Todo empieza en el guion



Por una serie de circunstancias que no vienen al caso, he conocido en los últimos meses numerosos proyectos del cine español. Y algo me ha llamado la atención por encima de cualquier otra cosa: lo mal, lo rematadamente mal que se paga a los guionistas. Sean de mayor o menor presupuesto, más o menos ambiciosas, de carácter básicamente “industrial” o “cultural”, todas las películas –salvo contadas excepciones– tienen una característica común: las cantidades ínfimas que se dedican al guion. Algunos productores ni siquiera lo pagan o, sobre todo si se trata de documentales, se atreven con la ridícula cifra de 1.000 o 2.000 euros, cuando no posponiendo el cobro a “si hay beneficios” (que nunca los hay, al menos oficialmente). Muchos lo sitúan en 15.000 euros, dinero todavía muy injusto e insuficiente para quien o quienes han “inventado” el film.

No es que los directores estén tampoco bien pagados, pero superan un poco esos números de sonrojo. ¿Cómo se quiere que salgan bien las películas si no se les da una remuneración adecuada a quienes las escriben? La solución no estriba en hacer más y más versiones del guion, lo que a tantos productores españoles les encanta y que no suele lograr otra cosa que “marear la perdiz”. Eso lo han aprendido de sus colegas norteamericanos, que lo practican habitualmente, pero no imitándoles en los baremos económicos que aplican. Resulta muy fácil acudir al tópico de que “en el cine español lo que fallan son los guiones”. No, lo que falla es la miseria que se dedica a ellos y que impide que apenas nadie llegue a profesionalizarse en este oficio. Páguense adecuadamente y ya verán cómo surgen buenos “scripts”.

Están en el horizonte diversas medidas que reforman el apoyo estatal a la producción cinematográfica de nuestro país, en especial las ayudas previas que van a sustituir a las de amortización. Dado que no se puede entrar desde la Administración en si el guion está bien o mal retribuido, porque se trata de un acuerdo entre particulares, debe exigirse que se haya abonado, al menos parcialmente, para poder acceder a dichas ayudas. Porque esa es otra: dicho con el refrán popular, “además de cornudos, apaleados”, porque tantas veces los guiones acaban pagados tarde, mal o nunca. Y no se puede seguir explotando a quienes crean, a quienes emplean su inventiva, su esfuerzo y su tiempo a que todo pueda ponerse en marcha. No hay una buena película sin un buen guion, y ejemplos de ello los encontramos a miles. La “regeneración” del cine español pasa, junto a otros muchos factores pero de manera principal, porque se les dé el justo trato económico a aquellos que lo imaginan. Es la única forma de construir la casa desde sus cimientos reales.


Ah! Felices vacaciones.

(Publicado en "Turia" de Valencia, julio de 2015).

"El mundo sigue": Por un puñado de pesetas


Lina Canalejas y Fernando Fernán-Gómez, en "El mundo sigue", de Fernando Fernán-Gómez (1963)

Si la palabra “melodrama” no hubiese recuperado hace ya tiempo su –nada peyorativo– sentido original, la visión de El mundo sigue conseguiría devolvérselo con creces. Porque el film de Fernando Fernán-Gómez responde con fidelidad a las características básicas del género y, no pese a ello sino gracias a ello, logra su objetivo: ofrecer una imagen devastadora del fracaso y la desesperación, la mediocridad y el mercantilismo de un núcleo social inmerso todavía en aquella posguerra de nunca acabar. Como “melodrama sentimental, lo que hoy se hubiera llamado un culebrón”, definió el propio Fernán-Gómez su película; la justeza de la frase incluye ese aroma próximo a los melodramas clásicos mexicanos que desprenden muchas de las situaciones y diálogos de El mundo sigue, pero quizá se quede demasiado corta. Hay otros aspectos no tan evidentes que, al contemplarla, adquieren una especial dimensión.

Ante todo, la forma obsesiva en que el dinero gravita sobre cada uno de los personajes. Dentro de un cine español donde raramente a las cosas se les llamaba por su nombre, sabemos por El mundo sigue que en los años 50 un aborto clandestino costaba 15.000 pesetas, que el generoso cheque de un “banquerito” catalán a su mantenida podía ascender a diez veces más, que te jugabas el cuello y la cárcel por robar las 22.000 pesetas de la recaudación diaria de un bar, que por 500 pesetas alguien ya se creía con derecho a meter mano a la mujer de su empleado, que una sortija y un reloj de oro bastaban para sepultar los “principios” de unos padres tradicionales, e incluso que por tener los 14 aciertos de una quiniela igual solo cobrabas 5.069,50 pesetas si los acertantes eran 485, muestra de que “el talento de los españoles aumenta a ojos vistas”, como titulaba el diario del Movimiento, “Arriba”.

Todo está cuantificado hasta la exasperación en El mundo sigue, toda su red de sentimientos, odios, pasiones y rencores cabe cifrarla en un mayor o menor puñado de pesetas. Eloísa (Lina Canalejas), ese personaje amargado que fue “Miss Maravillas” en 1950 y que suele hablar “desde mi pobreza de mujer decente”, acaba lamentándose de que “ya no sirvo ni para venderme”. Mientras su hermana Luisa (Gemma Cuervo), que sí supo venderse, exclama un definitorio “¡que se mueran los pobres!” acomodada en el interior de su “haiga” que le conduce por las calles de Madrid. Y Faustino (Fernando Fernán-Gómez), el odioso marido de la primera, cuya ludopatía no puede ir más allá de las quinielas, terminará confundiendo trozos de periódico con billetes de banco…

Otro valor fundamental de El mundo sigue es su lúcido retrato de la mujer en estos años de penuria moral y material que conocemos como franquismo. No ya solo a través de las dos hermanas citadas, sino de su madre, Doña Eloísa (Milagros Leal), y hasta de los personajes que aparecen incidentalmente –por ejemplo, la regordeta criada en quien resulta difícil reconocer los trazos de Marisa Paredes, o la joven “modelo” que interpreta Pilar Bardem–, Fernán-Gómez compone un friso colectivo que las feministas deberían tener muy en cuenta a la hora de mostrar el papel otorgado a la mujer en una sociedad sexista y opresiva. Sometidas sin cesar al hombre, aunque sea para aprovecharse de él merced a sus “encantos”, sin posibilidad de desarrollar un camino propio como seres humanos, brutalizadas o acosadas (nada menos que “hembra pateada” es el calificativo que Faustino dedica a Eloísa, “la madre de sus hijos”), las mujeres de El mundo sigue se convierten con el paso del tiempo en el símbolo de un entorno regido por el signo supremo del machismo.

A pocos meses de que el régimen de Franco celebrase de manera triunfalista sus “25 Años de Paz”, Fernán-Gómez se basa en la densa novela de Juan Antonio de Zunzunegui para poner en pie este melodrama que difumina sabiamente los estrictos límites del Bien y el Mal en que el género se sustenta, este relato costumbrista y casi naturalista que va mucho más lejos del simple reflejo de usos y conductas, de este apólogo moral que deja pequeña la “Guía de Pecadores” de Fray Luis de Granada, citada textualmente al comienzo de la película. No puede extrañar que pasara lo que pasó: que El mundo sigue apenas llegase a estrenarse comercialmente. Y es que Fernán-Gómez no tuvo en cuenta esa advertencia que el director del periódico da a Andrés (Agustín González), su crítico de teatro, según la cual “nuestros consejeros, y los hijos y los parientes y los amigos de nuestros consejeros, todos tienen un enorme talento…”. Prefirió “hacerse un regalo” filmando la película que deseaba, en vez de aceptar el “talento” de quienes dominaban nuestro país.

(Texto escrito en 1995 para una publicación del Festival de Cine de San Sebastián y leído parcialmente en la Mesa Redonda dedicada a "El mundo sigue", el 6 de julio de 2015, en la Academia de Cine). 

Mesa Redonda celebrada en la Academia de Cine sobre "El mundo sigue". En torno a Gemma Cuervo, protagonista del film, y de izquierda a derecha, Adolfo Blanco, José Sacristán, Juan Estelrich, Antonio Resines, Fernando Trueba y Fernando Lara).


"Nuevos vientos" en los Turia


Si “resistencia” fue la palabra clave en la entrega de los Premios Turia de 2012 (recién llegado el PP al poder, pero ya con brutales recortes en su haber), la idea dominante tres años después ha sido la de esperanza ante los “nuevos vientos que corren por Valencia”. Lo dijo así Curro Sánchez Varela, ganador del Premio al Mejor Documental por el que ha dedicado a su padre, Paco de Lucía, pero con estas u otras palabras tal idea fue repetida por la mayoría de los galardonados en la XXIV edición. Los resultados de las elecciones municipales y autonómicas del pasado mayo motivaban este sentimiento esperanzador hacia los ya formados Gobiernos, y quien más quien menos lo expresó desde el escenario. Incluso la presencia del Conseller de Cultura y de otros políticos de nueva hornada en la gala de Burjassot, después de tantísimos años de ausencia de autoridades, demostraba que las cosas están empezando a cambiar.

Xavi Castillo, como Rita Barberá, junto a su sillón "perdido" de alcaldesa

Había una expectación especial por ver cómo Xavi Castillo iba a enfocar la situación. Ante la muerte política de su máxima “star”, Rita Barberá, uno se lo imaginaba apareciendo bajo un velo negro, como Rosa Maria Sardà en aquellos famosos Goyas en que, siendo a la vez presentadora y nominada, recibió la noticia de que se había quedado sin premio… No fue exactamente así, sino que su salida a escena fue travestido en una Rita tambaleante, fracasada y balbuciendo su triste situación, pero que no renunciaba a sus característicos rugidos. Aunque pronto, tras resumir todo ello con la música de “The End”, de The Doors, apuntó hacia su objetivo de la noche, una vez desaparecidos también en combate Camps o los Fabra: Carolina Punset, de Ciudadanos, y su intervención parlamentaria sobre el uso del valenciano y lo que significaba de “vuelta a la aldea”. Cantó entonces para ella una singular versión del “Sweet Caroline”, de Neil Diamond, y se despidió acordándose “cariñosamente” del ministro del Interior a propósito de la “Ley mordaza”.


Sin tratar de hacer una crónica de la entrega de los Premios Turia (que ya ocupa otras muchas páginas de este mismo número), debe reseñarse que la otra situación más divertida se produjo con una secuencia de El hundimiento, la película alemana sobre los últimos días de Hitler, subtitulada de forma que su indignación ante los avances rusos sobre Berlín se convertía en una furiosa diatriba ante el creciente apoyo en Valencia a las fuerzas políticas de izquierdas… Pero no solo hubo humor, también buena música con Sole Giménez y la Sedajazz Latin Ensemble, y agradecimientos inteligentes o emotivos a cargo de Ramón Barea, Álvaro de Luna, José Manuel Cervino, José Luis Alcaine, Gracia Querejeta o Daniel Monzón. Una gala cuyas tres horas y media no pesaron porque venían acompañadas de esos “nuevos vientos” hacia el futuro.

(Publicado en "Turia" de Valencia, julio de 2015).

José Manuel Cervino, el hombre tranquilo



Lo llamo así, “el hombre tranquilo”, porque tranquilidad y sosiego es lo que respira por sus poros, debido posiblemente a su origen canario. Tanto en sus relaciones personales como en las laborales, José Manuel Cervino transmite paz y ecuanimidad. Pero, atención con este tipo de caracteres, como el del mismísimo John Wayne en la famosa película de John Ford. Porque, tras esa aparente quietud, se esconde quizá un volcán (nada extraño en un tinerfeño) que estalla de tiempo en tiempo, sobre todo cuando la injusticia o la prepotencia le indignan, algo frecuente ante la España actual, como atestiguan también quienes asistieron a sonadas asambleas de actores en el pasado. Siempre con su magnífica voz, su sentido del humor y guardando las formas, eso sí; no podía ser menos en alguien que suele vestirse de negro…

Cervino ha trabajado con muchos de los directores importantes de nuestro cine: Bardem, Camus, Pilar Miró, Gutiérrez Aragón, García Sánchez, Uribe, Aranda, Garci, Eloy y Álex de la Iglesia, Josefina Molina o Martínez Lázaro. Una lista casi interminable que comprende desde 1970 hasta nuestros días, cuando parece estar más reclamado –igual que tantos otros profesionales– por las series televisivas, con las que consiguiera a finales de los 80 un señalado éxito gracias a Brigada Central, de Pedro Masó. Analizar su amplia filmografía únicamente está al alcance de un libro, y ya lo hizo muy bien Jorge Gorostiza (en “José Manuel Cervino: El oficio de actor”) con motivo de un homenaje del Festival de Las Palmas.

Hay que subrayar que siempre se ha revelado como un actor seguro, sobrio, eficaz, dominador de sus recursos. Aunque fuese tan a menudo para hacer de personajes, llamémosles, autoritarios: policías, comisarios, guardias civiles, oficiales de prisiones, jueces, padres severos, e incluso de asesino de la matanza de Atocha, en el papel que más le ha costado interpretar. Constante paradójica en un hombre “de izquierdas de toda la vida”, reivindicativo y enormemente solidario con sus compañeros. Me figuro que es que Cervino ha llevado a la práctica aquella famosa máxima de Simone Signoret, quien sostenía que “no me importa hacer de fascista en una película de un director comunista, pero nunca haría de comunista en la de un director fascista.

José Manuel Cervino, en "Las Trece Rosas", por la que obtuvo en 2008 el Goya al Mejor Actor de Reparto

Siempre me he negado a valorar a un actor en función de si su papel en una película, una obra de teatro o una teleserie es más largo o más corto, si es “protagonista” o “secundario”. Hay actores buenos y malos, como entre los periodistas, los arquitectos o los inspectores de Hacienda. Que Cervino es de los primeros ya lo hemos dicho, pero hay tres de sus interpretaciones que deben resaltarse: la del torturado, vejado e injustamente condenado León Sánchez Gascón de El crimen de Cuenca, de Pilar Miró; la de Angelito Delicado, ese peculiar demente que se une a un grupo de anarquistas durante la Guerra Civil, en La guerra de los locos, de Manolo Matji, papel por el que en 1988 estuvo nominado a un Goya que le “arrebató” el Alfredo Landa de El bosque animado; y la de Jacinto, el guardia civil que, confiado en la promesa de los represores franquistas, acaba conduciendo a su propia hija a la muerte, en Las Trece Rosas, de Emilio Martínez Lázaro. Ahora sí, por esta interpretación sí logró en 2008 el Goya al Mejor Actor de Reparto, premio ratificado después por sus compañeros de la Unión de Actores.

Ante estos espléndidos trabajos, uno se pregunta si el cine español ha sabido aprovechar suficientemente el talento de Cervino, si no le ha encasillado, lo mismo que a tantos colegas suyos, en un tipo casi único de personajes, en su caso duros y fríos. Si no habría podido dar todavía más ante otros desafíos diferentes a los habituales. Si se han cumplido, en definitiva, los sueños de aquel aún casi adolescente que, con su grupo El Tinglado, se lanzaba a dirigir y a interpretar nada menos que a Ionesco, Beckett u Osborne.

Aunque, a estas alturas de la película, mejor que pensar en lo que pudo ser y no fue, quizá lo que más le apetezca a José Manuel Cervino es preparar unas buenas chuletas de cabrito al estilo de Arona, su pueblo natal, y degustarlas al lado de su compañera de vida y trabajo, la maravillosa Maite Blasco, y de sus amigos Álvaro de Luna y Manolo Vicent…

(Publicado en el Extra dedicado a los Premios Turia, en "Turia" de Valencia, julio de 2015).


Vuelven los clásicos


Se está poniendo de moda la reposición de películas clásicas en las salas comerciales. Bienvenido sea, siempre que la selección resulte adecuada y no se limite, como suele pasar, al cine norteamericano. Solo puede ser motivo de satisfacción que, aprovechando las facilidades que aporta el digital y en versiones a menudo restauradas, la gente joven y no tan joven tome contacto con títulos fundamentales y no lo haga en las pequeñas pantallas del televisor o el ordenador. Todavía perviven en la memoria aquellos cines del Barrio Latino parisino donde generaciones enteras conocieron multitud de obras básicas que marcarían sus preferencias en el futuro.

Cartel original de "Las vacaciones de Monsieur Hulot"

Se une ahora a esta tendencia Las vacaciones de Monsieur Hulot, que Jacques Tati realizase en 1953 y que significaría la primera de las cuatro veces en que interpretase al inmortal personaje, con mención especial para Mi tío. Se ha presentado –restaurada– dentro de la muestra “Tu cita con el cine francés”, organizada por Unifrance la pasada semana en Madrid. Pero desde el próximo 7 de agosto se proyectará en salas comerciales de diversas ciudades españolas. Y vale mucho la pena, porque el peculiar humor de Tati sigue vivo, con ese sentido tranquilo y casi “pasivo” de la narración que únicamente a él le pertenece, lo mismo que la milimétrica elaboración de los “gags” que tanto le caracterizan. La presencia de Monsieur Hulot en el Hotel de la Plage de una costa anterior a la invasión turística, supone todo un involuntario revulsivo en las conductas de quienes disfrutan el veraneo. Hay que verlo, como se va a poder hacer ahora, para disfrutarlo a fondo.

Tati ha influido decisivamente en numerosos cineastas posteriores, sobre todo en Aki Kaurismäki, Otar Iosseliani, Roy Andersson, ciertos títulos de Jerry Lewis o todo un sector de la producción rumana de hoy. Es interesante constatar que son los autores franceses previos a la “Nouvelle Vague” (Bresson, Renoir, Tati, Becker) los que más están gravitando sobre las nuevas tendencias fílmicas, por encima de los propios Godard y Truffaut y demás compañeros de su grupo generacional, quienes también les admiraban, por cierto. Como si la Historia se encargase de poner a cada cual en su lugar, no con ánimo de anular a nadie sino de rendir justicia a las distintas camadas de autores.

Esperemos que este retorno de los clásicos no sea una simple “nube de verano” que aproveche la carencia de películas nuevas con fuerte gancho que se da en estos meses estivales, hasta cerca ya de septiembre. Porque la forma de que arraiguen es manteniendo una programación continuada, e incluso unas salas en que los espectadores sepan que se van a encontrar con ellos de manera habitual. Lo que se llama, en definitiva, buscar, hallar y mantener un público, primera regla de oro de la exhibición cinematográfica.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2015).



Las "campanas" de Avilés


Comencé mi trabajo periodístico en Avilés, como redactor-jefe del diario local, que se llamaba –y sigue llamándose– “La Voz de Avilés”. Desde un principio me interesó el tema de las “campanas”, un sistema mediante el que se había cimentado Ensidesa y por el que murieron muchos obreros, nunca se supo bien cuántos. Pero era entonces un asunto totalmente “tabú”, del que nadie quería hablar o se hacía en plan confidencial: se susurraba en voz muy baja que el subsuelo de la gran siderúrgica estaba poblado de cadáveres… Por ello, no logré publicar el reportaje que narrase aquella realidad laboral acaecida entre 1951 y 1959, en un Avilés que había pasado de ser una villa burguesa de 15.000 habitantes a una ciudad proletaria de cerca de 100.000. El enorme crecimiento procedía de la masiva llegada de emigrantes desde las zonas más desfavorecidas de España, y de la propia Asturias, a quienes los “avilesinos de toda la vida” llamaban “coreanos”, por la coincidencia entre su pésima situación social y la que se veía sufrir en el “No-Do” a las víctimas de la Guerra de Corea.

Un grupo de las 1.200 "campanas" utilizadas en la construcción de Ensidesa

Ahora, un excelente documental refleja ese duro tiempo, y concretamente la terrible existencia de las “campanas”, de ahí que se titule Campaneros. Lo ha realizado un avilesino nieto de emigrantes, Isaac Bazán Escobar, recogiendo los testimonios de cinco de aquellos trabajadores, además de la colaboración de una serie de expertos, entre los que destaca Javier Gancedo, Director del Archivo de Ensidesa. Con materiales de este centro y del Archivo Histórico de Asturias, junto a los mencionados testimonios y unas oportunas imágenes de animación, Bazán Escobar nos sitúa ante el escalofriante método de las “campanas” de aire comprimido o “cajones indios”, llamados así porque los ingleses ya lo utilizaron con el fin de construir puertos en aquel país.

Para que ustedes se hagan una idea, se trataba de cilindros de acero ajustados a unos profundos cajones de hormigón por los que un grupo de obreros bajaba para cavar la tierra y llegar al suelo firme que permitiese la cimentación. Pero como la zona era de marismas, había que inyectar una fuerte presión que alejase el agua de dicho suelo; es decir, que los trabajadores tenían que soportar una presión muy superior a la del aire libre y, de no tomarse las medidas adecuadas para evitarlo, se producían muertes o –cuando menos- roturas de tímpano, hemorragias por distintos orificios o daños a los huesos, todo ello a causa de los cambios barométricos.


El visionado de Campaneros en Avilés ha sido un auténtico acontecimiento, con pases y pases repletos en la Casa de Cultura de la ciudad. Pero este documental merece un recorrido mucho mayor, que permita comprobar a los espectadores más jóvenes cómo fueron tantas veces las condiciones laborales sufridas durante el franquismo.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2015).

Bergman, siempre Bergman

Ingmar Bergman

Durante muchos años, decir Bergman en España era decir Semana de Cine de Valladolid. En ella se descubrió en nuestro país la obra del maestro sueco, y la proyección en los primeros años 60 de, sucesivamente, ‘El séptimo sello’, ‘El manantial de la doncella’ y ‘Los comulgantes’ supuso todo un aldabonazo difícil de olvidar. La concisa estética bergmaniana, su visión de temas como la muerte, el conflicto entre lo terrenal y lo espiritual o la ausencia de Dios fascinaron a unos espectadores que, en todo caso desde Dreyer, no habían visto nada parecido. Algunos también se llamaron a escándalo ante que la vida se jugara en un tablero de ajedrez y no por designio divino; o porque la brutal violación de una joven doncella tuviera un significado casi purificador, o al comprobar que el silencio celeste se extendía hasta a los propios clérigos que debían esclarecerlo. De hecho, nunca se ha hablado tanto de metafísica y teología como a la salida del Cine Avenida, en el Paseo de Zorrilla vallisoletano…

Desde allí, el conocimiento de Bergman se extendió a miles de cinéfilos, y no tan cinéfilos, españoles: hay que recordar que, por ejemplo, ‘El manantial de la doncella’ se mantuvo durante quince semanas en el Cine Coliseum, de Madrid. Corría por entonces la “leyenda urbana” de que el jesuita Carlos María Staehlin había “bautizado” los subtítulos de sus películas en los pases del Festival para adecuarlos a una ortodoxia católica a la que Bergman era muy ajeno. Pero, en su excelente libro sobre el medio siglo del certamen, César Combarros Peláez ya aclaró lo sucedido: no fue en Valladolid, entre otras cosas porque las copias no estaban subtituladas al castellano, sino luego en la exhibición comercial cuando –para lograr pasar una Censura de la que formaba parte– el padre Staehlin manipulaba el doblaje con el fin de “acercarse” lo más posible a esa ortodoxia.

La fidelidad de la Semana hacia un Bergman que los periodistas ya no confundían con su homónima Ingrid, superó esa etapa y permaneció para siempre. A ese periodo de su filmografía divulgado inicialmente entre nosotros y que quedó coronado con tres Lábaros de Oro del Festival, sucedieron otros todavía más decisivos. Por sus salas fueron pasando ‘Persona’, ‘La vergüenza’, ‘Pasión’, ‘Secretos de un matrimonio’, ‘La flauta mágica’, ‘Sonata de otoño’, ‘Fanny y Alexander’…, la mayor parte de una trayectoria que se completaría con dos retrospectivas y media, al estar compartida esta última por Robert Bresson, que ayudaban a recuperar los comienzos del cineasta desde 1945 o a “rellenar” los huecos existentes.

"Fanny y Alexander"

Así, el adicto a la Semana pudo ir comprobando en primicia la evolución de Bergman hacia lo más definitorio de su obra, por encima de aquella etapa que nos lo dio a conocer: la decisiva importancia dada al rostro y al cuerpo humano en general, la profundidad en la disección de los sentimientos amorosos, la forma de penetrar en los conflictos más íntimos, la búsqueda de una trascendencia no ya teológica sino plenamente derivada de las propias vivencias de los personajes... Todo ello a menudo enmarcado en los ásperos paisajes de la isla de Farö, en la que el propio Bergman residía e incluso murió en 2007, a los 89 años. Quizá entonces, como el anciano de ‘Fresas salvajes’ en su fusión de tiempos, rememorase aquella infancia como hijo de un estricto pastor protestante que recreara especialmente en ‘Fanny y Alexander’ y que sentó las bases para una creatividad excepcional que se expresaría tanto en el cine como en el teatro.

Tres veces galardonado con el Oscar (por ‘El manantial de la doncella’, ‘Como en un espejo’ y la propia ‘Fanny y Alexander’), además de que la Academia de Hollywood le concediera el Premio Irving Thalberg al conjunto de su obra, se diría que la figura de Bergman aparece hoy un tanto difuminada para las nuevas generaciones, para aquellas que tienen a Spielberg como su referencia más histórica. No hay que preocuparse, ya llegarán a Bergman, a su intensidad emocional, a su originalidad expresiva, a su depuración estilística. Es una cuestión de tiempo que vayan acercándose a su cine y se entusiasmen con él, como tantos hicimos y seguimos haciendo.

Sé positivamente que hay quienes, tras un conflicto personal, corrían a ver una película de Bergman para tratar de profundizar y clarificar lo que les estaba sucediendo. No se trataba, por supuesto, de un fácil sentimentalismo. Era una auténtica catarsis que solo pueden provocar las verdaderas obras de arte. Y si no, que se lo digan a Woody Allen, que ha demostrado por activa y por pasiva su admiración por el autor de ‘Gritos y susurros’, con películas enteras, como ‘Interiores’, que suponen un explícito homenaje a él. O que acudan al cineasta turco Nuri Bilge Ceylan, cuyo ‘Sueño de invierno’, ganadora de la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes, tanto “bebe” de su sentido del tiempo, del ritmo y de la planificación. O, entre nuestros directores, al mismísimo Carlos Saura de ‘Cría cuervos’ o ‘Elisa, vida mía’.


Bergman, siempre Bergman.

(Publicado en el suplemento "La Sombra del Ciprés", de "El Norte de Castilla", de Valladolid, mayo de 2015).