Tierra quemada


Gonzalo Suárez

Moderé el pasado 17 de febrero un Encuentro con Gonzalo Suárez e Inés París en la madrileña Casa del Lector. El motivo era introducir un amplio ciclo sobre “Escritores en imágenes” que se desarrollará allí a partir de marzo y en el que están incluidas Remando al viento, de Gonzalo, y Miguel y William, de Inés. Se habló del proceso de creación, de la elaboración de los personajes, de la memoria y la imaginación como fuentes inspiradoras, de la fusión entre relato histórico y ficción… Temas de indudable calado que siguieron con atención los numerosos asistentes. Surgió finalmente una pregunta que ya rondaba por la sala: ¿Podrían hacerse en el actual cine español películas como las dos citadas, una de 1988 y la otra de 2006?

No, fue la inmediata respuesta de ambos directores. ¿Por qué?, se les insistió. Porque no existen las condiciones económicas, los esquemas de producción y comercialización que permitan que se hagan films de estas características, con recreación de épocas pasadas con lo que implican de gasto en decorados, vestuario o localizaciones. A no ser que se logre el apoyo de uno de los dos grupos “berlusconianos” (Mediaset o Atresmedia) que conforman el actual oligopolio de la televisión privada en España, poco dados a iniciativas de este tipo; o de Televisión Española, que prefiere emplear sus recursos en series propias como “Isabel” o “Águila Roja”. Y eso por la obligación que tienen por ley de invertir el 5 o el 6% de sus ingresos en obras cinematográficas. Gonzalo habló de abordar una película que sucediese por entero en un ascensor que se queda varado entre dos plantas; Inés comentó que la mayoría de sus colegas a lo más que aspiran es a narrar una historia con dos actores encerrados en una sola habitación… Gonzalo echó también en falta la existencia de verdaderos productores, capaces de emprender proyectos ambiciosos y arriesgados (citó como ejemplo contrario a un Emiliano Piedra); Inés insistió en que sin una televisión detrás, resulta imposible plantearse nada.


A esto hemos llegado. El cine español es hoy una tierra quemada, un páramo baldío, en el que muy difícilmente pueden imaginarse películas que sí eran viables en la década de los ochenta y los noventa, o incluso mucho más recientemente. Siempre habrá excepciones, títulos nacidos de la nada o de puros criterios comerciales. Pero la verdad es que nuestro cine se encuentra en un proceso de depauperación que parece irreversible, con centenares de proyectos varados, un desconcierto absoluto sobre qué camino tomar y un paro galopante entre los profesionales. Lo que Gonzalo Suárez e Inés París, pertenecientes a muy distintas generaciones de cineastas, coincidieron en señalar en la Casa del Lector, está hoy en boca de todos. Y no se ve salida.

Inés París

(Publicado en "Turia" de Valencia, febrero de 2014).


Presentación de Goran Paskaljevic


(Texto de la presentación de Goran Paskaljevic que, en su presencia y previamente a la proyección de "Al nacer el día", tuvo lugar en la sede -el madrileño Cine Doré- de la Filmoteca Española el 20 de febrero de 2014).




·   Es el único director que ha ganado tres veces la Espiga de Oro del Festival de Valladolid, con La otra América en 1995, Optimistas en 2006 y Lunas de miel en 2009. Por encima incluso de Ingmar Bergman, que ganó también tres veces, por con dos Espigas y un Lábaro de Oro, este en la etapa en que el Festival era Semana de Cine Religioso y de Valores Humanos. También en Valladolid se hizo en 1996 la primera retrospectiva completa de su obra hasta ese momento. Lo cito por la cercanía respecto a dicho Festival, pero las películas de Paskaljevic han recibido premios en muchos otros Festivales del mundo.

· Entre los dieciséis largometrajes que ha realizado Paskalvejic, desde Un vigilante de playa en invierno en 1976, hasta este Al nacer el día que veremos hoy, creo que hay que diferenciar varias etapas. La primera muy influenciada por la “Nova Vina”, la Nueva Ola checoslovaca (él estudió en la FAMU de Praga), e incluso el neorrealismo, movimiento del que él era gran admirador. Paso a paso, va configurando –a través de films como El perro que amaba los trenes, …Y los días pasan sobre la Tierra, Tratamiento especial, El engañoso verano del 68, El ángel de la guarda, Tiempo de milagros, Tango argentino o La otra América– una filmografía con rasgos propios y que se ha caracterizado como “la tragicomedia humana”. Es decir, con una fusión de elementos trágicos y cómicos sobre personajes que nos resultaban creíbles y cercanos, personajes muchas veces marginales, “parias de la fortuna”, perdedores que sufrían unos embates que les superaban muchas veces y les impedían integrarse realmente en la sociedad en la que vivían. Pero tratado todo ello con un fuerte sentido del humor y un hálito de esperanza que les permitía a esos personajes algún tipo de salida. Lo que, además de ser un rasgo característico de la obra de Paskaljevic, se halla profundamente arraigado en las diversas modalidades de la cultura de su país.

·        El punto de giro llega en 1998, cuando Paskaljevic realiza El polvorín, también llamada Cabaret Balkan, inicio de su “Trilogía serbia”, proseguida con El sueño de una noche de invierno y Optimistas. En medio ha sucedido nada menos que la Guerra de los Balcanes y la violenta explosión de un ultranacionalismo que había estado contenido durante el largo periodo del Mariscal Tito. Son películas que hablan de la devastación física y moral de un país, la exYugoslavia, y del irracional deseo de expansión y dominio por parte de Serbia, iniciado durante el periodo del presidente Milosevic. Paskaljevic vive exiliado de su país entre 1992 y 1998, cuando regresa para hacer El polvorín, y es considerado oficialmente como un “traidor a la patria” o, cuando menos “altamente sospechoso”.

·       Paskaljevic, como quizá no podía ser menos, ha cambiado muy profundamente. Ya no es el esperanzado humanista de la etapa anterior, ni su humor es el mismo, ahora teñido de acidez e incluso crueldad. Se diría que ha hecho suya la frase de Voltaire en “Cándido” (libro en el que se basan las cinco historias de Optimistas): “Optimismo es la locura de insistir en que somos todos buenos, cuando todos somos miserables”… Ahora ya no se trata de componer más o menos amables panorámicas sobre pobres seres humanos, sino de denunciar hasta qué punto pueden ser llevados a la barbarie y a la irracionalidad como individuos y como colectivo. El mismo Paskaljevic ha dicho que sus películas se han vuelto “más políticas”, pero no por voluntad propia sino porque es la política, la guerra, la confrontación, lo que ha irrumpido en las vidas de millones de personas.

·   Ese Paskaljevic “distinto” también se había podido observar en Cómo Harry se convirtió en árbol, rodada en Irlanda en medio de la “Trilogía serbia”. Y se percibiría nítidamente en Lunas de miel: vale la pena hacer una comparación entre La otra América y Lunas de miel, y se comprobará en qué medida tan decisiva ha variado el punto de vista de Paskaljevic sobre un tema básico en nuestro mundo como es la emigración. Mientras en la primera los emigrantes en Nueva York llegaban a un cierto grado de felicidad cotidiana basada en la solidaridad entre ellos, en Lunas de miel no existen posibilidades de solución para dos parejas que buscan emigrar a la “tierra prometida” de la Europa Occidental, en Italia y Austria exactamente.

·        Hasta llegar a este Al nacer el día que vamos a ver, sobre la que será el propio Goran quien les hable y mantendremos un coloquio posterior. Baste decir por mi parte que creo que Paskaljevic llega en ella a una cierta serenidad de madurez, a un cierto equilibrio donde la memoria personal e histórica juegan un papel esencial y donde también su autor se adentra en un nítido clasicismo estilístico.

·        Termino aquí, dando las gracias a Chema Prado por haberme invitado a hablar en esta sesión, de la misma manera que a todos ustedes por su tan nutrida asistencia, que llena la Filmoteca. Y, muy particularmente, a José María y Miguel Morales, los máximos responsables de Wanda Visión, gracias a quienes la obra de Goran Paskaljevic es no solo conocida en España, sino que incluso han coproducido varios de sus últimos films. Les agradezco mucho su atención.




El Tren de la Libertad



Era impresionante el despliegue realizado por las mujeres cineastas para “cubrir” la multitudinaria manifestación del pasado sábado en Madrid contra el anteproyecto de ley del aborto. Perfectamente coordinadas, con un trabajo previo desarrollado con tanta rapidez como precisión, sus cámaras recogían todos y cada uno de los aspectos de la marcha. Se las veía aquí y allá, grabando sin parar a las manifestantes, haciéndoles entrevistas, detallando opiniones y rostros, en un despliegue de más de veinte equipos que incluían a directoras, cámaras o sonidistas, y que contaban con el apoyo de diversos hombres. La manifestación ideada por la Tertulia asturiana de Les Comadres encontró un eco masivo por todos los rincones del país para reunirse en su capital y entregar un escrito en el Congreso de los Diputados contra el lamentable proyecto de Gallardón-Rajoy. Y, dentro del campo audiovisual, CIMA, la Asociación de Mujeres Cineastas, también aglutinó a sus integrantes para que aquello quedase suficientemente registrado.

La idea es hacer un documental y varias piezas breves sobre este Tren de la Libertad. Pero, en mi opinión, lo más importante es la propia movilización que el hecho generó, en un ejemplo de lo que en Mayo del 68 se llamó “cine de intervención directa”. Cada cual con los recursos con los que pudo contar, se lanzó a la calle el 1 de febrero para dejar constancia de la protesta de una población a la que ya no es tan fácil hacer comulgar –nunca mejor dicho– con ruedas de molino. Una vez más, las mujeres han abierto un camino que desearíamos que recorrieran también los del sexo opuesto (se hizo en 2004, pero de manera distinta, con el trabajo colectivo Hay motivo), quizá a través de esa Unión de Cineastas que, reuniendo a profesionales de todo tipo y género, está a punto de nacer.


“Esta ley, ¡la vamos a parar!”, se repetía en la manifestación, junto a otros eslóganes conocidos como el “¡Sí se puede!” generalizado, “Nosotras parimos, nosotras decidimos” o “¡Gallardón, dimisión!”. Y uno, con rima asonante, que yo no había oído y que no me resisto a reproducir: “Todas las mujeres tenemos un deseo/a Gallardón cortarle los huevos”… Sin duda, el muy relamido Gallardón (con su “complejo de Electra” a cuestas) lo incluirá en su lista de “insultos y descalificaciones”, pero lo que realmente supone un insulto y una descalificación hacia las mujeres es su empeño en una ley contra la que todas las iniciativas serán pocas. Y las cineastas estarán ahí para testificarlo.
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P.D. Me uno de todo corazón al 50 Aniversario de Turia, todo un hito en la historia del periodismo español.

(Publicado en "Turia" de Valencia, febrero de 2014).

Deslocalización


Con esta palabreja, todavía no recogida por la Academia y versión castellana del inglés “offspring”, se designa un fenómeno típico del capitalismo salvaje (valga la redundancia): llevarse una industria del lugar donde está situada a otro que permita un mayor beneficio gracias a menores costes salariales, permisiva legislación social y ambiental o atractivos fiscales. Las grandes empresas, sobre todo multinacionales, suelen utilizarlo, trasladando sus centros de producción a localidades todavía más favorables a sus cuentas de resultados, dejando en el paro a miles de trabajadores de la zona de origen en busca de otros con sueldos reducidos y escasas exigencias sindicales. Lo dicho, una salvajada que ocurre un día sí y otro también, y que ciertos economistas consideran una consecuencia “lógica” de la globalización.

Rodaje de "Zipi y Zape y el Club de la Canica"

Si traigo a esta página el tema de la deslocalización, no es porque alguna película lo aborde ahora (de hecho, ya lo hicieron Costa-Gavras y Ken Loach), sino porque está sucediendo en el cine español. Al repasar las fichas de Zipi y Zape y el Club de la Canica o de la serie televisiva sobre el personaje del Capitán Alatriste, puede comprobarse que han sido rodadas en Hungría, en estudios y con técnicos, operarios e incluso actores de ese país. La razón es simple, y no tiene que ver con que la trama se desarrolle precisamente allí: los costes de producción resultan inferiores y las condiciones laborales más “flexibles”. Mientras, las gentes de nuestro cine no tienen trabajo que llevarse a la boca, no sale nada digno (solo quince largometrajes han superado en 2013 el presupuesto de 2 millones de euros) y deben dedicarse a otros menesteres o emigrar al extranjero. Hay profesiones que están casi desapareciendo, como las de constructores de decorados –en origen, muchos artistas falleros–, atrezzistas, maquinistas o eléctricos, mientras se deslocalizan las escasas producciones de mayor empeño económico y se marchan a Hungría, a Marruecos o a Portugal.

Otro tanto respecto a los estudios. Al tiempo que agonizan los de la Ciudad de la Luz (también por motivos que conocen perfectamente los lectores de Turia) o que Isasi haya cerrado los suyos en Cataluña, vamos a buscar los de fuera, sin duda muy bien dotados pero sobre todo más baratos. Es como la etapa de Samuel Bronston o de Lawrence de Arabia, pero al revés: entonces, finales de los 50 y principios de los 60, éramos el Tercer Mundo del cine y aquí se venía a rodar porque costaba menos y todo eran facilidades. Ahora, ya explotamos a otros… Los que, principalmente desde FAPAE, tanto daban la matraca con el exceso de películas españolas, que vayan a convencer de su teoría reduccionista y su defensa de la deslocalización a los miles de profesionales, técnicos y artistas que están hoy pura y simplemente en el paro. Les van a recibir con las puertas abiertas.

(Publicado en "Turia" de Valencia, enero de 2014).

Notas sobre "Bienvenido, Míster Marshall"


(Texto para la presentación del libro "Bienvenido Mister Marshall". Sesenta años de historias y leyendas", de Eduardo Rodríguez Merchán y Luis Deltell, que tuvo lugar en la Sala Berlanga, de Madrid, el 21 de enero de 2014. En esa presentación también intervinieron los autores del volumen e Inés París como coordinadora).


· Más que al libro de Eduardo Rodríguez Merchán y Luis Deltell, voy a referirme directamente a la película de Berlanga. Además, como soy uno de los dos prologuistas, ya se da por supuesta la alta valoración que me merece… Pero sí hay que resaltar desde un principio que el eje troncal del texto es la decisiva importancia que conceden sus autores al trabajo de Miguel Mihura en el guion del film, que Eduardo y yo mismo adelantamos en nuestro libro “Miguel Mihura, en el infierno del cine”, editado por el Festival de Valladolid. Si el volumen actual supone un estudio analítico a lo largo de 321 páginas y 368 notas, que demuestra una gran meticulosidad académica y documental, debe destacarse que se analizan en él nada menos que veinte razones o apartados para demostrar la coautoría “mihuresca”. Como también supone una importante aportación la comparación entre los dos guiones, el original y el trabajado por Mihura que sirvió para el rodaje, así como de las listas de secuencias correspondientes. Unas secuencias que, durante muchos años, sufrieron la anomalía de que la película se viera con los rollos cambiados… Algo muy propio del carácter caótico del cineasta de “Bienvenido…”, a cuya bibliografía el libro de Rodríguez Merchán y Deltell supone una destaca aportación.


     Eduardo Rodríguez Merchán

· En su momento, Alonso Zamora Vicente escribió que “la aparición de ‘Bienvenido…’ es equiparable a lo que significó ‘El lazarillo de Tormes’ en la literatura”. Y no anduvo precisamente descaminado, pese a la aparente exageración, en su criterio sobre una película que –cabe recordar– solo costó entre tres y cinco millones de pesetas, entre 18 y 30.000 euros, lo que hoy llamaríamos un film “low cost”.

·    Podría considerarse que la semilla de “Bienvenido…” está en la secuencia inicial de “Esa pareja feliz”, cuando –en un estudio de cine y ante sus humildes trabajadores– Lola Gaos, llevando un ropaje similar al de Aurora Bautista en “Locura de amor”, caía por una ventana equivocada del decorado tras gritar “¡No, no firmaré jamás, muera conmigo el honor de Palencia!”… En esa voluntad de plantear un contraste entre el “cine heroico” español de la posguerra y el que deseaban hacer los nuevos cineastas como Berlanga y Bardem, se halla el sustrato del planteamiento de “Bienvenido…”.

·    De hecho, la capacidad irónica, de desmitificación, incluso la irrisión que provoca el choque entre la realidad y una ficción adulterada, están también en “Bienvenido…”. En otras palabras, el contraste entre la España oficial y la real. Porque, así, “Bienvenido…” no es sino la ceremonia de enmascaramiento de un pueblo que ha de disfrazarse con el fin de lograr sus objetivos. Para ello, no les sirve la vida que viven y tienen que inventarse otra distinta, acorde con lo que creen que se espera de ellos. En definitiva, y aunque dentro del terreno de la comedia, la necesidad de ser otros porque lo que se es en realidad no sirve para unos fines concretos. De ahí que pocas películas tengan un final tan triste como “Bienvenido…”, donde dan tanta pena sus personajes, aunque la voz en “off” trate de enmascararlo hablando de la “esperanza” y del tranquilo regreso a la normalidad cotidiana.

·       Se aborda en el libro la polémica sobre si “Bienvenido…” gustó o no al franquismo. De lo primero hay testimonios en cartas de embajadores, gobernadores civiles y escritos de los críticos oficiales, e incluso el hecho de que la censura apenas la atacase, salvo en algunos pasajes del cura. Pero no hay que olvidar que el Régimen había comenzado una tímida apertura en 1951, un año antes de que se aprobara “Bienvenido…”, en el momento del nombramiento de Joaquín Ruiz Giménez como ministro de Educación (que duraría hasta 1956) o de José María García Escudero al frente de la Dirección General de Cine (cargo en el que estaría menos de un año): es también el momento de la autorización de “Surcos”, de Nieves Conde, o del “cine negro” que se estaba haciendo en Barcelona. Por otra parte, al franquismo no le disgustaba en absoluto “meterse” con los norteamericanos después de que España hubiera sido excluida –debido a sus connotaciones filofascistas– del Plan Marshall de reconstrucción europea, ni dejar pasar la ocasión de realzar la autenticidad patria contra lo que venía de fuera, de lo que, eso sí, no dudaba en aprovecharse aunque fuese a costa de disfrazar las “esencias”. Por ello, tienen razón Rodríguez Merchán y Deltell cuando señalan que, posiblemente, solo un año más tarde, “Bienvenido…” no habría sido autorizada, al firmarse los Pactos con Estados Unidos y variar la perspectiva de la relación entre ambos países, que ya no estaría abierta a las “bromas” cinematográficas.

·       Pero vista desde hoy, poco más de sesenta años después, suena disparatado pensar en cualquier tipo de connivencia entre “Bienvenido…” y el franquismo. La prueba es la contemplación que de la película se ha ido haciendo por parte de generaciones posteriores y de la actual (¡cuántas veces se ha comparado el discurso del alcalde con los de Franco!). Difícilmente podría sonar en su elogio la historia de “un pueblo español, un pueblecito cualquiera” que no solo soporta a unos Delegados gubernamentales autoritarios, prepotentes y que no saben ni el nombre de la localidad en que están, sino que vive en una situación de estancamiento, carente de estímulos y futuro sin apenas horizontes, que ha de travestirse, de refugiarse en una falsedad para lograr sus pequeñas ambiciones. ¿Era esa la imagen que el franquismo quería dar de la España de los 50? Evidentemente, no.

·  Porque “Bienvenido…” es una de las escasísimas películas españolas con un protagonista colectivo, ese “pueblo cualquiera” al que hemos hecho alusión. Hay, sí, personajes más destacados que otros, como el alcalde, el representante, la cantante, el cura, el hidalgo…, pero ninguno alcanza un dominio total sobre los demás. Frente al esquema habitual de protagonista y antagonista, en este caso hay una colectividad entera sobre la que gira todo el relato.

·      Podría decirse, por otra parte, que “Bienvenido…” es una de las películas imperfectas más perfectas. Me explicaré: posee varios elementos que no funcionan satisfactoriamente, como una voz en “off” irritante por lo edulcorada y relamida; unos sueños que no aportan gran cosa, aunque nos haga gracia –pese a ser demasiado largo– el del alcalde en el “saloon” de “western”; unas canciones metidas con calzador (como consecuencia del origen de la película para lucimiento de Lolita Sevilla), excepto la famosa de “Americanos, os recibimos con alegría…”. Pese a todo lo cual, “Bienvenido…” es un prodigio de frescura, humor intencionado y una capacidad satírica que llega a alcanzar la categoría de metáfora social. Por eso sigue viéndose en perspectiva con la misma satisfacción que hace más de medio siglo, divirtiéndonos con los impagables trabajos de Pepe Isbert o Manolo Morán y afectándonos en lo que tiene de reflejo de una sociedad española, rural en este caso, que acababa de salir del racionamiento.

·   Finalizaré mi intervención con algo que quiero destacar: el carácter mítico que han alcanzado determinadas imágenes de “Bienvenido…”. Me refiero concretamente a dos: el ya citado discurso del alcalde en el balcón del Ayuntamiento del pueblo y el desfile de sus habitantes, previo a recibir a los americanos (imágenes a las que cabría sumar la muy bella del tractor con el paracaídas). Ambas pertenecen ya, de una manera indeleble, al imaginario colectivo español, lo mismo que –en términos escritos– supone el propio título de la película. (Sobre el que, por cierto, los autores elaboran un amplio capítulo analizando sus diversas modalidades. Lo más curioso es que el que establecen como “canónico” se contradice con el de la propia portada del libro. Otra paradoja referida a “Bienvenido…”).

·   ¿Por qué no dudo en dar a esas imágenes la dimensión de “míticas”? Entiendo por mítico, algo que se configura por encima de su propia existencia: un personaje, entidad o situación de ficción que, a través de su pervivencia en el tiempo y su expansión en el espacio, logra dimensiones de universalidad y se constituye en punto de referencia donde convergen una serie de constantes humanas, por lo que alcanza categoría de símbolo. Y esas imágenes de “Bienvenido…” que propongo, la del discurso en el balcón y el desfile callejero, se ajustan como un guante a esas características que acabo de enumerar. Cada vez que se da una situación similar, saltan a nuestra memoria; cada vez que se desea evocar algo parecido, están ante nuestros ojos. Es lo que se llama formar parte, integrar, un “imaginario colectivo”, algo que no es precisamente frecuente en el cine español.

·   Ello sí sucede en otras cinematografías, sobre todo la norteamericana y también la francesa e italiana, pero no en la nuestra: además de las secuencias citadas, la mesa de los mendigos de “Viridiana”; el verdugo llevado a rastras en la película homónima también de Berlanga; la “Milana bonita” de “Los santos inocentes”; la bicicleta caída en primer término de “Muerte de un ciclista”; la niña de “El espíritu de la colmena” contemplando al monstruo de Frankenstein… Son imágenes que viven pegadas a la memoria colectiva, a nuestro “imaginario”, como parte indisoluble de él. De ahí su condición de míticas como las que, insisto, “Bienvenido, Míster Marshall” guarda en su interior.

    Muchas gracias.    

Y el cine español fue "eso"


"Caníbal", de Manuel Martín Cuenca

Bastante equilibrados se presentan los Premios Goya de este año. Ninguna película ha logrado un altísimo número de nominaciones: la que más, La gran familia española, tiene 11; seguida por Las brujas de Zugarramurdi, con 10, pero no a la Mejor Película ni a la Mejor Dirección; Caníbal, con 8; 3 bodas de más, 15 años y un día y Vivir es fácil con los ojos cerrados, con 7, y La herida, con 6. Es el reflejo de que ningún título ha dominado de manera evidente sobre los demás, ni desde el punto de vista comercial ni de estima crítica. Aunque, en este sentido, son los films de Martín Cuenca y de Fernando Franco los que han obtenido un mayor respaldo, criterio con el que personalmente me identifico.

2013 ha sido un mal año para el cine español. Las dificultades económicas de la producción, motivadas por la indefinición legislativa, las dificultades crediticias y la inseguridad en un mercado víctima de la subida gubernativa del IVA sobre las entradas, han causado básicamente esta situación. De hecho, la cuota de mercado de nuestro cine ha bajado un 5,5% respecto a la de 2012, situándose en un 14% muy próximo al habitual de temporadas anteriores, aunque sin aprovechar ese casi 20% que proporcionó el pasado año el desmesurado éxito de Lo imposible. Pero todavía más preocupante es que, en cuanto al conjunto de la taquilla, hayamos tenido el peor resultado de la última década, con 508 millones de euros de recaudación global (de ellos, solo 71 para el cine español, un descenso de casi 50 millones respecto a 2012), y sin ninguna película nacional entre las diez primeras.

Ya hemos dicho en otras ocasiones que una cinematografía no debe juzgarse únicamente por cifras como estas, y de ahí la satisfacción de ver a títulos arriesgados y considerados “difíciles”, como Caníbal o La herida (o Stockholm, ejemplo de película de muy bajo presupuesto, con 3 nominaciones), en lo más alto de la selección. Pero también seguimos defendiendo la idea de que el cine es un arte popular, que necesita de la presencia y del calor de los espectadores, sin encerrarse en guetos quizá muy autosatisfactorios pero privados del contacto con un público numeroso.


Poniéndonos positivos, hay que felicitar a mi compañero de página Diego Galán por la nominación a su documental de montaje Con la pata quebrada, que se enfrenta a tres rivales potentes –cada uno en su estilo– como Guadalquivir, Las maestras de la República y Món petit. Así como destacar la selección para los Goya de dos cortometrajes valencianos: Vía Tango, de animación, y Lucas, de imagen real. Y ya puestos a felicitar, hagámoslo con nuestra querida compañera en Turia Carmen Amoraga por su triunfo en el Premio Nadal de Novela con “La vida era eso”. También para el cine español 2013 fue “eso”, entre los problemas del año y las ilusiones de los Goya.

"La herida", de Fernando Franco

(Publicado en "Turia" de Valencia, enero de 2014).

Peter O'Toole: Una voz, unos ojos


No le tenía yo cogido el tranquillo a Peter O’Toole. Su tan celebrada interpretación de Lawrence de Arabia me parecía un tanto impostada, a ratos histriónica, a ratos hierática. Lo mismo me sucedía en películas posteriores, como Becket, Lord Jim, El león en invierno o Adiós, Mr.Chips. Hasta que escuché su voz en Under Milk Wood (Bajo el bosque lácteo), en el personaje del invidente capitán Tom Cat creado por el gran poeta galés Dylan Thomas para una pieza suya de radioteatro. Aquella voz, acompañada por la también espléndida de Richard Burton, dominaba todo el relato: era maravillosa en la dicción y en la entonación, en un sinfín de matices que potenciaban las imágenes de manera fundamental.

El “secreto” radicaba entonces en que yo no había oído a Peter O’Toole en aquellos film que tanta fama le procuraron, sino a unos aplicados dobladores, privándome así de una herramienta fundamental para valorar con justicia el trabajo del actor británico (de cualquier actor, en realidad). Cuando volví a ver en versión original Lawrence de Arabia o las otras películas que había conocido dobladas, entonces sí, entonces valoré realmente al auténtico Peter O’Toole. Algo similar me sucedió con el propio Richard Burton o con James Mason, a quien no estimé suficientemente hasta que vi en versión original el Julio César de Mankiewicz, lo que no resulta nada extraño tratándose de actores “shakesperianos”. Que alguien, además, que detestaba tanto a los críticos como O’Toole fuese elegido para dar voz al pedante gastrónomo Anton Ego en Ratatouille, no fue más que un reconocimiento a la valía de esa inimitable dicción.

Junto a ella, sus ojos azul claro que tanto se han recordado en estos días de su fallecimiento. Unos ojos cuya potente mirada traspasaba a sus oponentes cuando se enfrentaba a ellos, pero que también podían ser comprensivos y cercanos, e incluso cálidos y sensuales cuando estaba a su lado la Audrey Hepburn de Cómo robar un millón y…, lo que, en verdad, a cualquiera le sucedería. No perdió nunca esa mirada especial, y así lo demostró ya de muy mayor en Venus, el mejor de sus últimos papeles, en 2006, como un viejo actor que sirve de guía afectiva a una adolescente deseosa de emociones. Demostró en ella una sensibilidad que a veces se le escapaba al O’Toole más joven, quizá llevado ahora por la edad y por una existencia bastante accidentada y problemática, en la que hasta una vez se había encontrado al borde de la muerte.

Probablemente esté ligada a tan compleja vida el tercer trazo fundamental de su labor interpretativa, sobre todo en sus primeros trabajos de protagonista: la inestabilidad psicológica con que dotaba a sus personajes, la interiorización de unos conflictos que estallaban desde muy dentro. De ahí nace el que Jacinto Antón lo haya caracterizado con acierto en “El País” como “el héroe frágil”, oscilando a menudo entre “esa fragilidad de los héroes y la inexorabilidad de su destino”. Un destino que, ya personalmente, habría sido radicalmente distinto si Marlon Brando o Albert Finney hubiesen encarnado –según estaba previsto– a T.E. Lawrence. ¿Bendición o maldición para un actor ya pegado por siempre a un personaje? Quizá ambas cosas al tiempo, como correspondía a alguien como Peter O’Toole.

(Publicado en "Turia" de Valencia, diciembre de 2013).