Vergüenza ajena



Surge cada cierto tiempo un artículo o unas declaraciones que arremeten contra la mal llamada “Ley Miró” (en realidad, se trataba de un Decreto), que se publicase el 14 de enero de 1984 como principal empeño de la realizadora al frente del ICAA. Y se trae a colación para atribuirle el origen de todos los males del cine español, de una desafección del público hacia las películas nacionales que perduraría hasta la actualidad. Nada más falso.

Pilar Miró con Berlanga y Giménez-Rico, en su etapa como Directora General de Cine

Lo que esa disposición legal intentaba, y en buena parte consiguió, fue dignificar una producción cinematográfica mayoritaria que había llegado a auténticos límites de bajeza. Está de moda (lo ha hecho recientemente un documental, Sesión salvaje; lo hace ahora Álvaro González en el digital “Valenciaplaza”) reivindicar lo que denominan “géneros populares”, pero que en la mayoría de los casos eran subproductos rancios que causaban vergüenza ajena a cualquier espectador con un mínimo de sensibilidad ética y estética. Como justificación, se dice que fomentaban la industria local y que gozaban del favor mayoritario. Es el mismo argumento que hoy se emplea para defender los “reality” de las televisiones privadas…

No, si el público desertó de las salas en la década de los 80 no fue por culpa de Pilar Miró, sino de la masiva llegada del vídeo a los hogares, así como de la variación en los hábitos de consumo, un fenómeno sociológico que se dio en toda Europa como consecuencia del desarrollo económico. Porque, en definitiva, lo que la cineasta buscó con su normativa fue aplicar en España lo que venía siendo habitual en otros países de nuestro entorno: ofrecer la posibilidad de contar con subvenciones anticipadas a la hora de encarar un proyecto, algo que los franceses llevaban tiempo practicando con su “Avance sur recettes”. Y facilitar que los directores se convirtiesen en productores de sus propias obras, igual que años antes habían hecho los alemanes con el Filmverlag der Autoren, de Fassbinder, Wenders o Herzog. Nada nuevo bajo el sol, por tanto, pero que aquí escandalizó, sobre todos a quienes vivían como Dios gracias a aquellas películas lamentables.

Cosa distinta es que diversos productores del momento se aprovechasen indebidamente del Decreto Miró, tratando de hacer los films solo con ayudas públicas, sin arriesgar ni una peseta, desprestigiando así al sistema. Ya se sabe que ante cualquier ley, surge la trampa que trata de aprovecharse de ella, y más en un país de pícaros como este… Pero solo porque, junto a facilitar la llegada de nuevos cineastas, la política de Miró permitiese que otros como Picazo, Patino, Regueiro o Borau reanudasen su interrumpida carrera, ya merecería el elogio que ahora con tanta injusticia se le niega.

(Publicado en "Turia" de Valencia, febrero de 2020).


"Nazarín" y "Tristana", una traición creativa


Cuenta J. Francisco Aranda, el primer biógrafo de Buñuel, que en los años cincuenta un productor francés le ofreció hacer una adaptación de “La Femme et le Pantin”. Cuando el cineasta le envió el guion, el productor lo rechazó airadamente porque, como más tarde explicaría, «yo le había pedido una adaptación de la novela de Pierre Louÿs, y él me trajo algo que era Buñuel de pies a cabeza»… En esta frase encontramos la clave de la forma en que el autor de Viridiana enfocaba su relación con los textos literarios en que tantas veces basó sus películas: no se trataba de una simple traslación a imágenes de determinados relatos, sino de una auténtica apropiación de los mismos hasta hacerlos suyos, hasta que quedaran imbuidos de su personalidad y su manera de ver el mundo.

¿Por qué Galdós?


Así sucedió con las dos adaptaciones que, en colaboración con Julio Alejandro, realizó Buñuel sobre novelas de Benito Pérez Galdós: Nazarín, en 1958, y Tristana, filmada once años después. Bajo una apariencia de fidelidad a las obras originales, siguiendo de cerca su desarrollo argumental, el director aragonés efectuó, sin embargo, una verdadera transformación del sentido y significado de ambas. Nadie puede dudar de que una y otra película pertenecen plenamente al universo buñueliano; nadie puede dudar tampoco de que sus personajes y buena parte de sus situaciones nacen directamente de la imaginación galdosiana. Analizar cómo se produce esta fusión y, todavía más allá, cómo Buñuel logra consumar una profunda “traición” creativa respecto a Galdós, supone un apasionante ejercicio y un modelo digno de estudio en las siempre problemáticas relaciones entre cine y literatura.

¿Por qué Buñuel se sentía atraído por Galdós, cuando tantas diferencias de época, sensibilidad e ideología los separaban? Se lo explicó a José de la Colina y Tomás Pérez Turrent en una de las entrevistas que componen el libro “Luis Buñuel. Prohibido asomarse al interior”: «No soy un galdosiano viejo. En mi juventud Galdós nos interesaba muy poco a mí y a mis amigos. Galdós nos parecía anticuado y un poco farragoso. Fue más tarde, en el exilio, cuando empecé de verdad a leerlo, y entonces me interesó. Encontré en sus obras elementos que podríamos incluso llamar ‘surrealistas’: ‘amor loco’, visiones delirantes, una realidad muy intensa con momentos de lirismo».


Lo curioso es que ese interés por Galdós no se centra en ninguna de sus grandes obras, entendiendo por tal no ya los “Episodios nacionales” sino novelas como “Fortunata y Jacinta”, “Miau”, “La familia de León Roch” o la serie de Torquemada; se dirige hacia textos que el propio Buñuel considera “menores”, por una razón que señalaba claramente en el libro de entrevistas citado: «Cuando filmo una novela, me siento más libre si no es una obra maestra, porque así no me cohíbo para transformar y meter todo lo que quiero. En las grandes obras hay un gran lenguaje literario, ¿y cómo hace usted pasar eso a la pantalla?». Es decir, lo que realmente le importa es sentirse en libertad a partir de una concreta base narrativa, desde la que despegar hasta saberse poseedor de todo un entramado que ya le pertenece. Y si ha habido un cineasta libre en la Historia del Cine, alguien que convirtiese en principio esencial la libertad de introducir en las imágenes cuanto creyera conveniente, aunque no derivase lógicamente de aquellas pero sin caer nunca en la gratuidad, ese ha sido sin duda Luis Buñuel.

Tanto “Tristana” (1892) como “Nazarín" (1895) pertenecen a lo que el mismo Galdós denominaba “novelas españolas contemporáneas”, una etapa compuesta por veinticuatro títulos fechados entre 1881 y 1905. Más concretamente, “Nazarín” se agrupa con “Ángel Guerra”, “Halma” y “Misericordia” en las llamadas “novelas del espiritualismo cristiano”, claro reflejo de la evolución del escritor canario hacia un pensamiento religioso que, sin renegar de su previo anticlericalismo, buscaba entroncarse con un cristianismo puro, similar al de sus primeros practicantes. Hay que resaltar que Buñuel no sólo adaptó “Nazarín”, sino que también intentó en diversas ocasiones llevar a la pantalla “Ángel Guerra” y que, incluso, pueden rastrearse notables influencias de “Halma” en el guion original de Viridiana, firmado asimismo con Julio Alejandro, un colaborador cuya decisiva importancia quizá no se ha valorado suficientemente al estudiar la obra buñueliana. Lo que significa que, desde su confesado ateísmo, el autor de Calanda se sintió paradójicamente interesado por una serie de relatos donde Galdós deseaba realzar el valor de un cristianismo capaz de despojarse de sus ataduras temporales para recuperar “la verdad del mensaje de Jesús Crucificado”.

La esterilidad de la fe


No otra es la propuesta de Nazarín, este humilde sacerdote que vive en una voluntaria miseria, en un ascetismo absoluto, para ser digno del ejemplo de Cristo merced a una total entrega a sus semejantes, que no excluye ni el sufrimiento, ni la humillación, ni la renuncia a cualquier placer terrenal. Pero lo que en Galdós es un apasionado elogio de este personaje a través de una parábola plena de resonancias evangélicas, e incluso quijotescas, en Buñuel alcanza el significado opuesto: el fracaso de una actitud basada en la caridad cristiana, la esterilidad de una fe que se muestra incapaz de cambiar el signo de la realidad, e incluso resulta abiertamente perjudicial. El padre Nazarín (Nazario Zaharín o Zajarín) de la novela es un santo varón que da testimonio de sus profundas creencias mediante un total despojamiento de sí mismo, de cuanto no le encamine hacia la Vida prometida, y así se mantendrá hasta el final de un relato que le sitúa en el lecho de un hospital pero soñando que celebra Misa y en diálogo con “el divino Jesús”, que le gratifica con estas palabras: «Algo has hecho por mí. No estés descontento. Yo sé que has de hacer mucho más». El de la película, en cambio, es un ser que —tras una experiencia vital similar— acaba corroído por la duda y la pesadumbre, sobre quien gravita el mal resultado de la mayoría de cuantas acciones emprendió, y en cuya conciencia suena como un aldabonazo lo que le plantea el “buen ladrón” en la celda: «Su vida, ¿para qué sirve? Usted por el lado bueno y yo por el lado malo; ninguno de los dos servimos para nada».

Por encima de cambios circunstanciales (como los que se derivan de la traslación del Madrid finisecular descrito por Galdós al México de la dictadura de Porfirio Díaz en que Buñuel ambienta la historia), de modificaciones que el film establece para ahormar su narración (como que Beatriz sea también inquilina del Mesón de Héroes, con lo que aparece desde el inicio), o de supresiones de las partes menos valiosas del libro (como el encuentro con el terrateniente don Pedro de Belmonte, quien confunde a Nazarín con un patriarca armenio que viaja de incógnito; o la conversación con un alcalde de pueblo sobre religión y modernidad), lo que verdaderamente importa son aquellos pasajes añadidos por la película que discurren en la dirección pretendida por Buñuel, en ese sentido final antes enunciado. Nos referimos al episodio en que Nazarín se ofrece a trabajar sin otra compensación que la comida, lo que provoca la hostilidad de los obreros que defienden su salario y el violento enfrentamiento de estos con el capataz; al de la defensa de un pobre campesino humillado por un militar, emprendida por Nazarín con tan elogiable sentido ético como inutilidad práctica; al de la agonizante Lucía que prefiere el beso de su hombre a la presencia de Nazarín para ayudarla a su “salvación eterna”, escena inspirada a Buñuel por el “Diálogo de un sacerdote y un moribundo” del Marqués de Sade; o al hecho de que Beatriz acabe cayendo de nuevo en los brazos de su amante, el Pinto, pasando ambos —pero sin reconocerlo— junto al fracasado Nazarín de la secuencia final, al tiempo que resuenan los tambores de Calanda.

El Cristo con sonrisa maléfica de "Nazarín" (1958)

Ya lo afirmaba claramente Buñuel en una carta a José Rubia Barcia: «Conservo los tipos y caracteres tal como los ha descrito Galdós, pero la tendencia, la línea oculta, el sentido de las andanzas del curita está buñuelizado y puesto al día. No he caído en la paráfrasis del Evangelio por estimarla truco fácil y ‘demodé’. Y, al final, la duda y no el Espíritu Santo desciende sobre Nazarín».

Una duda que queda en la memoria de cuantos ven el film, lo mismo que aquellas imágenes tan percutientes, tan buñuelianas: la niña que arrastra una sábana por la calle de un pueblo asolado por la peste; el cuadro del Cristo que la prostituta Ándara ve reír con expresión maléfica; el agua ensangrentada que, sedienta por la fiebre, ella misma bebe; la desolación del enano Ujo cuando corre impotentemente tras la cuerda de presos en que marcha su amada…

Tristana, historia de amor y muerte

Fernando Rey y Catherine Deneuve, en "Tristana" (1970)

No es un cambio de sentido, como en Nazarín, sino de perspectiva lo que Tristana ofrece. Mientras Galdós centra esta novela epistolar en su protagonista femenina, a través de las cartas que intercambia con su novio, el pintor Horacio, que se encuentra separado de ella por estar acompañando a una tía suya en Villajoyosa, Buñuel desplaza su mirada hacia don Lope, protector, amante y posterior marido de la muchacha. Esta traslación del punto de vista desde el que se ofrece el relato, esta conformación de la película como una auténtica “Pasión y decadencia de don Lope” responde ante todo a la identificación del cineasta con el personaje, según le confesaría a Max Aub («Sí, yo soy Don Lope. Ha venido a ser mi historia»), de la misma manera que Flaubert lo sentía respecto a Emma Bovary.

La renuncia a unas ideas liberales altaneramente pregonadas, la transigencia con otras que decía odiar y combatir, ese «Después de todo, señores, la vida no es tan negra como creen muchos… Aquí se está bien» que afirma finalmente en la mesa camilla y ante el chocolate compartido con los curas, convierte a don Lope en un hombre en incesante declive y, al tiempo, en metáfora de un liberalismo español cuya capacidad de acomodación Buñuel pone en evidencia. Pero hablábamos de pasión, y la hay en el viejo caballero dentro de esta “terrible y desfasada historia de amor y muerte” que, en palabras de Carlos Barbáchano, contiene el film. Una pasión nunca correspondida por Tristana, cuya amargura salta desde la pantalla y queda resumida, más que en su decisiva ayuda para la muerte de don Lope —dentro de una última secuencia seguramente innecesaria y que no figuraba en el primitivo guion—, en el obsesivo sonido de sus muletas al golpear el suelo del pasillo de la casa que, como fiera enjaulada, recorre incesantemente. Lleno de emoción, don Lope no dudará en alegrarse de la enfermedad de Tristana, tan grave que la obliga a sufrir la amputación de una pierna: «La vamos a volver a tener en casa, Saturna, esta vez no se me escapará», dice a su criada tras salir del hotel en que Horacio le pone al corriente de la situación (al regreso de un viaje del pintor y Tristana que en Galdós no existía). Puede parecer un rasgo de maldad, pero no es sino un atisbo de esperanza para quien ansiaba poseer amorosamente a su protegida desde que le fue encomendada tras la muerte de sus padres.

«Aunque, como en 'Nazarín', el personaje principal se mantiene fiel al modelo novelesco de Galdós, introduje considerables cambios en la estructura y el clima de la obra, que situé también, como había hecho con el ‘Diario de una camarera’, en una época que yo había conocido, en la que se manifestaba ya una clara agitación social», le señala Buñuel a Jean-Claude Carrière en “Mi último suspiro”. Realmente, los cambios son tantos que resulta lógico que en los títulos de crédito de Tristana no se la presente como una adaptación de la novela, sino sólo “inspirada” por ella.

Además de la variación de época y lugar —desde finales del XIX hasta los años veinte siguientes, y desde el “populoso barrio de Chamberí”, en Madrid, hasta Toledo—, Buñuel se esfuerza por contextualizar la trama mediante la aparición de numerosos escenarios y personajes episódicos (la tertulia del café con los amigos de don Lope, el campanero, el comandante del puesto de la Guardia Civil, el dueño del taller, el pastelero, el joyero, el ladrón, los policías, la joven a la que el caballero requiebra…) que en el libro no existían o, a lo sumo, eran simples referencias. Mayor significación alcanzan episodios inventados por el film, como el de la manifestación obrera o el de los ciudadanos escandalizados por el beso entre Tristana y Horacio, pasajes situados nada casualmente bajo el signo de la represión política o moral. Y, por encima de todo ello, el personaje de Saturno: una breve aparición en la novela como hospiciano al que va a visitar su madre, pero que en las imágenes tiene un papel decisivo por su transgresora relación erótica con Tristana, que culmina en la escena en que, desde la ventana, ella le enseña sus pechos. Muchas de las intenciones de Buñuel en la película se hallan reflejadas en la figura de este chico que él hace sordomudo, onanista y último refugio de las pulsiones sexuales de su señorita.


Frente al almibarado texto de Galdós, y aun manteniendo el valioso esquema básico del conflicto en él planteado, el cineasta lo conduce a su terreno, sustituyendo la hojarasca por elementos surrealistas, del estilo del sueño de Tristana con la cabeza de don Lope convertida en badajo, su abrazo al lecho de piedra del cardenal Tavera, la fascinación por la pierna ortopédica o la importancia que se concede al azar en diversos momentos del film. Coincidiendo con Galdós en el escaso interés por definir al personaje de Horacio, cabe lamentar únicamente que Buñuel prescinda del feminismo “avant la lettre” que demuestra el libro, porque en él Tristana intenta superar, hasta su agotamiento, la condición establecida para la mujer en aquella época, luchando siempre por una “libertad honrada”.

Quizá tan diáfana reivindicación no se acomodaba a una película que, en la mejor línea buñueliana, va mucho más allá de las apariencias, de lo evidente, que es como un estanque de aguas tranquilas bajo las que bulle todo un mundo de situaciones perturbadoras.

(Publicado en "CLIJ. Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil". Mataró, enero-febrero de 2020). 



Redescubramos a Louis Malle




Dicen que, cuando muere, todo autor pasa por un periodo “de luto”. Poco a poco se van olvidando sus obras, incluso las que le dieron más fama, hasta quedar sometido a un profundo silencio. Suele pasar que, tiempo después, una nueva generación viene a “redescubrirlo”, revalorizando su figura… Es lo que espero que suceda en los próximos años con una serie de cineastas cuyos trabajos adquirieron gran relevancia en el pasado, pero que hoy parecen envueltos en las brumas de la memoria. Entre ellos, y de manera muy destacada, Louis Malle, el excelente realizador francés a quien ahora muy pocos se refieren con el relieve que merecería en justicia.
"Le souffle au coeur", de Louis Malle (1971)

Por una circunstancia concreta (la presentación de Le souffle au coeur en el Institut Français de Madrid), he revisado con detalle la filmografía de Malle, lo que me ha permitido renovar mi vieja admiración hacia ella. Creo que lo demostré suficientemente cuando, en el Festival de Valladolid de 1987, organizamos el primer y creo que único ciclo completo que se ha hecho en España sobre él, refrendado por un libro autobiográfico. Pero sin duda, viendo de nuevo sus películas, ratifico aquella atracción original. No podía ser de otra forma si incluyen títulos tan significativos como Ascensor para el cadalso, Les amants, Zazie dans le Métro, Vida privada y Fuego fatuo dentro de su primera etapa, entre 1957 y 1963; o la citada Le souffle au coeur y Lacombe Lucien en el periodo previo a su marcha a Estados Unidos durante casi una década, hasta 1986, donde realizaría films del gran nivel de La pequeña y Atlantic City. Para regresar a Europa y llevar a cabo dos obras fundamentales, Au revoir les enfants en 1987 y Herida en 1992, previas a la aguda reflexión sobre el cine y el teatro que recorría Vania en la calle 42 y su muerte en 1995 a causa de un linfoma a la edad de tan solo 63 años.
Una filmografía en la que, dicho de manera muy sucinta, destacan cinco vectores: la elegancia del estilo de Malle, su dominio de la dirección de actores, la enorme diversidad que recorre su obra, la huida de cualquier esquematismo simplificador y su capacidad polémica. Voluntad esta nada gratuita que le llevó a abordar asuntos dispares y controvertidos como el suicidio, el incesto, la prostitución adolescente, la pasión amorosa sin límites o el colaboracionismo francés con la ocupación nazi. De carácter fuerte pero suave, tímido e introvertido, Louis Malle es uno de los mayores cineastas franceses contemporáneos, cuya obra –igual que la de su colega Truffaut– sigue viva, no pierde un ápice vista desde nuestros días. Les animo a comprobarlo en cuanto tengan ocasión de visionar esas magníficas películas.

(Publicado en "Turia" de Valencia, febrero de 2020).

Los guionistas de Fellini


Hasta el mes de abril, podrá disfrutarse en La Filmoteca valenciana del magnífico ciclo dedicado a Federico Fellini con motivo del Centenario de su nacimiento, que se cumplió exactamente el pasado lunes 20. También otras cinematecas de nuestro país, como la Española o la de Catalunya, le dedican retrospectivas similares, lo mismo que el conjunto de las europeas. La ocasión sin duda lo merece, porque nos hallamos ante uno de los autores más personales e irrepetibles de la historia del cine, con una estética propia, siempre entre el barroquismo y la representación de la realidad, que incluso ha propiciado el nacimiento de un concepto, “lo felliniano”.

Tullio Pinelli, con Federico Fellini

Pero precisamente en este momento, cuando se suceden artículos y ensayos sobre el gran director de Rímini, sobre su peculiarísima forma de crear imágenes, quiero resaltar la labor de los guionistas que trabajaron a su lado y que –pese al eminente subjetivismo del “regista”– contribuyeron de manera decisiva a la formación de ese mundo singular. Tullio Pinelli, Ennio Flaiano, Brunello Rondi, Bernardino Zapponi y Tonino Guerra fueron, sucesivamente o al tiempo (dada la habitual práctica italiana de elaborar los guiones entre varios), quienes más acompañaron a Fellini en su trayectoria profesional. Aparte de tal compañía, llegaron a ser literatos del máximo relieve en el panorama cultural europeo, dentro de la espléndida generación que surgió tras el fin de la II Guerra Mundial y que se movió entre el neorrealismo de los 40 y la inquietud existencial de las dos siguientes décadas.

Fue Rondi el menos destacado en ese conjunto literario, pues prefirió la realización cinematográfica a la escritura, lo que no impidió que Fellini le tuviese como “guionista de guardia” en películas fundamentales como La dolce vita u Ocho y medio para que diera forma a sus variaciones durante el rodaje, como se hace ahora en las series televisivas. A Flaiano se le deben muchos de los diálogos más inspirados de la filmografía felliniana, cualidad que también tuvo ocasión de comprobar Berlanga en Calabuch y El verdugo. Mientras Pinelli intervino nada menos que en trece títulos de “il maestro”, entre Luci del varietà y La voz de la Luna, aunque se pelease con él a causa de Giulietta de los espíritus; Zapponi, compañero suyo desde la época de los semanarios satíricos, le aportó su sentido de la adaptación para abordar el Satiricón o la figura de Casanova, y Tonino Guerra le transfirió su dominio de la estructura a la hora de sistematizar recuerdos individuales y colectivos, por ejemplo en Amarcord o Y la nave va.

Tonino Guerra y Fellini

Me parece estupendo que se homenajee a Fellini cuanto se merece. Pero, al tiempo, que se valore a los guionistas que tanto influyeron en su cine.

(Publicado en "Turia" de Valencia, enero de 2020).

El año Galdós


Benito Pérez Galdós, por Joaquín Sorolla


Lo dijo hace ya tiempo Arantxa Aguirre: “Es hora de que España reconozca a Galdós su talla de gigante”. La celebración del Centenario de su fallecimiento el 4 de enero de 1920 puede ser una ocasión idónea para lograrlo y situar al escritor canario al nivel que le corresponde junto a un Balzac o un Dickens. Porque –argumenta Aguirre– es “un autor que, a lo largo de decenas y decenas de espléndidas novelas, lleva a cabo un retrato de la sociedad de su tiempo, que nos describe y nos explica genialmente”, gracias a la “penetración de su mirada, capaz de captar tanto las grandes líneas de las pasiones como la riqueza de matices en las que se revela el alma humana”.

Si cito a Arantxa Aguirre es porque ella ha estudiado como nadie las relaciones entre Galdós y el cine en su libro “Buñuel, lector de Galdós”, de 2006 pero que había obtenido tres años antes el Premio Internacional de Investigación sobre el novelista. Incluso lleva mucho tiempo pensando en un “gran documental sobre Galdós”, que realizará en cuanto tenga ocasión… Durante ese mismo año de 2003, Ramón Navarrete, otro estudioso sobre las adaptaciones a la pantalla de las obras de Galdós (a quien, por cierto, interesaba profundamente el cine, contra la opinión de la mayoría de intelectuales de su tiempo), publicó “Galdós en el cine español”, analizando las versiones de sus novelas existentes en nuestro país, una docena que le convierten en uno de los autores españoles más adaptados, junto a Palacio Valdés, Fernández Flores o Delibes. Con especial predilección por parte de los cineastas hacia “El abuelo”, desde el cine mudo a Garci, ya fuese con este mismo título o con el de La duda. Y, además de la espléndida serie televisiva de Mario Camus sobre “Fortunata y Jacinta”, alguien por encima de todos: Don Luis Buñuel en Nazarín y Tristana, e impregnando Galdós otras varias películas fundamentales suyas, en especial Viridiana.

"Tristana", de Luis Buñuel (1970)

Lo más interesante es que, en mi opinión, Buñuel se apoyó en ambos relatos galdosianos para “traicionar” su sentido último, muy condicionado en el caso del escritor por su etapa de “novelas del espiritualismo cristiano”, durante finales del siglo XIX y comienzos del XX. Partiendo de la base de que “encontré en las obras de Galdós elementos que podríamos incluso llamar ‘surrealistas’: amor loco, visiones delirantes, una realidad muy intensa con momentos de lirismo”, Buñuel llevó a su terreno los textos originales, dotándoles de una orientación plenamente ajustada a su visión del mundo, de los conflictos personales y de las pautas sociales e ideológicas. Es el privilegio de los “grandes”: aproximarse a un autor admirado para aportar una visión creativa propia. Sin duda, Galdós y Buñuel se hallan en ese grupo.

(Publicado en "Turia" de Valencia, enero de 2020).

Algo pasa con el cine europeo



Se concedían el pasado sábado los Premios del Cine Europeo. Apenas repercusión en España, salvo por los concedidos a Antonio Banderas y a la excelente Buñuel en el laberinto de las tortugas. Algo más de relevancia alcanzaron entre nosotros el pasado año, el del triunfo absoluto de Cold War, pero porque se celebraron en Sevilla y se televisaron en abierto. Sucede otro tanto con la indiferencia con que son recibidos en los distintos países del continente, nadie les hace mayor caso. Sobre todo cuando, como ha sucedido en esta edición, se premia por doquier una película del año anterior, como La favorita, presentada en la Mostra de Venecia de 2018 y que acabó hace tiempo su difusión. De nada le sirve que le lleguen ahora estos galardones de una Academia que podrá tener 4.000 miembros, presididos por Wim Wenders, pero que no logra acertar con una fórmula de premiación de cierto relieve y que ejerza influencia entre los espectadores.
"El traidor", de Marco Bellocchio

Sin embargo, el problema va bastante más allá de unos premios que nunca han llegado a conseguir su objetivo. Lo que inquieta de verdad es la desafección del público español hacia el cine europeo. No hablo en este caso de nuestro cine, sino del de nuestros vecinos, que no hay manera de que interese a una “minoría cualificada”, como sí lo hacía antes. Salvo la excepción de la citada Cold War, que este año se repite con la coreana Parásitos, no es ya que las producciones europeas raramente accedan a los grandes circuitos de exhibición, es que ni siquiera en los de versión original o de “arte y ensayo” funcionan como debieran. Películas ahora o hasta hace muy poco en cartelera como las de Costa-Gavras, Guédiguian, Bellocchio, Loach o los Dardenne (nombres fundamentales del cine europeo) obtienen un número de espectadores que viene a ser la mitad del que lograban hace tan solo unos años, en unas cifras muy desmoralizantes para quienes se arriesgan a traerlas a España.

"Gloria Mundi", de Robert Guédiguian

¿Por qué tan profundo declive? ¿Porque ha envejecido el sector del público que las sostenía y ya no acude a las salas, prefiriendo la comodidad del salón de casa y las plataformas digitales? ¿Porque no se ha producido ese relevo generacional que permitiría una continuidad? ¿Porque se ha impuesto definitivamente el “modelo Hollywood”, con un tipo excluyente de narrativa, de lenguaje fílmico y de estrellato? ¿Porque el cine europeo le resulta a la mayoría lento, aburrido, con demasiados diálogos y preocupado por “fastidiosos” temas sociales? ¿Porque no se cuenta con los despliegues publicitarios de las multinacionales? Es una reflexión abierta, que preocupa mucho a quienes tanto han defendido la “diversidad cultural” y que merece un análisis que vaya más allá de frases tópicas. En eso debemos empeñarnos.

(Publicado en "Turia" de Valencia, diciembre de 2019).

El "Padrecito Stalin"


Marzo de 1953: El féretro de Stalin entra en la Plaza Roja de Moscú


Mostraba el pasado Festival de Cine Europeo de Sevilla un impactante documental de montaje: State Funeral, sobre los tres días que duró el sepelio de Josef Stalin, en marzo de 1953. Cámaras repartidas por diversas repúblicas de la entonces URSS, unidas a las numerosas que filmaron en Moscú, dieron origen a 35 horas de grabación, recogiendo sobre todo el desfile de las innumerables personas que acudieron a despedirle directamente o junto a los monumentos dispersos por las principales ciudades. Con este enorme material, cuatro directores (entre los que el más relevante era Sergei Gerasimov) fueron encargados de realizar un documental de propaganda que iba a denominarse El gran adiós, pero que nunca vio la luz y fue prohibido. Porque el informe secreto de Nikita Kruschev al XX Congreso del Partido Comunista en 1956, denunciando los crímenes del stalinismo y aboliendo oficialmente la política del “culto a la personalidad”, motivaron su radical condena por aquellos mismos que le habían aupado al poder. Hasta el punto de que, cinco años después, los restos del dictador fueron sacados del mausoleo de la Plaza Roja de Moscú, donde descansaban junto a los de Lenin.

Un gran cineasta, el ucraniano Sergei Loznitsa, ha revisado todo ese material, que pudo emerger del fondo de los archivos en 1988, y ha elaborado con él un documental de dos horas y cuarto. “No es una película sobre Stalin –ha señalado el propio Loznitsa–, sino sobre la gente que aparece en pantalla dándole su último adiós”. Entre ellos, los grandes jerifaltes del momento, como Malenkov, Molotov, el sanguinario Beria o el propio Kruschev, además de dirigentes de partidos comunistas de medio mundo, entre ellos Pasionaria o el alemán Walter Ulbricht. En un desfile incesante que supone la muestra más patente de ese “culto a la personalidad” que antes citábamos y que a los españoles no puede dejarnos de traer a la memoria las enormes filas de personas que se congregaron en torno al cadáver de Franco en el Palacio de Oriente.

El cadáver de Stalin, rodeado por las flores de sus admiradores

Ya Loznitsa había mostrado su dominio del documental de montaje en otros títulos, sobre todo The Trial, que recogía uno de los terribles Procesos de Moscú de los años 30, presentado el pasado año también en el Festival de Sevilla y que comentamos en estas mismas páginas de Turia. Trabajos que suponen testimonios históricos irremplazables, merecedores de que todos los conozcamos y reflexionemos en profundidad sobre ellos. Curiosamente, parece que, frente a esa multiplicidad de imágenes soviéticas, el NO-DO franquista no ofreció ni una sola referencia a la muerte de quien en medios comunistas clandestinos de nuestro país se conocía como “el Padrecito Stalin”...

(Publicado en "Turia" de Valencia, noviembre de 2019).