Una edición de Cannes que sabe a poco


Xavier Dolan, Gran Premio del Festival por "Juste la fin du monde"

Contra lo que se esperaba, no fueron especialmente buenas las tres últimas jornadas del 69 Festival de Cannes. Sobre todo, a causa de un “viernes maldito”, en el que tuvimos que soportar las dos peores películas de la Competición oficial: The Last Face, de Sean Penn (una cursi historia de amor en medio de la guerra de Liberia, deshonesta al máximo, y a la que pertenece el texto más absurdo del certamen, cuando el personaje de Charlize Theron define al de Javier Bardem como “un huérfano de la Transición política española”…), y The Neon Demon, del sobrevalorado Nicolas Winding Refn, entregado a todo tipo de artificios estéticos a la hora de trazar una metáfora “caníbal” sobre el mundo de la moda en Los Angeles. Tampoco muy atrás en cuanto a “números” de puesta en escena se quedaba el canadiense Xavier Dolan en Juste la fin du monde, histérica adaptación de la obra teatral de Jean-Luc Lagarce, resuelta a base de primeros planos en que los actores despliegan su histrionismo. Como no podía ser menos tratándose del “niño mimado” del cine mundial, con tan solo con 27 años, el autor de Mommy se llevó el Gran Premio del Festival.

"El cliente", de Asghar Farhadi, doblemente premiada en el Palmarés

La compensación vino de la mano de otros tres films: Bachillerato (Premio ex-aequo a la Mejor Dirección), en la que Cristian Mungiu vuelve al tema preferido por el actual cine rumano, el de la corrupción de una sociedad ante la que resulta casi imposible escaparse; El cliente, del iraní Asghar Farhadi (recompensada por partida doble por su guion y la interpretación de Shahab Hosseini, quien fue también protagonista de Nader y Simín, una separación, del propio Farhadi), relato de la crisis de una pareja a raíz de la agresión que sufre ella y que el marido se obstina en vengar; y, sobre todo, Elle, donde el veterano Paul Verhoeven, se aleja mucho de Robocop y algo menos de Instinto básico para narrar con cínico humor la existencia de una mujer dueña de sí misma, pero también autoritaria y despótica, víctima de una violación que se transforma en relación sadomasoquista. Por Elle, Isabelle Huppert era clara merecedora del Premio a la Mejor Actriz, que fue a parar a la filipina Jaclyn Jose, por su estimable y emotivo trabajo en Ma’Rosa, de Brillante Mendoza. En una edición marcada por las protagonistas femeninas, también Sonia Braga por Aquarius o Sandra Hüller por la alemana Toni Erdmann optaban con fuerza a ese galardón.

Pero el Jurado presidido por George Miller, el autor de Mad Max, dio luz a un Palmarés inesperado. Precisamente los cinco films mejor valorados por la crítica internacional (Toni Erdmann, que sí logró el Premio de la Fipresci, Paterson, Aquarius, Sieranevada y Elle) fueron ignorados en su totalidad por ese “tribunal” tan poco ecuánime, situando en su lugar a títulos de menor valía, como el citado Juste la fin du monde, Personal Shopper, de Oliver Assayas (que compartió con Mungiu el Premio a la Mejor Dirección), o American Honey, de Andrea Arnold, Premio del Jurado.

 La alegría de Kean Loach tras recibir la Palma de Oro del 69 Festival de Cannes

"Timecode", de Juanjo Giménez, Palma de Oro al Mejor Cortometraje

Otra cosa es la Palma de Oro para Ken Loach por su magnífica I, Daniel Blake, a la que ya elogié en mi crónica anterior. Dado que el máximo galardón no fue para Paterson –para mí, la de Jarmusch es la verdadera e inolvidable “película del Festival”–, me alegro mucho de que haya ido a parar a manos del cineasta británico, y por una película como esta que hace honor a su tan coherente y combativa trayectoria.

Hablando de Palmas de Oro, hay que destacar la primera lograda por un cortometraje español gracias a Timecode, de Juanjo Giménez, que se une así al único ejemplo anterior con que a ese nivel contaba el cine español, Viridiana, de Luis Buñuel. Y destacar, asimismo, el Premio de la Semana de la Crítica obtenido por Mimosas, una especie de odisea entre el “western” y la mística esforzadamente llevada a cabo por Oliver Laxe. Por el contrario, ni la Julieta de Almodóvar ni La mort de Louis XIV, lo mejor que ha hecho hasta ahora Albert Serra, obtuvieron reconocimiento.


Cannes’16 ha llegado a su término. Un Festival que ha sabido a poco, sin demasiados títulos que se quedarán en el recuerdo, en una edición notoriamente inferior a las precedentes. Pero Cannes siempre es Cannes, el primer certamen del mundo y que nos deja percibir la situación por la que atraviesa el cine en estos difíciles momentos.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2016).

Bajo el impacto de Jarmusch


Jim Jarmusch, director de "Paterson"

Cada edición de un Festival suele venir marcada por una película, que queda unido a él de manera imborrable. En este 69 Cannes, cuando solo faltan tres días de competición, esa película es, sin duda, Paterson, de Jim Jarmusch. En la extensa filmografía del director norteamericano, de cierta irregularidad desde sus inicios como adalid del cine independiente, ya supone su obra maestra. Porque lo es este film poético, pleno de sugerencias, enormemente sensible que Jarmusch nos ha regalado. Con sencillez extrema, narrando la vida cotidiana de un conductor de autobús apasionado por la poesía, a la que contribuye escribiendo sus pequeñas creaciones en un bloc de notas, su inquieta pareja con la que se entiende a la perfección y el bulldog que les acompaña, Paterson muestra a un cineasta en plena madurez y serenidad.

Otros títulos han destacado también en una edición que ha ido ganando calidad a medida que pasaban los días. Si en el caso de Ken Loach y su estupenda I, Daniel Blake, crítica en profundidad al sistema social británico, donde dominan la burocracia y la externalización dictada por el neoliberalismo, no puede hablarse de sorpresa, sí puede hacerse al citar Toni Erdmann, tercer largometraje de la alemana Maren Ade, solo conocida hasta ahora por Alle anderen (que obtuviese en la Berlinale de 2009 el Gran Premio del Jurado y titulada en España Entre nosotros). En este caso se trata de una comedia dramática que aborda la relación entre un padre aficionado a las bromas o a cambiar de identidad y su hija, alta ejecutiva de una empresa germana en Bucarest, donde ambos tienen un prolongado encuentro. La receptividad que, frente a la dominante “seriedad” de los films seleccionados, encuentran las escasas comedias que se ven en un Festival, ha jugado en Cannes a favor de Toni Erdmann, que tiene el lastre de una excesiva duración de 162 minutos, susceptible de abreviarse evitando secuencias innecesarias o repetitivas.

Películas también sobresalientes en la Sección Oficial proceden de cinematografías más “exóticas”, caso de la filipina Ma’Rosa, de Brillante Mendoza (sobre las devastadores consecuencias que en una familia humilde tiene la corrupción policial); la brasileña Aquarius, de Kleber Mendonça Filho (centrado en la lucha de una escritora, que interpreta enérgicamente Sonia Braga, por conservar su casa de toda la vida frente a la compañía inmobiliaria que busca construir una torre de apartamentos); o, para muchos, no para mí, Sieranevada, estructurada a base de larguísimos planos-secuencia por el rumano Cristi Puiu para narrar las vicisitudes de una familia. Rumania que, por cierto, es un país muy mimado este año por Cannes, como asimismo Corea del Sur. No como España, para cuyos largometrajes apenas hay hueco, quitando la habitual presencia de Almodóvar con su Julieta, ya debatida en profundidad dentro de la Turia, y las de Albert Serra con La mort de Louis XIV y Oliver Laxe con Mimosas en secciones paralelas.

"Loving", de Jeff Nichols

Inevitablemente, está habiendo decepciones: en absoluto la de Woody Allen, de quien ya elogié su estupendo Café Society. Pero sí la de Steven Spielberg, superado por la tecnología digital de The BFG, la de Jeff Nichols que en Loving no pasa de lo correcto al reflejar la odisea sufrida por un matrimonio interracial en la Virginia de los años 50, o –por más que me duela escribirlo– la de unos hermanos Dardenne que en La fille inconnue no encuentran su extraordinario nivel habitual, al abordar la profunda culpa que siente una joven doctora por no haber atendido a tiempo a una mujer en riesgo de muerte.

Claro, que lo más lamentable ha venido de la cuádruple representación francesa, con la atrabiliaria Ma Loute, de Bruno Dumont; Rester vertical, de Alain Giraudie, el autor de El desconocido del lago; la desaprovechada Mal de pierres, de Nicole Garcia, y Personal Shopper, donde Olivier Assayas sigue sin acertar años después de su importante serie televisiva Carlos. Pero el chovinismo en Cannes es tan fuerte que estos títulos le encantan a una crítica nativa que, sin embargo y al contrario que la de carácter internacional, se atreve a poner absurdas pegas a Paterson. Cosas veredes, amigo Sancho…

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2016).


Cannes no es supersticioso


Es el amarillo el color que domina este año en Cannes. Sobre todo, a causa del cartel de la 69 edición, cuyo fondo es de ese color, mientras la imagen viene compuesta a partir de varias de Le mépris, la famosa película de Godard. Y el amarillo surge por todas partes, como si el primer Festival del mundo no tuviera miedo a la vieja superstición entre los artistas de que tal color trae mala suerte. Quizá se atreve porque apenas le falta nada, porque se sabe absoluto dominador en el panorama de los certámenes.

Y eso que una parte de la prensa francesa le empieza a poner en cuestión. “Pará que sirve el Festival”, titulaba casi provocadoramente “Libération” el día inaugural. Las críticas proceden especialmente de un cierto carácter repetitivo en el programa de la Sección Oficial, como ya comenté en un “Tema de Lara” de hace unas semanas. Siempre los mismos nombres –se dice–, siempre se juega sobre seguro, apenas hay sorpresas. De hecho, de las 1867 películas que asegura haber visionado el Comité de Selección, no hay ninguna “opera prima” en la competición principal, apenas cine latinoamericano o asiático y nada del africano. Domina claramente el europeo, con 13 de los 21 films que buscan la Palma de Oro, con la inevitable masiva presencia de producciones o coproducciones francesas.

Pero de lo que Cannes presume, en esta ocasión más que nunca, es de ser un “Festival All Stars”, tal es la cantidad de celebridades que pasearán por su alfombra roja. Es este otro motivo de crítica, ya que muchos se preguntan si la elección de determinadas películas no viene dada más por el relieve de sus “estrellas” que por su calidad cinematográfica. Incluso se celebra como un gran triunfo que Julia Roberts, que nunca había pasado por La Croisette, en esta ocasión lo haga como coprotagonista, junto a George Clooney, de Money Monster, de la ahora más directora que actriz Jodie Foster. De paso, y junto a las figuras norteamericanas, el cine galo promociona su propio “star system”, con frecuentes apariciones sobre las pantallas de Juliette Binoche, Isabelle Huppert o Marion Cotillard, sin olvidar a los “eternos” Catherine Deneuve y Gérard Depardieu.

Woody Allen, dirigiendo a Jesse Eisenberg y Kristen Stewart en el rodaje de "Café Society"

Pero todo se olvida cuando uno se sienta en una sala y contempla, por ejemplo, en la sesión inaugural la última obra de Woody Allen, Café Society, excelente continuación de la larguísima trayectoria de un cineasta que ya ha cumplido los 80 años. En Turia siempre se ha admirado su filmografía, con Antonio Lloréns a la cabeza de su “club de fans”; y seguro que esta triste comedia romántica no les va a decepcionar. Se encuentran en ella las características más queridas y reconocibles de su autor: la recreación de determinados ambientes, como el Hollywood y el Nueva York de la década de los 30, el humor judío centrado en la familia del personaje principal (Jesse Eisenberg), la fascinación hacia una mujer (Kristen Stewart) y, muy especialmente, ese placer de hacer cine que se transmite a los espectadores.


Apenas ha demarrado Cannes cuando escribo esta crónica. Pero ya se perciben algunas tendencias dominantes, donde el núcleo familiar y la aparición de lo irracional o lo fantástico parece que van a ser constantes. Lo veremos en las diversas secciones del Festival, porque aparte de la Oficial, verdadero “escaparate” del certamen y donde hay también películas fuera de concurso o en sesiones especiales, coexisten con ella otros apartados muy significativos, e imposibles de abarcar en su totalidad, caso de Un Certain Regard, la Quincena de Realizadores, la Semana de la Crítica… Como un Espíritu Santo multiplicado, Cannes es uno y son muchos a la vez.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2016).

Palma de Oro para un luchador infatigable


Ken Loach, tras recibir la Palma de Oro por "I, Daniel Blake"

Discutir el Palmarés de un Festival es como discutirle a un árbitro cuando pita un penalti: no sirve de nada. En definitiva, los premios solo reflejan la opinión de un grupo de personas, nueve en el caso de Cannes, que muestran sus preferencias ante los demás. Cada espectador, cada crítico, tiene su Palmarés y cuanto no se adecue a él, lo considerará injusto. Aunque hay ocasiones en que el disparate resulta demasiado evidente, que no hay duda de que la falta del defensor se ha producido varios metros fuera del área.

Desde mi punto de vista, tan subjetivo como cualquiera, otorgar la Palma de Oro a otra película que no fuese ‘Paterson’, de Jim Jarmusch, ya era una injusticia. Pero dado que el Jurado presidido por George Miller, el creador de ‘Mad Max’, no lo ha creído así, me alegro profundamente de que el galardón haya ido a manos de Ken Loach por ‘I, Daniel Blake’. No solo porque se trata de un film excelente, en que el cineasta británico da otra vuelta de tuerca a su reflejo de una problemática social a la que cuestiona en toda su amplitud y gravedad, sino por la personalidad quizá irrepetible del propio Loach. Luchador infatigable, tan ligado a la Semana de Valladolid, ha ido desarrollando una obra de coherencia indiscutible, con un estilo directo y comunicativo, siempre del lado de los más desfavorecidos de la sociedad. Si ya había obtenido la Palma de Oro hace una década por ‘El viento que agita la cebada’, ahora, con ‘I, Daniel Blake’, pasa a pertenecer al escaso grupo de cineastas que cuentan con ella por segunda vez. Y está bien que sea así, que un director que va a cumplir 80 años el próximo mes, vea coronada una carrera que inevitablemente se acerca a su final. Aunque nadie lo diría escuchando sus enérgicas palabras de aceptación del premio, acompañado por su imprescindible guionista Paul Laverty, con su apasionada defensa del cine que intenta cambiar el mundo y su denuncia del neoliberalismo. Los viejos trotskistas nunca mueren…

Pero si ha habido una edición en que las opiniones de la crítica internacional y las del Jurado han estado distantes, pocas como en esta. De hecho, las cinco películas preferidas por los periodistas (‘Toni Erdmann’, ‘Paterson’, ‘Aquarius’, ‘Sieranevada’ y ‘Elle’) ni siquiera han entrado en el Palmarés, en una decisión global que deja bastante estupefacto. Y que hace dudar de los criterios empleados por un “sanedrín” que, además de Miller como presidente, formaban los realizadores Arnaud Desplechin y László Nemes, las actrices Kirsten Dunst, Vanessa Paradis y Valeria Golino, también directora, los actores Donald Sutherland y Mads Mikkelsen, y la productora iraní Katayoon Shahabi. Preferir a esos títulos citados el histrionismo expresivo de ‘Juste la fin du monde’, el fallido ejercicio de género de ‘Personal Shopper’ o la vuelta al ya rancio cine independiente de ‘American Honey’, revela una carencia de juicio realmente notable.

Jaclyn Jose, Premio a la Mejor Actriz por "Ma'Rosa"

Como también asombra que se hayan despreciado por completo los sobresalientes trabajos de Isabelle Huppert en ‘Elle’, de Sonia Braga en ‘Aquarius’ o de Sandra Hüller en ‘Toni Erdmann’, para optar por la Jaclyn Jose de ‘Ma’Rosa’ como Mejor Actriz, por más que resulte muy estimable su labor en la película del filipino Brillante Mendoza, con un impactante primer plano final en el que van asomando las lágrimas de la protagonista ante la injusticia sufrida a causa de la corrupción policial, y que quizá haya quedado en la memoria del Jurado. En cuanto a los intérpretes masculinos, no había actuaciones del nivel de las femeninas, aunque el Adam Driver de ‘Paterson’ destacaba entre ese exiguo grupo de actores relevantes. Le han concedido el premio, como se lo podrían haber dado a cualquier otro, al iraní Shahab Hosseini por ‘El cliente’, la única película que aparece por partida doble en el Palmarés, también –con mayor motivo– por el guion de Ashgar Farhadi.

Juanjo Jiménez obtuvo la Palma de Oro para cortometrajes por "Timecode"

Motivo de especial alegría es la Palma de Oro obtenida por el cortometraje ‘Timecode’, de Juanjo Giménez, que viene a unirse al Premio de la Semana de la Crítica para ‘Mimosas’, de Oliver Laxe, en una buena cosecha nacional, por más que la ‘Julieta’ de Almodóvar haya quedado postergada. En la ceremonia de clausura, Giménez tuvo el detalle de recordar que, a lo largo de las 69 ediciones del Festival, solo ‘Viridiana’, de Luis Buñuel (cineasta ya periclitado y de otro tiempo, en opinión de Pablo Iglesias…), había logrado para el cine español el mismo galardón. Esa obra maestra de Luis Buñuel que, en la encuesta que acaba de efectuar la revista especializada ‘Caimán’, queda valorada como la mejor de toda la historia de nuestra cinematografía.


Ha finalizado Cannes 2016. Les espero, el año próximo, en el 70 Aniversario.

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 24 de mayo de 2016).

Isabelle Huppert brilla en "Elle"


Tarde, ya en la madrugada, las gaviotas llegan a las calles de Cannes. Van buscando los restos de comida que han quedado en las terrazas de bares y restaurantes. Parecen especialmente numerosas si hay noche de luna llena, como ha sucedido esta semana. Y cuando se acerca el amanecer, regresan a sus orillas, a sus vuelos y a las olas que las acogen. Lo mismo que esos más de treinta mil participantes en las diversas actividades del Festival, de esos cuatro mil quinientos periodistas acreditados que ya están volviendo a sus casas, a sus trabajos. Cannes empieza a descansar.

"Elle", de Paul Verhoeven

Como casi despedida, la sorpresa de encontrarnos con una película de Paul Verhoeven, ‘Elle’, muy diferente a sus famosísimas ‘Robocop’ e ‘Instinto básico’, y en la que Isabelle Huppert brilla con luz propia. Todavía se recuerda aquí su fulgurante aparición en ‘La dentellière’, que la hizo famosa de la noche a la mañana. Casi cuarenta años después y con una carrera de enorme valía y llena de premios (dos veces ha ganado aquí el de Mejor Actriz, por ‘Violette Nozière’, de Chabrol, y ‘La pianista’, de Haneke; puede que ahora le llegue el tercer galardón), sigue asombrando por su calidad interpretativa. Pese a que ya sobrepase la edad que requiere la Michèle de ‘Elle’, basada en la novela ‘Oh…’, de Philippe Djian, apenas importa. Porque muy pocas actrices sabrían dar este juego de ambigüedad y cinismo, de autoritarismo, sentido del humor y provocación que requiere la película. Ella la sustenta de la primera a la última imagen, ofreciendo todo tipo de matices y sugerencias a un personaje de conducta más que discutible. Me interesa mucho constatar la visión femenina que haya sobre ‘Elle’: por un lado, tenemos a una protagonista fuerte, con personalidad propia y capacidad de decisión en las diversas facetas de su vida y en la de los demás. Pero, por otro, se da como válida la transformación de una violación en una relación sadomasoquista asumida y hasta deseada por la mujer… Hay mucho que discutir sobre la mirada que sobre estos temas lanza el renacido Verhoeven.

Con cierta lógica, ha cerrado la Competición oficial el último título que se seleccionó para ella: ‘El cliente’, de Asghar Farhadi, bien conocido de los aficionados al cine iraní por ‘Nader y Simín, una separación’, ‘A propósito de Elly’ y la más reciente ‘El pasado’. Como en ‘Elle’, también en este caso se refleja la agresión a una mujer, por parte de un hombre mayor que ha confundido a su víctima con una antigua inquilina del apartamento al que ha tenido que trasladarse una joven pareja a causa del riesgo de derrumbe de su piso. Pareja que, además, es la protagonista del montaje de ‘Muerte de un viajante’ que están representando esos mismos días; aunque no se acaba de entender bien qué relación guarda la célebre obra de Arthur Miller con la trama central, la del marido que busca vengarse de la violencia ejercida contra su esposa, cuya distinta actitud ante el hecho provoca la crisis en el matrimonio. Estamos en un terreno de falta de concreción, de ambigüedad, de cierto misterio narrativo, habituales –salvo en la muy directa ‘Nader y Simín…”– en Farhadi, que siempre deja al espectador la última palabra sobre cuanto ha visto y oído.

Pero la jornada iraní no terminaba con ‘El viajante’, sino que se extendía en programa doble con ‘Inversión’, de Behnam Behzadi, incluida en la sección Un Certain Regard. Película modesta, en presupuesto y contenido, sobre una mujer (en este Cannes apenas ha habido hombres remarcables) que se ve impelida a marcharse al norte del país, acompañando a su madre enferma del pulmón debido a la galopante contaminación de Teherán. Su situación nos habla de la realidad global de las mujeres en Irán, sometidas a los designios de sus familias, cuando no de un sistema político-religioso que ‘Inversión’ se cuida muy mucho de no abordar explícitamente, se supone que a causa de la fortísima censura del régimen.

"Fai bei sogni", de Marco Bellocchio


Finalizaba asimismo una Quincena de Realizadores valorada generalmente como muy débil y superada por la Semana de la Crítica. Pero lo hacía como bien empezó: con la proyección de ‘Fai bei sogni’, de todo un “clásico” como Marco Bellocchio. Baste decir que, en este relato de un periodista que no ha podido superar la muerte de su madre cuando él tenía nueve años y a la que estaba extraordinariamente unido, muchas de sus imágenes, muchas de sus secuencias, superan ellas solas a buena parte de las películas que han figurado a bombo y platillo en la Sección Oficial. ¿Por qué?

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 22 de mayo de 2016).

La "alfombra roja" condiciona la programación


Lamentablemente, desde todos los puntos de vista, la Sección Oficial del viernes no ha podido ser peor. La componían ‘The Last Face’, de Sean Penn, y ‘The Neon Demon’, de Nicolas Winding Refn, a cada cual más rechazable. La única explicación de que estén al máximo nivel en el primer Festival del mundo responde a la obsesión de llenar la alfombra roja y la famosa escalinata que da acceso al Palais con “estrellas” que llenen las páginas de las revistas y de los canales de televisión, no la calidad de los films en que intervienen. Es decir, contar con Charlize Theron, Sean Penn y Javier Bardem en el primer caso; con un desfile de esculturales modelos, en el segundo. Si, como señalamos en una crónica inicial, los responsables de la presente edición la autodenominaron como “All Stars”, vienen cumpliendo con esa exigencia mediática que Cannes tiene. Pero el cine, el verdadero cine, se les está escurriendo entre los dedos.

"The Last Face", de Sean Penn

No me gusta hablar demasiado de las películas que detesto y, sin duda, ‘The Last Face’ pertenece a ese “selecto” grupo. No ya porque sea pésima, sino porque aborda graves problemas de actualidad que merecen un tratamiento opuesto y una ética de la que el film carece. La cosa ya empieza mal, con una frase que equipara la tragedia de una guerra con la de una relación amorosa. Pero continúa peor, con unos diálogos que provocaron involuntariamente las risas del auditorio, una estética relamida y cursi (en la que Sean Penn intenta imitar en muchos momentos a Terrence Malick) y un conjunto global que semeja ser un desafortunado “spot” de más de dos horas de Médicos sin Fronteras. Pero, sobre todo, es que se pretende hablar de Liberia, de niños africanos destrozados por la violencia y el hambre, de conflictos bélicos interminables, pretendiendo conectarlo con una historia de amor de fotonovela entre la directora de la ONG (Charlize Theron) y el médico español Miguel León (Javier Bardem), un auténtico “latin lover” a quien ella caracteriza nada menos que como “un huérfano de la Transición política española”… Todavía me pregunto cómo Bardem, que necesita ya como el comer un papel de su nivel interpretativo, no rogó encarecidamente que suprimieran ese párrafo del guion. O ya puestos, toda la película.

"The Neon Demon", de Nicolas Winding Refn

Lo de ‘The Neon Demon’ es distinto, impresentable pero menos irritante. Proponer un relato final de canibalismo como “sutil” metáfora del enfrentamiento entre unas veteranas modelos y una recién llegada a Los Angeles con deseos de gloria, no es precisamente un ejemplo de sutileza. El danés Nicolas Winding Refn, muy sobrevalorado desde que presentase en el Cannes de 2011 ‘Drive’, ya había mostrado su cara más negativa con su posterior ‘Only God Forgives’, víctima aquí en su día de una tormentosa acogida, similar a la que ha tenido ahora ‘The Neon Demon’, superando a ‘Personal Shopper’ en el nivel de abucheos recibidos al término del pase de Prensa. No se puede ser más artificioso e insustancial al reflejar este mundo de la moda, en una sucesión de planos sofisticados como si pertenecieran a una incesante publicidad de marcas de lujo.

En cuanto a las secciones paralelas, citaba ayer ‘Gimme Danger’, el buen documental –sin más– que ha realizado Jim Jarmusch sobre Iggy Popp y su grupo The Stooges. Mientras que la mejor muestra de Un Certain Regard no pertenece a imagen real, sino animada: la bella e inteligente creación en 2-D de ‘La tortue rouge’, primer largometraje del holandés Michael Dudok de Wit, ya muy estimado por sus cortos precedentes. Ni siquiera el gran Hirokazu Kore-Eda llega en ‘Después de la tempestad’ al excelente nivel de sus anteriores ‘Nuestra hermana pequeña’ y ‘De tal padre, tal hijo’; solo en su media hora final, cuando sobreviene un tifón que reúne a la familia, alcanza la intensidad que no había tenido hasta entonces su seguimiento de un padre separado y adicto al juego. Por su parte, y dentro de la muy escasa representación en habla hispana que este año ofrece Cannes (tenemos que congratularnos del Premio de la Semana de la Crítica para ‘Mimosas’), ‘La larga noche de Francisco Sanctis’, “opera prima” de Francisco Márquez y Andrea Testa, vuelve al tema de la dictadura militar argentina para reflejar, en el Buenos Aires de 1977, el conflicto íntimo de un oficinista que duda sobre cuál debe ser su papel ante la represión, en una breve película que más parece el meritorio ejercicio final de curso de una escuela de cine.


Lo dicho: un viernes de Cannes para olvidar.

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 21 de mayo de 2016).

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Un día intenso en el Festival


Tras la proyección de las 8’30 de la mañana con ‘Bachillerato’, de Cristian Mungiu, que dura más de dos horas, hay que salir a toda prisa, sin solución de continuidad, para poder entrar a ver el documental de 108 minutos de Jim Jarmusch ‘Gimme Danger’ sobre Iggy Pop y, sin solución de continuidad, apresurarse de nuevo por ‘La mort de Louis XIV’, a cuyo fallecimiento Albert Serra ha dedicado 1 hora y 45 minutos. Sin solución de continuidad quiere decir que no hay tiempo para el café, el pitillo o ir al servicio, a riesgo de que si les dedicas algunos minutos, te quedes en la puerta de la sala… Es solo un ejemplo de cómo vivimos Cannes los periodistas; por eso nos hace tanta gracia cuando alguien nos dice que “¡cómo lo estaremos pasando, de fiesta en fiesta todo el tiempo, disfrutando de la buena vida!”.

"Bachillerato", de Cristian Mungiu

No, no somos ningunos mártires ni tenemos absolutamente nada de qué quejarnos. Pero la verdad es que a veces se hace un poco duro, sobre todo cuando las películas no te hacen olvidar ese ritmo tan frenético. No ha sucedido con la citada ‘Bachillerato’, pese a que había la esperanza de que el rumano Cristian Mungiu recuperase la gran inspiración que demostrase en aquella ‘4 meses, 3 semanas, 2 días’ que obtuvo la Palma de Oro en 2007 y que en la posterior ‘Más allá de las colinas’ ya le había escaseado. Hay en la película un loable intento de hacer una radiografía de la actual sociedad de su país, infiltrada –al igual que en tantos otros, empezando por el nuestro– por la corrupción, el apaño, las influencias y un clima moral degradado. De todo ello trata de librarle a su hija un médico de mediana edad, con esposa y amante perfectamente instaladas, que está obsesionado con que la muchacha vaya a estudiar a Inglaterra. Pero para ello necesita pasar a la primera la prueba del bachillerato, en lo que pone su máximo empeño con métodos más o menos honestos. A base de largos planos muy dialogados y pese a su notable fotografía y a esos excelentes intérpretes que ya parecen consustanciales al cine rumano, el film de Mungiu suena a “fórmula”, a una manera de narrar que se ha fosilizado un tanto en sí misma y no se arriesga creativamente, prefiriendo ir sobre seguro.

También tiene su “fórmula”, muy distinta, el canadiense francófono Xavier Dolan, el “niño bonito” (cuenta con tan solo 27 años) del cine mundial, cuyo ya sexto largometraje, ‘Juste la fin du monde’, ha sido probablemente el film que mayor expectación ha despertado en Cannes. El regreso de un joven “gay” cercano a la muerte, para reencontrarse con una familia a la que no ve desde hace doce años, provoca una catarata de reacciones por parte de su madre y sus hermanos. Que Dolan expresa a su manera: en incesantes primeros planos, con diálogos gritados más que dichos y un tono general donde domina el histrionismo; también, es cierto, con un excelente uso de la música de Gabriel Yared. La procedencia teatral de ‘Juste la fin du monde’, un texto de Jean-Luc Lagarce muy deudor de la época en que el sida hacía estragos y que se halla incluido en diversos niveles de lectura de la enseñanza francesa, resulta patente en la película, lastrando la personalidad y mayor libertad formal que Dolan había mostrado en títulos anteriores como ‘Mommy’ o ‘Laurence Anyways”.

"La mort de Louis XIV", de Albert Serra


Otro “niño mimado” por los Festivales, el catalán Albert Serra, ha presentado en una de las llamadas “Sesiones especiales” de la Sección Oficial ‘La mort de Louis XIV’, con la que concluye la participación española en el terreno del largometraje (faltan por llegar los cortos ‘TimeCode’, de Juanjo Giménez Peña, a concurso, y ‘Decorado’, de Alberto Vázquez, en la Quincena de Realizadores). Respecto al film de Serra, cabe preguntarse si hacía falta hacerlo, si tiene suficiente sentido e interés centrarse tanto en las últimas horas del monarca galo. Si la respuesta a ello es afirmativa, hay que concluir que el resultado es convincente, que –lejos, por fortuna, de trabajos previos como ‘Honor de cavallería’ y ‘El Cant des Ocells’– Serra ha logrado aquí su mejor obra. Cuidada al extremo en su reconstrucción de la agonía del Rey Sol, rodeado por médicos y otros miembros de la Corte, ‘La mort…’ puede aburrir a muchos espectadores por su lentitud y su detallismo, pero merece consideración. Aunque solo sea por ver a un irreconocible Jean-Pierre Léaud, aquel Antoine Doinel de las películas de Truffaut y a quien Cannes concede este año su Palma de Oro de Honor, ofreciendo una elogiable interpretación pese a no moverse de su cama mortuoria.

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 20 de mayo de 2016).