Palabras tras recibir la Espiga de Oro de Honor


Buenas noches.

No es nada fácil este momento para mí. Porque me embargan dos sentimientos complicados de expresar en pocas palabras. El primero es el de la gratitud por entregarme esta Espiga de Honor: gratitud a Javier Angulo, a todo el equipo de la Semana y al Patronato que la sustenta. Y mi enorme gratitud a la ciudad de Valladolid, que siempre me acogió con los brazos abiertos, y al público vallisoletano, que supone la razón de ser, la columna vertebral del Festival.

El otro sentimiento es el de la emoción. Emoción por estar ante ustedes y por estar al lado de mis compañeros. He querido que subieran conmigo al escenario quienes, de aquel decisivo grupo que tuve a mi lado, siguen felizmente trabajando para la Semana. Porque esta Espiga no es individual, es colectiva, es de todas y todos los que están junto a mí esta noche. Es de ellos tanto como mía, como también del recordado Juan Carlos Frugone, de Victoria Fernández, Juan Antonio Pérez Millán, Eduardo Rodríguez Merchán, Carmen Pascual, Tomas Adrián, Javier Ureña..., de todos cuantos me acompañaron en un apasionante trayecto de veinte años.

Permítanme, para finalizar, dedicar esta Espiga a mi mujer, Patricia; a nuestra hija, Emma; a los familiares que me acompañan hoy y que quiero personificar en mi hermana, Carmen, el alma actual de esa familia; y a los amigos que también han querido celebrar conmigo el galardón. Y, asimismo, “in memoriam”, dedicársela a un gran amigo, mío y de la Semana, que ha fallecido hace unos días, José Díaz de Espada.

Desde lo más profundo de mi corazón, gracias infinitas por veinte años de felicidad.


Buenas noches.

(Palabras pronunciadas en la Gala Inaugural de la 60 Semana Internacional de Cine de Valladolid, el 24 de octubre de 2015).

Goran Paskaljevic: Desde los Balcanes, con pasión


Goran Paskaljevic, en Valladolid

Nadie mejor que Goran Paskaljevic para cerrar esta serie de artículos sobre cineastas especialmente ligados a la Semana de Cine de Valladolid. Porque es el director más laureado del Festival, el único que ha obtenido tres veces la Espiga de Oro, con ‘La otra América’ en 1995, ‘Optimistas’ en 2006 y ‘Lunas de miel’ en 2009. Por encima incluso de Ingmar Bergman, que ganó también tres veces, pero Lábaros de Oro en la etapa en que era Semana de Cine Religioso y de Valores Humanos. También Valladolid vivió en 1996 la primera retrospectiva completa de su obra hasta ese momento, lo que después fue repetido por numerosos certámenes e incluso el MoMA de Nueva York.

Repasando su trayectoria y entre los dieciséis largometrajes que ha realizado Paskaljevic, desde ‘Un vigilante de playa en invierno’ en 1976 hasta ‘Al nacer el día’ en 2012, creo que hay que diferenciar dos etapas. La primera muy influenciada por la “Nova Vina”, la Nueva Ola checoslovaca (él estudió en la prestigiosa FAMU de Praga), e incluso el neorrealismo, movimiento del que era gran admirador, sobre todo de ‘Ladrón de bicicletas’. Paso a paso, a través de films como ‘El perro que amaba los trenes’, ‘…Y los días pasan sobre la Tierra’, ‘Tratamiento especial’, ‘El engañoso verano del 68’, ‘El ángel de la guarda’, ‘Tiempo de milagros’, ‘Tango argentino’ –todos los cuales se vieron en la retrospectiva vallisoletana–, o la premiada ‘La otra América’, el cineasta serbio fue configurando una filmografía con estilo propio y que se ha caracterizado como “la tragicomedia humana”, precisamente el título del libro de Ron Holloway que le dedicó la Semana.

Es decir, con una fusión de elementos trágicos y cómicos sobre personajes que nos resultaban creíbles y cercanos, personajes muchas veces marginales, “parias de la fortuna”, perdedores que sufrían unos embates que les superaban y les impedían integrarse realmente en la sociedad en la que vivían. Pero tratado todo ello de manera emotiva, con un fuerte sentido del humor y un hálito de esperanza que les permitía a esos personajes algún tipo de salida. Son rasgos típicos de la obra de Paskaljevic, pero también cabe percibirlos como profundamente arraigados en las diversas modalidades de la cultura de su país.

El punto de giro llega en 1998, cuando realiza ‘El polvorín’, también llamada ‘Cabaret Balkan’, inicio de su “Trilogía serbia”, proseguida con ‘El sueño de una noche de invierno’ y ‘Optimistas’. En medio ha sucedido nada menos que la Guerra de los Balcanes y la violenta explosión de un ultranacionalismo que había estado contenido durante el largo periodo de gobierno del Mariscal Tito. Son películas que hablan de la devastación física y moral de un país, la exYugoslavia, y del irracional deseo de expansión y dominio por parte de Serbia, iniciado durante el periodo del presidente Milosevic. Paskaljevic vive exiliado de su país entre 1992 y 1998, cuando regresa para hacer ‘El polvorín’, y está todavía considerado oficialmente como un “traidor a la patria” o, cuando menos, “altamente sospechoso”.

Para entonces, y como no podía ser de otra forma, Paskaljevic ha cambiado muy profundamente. Ya no es el esperanzado humanista de la etapa anterior, ni su humor es el mismo, ahora teñido de acidez e incluso crueldad. Se diría que ha hecho suya la frase de Voltaire en “Cándido” (libro en el que se basan las cinco historias de ‘Optimistas’): “Optimismo es la locura de insistir en que somos todos buenos, cuando todos somos miserables”… Ya no se trata de componer más o menos amables panorámicas sobre pobres seres humanos, sino de denunciar hasta qué punto pueden ser llevados a la barbarie y a la irracionalidad como individuos y como colectivo. Él mismo ha dicho que sus películas se han vuelto “más políticas”, pero no por voluntad propia sino porque es la política, la guerra, la confrontación, lo que ha irrumpido en las vidas de millones de personas.

Ese Paskaljevic “distinto” también se había podido observar en ‘Cómo Harry se convirtió en árbol’, rodada en Irlanda en medio de la “Trilogía serbia”. Y se percibiría claramente en ‘Lunas de miel’: si se hace una comparación entre esta y ‘La otra América’, se comprobará hasta qué punto ha variado su punto de vista sobre un tema básico en nuestro mundo como es la emigración. Mientras en ‘La otra América’ los emigrantes en Nueva York llegaban a un cierto grado de felicidad cotidiana basada en la solidaridad entre ellos, en ‘Lunas de miel’ no existen posibilidades de solución para dos parejas que buscan emigrar a la “tierra prometida” de Europa Occidental.

Hasta llegar a la espléndida ‘Al nacer el día’, programada en la Semana de 2012, en la que Paskaljevic –aunque siempre pasional– muestra una cierta serenidad, un cierto equilibrio donde la memoria personal e histórica juegan un papel esencial y donde también su autor se adentra en un nítido clasicismo estilístico. Habrá que comprobar si sigue en esa línea con ‘Dev Bhoomi’ (‘Tierra de Dioses’), que este año ha rodado en una zona cercana al Himalaya y en la que narra la historia de un hombre ya mayor que, después de cuarenta años en Inglaterra y sintiendo aproximarse la ceguera, regresa a su tierra india de origen.

Cartel de "La otra América", primera película de Paskaljevic en obtener la Espiga de Oro

Hablaremos de ella dentro de unos días en Valladolid, donde Paskaljevic se encuentra “como en su propia casa”, en “su Festival preferido”, al que esta vez acude como Presidente de un Jurado Internacional en el que me siento feliz por participar junto a él.

(Publicado en "La sombra del ciprés", suplemento cultural de "El Norte de Castilla", de Valladolid, 17 de octubre de 2015).


La familia que rueda unida...


Paco León, con su madre, Carmina Barrios, y su hermana, María León

El primero fue Paco León, al llevar a la pantalla a su madre, Carmina Barrios, en Carmina o revienta y Carmina y amén. Después, Daniel Guzmán recurrió a su abuela, Antonia Guzmán, para un importante papel de A cambio de nada. En el reciente Festival de San Sebastián se veía Un dia perfecte per volar, donde Marc Recha da el protagonismo a su hijo Roc. Y, rizando el rizo, Álvaro Ogalla se interpreta a sí mismo en El apóstata. O casi otro tanto Fernando Colomo en Isla Bonita. Parece que ha surgido la moda de que los directores utilicen a familiares suyos a la hora de encarnar a los personajes. Lo que se multiplica en el caso de documentalistas que, ya desde hace tiempo, nos cuentan historias de sus abuelos, padres, madres, hijos, tíos y demás parentela. Bien visto, puede ser una vía de salida para el actual cine español y, de seguir así las cosas, no sería nada raro que viéramos proliferar a núcleos familiares que, en lugar de reunirse a comer los sábados o los domingos, lo hicieran para rodar una película. Y es que, al margen del talento artístico de los convocados, viene muy bien ahorrarse unos cuantos euros a la hora de elaborar el “casting”.

Era bastante habitual que un realizador metiese a su pareja en el reparto, o que su apellido o el del productor se viera repetido numerosas veces en los títulos de crédito. La novedad es que ahora se hace con no profesionales del entorno personal, a quienes se adjudica un lugar relevante como actores del film. A nadie conocemos mejor que a quien está a nuestro lado, y no hay que molestarse en saber si tal o cual intérprete nos dará el perfil exacto que buscamos. Pero, de seguir la tendencia, mal les va a ir a las actrices o actores que viven de esto, porque siempre habrá padres, hijos, sobrinos, cuñados o primos hermanos que nos vendrán de perlas para el papel.

Marc Recha, con su hijo Roc, protagonista de "Un dia perfecte per volar"

Digo yo, ¿no tendrá algo que ver esta racha con el descenso de presupuestos en el cine español? Si la media de coste de un largometraje de nuestro país estaba hace diez años entre los dos millones y medio y los tres millones de euros, en estos momentos anda en torno al millón doscientos mil. Quiten las grandes producciones, casi siempre vinculadas a las televisiones privadas; quiten –por el otro lado– a los documentales, que suelen costar muy poco, y comprobarán que el grueso del cine español se maneja con una financiación realmente escasa. En ese aspecto, hemos ido hacia atrás como los cangrejos, mientras que en la mayoría de los países sucedía lo contrario.


Ante tal penuria económica, ¿cómo quieren que no se recurra a la familia, que siempre estará dispuesta a echar una mano? Si Pablo Trapero acaba de demostrar en El clan que “la familia que secuestra y mata unida, permanece unida”, hacerlo para una película por lo menos no es delito…

(Publicado en "Turia" de Valencia, octubre de 2015).

La incorporación de la educación audiovisual en la Ley del Cine de 2007


Lo primero que deseo es agradecer a la Universidad de Castilla-La Mancha, y muy especialmente a Susana de la Sierra, por invitarme a formar parte de este importante Seminario, que ella dirige.

Lo segundo es asegurar a mis compañeras de Mesa y a la moderadora que no les quitaré demasiado tiempo con mi intervención. El motivo es claro: la incorporación de la educación audiovisual en la Ley del Cine de 2007 se traduce en la historia de un fracaso o, si lo prefieren, en la confesión de una profunda impotencia. Y de uno y otra no hay que hablar en demasía, se resumen rápidamente.

¿Por qué hablo de fracaso o de impotencia? Porque no conseguimos lo que de verdad intentamos en este tema: asegurar que la educación audiovisual, en sus diversos niveles, estuviera garantizada por ley, rompiendo así una dejadez de muchos años. Lo más que logramos es que, en las Disposiciones generales del Artículo 19 de la Ley, y en su punto e), se dijera que dentro de las finalidades del Instituto de Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA) figurasen la “suscripción de convenios de colaboración con entidades públicas o privadas necesarios para el fomento de las actividades cinematográficas y audiovisuales, así como para la formación de profesionales. Colaborará (el ICAA) con las diferentes administraciones educativas para el fomento del conocimiento y difusión del cine en los diferentes ámbitos educativos”.

Palabras muy genéricas que, en la Ley, solo nos permitieron crear, en el Artículo 23, las Ayudas a proyectos culturales y de formación no reglada, estableciendo que “se podrán establecer medidas que apoyen proyectos que, pertenecientes al campo teórico o de la edición, entre otros, sean susceptibles de enriquecer el panorama audiovisual español desde una perspectiva cultural, así como a aquellos proyectos que apoyen programas específicos de formación no reglada para profesionales, incluyendo personal creativo y técnico, o públicos”. Fue un empeño personal, porque una de las cosas que más me sorprendió cuando llegué al ICAA desde el Festival de Valladolid, es que el Instituto concedía ayudas a los diversos sectores industriales, pero no existía ninguna que apoyase a los proyectos culturales de índole cinematográfica, lo que resultaba paradójico en todo un Ministerio de Cultura. Quisimos introducir también el tema de la “formación no reglada” dado que las propuestas de carácter curricular nos estaban vedadas por una cuestión de competencias con el Ministerio de Educación, que entendíamos y asumíamos. De cualquier forma, estas ayudas de las que estoy hablando no se han convocado en los últimos cuatro años debido a las dificultades presupuestarias…

También cabe mencionar la Disposición Adicional Séptima de la Ley, sobre “acceso de los productos cinematográficos y audiovisuales al sistema educativo”, que determinaba que “las Administraciones Públicas, en el ámbito de sus respectivas competencias, promoverán la accesibilidad de los productos cinematográficos y audiovisuales al sistema educativo a través de programas de formación, de manera que sus contenidos puedan también quedar integrados en aquél”.

Estos dos Artículos y esta Disposición Adicional de la Ley del Cine es todo lo que pudimos conseguir, sin que –a excepción de las Ayudas a proyectos culturales y de formación no reglada– tuvieran después el necesario desarrollo reglamentario.

He citado antes el tema de las competencias entre los Ministerios de Educación y Cultura de aquel momento. Ahí está la raíz del problema, que Cultura no tenía, ni tiene competencias sobre la educación “reglada”, lo que ha continuado también cuando, como ahora, están unidos en un mismo organismo. Sabíamos, por tanto, que no disponíamos de mucho margen de actuación, pero aún así lo intentamos, antes y después de que se aprobase la Ley del Cine, basándonos en aquel artículo 19 y en la Disposición Adicional.

Mantuvimos diversas reuniones con el Ministerio de Educación a nivel de Dirección General y técnicos de ambas casas (la Secretaría de Estado de entonces no estaba interesada en el tema). Tratábamos de establecer, mediante Convenios u otras formas jurídicas, una colaboración en la que ambos departamentos pudieran aportar sus conocimientos para llegar a una especie de Plan General de la Enseñanza Audiovisual, de acuerdo con las Comunidades Autónomas. Pero la actitud de Educación supuso una continua barrera. Sus razones eran varias: que para llevar esa enseñanza a los diversos niveles educativos lo primero que se necesitaba era formar profesores de ella, y no había ni formas de hacerlo ni recursos económicos para emprenderlo. En segundo lugar, que las actividades curriculares ya estaban muy saturadas, por lo que no convenía introducir otra materia nueva como la enseñanza audiovisual, mientras que las extracurriculares acababan teniendo escasa incidencia en la formación de los alumnos. Tercero, que la mayoría de las competencias del Ministerio de Educación estaban transferidas a las Comunidades Autónomas, por lo que habría que negociar individualmente con cada una de ellas (tampoco prosperó que presentásemos el tema ante las correspondientes Conferencias Sectoriales). Y, finalmente, que la formación audiovisual no se hallaba entre las prioridades que en ese momento tenía el Ministerio, muy condicionado por su exiguo presupuesto.

Lo más que conseguimos fueron buenas palabras, deseos de ánimos y emplazamientos a futuras reuniones, sin concretar. Nada se logró realmente, salvo perder bastantes horas en el empeño.

Y no se trataba de una postura aislada ni excepcional. Ningún Ministerio de Educación de este país llamado España, por parte de ninguno de los partidos políticos que lo han regido desde la llegada de la democracia (de antes, ni siquiera hablamos) se ha tomado jamás en serio la educación audiovisual. Ninguno. Siempre se ha postergado, siempre se ha dejado para “tiempos mejores”, aunque el cine ya tiene 110 años y todos estamos teóricamente de acuerdo en que resulta imprescindible puesto que el niño, casi desde que nace, se halla sujeto a todo tipo de estímulos audiovisuales, como ya se ha recalcado aquí por varios de los ponentes.

De nada valen las exigentes recomendaciones de la Comisión o el Parlamento Europeo sobre la alfabetización audiovisual, de nada sirven las excelentes prácticas de naciones de nuestro entorno como Francia, Gran Bretaña o los países escandinavos, en nada se escuchan las opiniones de cineastas y otros profesionales, expresadas en manifiestos, artículos o entrevistas, en favor de que esa educación se instaure, de que sería fundamental que los alumnos conociesen a fondo tanto un lenguaje con el que conviven cotidianamente como un patrimonio cinematográfico que forma parte esencial de nuestra cultura.

Hay, por supuesto, iniciativas individuales o particulares dignas de toda consideración y encomio, con numerosos colegios e institutos que se esfuerzan muy meritoriamente en impartir tal enseñanza. También sé que mis sucesoras en la Dirección General del ICAA, Susana de la Sierra y Lorena González Olivares, han dedicado y dedican mucho tiempo y trabajo para cambiar la situación. De hecho, Susana de la Sierra creó los Premios de Alfabetización Audiovisual y de Historia de la Cinematografía, que concede un Jurado independiente, para destacar la labor de esos centros educativos que impulsan entre sus alumnos programas formativos, además de convocar simposios y reuniones como este al que ahora asistimos; y Lorena González Olivares ha continuado todo ello dentro de una similar línea de trabajo. Pero una y otra son las primeras en reconocer que tal esfuerzo no basta.

No basta porque, como en tantos otros aspectos del mundo cinematográfico y audiovisual, la educación en su lenguaje, su Historia y su desarrollo debería ser una cuestión de Estado, que debería traducirse en un Plan General apoyado por el Gobierno central y las Comunidades Autónomas. Mientras no exista una política decidida en este campo, donde confluyan Educación y Cultura bajo unos mismos objetivos marcados desde el Gobierno, sea del carácter ideológico y político que sea, e incluso cuando los partidos se permuten en el poder, la situación no variará. Y seguirán pasando Ministerios y Ministerios sin que hayamos solucionado el problema.

Hay dos libros que, a quienes no los conozcan, recomiendo vivamente: uno, ya clásico, “La hipótesis del cine. Pequeño tratado sobre la transmisión del cine en la escuela y fuera de ella”, de Alain Bergala, que fue redactor-jefe de “Cahiers du Cinéma”, profesor de Cine en la Universidad de París III y encargado por el Gobierno francés de un plan para la educación audiovisual, que llevó a cabo con notable éxito en la etapa de Jack Lang como ministro de Cultura. Y otro libro más reciente, “Cine, enseñanza y enseñanza del cine”, de Juan Antonio Pérez Millan, ex director de la Filmoteca Española y de la Filmoteca de Castilla y León, además de auténtico especialista en la materia.

De ellos, he elegido, para finalizar, dos párrafos muy significativos y que mueven a la reflexión. Uno de Bergala: “Toda pedagogía tiene que adaptarse a los niños y a los jóvenes a que se dirige, pero nunca en detrimento de su objeto (…) Especialmente en el caso del cine, ya que los niños no han esperado a que se les enseñe, como se suele decir, a ‘leer’ las películas para ser espectadores que se consideran a sí mismos perfectamente competentes y satisfechos, antes de cualquier aprendizaje”. Porque, en realidad, “lo que debería ser una aproximación al cine como arte es aprender a devenir un espectador que experimenta las emociones de la creación misma”.

Y otro párrafo, de Pérez Millán: “No nos atrevemos a imaginar siquiera que los poderes públicos de nuestro país pudieran asumir de una vez la enseñanza del lenguaje audiovisual entre las materias que deberían integrar el equipamiento básico de cualquier ciudadano desde una edad muy temprana (…) Aparte de que hay motivos sobrados para dudar de que unas instituciones obsesionadas con la educación como simple engranaje de los sacrosantos conceptos de productividad y competitividad fuesen capaces de admitir unos planteamientos que llevan consigo, de modo inevitable, el aprendizaje y la práctica de unas actitudes sustancialmente críticas”.


En esas estamos. La vigente Ley del Cine de 2007 –solo modificada en algunos aspectos el pasado mayo– ha servido para muchas cosas, muchísimas más de lo que pensaron los que tanto la atacaron en su momento y hoy reconocen su utilidad e incluso la defienden a capa y espada. Pero, debo reconocerlo con pesar, no ha resultado útil en el campo de la formación audiovisual. Ese es su fracaso o su impotencia. Lo que no significa que, llevados del principio gramsciano del “optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón”, no sigamos intentando hasta el agotamiento que en España exista una auténtica educación de la imagen.

(Texto presentado en la primera sesión del Seminario "El Derecho en el Cine y el Cine en el Derecho: Alfabetización mediática, educación audiovisual", organizado por la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Castilla-La Mancha. Toledo, 17 de septiembre de 2015).

La Semana de Cine de Valladolid: Un patrimonio inmaterial


La Unesco designa determinadas experiencias culturales como “Patrimonio Inmaterial de la Humanidad”. No diré yo tanto de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, porque hablar de “la Humanidad” es mucho hablar, pero sí considero al Festival como “patrimonio inmaterial” de toda una ciudad y de las diversas generaciones que la han ido habitando, así como también de multitud de cinéfilos de todo nuestro país, que o bien han acudido a ella personalmente o han estado muy atentos a su celebración a lo largo de nada menos que sesenta años.

Por definición, lo inmaterial es algo difícil de precisar, pertenece a la memoria y la conciencia de las gentes, que lo hacen vivir cada cierto tiempo. No puede limitarse a unas construcciones concretas, a unos objetos específicos, ni siquiera a unas personas en particular. Es la suma de todo ello, pero ligado a una percepción individual y colectiva de que se está ante una realidad excepcional. Es, asimismo, una amalgama de sentimientos ante lo que se nos ofrece como algo irrepetible, aunque –paradójicamente– se reproduce de manera sucesiva ante nuestros ojos. De ahí que la Semana de Valladolid signifique un patrimonio inmaterial que pertenece por igual a todos los vallisoletanos.

El Teatro Calderón, sede central del Festival, lleno de público

No solo, aunque también, cuentan las miles de películas que se hayan proyectado en estas seis décadas. No solo, aunque también, importan las personalidades de todo el mundo que nos han visitado edición tras edición. No solo, aunque también, resultan fundamentales las decenas de libros que se han publicado y que han hecho posible el mejor conocimiento de una serie de figuras de la máxima dimensión. Lo que importa es el ambiente que se genera, la manera de vivir el acontecimiento anual, el aire que se respira durante esos días tan especiales. Es decir, lo inmaterial, lo que cada uno siente dentro de sí ante el acontecimiento y la forma en que lo interioriza y lo expresa ante su colectividad.

De ahí que por buena que sea una exposición sobre el patrimonio de la Semana, por representativa que pueda ser de su larga existencia, nunca llegará a traducir realmente lo que el Festival supone para sus participantes y asistentes. Porque su principal patrimonio es algo tan diverso y casi indefinible como el público. Porque él ha sido sustento y razón de ser, sus verdaderas raíces dentro de una sociedad que precisa de realidades inmateriales para sobrevivir como tal. La cita anual de la Semana no importa únicamente por lo que tiene de vía de conocimiento de un arte como el cine, sino que sirve como reencuentro de ciudadanos en un ámbito común, dando sentido a aquella “polis” que propugnaron los griegos. Sin ese hálito colectivo, el Festival no existiría y, de hacerse, de nada valdría.

Voy a resumirlo en una anécdota que me parece valiosa: una noche de Clausura, bajaban dos chicas desde las localidades superiores del Teatro Calderón. Iban comentando la película que acababan de ver, hasta que una de ellas se paró en los escalones y le dijo a la otra: “Sí, me ha gustado. Pero estoy triste, porque hasta dentro de año no vuelve la Semana”… En estas palabras no hay exclusivamente cinefilia o “búsqueda” de acontecimiento. Hay la necesidad de compartir un determinado espacio y un determinado tiempo con muchos otros, hay la necesidad de respirar una atmósfera que tarda en repetirse aunque se conserva dentro de nuestro interior.

Podría hablar de múltiples situaciones que forman parte de nuestro patrimonio. Como aquella sesión de noche en que, por primera vez, se podía contemplar en versión original y en una nueva copia ‘El apartamento’, y resultaba patente la forma en que los espectadores “respiraban” al unísono ante esa obra maestra de Billy Wilder. O como aquella mañana de domingo en que, desde más de una hora antes de que se abrieran las puertas, una multitud se agolpaba para conocer los más recientes films de Atom Egoyan y Abbas Kiarostami, expectación que nadie podía imaginar. O el asombro compartido cuando un ya veterano Stanley Donen se arrancó con unos divertidos pasos de baile desde el escenario del Calderón. O, mucho antes, la profunda emoción que todos sentimos cuando, en la X edición y con ‘Los olvidados’, los espectadores vivimos la experiencia inédita –por culpa de la censura franquista- de situarnos cara a cara ante una obra de Luis Buñuel.

Una foto histórica: En 1975, el público guarda cola para poder ver "La naranja mecánica" en el Teatro Carrión

Ejemplos así los hay a centenares, pero todos confluyen en un mismo término: el público, los vallisoletanos, que son quienes han hecho grande a la Semana. Unos cuantos de nosotros hemos tratado de cooperar para que ese “patrimonio inmaterial” siguiera creciendo. Y, particularmente, yo no tengo más que palabras de agradecimiento para cuantos, a lo largo de veinte años, entre 1984 y 2004, me acompañaron en esta tarea, formando parte de un espléndido equipo. Pero siempre supimos que no trabajábamos para nuestra satisfacción personal, ni siquiera para ese cine que tanto nos apasionaba a todos. Éramos simples instrumentos de los deseos de una colectividad, meros gestores de sueños e ilusiones que se plasman cada 365 días en una muy querida ciudad llamada Valladolid.

(Publicado el 5 de septiembre de 2015 en el suplemento dedicado por el diario "El Norte de Castilla" a la Semana Internacional de Cine de Valladolid, suplemento también entregado en la exposición "Seminci: Una historia de cine"). 


Todo empieza en el guion



Por una serie de circunstancias que no vienen al caso, he conocido en los últimos meses numerosos proyectos del cine español. Y algo me ha llamado la atención por encima de cualquier otra cosa: lo mal, lo rematadamente mal que se paga a los guionistas. Sean de mayor o menor presupuesto, más o menos ambiciosas, de carácter básicamente “industrial” o “cultural”, todas las películas –salvo contadas excepciones– tienen una característica común: las cantidades ínfimas que se dedican al guion. Algunos productores ni siquiera lo pagan o, sobre todo si se trata de documentales, se atreven con la ridícula cifra de 1.000 o 2.000 euros, cuando no posponiendo el cobro a “si hay beneficios” (que nunca los hay, al menos oficialmente). Muchos lo sitúan en 15.000 euros, dinero todavía muy injusto e insuficiente para quien o quienes han “inventado” el film.

No es que los directores estén tampoco bien pagados, pero superan un poco esos números de sonrojo. ¿Cómo se quiere que salgan bien las películas si no se les da una remuneración adecuada a quienes las escriben? La solución no estriba en hacer más y más versiones del guion, lo que a tantos productores españoles les encanta y que no suele lograr otra cosa que “marear la perdiz”. Eso lo han aprendido de sus colegas norteamericanos, que lo practican habitualmente, pero no imitándoles en los baremos económicos que aplican. Resulta muy fácil acudir al tópico de que “en el cine español lo que fallan son los guiones”. No, lo que falla es la miseria que se dedica a ellos y que impide que apenas nadie llegue a profesionalizarse en este oficio. Páguense adecuadamente y ya verán cómo surgen buenos “scripts”.

Están en el horizonte diversas medidas que reforman el apoyo estatal a la producción cinematográfica de nuestro país, en especial las ayudas previas que van a sustituir a las de amortización. Dado que no se puede entrar desde la Administración en si el guion está bien o mal retribuido, porque se trata de un acuerdo entre particulares, debe exigirse que se haya abonado, al menos parcialmente, para poder acceder a dichas ayudas. Porque esa es otra: dicho con el refrán popular, “además de cornudos, apaleados”, porque tantas veces los guiones acaban pagados tarde, mal o nunca. Y no se puede seguir explotando a quienes crean, a quienes emplean su inventiva, su esfuerzo y su tiempo a que todo pueda ponerse en marcha. No hay una buena película sin un buen guion, y ejemplos de ello los encontramos a miles. La “regeneración” del cine español pasa, junto a otros muchos factores pero de manera principal, porque se les dé el justo trato económico a aquellos que lo imaginan. Es la única forma de construir la casa desde sus cimientos reales.


Ah! Felices vacaciones.

(Publicado en "Turia" de Valencia, julio de 2015).

"El mundo sigue": Por un puñado de pesetas


Lina Canalejas y Fernando Fernán-Gómez, en "El mundo sigue", de Fernando Fernán-Gómez (1963)

Si la palabra “melodrama” no hubiese recuperado hace ya tiempo su –nada peyorativo– sentido original, la visión de El mundo sigue conseguiría devolvérselo con creces. Porque el film de Fernando Fernán-Gómez responde con fidelidad a las características básicas del género y, no pese a ello sino gracias a ello, logra su objetivo: ofrecer una imagen devastadora del fracaso y la desesperación, la mediocridad y el mercantilismo de un núcleo social inmerso todavía en aquella posguerra de nunca acabar. Como “melodrama sentimental, lo que hoy se hubiera llamado un culebrón”, definió el propio Fernán-Gómez su película; la justeza de la frase incluye ese aroma próximo a los melodramas clásicos mexicanos que desprenden muchas de las situaciones y diálogos de El mundo sigue, pero quizá se quede demasiado corta. Hay otros aspectos no tan evidentes que, al contemplarla, adquieren una especial dimensión.

Ante todo, la forma obsesiva en que el dinero gravita sobre cada uno de los personajes. Dentro de un cine español donde raramente a las cosas se les llamaba por su nombre, sabemos por El mundo sigue que en los años 50 un aborto clandestino costaba 15.000 pesetas, que el generoso cheque de un “banquerito” catalán a su mantenida podía ascender a diez veces más, que te jugabas el cuello y la cárcel por robar las 22.000 pesetas de la recaudación diaria de un bar, que por 500 pesetas alguien ya se creía con derecho a meter mano a la mujer de su empleado, que una sortija y un reloj de oro bastaban para sepultar los “principios” de unos padres tradicionales, e incluso que por tener los 14 aciertos de una quiniela igual solo cobrabas 5.069,50 pesetas si los acertantes eran 485, muestra de que “el talento de los españoles aumenta a ojos vistas”, como titulaba el diario del Movimiento, “Arriba”.

Todo está cuantificado hasta la exasperación en El mundo sigue, toda su red de sentimientos, odios, pasiones y rencores cabe cifrarla en un mayor o menor puñado de pesetas. Eloísa (Lina Canalejas), ese personaje amargado que fue “Miss Maravillas” en 1950 y que suele hablar “desde mi pobreza de mujer decente”, acaba lamentándose de que “ya no sirvo ni para venderme”. Mientras su hermana Luisa (Gemma Cuervo), que sí supo venderse, exclama un definitorio “¡que se mueran los pobres!” acomodada en el interior de su “haiga” que le conduce por las calles de Madrid. Y Faustino (Fernando Fernán-Gómez), el odioso marido de la primera, cuya ludopatía no puede ir más allá de las quinielas, terminará confundiendo trozos de periódico con billetes de banco…

Otro valor fundamental de El mundo sigue es su lúcido retrato de la mujer en estos años de penuria moral y material que conocemos como franquismo. No ya solo a través de las dos hermanas citadas, sino de su madre, Doña Eloísa (Milagros Leal), y hasta de los personajes que aparecen incidentalmente –por ejemplo, la regordeta criada en quien resulta difícil reconocer los trazos de Marisa Paredes, o la joven “modelo” que interpreta Pilar Bardem–, Fernán-Gómez compone un friso colectivo que las feministas deberían tener muy en cuenta a la hora de mostrar el papel otorgado a la mujer en una sociedad sexista y opresiva. Sometidas sin cesar al hombre, aunque sea para aprovecharse de él merced a sus “encantos”, sin posibilidad de desarrollar un camino propio como seres humanos, brutalizadas o acosadas (nada menos que “hembra pateada” es el calificativo que Faustino dedica a Eloísa, “la madre de sus hijos”), las mujeres de El mundo sigue se convierten con el paso del tiempo en el símbolo de un entorno regido por el signo supremo del machismo.

A pocos meses de que el régimen de Franco celebrase de manera triunfalista sus “25 Años de Paz”, Fernán-Gómez se basa en la densa novela de Juan Antonio de Zunzunegui para poner en pie este melodrama que difumina sabiamente los estrictos límites del Bien y el Mal en que el género se sustenta, este relato costumbrista y casi naturalista que va mucho más lejos del simple reflejo de usos y conductas, de este apólogo moral que deja pequeña la “Guía de Pecadores” de Fray Luis de Granada, citada textualmente al comienzo de la película. No puede extrañar que pasara lo que pasó: que El mundo sigue apenas llegase a estrenarse comercialmente. Y es que Fernán-Gómez no tuvo en cuenta esa advertencia que el director del periódico da a Andrés (Agustín González), su crítico de teatro, según la cual “nuestros consejeros, y los hijos y los parientes y los amigos de nuestros consejeros, todos tienen un enorme talento…”. Prefirió “hacerse un regalo” filmando la película que deseaba, en vez de aceptar el “talento” de quienes dominaban nuestro país.

(Texto escrito en 1995 para una publicación del Festival de Cine de San Sebastián y leído parcialmente en la Mesa Redonda dedicada a "El mundo sigue", el 6 de julio de 2015, en la Academia de Cine). 

Mesa Redonda celebrada en la Academia de Cine sobre "El mundo sigue". En torno a Gemma Cuervo, protagonista del film, y de izquierda a derecha, Adolfo Blanco, José Sacristán, Juan Estelrich, Antonio Resines, Fernando Trueba y Fernando Lara).