El Quijote: Variaciones sobre un mito


Texto incluido en el Catálogo de la Exposición "Cervantes. En la cinta del tiempo", organizada en el Museo Casa Natal de Cervantes, de Alcalá de Henares, entre el 26 de mayo y el 18 de noviembre de 2018.



Conviene partir de la base de que El Quijote no es tanto una novela como un mito, probablemente el único que ha dado la literatura española junto a Don Juan, aunque algunos autores incluyan también a la Celestina y al Lazarillo de Tormes. El mito es algo que se configura por encima de su propia existencia: un personaje o entidad de ficción que, a través de su pervivencia en el tiempo y su expansión en el espacio, logra dimensiones de universalidad y se constituye en punto de referencia donde convergen una serie de constantes humanas, por lo que alcanza categoría de símbolo. Por ello, no deberíamos hablar de adaptaciones del Quijote –como si se tratara de un relato más–, sino de variaciones, reflexiones o formas de comprenderlo. Al menos en aquellas películas que han aportado un cierto empeño creativo, antes que la fidelidad al texto de Cervantes o su estricto seguimiento, lo que importa es comprobar en qué medida cada autor ha enriquecido tal nivel mitológico.


Desde luego, todo parece indicar que ello no se produjo en la decena de ocasiones en que el Caballero de la Triste Figura accedió a la pantalla durante el periodo del cine mudo. Desde 1902, en que Ferdinand Zecca y Lucien Nonguet filmaron para la productora francesa Pathé una cinta de 430 metros bajo el título Don Quichotte, se repetirán en estas obras mudas diversas características comunes:
-Se trata de películas de muy escasa duración, que se limitan a elaborar algunos “cuadros” para recordar al espectador las situaciones más típicas de la novela, sin ningún intento de recrear en imágenes su trama o de profundizar en sus personajes.
-Pertenecen o bien a la tendencia del Film d’Art, que intentaba dignificar el espectáculo de barracón de feria recurriendo a obras literarias de prestigio, o bien a una línea cómica con la exclusiva pretensión del lucimiento de sus principales intérpretes, habitualmente extraídos de los medios teatrales o del “music-hall”.
-No se preocupan en absoluto de que la ambientación o el diseño de los personajes respondan mínimamente a los descritos por Cervantes, hasta el punto de utilizar ámbitos geográficos, vestuarios o tipologías en abierta contradicción con los originales.
-Resultan de una gran pobreza cinematográfica, pese a estar avaladas por nombres como el citado Zecca, Méliès (1908) o Griffith, aunque este último sólo en su faceta de productor para la versión norteamericana de 1915, dirigida por Edward Dillon.
Dado que la mayoría de estas películas no se conserva actualmente, debemos fiarnos de los comentarios de quienes sí pudieron verlas. Como ejemplo de ellos, valgan las palabras con que, a propósito de otro Don Quichotte francés, el realizado por Camille de Morlhon en 1912, Andrés Pérez de la Motta (Film-Omeno) protestaba en Arte y Cinematografía, la primera revista especializada que hubo en España, de “los lugares falsos, los tipos mal estudiados, los cuadros de ningún valor positivo, resaltando que ni hay belleza moral, ni sabemos a qué viene Don Quijote en la película”. Un tipo de juicios del que no se libraría siquiera el único ejemplo de adaptación realizada en nuestro país dentro del cine mudo: la que en 1908 efectuó Narciso Cuyás para su productora Iris Films, de Barcelona, y que únicamente contaba con 250 metros. Ni el Don Chisciotte de la firma italiana Cines, dos años después, ni el Don Quixote del británico Maurice Elvey, en 1923, merecieron una consideración más favorable por parte de los críticos del momento.

El Quijote realizado por el danés Lau Lauritzen

Sí la tuvo, paradójicamente, la versión que en principio parecía un puro vehículo de lucimiento para la pareja cómica danesa Carl Schenström y Harald Madsen, conocidos en su país como Fly y Bi y en España como Pat y Patachón, primera muestra del esquema cinematográfico del “gordo y el flaco”, que ellos quisieron acoplar a los personajes de Alonso Quijano y Sancho Panza. Quizá porque tras la cámara había un buen director como Lau Lauritzen, quizá porque se rodó en España con parte del equipo técnico y artístico contratado aquí, quizá porque Schenström y Madsen querían elevar un poco su registro excesivamente bufo, lo cierto es que Don Quixote af Mancha se aleja un tanto de las constantes negativas que citábamos como características de las versiones de la etapa muda.


Pero, sin duda, El Quijote necesitaba de la palabra. La encontró en 1933, cuando el actor y cantante Feodor Chaliapin –máxima figura del cine ruso prerrevolucionario, exiliado en Francialogró poner en pie su proyecto de personificar en la pantalla al inmortal caballero andante. Confió para ello en un cineasta austríaco de notable valía, Georg Wilhelm Pabst, y en la adaptación elaborada por Paul Morand, antiguo secretario de la Embajada de Francia en Madrid, a lo que se iban a añadir canciones compuestas por Maurice Ravel pero que, finalmente y por desacuerdos con la productora, firmaría un músico mucho menos inspirado como Jacques Ibert. De ahí nació la primera obra con pretensión creativa que se filmó sobre El Quijote, la única hasta el momento en explorar el nivel mitológico que decíamos al comienzo, tratando de aportar una visión personal y diferente al original literario.
De hecho, Pabst no intenta simplemente adaptar el texto de Cervantes, sino recrearlo desde unas perspectivas estéticas y, sobre todo, plásticas. Sin embargo, y pese al prestigio que el film logró en su tiempo y que en buena parte mantiene hasta nuestros días, lo cierto es que tal recreación resulta más que discutible, cuando no plenamente equivocada. Para su decisiva propuesta plástica, Pabst se muestra demasiado deudor de los pintores flamencos, que nada tienen que ver con el mundo de Don Quijote; para su replanteamiento temático, el autor de La caja de Pandora concede a la Inquisición un papel excesivo, que juega tanto en el palacio de los Duques –centro de un desmesurado segmento de la acción– como a la hora de la quema de los libros del Hidalgo; para cumplir su deseo de explotar la posibilidades recién adquiridas por el medio, el cineasta recurre a canciones que nada aportan, al tiempo que no puede librarse de la “pesantez” todavía inherente al uso de la cámara sonora, que se obstina en pasear por decorados erróneos.
Queda, sí, de este Don Quichotte, un prometedor uso de dibujos animados en los títulos de crédito, así como unos intensos últimos veinte minutos, desde el enfrentamiento con los molinos de viento (que Pabst convierte en la postrera aventura del Caballero, siendo el primer realizador que le hace girar varias veces enganchado en las aspas) hasta el bello plano final, con el libro de Cervantes que renace de las cenizas de otros muchos de caballerías, una vez muerto Alonso Quijano. Que este sea armado caballero en una representación teatral del Amadís de Gaula, que desde el principio vaya en compañía de Sancho Panza, que la Sobrina sea novia del bachiller Sansón Carrasco…, parecen variaciones secundarias cuando de una recreación se trata. Lo curioso es que tantaslicencias” como las descritas no provocaran durante las décadas posteriores la animadversión de los críticos franquistas, que elogiaron con entusiasmo el trabajo de Pabst, seguramente como tributo de reconocimiento por haber colaborado con el nazismo y no alejarse de Hitler, como hicieron la casi totalidad de sus mejores colegas.

El Quijote de Grigori Kozintsev, que se filmase en la Unión Soviética 

Pero la influencia de este Quijote “centroeuropeo” da idea el que, saltando en el tiempo veinticuatro años y desde unos parámetros radicalmente distintos, Grigori Kozintsev se inspirara evidentemente en él para su versión, hasta el punto de que uno piensa que en vez de prepararla leyendo la novela de Cervantes, lo hizo viendo el film de Pabst. Muchas de sus soluciones narrativas son idénticas, por lo que no vale la pena insistir en ellas, aunque en el terreno plástico el cineasta ucraniano cuente con el color, recurra preferentemente a Daumier y El Greco –con insertos de las pinturas negras de Goya en la secuencia de los molinos, y se beneficie del trabajo de ambientación de un gran escultor español, Alberto Sánchez, exiliado en la Unión Soviética tras nuestra Guerra Civil.
Encomiable en sus esfuerzos de recreación de un mundo lejano, con el notable trabajo de Nikolai Cherkasov (que fuese, con Eisenstein, Alexander Nevski e Iván el Terrible) en el papel protagonista, el Don Quijote de Kozintsev ofrece por primera vez en la pantalla pasajes importantes de la obra, como el del niño pastor a quien defiende el Hidalgo, causando involuntariamente su posterior desgracia, o la aventura que motivó que el Caballero de la Triste Figura se autodenominara desde ese momento el Caballero de los Leones.
El enfoque con que Kozintsev contempla el mito se traduce, especialmente, en subrayar su condición de símbolo de una justicia casi utópica. Don Quijote se mueve bajo la amargura de que “los desgraciados piden ayuda y los poderosos no escuchan”, lo que le lleva a que sus últimas palabras en el lecho de muerte constituyan –dirigidas a Sancho– todo un programa de acción: “Luchando infatigablemente, viviremos tú y yo. Viviremos hasta el Siglo de Oro. La justicia destruirá la ambición y la codicia. Adelante, ni un paso atrás…”. Aunque en apariencia nos encontremos en La Mancha del siglo XVI, estamos evidentemente, pese a correr tiempos de “deshielo” ideológico, en la Unión Soviética de 1957.

"Don Quijote de la Mancha", de Rafael Gil (1947)

Entre Pabst y Kozintsev, el primer Quijote sonoro español vio la luz. Lo dirigió Rafael Gil en 1947, basándose en algo que ni siquiera quiso llamarse “adaptación” sino simple “síntesis literaria”, a cargo del escritor Antonio Abad Ojuel. Realmente, esa idea de “síntesis” preside la película, que busca –a lo largo de sus 137 minutosconvertirse en un resumen fiel y respetuoso del texto cervantino, del que básicamente sólo elimina los relatos que, como el del Curioso impertinente o el de las Bodas de Camacho, no afectan al contenido central del libro.
Con un reparto de figuras de la época encabezado por Rafael Rivelles y Juan Calvo, y donde se encuentra a una jovencísima Sara Montiel en el papel de la Sobrina, la verdad es que este Don Quijote de la Mancha merece cierta consideración, pese al “look Cifesa” que le lastra fuertemente: grandes decorados de cartón piedra, regusto arcaico y el tono de grandilocuencia y artificiosidad que caracterizaba las grandes producciones de la firma valenciana durante la década de los 40. Prácticamente, ninguno de los episodios fundamentales de la novela falta en este caso, cuyas “invenciones” narrativas se reducen a la aparición de Sancho, quien cae desde un tejado al balcón de Don Quijote, y al rótulo final, que asegura al espectador que “Y esto no fue el fin, sino el principio”, envuelto por la siempre excesiva música de Ernesto Halffter.
Una vez más, los condicionamientos de la época influyen sobre la percepción del mito: en la España del nacional-catolicismo, la película de Gil muestra una patente voluntad de “cristianizar” al Caballero, y no sólo por diversas actitudes y gestos de la interpretación de Rivelles. Que el regreso a la cordura de Alonso Quijano sirva, sobre todo, para que pueda ponerse en gracia de Dios y que sus últimas palabras sean “Jesús, Jesús, Jesús…” en señal de agónica contrición, señalan una pretensión catequista de la que Cervantes se hallaba muy lejano. La manipulación interesada de un referente mitológico es algo que suele confundirse con el libre tratamiento de su dimensión simbólica, y el Don Quijote de Gil supone un claro ejemplo de ello.

De la serie de cinco capítulos, dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón para TVE

Si en él Fernando Rey encarnaba al bachiller Sansón Carrasco, el propio actor se convertirá en el Caballero dentro de la serie televisiva de cinco capítulos que, en 1991, filma Manuel Gutiérrez Aragón, haciendo olvidar la más bien penosa de seis horas y media rodada en 1965 por el italiano Carlo Rim. Sostenida tanto en la gran interpretación de Fernando Rey como en la también espléndida de Alfredo Landa como Sancho, El Quijote significa –según mi criterio la mejor adaptación realizada hasta la fecha del texto de Cervantes o, para ser exactos, de su primera parte. Insisto en el término “adaptación”, porque esa era la finalidad que perseguía el proyecto televisivo, incluso con ánimo divulgatorio, y el objetivo que siempre orientó a los responsables de la serie, empezando por su productor, Emiliano Piedra.
Lo que no le impide a este Quijote contener secuencias de gran originalidad estética (como la lucha con los molinos, de cuyas aspas, por fortuna, no cuelga el Caballero; o la batalla contra los rebaños, convertidos subjetivamente en ejércitos enfrentados), y, sobre todo, respirar un aire “de verdad” ausente en la casi totalidad de los títulos anteriores. Además, como decisiva aportación, Gutiérrez Aragón plantea por primera vez en imágenes lo que El Quijote tiene de metalenguaje, de libro que se contempla a sí mismo como una ficción en curso, a través de la presencia del propio Cervantes en su hallazgo y “traducción” de los manuscritos de Cide Hamete Benengeli sobre las andanzas del Hidalgo. Precursor de un modo de narrar que vertebra la literatura y el arte en general del siglo XX, cuando las distintas formas de expresión se interrogan sin cesar sobre la naturaleza de su lenguaje y de su medio, este aspecto del texto cervantino, tan adelantado a su tiempo, tuvo que ser debidamente valorado por el autor de Maravillas o Demonios en el jardín.

"El Caballero Don Quijote", de Manuel Gutiérrez Aragón (2002)

No exactamente una segunda parte, sino una película autónoma es lo que supone El Caballero Don Quijote, escrita y dirigida por el propio Manuel Gutiérrez Aragón en 2002. Su propuesta la resume el mismo cineasta al señalar que “reúne en sí dos mundos, lo mismo que el libro: el mundo real de arrieros, duques, criados y señores, y el mundo mágico del Quijote: caballeros de la Blanca Luna, de los Espejos, Dulcineas encantadas y Merlines, diablos y pajes travestidos. Se trata, pues, de una película de base realista, que respeta el texto original hasta donde lo puede respetar y, por supuesto, recoge el espíritu del libro cervantino. No es una película inspirada en los personajes, sino en la complejidad del libro. Es una historia romántica, cálida, en la que la locura de Don Quijote tiene un componente de humor que al mismo tiempo resulta patético. Y todo ello a medio camino entre lo real y lo soñado”.
Nada extraño en la filmografía del realizador cántabro, la mayoría de cuyas obras se mueven en ese delicado equilibrio entre realidad y onirismo. Con los valiosos trabajos de Juan Luis Galiardo en lugar de Fernando Rey y Carlos Iglesias en el de Alfredo Landa, El Caballero Don Quijote se estructura como una sucesión de episodios casi aislados (el encuentro con la auténtica Aldonza Lorenzo, el descenso mágico a la cueva de Montesinos, la visión ante la noria del molino, todo lo relativo a la Ínsula Barataria, los dos enfrentamientos con el bachiller Sansón Carrasco…), donde destaca la belleza de la puesta en escena de Gutiérrez Aragón, sustentada en la fotografía de José Luis Alcaine, la escenografía de Félix Murcia, los figurines de Gerardo Vera y la música de José Nieto, un magnífico equipo. Hay también un aspecto importante: vuelve a jugarse aquí con el metalenguaje al que ya aludíamos en la serie televisiva, dando relevancia incluso al Quijote apócrifo de Avellaneda. Y un final muy significativo: El Caballero Don Quijote termina no con Alonso Quijano moribundo, como suele suceder, sino con un Sancho Panza que parece asumir así la nostalgia, pero también el empeño, del espíritu quijotesco.

"Honor de Cavallería", de Albert Serra (2006)

Radicalmente distinto es el propósito de Albert Serra en su Honor de Cavallería, que dirigiese en 2006. Film muy especial, reducido casi en exclusividad a la eterna pareja, con un amo que se autodefine como “hermano mayor” de su escudero, y donde la naturaleza adquiere papel protagonista, reconoce estar solo “inspirado” en la novela de Cervantes. Con un ritmo narrativo extremadamente pausado, a base de planos fijos y planos-secuencia, cuando no los dos a la vez, Serra configura un Don Quijote plenamente centrado en Dios y su poder sobre los hombres, creencia que trata de inculcar a toda costa en Sancho, al tiempo que añora una mítica e indeterminada Edad de Oro, en la que “no existía el mal, ni había problemas de nada. Nadie se enfadaba, nadie peleaba y todos se querían. Era una época muy tranquila. Lo tenemos que intentar con todas nuestras fuerzas [volver a ella]. Yo creo que lo conseguiremos, Sancho. Los caballeros somos invencibles. Porque Dios, ya lo sabes tú, nos ha dado la fuerza para hacerlo”. Ello no le impide, cuando se acerca su hora final, sumirse en la negrura: “La vida es un camino de tristeza. Muy triste, porque hay gente mala”. Aunque pese a que “siento la muerte”, proclama y defiende el papel de la caballería andante, ya que “es la civilización. Premia al que dice la verdad y castiga a los que dicen mentiras. La caballería es el razonamiento de la acción”.
Amaneceres y noches umbrosas se suceden en Honor de Cavallería, un segundo largometraje que marcaría las peculiares opciones estéticas de su autor, tomando al Quijote como punto de partida de unas reflexiones que buscan situarse, de manera más o menos aproximada, en la órbita de Cervantes.

Imagen rodada por Orson Welles para su inacabado Quijote

Por el contrario, “clásicos” como Abel Gance, Walt Disney y parece que hasta Charles Chaplin no llegaron a ver cumplido el sueño de “su” Quijote. Tampoco Orson Welles, quien filmó entre 1957 y 1985 –año de su muerte miles de metros de material en México y España, que nunca acabaría de montar. Lo hizo de manera más bien aventurada Jesús Franco, que había trabajado con él como ayudante de dirección en Campanadas a medianoche y que, analizando secuencias ya ordenadas por Welles y anotaciones de cuadernos suyos, se lanzó a la casi imposible empresa de adivinar las intenciones finales del maestro. Presentado en la Expo de Sevilla del 92, este demasiado pomposamente llamado Don Quijote de Orson Welles es todo lo que se quiera, menos de Orson Welles. Conociendo la extrema importancia que el padre de Ciudadano Kane daba al montaje, las numerosas ocasiones en que rehízo sus películas ante la moviola, resulta inimaginable que hubiera dado por válida esta confusa y monótona sucesión de imágenes, carentes de todo ritmo. Si ya la idea de Welles de “modernizar” la obra de Cervantes resultaba harto discutible (con el Caballero arremetiendo contra la pasajera de una Vespa, Sancho buscándole por los Sanfermines o conversando ambos en un cementerio de coches), lo que vemos hoy en pantalla sólo puede causar una profunda insatisfacción. El continuo diálogo entre el Ingenioso Hidalgo y su escudero sirve exclusivamente para contemplar algunos momentos inspirados de Akim Tamiroff al interpretar a este, y para que resuene en nuestros oídos la advertencia última del Quijote: “Las máquinas acabarán matando y aniquilando al ser humano…”.

También un cineasta español residente en Francia, José María Berzosa, intentó sin demasiado éxito “actualizar” el relato cervantino en su versión experimental de 1973, a la que cabría unir la de carácter eminentemente teatral –aunque con destino televisivo emprendida once años después por el conocido director escénico italiano Maurizio Scaparro, sobre guion de Rafael Azcona y con importante participación de Els Comediants. Para terminar con las aportaciones españolas, citemos el fallido proyecto de Eduardo García Maroto, Aventuras de Don Quijote, en 1960, ya que únicamente logró rodar el primero de los seis mediometrajes previstos con el fin de divulgar el contenido del libro entre el público infantil. Y ahora, después de múltiples avatares, nos va a llegar el renacido The Man Who Killed Don Quixote, de Terry Gilliam, con producción mayoritaria de nuestro país.

Sophia Loren, como Aldonza Lorenzo, en "El hombre de La Mancha"

Al límite de estas páginas quedan ya películas que indirecta o subsidiariamente se apoyan en el mito quijotesco. Es el caso de El hombre de La Mancha, donde Arthur Hiller llevaba a la pantalla en 1972 este “musical” de Broadway, film en el que destaca la espléndida labor de Sophia Loren como Aldonza Lorenzo y unas emocionantes secuencias finales en torno a la canción El sueño imposible. El triunfo comercial del espectáculo y de la película provocó un renacimiento del interés hacia el personaje del Caballero, motivando incluso un subproducto tan disparatado como Las eróticas aventuras de Don Quijote (1976), de responsabilidad norteamericana lo dirige un tan Raphael Nussbaum aunque rodada en España y que pretendía ser una parodia de Man of Mancha. Tampoco Cantinflas quiso perder la ocasión de personificar a Sancho Panza en Don Quijote cabalga de nuevo, realizada en 1972 por el mexicano Roberto Gavaldón, y donde los únicos momentos salvables no pertenecían al cómico mexicano sino a Fernando Fernán-Gómez en el papel de Alonso Quijano.

Personaje al que incluso vimos transformado en “cowboy” del lejano Oeste, tanto en el cine mudo como en el sonoro. Y cuya oculta presencia se deslizaba por las dos adaptaciones de la Dulcinea de Gaston Baty, y por otras tantas biografías del propio Cervantes, una para la pantalla grande, de Vincent Sherman (1967); otra para la pequeña, de Alfonso Ungría (1980). La sombra del Ingenioso Hidalgo, de su mito permanente, resulta bien alargada.


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·        * Revisión y actualización del artículo publicado originalmente en la revista “CLIJ” nº 90, septiembre de 1997.
·     ** Diversos datos de la primera parte de este texto proceden del ensayo “Historia cinematográfica de Don Quijote de la Mancha”, de Carlos Fernández Cuenca. Cuadernos de Literatura, Madrid, marzo-junio de 1948.

Retrato de un confidente



Escribo este artículo a las pocas horas de haber sido entregados los Premis Turia, a cuya XXVII edición no me ha sido posible asistir, contra lo que es mi costumbre. Pero ya me lanzo a proponer un nuevo premio para el año que viene: el dedicado a las series de ficción españolas que contengan una narración por capítulos y sean conclusivas. Al fin y al cabo, la Turia fue pionera en este tipo de galardones, cuando –años ha– distinguió con un Halcón especial al equipo de Amar en tiempos revueltos, que se emitía entonces por Televisión Española.

"El día de mañana", serie de Mariano Barroso

Y tengo un candidato cualificado para ese Premio: El día de mañana, la magnífica serie de Mariano Barroso sobre lo no menos buena novela homónima que Ignacio Martínez de Pisón publicase en 2011. Producida por Movistar, supone todo un modelo de lo que puede dar de sí el formato televisivo cuando se utiliza con inteligencia y creatividad. La historia de Justo Gil, un oportunista cuya degradación le lleva a pasar de “coquetear” con los grupos de la izquierda antifranquista en la Barcelona de la última etapa del Régimen, a convertirse en confidente de la Brigada Político-Social, conlleva un auténtico retrato de cómo ha sido nuestro país durante ese periodo. Contado, a lo largo de seis episodios de cincuenta minutos, con maestría narrativa por parte de Barroso, que empieza por el difícil guion que ha escrito con Alejandro Hernández, continúa con una notable ambientación y destaca en una dirección de actores donde nadie desentona, aunque brillen de manera especial Oriol Pla, Aura Garrido, Jesús Carroza y Karra Elejalde.
Mariano Barroso, con los actores principales de "El día de mañana"

No es el momento ni el espacio, que sería muy fructífero, de lanzarse a la tarea de comparar novela y serie. Pero ya el propio Martínez de Pisón lo ha dejado muy claro: “La adaptación retrata bien lo que se cuenta en el libro, ahí está el espíritu de aquella Barcelona. Mariano Barroso y su equipo han deshecho la novela, como si hubieran cogido las piezas de un mueble de Ikea, las hubieran separado y, con ellas, construido un mueble diferente. Y han adoptado una buena decisión, la de tomar como eje narrativo las relaciones de Justo y Carme, los protagonistas, con el policía Mateo, algo que en el libro se narra fragmentariamente. Gracias a ello se ha conseguido darle al relato una consistencia que hace que la serie avance, con un ritmo que logra que nunca te canses de verla”. A estas palabras de un autor que entiende con tanta lucidez las relaciones entre literatura y cine (en dos ocasiones se adaptó su “Carreteras secundarias”), habría que añadir que El día de mañana/serie aporta también tramas importantes, como la del secuestro del líder sindicalista, o diversos aspectos ligados al comisario Landa.

Así debe ser una serie adulta y para adultos en el medio televisivo. Con ese buen sabor de boca, ¡felices vacaciones!

(Publicado en "Turia" de Valencia, julio de 2018).

"Júlia ist": Canción triste de Berlín


"Júlia ist", de Elena Martín (2017)

Decía François Truffaut que, cuando veía una “opera prima”, consideraba suficiente con que hubiera un solo plano que demostrase la personalidad de su autor. Júlia ist tiene no solo uno, sino muchos más que nos señalan a Elena Martín como un nombre a seguir en el panorama del cine español. Factótum absoluto de la película, como directora, actriz protagonista y coguionista, su largometraje es una típica primera obra, con todo lo que conlleva, incluso su carácter autobiográfico, en una narración marcada por un estilo intimista y naturalista que la sitúan en la estela de la realizadora francesa Mia Hansen-Love, a la que ella admira.

Encontramos en Júlia ist sinceridad, sensibilidad y un profundo deseo de retratar a un personaje concreto y, por extensión, a una generación marcada por un cierto desarraigo y el deseo de abarcar realidades nuevas. Júlia llega a Berlín, a los veintiún años, con la ilusión de cambiar en cierta forma su vida, lejos del contexto familiar y de una pareja con la que ha perdido capacidad de comunicación. Aprovechando la posibilidad de un Erasmus en Arquitectura, encuentra una ciudad fría, más bien inhóspita, donde tarda en entrelazar relaciones personales. “Berlín es una ciudad del presente”, afirmará su profesor de la Universidad UDK; un presente que para Júlia tarda en resultar esclarecedor, amable, quizá porque –como le dice su novio barcelonés vía “Skype”– “no tienes ni idea de lo que quieres”. Su unión a un grupo de estudiantes que trabaja en un proyecto sobre arquitectura “flexible”, le dará un cierto apoyo en su tránsito por la capital alemana. Pero cuando regrese a un paisaje con el mar al fondo en contraste con la grisura berlinesa, Júlia ya no será la misma. Está más madura, ha crecido.

Polo opuesto de films como Una casa de locos y sus secuelas, donde Cédric Klapisch mostraba las supuestas delicias y diversiones en los Erasmus, de Júlia ist se desprende un aura triste, insatisfactoria, en contraste con la cantidad de fiestas en pisos, cafés, discotecas y “raves” que pueblan sus imágenes y de una música que supone un factor básico de la película. Es el precio a pagar por el tránsito a la madurez, que Júlia desearía más fácil, más cálido y cercano. Incluso mediante una relación amorosa con su compañero Ben, que se plantea como “de pareja abierta”, pero que acaba siendo conflictiva cuando surgen los celos y la humillación. Probablemente, porque conquistar la independencia individual en su pleno sentido depende más de uno mismo que del entorno que te rodea.

La cámara de Júlia ist sigue de manera incesante a su protagonista, sin abandonarla en ningún momento. Es en esa doble mirada sobre ella (exterior en cuanto a actriz; interior respecto al personaje) donde se revela la valía de Elena Martín, que posee en el lúcido retrato de una ciudad su otro atributo fundamental. Capaz igualmente de mostrar las contradicciones humanas: en el éxtasis de la “rave” en el bosque, Júlia afirma no quererse ir de ese ámbito nórdico que le ha resultado tan difícil de domeñar. Sin embargo, una amplia y valiente elipsis nos la muestra ya en su cama mediterránea, de la que despierta rodeada por su familia. Y cuanto ha sucedido en su estancia berlinesa, el tránsito que ha experimentado, se refleja en ese rostro sereno y reflexivo recogido por el prolongado plano final. Como decíamos antes, Júlia no es evidentemente la misma que se fue de Barcelona…
Elena Martín, directora, coguionista y protagonista de "Júlia ist"

Todo ello en lo que en principio iba a ser una simple práctica fin de carrera en la Universitat Pompeu Fabra y que ha acabado, como sucediera con Las amigas de Àgata, film colectivo del que Elena Martín era también protagonista, en un largometraje que ha cosechado galardones en Málaga o Barcelona y que ha accedido a las salas comerciales. Al ya amplio grupo de destacadas obras de cineastas femeninas que han ido surgiendo en Cataluña durante la última década, Júlia ist se integra por derecho propio, un reconocimiento que los XXVII Premis Turia vienen ahora a confirmar.

(Publicado en el Extra dedicado a los Premios Turia por "Turia" de Valencia, julio de 2018). 

Lo posible y lo necesario



El 18 de noviembre de 1982, poco después del triunfo socialista en las elecciones, Marcelino Camacho escribía un artículo en “El País” titulado “El cambio posible y el cambio necesario”. Cuya idea central se resume en este párrafo: “Si nos plegáramos ante las dificultades y la oposición de los poderes fácticos, tendríamos el ‘cambio posible’, insuficiente, y el nuevo desencanto. Si unimos a todos los partidarios del progreso en torno a un plan o programa de solidaridad nacional y de clase, tendremos el ‘cambio necesario’ para consolidar la democracia, frente a golpistas y terroristas, y para dar una salida progresiva a la crisis”.
Sobre esta idea de "lo posible y lo necesario" gira un excelente documental dirigido por Adolfo Dufour Andía y que recoge en su título tal confrontación, demostrando cómo el líder de Comisiones Obreras se decantó siempre por la segunda opción. Su postura de introducirse en los sindicatos franquistas para "dinamitarlos" desde dentro, para ir transformando su sentido ideológico y práctico, queda patente en la película. Frente a quienes veían en tal estrategia un peligro de "blanquear" al Régimen, Marcelino Camacho supo convencer de la oportunidad de cambio real que ello suponía.

Pero Lo posible y lo necesario es mucho más que un debate político-sindical; es, sobre todo, la biografía en dos horas de un incansable luchador y de su entorno. En un año en que se cumple el Centenario de su nacimiento (como recordaba nuestro compañero Abelardo Muñoz al dar cuenta de un acto celebrado en la Nau el pasado mes de marzo), resulta idóneo, especialmente para los más jóvenes, repasar una vida marcada por la clandestinidad, el exilio hasta 1957 y dilatados periodos de cárcel a causa de su compromiso antifranquista, siempre compartido con su mujer, Josefina Samper. Mediante amplios fragmentos de entrevistas con ellos, testimonios de las personas más cercanas, documentos de época e incluso la participación de dos intérpretes, Carlos Olalla y Gloria Vega, realzados por la acertada música de Pablo Miyar, el film supone el reflejo de toda una existencia, afrontando incluso con valentía la etapa más conflictiva, la final, cuando Marcelino Camacho acabó siendo apartado de la presidencia de Comisiones Obreras.

Adolfo Dufour Andía

Puesta en pie mediante una cooperativa que comenzó a trabajar en el proyecto hace tres años, Lo posible y lo necesario denota asimismo la cuidada estética y el buen sentido narrativo que Adolfo Dufour (también coautor del guion, junto a Marcel Camacho y Pablo Mínguez) demostró en sus largos años como realizador de TVE y en posteriores largometrajes como La mayor locura, Nosotros y Septiembre del 75, premiados en Valladolid o Documenta Madrid. Apunten el nombre de Lo posible y lo necesario para cuando acceda a salas comerciales el próximo mes de septiembre.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2018).

Fernando Bovaira: Productor, promotor


Tienen mala fama los productores, al menos para bastante gente. La añeja imagen de señor con yate, chalé, puro y querida sigue perviviendo en buena parte de la memoria colectiva. Nada que ver con la realidad actual, cuando los productores son ante todo “ingenieros financieros”, buceadores de dinero allá de donde pueda aflorar, sea en forma de derechos de antena de las televisiones, desgravaciones fiscales, patrocinios o ayudas estatales y autonómicas. Pero escasamente con recursos propios; en todo caso, adelantando unas cantidades que se cobrarán más tarde. Salvo excepciones muy contadas, no son tipos ricos que juegan a dar papeles protagonistas a las “starlettes” de turno. Entre otras cosas, porque ya no hay “starlettes”…
Fernando Bovaira

Y merece el máximo respeto alguien como Fernando Bovaira, al que Cinema Jove le concede este año su premio Luna de València en reconocimiento, sobre todo, a las oportunidades que ha dado a nuevos cineastas a la largo de su carrera. Porque quien ha sustentado la trayectoria de Alejandro Amenábar (desde Abre los ojos y Los Otros hasta Ágora y Regresión, pasando por Mar adentro), quien ha estado detrás de José Luis Cuerda en La lengua de las mariposas, de Juan Carlos Fresnadillo en Intacto, de Julio Medem en Los amantes del Círculo Polar y Lucía y el sexo, de Manuel Martín Cuenca en Caníbal o de una serie de la importancia de Crematorio (de Rafael Chirbes también quiso adaptar “La buena letra”), merece un lugar de alta consideración dentro del cine y la televisión de nuestro país. Es Bovaira un promotor de obras de importancia, un impulsor de iniciativas, que de ambas maneras puede caracterizarse a un productor, en una labor no fácil de definir. “A veces no sé explicar ni a mis hijos en qué consiste mi trabajo”, ha confesado este castellonense de 1963, que considera haberse dado cuenta durante su formación en Estados Unidos de “no tener capacidad creativa”, esa misma que muchos productores reclaman.

Como “un hombre tranquilo” lo ha retratado José Luis Moreno, dirigente del IVAC, para añadir que “trabajar con él siempre ha sido muy fácil”. Mientras que a Jorge Sánchez-Cabezudo, el director de la citada Crematorio, le parece “la persona más analítica que he conocido”. Buenas aproximaciones a alguien que gusta de ejercer un cierto eclecticismo en sus opciones, por lo que no desdeña lanzarse también a un par de Zipi-Zapes, una comedia como La tribu, realizada por Fernando Colomo, un drama de la negrura con que Alejandro González Iñárritu narró Biutiful, o series populares tipo Cuerpo de élite. Inmerso en empresas audiovisuales del Grupo Prisa (Canal+, Sogecable, Sogecine) desde su llegada a Madrid en 1989, la ejecutoria de Fernando Bovaira se ha independizado a partir de que hace once años crease MOD Producciones, junto a Simón de Santiago y Pablo Alfaro, con similar ambición de calidad en sus planteamientos. Esperemos que Mientras dure la guerra, de nuevo con Amenábar, enfocando el enfrentamiento entre Unamuno y Millán-Astray; y El día de mañana, serie de Mariano Barroso sobre la novela homónima de Ignacio Martínez de Pisón, ambas para Movistar+, continúen por ese camino de exigencia. Igualmente deseable para Tornar a casa, “opera prima” de Roberto Bueso, rodada en Valencia y alrededores.

No podía esperarse otra cosa de quien tiene entre sus títulos favoritos películas  de la significación de Historias de Filadelfia, Encadenados, Vértigo, La aventura o Jules et Jim, obras maestras aunque tan diferentes entre sí. Quizá por eso a Bovaira el cine actual le parece “mimético” y le echa en falta “sustancia”, porque “antes, los cineastas venían con un bagaje más literario, más denso”. De ahí su interés por las adaptaciones de libros preexistentes, al tiempo que también extrema su celo sobre los guiones originales.

Amenábar y Bovaira, con el Oscar de 2005 por "Mar adentro" 

No, no entran muchos por docena en el cine y la televisión españoles como Fernando Bovaira. Su Oscar por Mar adentro en 2005 y sus varios Goyas así lo atestiguan. Particularmente, he discrepado de él sobre algunos aspectos de legislación cinematográfica, en especial respecto a la Orden Ministerial de 2009, que –en mi opinión– no era acorde a la Ley del Cine de dos años antes. Pero, por encima de ello, cuenta con el respeto y aprecio de toda la industria, incluso de sus propios compañeros productores, lo que no resulta fácil de conseguir. Hasta alguno de sus colegas, como Emma Lustres (Vaca Films), no ha dudado en afirmar que “de mayor me gustaría ser como él”… Enhorabuena por el merecido Premio de Cinema Jove.

(Publicado en el Extra dedicado a Cinema Jove por "Turia" de Valencia, junio de 2018).

Parón en el cine español



Parecía que a primeros de abril estaba a punto de salir. Se habían elaborado hasta cinco borradores, donde se reflejaban –o no– las observaciones planteadas por las diversas asociaciones o grupos profesionales que fueron preceptivamente consultados. Pero estamos a mediados de junio y sigue sin publicarse en el Boletín Oficial del Estado. Una demora inexplicable (algunos la atribuyen a Hacienda), que ahora, tras el cambio gubernamental, quizá se prolongue bastante más.

Me refiero a la Orden Ministerial que regulará las Ayudas a los distintos sectores del cine español, sustituyendo a la todavía vigente de diciembre de 2015. Pensarán ustedes que se trata de un mero asunto burocrático que solo interesa a los afectados. Se equivocarían, porque el resultado de esta tardanza es que el cine español se halla casi paralizado, especialmente la producción, que no sabe con qué apoyos estatales va a contar para financiar sus películas. Por ello, se están postergando rodajes hasta que ese nuevo texto vea la luz, con lo que ello implica en cuanto a trabajo directo o indirecto de centenares de personas. Es una situación delicada que no se sabe cuándo finalizará. Y nuestro cine no está para parones tan perjudiciales.

Tendrían que conocerse ya las dos convocatorias de las Ayudas Generales a la Producción, como también la de las Selectivas y las de Cortometrajes, Distribución o Festivales. Pero sin la Orden Ministerial que las regule, nada de ello resulta posible, agravado por el hecho de que tampoco se han aprobado todavía los Presupuestos Generales del Estado para 2018. Domina la incertidumbre, palpable en los diferentes sectores, pese a que los “poderes fácticos” del cine español estén prefiriendo guardar silencio, sobre todo en un momento en que FAPAE –la patronal de los productores– se ha venido abajo de forma estrepitosa.

Para que las convocatorias de Ayudas salgan a tiempo (a estas alturas, ya lo habían hecho de sobra en pasados años), siempre queda el recurso de atenerse a la citada Orden Ministerial de 2015. Aunque dado que en su breve periodo de vida había mostrado sus deficiencias y necesidades de mejora, no parece que este sea el mejor camino. Es urgente, pues, aprobar la nueva Orden que ofrezca respiro a una cinematografía necesitada de seguridad jurídica o, cuando menos, de una cierta estabilidad.
Como contraste con esta incertidumbre, saludemos el nacimiento público de À Punt, la televisión pública valenciana, llamada a jugar un papel decisivo en el audiovisual de la Comunidad. Nadie quiere repetir los disparates de Canal Nou, debidos en buena parte a la manipulación política, por lo que solo queda dar la bienvenida y desear el máximo acierto a todos cuantos conforman este nuevo À Punt, que se integra en un horizonte de esperanzas.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2018).

Hay que ayudar a los cines



Según un reciente informe de la AIMC (Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación), más de un tercio de los ciudadanos españoles no disponen de salas de cine en su localidad. La inmensa mayoría, en núcleos poblacionales inferiores a los 50.000 habitantes, pero también en la periferia de grandes ciudades –las llamadas “ciudades dormitorio”– como Móstoles, Parla o Santa Coloma de Gramanet, que superan ampliamente esa cifra, o en municipios del relieve de Avilés o Algeciras. Son, en definitiva, 17 millones y medio de españoles los que no cuentan con un cine a su alrededor.


El declive queda patente en la proporción entre pantallas y habitantes: si en 2004 había algo más de cien por cada millón, ahora la cifra se reduce a 75’5, con unos trece mil vecinos por pantalla. Debe resaltarse que la Comunidad Valenciana se halla por encima de esa media, con 88’6 pantallas por millón de habitantes, únicamente superada por La Rioja y Navarra y por encima de Cataluña o Madrid. En todos los lugares, la mayoría de ellas pertenecen a las multisalas de los centros comerciales, puesto que con una pantalla solo quedan 303 de los 697 locales de exhibición existentes. Teniendo en cuenta lo que los cines significan, no ya de ocio y diversión, sino de cultura y convivencia, estos datos todavía son más preocupantes si se considera que la versión original subtitulada apenas reúne al 1% de espectadores, que residen en las principales capitales, con el 99% adicto al doblaje y, en notoria mayoría, consumidor de las superproducciones de Hollywood, repetidas sin cesar en una y otra cartelera de aquellos centros.


Así las cosas, se me ocurren dos reflexiones: la primera y fundamental, que hay que ayudar urgentemente a las salas, protagonistas además, con la distribución, de una costosa renovación tecnológica desde la llegada del digital. Una ayuda que ha de provenir de las Comunidades Autónomas, porque –aunque tantas veces se ignore– las competencias sobre el sector de la exhibición están transferidas a ellas, no pertenecen al Estado. Y un apoyo que debería concentrarse de forma muy especial en los cines de V.O., lo que en otros países se conoce como la red de Arte y Ensayo. Su supervivencia en medio de tal situación resulta heroica y los poderes públicos deberían reconocerlo y ayudarlos mediante un generoso sistema de subvenciones.


La segunda reflexión tiene que ver con la rápida expansión de las plataformas digitales en nuestro país, con Netflix triplicando en un año su número de abonados, que llega a 1’46 millones en un corto periodo de tiempo, mientras Movistar continúa detentando el liderazgo con 2’16 millones de suscriptores. Parece inevitable que si el ciudadano no dispone de una sala en su entorno, saciará su sed de cine contemplándolo en el sofá de su casa. Ya es el único recurso para casi 18 millones de españoles.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2018).