El cine como testimonio silenciado


Texto de la conferencia pronunciada en la Fundación BBVA, de Madrid, el 28 de septiembre de 2022, dentro del Ciclo "Las artes y los confinamientos en los siglos XX y XXI", organizado conjuntamente por dicha Fundación y la Academia de Bellas Artes de San Fernando. (Los números entre paréntesis y en azul corresponden a las imágenes del Power Point que acompañaba a la conferencia). 


(1) Cuando Walter Benjamin señalaba en su “Libro de los pasajes” que “el presente no es un estado de vigilia sino de peligrosa ensoñación, de la cual solo el recuerdo, el pasado vivo, nos despierta. Por ello, recordar y despertar son íntimamente afines”, nos estaba marcando sin saberlo un camino para abordar la historia del cine. Una historia que encierra la continua tensión entre la libertad, esa palabra sagrada tan mal empleada últimamente, y la represión; entre el derecho del creador a expresarse libremente y las argollas de quienes tratan de confinarle. O, en todo caso, a utilizar sus obras como vehículos de propaganda de regímenes políticos totalitarios.

(2) Desde la primera proyección pública del cinematógrafo el 28 de diciembre de 1895 en el Boulevard des Capucines de París (invención que muy pronto llegaría a España, a Madrid concretamente, el 14 de mayo de 1896, con ocasión de las fiestas de San Isidro), los ojos de los biempensantes y los censores se lanzaron sobre él. Aquellas proyecciones iniciales comenzaban siempre con La salida de los obreros de la fábrica Lumière, un presunto documental que investigaciones de la Cinemateca de Lyon han demostrado que en realidad se trataba de una ficción varias veces ensayada por los trabajadores de la pequeña factoría (3). Y junto a esta “Salida de los obreros…” se solía mostrar La llegada de un tren a la estación de La Ciotat, donde se veía avanzar un convoy desde el fondo hasta el primer plano de la imagen, con el susto de unos espectadores que contemplaban algo así por primera vez (4). Inmediatamente hubo voces que proclamaron que aquella impresión podía ser muy perjudicial para la salud, sobre todo para el corazón y el sistema nervioso de quienes lo estuvieran contemplando en la oscuridad y en compañía de otros.

Ya se sabe que el cine surgió y se desarrolló como un espectáculo de barraca de feria, asimilado al tren del miedo, la mujer barbuda o el túnel de la risa. No iba más allá en la consideración de una sociedad dentro de la que la burguesía estaba experimentando un gran auge económico. Pero el cine salió del confinamiento ferial y se fue expandiendo gracias al apoyo de las clases populares, que lo hicieron un espectáculo suyo, lo que motivó que cada vez fuera ganando más terreno, ya dentro de los espacios urbanos. Y van surgiendo los barracones de madera (5), cada vez más amplios, pero también más susceptibles de sufrir incendios debidos al celuloide inflamable y a los cigarrillos del público, con fuego que los devora con frecuencia y causa numerosas víctimas humanas.

De ahí que la primera preocupación de las autoridades fuera evitar esos incendios mediante la tajante prohibición de aquellos peligrosos recintos, en los que veían una amenaza para los ciudadanos. Y que daría pábulo a frases realmente salvajes como la de, años después, el Obispo de Pamplona, Monseñor Olaechea: “Son los cines tan grandes destructores de la virilidad moral de los pueblos, que no dudamos que sería un gran bien para la Humanidad el que se incendiaran todos… En tanto llegue ese fuego bienhechor, señalaba el prelado, ¡feliz el pueblo a cuya entrada rece con verdad un cartel que diga: Aquí no hay cine!”.

Porque, paralelamente, la clase dominante veía otro peligro, este de carácter moral y relativo a lo que consideraban “buenas costumbres”: las imágenes que las pantallas mostraban ponían a menudo en cuestión convicciones arraigadas, sobre todo en lo que se refería a costumbres amorosas fuera de las normas imperantes. No bastaba, como se hacía en diversos países, entre ellos el nuestro, separar las localidades entre zonas para hombres y zonas para mujeres, a la manera en que se hacía y se hace en las mezquitas musulmanas. Aunque, a partir de 1921, una Orden municipal permitió en Madrid un tercer espacio dedicado a las parejas, por supuesto heterosexuales, pero iluminada por una luz roja para evitar en lo posible contactos físicos… No, esto no era suficiente. Había que actuar decididamente mediante la prohibición, la censura y la persecución de aquellas películas y sus responsables que pretendieran saltarse los límites establecidos. Como diría claramente Bernard Shaw, “todas las censuras existen para impedir que se desafíen las concepciones actuales y las instituciones existentes, justo lo que necesita el progreso para avanzar”.

Papel represivo en el que, como lo acabamos de ver, tuvo parte fundamental –dentro del ámbito de la cultura occidental– una Iglesia Católica que consideró desde el principio al cine como “un arte diabólico” y “una escuela de perversión”, del que había que defenderse a toda costa. Bueno, lo de “arte” tardó tiempo en implementarse, pasaron años ante de ser considerado así, lo que se lograría en buena parte gracias a los llamados “Films d’Art”, que adaptaban obras famosas del teatro o de la literatura mundial, atreviéndose incluso con una adaptación del Quijote en quince cuadros y en un tiempo récord de veinte minutos…

Pero ello sirvió para darle una pátina de seriedad y reconocimiento a aquel espectáculo de feria. Lo que adquiriría carta de naturaleza cuando en su Manifiesto de las Siete Artes, de 1911, el escritor futurista italiano Ricciotto Canudo (6) incluyese al cine como la séptima de ellas, considerándolo un “arte plástico en movimiento” que fusionaba a las restantes. El bautismo académico daba alas a una forma de expresarse que pronto generaría figuras como el considerado “padre del lenguaje del cine”, David Wark Griffith, Charles Chaplin o Buster Keaton, “estrellas” de la popularidad de Mary Pickford, Theda Bara o Rodolfo Valentino, o movimientos decisivos como el expresionismo alemán y el vanguardismo francés, coetáneos de una primera Gran Guerra Mundial, donde el cine, en especial el documental, ya sería utilizado como elemento no solo testimonial sino de abierta propaganda (7).

Eran los años, tras la Revolución Rusa, en que Lenin proclamase a los cuatro vientos que “el cine es, entre todas las artes, la más importante”. No porque el dirigente marxista fuese un cinéfilo empedernido, sino porque veía que a través del cine podía llegar a unas masas todavía en buena parte analfabetas y emprender, a través de las películas, una verdadera tarea ideologizadora. Aunque la creatividad de unos jóvenes cineastas, plenos de ímpetu revolucionario y entusiasmo por la nueva época, consiguieran convertir en obras maestras lo que en origen era pura propaganda. Eisenstein con La huelga y Octubre; Pudovkin con La madre, Dovjenko con Arsenal, el Cine-Ojo de Dziga Vértov o el grupo FEKS (Fábrica del Actor Excéntrico) en su opción por la comedia satírica, lograron obras maestras. Y en 1925, por encima de todas ellas, un Acorazado Potemkin (8), en el que Eisenstein, al narrar la insurrección de 1905 contra el régimen zarista, conseguiría una de las secuencias más icónicas de la historia del cine: la del descenso de las escaleras de Odesa, con el ejército reprimiendo a los manifestantes y aquella madre que cae abatida por un balazo mientras el carrito con su bebé se despeña por los escalones… (9).

También el cine todavía mudo alcanzó en España una gran popularidad, en buena parte por esa tasa de analfabetismo citada, que aquí alcanzaba proporciones superiores al 50%. Surgió por ello entonces, junto a los músicos que acompañaban las proyecciones, la figura de los “explicadores”, que iban leyendo los intertítulos de las películas o explicando su contenido para que el público no se perdiera en la trama. Manuel Gutiérrez Aragón contaba cómo en su localidad cántabra había un conocido “explicador” que cuando en la pantalla surgía un beso amoroso (10), decía siempre: “Esto, señoras y señores, carece de explicación”… Eso si el cura de ese o de cualquier otro lugar no ponía su mano delante del proyector para que los espectadores no se dejaran llevar por la concupiscencia, como recordarán ustedes que Cinema Paradiso reflejaba en el ámbito de una pequeña ciudad italiana.

En contraposición, España quizá sea el único país en que su jefe de Estado, en este caso Alfonso XIII, haya financiado la producción de películas pornográficas que todavía se conservan, caso de El confesor, El ministro y Consultorio de señoras (11). Realizadas en Barcelona por un buen director, Ricardo de Baños, y su hermano Ramón, interpretadas por prostitutas, chulos y golfos, la intermediación correspondía al Conde de Romanones y eran vistas con alborozo en palacio por el monarca junto a un escogido grupo de amigos e integrantes de su Corte más cercana.

Ejemplo paradójico porque, de una u otra manera, el cine, y ahora el audiovisual en general, siempre ha estado bajo sospecha. ¿Por qué esa inquina?, cabe preguntarse. Y, lo que quizá todavía sea peor, sujeto a una simple valoración como medio de propaganda y manipulación por parte de los poderes establecidos, silenciando su papel testimonial en beneficio de una utilización partidista. Ya aquellos jóvenes revolucionarios soviéticos veían censurados sus nuevos proyectos, que no respondían a los esquemas del llamado “realismo socialista” impuesto por el estalinismo, al que tampoco le temblaba la mano para borrar literalmente de cualquier imagen la presencia de un Trotsky convertido en máximo enemigo. Ya se acercaba aquel momento, década de los 30, para el que Gramsci previese cómo “el viejo mundo se muere, pero el nuevo tarda en nacer. Y en ese claroscuro aparecen los monstruos”… Unos monstruos llamados fascismo, nazismo, estalinismo, todos ellos volcados en usar el cine en su propio beneficio con el objetivo de adoctrinar a sus súbditos.

Si la obsesión de Hitler y Goebbels fue lograr un equivalente al Potemkin, lo que nunca consiguieron pese a poner todo el dinero y la maquinaria del Estado en fomentar una producción nacionalsocialista que diera la vuelta al mundo desde los potentes estudios UFA, en Potsdam, al lado de Berlín, Mussolini no le anduvo a la zaga. Encargó a su propio hijo, Vittorio, el diseño de una cinematografía al servicio del fascismo, creó un Instituto Luce dedicado sobre todo al documental de propaganda e incluso fundó en 1932 el primer Festival de Cine que existió, la Mostra de Venecia, que proclamaba que “la cinematografía es el arma más poderosa” (12). Mientras, se prohibía aquellas películas que, de una producción que en 1942, en pleno conflicto bélico, llegó a 120 títulos, no se ajustasen al ideario oficial.

Las censuras contra el cine y su utilización proliferaron por doquier, incluso en la España de la II República, que mantuvo una práctica censorial que arrancó en 1912 durante la monarquía, prohibiendo, por ejemplo, la República, durante el conocido como “bienio negro”, el documental de Luis Buñuel sobre Las Hurdes, Tierra sin pan (13), de 1933. Al tiempo que la Francia del Frente Popular no dudaba en auspiciar films que divulgasen su ideología, como La vie est à nous (producida directamente por el Partido Comunista) o El crimen de Monsieur Lange. Pero, eso sí, con el acierto de encargárselo a un talento de la altura del de Jean Renoir, que dirigiría ambos, al igual que La Marsellesa (14), de tintes muy nacionalistas. La ardua batalla ideológica y política que se vivía en la Europa de los 30, tuvo así su claro reflejo en las pantallas.

Como tampoco podía ser de otra manera, la II Guerra Mundial supuso el apogeo del uso y abuso del cine como factor de propaganda y prohibición o silenciamiento del que no fuese favorable a las ideas de cada régimen. Aunque a su término, surgiría junto a la derrota del nazismo un movimiento de máxima libertad y originalidad creativas: el neorrealismo italiano, a hombros de maestros como Rossellini y su Roma, città aperta (15), Visconti con La terra trema o De Sica con Ladrón de bicicletas, y una figura que, desde la escritura del guion, iría marcando los parámetros del movimiento, Cesare Zavattini (16). En su exploración de la sociedad posbélica, en el protagonismo que otorgaba a las clases populares, en los conflictos que mostraba de un país empobrecido por el fascismo y la guerra, no ha habido momento tan transformador en la historia del cine como el acaecido en Italia entre 1945 y 1951.

Solo una década después, la Nouvelle Vague francesa surgía con Godard (en A bout de souffle, Al final de la escapada en España (17). Una Nueva Ola también con Truffaut (Los 400 golpes) y Resnais (Hiroshima mon amour) al frente, que provocaría el surgimiento de “Nuevos Cines” en los cinco continentes como santo y seña de una generación joven que se estaba adueñando progresivamente del mundo.

No lo vivimos así en España, atenazados por una censura que puso pronto en marcha el segmento del bando llamado “nacionalista” radicado en Salamanca, y que se consolidaría tras la finalización de la Guerra Civil. Censura monolítica que prohibió radicalmente esos títulos señeros del neorrealismo, que solo conocieron nuestros jóvenes realizadores como Bardem y Berlanga por minoritarias Semanas de Cine Italiano que se desarrollaron en Madrid y que supusieron una verdadera epifanía para ellos. Habían vivido y sufrido una década, la de los 40, donde solo algunas excepciones como la semidesconocida Vida en sombras, de Llobet Gràcia (18), o algunos films de Edgar Neville supusieron una excepción a las producciones de glorificación patria, de habitual cartón piedra, que el franquismo impulsaba sobre todo a través de la productora Cifesa. Periodo en el que llegó a darse un hecho inusual, que el propio Franco escribiese un guion, el de Raza (19), llevado a la pantalla por José Luis Sáenz de Heredia, primo hermano de José Antonio, el fundador de Falange Española.

Bardem, Berlanga, Fernán-Gómez o el José Antonio Nieves Conde de Surcos y El inquilino se sumaron decididamente, ya en los 50, al silenciado clamor por la libertad de expresión. Un clamor que les aglutinaba con un amplio grupo antifranquista que se extendía hacia otros campos de la cultura española: la narrativa de Aldecoa, Ferlosio, Sueiro, Jesús Fernández Santos o Delibes; el teatro de Sastre, Buero Vallejo y Carlos Muñiz; las propuestas plásticas de los colectivos El Paso, Dau al Set, Estampa Popular, Equipo 57 y la Escuela de Madrid, e incluso la música vanguardista de la Generación del 51, la de Luis de Pablo, Cristóbal Halffter, Antón García Abril, Xavier Montsalvatge o, más joven, Tomás Marco. Significaba todo un movimiento crítico y renovador que iría desplegando su talento a través de, limitándome al cine, obras señeras como Esa pareja feliz, Bienvenido Mister Marshall (20), Muerte de un ciclista, Calle Mayor, La vida por delante o, más tarde, Plácido y El verdugo (ya con la aportación decisiva de Rafael Azcona en la obra de Berlanga) o Nunca pasa nada (21), otra muestra del mejor Bardem. Junto a las de Bardem y Berlanga, hay que situar dos obras maestras de Fernán-Gómez, El extraño viaje y El mundo sigue, y un Carlos Saura que había iniciado con Los golfos una trayectoria de enorme riqueza a la que ya asomaba La caza. Por desgracia, Luis Buñuel no tendría posibilidad de rodar en España hasta 1961, cuando filma Viridiana (22), verdadera “bestia negra” para el Vaticano y para el franquismo, que –tras obtener la Palma de Oro del Festival de Cannes– no solo es prohibida sino a la que se llega a negar su existencia.

Todas y cada una de las películas citadas sufrieron en sus carnes una censura impenitente que el franquismo ejerció entre 1939 y 1977, al comenzar la democracia. Su ejecutoria supone una auténtica infamia, de especial virulencia contra el cine por su carácter popular y masivo en aquellos años en los que significaba el principal recurso de ocio. Con la doble censura, sobre guion y a película realizada, quedaron cercenadas muchas obras en su raíz y en su desarrollo. La censura franquista no se limitó a unas cuantas anécdotas curiosas o divertidas, como ahora se citan a menudo, sino que fue un mecanismo de represión que abortó, o cuando menos confinó hasta el límite, proyectos que habrían sido fundamentales para la cultura española.

Porque a esa labor gubernamental hay que sumar la ejercida por la Iglesia, con aquellas calificaciones del 1 al 4 que lanzaba cada semana la Oficina Católica del Cine. 3 para Mayores, 3-R para Mayores con Reparos y 4 para películas consideradas nada menos que “gravemente peligrosas”, lo que si para los creyentes significaba una barrera a la hora de ir a las salas, para los no creyentes suponía un acicate irresistible… Solo ya avanzados los 50, cuando el Papa Pío XII (llamado “el Papa del Cine”) publicó la encíclica Miranda Prorsus (23), la actitud eclesiástica fue variando desde la condena rotunda que propugnase otra encíclica, la Vigilanti cura de Pio XI en 1936 (donde se aseguraba que el cine fomentaba “la relajación de las facultades mentales y las fuerzas espirituales de los espectadores”), hasta la búsqueda propuesta por Pío XII de un “film ideal” que fomentase los valores predicados por el catolicismo y que incluso dio nombre a una revista especializada española. La línea del Concilio Vaticano II, con posiciones más abiertas y tolerantes, tardaron en llegar a España, aferrada a un nacional-catolicismo que se veía ya con los días contados, pero que pugnó por sobrevivir hasta la muerte del dictador.

Tampoco en Estados Unidos se aceptó con facilidad el viento de libertad que había surgido con tanta fuerza tras el fin de la II Guerra Mundial. Allí fue el macartismo (adjetivo derivado del nombre del senador republicano Joseph McCarthy) (24) el que se impuso durante más de una década, hasta casi los años 60. La reacción en Hollywood había comenzado con el temor ante las protestas salariales y de condiciones laborales emprendidas por los trabajadores de la industria cinematográfica. El apoyo que recibieron por parte de cineastas muy diversos se volvió contra ellos, al ser acusados de pertenencia al Partido Comunista y de actuar en contra de los intereses nacionales. Fue entonces, en 1950, ya con la Guerra de Corea por medio, cuando se creó el Comité de Actividades Antiamericanas, presidido por el citado McCarthy, que fue citando a declarar a muchas personalidades conocidas, sobre todo directores, guionistas y actores.

Las productoras ejercieron entonces una auténtica “caza de brujas” a través de “listas negras” con nombres a quienes impedía trabajar en sus Estudios. Fueron frecuentes las negativas a declarar ante el Comité por parte de los conocidos como “testigos inamistosos”, en especial los guionistas y directores que integraron el grupo más combativo, los llamados Diez de Hollywood (25), varios de los cuales acabarían en la cárcel por desacato. Frente a ello se posicionó el Comité de la Primera Enmienda (formado sobre todo por famosos actrices y actores), Enmienda que proclama la libertad de expresión; y se dieron posturas honestas, como la de John Ford frente a la de Cecil B. De Mille en el Sindicato de Directores. Pero predominaron las denuncias o delaciones, entre las que destacaron las de Gary Cooper, Robert Taylor y Ronald Reagan. E incluso el gran Elia Kazan pagó una página de publicidad en el “New York Times” (26) justificando su delación contra presuntos comunistas e instando a que otros siguieran su camino…

Fue un periodo realmente oscuro y penoso para el cine norteamericano, que motivó, aparte de la cárcel para varios, el exilio a Europa de figuras de la valía de Charles Chaplin, Jules Dassin o John Berry. Y que, por ejemplo, un gran guionista, Dalton Trumbo, tuviese que firmar con diversos seudónimos que le servían de “tapadera”, incluso ganando así dos Oscar, por Vacaciones en Roma y El Bravo; y hasta, trágicamente, la “caza de brujas” quebró la vida del actor más prometedor del momento, John Garfield (27). En el país que presumía de ser tierra de libertad, el macartismo se llevó por delante toda una generación ligada al cine. La sentencia la pronunciaría Orson Welles: “Lo malo de la izquierda estadounidense es que traicionó para salvar sus piscinas. Somos pocos quienes no hemos traicionado nuestra postura, los que no hemos dado nombres de otras personas”

En Europa, mientras, se va imponiendo la actitud de defensa de la libertad de expresión, de la apuesta por la diversidad, del respeto y apoyo al creador, aunque ello no se traduzca en demasiadas facilidades económicas en su trabajo. Pervive en cada país la censura gubernamental, pero Francia ya se plantea eliminarla desde 1974, para que pase a emitir recomendaciones a los espectadores, sobre todo para los de edad infantil, solo tres años antes de que, por ejemplo, la censura gubernamental también se suprima en España, como ya hemos indicado. El cine europeo parece respirar en este nuevo clima de abierta confianza en que la relación entre las obras y su público se mueve en un terreno no conflictivo a causa de la represión, el recelo o el simple trato comercial que busca altos rendimientos de taquilla, como sucede con el cine mayoritario que llega del otro lado del Atlántico.

Pero no cesan las pretensiones de confinamiento, de silenciamiento, para las obras más libres. Y dada la desaparición o el relajamiento de las censuras gubernativas, surge entonces la práctica de denuncia de determinadas películas ante la justicia por parte de asociaciones, grupos o personas de un catolicismo ultraconservador, modo de actuar donde Italia lleva la delantera. Recordemos, en este sentido, el calvario judicial sufrido por El último tango en París (28). Igual que el film de Bertolucci, otros como Salò o los 120 días de Sodoma, de Pasolini; Marcia trionfale, de Bellochio; L’ape regina, de Ferreri, y tantas más son denunciados ante los tribunales que, como medida cautelar, prohíben su exhibición y, por tanto, su normal comercialización. Aunque finalmente, tras un largo tiempo de recursos e incluso cambios obligados en su relato o sus imágenes, quedan liberados.

Entre nosotros, esa práctica adquiere un perfil exacerbado cuando El crimen de Cuenca (29) es llevada ante la Justicia militar, con petición fiscal para su directora, Pilar Miró, de nada menos que seis años de cárcel. El caso se convierte en un “affaire” nacional que llega al Parlamento, provocando encendidas disputas políticas entre el Gobierno de la UCD y la oposición del PSOE, que logra que, mediante una reforma del Código de Justicia Militar, el asunto salga de esa jurisdicción, pase a la civil, y sea finalmente sobreseído. Pero no sin erigirse en un claro exponente de las contradicciones y tensiones múltiples que tienen su seno en el proceso de la transición política española.

Siempre sujetas las obras a unas normas legales cuya aplicación corresponde, como es lógico, a los jueces, las mayores amenazas contra la libertad de expresión en este siglo XXI provienen no ya de una Europa que se enorgullece de haberlas desterrado, como de dictaduras teocráticas como un Irán de triste actualidad, donde cineastas como Jafar Panahi (30) y Mohammad Rasoulof pasan temporadas en la cárcel o confinados en sus casas, aunque luchen siempre por seguir rodando. O de carácter político, caso de Cuba, Venezuela o Nicaragua, entre los países iberoamericanos, y la Rusia de Putin, que lleva reprimiendo cineastas desde mucho antes de su criminal invasión a Ucrania.

En todo caso, es una mala praxis de la llamada “corrección política” lo que está gravitando sobre la producción cinematográfica, en especial la norteamericana, muy lejos de aquel espíritu testimonial y comprometido de sus mejores autores de los 70. Cuando Pollack, Pakula, Mulligan, Penn, Lumet o Frankenheimer mostraban en la pantallas de todo el mundo los conflictos de una sociedad corroída por la violencia, la corrupción y la falsificación de las propias imágenes, como no había podido hacerse desde la inquisición macartista (31).

Igual que las filmografías de tantos autores decisivos de estos años, incluyendo los dos de la pandemia que los diversos sectores de la industria cinematográfica han vivido con tanta penuria y una competencia tan fuerte de las plataformas digitales, obras como estas y otras muchas que he citado en mi intervención suponen lo que Faulkner solicitaba para la escritura, que fuera “como encender una cerilla en un campo oscuro: no se ilumina todo, pero sí lo bastante para que nos demos cuenta del tamaño de la oscuridad”.

El cine, tantas veces odiado, confinado o prostituido en aras de un beneficio político o económico, posee también esa capacidad de iluminar para que comprobemos hasta qué punto nos rodea la oscuridad. O, como ha dicho el director australiano George Miller de manera similar, el cine viene a ser “esa vela tintineante en una casa a oscuras en la noche más profunda”. En ello confiamos y, si se mantiene fiel a ese principio, nunca ha sido ni será vencido por fuerzas coercitivas que busquen anularlo, destruirlo o confinarlo (32). Siempre ha salido vencedor de una pugna que quizá nunca tenga fin porque, en verdad, es un factor más de la lucha global por la democracia.

 

Claude Sautet: Un maestro de la dirección de actores

 

Fue un hombre discreto, nada egocéntrico ni pagado de sí mismo. A mitad de camino entre los cineastas que habían surgido tras la Segunda Guerra Mundial y los de la “Nouvelle Vague”, con los que nunca se identificó y que no le tuvieron entre los suyos, Claude Sautet se esforzó siempre por trazar un camino propio. También a caballo entre su fascinación por el cine negro norteamericano, que le llevaría al género policiaco (lo que los franceses llaman “polar”), y su cada vez mayor deseo de penetrar psicológicamente en sus personajes, sí hubo algo en lo que se mantuvo constante a lo largo de su carrera: la máxima dedicación hacia el trabajo de actrices y actores, lo que le convirtió en un auténtico maestro de la interpretación cinematográfica.

Valorado como autor de “una especie de radiografía del tiempo presente”, del que le tocó vivir durante la Francia de Pompidou y Giscard, especialmente en una década de los 70 que concentra casi todo lo mejor de su filmografía, Sautet fue creando un núcleo sucesivo de intérpretes que pusieron cara, ojos y cuerpo a unos caracteres burgueses que, en sus relaciones personales y a menudo eróticas, reflejan con sutileza y detallismo un mundo peculiar. Así, ya lejos del Lino Ventura que protagonizó en los 60 sus primeros pasos por el “polar” en A todo riesgo y Armas para el Caribe, fueron los Michel Piccoli, Romy Schneider, Yves Montand, Daniel Auteuil o Emmanuelle Béart quienes incorporaron esa estirpe de personajes que han caracterizado su obra.

"Las cosas de la vida" (1970)

En varias ocasiones logrando hitos fundamentales de su carrera, como en el caso de la pareja Piccoli/Schneider, cuya presencia en Las cosas de la vida catapultó el conocimiento internacional de Sautet tras el éxito del film en el Festival de Cannes de 1970. Una pareja que luego repetiría felizmente con él al año siguiente en la sombría Max y los chatarreros, mientras que solo meses después en César et Rosalie, estúpidamente llamada en España nada menos que Ella, yo y el otro, entraría Montand en el elenco. De hecho, él, Piccoli y Schneider declararon en numerosas ocasiones su admiración por Sautet, al que la actriz austriaca (que trabajó a su lado en cinco ocasiones) solo situaba por debajo de su adorado Visconti. Lástima que en nuestro país la mayoría viera esas películas dobladas, no en la versión original que permitía apreciar decisivos matices, contrapuntos e ironías.

Como es lógico, ese dominio interpretativo tenía que basarse en unos guiones y unos diálogos de gran precisión y brillantez, terreno en el que Sautet se hizo acompañar a menudo por Jean-Loup Dabadie o, después, Jacques Fieschi, como lo hizo con la fotografía de Jean Boffety. Lo cierto es que él siempre se consideró más guionista que director, terreno al que había llegado –según confesión propia– un tanto por casualidad, después de haber estudiado Escultura e iniciarse en el cine como una simple práctica profesional, mientras iba elaborando guiones propios o corrigiendo los ajenos. Pero su ayudantía con autores de la enorme valía de un Jacques Becker o un Georges Franju, con quien también colaboró en la escritura de su fundamental Ojos sin rostro, acabó conduciéndole hacia la realización. Con un primer paso, la comedia musical Bonjour Sourire!, de título paródico hacia la famosa novela de Françoise Sagan, que nunca consideró suya al haberse limitado a asumir la labor que otro director no acabó de efectuar. Sería la posterior dedicación al “polar” lo que ya consideró como algo propio.

"Vincent, François, Paul et les autres..." (1974)

Viendo hoy esas películas que Sautet creó entre 1970 y 80, donde a las ya mencionadas hay que añadir Vincent, François, Paul et les autres… (con un nuevo cretino título español, Tres amigos, sus mujeres… y los otros), Mado y Une histoire simple, que aquí conocimos como Una vida de mujer, puede entendérsele como un adelantado a su tiempo. Me explico, en esos films de relaciones triangulares e incluso corales, con dúos, tríos o grupos de amigos, se percibe una mirada del cineasta hoy de plena actualidad: el desconcierto del hombre, viviendo una serie de cambios y transformaciones en su rol social motivada por la rápida evolución de la mujer en esa década, que le convierte en un ser titubeante, inseguro, confuso. Nada más próximo a la situación de nuestros días en las relaciones entre los dos sexos.

Lo adelantaba el propio Sautet cuando se refería a que “el hombre se desestabiliza y está tentado por la autodestrucción, aunque trate siempre de ocultarlo a los demás. No sabe comportarse, sobre todo en sus relaciones con las mujeres, y traiciona a menudo sus sueños de juventud”. De ahí que rechazando lo explícito y apoyado en la observación y el matiz, su sutileza en definitiva, el autor francés vaya elaborando con discreción sus relatos, a menudo como piezas musicales que entrelazan sus notas y sus melodías hacia unas conclusiones a las que el espectador ha de llegar por sí mismo.

"Nelly y el Sr. Arnaud" (1995)

No resulta extraño, por tanto, que el documental que Nguyen Trong Binh le dedicase en 2002, dos años después de su muerte, lo titulase La magia invisible. Porque, en efecto, una cierta ilusión invisible hay en las imágenes de Sautet, que nunca participan de un realismo directo, inmediato, sino que ofrecen poco a poco las claves de unos comportamientos, unas reacciones y unas búsquedas no evidentes. Pensando siempre, además, en la necesidad de comunicación con el público, porque, decía, “nunca se hacen las cosas solo para uno, se hacen siempre en relación con alguien imaginario que las contempla en una pantalla”. Movido todo ello por una actitud calificable de “behaviorista”, de análisis del comportamiento, y en una continua tensión entre el texto que se dice y los cuerpos que lo pronuncian.

Los asistentes a la 70 edición del Festival de San Sebastián van a tener la fortuna de poder ver la filmografía casi íntegra de Claude Sautet. Será importante conocer, en especial, las opiniones de los más jóvenes, de quienes ni habían nacido cuando lo hicieron esas películas, incluso las dos últimas y espléndidas Un corazón en invierno y Nelly y el Sr. Arnaud, León de Plata a la Mejor Dirección en la Mostra de Venecia de 1992 y Premio Especial del Jurado en el Festival de Valladolid de 1995, respectivamente, además de lograr sendos Premios Cesar al Mejor Director. Dará ese nuevo público, que hoy prácticamente ha olvidado tanto a Sautet como a la gran mayoría de los nombres del “cine de autor” de la época, su plebiscito sobre esa filmografía. Me atrevo a predecir que será favorable e incluso entusiasta.


(Publicado en "El Cultural", 9-15 de septiembre de 2022).

 

 

 


Un verano de incertidumbres

 

En el paraíso cinéfilo por excelencia, Francia, nada menos que un 38% de espectadores confiesa que ha perdido el hábito de ir a las salas desde que en 2020 se inició la pandemia. Lo revela un estudio del CNC (Centre National du Cinéma, equivalente al ICAA español), alarmado al constatar la desafección del público adulto respecto a la gran pantalla, situación en la que resulta especialmente damnificado el llamado “cine de autor”. Similar proporción de desertores de las salas reconoce haberse inclinado por ver las películas en las plataformas digitales, con un 29% que dice acudir menos a los cines desde que se abonaron a ellas y un 12% que ha decidido ya no ir más. Esas plataformas que, como Netflix, ponen ahora en cuarentena su política de prestigio, renunciando a producir obras como Roma, El poder del perro o El irlandés, que han visto únicamente del 10% al 3% de sus abonados.

¿Sobrevivirán las salas de exhibición a un verano que se presenta repleto de incertidumbres? Concretamente en el caso español, muchas están planteándose si cerrar de manera temporal o definitiva (caso de los Conde Duque madrileños) y, de hecho, ya hay multisalas que solo abren en su totalidad los fines de semana. La oferta es muy superior a la demanda y se centra cada siete días en la película con la que una de las cinco multinacionales norteamericanas que operan en nuestro país (Disney, Paramount, Sony, Universal y Warner) llena hasta un millar de pantallas anhelantes de esos títulos, ya sean secuelas, adaptaciones de Marvel basadas en efectos digitales o animación infantil; o, a menudo, todo ello combinado. Turnándose de manera evidente, van sacando sus producciones, que en su primera semana de exhibición alcanzan la mitad de la recaudación global y caen el 50 o 40% en la siguiente, cuando ya surge el film de otra multinacional que se pone en cabeza del “Box Office”. La sed del público, sobre todo joven, por las novedades se ve saciada en pocos días.

Y así a lo largo de las 52 o 53 semanas que componen el calendario, estrenando la decena de grandes títulos anuales de que suele disponer cada una de estas compañías, ya sean llegados de Hollywood o las producciones españolas de mayor tirón comercial, lo que ya hemos comentado en anteriores ocasiones que genera una gravísima anomalía en nuestro “hábitat” cinematográfico. Si un viernes no lo estiman suficientemente favorable, las distribuidoras independientes pueden sacar su cabecita para colocar algún título postinero. Fueron ellas las que salvaron la continuidad de las salas cuando acabó el confinamiento y las multinacionales decidieron guardar en los cajones sus “blockbusters” hasta que pasara el chaparrón. Pero aunque todavía no se hayan alcanzado ni de lejos las cifras de 2019, se ha vuelto a la “normalidad” de un país que se siente felizmente colonizado en cuanto a imágenes, con las “multis” detentando de nuevo más de un 80% del mercado español.

En este verano de enorme calor y preocupante sequía, estén atentos a las salas que conozcan, porque quizá no vuelvan a verlas… ¡Felices vacaciones!


(Publicado en "Turia" de Valencia, julio de 2022).


Los mil y un Rohmer

 

Hubo un Director General del ICAA, a finales de los 80, que mantuvo públicamente que la solución del cine español consistía en hacer películas como las de Rohmer, de quien era entusiasta partidario. Su intención era sugerir que dadas las dificultades económicas que, como siempre, sufría entonces nuestro cine, lo adecuado era emprender films pequeños, de escaso presupuesto y equipo reducido, algo que el autor de Ma nuit chez Maud solía llevar a la práctica en la cita casi anual con sus seguidores. Pero los productores españoles se lo tomaron muy a mal, como si desde el Ministerio de Cultura se pretendiera interferir en su labor de hacer películas de mayor ambición económica y se les marcase un camino concreto para recibir las ayudas estatales. Lo que no era en absoluto cierto.

Me viene a la mente esta situación mientras leo “Cuentos de los mil y un Rohmer”, en el que Françoise Etchegaray recoge su relación de cerca de tres décadas con el cineasta, tiempo en el que participó en trece largometrajes y una decena de cortos suyos, básicamente como directora de producción pero sobre todo como “mano derecha” de Rohmer. Experiencia que trasladó a una serie de cuadernos personales, pensados en principio para legarlos a sus dos hijos como un “diario inconexo en forma de ejercicio de admiración por un creador”. Aunque finalmente se animó a sacarlo a la luz hace un par de años en Francia y ahora en España, dentro de la colección “Imprenta dinámica” que han emprendido la ECAM y la entidad de gestión de derechos audiovisuales DAMA y que ya llega a su tercera entrega.

Françoise Etchegaray, presentando su libro en la Academia de Cine

Texto por definición anecdótico e informal en su desarrollo, “Cuentos de los mil y un Rohmer” tiene el valor de ponernos en estrecho contacto con un cineasta peculiar, muy austero y de difícil carácter, nada proclive a los actos mundanos, cuyo “único objetivo en la vida” era crear: “Crear. Cada segundo debe consagrarse únicamente a la creación. Tomar el té. Hablar. Coger el autobús, el tren. Caminar a grandes pasos por los decorados de la vida. Soñar. Solo tomar la realidad para ponerla en imágenes, en voces, en sonidos, en escena. La realidad está ahí para ponerla en escena”, en palabras de Françoise Etchegaray que ha traducido muy bien al español Natalia Ruiz. Ojalá este libro sirva para que el nombre de Éric Rohmer renazca ante los jóvenes cinéfilos, para quienes está un tanto olvidado.

De mayor enjundia teórica y elaboración profesional son los dos títulos precedentes de esta recomendable iniciativa, que auspicia editorialmente la revista especializada “Caimán”. Me refiero a “En el momento del parpadeo. Una perspectiva sobre el montaje cinematográfico”, un texto ya clásico e imprescindible de Walter Murch que aquí estaba agotado; y “La caja de madera. Estudios sobre puesta en escena cinematográfica”, de Carlos Gómez y Enrique Urbizu, donde el autor de La caja 507, La vida mancha o No habrá paz para los malvados se une a la escasa nómina de cineastas de nuestro país que reflexionan en alto sobre su trabajo creativo.


(Publicado en "Turia" de Valencia, julio de 2022).


Más de medio siglo de cine europeo: Jean-Louis Trintignant

 

Jean-Louis Trintignant, en el rodaje de "Ma nuit chez Maud", de Eric Rohmer (1969)


Era un símbolo excelso del cine europeo, de ese cine que ahora se debilita y quiebra por momentos ante el incontenible empuje de las secuelas, las películas de Marvel o la pirotecnia de los efectos digitales. Un cine que supo alcanzar a amplias capas de espectadores que o bien ya han desaparecido por imperativo físico o han desertado de las salas, sustituidas por las plataformas y los cómodos sofás. Jean-Louis Trintignant supo moverse de un lado a otro del continente, trabajando sobre todo con realizadores franceses, pero también de Italia, Austria, Grecia o la mismísima España, a la que Elías Querejeta le convocó para que protagonizase en 1970 Las secretas intenciones, de Antxon (entonces, Antonio) Eceiza. Su imagen sintetizaba así la trayectoria de unas cinematografías europeas que pugnaban desde el fin de la II Guerra Mundial por transcender fronteras nacionales.

"El conformista", de Bernardo Bertolucci (1970)

¿Qué queda de todo aquello? ¿Qué le dice hoy a la gente joven el nombre de Trintignant? Probablemente poco, porque no le han visto en sus inicios de taimado marido de una Brigitte Bardot deslumbrante en Y Dios creó a la mujer, de Roger Vadim. Ni sintieron cómo se iba apoderando de él la personalidad del pícaro vitalista que interpretaba Vittorio Gassman en La escapada, bajo la batuta de un maestro de la comedia italiana como Dino Risi. Transcurría 1962, en una Italia desarrollista que se convertiría en segunda patria del actor, porque en ella encarnó alguno de sus personajes más memorables, entre ellos y además de ese Roberto de La escapada que le dio fama mundial, el Marcello de El conformista, aquel joven fascista con el que, basándose en Moravia, Bernardo Bertolucci deslumbraría en 1970. Años antes Valerio Zurlini ya había recurrido a él en Verano violento y volvería a reclamarle para El desierto de los tártaros, igual que Luigi Comencini para La mujer del domingo y, en especial, Ettore Scola, a cuyo lado estaría hasta en tres ocasiones consecutivas, en La terraza, Entre el amor y la muerte y La noche de Varennes.

"Z", de Costa-Gavras (1969)

Siguiendo la filmografía de Trintignant destaca, en especial, su adscripción al mejor cine que se hacía en el continente, por alejados entre sí que fueran sus personajes. Difícil resulta encontrar una ilación entre el sereno y profundo conversador que Eric Rohmer situaba en Ma nuit chez Maud y el honesto juez de instrucción del asesinato de un político progresista por parte de la dictadura militar griega en Z, de Costa-Gavras, ambas realizadas en el mismo 1969. Porque en esa distancia, asumida como algo inherente al trabajo interpretativo, hallamos la clave de su talento, la de ajustarse como un guante a sus papeles, ofreciéndoles la máxima credibilidad a través de su cuerpo, su mirada y su voz, esa voz tantas veces solo susurrante, con el mínimo divismo en su actuación. Tímido por naturaleza, Trintignant jamás buscaba estar por encima de esos personajes, sino al servicio de ellos con un generoso esfuerzo que le situaba, según sus propias palabras, “lejos de toda exageración”. Tan distante de una fama que le abrumaba y que siempre rehuyó, sobre todo en sus últimos años, no parece extraño que cuando le preguntaban por su hipotética reencarnación, se imaginase renacido en un pequeño insecto…

"Un hombre y una mujer", de Claude Lelouch (1966)

No estuvo demasiado cerca de los nombres señeros de la Nouvelle Vague, aunque por generación figurase entre ellos. En todo caso, con el citado Rohmer, con Chabrol en Las ciervas, con un Truffaut ya muy enfermo en su última película, Vivamente el domingo, o con un epígono del grupo como Claude Lelouch, que le había regalado en 1966 el enorme éxito de Un hombre y una mujer, donde daba rienda suelta a una pasión automovilística que había heredado de su familia. Además de, por supuesto, trabajar a menudo con la que sería su mujer entre 1960 y 1976, Nadine Trintignant, que le insufló el deseo de dirigir, lo que llevó a cabo en Un día bien aprovechado, de 1972, y Le Maître-nageur, seis años después. Con Nadine tuvo tres hijos, entre ellos la actriz Marie Trintignant, salvajemente golpeada hasta la muerte por su pareja, el cantante de rock Bertrand Cantat.

"Tres colores: Rojo", de Krzysztof  Kieslowski (1994)

Siempre dijo Jean-Louis que aquel trágico día de la agresión machista a su hija en 2003 también él había comenzado a morir… De hecho, se había ido retirando poco a poco de la interpretación, aunque sí supo escuchar la llamada de maestros como Krzysztof Kieslowski para ser el juez retirado de Rojo, el film que cerraba la trilogía Tres colores, que completaban Azul y Blanco; o de Michael Haneke para que incorporase en Amor al marido de una Emmanuelle Riva a quien se le escapaba sin remedio la vida. Genial actuación que supuso prácticamente, en 2012, el adiós de Trintignant.

"Amour", de Michael Haneke (2012)

Repitió, sí, con Haneke en Happy End, cuya fría recepción por el Festival de Cannes de 2017 vivió en una rueda de prensa donde anunció con firmeza que lo dejaba definitivamente. Su posterior presencia inmóvil, casi ciego y con apenas habla en el asilo de Los años más bellos de una vida, donde le visitaba aquella amante Anouk Aimée de Un hombre y una mujer más de medio siglo después, solo era el patente testimonio de un declive que, a los 91 años, ya ha llegado a su fin.


(Publicado en la edición digital de "El Cultural", 18 de junio de 2022).

 


Bardem, más allá del tópico

 

Se van sucediendo diversos actos que nos recuerdan a Juan Antonio Bardem en el Centenario de su nacimiento el 2 de junio de 1922. Precisamente en ese día de un siglo después se presentaba en Filmoteca Española la ficción sonora “Regreso a la Calle Mayor”, realizada por Radio Nacional sobre un guion que él no pudo llevar a la pantalla por falta de financiación y que abría una completa retrospectiva que durará hasta agosto. Al mismo tiempo, en la Academia de Cine y junto a la proyección de Muerte de un ciclista, Diego Sabanés y Jorge Castillejo analizaban la media docena de represivos informes de Censura que la película tuvo que sufrir. Y la Cineteca madrileña ofrecía el preestreno de Juan Antonio Bardem. Vitalista militante, un buen documental de Alberto Bermejo y Daniel Herranz que, sobre todo, tiene la virtud de estar “conducido” por el propio Bardem a través de las entrevistas con él que conserva el archivo de TVE. Formando parte del espacio “Imprescindibles”, la 2 lo emitió el pasado domingo 5, dos días después del programa doble televisivo con la citada Muerte de un ciclista y la imperecedera Calle Mayor en “Historia de nuestro cine”.

Todas estas celebraciones están muy bien, son justas y necesarias, y todavía vendrán algunas otras como la anunciada por el Festival de Valladolid o Cursos de Verano tipo el de Aranda de Duero, donde Bardem rodase la fundamental Nunca pasa nada. Pero me temo que no poseen la dimensión mucho más amplia que adquirieron, por ejemplo, las dedicadas el pasado año a Berlanga. El desdén hacia el cineasta madrileño por parte de las autoridades de su ciudad, tanto en el ámbito autonómico como en el municipal, ambos regidos por el PP, impiden ese mayor alcance, sin duda por la pertenencia de Bardem al Partido Comunista, algo que parece ya superado por el conjunto de la sociedad española pero no por ciertos políticos.

Militancia personal en el PCE que se repite una y otra vez en estos actos conmemorativos. No veo yo tanta insistencia cuando se habla de otros autores y su hipotética filiación a cualquier partido, pero el comunismo sigue teniendo un peso especial entre nosotros. De ahí que, por encima de cualquier otro ingrediente, deseo que el Centenario de Bardem sirva para alejarle de los tópicos que siempre han rodeado su obra y que se le analice como a cualquier otro cineasta. Que seamos, en definitiva, capaces de abordar su decisiva aportación a nuestro cine, la valentía de su temática y el estilo que se empeñó en desarrollar en sus títulos más personales, filmados con maestría técnica y expresiva.

Acompañado por su hijo Miguel y su hermana Pilar, Bardem con el Goya de Honor de 2002

A cambio de ello, se repite incesantemente su pentagrama en las Conversaciones de Salamanca, se someten sus imágenes a un filtro partidista y se le quiere convertir casi en propagandista de unas determinadas ideas. Un profundo error, porque es cierto que Bardem anhelaba ese “cine social, crítico y comprometido con su tiempo” por el que siempre luchó, pero no desde el panfleto, sino desde la gran capacidad creativa de quien –en plena ceremonia de los Goya de 2002– acabó rogando que alguien quisiera producirle una película… Se nos debería caer la cara de vergüenza.


(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2022).


Cannes 2022: Cuando nada de lo humano es ajeno

 


La diferencia entre los grandes cineastas y los que no lo son radica, además de la pertenencia de un estilo propio, en la calidad de su mirada sobre aquella parcela de realidad que pretenden hacer llegar al espectador. Ya sea desde los ámbitos de la ficción imaginada o de la que se basa en datos auténticos, tanto da, lo que importa es la valía humana de su creación. Así lo han demostrado en la 75 edición del Festival de Cannes varios de los autores que llegaron durante la recta final del certamen. Me refiero a Jean-Pierre y Luc Dardenne con Tori et Lokita, a Hirokazu Kore-eda con Broker y, junto a estos reconocidos maestros, un joven realizador que mostraba su segundo largometraje: Lukas Dhont con Close.

Frente a lo que tantas veces se afirma, no es de la entidad de un tema de lo que nace una película importante. Sí, respectivamente, los Dardenne nos hablan del drama de los inmigrantes sin papeles en un país europeo como Bélgica. Y el japonés Kore-eda se traslada hasta Corea para referirse al comercio de niños abandonados por sus madres y susceptibles de ser adoptados mediante una fuerte cantidad de dinero. Y el también belga Dhont, que con Girl ya destacase fuertemente hace cuatro años en la sección paralela Un Certain Regard, se centra en la amistad de dos adolescentes sometidos a una terrible situación. Asuntos importantes, sin duda, pero de lo que deriva la calidad de estas obras es de cómo las comunican sus autores, de la actitud humanista que adoptan ante sus historias, de la emoción y el noble sentimiento que destilan sus imágenes.

Creo que esto es lo que constituye su potencia creativa y lo que llevó al Jurado internacional presidido por el actor francés Vincent Lindon a incluirlas de manera destacada en su palmarés: Tori et Lokita con el Premio Especial 75 Aniversario, equivalente al que se otorgó a Muerte en Venecia con motivo del Aniversario de medio siglo antes; Broker, eligiendo a su protagonista, Song Kang-ho, a quien conocimos sobre todo en Parásitos, como Mejor Actor; y Close mediante un muy justo Gran Premio del Jurado que, lástima, tuvo que compartir con la penosa Stars at Noon, de Claire Denis, en una decisión inexplicable.

Pero a la hora de discernir la Palma de Oro de 2022 los nueve jurados se encaminaron, por una vez, hacia la comedia al otorgársela a la muy divertida (al menos, en sus dos primeros tercios) y fuertemente crítica Triangle of Sadness, de Ruben Östlund, quien conseguía así por segunda vez el máximo galardón, tras obtenerlo cinco años atrás con The Square. Podrá negársele al cineasta sueco algunas virtudes o reprocharle un humor en ocasiones demasiado grueso, pero nadie podrá discutirle su dominio a la hora de mostrar la estupidez de unos seres y de una época donde crece sin cesar la superficialidad y la apariencia. La forma en que los asistentes al Festival, que nos son unos cualquieras, recibieron entre carcajadas y aplausos este Triangle of Sadness indica que el objetivo de Östlund al retratar la estulticia humana había llegado a su objetivo.

Ha sido este 75 Cannes, donde recuperaba sus fechas y sus circunstancias más reconocibles, una edición que ha contado con una Sección Oficial de buen tono medio, mientras que las muestras paralelas palidecían ante el ánimo invasor de su hermana mayor. Aunque haya que tener mayor perspectiva para apreciarlo debidamente, no ha habido descubrimientos extraordinarios, sino confirmación de unos autores que ya contaban con crédito suficiente o habían ido destacando en esas secciones paralelas, como el propio Albert Serra de la muy típicamente suya Pacifiction. Igual que todo en la vida, también el primer Festival del mundo precisa de una cierta renovación que abra nuevos horizontes, distintas perspectivas.

Porque la amenaza está ahí, como se abordó a diversos niveles teóricos y estadísticos en el propio certamen: la inquietud ante el fuerte descenso de espectadores en las salas tras la pandemia. Esa imagen de El show de Truman que figuraba en el sugestivo cartel de la 75 edición, la de Jim Carrey subiendo esforzadamente por la escalera celeste junto a un muro de nubes quizá infranqueable, parece simbolizar el potente desafío al que hoy se enfrenta el cine tal como lo conocemos.


(Publicado en "Turia" de Valencia, 3 de junio de 2022).