Anatomía de un productor



No es habitual que un productor proceda del campo de la crítica, el ensayo o el cineclubismo. Directores sí, hay muchos casos, pero no de quienes parecen que están más cercanos al campo económico o de gestión. Eduardo Ducay fue una excepción: fundó el importante Cineclub de Zaragoza en 1945, antes de matricularse en el IIEC (precedente de la Escuela Oficial de Cine) y desarrollar una significativa labor crítica en publicaciones como “Índice”, “Ínsula” u “Objetivo”. A partir de ahí pasó a la producción, creando Época Films, tras la que se hallan títulos de la valía de Los chicos, de Ferreri; Tiempo de amor, de Diamante, y nada menos que Tristana. Con otra firma, Classic Films, llevó a cabo Padre nuestro, de Regueiro; El bosque animado, de Cuerda, y, sobre todo, la excelente serie que sobre La Regenta escribiera y realizara Fernando Méndez-Leite para Televisión Española.
Un libro en dos voluminosos tomos, con el común título de “La pasión de ver” junto al nombre de Ducay y editado por Prensas de la Universidad de Zaragoza, le devuelve a la actualidad al recoger su vida, obra y escritos, aportando además ocho análisis y testimonios ajenos sobre sus principales trabajos. Lo ha elaborado quien fue su segunda mujer, Alicia Salvador Marañón, que ya publicase otro encomiable volumen sobre la productora Uninci, la que impulsó en su día Viridiana. No resulta, por tanto, extraño que el nombre de Buñuel se halle también muy presente en este caso como paradigma de un autor oculto para los españoles en aquellos años, pero cuya presencia física en esos dos films rodados en nuestro país sería un acicate para los jóvenes autores que planteaban una actitud crítica y combativa ante la penuria cultural del franquismo. Ducay, afiliado al Partido Comunista desde 1953 y que seguiría en él hasta el 77, fue uno de ellos y trató de llevar su compromiso hasta las imágenes que él tanto contribuyó a poner en pie.
Eduardo Ducay

Pero más que una biografía al uso, lo que propone Alicia Salvador Marañón con su libro es un homenaje por escrito al hombre con el que compartió la vida desde 2002 hasta su fallecimiento en 2016, etapa en la que él ya estaba retirado de una profesión a la que se dedicó por entero. Porque como señalaría Alonso Ibarrola con motivo de la concesión en Aragón de la Medalla al Mérito Cultural, “decir Ducay es decir Cine con mayúscula”... Un ejemplo de vocación de quien, con un carácter reservado, no precisamente fácil en apariencia, luchó siempre por un mejor cine español.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2019).

Vidas de ficción



Un Festival de cine es una reunión aleatoria de películas que coinciden en un determinado espacio y un determinado momento. Nada más las agrupa, a no ser que se trate de un certamen especializado en un género narrativo, por ejemplo, o en una zona geográfica. Pero si hablamos de una muestra abierta, generalista, solo se debe a la coincidencia el que esas películas se hallen al lado unas de otras. Razones de producción, fechas en que se terminan, confianza en un Festival u otro, criterios de sus seleccionadores…, nada hay en principio que las amalgame mínimamente. Y, sin embargo, se puede llegar a ciertas conclusiones sobre lo que vemos en tan solo unos días, como sucede con lo que acabamos de contemplar en Cannes.


No voy a abordar cuestiones industriales, de financiación o de todo aquello que el cine posee de estructura económica. Sino a lo que “se respira” bajo las imágenes, a aquellos pensamientos y sensaciones que cabe extraer de cuanto nos muestran, a un cierto panorama de la sociedad contemporánea. En este sentido, las películas –incluso las más anodinas en apariencia– son siempre enormemente reveladoras, porque sacan a la luz preocupaciones y anhelos que “circulan” por nuestro mundo. De manera consciente o inconsciente, esos films resultan ser testimonios fidedignos de lo que nos inquieta, agrede u obsesiona.

Quizá la principal fuente de tal malestar sea, en estos momentos, el conflicto entre la vida real y la ficción que se asume para evitar la presión ejercida por aquella. No se puede vivir impunemente una ficción, sería la frase que resumiera tal problemática; y numerosas películas de Cannes así lo han señalado, lo que revela una perturbación íntima que se extiende a diversas capas de la sociedad. El patente desequilibrio e insatisfacción de muchos de los habitantes del mundo desarrollado no encuentra tampoco su solución en las ficciones que inventa para evitarlos, y ya se sabe que el cine reúne y resume bastantes de ellas a lo largo de casi 125 años de existencia.

La proliferación de zombies, fantasmas o seres irreales que nos ha traído el certamen francés prolonga, asimismo, tal diagnóstico. La mirada sobre nuestra realidad cotidiana ya no nos sirve para interpretarla y entenderla; necesitamos un nivel subconsciente de comprensión, de donde surgen criaturas terroríficas que se convierten en una clara prolongación de nuestros miedos e incertidumbres. Porque no sabemos cómo resolverlos de forma consciente, hay que pasar “al otro lado del espejo” para intentar reflejar el difícil mundo que nos ha tocado en suerte.

Aunque, para seres lúcidos y comprometidos, siempre queda el principio básico –recordado este año por Cannes– de que resulta mejor sufrir la injusticia que cometerla… Es entonces cuando el cine cumple de verdad con su finalidad de conciliar nuestra mirada con nuestros más profundos deseos.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2019). 

Palma para una feroz metáfora sobre la lucha de clases



Tres películas sobresalieron, en un sentido u otro, dentro de los últimos días de la Competición Oficial de Cannes: Parásito, de Bong Joon-ho; El traidor, de Marco Bellocchio, y Mektoub, My Love: Intermezzo, de Abdellatif Kechiche. La primera obtuvo la Palma de Oro que muchos creían destinada a Pedro Almodóvar y su Dolor y gloria, finalmente representada en el Palmarés tan solo por el trabajo de Antonio Banderas. La segunda es un impresionante alegato contra la Mafia en la que Marco Bellocchio continúa la tradición del mejor cine político italiano. Y la tercera se erigió en el “film escándalo” del Festival por su sexo explícito y por sus tres horas y media centradas en un grupo de jóvenes bailando y charlando en una discoteca.
"Parásito", de Bong Joon-ho

El coreano Bong Joon-ho, con títulos como Memories of Murder, The Host y Okja, ya venía siendo apoyado por la crítica especializada, que apreciaban en él una inteligente y peculiar mezcla de elementos realistas y fantásticos. Son también los que integran Parásito, que parte de las vicisitudes de una familia pobre para ir reflejando su forma de introducirse paso a paso en otra muy rica y los inesperados conflictos que ello genera. Metáfora sobre la lucha de clases (que recuerda Los fieles sirvientes, de Paco Betriú), con un humor negro y hasta cruel, la película supone un ejercicio en el alambre del que sale triunfadora por su capacidad para hallar caminos originales para la trama.

"Il traditore", de Marco Bellocchio

Pasar de Parásito a El traidor señala la variedad de obras que ha ofrecido la 72 edición de Cannes. Porque en el caso del film de Bellocchio (que muestra una admirable vitalidad y dominio narrativo a sus casi ochenta años) de lo que se trata es de poner en pie una profunda requisitoria sobre la Mafia siciliana a partir de las confesiones aportadas al juez Giovanni Falcone por parte del “arrepentido” Tommaso Buscetta. De forma opuesta a esa manera estilizada con que Hollywood ha enfocado habitualmente la Cosa Nostra, y optando por una vía realista y muy cercana a los hechos, Bellocchio reconstruye tres macroprocesos iniciados a raíz de las revelaciones de Buscetta, dos contra sus antiguos compañeros y otro contra el ex primer ministro (en siete ocasiones) Giulio Andreotti, a quien se acusaba de colaboración con la Mafia. Acierta El traidor a no tratar a su protagonista como un “héroe”; el único verdadero héroe cívico que muestra el film es el citado juez Falcone, cuyo asesinato llega al espectador mediante impresionantes imágenes.

"Mektoub, My Love: Intermezzo", de Abdellatif Kechiche

Desmesura es la palabra idónea para Mektoub, My Love: Intermezzo, segunda parte de una trilogía comenzada por el film de igual nombre pero con el subtítulo Canto uno, de bastante mejor recuerdo. Obsesionado por retratar culos femeninos en primer plano (la “bloguera” Anaïs Bordages contó 178…) mientras las chicas bailan “twerk”, que consiste en mover el trasero a ritmo “techno” como una lavadora cuando centrifuga, el enfoque sexual dado por Kechiche no proviene tanto de esas infinitas secuencias como de la quincena de minutos que recoge el “cunnilingus” no simulado, y tampoco justificado dramáticamente, que experimenta la protagonista del relato en un sórdido lavabo de discoteca.

Muy lejos de la espléndida La vida de Adèle, que consiguiera en 2013 la Palma de Oro, el film ha jugado al escándalo en Cannes, igual que lo ha hecho Liberté, donde Albert Serra recoge una noche de “cruising”, o sexo practicado en espacios públicos (aquí, un oscuro bosque) por parte de un grupo de aristócratas libertinos en la Francia de finales del siglo XVIII. Película que le ha valido al director catalán el Premio del Jurado de la sección paralela Un Certain Regard, que también ha recompensado con un galardón similar la para mí más valiosa O que arde, del gallego Óliver Laxe. Quien lo agradeció aludiendo al “cine esencial” que entendía que ambos films representan y que echa de menos en el conjunto del actual cine español.

Ha sido esta de 2019 una sobresaliente edición de Cannes, con un alto nivel de calidad dentro de la Sección Oficial. Lo único que me parece imperdonable es que se hayan quedado totalmente fuera del Palmarés obras de la importancia y significación de Una vida oculta, Sorry We Missed You y El traidor. Aunque haya acertado en los casos de Parásito, los hermanos Dardenne en el Premio a la Dirección o Los miserables con el del Jurado (no por recompensar a la senegalesa Atlantique o a la brasileña Bacurau), el del primer Festival del mundo no puede despreciar así a autores tan fundamentales del cine contemporáneo como Malick, Loach o Bellocchio.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2019).

El Paraíso perdido, según Malick



¿Se puede admirar una obra con cuyo contenido y motivación no se está de acuerdo? Es una pregunta fundamental en la crítica artística de nuestros días, especialmente crucial en el terreno del cine, que suele adoptar unas formas narrativas que solicitan nuestra adhesión o rechazo. Y decisiva en el caso de una película como A Hidden Life, donde Terrence Malick vuelve a impregnar sus imágenes de una óptica cristiana, con un acercamiento teológico que se podría resumir en la frase bíblica de “Padre, ¿por qué nos has abandonado?”. Quienes no participamos de ese pensamiento, ¿debemos rechazar Una vida oculta en función de una ideología diferente o de una carencia de religiosidad? Pienso sinceramente que no, porque Malick ha encontrado la forma artística adecuada para plantearnos ante todo una reflexión, una serie de interrogantes éticos frente a los que pide respuesta.

"A Hidden Life", de Terrence Malick

Se basa A Hidden Life en la historia real de Franz Jägerstätter, un campesino austriaco que se negó a jurar fidelidad a Hitler y, por tanto, se resistió hasta el final a integrar las filas del nazismo en la II Guerra Mundial. Su sacrificio en nombre de una conciencia que mantuvo siempre activa (apoyado por su mujer y en contra de los vecinos del pueblo en que vivía, que le tachaban de cobarde), fue reconocida muchos años después por la Iglesia católica que dictó su beatificación en la etapa del Papa Ratzinger, quien paradójicamente había militado en las Juventudes Hitlerianas… Pero más allá de una historia concreta, lo que muestra Malick –una vez más– es su búsqueda de aquel Paraíso original que se perdió a causa del Mal ejercido por los seres humanos, pero que quizá todavía seamos capaces de alcanzar en el futuro.

Se piense como se piense, considero Una vida oculta un film magistral, en mi opinión el mejor de los vistos este año en Cannes cuando solo quedan tres días de la Competición. Aunque la Prensa internacional se ha decantado hasta ahora con claridad por Dolor y gloria, la película de Almodóvar que ha tenido una impresionante acogida en Cannes, con diez minutos de ovación en su pase oficial y una consideración general de favorita para la Palma de Oro, que en su día ya rozó el director manchego con Todo sobre mi madre y Volver. Como el film ya ha tenido su espacio en estas páginas de Turia, me limito a decir que me sumo a la crítica que aquí publicó Pedro Uris con motivo de su estreno en Valencia.

"Sorry We Missed You", de Ken Loach

Produce alegría constatar que “viejos rockeros” como Ken Loach (con nada menos que casi 83 años) y los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, en ambos casos ganadores dos veces de la Palma de Oro, continúan en muy buena forma. Lo demuestran Sorry We Missed You y Le jeune Ahmed, donde siguen abordando temas acuciantes de la más incómoda realidad: la nueva explotación obrera mediante el sistema de los “emprendedores autónomos” y su profunda repercusión en la vida cotidiana de una familia, en el caso del gran cineasta británico; el del fanatismo yihadista encarnado en un adolescente de trece años, que aborda la pareja de realizadores belgas, enfrentándose a un tema particularmente difícil.

Una visión marcada por el compromiso y el realismo, en la que también cabe incluir la muy valiosa ópera prima Les Misérables, del franco-maliense Ladj Ly, que recurre al género de acción para mostrar el desarraigo y la violencia en la “banlieue” parisina. Y respecto al cada vez más omnipresente cine francés dentro de todas las secciones del certamen, destaquemos, en una línea estilística opuesta, Portrait de la jeune fille en feu, de Céline Sciamma, donde la creación del retrato de una mujer forzada a casarse en la Francia de 1770, se fusiona con la historia de amor que surge entre ella y su pintora.

"Once Upon a Time... in Hollywood", de Quentin Tarantino

Si en nuestra primera entrega constatamos la decepción ante los zombies sacados de sus tumbas por Jarmusch, con Tarantino y su esperadísima Once Upon a Time… in Hollywood no hay que hablar de sorpresa sino de confirmación de que se trata del mayor “bluff” del cine contemporáneo, por mucho que sus películas, sus protagonistas, su violencia gratuita, su vocación de homenajear películas de serie B o Z, sigan haciendo correr ríos de tinta. Espero que el Jurado presidido por Alejandro González Iñárritu no caiga en la tentación de incluirla entre los premios de esta 72 edición, a los que todavía pueden acceder nombres relevantes como Bellocchio, Kechiche, Dolan o Desplechin. Lo veremos al analizar el Palmarés en nuestra próxima crónica.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2019).

Cannes'19: Los muertos no se tocan, nene


"The Dead dont'Die", de Jim Jarmusch


El título de una de las más famosas novelas del gran Rafael Azcona viene como anillo al dedo para hablar de The Dead don’t Die (Los muertos no mueren), la película de Jim Jarmusch que ha inaugurado el 72 Festival de Cannes. Porque ojalá no se hubiera metido el autor de Paterson (tan admirada por nosotros aquí mismo hace solo tres años) en esta banal y repetitiva comedia de “zombies” que poco aporta a su desigual filmografía. Ya lo había hecho con mejor fortuna respecto al mundo de los vampiros contemporáneos en Solo los amantes sobreviven, de 2013, pero dentro de un registro dramático mucho más convincente. Algunos momentos de ese “humor tranquilo” acreditado por Jarmusch desde el principio de su carrera, resultan insuficientes para elevar el tono de una película que bromea sobre sí misma (con el personaje de Adam Driver refiriéndose en pantalla al propio guion y a la música) y encadena citas de films famosos, desde Encuentros en la tercera fase y La guerra de los galaxias pasando por Psicosis y, de forma continua, La noche de los muertos vivientes. Una fuerte decepción.


Se abría así una competición que incluye nada menos que cinco ganadores de la Palma de Oro, seis si se consideran como dos los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne: además de la pareja belga en doble ocasión (con Rosetta y L’enfant), lo mismo que Ken Loach (merced a El viento que agita la cebada y Yo, Daniel Blake), otros que ya han estado en lo más alto del palmarés y que ahora repiten participación son Terrence Malick (El árbol de la vida), Quentin Tarantino (Pulp Fiction) y Abdellatif Kechiche (La vida de Adèle). Por supuesto, se esperan sus películas con la mayor expectación, pero también las de realizadores que se han visto premiados en anteriores ocasiones, aunque no al máximo nivel: el citado Jim Jarmusch, que concurre por octava vez, seguido muy de cerca por Marco Bellocchio (siete participaciones), Pedro Almodóvar y Arnaud Desplechin (seis) y, más lejos, Elia Suleiman y Xavier Dolan (tres) y Bong Joon-ho y Kleber Mendonça Filho, con dos.

Es decir, que la tan cacareada “renovación” lanzada a bombo y platillo por la dirección del Festival el pasado, año se ha quedado en una tibia agua de borrajas. Hay, sí, ocho cineastas que llegan de nuevas a la Competición Oficial, la gran mayoría de género femenino y pasaporte francés: Céline Sciamma, Justine Triet, Mati Diop, de origen senegalés, junto al medio maliense Ladj Ly, la austriaca Jessica Hausner, el rumano Corneliu Porumboiu, el chino Diao Yinan y el norteamericano Ira Sachs, buena parte de ellos ya “baqueteados” en las secciones paralelas de Cannes. Difícil lo van a tener para hacer sombra a los ilustres nombres citados en el párrafo anterior, aunque siempre puede saltar la sorpresa. Tampoco parece que esta vaya a ser la edición en que triunfe una directora, pues únicamente están las cuatro (una más que el año pasado) que acabamos de mencionar entre aquellos que compiten por primera vez.

En lo que se refiere al origen de los veintiún largometrajes que entran en liza, y aunque cada vez resulte más difícil establecer su nacionalidad debido a las coproducciones, predomina –como es habitual– Europa, algo por encima del 50% del total, con Francia y sus cinco largometrajes llevándose como siempre la parte del león, cantidad igualada por Estados Unidos y su quíntuple representación. El cine asiático cuenta con tres films, y África y América Latina con solo uno, aunque este no de habla hispana sino portuguesa, al tratarse de la brasileña Bacurau. Dentro de este conjunto de países y áreas geográficas, ya es sabido que España compite en la Sección Oficial con Dolor y gloria, de Almodóvar, mientras Óliver Laxe con O que arde lo hace en la sección paralela Un Certain Regard, lo mismo que Albert Serra y su Liberté, además del cortometraje Je te tiens, de Sergio Caballero y con Ángela Molina, en la Quincena de Realizadores. Como puede comprobarse, un conjunto no demasiado amplio ni novedoso.

Con tal panorama, Cannes’19 ha comenzado a dar sus primeros pasos. En él va a darse cita una presencia humana que superará los 40.000 profesionales, de los que unos 13.000 vienen al Mercado del Film y alrededor de 4.500 periodistas conviven y se pelean por encontrar sitio en las abarrotadas salas. Cifras masivas, de vértigo, del primer Festival del mundo que sigue permitiéndose ignorar la existencia de gigantes actuales de la comunicación como Netflix u otras plataformas digitales.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2019)

Una Palma de Oro que se veía venir

Bong Joon-ho, tras recibir la Palma de Oro por "Parásito"


Ya lo dijimos en la crónica del pasado viernes: a medida que pasaban las horas, ‘Parásito’, la película del coreano Bong Joon-ho, iba ganando metros en la carrera hacia la Palma de Oro. No es que tuviéramos hilo directo con el Jurado (ni yo ni nadie, porque sus integrantes viven casi aislados del resto de los mortales), pero quien posea una cierta experiencia en Festivales ya sabe olfatear el viento que predomina en cada instante. Y el de ‘Parásito’ era creciente sin parar, mientras declinaba un tanto el de ‘Dolor y gloria’, que se había visto una semana antes e iba quedando lejana.

Así las cosas, no ha sorprendido demasiado que Bong Joon-ho llegase a lo más alto del Palmarés, a una cima a la que –por sexta vez– no ha accedido Almodóvar, en una edición que precisamente parecía idónea para ello. El éxito se ha limitado al Premio al Mejor Actor para Antonio Banderas, y sin que tampoco Jurados paralelos al Oficial, como el de la Prensa Internacional, Fipresci, o el de los Cines de Arte y Ensayo, mostrasen sus preferencias por ‘Dolor y gloria’. Atrapados por el “vendaval Tarantino”, cuyo ‘Érase una vez… en Hollywood’ (felizmente, nada premiada) monopolizó la jornada en la que también se vio ‘Parásito’, muchos postergaron o incluso ignoraron al excelente y revulsivo film coreano. Ahora se estarán arrepintiendo.
Antonio Banderas, con su Premio al Mejor Actor por "Dolor y gloria"

Peor que a ‘Dolor y gloria’, sin duda, le ha ido a títulos decisivos en el certamen y que ya destacamos a medida que iban siendo presentados. Me refiero a ‘Una vida oculta’, ‘Sorry We Missed You’ y ‘El traidor’, los grandes perdedores de esta edición, cuando en realidad son obras que quedarán entre los mejores recuerdos de ella. Ignorar totalmente los grandes trabajos últimos de Terrence Malick, Ken Loach y Marco Bellocchio por parte del Jurado presidido por Alejandro González Iñárritu, resulta difícil de creer y justificar. Cuando, por el contrario, se eleva a los máximos niveles del Palmarés películas como ‘Atlantique’, opera prima de la franco-senegalesa Mati Diop, tan voluntariosa como precaria artísticamente; o la pretenciosa y confusa ‘Bacurau’, de los brasileños Mendonça Filho y Dornelles, los criterios de ese Jurado no me parecen demasiado ecuánimes ni elogiables.

Los hermanos Dardenne, Premio a la Mejor Dirección por "Le jeune Ahmed"

Por el contrario, sí me parece acertado el Premio a la Dirección para los hermanos Dardenne por ‘El joven Ahmed’, sobre todo por tratar con tacto y sutileza un tema tan difícil como el arraigo de las ideas yihadistas más radicales en un adolescente belga de trece años. Igual que, aunque sea “ex aequo”, resulta de justicia el Premio del Jurado para ‘Les Miserables’, del franco-maliense Ladj Ly, en su descripción de los enfrentamientos entre la policía y grupos de jóvenes de un barrio dormitorio de París.

Otra película francesa, la valiosa ‘Retrato de la muchacha entre llamas’, de Céline Sciamma, guardaba mayores expectativas que ser valorada solo por su guion. En cuanto al Premio a la Mejor Actriz para la británica Emily Beecham por ‘Little Joe’, de Jessica Hausner, deja patente el hecho de una edición con escasas protagonistas femeninas (aunque se trata de un papel de reparto, yo le habría dado el galardón a la Julieta Serrano de ‘Dolor y gloria’…). Se cierra el Palmarés reconociendo con una Mención Especial a ‘It Must Be Heaven’, curioso –y no mucho más– ejercicio humorístico del palestino Elia Suleiman, en plan Tati, sobre el disparate cotidiano del mundo actual, que también ha cautivado a los miembros del Jurado de la Fipresci.

En un Festival que ha tenido un alto nivel de calidad, nueve sobre los veintiún largometrajes que competían en la Sección Oficial se han visto así recompensados. Destaca el que ninguno de los cinco films norteamericanos a concurso haya conseguido el más mínimo premio, mientras que, en cambio, sí lo obtenían, directa o indirectamente, tres de las cuatro cineastas mujeres que concurrían en la Competición Oficial. Una fortísima proporción, quizá como homenaje a esa inolvidable Agnès Varda a la que, tras su reciente fallecimiento, el cartel de la 72 edición recordaba con una imagen suya filmando un plano en difícil equilibrio. Ese mismo equilibrio que necesita el Festival para mantener su dimensión y su aureola de primer certamen del mundo, mientras Venecia, Berlín o Toronto están al acecho…

Hasta Cannes 2020.

(Publicado en "El Norte de Castilla", 27 de mayo de 2019).



Bellocchio reconstruye los macroprocesos contra la Mafia



Pocos confiaban en que Marco Bellocchio, muy cerca de cumplir los 80 años, hiciera una buena película centrada, a estas alturas, en la Mafia. Se ignoraba posiblemente que sus títulos más valiosos no son precisamente los míticos de sus inicios, como ‘I pugni in tasca’ o ‘Nel nome del padre’, sino varios de aquellos que ha realizado ya en el siglo XXI: ‘Buongiorno, notte’ (sobre el secuestro y asesinato de Aldo Moro), ‘Vincere’ (centrado en el ascenso de Mussolini) y ‘Fai bei sogni’, pasando de lo político al intimismo y que ya elogiamos cuando fue ofrecida por la Quincena de Realizadores en 2016.
"Il traditore", de Marco Bellocchio

Por ello, ha sido una sorpresa para la mayoría el logro de ‘Il traditore’, que refleja la historia real de Tommaso Buscetta, el “arrepentido” de la Mafia que confesó ante el juez Falcone las actividades criminales de muchísimos de sus antiguos compañeros. Calificación esta de “arrepentido” que él niega rotundamente, porque realiza su delación en nombre de los “principios” de la Cosa Nostra en la que se integró y que entiende traicionados por la violencia y la crueldad del clan de los corleoneses (dirigido por el sangriento Toto Riina) para hacerse con el dominio del tráfico de drogas en Sicilia. Un periodo convulso de la Historia italiana, entre la década de los ochenta hasta bien entrados los dos mil, que tuvo a su héroe cívico en la figura del juez Giovanni Falcone, asesinado brutalmente en un atentado que la película reproduce con maestría, sin obviar la despiadada celebración con que su muerte fue recibida por los mafiosos.

Con un protagonismo especial para los tres macroprocesos en los que se vio envuelto Buscetta entre los insultos de su antiguos correligionarios, ‘El traidor’ recoge la herencia del mejor “cine político” de su país para narrar en dos horas y media unos hechos, por desgracia, reales y todavía muy cercanos. Bellocchio lo lleva a cabo con energía, dominio narrativo y esa eficacia que acredita a un cineasta muy experimentado. Que ha sabido aprovechar las posibilidades de un guion espléndido (salvo algunas ensoñaciones del protagonista y ciertos paralelismos con animales en cautividad) y que potencia las posibilidades interpretativas de un Pierfrancesco Favino, en el papel de Buscetta, convertido ya en firme candidato al Premio al Mejor Actor.

"Mektoub, My Love: Intermezzo", de Abdellatif Kechiche

El envés de la jornada competitiva ha llegado con ‘Mektoub, My Love: Intermezzo’, del autor de ‘La vida de Adèle’, con la que Abdellatif Kechiche logró con absoluta justicia la Palma de Oro hace seis años. Se ha metido en llevar a cabo una trilogía, de la que el film ahora presentado es la segunda parte, marcada sin duda por el signo de la desmesura en todos los sentidos. No ya por su duración de tres horas y media, sino por la misma propuesta que inspira el proyecto, centrado en un grupo de jóvenes que pasan el septiembre todavía veraniego de 1994 en un lugar de la Costa Azul.

Quienes vieran la primera entrega de ‘Mektoub, My Love’, que llevaba como subtítulo ‘Canto uno’ (el Festival de Sevilla la dio a conocer en España), no se sorprenderán con esta segunda. Que no es que continúe el relato donde terminó la anterior, sino que supone una especie de variación sobre lo que ya se había contado en ella. De hecho, la situación inicial en la playa –con la presentación de los personajes– resulta casi idéntica, para centrarse inmediatamente ¡durante más de tres horas! en la misma discoteca de machacona y estridente música electrónica, que bailan sin cesar este grupo de, sobre todo, amigas y familiares.

Solo una prolongada escena de sexo oral en los lavabos, filmada sin ningún tapujo, y una brevísima secuencia final con Amin, el chico tan deseado como pasivo (de gran parecido con el exfutbolista Raúl) que sobre todo mira a sus colegas, nos liberan del infierno de la susodicha discoteca. Al menos en el primer capítulo de la trilogía, aquel ‘Canto uno’, había otras situaciones diferentes en escenarios distintos, que hacían todo más llevadero que en este ‘Intermezzo’. Ah! La palabra árabe “mektoub” hace referencia a la idea de “destino”. No es que eso aclare nada de esta película insufrible, que hay quien elogia por su “valentía”, pero lo señalo para que quede constancia de un término empleado cada cierto tiempo en los diálogos sin que sepamos muy bien lo que con él se pretende decir…

(Publicado en "El Norte de Castilla", 25 de mayo de 2019).