norte de Castilla", 19 de mayo de 2019).

Loach vuelve a enfrentarnos a la realidad



Dudo mucho de que haya un solo espectador de una película de Ken Loach que, al salir de verla, piense que vive en el mejor de los mundos… No, su cine no es conformista, ni cómodo, ni adocenado, nunca lo ha sido. Su característica fundamental es precisamente la contraria, la de ponernos un espejo ante la realidad para que veamos las cosas que no podemos o no queremos ver por nosotros mismos. Así vuelve a hacerlo en ‘Sorry We Missed You’, su película posterior a la que ganó Cannes en 2016, ‘Yo, Daniel Blake’, duplicando así una Palma de Oro que había obtenido una década antes con ‘El viento que agita la cebada’.

"Sorry We Missed You", de Ken Loach

Se refiere el título del film a la nota que suelen dejar los repartidores cuando no se encuentra en casa el destinatario del envío. Y hace también lógica referencia al trabajo del protagonista, Ricky, para una empresa de reparto, pero con la que no le une ningún contrato ni consigue derecho social alguno. Es esa figura laboral que los neoliberales suelen llamar “emprendedores autónomos”, teóricamente jefes de sí mismos pero sometidos a un régimen de esclavitud que no excluye ni las multas ni las sanciones. Ricky se ve obligado a aceptarlo, después de pasar tiempo en el paro al no encontrar empleo como albañil o pintor, sus anteriores dedicaciones. Ha de comprar una furgoneta para poder repartir, con un horario exhaustivo, utilizando para ello el dinero de vender el coche con que su mujer, Abby, lograba atender mejor su función de asistenta social para una compañía privada con la que el Ayuntamiento de Newcastle, donde se desarrolla el film, ha externalizado la labor, como no podía ser menos.

Situación que, lógicamente, repercute en la familia de Ricky y Abby y sus dos hijos, Seb y Liza, el primero un conflictivo adolescente que parece inspirado en el Álex de ‘Los niños salvajes’, de Patricia Ferreira: como este, falta en el colegio cuantas veces puede para dedicarse a su vocación de pintar grafitis por la ciudad, es expulsado temporalmente del centro educativo, adopta una actitud en ocasiones violenta y la relación con su padre es cada vez más nefasta, mientras su madre trata de restaurar los puentes rotos…

Loach y su habitual guionista, Paul Laverty (para quien ha escrito nada menos que quince películas), introducen entonces una faceta que le da personalidad propia a ‘Sorry We Missed You’. Ya no se trata solo de denunciar una realidad social muy negativa, como tantas veces han hecho, sino de llevarla al terreno del drama familiar que comporta, lo que enriquece ambas dimensiones del film. Pasemos por alto algún previsible recurso de guion y la insuficiente interpretación del actor que encarna a Seb, para recomendarles vivamente este film potente y emotivo. Donde, señala Loach, viene a demostrarse que “mientras la clase media habla de equilibrio entre trabajo y vida privada, la clase obrera se ve empujada por la necesidad”.

Respecto al otro título a concurso, ‘Atlantique’, opera prima de la franco-senegalesa Mati Diop (primera cineasta negra en Sección Oficial), es una película tan pequeña tan pequeña que cuesta ser demasiado duro con ella. Su propuesta de que el amor de una chica de 17 años vence a la muerte de quien ella quiere y de que los otros ahogados en una patera rumbo a España vuelven a estar entre nosotros, posee, así hecha, un tono “amateur” que invita a la fastidiosa indulgencia y el paternalismo que está demostrando la crítica internacional sobre el film. Pero que para identificar a esos muertos vivientes lleven unos falsos ojos como los que venden a dos o tres euros en las tiendas de objetos de broma, resulta ya demasiado, la verdad.

"Beanpole", de Kantemir Balagov

‘Atlantique’ se halla fuera de lugar en una Competición Oficial a la que sí habría merecido acceder la rusa ‘Beanpole’ (‘La Jirafa’), de Kantemir Balagov, sobre la muy peculiar relación entre dos mujeres en el Leningrado posterior al infinito asedio de la II Guerra Mundial; y que cuenta con unas actrices tan maravillosas como de nombres casi impronunciables para un latino, Viktoria Miroshnichenko y Vasilisa Perelygina. Ha sido, sin duda, lo mejor hasta ahora de la sección paralela Un Certain Regard.

Y le llega el turno a Almodóvar y su ‘Dolor y gloria’. Todas las predicciones son que la recepción que va a obtener en el Festival será muy positiva…

(Publicado en "El Norte de Castilla", 18 de mayo de 2019).


Intensa polémica sobre la Palma de Honor a Alain Delon


Les prometí en la crónica de ayer contarles el revuelo que se ha producido en Cannes, y prácticamente en toda Francia, por la Palma de Oro de Honor que el Festival ha otorgado a Alain Delon. El motivo no es la brillante carrera del actor, por supuesto, sino su postura personal ante determinados hechos. Diversas asociaciones feministas han recordado “sus manifestaciones machistas”, en las que incluso parecía justificar el pegar a una mujer, mientras que los colectivos LGTBI le acusan de “homófobo” al haber criticado la adopción de niños por parejas homosexuales. Y la mayoría le echa en cara sus relaciones políticas, en especial su amistad con Jean-Marie Le Pen, el fundador del Frente Nacional.

Alain Delon, tras recibir la Palma de Oro de Honor

“No estamos concediendo a Delon el Premio Nobel de la Paz, sino un reconocimiento a su indiscutible trabajo”, ha defendido en rueda de Prensa el director del Festival, Thierry Frémaux. Y el propio Delon, que ya cuenta con 83 años, acepta en una larga entrevista publicada por el diario local ‘Nice Matin’ que “se me critique sobre muchas cosas personales, mi vida es mi vida y solo a mí me pertenece. Pero no sobre mi trayectoria profesional, que es la que le pertenece a todo el mundo”. Una trayectoria que, en efecto, incluye títulos magistrales como ‘El Gatopardo’, ‘Rocco y sus hermanos’, ambas con Visconti, ‘El silencio de un hombre’ de Melville, ‘El eclipse’ de Antonioni, ‘A pleno sol’ de Clément o ‘El asesinato de Trotsky’ y ‘El otro señor Klein’ de Losey (que es la que se verá en el homenaje del Festival). O del enorme éxito popular que alcanzaron ‘La piscina’, con su pareja de entonces, Romy Schneider, ‘El Tulipán Negro’ o ‘Borsalino’.

Por ahí, ninguna discusión sobre la justicia de un galardón que, además, Cannes, ya ha dedicado con anterioridad a otros intérpretes franceses: Moreau, Deneuve, Belmondo, Léaud… La cuestión estriba en la personalidad pública de Delon, tan poco agradable para muchos sectores. Veremos qué sucede pasado mañana, cuando se le entregue esta Palma de Honor, aunque no en la sala principal del Palacio del Festival, la Lumière, sino en una adjunta más pequeña, la Debussy, dedicada a las secciones paralelas y a los pases de Prensa. ¿Querrá decir algo esta localización?

Pero vayamos a las películas de la jornada, donde ha destacado sin duda ‘Les Misérables’, ópera prima de Ladj Ly, realizador francés de origen maliense. No, no se trata de una nueva adaptación de la novela de Victor Hugo, aunque se desarrolle en su misma zona, Montfermeil, no en el siglo XIX sino en el XXI, cuando se sitúa en esa “banlieue” de París llena de colmenas humanas donde habitan básicamente emigrantes negros de segunda o tercera generación, como lo hizo en su día el propio director del film. Se nota a la legua que Ly conoce a la perfección ese ambiente y, por ello, ‘Les Misérables’ respira verdad, autenticidad, al reflejar el enfrentamiento directo y violento entre un grupo de adolescentes del barrio y tres policías destinados a él.

"Les Misérables", de Ladj Ly

Muy bien rodada dentro de un esquema de película de acción (me recordaba al Alberto Rodríguez de ‘7 vírgenes’ o ‘Grupo 7’), que se inicia con la explosión de alegría colectiva por el triunfo de Francia en el Mundial del pasado año, y rápidamente se centra en una cotidianeidad marcada por el enfrentamiento y la discordia, registradas por el “dron” que maneja un solitario crío y que se convierte en testigo privilegiado de cuanto sucede en las calles. Ladj Ly finaliza su relato con un fragmento de ‘Los Miserables’ donde Víctor Hugo aseguraba que no había malas personas ni malas hierbas, sino malos cultivadores que generan unas y otras…

Mucho menos encomiable es el resultado de la brasileña ‘Bacurau’, donde Kléber Mendonça Filho y Juliano Dornelles mezclan cosas tan dispares como la alegoría política, una remembranza de aquel Cinema Novo Brasileiro de los 60 estilo ‘Antonio das Mortes’ y unas gotitas de “realismo mágico” latinoamericano. ¿Resultado? Que en la mayor parte de la película no se sabe muy bien lo que está sucediendo, que se juega en ella a demasiados palos y que el conjunto acaba siendo muy indigesto. De Mendonça Filho guardábamos buen recuerdo por su  ‘Aquarius’, que se vio aquí hace tres años y que en España se llamó ‘Doña Clara’. Ahora, cuando se ha unido en la dirección con su habitual diseñador de producción, Juliano Dornelles, no cabe consolidar aquella positiva impresión.

(Publicado en "El Norte de Castilla", 17 de mayo de 2019).

Un Jarmusch muy menor en la inauguración de Cannes



Hace tres años, en su edición de 2016, Cannes se rindió ante el encanto poético de ‘Paterson’, de Jim Jarmusch, aunque luego el Jurado la ignorase en su palmarés. “Jim Jarmusch logra un momento mágico en Cannes con Paterson”, titulamos entonces en estas mismas páginas de “El Norte de Castilla”. No podemos hacer lo mismo ahora, porque ‘The Dead don’t Die’, o ‘Los muertos no mueren’, la última película del realizador norteamericano que ha abierto el Festival, se halla a distancia sideral de aquel film.

Lo mejor que cabría decir de ella es que cuenta con un bonito título y que quizá solo se trate de un “divertimento” pasajero en la irregular filmografía de Jarmusch. Su intento de penetrar en el mundo de los zombies nada aporta al género como sí hacía, en cambio, cuando dejó su impronta al abordar a los vampiros contemporáneos en ‘Solo los amantes sobreviven’, de 2013. Ahora ha optado por la comedia, con ese peculiar estilo de humor tranquilo y casi pasivo que acreditó en sus comienzos, pero sin ir más lejos que unos cuantos chispazos divertidos en su avalancha de zombies surgidos de sus tumbas a raíz de un desajuste en el eje de la Tierra y que atacan a los habitantes de Centerville, una pequeña localidad imaginaria. La única manera de defenderse de ellos es decapitándolos…

Ni el propio Jarmusch se ha tomado demasiado en serio su película. Lo demuestra que, en un ejercicio de metalenguaje simplón, el personaje de Ronnie, el ayudante del “sheriff” de la localidad que interpreta Adam Driver (el inolvidable conductor de autobús de ‘Paterson’), hace bromas sobre el propio guion o la música del film, lo que parece que gusta mucho a los incondicionales del cineasta. Lo mismo que sus frecuentes referencias a otros títulos famosos –además del confesado homenaje a ‘La noche de los muertos vivientes’–, como ‘Encuentros en la tercera fase’, ‘La guerra de las galaxias’ o ‘Psicosis’, citas que son celebradas con regocijo por sus “fans”.

Dentro de la un tanto misteriosa fascinación audiovisual por el universo zombi (otro autor prestigioso, el francés Bertrand Bonello, presenta ‘Zombi Child’ en la Quincena de Realizadores y la serie ‘The Walking Dead’ ya va por su novena temporada), Jarmusch señala que los muertos vivientes “somos nosotros, como signo de que se ha quebrado el orden social”… Descolgarse, además, al final de ‘Los muertos no mueren’ con un alegato verbal contra el consumismo, pretende dar hondura a una obra recibida con mayoritaria indiferencia y que no parece la más adecuada para abrir el Festival más importante (por ahora) de los miles que se celebran por todas partes.

"The Dead don't Die", de Jim Jarmusch

Un Festival que reúne en su 72 edición nada menos que a cinco directores (seis si se toma por dos a los hermanos Dardenne) que ya han ganado la Palma de Oro: la citada pareja belga, Ken Loach, Terrence Malick, Quentin Tarantino y Abdellatif Kechiche, incluso los dos primeros en una doble ocasión. Si a ellos se unen otros nombres también de primera fila, aunque se les haya resistido la Palma pero no otros galardones de Cannes, como en los casos de Almodóvar, Bellocchio, Dolan, el coreano Bong Joon-ho o el propio Jarmusch, se comprobará que la Competición Oficial comporta un alto grado de exigencia entre los veintiún largometrajes seleccionados para ella.

Más difícil todavía lo van a tener los ocho cineastas que acceden por primera vez al máximo nivel del certamen, cuatro de ellos mujeres (Jessica Hausner, Céline Sciamma, Justine Triet y Mati Diop), curiosamente las únicas de género femenino en todo el concurso. Ellas y ellos son el rescoldo de aquella especie de renovación que se lanzó a bombo y platillo el pasado año, sin que en este, cuando se cuenta con nombres ilustres y muy habituales en la Croisette, se haya querido insistir en el tema. Promesas que se lleva el viento, aunque aquí nadie olvida que también entonces se rechazó ‘Roma’ por haberla producido Netflix y no aceptar una distribución en salas de cine previa a su paso por la plataforma. La historia es bien sabida: la obra maestra de Alfonso Cuarón, que este año viene a Cannes a presentar una versión remasterizada de ‘El resplandor’ de Kubrick, se fue a Venecia, ganó el León de Oro e inició allí una infinita carrera de premios, entre ellos varios Oscar.

Aunque de lo que de verdad se habla en Cannes es de la Palma de Oro de Honor que se entregará el domingo a Alain Delon... Mañana se lo cuento.

(Publicado en "El Norte de Castilla", 16 de mayo de 2019).