Los chicos de la foto



Así se llamaba el ciclo que –en 1986, su primer año como director del Festival de San Sebastián– inventó Diego Galán, en lo que habría de ser una de las muestras más imaginativas celebradas por un certamen español. Veintitrés películas lo componían, firmadas por quienes, en noviembre de 1972, habían acompañado a Luis Buñuel en la comida que le ofreció George Cukor en su casa de Beverly Hills, con motivo de la proyección en Los Angeles de El discreto encanto de la burguesía. Además del anfitrión, esos comensales fueron Alfred Hitchcock, Rouben Mamoulian, Robert Mulligan, George Stevens, Billy Wilder, Robert Wise y William Wyler, junto a Serge Silberman, productor del film, que ganaría el Oscar al Mejor de Habla no Inglesa, su coguionista Jean-Claude Carrière y el hijo menor de Buñuel, Rafael. En la sobremesa, posaron para la famosa foto que Marv Newton les hizo, y que inspiró el ciclo de San Sebastián, en la que faltaba John Ford (obligado a marcharse antes debido a su delicado estado de salud), como tampoco pudo estar Fritz Lang, recluido en casa por grave enfermedad.

Ahora, Manuel Hidalgo se ha basado en esta misma foto para escribir “El banquete de los genios. Un homenaje a Luis Buñuel”, aprovechando hasta el menor resquicio de esa imagen para dar origen a un singular libro de 346 páginas (Ed. Península). Soportado por un enorme despliegue documental, pero de escritura ágil y amena, con la figura de Buñuel –y en especial El discreto encanto de la burguesía– como columna vertebral del relato, “El banquete de los genios” nos va llevando a la personalidad y obra de los cineastas citados, con la capacidad informativa del buen periodista que es Manuel Hidalgo (también novelista y guionista). La estructura de su libro semeja a la de un racimo de cerezas, donde la habilidad del autor logra que una conduzca a la otra con fluidez, hasta ofrecer el retrato de un auténtico Olimpo cinematográfico, ya casi irrepetible con nombres de tan alto nivel. Se diría que incluso el título del volumen, que nos remite al “Banquete” platónico, se mueve en esa órbita de la excepcionalidad del encuentro.

Parece que no lo fue tanto para el propio Buñuel, que describió la comida de esta manera en su autobiográfica “Mi último suspiro”: “Se celebraba en mi honor una extraña reunión de fantasmas que nunca se habían encontrado así reunidos y que hablaban todos de los ‘good old days’, de los buenos tiempos”. Igual que, al aceptar el brindis de confraternización que hizo George Stevens, respondió “bebo, pero me quedan mis dudas”…, porque se sentía “siempre receloso de la solidaridad cultural, con la que siempre se cuenta demasiado”. Cosas de genio (en el doble sentido de la palabra). Para más detalles, lean atentamente el libro de Manuel Hidalgo.

Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2013

La quiebra del modelo francés


No hay debate sobre el cine español en el que alguien –recordando viejas palabras de Berlanga y Aranda– no suelte la “gracieta” de que la única Ley que necesita nuestro cine sería la que hiciera una secretaria traduciendo la Ley francesa… Lo primero que hay que contestar es que no existe como tal una “Ley francesa”, sino que se trata de una normativa compuesta por una serie de reglamentaciones dispersas en el tiempo, alguna de ellas datada incluso en 1946, cuando Europa se disponía a hacer frente a la avalancha norteamericana que siguió a la II Guerra Mundial. Lo segundo, que cada país tiene unas características culturales, sociales y económicas diferentes de las de los otros, por lo que no resulta fácil “importar” un modelo por las buenas. Tercero, que en sus criterios básicos la legislación cinematográfica española tampoco se halla tan alejada de la francesa, basadas ambas en el principio de la “excepción cultural”, como garantía de la “diversidad cultural” frente al imperio de Hollywood. Ese mismo principio con el que pretende terminar el próximo Tratado de Libre Comercio, ante la ambigüedad e indecisión de Bruselas en defenderlo, aunque el voto del Parlamento Europeo sí acaba de apoyarlo al pedir la exclusión de los servicios audiovisuales en ese Tratado.

Paradójicamente, mientras aquí muchos (productores, en especial) siguen dando la tabarra con el “modelo francés”, allí las cosas se ven de otra manera, como ha quedado patente en el recién terminado Cannes. No lo digo, claro, por la merecidísima Palma de Oro de La vie d’Adèle, un premio que Francia no lograba desde hace cinco años con La clase, sino por el estado de opinión que se desprendía de reportajes periodísticos, mesas redondas y encuentros varios. En concreto, el diario “Libération” dedicaba portada y cuatro páginas al tema el mismo día de la inauguración del Festival, bajo el expresivo título de “Cine francés: enfermo, pese a su buena salud” y el sumario “Económicamente en forma, el sistema actual privilegia a las grandes producciones en perjuicio de los presupuestos modestos. Y provoca inquietud”. Frases que confirmaba, incluso con pareceres más rotundos, una encuesta con seis cineastas galos. ¿Causas? Que el “modelo” vigente desde la década de los 80 se está quedando obsoleto, que la financiación depende en exceso de las televisiones, que el poder de las multinacionales resulta asfixiante, que las grandes “estrellas” cobran sueldos desmesurados, que crece la piratería, que peligra la producción media… Nada que no se pueda solventar si se aplican a tiempo medidas correctoras sobre el sistema.


Les suena, ¿verdad? Es lo que deberíamos hacer con Ley del Cine española, que tanto trabajo costó sacar en diciembre de 2007: desarrollarla bien y aprovecharla al máximo, extraerle todas sus muchas posibilidades, en lugar de estar siempre en la boca con el sambenito del “modelo francés”.

Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2013

Hay que cambiar de discurso


No soporto ya más el tono lastimero de las gentes del cine español. Otra cosa es la protesta, la reivindicación, la exigencia. Porque tienen razones de sobra para hacerlas: el absoluto desprecio de este Gobierno hacia la cultura, la brutal subida del IVA desde el 8 al 21% en el precio de las entradas, el vertiginoso descenso del Fondo de Protección a la Cinematografía (a 39 millones, cuando según la Memoria Económica de la Ley de diciembre de 2007 tenía que llegar a los 100 millones), la no convocatoria de numerosas ayudas, la paralizante indefinición en que en estos momentos se debate el sector… Motivos existen más que suficientes para “levantarse en armas”, para resistir y hablar bien alto y claro, pero no a base de lamentos plañideros ni de gestos de que somos muy buenos para que nos concedan unas migajas. Gracián ya dejó sentado que “la queja trae descrédito”, y no lleva a ninguna parte seguir por ese camino, que solo conduce a que el poder se muestre en ocasiones benevolente y disfrace de palabras retóricas lo que no es más que vacío y desprecio respecto a quienes no considera de los suyos.

Creo, por tanto, que hay que cambiar de discurso: oponer la creatividad a la hostilidad; rebelarse haciendo aquello que no quisieran que hiciéramos; mantener una actividad máxima, precisamente porque están tratando de que desaparezca. El cine español ha pasado por etapas todavía peores que esta, sobre todo la larguísima del franquismo con su censura omnipotente. Pero nuestro cine sobrevivió y logró ir creciendo. Aprendamos de ello y sepamos adecuarlo a los tiempos actuales. Si hay que rodar películas de bajo presupuesto, se ruedan (ya se están rodando). Si hay que inventar nuevos métodos de financiación, se inventan (ya se están inventando). Si ante el cierre de distribuidoras y pantallas, hay que ensayar sistemas distintos de comercialización, se ensayan (ya se están ensayando). Todo menos quedarse esperando las limosnas oficiales o televisivas, todo menos limitarse a poner gesto de disgusto o de fastidio. Hagamos, aunque sea en condiciones muy difíciles. No podrán con el cine español: la creatividad, la imaginación, la lucidez, siempre serán más fuertes que ellos en su mediocridad e inopia. No se trata de ningún triunfalismo voluntarista; la Historia demuestra que es así.


Ya se ha dicho muchas veces que “el pesimismo es reaccionario”, que acaba siendo una forma de escaparse de la realidad que conduce a la inacción y a la parálisis. Optemos por lo contrario, por la vitalidad y la creencia en sí mismos, aunque todo esté en contra, por más que el ambiente nos invite a la dejadez y al abandono. Han de surgir voces nuevas, propuestas diferentes, soluciones alternativas y llenas de vigor. De lo contrario, parafraseando el título de una conocida novela, “nos matarán lamentándonos”.


Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2013

El Jurado de Cannes confirma los pronósticos



Como sucedió hace tres años con ‘Tío Boonmee, que recuerda sus vidas pasadas’, España vuelve a llevarse un trocito de Palma de Oro con la tan justamente obtenida por ‘La vie d’Adèle’. Gracias a la participación financiera de Andrés Martín (Vértigo Films), algo de ese máximo premio de Cannes tiene que ver con nuestro país, en un año en el que precisamente apenas ha estado representado. La excelente película del tunecino afincado en Francia Abdellatif Kechiche, centrada en la pasión amorosa de dos mujeres, partía como favorita en todos los pronósticos, y el Jurado presidido por Steven Spielberg ha venido a confirmar lo que era el sentir general. Así lo demuestra también el que haya logrado el Premio de la Crítica Internacional (FIPRESCI), en una coincidencia que no suele producirse. Una vez más, hay que insistir en que ‘La vie d’Adèle’ ha sido la “película del Festival” y con esta consideración quedará para el futuro.

Conviene señalar, por si no se sabe suficientemente, que –según establece el reglamento del certamen– la película que obtenga la Palma de Oro no puede figurar en más ocasiones dentro del palmarés, al entenderse que su valía se extiende a todos los apartados del film. De ahí que sus actrices, y en especial la gran revelación que supone Adèle Exarchopoulos, no hayan obtenido el Premio a la Mejor Interpretación Femenina, que ha recaído en la también notable Bérénice Bejo de ‘Le passé’ (¿la recuerdan como la fan/estrella de ‘The Artist’?), del iraní Asghar Farhadi. Ya sucedió el pasado año con Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva en ‘Amour’ y, lo mismo que entonces, el Jurado ha querido asociar el nombre de las protagonistas a la Palma de Oro, queriendo así dar el relieve que merece su trabajo.

También los otros dos títulos que citábamos ayer como “fijos” en las quinielas, han quedado ratificados en el palmarés: ‘Inside Llewyn Davis’, de los hermanos Coen, con el Gran Premio del Festival –segundo en importancia– para una obra que sabe reflejar el ambiente musical del Greenwich Village neoyorquino a comienzos de la década de los sesenta a través de la historia de un perdedor; y ‘A Touch of Sin’, de Jia Zhangke, cuya acerado retrato de la China actual se ha visto recompensado con el Premio al Mejor Guion. Mientras que también hacia Oriente, Japón en este caso, se ha ido el Premio del Jurado para ‘A tal padre, tal hijo’, donde Hirokazu Kore-Eda demuestra su conocimiento del mundo infantil, aunque en este caso el protagonismo recaiga sobre unos padres que se enteran de que su hijo no es biológicamente suyo. Y para que las recompensas a las cinematografías orientales no quedasen en estos dos títulos, la Cámara de Oro a la Mejor Opera Prima (en cuya decisión intervenía Isabel Coixet) ha llegado a Singapur por ‘Ilo Ilo’, de Anthony Chen, sobre la relación entre una familia y su sirvienta, presentada en la Quincena de Realizadores; y el Gran Premio de la sección paralela Un Certain Regard, también con Enrique González Macho como jurado español, recompensaba al sensible y lúcido documental del camboyano Rithy Panh, ‘L’Image manquante’.

Solo dos decisiones en el palmarés han sorprendido realmente: la de Amat Escalante como Mejor Director por ‘Heli’, un duro y considerable reflejo de la violencia existente en amplias zonas de México, repitiéndose lo que en la pasada edición sucedió con su compatriota Carlos Reygadas; y el de Mejor Actor para Bruce Dern por ‘Nebraska’, de Alexander Payne, quizá un tributo de Spielberg al ya muy veterano actor norteamericano, en un papel pasivo y con escasa expresividad dada la situación física y mental de su personaje, que palidece frente al Michael Douglas de ‘Behind the Candelabra’, el Óscar Isaac de ‘Inside Llewyn Davis’ o el Toni Servillo de ‘La grande bellezza’, sin duda la gran perdedora de esta edición.

Pero, en términos globales, se trata de un buen palmarés, equilibrado y que parece estar muy meditado, sin esos incomprensibles “disparates” de otras ocasiones y que se han dado no solo en Cannes. A su Jurado Internacional de este 2013 se le puede aplicar aquella frase que decían los actores del Siglo de Oro al finalizar sus actuaciones: “Perdónense nuestros errores si acertamos en lo principal”… Hasta el próximo año.

Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 27 de mayo de 2013


Kechiche, los Coen y Zhangke, favoritos en Cannes


A pocas horas de conocerse el palmarés del 66 Festival de Cannes, tres son las películas que aparecen como claras favoritas: por encima de todas, ‘La vie d’Adèle’, de Abdellatif Kechiche, seguida por ‘Inside Llewyn Davis’, de los hermanos Cohen, y ‘A Touch of Sin’, de Jia Zhangke. También cuentan con opciones ‘La grande bellezza’, de Paolo Sorrentino, ‘Like Father, Like Son’, de Hirokazu Kore-Eda, y ‘Le passé’, de Asghar Farhadi. Que entre los veinte títulos que componían la Competición Oficial, haya seis con aspiraciones a la Palma de Oro, ya señala que el nivel medio de esta edición ha sido alto, aunque solo ‘La vie d’Adèle’ posee esas características especiales que hicieron que la denomináramos como “la película del Festival”. Opinión refrendada por la inmensa mayoría de la crítica, como lo demuestra que –en lo que constituye un récord histórico– de los quince comentaristas consultados por la revista profesional “Le Film Français”, doce de ellos la hayan situado al máximo nivel. Solo ha tenido la postura negativa del muy conservador “Le Figaro”, sin duda por una cuestión de reserva moral ante la explicitud de sus escenas lésbicas.


De cualquier forma, en todo festival cada cual tiene su palmarés y los integrantes del Jurado Internacional no van a ser menos. Es de dominio público que se halla presidido por Steven Spielberg –pocas veces un presidente del Jurado ha sido tan aclamado en la alfombra roja–, pero no se ha divulgado tanto el resto de su composición, perfectamente equilibrada entre cuatro cineastas (Naomi Kawase, Ang Lee, Cristian Mungiu, Lynne Ramsay) y cuatro intérpretes (Daniel Auteuil, Vidya Balan, Nicole Kidman, Christopher Waltz), balanza que Spielberg lleva al lado de los directores. ¿Cuáles serán sus opciones? Ejemplos hay a decenas con palmarés totalmente inesperados, e incluso disparatados, que dejan en evidencia a cuantas “quinielas” se hubieran podido elaborar.

Previamente a este día de decisiones, cerraban la Competición Oficial ‘La Vénus à la fourrure’, de Roman Polanski, y ‘Only Lovers Left Alive’, de Jim Jarmusch, dos nombres de peso que, sin embargo, no parecen entrar en esas “quinielas” citadas. Lo merecería más Jarmusch, al narrar la muy especial historia de dos amantes que viven por encima de los tiempos, dada su exclusiva condición de vampiros… Considerando como “zombies” a todos cuantos no son como ellos y bajo los significativos nombres de Adán y Eva, su existencia transcurre a lo largo de diversas etapas históricas, que han de transitar marcados por su imperiosa necesidad de sangre humana. Pero no se crea por ello que ‘Only Lovers Left Alive’ sea una película efectista ni llena de efectos “gore”. Al contrario, donde Jarmusch muestra su máximo nivel (que parecía totalmente perdido en su anterior trabajo, ‘Los límites del control’) es en los paseos en coche de la pareja por un Detroit solitario y decadente o en la descripción de un mundo crepuscular, sobre todo el de él, cerrado sobre sí mismo y su música, obsesión que el protagonista comparte con el propio Jarmusch. Salvo el fallido personaje de la hermana de Eva y un final que no se halla a la altura de la propuesta global del film, este va más allá de un simple “divertimento” de autor y cabe ser interpretado como una sugerente metáfora sobre la droga.

Por el contrario, Polanski no arriesga demasiado al adaptar la obra teatral de Davis Ives que, a su vez, se basa en la famosa novela “La Venus de las pieles” de Sacher-Masoch, la biblia del sadomasoquismo. El único escenario de un teatro vacío, solo los personajes del director de la pieza y una actriz que aspira a ser su protagonista, mantenimiento de las tres unidades de acción, espacio y tiempo, juego con las relaciones de poder… Polanski ya ha hecho cosas similares, hace tiempo con ‘La muerte y la doncella’ o muy recientemente con ‘Un dios salvaje’, su película anterior. Sin duda lo hace bien, con una planificación inteligente y fluida, con un dominio del “crescendo dramático”, con habilidad al dosificar en él momentos de humor. Pero todo ello ya lo sabíamos, esta revisión de la ‘Venus de las pieles’ no nos ofrece apenas nada que no suene a previsible.

Mientras Cannes se va apagando, Francia llora la muerte de Georges Moustaki –que será enterrado en el cementerio parisino de Père Lachaise el próximo lunes–, como suele hacerlo cuando pierde a uno de sus grandes artistas.

Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 26 de mayo de 2013


Cannes da espacio a los "dibujos de la libertad"


En la que puede considerarse como una jornada de transición hacia las últimas películas de la Competición Oficial, las de Polanski y Jarmusch, el Festival ha dado margen para fijarse en otras de las muchas actividades que propone. Y, de manera destacada, en la exposición “Los dibujos de la libertad”, en la que más de 80 viñetas periodísticas de diversos países (con predominio de las firmadas por Plantu en “Le Monde”y “L’Express”, pero ninguna española, huelga decirlo) celebran con humor al mundo del cine y a algunas de sus figuras más destacadas, como Bergman, Fellini, Haneke, Woody Allen o Spielberg. Pero también con la particularidad de fijarse en países con graves limitaciones a la libertad de expresión, Argelia e Irán en concreto, sobre las que ironizan, hasta donde pueden, estas obras gráficas. Que, en el caso iraní, se suplementaba con la presentación de ‘Los manuscritos no arden’, de Mohammad Rasoulof, en la sección Un Certain Regard, película rodada de manera “oculta” para evitar la censura y que aborda, con desigual fortuna, aspectos relacionados con la represión del régimen de Ahmadineyad, que no debe olvidarse que tiene detenidos desde hace tres años a Jafar Panahi y a otros cineastas que se oponen a él.

Antes de entrar en la Competición, debe dejarse constancia de uno de los films más insólitos de esta 66 edición, aunque se halle incluido fuera de ella: ‘All is Lost’, de J.C. Chandor, cuya ópera prima, ‘Margin Call’, supuso el primer y probablemente mejor acercamiento a la crisis financiera norteamericana. Nada que ver, desde el punto de vista temático, con su segunda obra, dominada por un excelente y en muy buena forma Robert Redford que encarna a su único personaje, empeñado en una denodada lucha por la supervivencia después de que su velero sufra una grave vía de agua al chocar con un contenedor a la deriva. Mantener con esta única situación una película de 105 minutos, con apenas unos diálogos y un sugerente final “abierto” a la interpretación del espectador, no está al alcance más que de cineastas muy dotados, y Chandor demuestra serlo. A algunos ‘All is Lost’ les recuerda a ‘La vida de Pi’, pero afortunadamente sin sus ínfulas metafísicas y espiritualistas; a otros a ‘Buried’/‘Enterrado’, pero al aire libre y sin el recurso del uso del teléfono móvil al que acudía Rodrigo Cortés. En este caso, es pura y dura acción física para mantenerse vivo ya sea en el pequeño barco o en el bote adjunto. Y se ha dado la curiosa circunstancia de que, mientras Robert Redford subía entre aclamaciones la alfombra roja, un diluvio caía sobre Cannes, como si el destino del actor estuviese fatalmente marcado por el agua.

Al contrario de lo sucedido con ‘All is Lost’, los dos títulos a concurso en la Sección Oficial no han despertado apenas frío ni calor. Unidos levemente por el peso que en su trama alcanza el cristianismo, ya sea en su versión católica o protestante, ahí terminan las similitudes entre ‘The Immigrant’, de James Gray (cuya mejor película sigue siendo la cuarta de su filmografía, ‘Two Lovers’), y ‘Michael Kohlhaas’, de Arnaud des Pallières, cuya trayectoria previa se ha desarrollado básicamente en el documental. Aquí se atreve con una adaptación de la famosa novela breve de Heinrich von Kleist, que –además de por Volker Schlöndorff en 1969– ya fue llevada otras dos veces a la pantalla, con las novedades de situar en territorio francés lo que en el original es Alemania, la actualización del lenguaje empleado y el protagonismo de quien lograra aquí el pasado año el Premio al Mejor Actor por ‘La caza’, el danés Mads Mikkelsen. Sin que deba omitirse la sorpresa de encontrar durante unos minutos a Sergi López en plan Sancho Panza y hablando en catalán, como corresponde a todo un vicepresidente de la Academia de Cine de Catalunya…

Si ‘Michael Kohlhaas’ nos retrotrae a una fallida revuelta campesina de comienzos del siglo XVI, ‘The Immigrant’ se queda más cerca, en el Nueva York de 1921, con la masiva llegada de emigrantes a la ciudad. Gray se fija en una de ellas, la polaca Ewa, interpretada con su habitual intensidad por Marion Cotillard, centro de un triángulo amoroso con prostitución y “varietés” de por medio. El resultado es un melodrama bastante glacial y de negra tonalidad, donde el amor y el odio se confunden en esa duplicidad moral que tanto atrae a su director.


 Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 25 de mayo de 2013

Con 'La vie d'Adèle', llegó "la película del Festival"




Todos los años hay una película en Cannes que “marca” la edición que se está viviendo y a la que se recordará en el futuro por ese título. El pasado año fue ‘Amour’, de Haneke; y el anterior, ‘Melancholia’ o ‘El árbol de la vida’, según los gustos, e incluso ‘The Artist’. Ese papel, salvo que haya grandes sorpresas en los dos días que quedan de competición, va a corresponderle en 2013 a ‘La vie d’Adèle’, de Abdellatif Kechiche, un film extraordinario llamado a estar en lo más alto del palmarés. Presentado con el subtítulo de ‘Capítulo 1 y 2’, como si su director pensara en seguir la posterior trayectoria de su protagonista, lo que él mismo no descarta y nosotros deseamos, su producción es francesa, aunque en su financiación también ha intervenido el vallisoletano Andrés Martín con su compañía Vértigo Films. Además, ‘La vie d’Adèle’ posee la virtud de revelar a una joven actriz de enorme talento, Adèle Exarchopoulos, a quien difícilmente nadie podrá arrebatar el Premio a la Mejor Interpretación Femenina.


Se basa Kechiche (cuya película más destacada hasta el momento era ‘L’Esquive’, de hace una década) en un conocido cómic para adultos, ‘Le bleu est une couleur chaude’, de Julie Maroh, que fue el título de rodaje del film y con el que posiblemente se conozca en España bajo su traducción de ‘El azul es un color cálido’. Poco importa un nombre u otro, porque la valía de la película seguirá siendo la misma, realmente especial. Se narra en ella la profunda historia de amor entre dos mujeres, de diferente edad y condición social, pero centrándose sobre todo en el personaje de Adèle desde que tiene 15 años y estudia en el instituto hasta que, como maestra de una escuela infantil, ya está en la veintena. Su pasional relación con la pintora Emma (que también cuenta con una buena interpretación de Léa Seydoux) va a marcar su vida personal, aunque ello no le haga disminuir su entrega al trabajo en el que cree.

Espléndidamente rodada en un casi continuo primer plano, el comienzo de ‘La vie d’Adèle’ hace temer el típico film francés de instituto, a base de “ligues” y atractivos profesores de Literatura, pero pronto tal resquemor se diluye. Lo que prevalecerá a lo largo de casi tres horas, junto a una estética muy elaborada, es la profundización psicológica en la pareja protagonista, que incluye dos intensas secuencias de carácter lésbico como lógica muestra de su pasión compartida. Pero no cabe decir que ‘La vie d’Adèle’ sea simplemente un film sobre la homosexualidad, por más que coincida con el actual debate social existente en Francia, sino que su propósito –y logro– se halla en el poderoso conflicto amoroso y humano que sitúa ante el espectador. Gran, importante película.

Palidece ante ella ‘Nebraska’, de Alexander Payne, rodada en blanco y negro quizá como referencia simbólica a la alta edad de la mayoría de sus personajes y, en concreto, del que centra el relato, interpretado por Bruce Dern. Su obsesión por hacer un larguísimo viaje en pos de un premio que cree haber conseguido, semeja a la del Alvin de ‘Una historia verdadera’, aunque el personaje de David Lynch iba en busca de su hermano, y no en coche con su hijo como aquí sino a bordo de una pequeña segadora. Tiene ‘Nebraska’ la tonalidad habitual de su autor, de ‘Los descendientes’, ‘Entre copas’ o ‘A propósito de Schmidt’: la de abordar temas graves (en este caso, la decadencia física y psíquica que implica la vejez) mediante una mirada amable y cordial que deriva habitualmente hacia la comedia. Payne, quien en su día estudiase en Salamanca y habla fluidamente castellano, ha conseguido así un sello propio, expresado a menudo a través de “road movies”, del que ‘Nebraska” es una nueva prueba.

Mientras tanto, el “otro Cannes”, al que no solemos acceder los periodistas que nos levantamos a las 7 de la mañana para empezar a ver cine durante toda la jornada, se divierte en sonoras fiestas nocturnas sobre la playa. Tan sonoras que el Ayuntamiento de la ciudad ha lanzado un ultimátum a sus organizadores para que bajen el nivel de decibelios que se estaba alcanzando. Con un contundente argumento: “Cannes no es Ibiza y no lo será jamás”

Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 24 de mayo de 2013