Jonathan Glazer muestra la otra cara del Holocausto

 

"The Zone of Interest", de Jonathan Glazer

Una familia burguesa se baña en un bonito río, sin duda para mitigar el calor veraniego. Se diría, por la ropa y los bañadores, que estamos a comienzos de los años 40. La familia vuelve tranquilamente por un bosque hasta su casa, una mansión ya algo antigua pero espaciosa y rodeada por un amplio jardín muy cuidado. Todo parece de la más absoluta normalidad. Pero, ¿qué es lo que vemos al borde de ese jardín? Sin duda, es un sólido muro que lo separa con firmeza de algo que hay al otro lado. Pero es que, además, si nos fijamos, hay una alta torre de vigilancia. Y de tiempo en tiempo, una densa columna de humo sale de una gran chimenea oscureciendo el cielo… Sí, estamos en los aledaños del campo de concentración de Auschwitz, y más concretamente en la residencia del comandante del centro de exterminio, que se aloja allí con su mujer y sus hijos.

Profundamente perturbadora desde una aparente frialdad, ‘The Zone of Interest’, cuarto largometraje del cineasta británico Jonathan Glazer y al que pertenecen esas imágenes iniciales, está llamada a ser una de las películas del Festival de este año, sin duda la que más hasta el momento. Porque contemplar la vida cotidiana de quienes, sin el más mínimo reparo ético o moral, se hallan a escasos metros de miles de personas a las que mandan al crematorio todos los días, determina en el espectador un verdadero ejercicio de repulsión hacia tal inhumanidad. Los problemas de esta familia de represores son los de cualquiera de su nivel económico, que si tratar de mejorar en la carrera profesional, disfrutar de las relaciones con los más cercanos, arreglar las flores y, en general, toda la casa, nada inhabitual.

Lo diferente está al otro lado de los muros, el campo donde se extermina a millares de personas, a las que el film nunca muestra, en un ejercicio de brutalidad planificada hasta el más mínimo detalle y ejecutada con la sobriedad funcionarial que ya conocemos, desde Hannah Arendt, como “la banalidad del mal”. Planificación que, al abordar la nueva deportación de judíos húngaros, también queda patente en la reunión al máximo nivel de la parte final de ‘The Zone of Interest’, basada en la novela de Martin Amis que entre nosotros fuese editado por Anagrama en 2015.

"Rosalie", de Stéphanie di Giusto

Signo muy distinto tiene ‘Rosalie’, la buena sorpresa de la sección paralela Un Certain Regard de la que ayer les prometí hablar en esta crónica. La no fácil vida de lo que comúnmente se conocía como una “mujer barbuda”, pero cuyo pelo se extendía a otras varias zonas de su cuerpo, es narrada en la película con sensibilidad y buen pulso en la segunda película de la directora francesa Stéphanie di Giusto. Se desarrolla el film en un aldea a la que en 1870 llega esta mujer, muy bien interpretada por Nadia Tereszkiewicz, por un matrimonio de conveniencia con un soldado que sufre graves secuelas tras ser herido en la guerra. La forma en que ese personaje femenino, Rosalie, va ganándose al pueblo, salvo alguna excepción malévola, hasta convertir la pobre taberna de su marido en un lugar de encuentro para los vecinos, determina el encanto de una película que, quitando alguna debilidad de guion y ciertos subrayados primerizos, posee un delicado y peculiar atractivo.

Otra mujer que no se acomoda a lo que los demás piensan de ella protagoniza ‘Creatura’, también un segundo largometraje, en este caso de la actriz y directora Elena Martín, que se diera a conocer hace cinco años con su ‘Júlia ist’ y que –al margen del mediometraje de Almodóvar– supone la primera participación española en esta edición de Cannes, concretamente en la ahora llamada Quincena de Cineastas. Bien recibida en su pase matinal, ‘Creatura’ nos habla de la intensa sexualidad de una mujer que no es entendida, cuando niña y adolescente, por sus padres ni más adelante por su pareja, con la que nunca llega a hacer el amor satisfactoriamente, lo que le causa un continuo estrés que desde la infancia se manifiesta en erupciones cutáneas por diversas partes del cuerpo. ‘Creatura’ supone un considerable ejercicio de introspección sobre un personaje femenino, realizado desde la doble intensa faceta de Elena Martín delante y detrás de la cámara.


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 20 de mayo de 2023).


Indiana Jones, a ritmo de videojuego

 

En el cine clásico del género, las secuencias de acción aparecían cada cierto tiempo, motivadas por el desarrollo de la trama. Posiblemente debido a la influencia del cine de animación más comercial e infantilizado, pasaron a ser mucho más frecuentes. Hasta que ahora cualquier película de este estilo adopta el ritmo de los videojuegos, con una vertiginosa e incesante acción que pretende dejar sin respiro al espectador. Es justo lo que sucede con ‘Indiana Jones and the Dial of Destiny’, quinta entrega de la franquicia que Steven Spielberg y George Lucas han pasado a un menos valioso James Mangold, cuyo principal trabajo hasta ahora era ‘Logan’ en 2017.

"Indiana Jones and the Dial of Destiny", de James Mangold 

No se detiene un minuto la nueva aventura del arqueólogo más famoso del cine. Y es ese no descansar el principal lastre de esta búsqueda del disco o cuadrante de Arquímedes, capaz de retrotraernos en el tiempo, y que su creador dejó partido en dos para que no cayera en malas manos. Claro que al principio parece que el objeto anhelado es la lanza de Longinos, la que hirió el costado de Cristo y que Hitler deseaba poseer por encima de cualquier otro tesoro, quizá por haberse quedado sin aquella Arca Perdida que también le arrebató Indiana Jones. Pero no nos liemos, porque no es precisamente contar bien una historia lo que de verdad interesa a los responsables de esta dicen que última entrega.

Lo suyo es dar a aquello mucha marcha, con una especie de prólogo de veinte minutos donde vemos a un Harrison Ford con el rostro rejuvenecido digitalmente (aunque está bien logrado, da un poco de grima, la verdad) volviendo a luchar con los nazis en 1944. Y, en ese sentido vertiginoso, destaca con fuerza una persecución entre dos “toc-tocs” por las calles de Tánger, ya en el 1969 en el que sucede la mayor parte de la película, entre celebraciones del éxito espacial por la llegada del hombre a la Luna. Las secuencias semifinales –las más sugerentes e inventivas– y un cierre sentimentaloide me los callaré para no fastidiar a los espectadores que sin duda irán en masa a ver este nuevo ‘Indiana Jones’ y amortizarán de sobra su presupuesto de cerca de 300 millones de dólares.

Avisemos prudentemente de que la inclemente música de John Williams, con diversas variantes de sus pasajes más conocidos para la serie, puede causar serios dolores de cabeza y de que no esperen ver demasiado a Antonio Banderas en el film, ya que tiene un papel casi episódico de pescador español experto en inmersiones. Los infinitos títulos finales, sin la esperable sorpresa de agradecimiento, confirman que los miles de profesionales que han intervenido en la película, sobre todo en el aspecto digital, casi no caben ni siquiera en el Bernabéu… Hay exito de taquilla asegurado.

"Black Flies", de Jean-Stéphane Sauvaire

No creo que, para nada, lo obtenga ‘Black Flies’, del realizador francés afincado en Estados Unidos Jean-Stéphane Sauvaire y protagonizada por Sean Penn, ya que sus imágenes no son precisamente agradables. Los dramáticos servicios que tiene que efectuar una pareja de enfermeros que llevan una ambulancia por zonas pobres de Nueva York, revela aspectos muy negros de una metrópolis tan variopinta y conflictiva como esta. El típico esquema, utilizado sobre todo por el cine policiaco, de relación laboral y amistad final de hombre experto que comparte una difícil labor con otro que acaba de llegar al oficio, queda aquí ligeramente matizado por la difícil psicología de ambos y la sensibilidad del más joven, que coprotagoniza Tye Sheridan. Personaje al que afecta cada vez más el encontrarse con terribles casos, en los que –se nos dice– las moscas siempre localizan a los muertos antes que nadie. De ahí el título de una película a la que sobra efectismo y grandilocuencia, razón por la que creo que ha sido mal recibida en Cannes.

Y déjenme avanzarles una estupenda sorpresa, proveniente de la sección paralela Un Certain Regard: ‘Rosalie’, de la francesa Stephanie di Giusto. Como, con su implacable látigo, Indiana Jones se ha apoderado de la mayoría del espacio de esta crónica, se lo cuento mañana.


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 19 de mayo de 2023).


Cannes se fija en las relaciones maternofiliales

 

Aunque con corrientes de fondo, las películas de Hirokazu Kore-eda han sido siempre transparentes, diáfanas, de narración sencilla y a menudo emotiva. No es el caso de su última obra, ‘Monster’, más cerebral y donde utiliza el recurso que en su día popularizó un colega suyo, Akira Kurosawa: el llamado método ‘Rashomon’, donde un mismo hecho es contemplado desde perspectivas diferentes (cuatro en aquel caso, tres ahora), de tal forma que una determinada realidad surja de esas diversas miradas y experiencias. Así sucede en este ‘Monster’ de Kore-eda que llega cuando todavía tenemos muy reciente su ‘Broker’ del pasado año, con la que el coreano Song Kang-ho obtuvo el Premio al Mejor Actor.

"Monster", de Hirokazu Kore-eda

Quizá las diferencias provengan de que en este caso el gran cineasta japonés no parte de un guion propio, sino de Yuh Sakamoto, aunque por supuesto no faltan los personajes infantiles o adolescentes ni las familias más o menos estructuradas, algo consustancial a su obra. Pero en este caso, a partir del posible acoso de un escolar por parte de su profesor, narrado desde el subjetivismo de la madre del crío, del citado profesor de instituto y del propio niño, son otras las cuestiones casi filosóficas que preocupan al autor de ‘Un asunto de familia’, justa Palma de Oro para Kore-eda en 2018. Cuestiones que se refieren a la posibilidad de llegar a la verdad, del poder de las apariencias que no siempre responden a lo sucedido, de la capacidad de engaño y autoengaño que puede darse en el ser humano…

Temas de primera magnitud que van desarrollándose a lo largo de las tres partes del film, aunque imbricadas en ocasiones unas con otras, con especial valía en el caso de la madre viuda que intenta saber a toda costa el motivo de que a su hijo le haya acusado su maestro de haber cambiado su cabeza por “otra de cerdo”, lo que ha traumatizado al pequeño, hasta la amistad de este hacia un pequeño compañero que es víctima de “bullying”. Con él emprenderá una luminosa relación de amistad en la parte final de ‘Monster’ que supone su mejor atractivo y da sentido global a la película.

"Le retour", de Catherine Corsini

También son las relaciones maternofiliales, tan a menudo difíciles y problemáticas, las que centran ‘Le retour’, de Catherine Corsini, pero bajo unas premisas de muchísimo menor calado. La historia de la cuidadora de niños que vuelve a Córcega, donde se había casado y vivido, para seguir con la familia “progre” para la que trabaja en París, pero ahora en compañía de sus bastante insoportables hijas adolescentes, no va más allá de un relato naturalista envuelto en reencuentros bastante forzados, bonitas playas, bailes, ligues y demás dosis veraniegas. También, como en ‘Monster’, la madre es viuda y no se entiende nada bien con sus hijas, en principio con la pequeña de 15 años, hasta que se distancia también de la de 17 cuando mantiene una relación lésbica y conoce a una abuela que su progenitora le había ocultado. Pero ya se sabe que madre no hay más que una, que la familia está por encima de todo y que el verano acaba pasando con la fugacidad de una nube pasajera…

Curiosamente, ‘Le retour’ había sido seleccionada con tiempo por Cannes, pero luego el Festival le retiró la invitación a causa de los rumores de que sus protagonistas femeninas, dos chicas menores negras igual que su madre, habían sufrido acoso durante el rodaje para ser obligadas a filmar sus escenas eróticas. El Consejo de Administración del certamen retuvo su invitación hasta “saber más sobre esta situación” pero, basándose sobre todo en los testimonios de las jóvenes actrices, acabó por invitarla de nuevo. Y ‘Le retour’ no solo regresó a Córcega sino con todos los honores a la Competición oficial del Festival. Tampoco creo que los hermanos Lumière se hubieran revuelto en su tumba de no haberlo hecho.


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 18 de mayo de 2023).

 

Cannes apuesta sobre seguro

 

Cartel y alfombra roja de la 76 edición del Festival de Cannes

Contar con nada menos que cinco ganadores de la Palma de Oro entre los cineastas cuyos veintiún largometrajes entran en competición dentro de la Sección Oficial, indica que la actual edición del Festival de Cannes juega sobre seguro. Efectivamente, Ken Loach (por partida doble), Wim Wenders, Nanni Moretti, Nuri Bilge Ceylan e Hirokazu Kore-eda ya han obtenido el máximo galardón de Cannes, lo que no les impide concursar ahora de nuevo. Si a ellos unimos otros nombres anteriormente premiados, como Marco Bellocchio, Aki Kaurismäki, Todd Haynes, Tran Anh Hung o Alice Rohrwacher, comprobaremos hasta qué punto el Festival se apoya en grandes autores para su 67 edición. Con un Jurado internacional encabezado por un Ruben Östlund también ganador de la Palma en dos ocasiones, la última el mismísimo año pasado con El triángulo de la tristeza, y en el que figura asimismo otra triunfadora, la francesa Julia Ducournau, que obtuviese en el Cannes veraniego de 2021 la injusta recompensa dorada por su Titane.

En tiempos de tantas dudas sobre el porvenir del cine en las salas, el primer Festival del mundo parece, por tanto, querer aportar serenidad con el apoyo de auténticos referentes de su trayectoria. Realizadores veteranos, desde los 87 años de Loach hasta los 66 de Kaurismaki, a los que habría que añadir algunos que figuran en muestras paralelas dentro de la Selección Oficial, como Martín Scorsese y sus 80 años, los mismos de Harrison Ford, con las películas quizá más esperadas del certamen (Killers of the Flower Moon, de casi tres horas y media de duración, y la quinta entrega de Indiana Jones) o Takeshi Kitano, con 76. Hay sí, algunos debutantes, pero por lo general en las secciones paralelas, Un Certain Regard, la Quincena de Cineastas –que, para ser más inclusivos, ha cambiado de nombre desde el anterior Quincena de Realizadores– y la Semana de la Crítica. También resulta destacable que en la Competición Oficial haya siete directoras, signo de los tiempos que por fortuna corren, lo que significa hasta un tercio de dicha sección.

Igualmente, son dos nombres de la veteranía de Víctor Erice y Pedro Almodóvar, con tan solo una década de diferencia de edad entre ellos, de 83 a 73, los encargados de representar a nuestro país entre los elegidos por el Comité de Selección, aunque ambos fuera de concurso. Sin duda, el tan esperado regreso de Erice con Cerrar los ojos supone un acontecimiento para el cine español e incluso internacional. Mientras que Almodóvar muestra un mediometraje de 31 minutos, Extraña forma de vida, financiado por la división cinematográfica de la firma Yves Saint-Laurent, donde muestra una historia de amor “gay” en un ambiente de “western”, al estilo de Brokeback Mountain. La escasa gente joven de nuestro cine la hallamos en la Quincena gracias a la directora y actriz Elena Martín, con su Creatura; y los cortos Aunque es de noche, de Guillermo García López, en la Sección Oficial de este formato; Contadores, de Irati Gorostidi, en la Semana de la Crítica, y la práctica de la Escuela de Cine de Catalunya (ESCAC) Trenc d’Alba, de Anna Llargués, en La Cinef, muestra dedicada a los centros de enseñanza.

"Jeanne Du Barry", de Maïwenn 

Toda esta ingente marea de películas, cineastas, “estrellas” y demás parafernalia cannesina ha comenzado, mal, con Jeanne Du Barry, de Maïwenn, directora y actriz famosa en Francia y “mimada” por Cannes, donde se han mostrado varios de sus seis trabajos tras la cámara, pero escasamente conocida fuera de sus fronteras. Sorprende ver aquí una obra tan antigua como esta, en todos los sentidos de la palabra, desde su inspiración ideológica hasta su propuesta estética, pasando por una interpretación dominada por la nada atractiva pareja que forman la citada Maïwenn y Johnny Depp como el penúltimo rey de la decadente Monarquía gala. La historia de amor entre Luis XV y la cortesana que da título al film y que pronto sería su favorita, envuelta en mucho “lujo y esplendor” y una incesante música grandilocuente, solo interesa por detalles de los usos y costumbres de una estúpida y esclerotizada Corte que quedaría felizmente barrida por la Revolución de 1789.

La elección de Jeanne Du Barry para abrir la edición de 2023, tras una protocolaria ceremonia inaugural que contenía la entrega de la Palma de Oro de Honor a Michael Douglas, consuma la preferencia hacia títulos franceses nada convincentes para esa apertura oficial que en otras épocas estuvo casi reservada al film más reciente de Woody Allen. Tiempos felices aquellos…

Michael Douglas, con su Palma de Oro de Honor


(Publicado en "Turia" de Valencia, 19 de mayo de 2023).


76 Festival de Cannes: En tiempos de desolación, nunca hacer mudanza

 


El Festival Cannes parece haberse retrotraído este año hasta la Quinta Regla de los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola, cuando afirmaba que “en tiempos de desolación nunca hacer mudanza, más estar firme y constante en los propósitos y determinación”… Así puede entenderse que en un momento en que la asistencia al cine está tan cuestionada debido, básicamente, a la popularización de las plataformas tras la pandemia, se haya lanzado a un programa como el de la 76 edición, tan repleto de grandes nombres. Es como si el primer certamen del mundo quisiera mandar un mensaje de sosiego: no os preocupéis que mientras creadores como los que hemos incluido este año continúen haciendo películas, el futuro del cine está asegurado. Pero no solo el más personal, el de autor, porque también tenemos títulos como nada menos que la quinta entrega de ‘Indiana Jones’ para venir al rescate de las taquillas. Tranquilos.

Porque ya no es solo que que cinco ganadores de la Palma de Oro vuelvan a competir este año, caso de Ken Loach (que la ha obtenido en dos ocasiones), Nanni Moretti, Hirokazu Kore-eda, Nuri Bilge Ceylan y Wim Wenders, sino que otros apellidos bien ilustres vienen al auxilio: Scorsese, Bellocchio, Kaurismaki, Todd Haynes o un casi desaparecido Tran Anh Hung, entre muchos otros. Junto a ellos, dos ilustres españoles, Víctor Erice, cuyo regreso a nuestro cine con ‘Cerrar los ojos’ supone una noticia de primer orden; y Pedro Almodóvar, que ha presentado en sesión única su mediometraje ‘Extraña forma de vida’, financiado por la firma Yves Saint-Laurent, relato de una pasión homosexual en un ambiente de “western”, con el que el autor manchego parece resarcirse mínimamente de no rodar en su día ‘Brokeback Mountain’, de tema muy similar.

Sin duda, estos cineastas, en su mayoría muy veteranos, dentro de un arco de edad que encabezan los 83 años de Loach, son los “encargados” de aportar un poco de serenidad a este momento tormentoso, de dudas e interrogantes que se plantean ante la gran pantalla. No es que no haya también jóvenes debutantes, sobre todo en las secciones paralelas a la Oficial y que suelen servir como escalera de acceso a ella, pero de manera muy escasa en la Competición, dentro de la que concurren 21 largometrajes. Con nota especialmente alta para la presencia de directoras, con un tercio de ese total que lleva firma femenina, en una especie de ejercicio de expiación que Cannes pretende llevar a cabo.

Así pues, es a los “clásicos” y a las cineastas a quienes el Festival encomienda su alma en 2023, por decirlo en esos términos religiosos que venimos empleando. Aunque podría haberlo hecho mejor que con ‘Jeanne du Barry’, un film inaugural nada satisfactorio que cuenta la historia de amor entre la cortesana de ese nombre (interpretada por la propia directora, Maiwenn) y un rey Luis XV con los irritantes trazos de Johnny Depp, actor que tanto gusta a los responsables de determinados Festivales. “Lujo y esplendor” versallescos, música tan nutrida como la figuración cortesana, y un tufo a reivindicación de aquella Monarquía en decadencia y a la que no le faltaba mucho para que la Revolución de 1789 la llevase a la guillotina.

"Le procès Goldman", de Cédric Kahn 

Más digno de ser tenido en cuenta ha sido el comienzo de la antes llamada Quincena de los Realizadores, ahora Quincena de Cineastas en pro del lenguaje inclusivo, con ‘Le procès Goldman’, de Cédric Kahn. Un film judicial puro y duro, con solo una secuencia inicial que no se celebre en el espacio del tribunal donde se dirimía en 1976 el segundo proceso contra Pierre Goldman, activista de izquierdas al que se acusaba –según él solo por antisemitismo y xenofobia– de un doble crimen en el atraco a una farmacia. Siempre quedaron dudas ante el veredicto final de inocencia, sobre todo cuando Goldman murió pocos años después en misteriosas circunstancias.


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 17 de mayo de 2023).


En busca de Johannes Bernhardt


Presentación del Premio Muñoz Suay, de la Academia de Cine, correspondiente a los libros sobre cine español publicados durante 2021.



Como es bien sabido, la Historia del cine español está plagada de paradojas y contradicciones. Y no es la menor de ellas que con el dinero nazi se pagasen una serie de películas realizadas por cineastas que no lo eran precisamente, como Edgar Neville, Luis Escobar, Arturo Ruiz Castillo, Antonio del Amo o Manuel Mur Oti, además de contar con el músico Jesús García Leoz o el director de fotografía Juan Mariné, buena parte de los cuales eran de ideas republicanas o que, al menos, no se sentían a gusto con el brutal franquismo de la posguerra. Y junto a las obras producidas entre 1947 y 1951 por Sagitario Films, de Cuatro mujeres a La canción de la Malibrán, pasando por El señor Esteve o Un hombre va por el camino, con esos marcos hitlerianos también se pagaron la distribuidora Europa Films o los Estudios Cinearte, donde se rodaron numerosas películas de la época.

A esa paradoja, a esa contradicción, dedica su libro Santiago Aguilar, que lleva el título de la productora y el expresivo subtítulo de Oro nazi para el cine español y que ha editado Shangrila. En la motivación del Premio Muñoz Suay correspondiente a los volúmenes editados en 2021, otorgado por unanimidad, ya se definían sus méritos, “por el rigor en la investigación de una empresa y de un productor hasta ahora no suficientemente estudiados y que, en cambio, son muy significativos del contexto histórico de una época y de las relaciones entre el franquismo y la Alemania nazi”.

Porque, como suele suceder, detrás de empresas así, existe un personaje, en este caso llamado Johannes Bernhardt, uno de los más peculiares productores (y ya es decir, con la fauna que ha poblado el cine español) que haya ejercido el oficio entre nosotros. Nazi convencido, amigo personal de Hitler, o así lo proclamaba, que negoció la ayuda militar alemana durante la Guerra Civil, y, a cambio de la deuda generada por ella, intermedió en cuantas exportaciones se encaminaron hacia Berlín al estallar la II Guerra Mundial. Sobre todo respecto al wolframio que encerraban las minas gallegas y bercianas y que para la industria armamentística resultaba imprescindible.

En este personaje semidesconocido se centra el trabajo de Santiago Aguilar. De Bernhardt apenas teníamos noticia más que en el Diccionario del Cine Español dirigido por José Luis Borau y, con mayor amplitud, en la exhaustiva e imprescindible recopilación que de la producción y los productores españoles hicieron en 2008 Esteve Riambau y Mirito Torreiro. Pero ahora, gracias al libro premiado, conocemos mucho mejor a un tipo que parece nacido de las mejores narraciones sobre tiempos bélicos o de guerra fría, alguien que habría merecido en la ficción novelistas como Graham Greene o John Le Carré. Sobre él, ejerce Santiago Aguilar esa fusión tan difícil de lograr y que sin duda es marca de la casa, cuando trabaja en solitario y cuando lo hace con su compañero Felipe Cabrerizo: una simbiosis enormemente difícil, pero que resulta sencilla para el lector (igual que sucede con toda obra de valía), entre la documentación rigurosa y analítica y la amenidad a la hora de desarrollarla en un relato que siempre acaba siendo apasionante.

En su búsqueda, Santiago Aguilar ha acudido a decenas de fuentes documentales, entre ellas norteamericanas y alemanas, además de, lógicamente, las españolas. Sabido es hasta qué punto nuestro país se convirtió en refugio de nazis que habían perdido la guerra y que escapaban de la represión aliada. Y que posteriormente muchos se encaminaron hacia diversas naciones latinoamericanas, de manera fundamental Argentina, entre ellos el propio Berhardt, que cruzó el Atlántico en 1951 con su mujer, nacida en ese país, motivado por el mal resultado económico de varios de sus negocios y de legislaciones financieras y políticas que iban cercándole cada vez más. Se desvanecía así la figura de un personaje que cabe imaginar salido de las sombras y las cloacas como el Orson Welles de El tercer hombre, al tiempo que alternaba en aquellos hoteles, restaurantes y cafés madrileños (que reflejase Pilar Miró en Tu nombre envenena mis sueños), repletos de espías nazis y británicos en años donde España se jugaba su futuro, sobre todo por la lucha para que los aliados acabasen con Franco, lo que nunca sucedió sino todo lo contrario.

Santiago Aguilar, autor del libro sobre Sagitario Films

Enhorabuena a Santiago Aguilar por haber creado este Sagitario Films. Oro nazi para el cine español, que recomiendo vivamente a quienes no lo hayan leído ya. La pandemia impidió que, con toda probabilidad, el Premio Muñoz Suay fuese a parar en 2020 a un libro tan espléndido como La Codorniz. De la revista a la pantalla (y viceversa), de Aguilar y Cabrerizo, que Cátedra y Filmoteca Española habían editado. Ahora, el primero de ellos logra con justicia este galardón de la Academia. Me temo que no va a ser el último…


José María Forqué: El narrador de cuentos en el zoco

 

Cuando se habla de cineastas aragoneses básicos, suele citarse a Buñuel, Saura y Borau. Pero hay más, desde el pionero de la animación Segundo de Chomón a José María Forqué, de quien ahora se cumple el Centenario de su nacimiento en Zaragoza. Después de Berlanga y Bardem, corresponde recordar a un compañero suyo de generación, a un director también muy representativo del cine español.

Representativo en múltiples sentidos, porque su trayectoria estuvo muy unida a los avatares de la industria de nuestro cine, que nunca fueron sencillos ni fáciles de asimilar. Vivió el éxito y el fracaso, la máxima estimación de los productores y la necesidad de fundar una empresa propia (Orfeo Films) para tratar de llevar adelante sus proyectos, el respaldo de la crítica y su hostilidad o, incluso peor, su indiferencia hacia una carrera que se veía declinante. Nunca Forqué se consideró un autor, un creador que se guareciese en un mundo propio del que no salir. Todo lo contrario, se definía a sí mismo como “un profesional del cine”, un superviviente en un medio nada proclive a favorecer sus intereses, hasta el punto de sentirse “absolutamente frustrado, no sé si porque creo que podía haber hecho cosas que no hice o porque no he hecho más de lo que he sabido”. En cualquier caso, su casi medio centenar de películas y cuatro resonantes series televisivas demuestran una profesionalidad sin fisuras.

E incluso algo más allá. Porque es posible que Forqué no fuese en primer término un autor reconocible. Pero sí hay en él, al menos en sus mejores títulos, unas constantes que no siempre se han detectado y que merece la pena valorar: una denuncia de la utilización de los seres humanos en beneficio de quien tiene el poder de manipularlos, de lo que suelen ser víctimas las mujeres; una continua pugna entre lo real y lo ficticio, lo auténtico y su representación ante los demás; un incesante juego de opuestos que va conformando las líneas dramáticas fundamentales; un magistral sentido de la comedia, entre el costumbrismo, el melodrama y el sainete. Además de una pulcritud estilística en cuanto a la composición de la imagen, un dominio en la dirección de actores (de López Vázquez a Fernán-Gomez, pasando por Closas, Analía Gadé o Amparo Soler Leal, junto a centenares de secundarios) y un siempre sabio uso de los espacios y los decorados, quizá como consecuencia de su primera vocación arquitectónica.

Quizá exagerase Florentino Soria al afirmar, en su libro de referencia sobre el realizador zaragozano publicado por la Filmoteca Regional de Murcia en 1990, que Forqué es “el director más feminista del cine español”, porque en sus películas “la mujer es fuerte, inteligente, sensible, no acepta la sumisión, se alza con astucia y determinación contra sus dominadores y, en su respuesta, puede llegar hasta la más cruel y refinada de las venganzas”. Resulta indudable que en su etapa de los primeros años 70, coincidente –no por casualidad– con la entrada de Rafael Azcona en sus guiones a lo largo de cuatro films, es una temática que le interesa sobremanera. El monumento (1970) o La cera virgen (1972) contienen una suerte de apólogos morales donde se ponen en solfa las constantes de una sociedad donde la represión sexual sigue constituyendo pieza fundamental. Las figuras de Analía Gadé y Carmen Sevilla suponen en ellas una incesante tentación para quienes, sujetos a ideas hipermachistas, no soportan el viento de la nueva época.

"Atraco a las tres", la obra maestra de la comedia que Forqué realizase en 1963 

Poco tienen que ver con aquellas Embajadores en el infierno o Amanecer en Puerta Oscura que a mediados de la década de los 50 dieron a Forqué prestigio profesional; ni sus posteriores colaboraciones con Alfonso Sastre en la dramática Un hecho violento y la incomprendida La noche y el alba, ambas de 1958; o las buenas adaptaciones de Mihura y Alfonso Paso en Maribel y la extraña familia y Usted puede ser un asesino, ya en los 60, con los intermedios “institucionales” de 091, Policía al habla y Accidente 703. Hasta llegar a la cumbre cómica y neocostumbrista de Atraco a las tres (1963), mucho más que una parodia de Rufufú y auténtica joya del cine español.

Como puede comprobarse, películas todas ellas, y las que seguirán, realizadas en muy corto espacio de tiempo. Porque no se trataba de insertar en sus imágenes un sello autoral, sino de pasar de un género a otro como en un desafío que Forqué asumía felizmente, dada su convicción de que “el cine es la equivalencia plástica del cuentista árabe que se sienta en los zocos y cuenta historias muy sencillas y muy claras a un auditorio que hace círculo y le echa unas monedas. Nosotros contamos historias y la prueba de ello es que el cine que funciona es el que cuenta historias claras y sencillas”. Modestia no fingida, que se acoplaba al ritmo de lo que la industria demandaba, pero que, dentro de una trayectoria demasiado prolífica, dejaba margen a títulos de valía, caso de Un millón en la basura, Las que tienen que tienen que servir (ambas de 1967), Una pareja… distinta o El segundo poder, de 1974 y 76, radicalmente distintas en cuanto a género, pero con una ambición y un acierto mayores que tantas otras. También sometidas, casi siempre, a los rigores de una censura gubernativa inclemente.

Adolfo Marsillach como Ramón y Cajal en la serie televisiva de José María Forqué (1982)

No fue nada bueno el tramo final de la filmografía de Forqué. Los sucesivos desastres económicos sufridos por su productora, culminados con el que supuso la citada El segundo poder, le llevó a una política de coproducciones con Italia o México nada fructífera y a aceptar encargos inadecuados. Más pendiente de consolidar la carrera interpretativa de su hija Verónica que de sus propias realizaciones, solo encontró un buen refugio en las series que hizo para Televisión Española, con mención especial, en 1982 y 88, para dos excelentes biografías sobre científicos españoles, Ramón y Cajal, con un inolvidable Adolfo Marsillach, y Miguel Servet, la sangre y la ceniza.

Aquel cineasta que admiraba a los clásicos norteamericanos y a Max Ophuls; aquel creador de atmósferas y entusiasta de la “ortografía cinematográfica”, que centraba en la planificación y el montaje; aquel contador de cuentos desde el zoco, solo sobreviría un año a su última película, un desconocido relato de ciencia ficción, Nexus 2431, rodado en 1994. No podía ser de otra forma, porque para José María Forqué el cine era su vida.


(Publicado en la edición digital de "El Cultural", 7 de marzo de 2023).