Notas sobre San Sebastián


Dos han sido las constantes temáticas más repetidas en el 64 Festival de San Sebastián: la violencia, en sus diversos aspectos, y los conflictos de los adolescentes, características que aparecían unidas en títulos procedentes de ámbitos muy distintos como la francesa Nocturama, la chilena Jesús o la polaca Playground. Con mención especial para esta última, “opera prima” de Bartosz M. Kowalski, sin duda la película más revulsiva y polémica de la Sección Oficial, cuyo largo y durísimo penúltimo plano no fue soportado por un sector del público –que abandonó a la carrera el Kursaal 1, principal sala del certamen– y que tampoco encontró hueco en el Palmarés del Jurado presidido por el realizador Bille August.

 "Yo no soy Madame Bovary", de Xiaogang Feng, Concha de Oro 

Palmarés que se inclinó por la china Yo no soy Madame Bovary, cuya máxima originalidad es que la pantalla se reduce en buena parte de su relato a un círculo central, el llamado “ojo de buey”, y que contiene un cierto sentido crítico sobre la burocracia que parece que no ha gustado demasiado a la fortísima censura de su país. Está protagonizada por Fan Bingbing, a la que el Jurado también otorgó el Premio a la Mejor Actriz, una verdadera “diva” nacional, rodeada en San Sebastián por una corte de guardaespaldas y que trajo en jaque a la organización con sus continuos cambios de atuendo y maquillaje. Realmente, el único galardón que estaba “cantado” entre los asistentes fue el de Mejor Actor para Eduard Fernández por El hombre de las mil caras, con un soberbio trabajo de caracterización (en el sentido profundo de la palabra) sobre un personaje tan lamentable como Francisco Paesa.

Dados los límites en que se mueve la Competición Oficial de San Sebastián, lo más inteligente que puede hacer el espectador es no reducirse a ella, sino ir “espigando” entre lo más atractivo de la programación paralela, en otras secciones como Perlas, Zabaltegi, Horizontes Latinos, Nuevos Director@s o en sesiones fuera de concurso. Podían encontrarse en ellas films tan valiosos como A Quiet Passion, de Terence Davies; Frantz, de François Ozon; La región salvaje, de Amat Escalante; Snowden, de Oliver Stone; L’Avenir, de Mia Hansen-Love; Nuestra historia de amor, de Lee Hyun-ju, o el estupendo Manda Huevos, de Diego Galán, al que dedicaremos nuestro próximo Tema de Lara. Además de películas ya suficientemente reconocidas en Cannes, tipo I, Daniel Blake, de Ken Loach (Premio del Público); Elle, de Paul Verhoeven; Toni Erdmann, de Maren Ade, o Neruda, de Pablo Larraín. Apúntense estos títulos en sus agendas, porque van a destacar en la presente temporada.

Fachada del Kursaal en la edición de 2016


Otro decisivo foco de atención era la retrospectiva completa dedicada al gran cineasta francés Jacques Becker. Quienes vivimos en Madrid la recuperaremos en Filmoteca Española; espero que los valencianos, en la de la Generalitat. El tiempo no daba para más en la siempre bella San Sebastián.

(Publicado en "Turia" de Valencia, septiembre de 2016).

La vida es un continuo "streaming"



Lo dijo Jim Jarmusch en el pasado Festival de Cannes: “Me siento anticuado porque me gusta entrar en una sala oscura y disfrutar del cine. Las herramientas han cambiado, pero no la experiencia”. ¿A qué experiencia se refiere el autor de Paterson? A una, quizá irrepetible, de signo emotivo y sensorial que pertenece al ámbito de lo privado, aunque se produzca en un contexto comunitario. Muy cerca de esa postura, el también cineasta Sigfrid Monleón ha defendido que “el cine como arte, con una finalidad estética y un poder de pensamiento propios, necesita de la sala para la transmisión de su cultura específica”, porque “la atención concentrada y colectiva del cine promueve la satisfacción imaginaria del espectador”. Bellos pensamientos que pueden unirse al de la necesidad de “respirar” el cine de forma conjunta, como en una especie de religión laica, donde la divinidad viene expresada por la ligazón con unas imágenes que se expresan y nos expresan a todos los espectadores que nos sentamos ante una pantalla.

Pero la realidad va por otro lado, por mucho que nos pese a los cinéfilos inveterados. Cada vez con mayor frecuencia, el cine se ve –sobre todo, por parte de la gente más joven– a través de internet, en la pantalla del ordenador o aplicándolo a la del televisor. Ahí están los índices del consumo cinematográfico: mientras desciende la asistencia del público a las salas, aunque no en tanta medida como pregonan los apocalípticos, sube exponencialmente el que lo ve en pequeñas pantallas. Estamos pasando de los llamados “éxitos de taquilla” a los “éxitos de descargas”, sobre todo a las de carácter continuo que conocemos como “streaming”, que también se han incrementado notoriamente por la forma de contemplar ahora las series televisivas, como un todo y no esperando a conocer sus capítulos semana tras semana ante el aparato casero.

¿Es esto bueno o malo?, se preguntan quienes desean respuestas taxativas, como reduciendo el mundo al blanco y al negro. No, es un signo de los tiempos, del tránsito de una sociedad donde imperaban la contemplación colectiva y, por otro lado, el almacenamiento y conservación de aquello que nos causaba placer (ya fueran libros, discos o vídeos), a otro tipo de sociedad en la que prima el consumo inmediato, rápido, incluso fugaz. La vida, el mundo, son hoy un continuo “streaming”, por lo que a ello se ajusta la manera de contemplar cuanto llama nuestra atención. Para compensarlo, si las salas de cine todavía se mantienen activas no se debe ya solo a esa experiencia compartida en la oscuridad que antes citábamos, sino porque propician nuestra capacidad de ensimismamiento (pese a sentirse tantas veces distorsionada por las palomitas, los móviles encendidos o los comentarios en voz alta), de ser absorbidos con facilidad por la pantalla, algo que no suele ser posible en el ámbito doméstico, sujeto a interrupciones y distracciones varias.

Cierto es que la potencia del individualismo reinante y de eso que mal se llama “privacidad”, tiene todas las de ganar. Gracias a internet, puedo ver lo que quiero y cuando quiero en “mi” casa, con “mi” gente, con “mis” medios tecnológicos, y lo hago en el momento que más “me” apetezca, que más “me” convenga, sin atenerme a desplazamientos a lugares concretos, horarios determinados o demás coerciones a “mi” libertad personal. Basta con abonarme por poco dinero, unos 8 o 9 euros al mes, a una determinada plataforma (ya sea Netflix, Filmin, Wuaki o Mubi, y en un próximo futuro en España HBO y Amazon), por supuesto no hablo de pirateo, y tengo a mi disposición cuantas películas y series desee. Claro, no es lo mismo disfrutar de una de esas películas en, como ejemplo máximo, la Gran Sala Lumière del Festival de Cannes y verla en la pantalla de un ordenador, no digamos en un móvil, pero lo que ahí sale perdiendo es la belleza, amplitud y precisión audiovisual de un determinado film. “Poca cosa” si la comparo con “mi” libertad a la hora de consumirlo rápido, rápido, cuando me venga en gana, cómodamente en un “streaming” disponible a “mi” voluntad…

Pienso a menudo que el “streaming” es al visionado en una sala de cine como una fugaz relación sexual tras una noche de discoteca frente a una relación amorosa continuada. Aquella puede ser divertida e incluso apasionante en esa fugacidad, pero mayor será la pasión cuando viene acompañada de una estima especial hacia aquella persona con la que la compartes. Algo similar sucede con la experiencia cinematográfica, más intensa cuanto más prolongada es, porque se va enriqueciendo a medida que pasa el tiempo, siempre que no se caiga en la monotonía y el aburrimiento. Pero parece que el “ser tecnológico” que somos de lo que se ha aburrido es de la fidelidad, y lo que cuenta –aparte de la rapidez citada– es el consumo incesante, la variedad y hasta promiscuidad con que debemos compensar tantas carencias como nos ofrece nuestra insatisfactoria realidad.

¿Puede seguir siendo el cine en “streaming” esa fuente de conocimiento que fluya en todos los sentidos, como debe serlo una verdadera obra de arte contemplada y vivida de forma adecuada? Me lo cuestiono seriamente, y no quisiera pasar por ser un retrógrado que se resiste al progreso de la civilización, que ya hemos dicho que es hoy tecnológica por encima de cualquier otro concepto, que ha entrado definitivamente en la era de lo digital por encima de lo analógico, incluso en las cabinas de las salas de exhibición. Lo que me importa es cuánto denota del tipo de sociedad que hemos construido, donde nada parece merecer ser guardado ni conservado (de ahí, entre otras cuestiones, vienen los problemas de las cinematecas), donde solo priman los productos de usar y tirar, en una constatación global de que únicamente interesa y sirve lo más reciente e inmediato. Esa “urgencia de consumo” que motiva a los internautas compulsivos a ver con máxima celeridad los títulos que se estrenan, casi siempre, en una proporción superior al 87%, mediante descargas ilegales.

Pero, al tiempo, el cine y las series en internet nos permiten acceder a un patrimonio que, de otra forma, estaría reducido a las filmotecas o a ciclos en algunos festivales. Y, aunque todavía nos hallamos lejos de que una película lanzada directamente en la red, sin el apoyo previo de las salas, sea rentable, internet es el “refugio” al que pueden acogerse muchas obras consideradas “difíciles” o que no llegan a gran parte de la población en su exhibición comercial. En la tesitura de no verlas o hacerlo en “streaming”, no hay duda posible. Lo que planteo, en definitiva, es la “coexistencia pacífica” entre los cines –que ya no son los añejos de toda la vida– y las posibilidades difusoras de la red. Nada debería impedirlo.


Porque si cabe mantener que el “streaming” es el símbolo patente de una sociedad vertiginosa y superficial, también lo es de un tiempo que inevitablemente hemos de asumir para que logremos que sea nuestro.


(Publicado en "Caimán", nº 51, julio/agosto 2016).

Camilo José Cela, el escritor que pudo ser cineasta


Para muchos seguidores de Camilo José Cela, su presencia en las pantallas cinematográficas se limita a su aparición en La colmena, de Mario Camus, interpretando a Matías Martí, un “inventor de palabras” que se reúne con otros colegas en el café La Delicia durante la inmediata posguerra española. Como muestra de su actividad, regala a los contertulios su neologismo “bizcotur”, que define como “dícese de aquel que, sobre ser bizco y mal encarado, mira con aviesa intención. Puede usarse también como sustantivo”… Un personaje que, por cierto, no pertenece a la novela original de Cela en que el film se basa, sino a otra obra suya, El gallego y su cuadrilla, que José Luis Dibildos –productor, guionista y verdadero “factótum” de la película– rescató para esta adaptación.

Camilo José Cela, como el físico Loves de "El sótano", de Jaime de Mayora (1949).

Sin embargo, la vocación de actor de Cela venía de muy lejos, de los años 40, cuando solía unir esta labor con su trabajo en aquellos guiones en los que colaboraba, muchas veces solo como dialoguista. Sobre todo, en el caso de El sótano, realizada en 1949 por Jaime de Mayora, y donde el escritor interpretaba uno de los papeles principales: el del racionalista físico Loves que, mientras jugaba con el padre Ramón (Jesús Tordesillas) interminables partidas de ajedrez en el refugio donde se guarecían de los bombardeos aéreos sobre una ciudad anónima, debatía con él sobre la mismísima condición humana desde sus ópticas opuestas. Incluso Cela estuvo a punto de encarnar al protagonista, el periodista Juan Bell, que conduce todo el relato, pero finalmente este personaje quedó en manos de Eduardo Fajardo.

Película “maldita” donde los haya, de intenciones claramente pacifistas en un contexto que no lo favorecía, El sótano supone la mayor implicación personal de Cela con el cine. Trató en ella de ayudar a su amigo Jaime de Mayora, un falangista “hedillista” que tuvo que exiliarse temporalmente en Alemania a raíz de la caída en desgracia de esta tendencia dentro del Movimiento franquista. Cuando regresó a España, traía consigo un guion que Cela revisó cuidadosamente, en especial sus diálogos, y aceptó que se lanzase publicitariamente el film con su nombre como principal reclamo, merced a la popularidad adquirida tras la publicación en 1942 de La familia de Pascual Duarte. De nada sirvió, El sótano fue un rotundo fracaso comercial y Jaime de Mayora únicamente dirigió otra película, Noche de tormenta, que tampoco tuvo éxito, y el nombre de este cineasta donostiarra quedó en el olvido.

Realmente, es por amistad como Cela colabora en diversos títulos de estos años. Así sucedió también con Pío Ballesteros en dos ocasiones: en los diálogos de Consultaré a Mr. Brown (1946), film hoy perdido que supuso el primer contacto directo del novelista con el cine; y como actor en el papel de un adusto ayudante de cátedra con el que una alumna intenta ligar, en Facultad de Letras (1950), penoso ejemplo de exaltación del estudiante vago y caradura. Y algo similar con otros amigos de la época, Luis María Delgado y Fernando Fernán-Gómez (en su trabajo inicial tras la cámara), quienes en 1953 codirigieron Manicomio, una valiosa película donde Cela interpretaba a un loco que se creía un burro y daba coces durante medio minuto ante el estupor de la concurrencia. Por su parte, José María Elorrieta estuvo en el origen del proyecto de El cerco del diablo (1952), aunque no llegó a dirigir ninguno de los cuatro episodios que compusieron un film en cuyo guion colaboró el escritor pero que también está perdido en la actualidad, como lamentablemente sucede con tantos otros títulos de nuestro cine.

Fueron esos años, los transcurridos entre la mitad de la década de los 40 y los primeros 50, cuando la atracción de Cela por el cine se hizo más patente, en esa doble faceta de guionista y actor. Como confesaría en varias ocasiones, llegó a dudar entonces si debía enfocar su carrera hacia la literatura o hacia el cine, aunque ya había vivido el enorme impacto causado por La familia de Pascual Duarte y se hallaba en plena escritura de La colmena, publicada finalmente en Argentina en 1951. Incluso, a finales de esos años 40, Cela se planteó seriamente la posibilidad de dirigir la adaptación de su primera novela, después de que Rafael Gil no lograse llevarla a término; o la de realizar una película sobre “la soterrada y cautelosa sublevación de los extras en un rodaje, que no aflora a la superficie porque hay que comer todos los días”, o la de adaptar nada menos que La educación sentimental, de Gustave Flaubert.

No prosperaron esas ideas, como tampoco la de conformar una productora de la que él sería uno de los socios fundadores. Ni mucho menos la de poner en pie el muy surrealista guion, titulado Prometeo, que había escrito quizá más como ejercicio personal que con posibilidades reales de que se convirtiera en imágenes. A partir de 1953, justo cuando publica una de sus mejores novelas, Mrs. Caldwell habla con su hijo, Cela abandona ya sus veleidades cinematográficas (aparte de una muy divertida participación como él mismo en La insólita y gloriosa historia del cipote de Archidona, de Ramón Fernández, y su ya citada presencia en La colmena). Se terminaban aquellas aspiraciones que habían comenzado con los diálogos de Consultaré a Mr. Brown en 1946, el mismo año de ser nombrado –tras su conocida etapa de censor literario para poder sobrevivir en Madrid– jefe del Negociado de Cine-Clubes en la Subsecretaría de Educación Popular. Inclinado ya definitivamente hacia la literatura, Cela emprendería una carrera que culminará con el Premio Nobel de 1989.

En el rodaje de "La colmena" (1976): Mario Pardo, Francisco Rabal y Camilo José Cela.

Otra cosa son las adaptaciones de sus obras: dos, excelentes, se han llevado a cabo sobre sus principales novelas, las citadas La familia de Pascual Duarte y La colmena. Fallido el proyecto en varias ocasiones, hasta con directores extranjeros como el mexicano Benito Alazraki o el italiano Marco Bellocchio, finalmente Ricardo Franco logró llevar al cine en 1976 la primera de ellas (acortando el título), con producción de Elías Querejeta, quien intervino también en el guion junto a Emilio Martínez Lázaro y el propio Franco. En el 29 Festival de Cannes, donde Pascual Duarte tuvo una polémica acogida por la muerte real de dos animales, una perra y una mula, en las imágenes, el Premio al Mejor Actor fue para José Luis Gómez, que debutaba aquí delante de la cámara en un papel inicialmente pensado para Alfredo Landa. Mientras que la segunda adaptación, La colmena, obtenía el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1983, “ex-aequo” con el film británico Ascendancy, después de haber logrado un fuerte éxito en nuestro país. Hablando precisamente de estas dos adaptaciones, Cela manifestaría que “con que no se traicione el espíritu de la novela, yo me conformo. Y he tenido suerte, por ejemplo, en La colmena, desde el director, Mario Camus, a todos los actores”. En cuanto a Pascual Duarte, “me gustó menos. Creo que es inferior a La colmena como película, quizá porque se desvió más de la estructura de la obra literaria”.

También dos adaptaciones se han realizado con acierto de sus libros de viaje, en ambos casos para televisión: Viaje a la Alcarria, de Antonio Giménez-Rico (1975), dentro del espacio Los Libros, y Del Miño al Bidasoa, serie de cuatro capítulos dirigida por José Briz (1990), una y otra destinadas a la Segunda Cadena de TVE. A ellas debe sumarse el notable cortometraje documental Regreso a la Alcarria, de Tomás Cimadevilla, que fue nominado dentro de su categoría en la última edición de los Goya. Y sobre el escritor y su entorno se ha estrenado recientemente en la Casa del Lector, de Madrid, el documental de 127 minutos El recuerdo más cercano, promovido por la propia Fundación Charo y Camilo José Cela, un auténtico mosaico testimonial de vivencias.

En definitiva, esta es la historia de un escritor que pudo ser cineasta. No lo llegó a ser, pero siempre sintió una especial fascinación por el cine, y el cine le correspondió bebiendo de sus mejores obras. Aunque todavía quedan muchas por adaptar…* 


*Quienes deseen profundizar en las relaciones entre Cela y el cine, pueden consultar el volumen colectivo Las imágenes y el inventor de palabras. Camilo José Cela en el cine español, con edición de José Luis Castro de Paz y Jaime Pena, publicado por el Festival de Ourense en 2001 y del que he extraído diversos datos.


(Publicado en "Academia", revista de la Academia del Cine Español, nº 220, julio/agosto 2016).

Abbas Kiarostami



La Semana de Cine de Valladolid ya ha anunciado su propósito de ofrecer un homenaje en su próxima edición (22-29 de octubre) a Abbas Kiarostami. Es lo lógico. Porque fue el Festival que dio a conocer su nombre en España, cuando en 1993 le dedicó un amplio ciclo, contando con su presencia. Y al año siguiente su Espiga de Oro fue para A través de los olivos, lo mismo que sucedería en 2010 con Copia certificada. El nombre de Kiarostami está indisolublemente unido al de Valladolid y ahora que se ha producido su inesperado fallecimiento, no puede sino realzarlo mediante esa retrospectiva que se ha apresurado a organizar.

Exposición "Las cuatro estaciones" en la Semana de Valladolid de 2001

Con su dulzura, su timidez, su hablar bajito y sus sempiternas gafas oscuras, el cineasta iraní dejó una huella imborrable en cuantos le conocimos con motivo de aquel ciclo (fue el año en que, con Azul, también vino Kieslowski), relación que se mantuvo en momentos posteriores. Por ejemplo, al llevar a cabo en 2001 la muestra “Las cuatro estaciones”, en la que reunimos numerosas fotos suyas, que, según comentó, “no son el resultado de mi amor por la fotografía, sino del amor que siento hacia la naturaleza”. Una naturaleza de cerca del Mar Caspio o hacia el Kurdistán que, curiosamente, encontró muy similar a la de las tierras castellanas.

Pero volviendo al homenaje del 93, recuerdo que también hubo un momento tenso. Un mediodía me comunicaron que Kiarostami quería verme con urgencia, sin precisar el motivo. Cuando me senté a su lado, me dijo que la razón de tanta premura se refería a su película Close-Up (Primer plano), que precisamente tenía que presentar unas horas después. Había visto la duración que de ella poníamos en el catálogo, 100 minutos, y eso le había alarmado, hasta el punto de negarse a acudir a dicha presentación, lo que resultaba insólito en alguien tan amable como él. Ante mi estupor, me lo explicó: la Farabi Cinema Foundation, que nos había enviado las copias desde Irán, había incluido la de Close-Up con 17 minutos más que la de su montaje definitivo (sin nosotros saberlo), por lo que se negaba a que fuera proyectada. Aceptó tras una negociación muy larga y compleja, mientras el pase se echaba encima, y con el compromiso de que el Festival recibiera inmediatamente de la Fundación Farabi la promesa de que esa copia sería destruida en cuanto regresase a Teherán. Se hizo de la manera que él pedía y la situación se resolvió para satisfacción de todos.

"Close-Up", de Abbas Kiarostami (1990)


Así de cuidadoso era Kiarostami con su obra. El autor de films tan importantes y definitorios como –además de los citados– ¿Dónde está la casa de mi amigo?, Y la vida continúa…, El sabor de las cerezas, El viento nos llevará o Ten, siempre fue extremadamente meticuloso y preciso con su trabajo. En Valladolid, hace casi 23 años, tuvimos ocasión de comprobarlo.

(Publicado en "Turia" de Valencia, julio de 2016).

Natalia de Molina: Nada más y nada menos que una actriz



Hay algo de salvaje, todavía sin explotar, en la mirada de Natalia de Molina. Hay también algo tierno, cálido, sensual, en sus ojos y en su actitud. Y, por si fuera poco, hay algo muy íntimo que se desliza fácilmente hacia las lágrimas, que en ocasiones vienen motivadas por su timidez y, en otras, por su impotencia para ser hasta el final esa mujer fuerte que desearía ser. Hay, en definitiva, nada más y nada menos que toda una actriz.

Por eso, quizá, cuando se le pregunta qué puede enlazar su Belén de Vivir es fácil con los ojos cerrados, su Rocío de Techo y comida, su Natalia de Kiki y su Gloria de Pozoamargo, diga que son todas “mujeres fuertes dentro de su fragilidad” o que, al menos, intentan llegar a serlo (¿igual que ella?). Personajes que no pueden ser más distintos entre sí, pero que confluyen en el rostro y el cuerpo de Natalia de Molina. Con especial carisma en el caso de Techo y comida, la película de Juan Miguel del Castillo, que narra la odisea cotidiana de una mujer joven que, con su hijo de ocho años, intenta sobrevivir sin apenas nada que llevarse a la boca. Su interpretación respira verdad e intensidad, asombra por su cercanía y fuerza, dentro de una espiral de dramatismo tan reconocible en estos momentos.

Recuerdo que, al término de un preestreno de Techo y comida en la Academia de Cine, le predije a Natalia de Molina que, con ese espléndido trabajo, ganaría el Goya a la Mejor Actriz. Se echó a reír, musitó una frase de conveniencia sobre que no lo creía, que “era muy muy difícil”, y acabó emocionándose cuando otros académicos se acercaron a ella para comentarle algo similar. No nos equivocábamos: no solo el Goya, sino casi todos los numerosos premios que se conceden cada temporada fueron a sus manos, algo especialmente valioso en un año como el pasado de poderosas interpretaciones femeninas. Lo que ahora viene a redundar el tan justo Halcón que se va a llevar en la gala de los Premios Turia.

No resultaba difícil adivinar cuál iba a ser su trayectoria después de que David Trueba la “descubriera” en Vivir es fácil con los ojos cerrados, en aquel papel de chica embarazada que escapaba del encierro al que le sometía su familia y se iba a con Javier Cámara a Almería en busca de un mítico John Lennon. Con ese personaje obtuvo ya Natalia de Molina el Goya a la Mejor Actriz Revelación en 2014 e incluso, tras un plazo de espera, rompió con la “maldición” de que a muchos de quienes lograban ese premio se les hacía luego difícil desarrollar una buena trayectoria. No ha sido ese su caso, como resulta fácil constatar en su todavía muy breve carrera.

Porque Natalia de Molina tiene tan solo 25 años y, perdón por el tópico, todo el futuro por delante. Desde muy pequeña, esta jienense, criada en Granada y trasladada luego a Málaga (es decir, andaluza por los cuatro costados), tuvo muy claro que quería ser actriz, igual que su hermana Celia, con la que ha compartido diversos proyectos y la comedia Cómo sobrevivir a una despedida. Admiradora confesa de Gena Rowlands –lo que no es tan habitual–, sobre todo por Una mujer bajo la influencia, y de Marilyn Monroe, cuya efigie lleva tatuada, siempre ha tenido un afán de superación y de marcarse retos por los que merece la pena luchar. Retos tan complicados como el de hacer creíble la doble parafilia (dendrofilia y harpaxofilia) de su personaje de Kiki, dotándole de ese fuerte erotismo que Natalia de Molina también dimana y demuestra asimismo en Pozoamargo.

“Creo que el cine también gana cuando se le da más espacio a las mujeres”, dijo en febrero al recoger su Goya, como muestra de que se siente cercana a reivindicaciones feministas. Aunque no es menos cierto que quiso terminar sus palabras de agradecimiento con la frase “¡Techo, comida y dignidad para todos!”, pero había consumido su tiempo y debió comunicarlo después a través de “twitter”.


En último término, Natalia de Molina significa lo opuesto a esas veinteañeras de series televisivas que tanto proliferan. Alguien que comienza su andadura en la adolescencia como la Adela de “La casa de Bernarda Alba” no podría ajustarse a tal modelo. Ella es, según escribiera Miguel Hernández y cantase Paco Ibáñez, una auténtica “jienense altiva”, como aquellos aceituneros…

Natalia de Molina, en "Techo y comida", de Juan Miguel del Castillo (2015)

(Publicado en el Extra dedicado a los Premios Turia por "Turia" de Valencia, julio de 2016). 

Mala racha


Un Rajoy indudablemente beodo en el balcón de la sede del PP


Les confieso que había pensado titular este artículo como “¡Felices terceras elecciones!”, pero los resultados del domingo pasado no parece que las vayan a hacer necesarias. No por lo que usted y yo hubiéramos querido, sino por esos 14 escaños de más que ha logrado el PP, capaz incluso de imponerse en la Comunidad Valenciana, con 75.000 votos adicionales que le hacen subir 4 puntos en su porcentaje global (35’4%) y le otorgan 13 parlamentarios, 2 más de los que tenían. La corrupción, está visto, no se traduce en el castigo de los ciudadanos, afirmación que vale para el Partido Popular en toda España. Ahora le queda al PSOE la “papeleta” de abstenerse u oponerse en la sesión de investidura de Rajoy, lo que sin duda va a provocar serios desgarros entre los socialistas.

No ha sido una buena semana, entre la victoria del “Brexit”, la ganancia del PP e incluso, poniéndose frívolos, la eliminación de España en la Eurocopa (aunque ello evite una confrontación con Alemania que habría coincidido con la Gala de los Premios Turia; de algo hay que alegrarse). Corren malos vientos por el mundo, de recelos, de miedos, de insolidaridad y nacionalismo obtuso, que nos pueden llevar por caminos muy lamentables. Solo falta que Donald Trump gane en Estados Unidos y Marine Le Pen en Francia para que este planeta se convierta en invivible. Más que nunca, urge una reactivación de la izquierda con la que mantener alguna esperanza.

Íñigo Méndez de Vigo, ministro de Educación, Cultura y Deporte

Claro que, desde el Gobierno en funciones y elecciones aparte, ya se ha encontrado la solución mágica: la tapa. No es una broma, como muchos creyeron al conocer la noticia. Con todas las de la ley, el señor ministro de Educación, Cultura y Deporte, don Íñigo Méndez de Vigo, ha planteado oficialmente la consideración de la tapa como Patrimonio Cultural Inmaterial (?) Español como paso previo a solicitar a la Unesco su inclusión mundial como Patrimonio de la Humanidad. El argumento resulta contundente: “Si algo nos une a los españoles, es la tortilla de patatas, las croquetas, la ensaladilla rusa y las patatas bravas”, ha proclamado el ministro (insisto en que no es una broma; pueden comprobarlo en la página “web” del Ministerio, mecd.gob.es). Déjense ustedes de Constitución, de identidad como país, de historia o de cultura; en esta tierra de sol, playa, vacaciones y chiringuito, lo que importa es la barra del bar donde pueden encontrarse tales placeres. Asegura también Méndez de Vigo que “es necesario proteger la tapa para ponerla en valor”, como si fuera el medio ambiente o un espacio en peligro, utilizando además el galicismo “poner en valor”, lo que resulta impropio de todo un responsable de la educación (y, por tanto, del lenguaje) de los ciudadanos.


Así estamos, a la espera –seguramente infructuosa– de que lleguen tiempos mejores. Que nos hagan olvidar, al menos, días tan nefastos como estos últimos que hemos vivido, incluyendo el terrible atentado de Estambul.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2016).

La cultura no existe


Momento previo al Debate a Cuatro en la Academia de Televisión


Salvo una mención al IVA cultural dicha por Pedro Sánchez, dentro de la crítica a Mariano Rajoy por haber subido los impuestos, la palabra “cultura” no apareció nunca en las dos horas del debate del pasado lunes entre los cuatro candidatos a la Presidencia del Gobierno. Ya desde los diversos bloques que sus asesores habían pactado, se obviaba por completo el tema, aunque dentro de la situación social (la cultura es un derecho de los ciudadanos, no se olvide) podrían haberlo abordado, aunque fuese con brevedad dada la cantidad de cuestiones sobre el tapete. Pero ninguna de las cuatro formaciones políticas representadas en el panel pareció interesada, ni mínimamente, en abordar que la cultura debería ser un asunto digno de preocupación y soluciones en este país.

Pero ello ha sucedido no solo en ese debate televisivo, sino de la misma manera en cuantos mítines o actos celebran los candidatos. Excepto cuando se reúnen con los diversos sectores implicados y se llenan de bellas palabras para contentar a su audiencia, jamás se refieren a aspectos culturales. Y todo lo resumen en un par de ideas preconcebidas y que acaban significando poco: que hace falta un Pacto de Estado por la Cultura y que hay que empezar con la educación infantil para llegar a logros en el futuro. Ambas cosas son verdad, pero hay que definirlas, precisarlas y analizar los métodos para que puedan llevarse a cabo con unas ciertas garantías.

Tampoco busquen ustedes demasiado en los programas electorales, ya vengan en forma de tocho ilegible o de brillante catálogo. En esto, como en tantas otras cosas, la “vieja política” y la “nueva política” se dan la mano sin ningún pudor. ¿Significa que todo va sobre ruedas en este terreno o que no se cuenta con propuestas concretas para solventar nuestras evidentes carencias culturales? Me parece claro que lo segundo, pero se diría que a ningún político le afecta demasiado. Que el 40% de los españoles no lea ni un libro al año, que nuestro cine se halle en un momento especialmente difícil de supervivencia, que los museos se nutran sobre todo de jubilados (más bien, jubiladas) o de muestras “mediáticas” como la de El Bosco, que vayan desapareciendo locales teatrales de carácter alternativo u orquestas con pocos recursos, ¿y qué? ¿A quién le importa, lejos de un pequeño círculo que apenas procura votantes? Los artistas, que se las arreglen como puedan, que para eso son artistas, bohemios, arrogantes y zascandiles.


Y, sin embargo, se podría hacer tanto con bastante poco dinero, se notaría tan pronto un verdadero crecimiento cultural del país si se pusiera manos a la obra… Serían tan patentes los resultados que incluso traerían beneficios a quienes hoy ignoran la cultura. Esos mismos que pasaron olímpicamente de ella durante el debate sobre las elecciones del próximo día 26.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2016).