Vuelven los clásicos


Se está poniendo de moda la reposición de películas clásicas en las salas comerciales. Bienvenido sea, siempre que la selección resulte adecuada y no se limite, como suele pasar, al cine norteamericano. Solo puede ser motivo de satisfacción que, aprovechando las facilidades que aporta el digital y en versiones a menudo restauradas, la gente joven y no tan joven tome contacto con títulos fundamentales y no lo haga en las pequeñas pantallas del televisor o el ordenador. Todavía perviven en la memoria aquellos cines del Barrio Latino parisino donde generaciones enteras conocieron multitud de obras básicas que marcarían sus preferencias en el futuro.

Cartel original de "Las vacaciones de Monsieur Hulot"

Se une ahora a esta tendencia Las vacaciones de Monsieur Hulot, que Jacques Tati realizase en 1953 y que significaría la primera de las cuatro veces en que interpretase al inmortal personaje, con mención especial para Mi tío. Se ha presentado –restaurada– dentro de la muestra “Tu cita con el cine francés”, organizada por Unifrance la pasada semana en Madrid. Pero desde el próximo 7 de agosto se proyectará en salas comerciales de diversas ciudades españolas. Y vale mucho la pena, porque el peculiar humor de Tati sigue vivo, con ese sentido tranquilo y casi “pasivo” de la narración que únicamente a él le pertenece, lo mismo que la milimétrica elaboración de los “gags” que tanto le caracterizan. La presencia de Monsieur Hulot en el Hotel de la Plage de una costa anterior a la invasión turística, supone todo un involuntario revulsivo en las conductas de quienes disfrutan el veraneo. Hay que verlo, como se va a poder hacer ahora, para disfrutarlo a fondo.

Tati ha influido decisivamente en numerosos cineastas posteriores, sobre todo en Aki Kaurismäki, Otar Iosseliani, Roy Andersson, ciertos títulos de Jerry Lewis o todo un sector de la producción rumana de hoy. Es interesante constatar que son los autores franceses previos a la “Nouvelle Vague” (Bresson, Renoir, Tati, Becker) los que más están gravitando sobre las nuevas tendencias fílmicas, por encima de los propios Godard y Truffaut y demás compañeros de su grupo generacional, quienes también les admiraban, por cierto. Como si la Historia se encargase de poner a cada cual en su lugar, no con ánimo de anular a nadie sino de rendir justicia a las distintas camadas de autores.

Esperemos que este retorno de los clásicos no sea una simple “nube de verano” que aproveche la carencia de películas nuevas con fuerte gancho que se da en estos meses estivales, hasta cerca ya de septiembre. Porque la forma de que arraiguen es manteniendo una programación continuada, e incluso unas salas en que los espectadores sepan que se van a encontrar con ellos de manera habitual. Lo que se llama, en definitiva, buscar, hallar y mantener un público, primera regla de oro de la exhibición cinematográfica.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2015).



Las "campanas" de Avilés


Comencé mi trabajo periodístico en Avilés, como redactor-jefe del diario local, que se llamaba –y sigue llamándose– “La Voz de Avilés”. Desde un principio me interesó el tema de las “campanas”, un sistema mediante el que se había cimentado Ensidesa y por el que murieron muchos obreros, nunca se supo bien cuántos. Pero era entonces un asunto totalmente “tabú”, del que nadie quería hablar o se hacía en plan confidencial: se susurraba en voz muy baja que el subsuelo de la gran siderúrgica estaba poblado de cadáveres… Por ello, no logré publicar el reportaje que narrase aquella realidad laboral acaecida entre 1951 y 1959, en un Avilés que había pasado de ser una villa burguesa de 15.000 habitantes a una ciudad proletaria de cerca de 100.000. El enorme crecimiento procedía de la masiva llegada de emigrantes desde las zonas más desfavorecidas de España, y de la propia Asturias, a quienes los “avilesinos de toda la vida” llamaban “coreanos”, por la coincidencia entre su pésima situación social y la que se veía sufrir en el “No-Do” a las víctimas de la Guerra de Corea.

Un grupo de las 1.200 "campanas" utilizadas en la construcción de Ensidesa

Ahora, un excelente documental refleja ese duro tiempo, y concretamente la terrible existencia de las “campanas”, de ahí que se titule Campaneros. Lo ha realizado un avilesino nieto de emigrantes, Isaac Bazán Escobar, recogiendo los testimonios de cinco de aquellos trabajadores, además de la colaboración de una serie de expertos, entre los que destaca Javier Gancedo, Director del Archivo de Ensidesa. Con materiales de este centro y del Archivo Histórico de Asturias, junto a los mencionados testimonios y unas oportunas imágenes de animación, Bazán Escobar nos sitúa ante el escalofriante método de las “campanas” de aire comprimido o “cajones indios”, llamados así porque los ingleses ya lo utilizaron con el fin de construir puertos en aquel país.

Para que ustedes se hagan una idea, se trataba de cilindros de acero ajustados a unos profundos cajones de hormigón por los que un grupo de obreros bajaba para cavar la tierra y llegar al suelo firme que permitiese la cimentación. Pero como la zona era de marismas, había que inyectar una fuerte presión que alejase el agua de dicho suelo; es decir, que los trabajadores tenían que soportar una presión muy superior a la del aire libre y, de no tomarse las medidas adecuadas para evitarlo, se producían muertes o –cuando menos- roturas de tímpano, hemorragias por distintos orificios o daños a los huesos, todo ello a causa de los cambios barométricos.


El visionado de Campaneros en Avilés ha sido un auténtico acontecimiento, con pases y pases repletos en la Casa de Cultura de la ciudad. Pero este documental merece un recorrido mucho mayor, que permita comprobar a los espectadores más jóvenes cómo fueron tantas veces las condiciones laborales sufridas durante el franquismo.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2015).

Bergman, siempre Bergman

Ingmar Bergman

Durante muchos años, decir Bergman en España era decir Semana de Cine de Valladolid. En ella se descubrió en nuestro país la obra del maestro sueco, y la proyección en los primeros años 60 de, sucesivamente, ‘El séptimo sello’, ‘El manantial de la doncella’ y ‘Los comulgantes’ supuso todo un aldabonazo difícil de olvidar. La concisa estética bergmaniana, su visión de temas como la muerte, el conflicto entre lo terrenal y lo espiritual o la ausencia de Dios fascinaron a unos espectadores que, en todo caso desde Dreyer, no habían visto nada parecido. Algunos también se llamaron a escándalo ante que la vida se jugara en un tablero de ajedrez y no por designio divino; o porque la brutal violación de una joven doncella tuviera un significado casi purificador, o al comprobar que el silencio celeste se extendía hasta a los propios clérigos que debían esclarecerlo. De hecho, nunca se ha hablado tanto de metafísica y teología como a la salida del Cine Avenida, en el Paseo de Zorrilla vallisoletano…

Desde allí, el conocimiento de Bergman se extendió a miles de cinéfilos, y no tan cinéfilos, españoles: hay que recordar que, por ejemplo, ‘El manantial de la doncella’ se mantuvo durante quince semanas en el Cine Coliseum, de Madrid. Corría por entonces la “leyenda urbana” de que el jesuita Carlos María Staehlin había “bautizado” los subtítulos de sus películas en los pases del Festival para adecuarlos a una ortodoxia católica a la que Bergman era muy ajeno. Pero, en su excelente libro sobre el medio siglo del certamen, César Combarros Peláez ya aclaró lo sucedido: no fue en Valladolid, entre otras cosas porque las copias no estaban subtituladas al castellano, sino luego en la exhibición comercial cuando –para lograr pasar una Censura de la que formaba parte– el padre Staehlin manipulaba el doblaje con el fin de “acercarse” lo más posible a esa ortodoxia.

La fidelidad de la Semana hacia un Bergman que los periodistas ya no confundían con su homónima Ingrid, superó esa etapa y permaneció para siempre. A ese periodo de su filmografía divulgado inicialmente entre nosotros y que quedó coronado con tres Lábaros de Oro del Festival, sucedieron otros todavía más decisivos. Por sus salas fueron pasando ‘Persona’, ‘La vergüenza’, ‘Pasión’, ‘Secretos de un matrimonio’, ‘La flauta mágica’, ‘Sonata de otoño’, ‘Fanny y Alexander’…, la mayor parte de una trayectoria que se completaría con dos retrospectivas y media, al estar compartida esta última por Robert Bresson, que ayudaban a recuperar los comienzos del cineasta desde 1945 o a “rellenar” los huecos existentes.

"Fanny y Alexander"

Así, el adicto a la Semana pudo ir comprobando en primicia la evolución de Bergman hacia lo más definitorio de su obra, por encima de aquella etapa que nos lo dio a conocer: la decisiva importancia dada al rostro y al cuerpo humano en general, la profundidad en la disección de los sentimientos amorosos, la forma de penetrar en los conflictos más íntimos, la búsqueda de una trascendencia no ya teológica sino plenamente derivada de las propias vivencias de los personajes... Todo ello a menudo enmarcado en los ásperos paisajes de la isla de Farö, en la que el propio Bergman residía e incluso murió en 2007, a los 89 años. Quizá entonces, como el anciano de ‘Fresas salvajes’ en su fusión de tiempos, rememorase aquella infancia como hijo de un estricto pastor protestante que recreara especialmente en ‘Fanny y Alexander’ y que sentó las bases para una creatividad excepcional que se expresaría tanto en el cine como en el teatro.

Tres veces galardonado con el Oscar (por ‘El manantial de la doncella’, ‘Como en un espejo’ y la propia ‘Fanny y Alexander’), además de que la Academia de Hollywood le concediera el Premio Irving Thalberg al conjunto de su obra, se diría que la figura de Bergman aparece hoy un tanto difuminada para las nuevas generaciones, para aquellas que tienen a Spielberg como su referencia más histórica. No hay que preocuparse, ya llegarán a Bergman, a su intensidad emocional, a su originalidad expresiva, a su depuración estilística. Es una cuestión de tiempo que vayan acercándose a su cine y se entusiasmen con él, como tantos hicimos y seguimos haciendo.

Sé positivamente que hay quienes, tras un conflicto personal, corrían a ver una película de Bergman para tratar de profundizar y clarificar lo que les estaba sucediendo. No se trataba, por supuesto, de un fácil sentimentalismo. Era una auténtica catarsis que solo pueden provocar las verdaderas obras de arte. Y si no, que se lo digan a Woody Allen, que ha demostrado por activa y por pasiva su admiración por el autor de ‘Gritos y susurros’, con películas enteras, como ‘Interiores’, que suponen un explícito homenaje a él. O que acudan al cineasta turco Nuri Bilge Ceylan, cuyo ‘Sueño de invierno’, ganadora de la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes, tanto “bebe” de su sentido del tiempo, del ritmo y de la planificación. O, entre nuestros directores, al mismísimo Carlos Saura de ‘Cría cuervos’ o ‘Elisa, vida mía’.


Bergman, siempre Bergman.

(Publicado en el suplemento "La Sombra del Ciprés", de "El Norte de Castilla", de Valladolid, mayo de 2015).

Cannes o el triunfo del chovinismo


Me temo que, con las alegrías poselectorales, que yo les hable de Cannes, de las importantes películas vistas en él y de la justicia o injusticia de su Palmarés, les va a sonar más bien a chino. Pero para algo es el primer Festival del mundo, y muchos de los títulos que han protagonizado sus doce jornadas van a llegar hasta ustedes en los próximos meses. Hay varios que son de la máxima valía; otros que serán olvidados con rapidez, producto de un certamen con una primera mitad excelente y una segunda en claro declive. Precisamente, cuando el Jurado Internacional, presidido por los hermanos Coen y con alguna celebridad indiscutible como Rossy de Palma, ha encontrado buena parte de sus premios, empezando por la sorprendente ganadora, Dheepan, de Jacques Audiard.

"Dheepan", de Jacques Audiard, Palma de Oro

Esta 68 edición de Cannes se había montado a mayor gloria del cine francés, con cinco películas a competición –sobre diecinueve– más otras tantas en otros apartados de la Selección Oficial, entre ellas las de inauguración y clausura, e innumerables en las secciones paralelas. El empeño, pese a ser muy criticado en todos los medios, le ha salido bien a los organizadores. Porque el Jurado ha querido ser agradecido y colaborador, situando a tres films galos en el Palmarés: la citada Dheepan y La loi du marché y Mon roi a través de Vincent Lindon, premio merecido al Mejor Actor, y Emmanuelle Bercot, premio inmerecido a la Mejor Actriz, “ex aequo” con Rooney Mara, con agravio hacia su compañera en Carol, la espléndida Cate Blanchett del no menos estupendo film de Todd Haynes.

Por el contrario, el gran perdedor de esta 68 edición es el cine italiano, que presentaba en la Sección Oficial a sus tres mayores “pesos pesados”: Nanni Moretti con Mia madre, Paolo Sorrentino con Youth y Matteo Garrone con Il racconto dei racconti. Se conoce que como no había en el Jurado ningún miembro de su país, nadie les valoró debidamente y se han ido con las manos vacías, mientras que los paneles de puntuaciones y los rumores apuntaban hacia los dos primeros como grandes favoritos.

"El hijo de Saúl", de László Nemes, Gran Premio del Jurado


Siempre cabe preguntarse qué es lo que quedará de una concreta edición. Aparte de los films de Moretti y Haynes o la continuidad en la obra de Hirokazu Kore-eda en Nuestra hermana pequeña y de Hou Hsiao-Hsien en La asesina, para mí la auténtica “revelación” de este Cannes ha sido El hijo de Saúl, de László Nemes, con una aproximación al tema del Holocausto como no habíamos visto antes. En este caso el Jurado sí ha acertado al otorgarle su Gran Premio, el segundo en orden de importancia, como también la crítica internacional reunida en la FIPRESCI. Quizá en nuestra memoria permanezcan, ante todo, las terribles imágenes del film húngaro dentro de un Festival que no ha colmado las expectativas creadas.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2015).

Un Palmarés a mayor gloria del cine francés


El Jurado Internacional de la 68 edición del Festival de Cannes

El Jurado del Festival de Cannes le ha echado un capote en toda regla a la organización del certamen. Si algo se había criticado durante estos doce días era el exceso de películas francesas en la Competición Oficial (cinco sobre diecinueve) y, sobre todo, el nivel de calidad de las mismas. Se trataba de una apuesta personal del director del Festival, Thierry Frémaux, considerada generalmente como un caso de chovinismo. Pues bien, el Jurado que han presidido los hermanos Coen, y formado otros siete integrantes más, entre ellos Sophie Marceau, Rossy de Palma, Guillermo del Toro, Xavier Dolan y Jake Gyllenhaal, ha demostrado su apoyo a Frémaux y su agradecimiento por la hospitalidad. Solo así se explica que tres de estos films galos figuren en el Palmarés: ‘Dheepan’ nada menos que con la Palma de Oro, Emmanuelle Bercot como Mejor Actriz “ex aquo” por ‘Mon roi’ y Vincent Lindon como Mejor Actor por ‘La ley del mercado’, el único galardón justo. Todos han venido haciendo declaraciones, especialmente los Coen, sobre lo muchísimo que sus carreras deben a Cannes; su agradecimiento ha quedado bien patente.

Jacques Audiard, tras recibir la Palma de Oro por "Dheepan"

Creo que nadie, ni siquiera la crítica francesa que había puntuado bastante bajo a ‘Dheepan’ –nombre del protagonista del film– podía imaginar que fuera a llevarse la Palma. Como dijimos en nuestra crónica, se trata de una película interesante en su planteamiento de la violencia dentro de una comunidad cerrada (tema muy querido por Jacques Audiard, su director, como demostrase con mucho más acierto en ‘Un profeta’), pero había pasado sin mayor gloria por el certamen. Su relato de una falsa familia creada para escapar de la situación en Sri Lanka y exiliada en París, dentro de una conflictiva comunidad vecinal, me parece que solo había impresionado a Carlos Boyero, y lo digo en honor a su perspicacia. Pero ni por asomo figuraba en las quinielas de la mayoría de los asistentes al Festival, que se inclinaban por otros títulos, claramente ninguneados, como quedó claro en la sala de Prensa, con notorios abucheos a la Palma de Oro para ‘Dheepan’.

Es el caso de, sobre todo, ‘Mia madre’, de Nanni Moretti, y ‘Youth’, de Paolo Sorrentino, las dos grandes perdedoras de esta edición. Quizá el que no hubiera ningún italiano en el Jurado Internacional les haya dejado sin la necesaria defensa, pero es injusto que se vayan de vacío, y esa total ausencia de reconocimiento a la triple representación italiana (el restante film, ‘El cuento de los cuentos’, no lo merecía) suena casi a desprecio. Como también el ejercido contra la excelente ‘Carol’, de Todd Haynes, solo valorada por la interpretación de Rooney Mara como la otra Mejor Actriz “ex aequo”, cuando en realidad ella siempre está en función del trabajo de Cate Blanchett, a la que el Palmarés ignora plenamente.

Desde mi punto de vista, el galardón más merecido es el del Gran Premio del Jurado, el segundo en importancia, para la húngara ‘El hijo de Saúl’, de Lászlo Némes, que quedará como el gran descubrimiento del certamen por su manera tan impactante de tratar el Holocausto a través de la figura de un miembro de los “Sonderkommando”, los judíos colaboracionistas con el terror nazi (también ‘El hijo de Saúl’ ha conseguido el Premio de la Crítica Internacional, FIPRESCI). Por el lado opuesto, el de destacar una amplia e importante carrera dentro del cine oriental, cabe entender que se valore al taiwanés Hou Hsiao-Hsien como el Mejor Director de la competición por ‘La asesina’, aunque su muy refinada estética, su bello formalismo, no se corresponda precisamente con la claridad narrativa, al menos para quienes no estamos familiarizados con las vicisitudes de la China medieval.

Al premiar al mexicano Michel Franco por su guion de ‘Chronic’, creo que se habrá querido subrayar la contención y sentido humano que muestra al tratar un tema propicio a la desmesura, como el de unos pacientes al borde de la muerte a quienes ayuda un cuidador extremadamente solicito y cariñoso con los enfermos, muy bien interpretado por Tim Roth. Mientras que considero excesiva recompensa la lograda por ‘The Lobster’ (‘La langosta’), donde el deseo de originalidad por parte del griego Yorgos Lanthimos se nota en exceso dentro de una película que se quiebra por su mitad, con dos partes demasiado diferenciadas entre el hotel donde se trata de “recuperar” a las personas solteras, que si no emparejan son transformadas en animales, y la intensa historia de amor que surge entre dos resistentes a tan absurda imposición.

César Augusto Acevedo, con su Cámara de Oro por "La tierra y la sombra"

Citamos en una anterior crónica la resonancia que habían alcanzado dos títulos latinoamericanos en la Semana de la Crítica: el argentino ‘Paulina’ (o ‘La patota’), de Santiago Mitre, y ‘La tierra y la sombra’, del colombiano César Augusto Acevedo, ambos presentados en la Semana de la Crítica. Pues bien, alegra señalar que ambos se han visto recompensados; el primero, por la FIPRESCI en su galardón para las sesiones paralelas; y el segundo –apoyado por el Programa Ibermedia–, además de en la propia Semana, como ya anunciamos, con la importante Cámara de Oro, destinada a primeros largometrajes, cuyo Jurado ha valorado la sensibilidad del relato, solo lastrada por un cierto hieratismo en la puesta en escena. Nada en cambio ha habido para ‘Un día perfecto’, de Fernando León de Aranoa, único largometraje que había dentro de la escasísima representación española en el Festival. Aunque alegrémonos un poco porque ‘Víctor XX’, práctica realizada en la Escuela de Cine catalana (ESCAC) por Ian Garrido, haya logrado un tercer premio ex aequo en la selección de la Cinéfondation.

El Cannes de 2015 se ha terminado. Nos vemos en la Semana de Cine de Valladolid. No falten al aniversario de su 60 edición.

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 25 de mayo de 2015).





Shakespeare cierra la Sección Oficial


Que casi cuatrocientos años después de la publicación de ‘Macbeth’, en 1623, siga atrayendo a autores de diversas disciplinas, demuestra hasta qué punto continúa estando viva la obra teatral de Shakespeare. Más de cien adaptaciones al cine parece que se han realizado de ella, algunas tan conocidas como las de Orson Welles en 1948, Kurosawa en 1957 (bajo el título de ‘El trono de sangre’ y ambientada en Japón) o Polanski en 1971. La última acaba de presentarse en Cannes como cierre de la Sección Oficial, dirigida por el australiano Justin Kurzel –de quien es solo el segundo largometraje– y protagonizada por Michael Fassbender y Marion Cotillard, en un papel pensado inicialmente para Natalie Portman.
"Macbeth", de Justin Kurzel

El resultado es una buena versión de ‘Macbeth’, básicamente fiel al texto original, aunque se hayan introducido violentas escenas de batallas o eliminado varios personajes y los elementos mágicos detentados por las “tres brujas” que anuncian a Macbeth su destino. También el personaje de su ambiciosa esposa no es tan tremendo como se le suele representar, sino más problemático y realista porque, en definitiva, más realista es la propuesta global, aunque su estruendoso diseño sonoro lo contradiga. Rechazado el film en su conjunto por buena parte de los críticos ingleses, que no soportan el acento presuntamente escocés (Macbeth fue rey de Escocia entre 1040 y 1057) de la mayoría de los actores, y en concreto los de Fassbender y Cotillard, los hay también amantes de la moda, que solo lo entienden como “una aproximación a ‘Juego de tronos’”. Así se escribe la Historia, querido Shakespeare.

"El pequeño príncipe", de Mark Osborne

Otro clásico, de muy distinto signo, se trasladaba también a la pantalla del Palacio: ‘El pequeño príncipe’, el libro de Antoine de Saint-Exupéry, por el que no pasan los años ni las generaciones. En este caso, no se trata de una verdadera adaptación, sino de introducir el contenido original en un relato más amplio: el de una niña muy controlada por su concienzuda madre que despierta a la fantasía y la imaginación gracias a su vecindad con un viejo aviador, que es quien realmente le pone en contacto con la existencia del Principito. Tratándose de una película de animación, su director Mark Osborne (que hizo ‘Kung-Fu Panda’) ha querido diferenciar las dos historias técnica y estilísticamente, con animación por ordenador para el relato de la niña y de manera artesanal fotograma a fotograma, lo que llaman “stop motion”, para el que crease Saint-Exupéry. Si desigual es el principio que ha inspirado la película, quizá no podía ser de otra manera el resultado, al mostrarse muy deudor de las convenciones habituales del género en la narración global, y falto de poesía e imaginación en el del planeta donde “lo esencial solo se ve bien con el corazón, no con los ojos”. Algunas brillantes y divertidas secuencias salvan el empeño.

Esto se termina. Con una segunda parte del Festival que ha desmerecido mucho de la excelente primera. Todo el mundo se entrega ahora al juego de las quinielas sobre el palmarés, en el que un rumor creciente sitúa en primer término a ‘Youth’. Pero otras películas entran en liza con fuerza y, en mi opinión, mayor valía que la de Paolo Sorrentino: ‘Mia madre’, de Nanni Moretti (aunque ya ganó la Palma de Oro con ‘La habitación del hijo’); ‘Carol’, de Todd Haynes; la húngara ‘El hijo de Saúl’, de László Nemes, la verdadera revelación de esta 68 edición; ‘La ley del mercado’, de Stéphane Brizé, sobre todo por la interpretación de Vincent Lindon; ‘Nuestra hermana pequeña’, de Hirokazu Kore-eda, o –para los más versados en la China medieval– ‘La asesina’, de Hou Hsiao-Hsien.

Se sabrá mañana por la noche, cuando en España cierren los colegios electorales, y antes de que aquí se proyecte ‘La glace et le ciel’ (‘El hielo y el cielo’), el primer documental que alberga la Clausura Oficial en la historia del certamen y que recoge las investigaciones del científico francés Claude Lorius en sus expediciones a la Antártida. Pero, con los nervios de los premios, que a nadie se le ocurra tirar una colilla o una lata de refresco al suelo, y menos orinar en la calle. El Ayuntamiento de Cannes acaba de sacar una ordenanza que castiga estos “desmanes” nada menos que con 180 euros de multa…

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 24 de mayo de 2015).


Se da a conocer un inédito de Oliveira

"Visita ou Memórias e Confissoes", de Manoel de Oliveira

Salvo en un par de proyecciones de la Cinemateca Portuguesa tras la muerte de Manoel de Oliveira el pasado mes de abril, nadie había visto su documental ‘Visita ou Memórias e Confissoes’, que realizase en 1982. La película, de poco más de una hora, permanecía inédita por expresa voluntad de su autor, que había determinado que solo se conociera tras su fallecimiento. Así se ha respetado, esperando treinta y tres de los 107 años a los que llegó Oliveira, quien no deseaba mostrar en vida la casa en la que había residido mucho tiempo y que tuvo que vender por problemas económicos, o que se oyera de su propia voz la historia de sí mismo y de su familia. Un pudor comprensible en alguien que hizo de él y de la educación normas fundamentales de existencia.

Apoyado en un texto de la gran escritora Agustina Bessa-Luís, cuyas obras adaptó Oliveira en varias ocasiones, realizado tras ‘Amor de perdición’ y ‘Francisca’, se ofrece ‘Visita ou Memórias e Confissoes’ como un trabajo sencillo, de carácter íntimo, que permite conocer mejor la personalidad del cineasta. No hay en él grandes revelaciones, ni se descubre secreto alguno, pero sí ayuda a perfilar unas determinadas circunstancias dentro de las que el autor portugués se movió durante las diferentes etapas de su vida. Así lo recibió la crítica internacional (con escasísima representación de la española de diarios), que llenó la Sala Buñuel del Palacio y que entendió la sesión, sobre todo, como un sentido homenaje a Oliveira.

Para homenajes, el que este 68 edición iba a significar para el actual cine francés en su conjunto, según opinión del director del certamen, Thierry Frémaux. Por ello, ha situado nada menos que diez películas galas en la Selección Oficial, cinco de ellas en competición y otras tantas entre fuera de concurso y sesiones especiales, incluyendo el film inaugural (‘La tête haute’), junto a dos en Un Certain Regard. Sin contar las coproducciones con Francia, inevitables si se quiere entrar en Cannes, o los productos nacionales incluidos en la Quincena de Realizadores y la Semana de la Crítica. Una verdadera “orgía” de cine francés, que nos sale hasta por las orejas y que ha provocado alguna protesta pública tras las proyecciones. Sin que la realidad haya confirmado tan chovinista propuesta.

No ha mejorado este panorama (del que solo cabe excluir claramente a ‘La loi du marché’) el film del ya veterano Guillaume Nicloux ‘Valley of Love’, que ha mostrado la Sección Oficial. Un simple vehículo de lucimiento para la inevitable Isabelle Huppert y un Gérard Depardieu cuyo desmesurado físico ya solo le habilita para ser el Obélix de la saga de Asterix… Localizada en el Valle de la Muerte californiano, donde Antonioni rodase ‘Zabriskie Point’, traza una historia que busca ser “fantástica” en el reencuentro de una pareja separada a la que cita allí su hijo mediante las cartas que les escribió antes de su suicidio, seis meses atrás. Los muy fatigosos desplazamientos –sobre todo para Depardieu– del ex matrimonio nunca provocan en el espectador la sensación de ese “viaje iniciático” que Nicloux dice haber pretendido.

"Chronic", de Michel Franco

Bastante más interesante es la propuesta del mexicano Michel Franco en ‘Chronic’, la rival de ‘Valley of Love’ en la Competición de ayer, donde un notable Tim Roth interpreta a un solícito cuidador de enfermos casi siempre terminales. No es la película ideal para ver a los ocho de la mañana, pueden comprenderlo, pero sí destaca por su tono contenido, el cariño hacia sus personajes y el sobrio estilo de quien ganase aquí hace tres años el primer premio de Un Certain Regard por ‘Después de Lucía’. Lástima que el film se cierre con una conclusión más que innecesaria.

Y hablando de premios, llegan los primeros. Corresponden a la Semana de la Crítica y los han encabezado dos títulos latinoamericanos: el argentino ‘Paulina’ (aunque el título original es ‘La patota’, modismo que se refiere a la pandilla de jóvenes que ataca a la maestra de un pueblo), de Santiago Mitre, que se diera a conocer con su excelente “opera prima”, ‘El estudiante’; y el colombiano ‘La tierra y la sombra’, de César Augusto Acevedo, sensible relato sobre los estragos creados a la población por la incesante lluvia de cenizas de unas plantaciones de azúcar.

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 23 de mayo de 2015).