"El mundo sigue": Poderoso caballero es Don Dinero

 

Según Fernando Fernán-Gómez, el novelista vasco Juan Antonio de Zunzunegui fue quien mejor reflejó el Madrid de la posguerra, en dos libros especialmente: La vida como es, publicado en 1954, y El mundo sigue, de seis años más tarde. Intentó adaptar el primero al cine “porque me parecía una novela-río sensacional y muy importante en cuanto a reflejo de un ambiente madrileño muy bien descrito”, aunque no consiguió un guion capaz de contener con solvencia los múltiples relatos que confluían en sus páginas. Sin embargo, al conocer después El mundo sigue, sí vislumbró esa posibilidad de versión para la pantalla: primero, limitándose al personaje de Faustino Cáceres y su ludopatía centrada en las quinielas, hasta conseguir una de 14 aciertos que más que a la fortuna le llevará a la ruina y a la locura moral. Pero esa parte del libro solo le daba para unos 30 o 35 minutos, por lo que decidió lanzarse hacia su totalidad. Afortunadamente, porque gracias a ello logró, en 1963, una de las obras maestras de la historia del cine español, continuada por otra de similar valía, El extraño viaje.

Por supuesto, la primera vez que Fernán-Gómez presentó el guion de El mundo sigue a la Junta de Censura fue prohibido radicalmente. Sin embargo, aprovechando el cambio de Gobierno de julio de 1962, que implicó el relevo del ultracatólico Gabriel Arias-Salgado (el ministro que, con las infinitas prohibiciones de películas, se vanagloriaba de haber conseguido reducir enormemente las masturbaciones de los españoles…) por Manuel Fraga Iribarne, decidió intentarlo de nuevo, sobre todo porque a la Dirección General de Cine llegaba José María García Escudero, a quien conocía bien. Ese segundo intento prosperó, pese a algunos cortes que curiosamente afectaron sobre todo a los diálogos, en muchas ocasiones transcritos de la novela de un Zunzunegui que era hombre muy del Régimen y todo un Académico de la Lengua, aunque proclive a crear neologismos en sus relatos.

Los problemas vinieron de otro lado, al ser mal calificada oficialmente la película, y dificultarse así su “conversión” en un amplio número de licencias de exhibición para films norteamericanos, de acuerdo con el perverso sistema de la época, lo que cercenaba de raíz su vida comercial. Solo llegó a estrenarse comercialmente en un cine de Bilbao durante una semana, y luego otra ya en programa doble, pasada la cual volvió a los almacenes de la distribuidora hasta ser “descubierta” décadas después.

Lo primero que hay que decir de El mundo sigue/película es que supone un ejercicio de síntesis modélico sobre una larga, prolija y monótona novela de casi 500 páginas en letra de cuerpo pequeño, de las que Zunzunegui llamaba “de gran tonelaje” debido a su vocación marinera, divididas en tres partes encabezadas por citas de autores tan dispares como Fray Luis de Granada, Quevedo y Sartre. Del primero la película recoge un impactante párrafo de su Guía de pecadores, bastante más breve del que aparece en el libro pero que da idea de su intención, al señalar que “verás maltratados los inocentes, perdonados los culpados, menospreciados los buenos, honrados y sublimados los malos; verás los pobres y humildes abatidos, y poder más en todos los negocios el favor que la virtud”. Párrafo situado en los rótulos iniciales del film, quizá también como estrategia para pasar la censura.

Desde luego, la película de Fernán-Gómez expande tan piadosas palabras, dignas del personaje de Rodolfo (José Morales), el santurrón hermano de las protagonistas. Porque además de esa admirable capacidad de síntesis mencionada, que debería estudiarse en la especialidad de Guion de las Escuelas de Cine, existe en El mundo sigue/película un auténtico enriquecimiento creativo del texto original: lo que en él, dentro de su denuncia de las miserias de la España de los 50, estaba teñido de un cierto moralismo y de una clara impronta teológica, Fernán-Gómez lo convierte en un melodrama atípico, “lo que hoy se hubiera llamado un culebrón”, decía él, donde las fronteras del bien y el mal resultan muy difusas y con una exacerbación de los sentimientos de odio y amor que lo acercan a los clásicos modelos mexicanos del género.

Las dos hermanas enfrentadas: Eloísa (Lina Canalejas) y Luisita (Gemma Cuervo)

El visceral enfrentamiento entre las hermanas Eloísa (Lina Canalejas) y Luisita (Gemma Cuervo) queda recogido por las imágenes hasta cuatro veces, la primera de ellas culminada en un fortísima pelea física, y si no hay una quinta, es porque el trágico desenlace lo evita. Eloísa actúa “desde mi pobreza de mujer decente”, sometida a un marido ludópata (el propio Fernán-Gómez, en uno de los papeles más odiosos de todo nuestro cine) que la desprecia y maltrata, cargada de unos hijos que en la novela llegan a ser seis y en la película cuatro durante nueve años de matrimonio, y convencida de que “ya no sirvo ni para venderme”. Opuesta a ella, Luisa, a la que su hermana mayor acusa de “redomada golfa”, que se prostituye con industriales catalanes y vascos que vienen a Madrid a “echar una cana al aire”, obsesionada por lograr un provechoso matrimonio, ya que sabe que “casarse en España no se casa una más que una vez, esto no es Hollywood y hay que andar con tiento”, y con el profundo deseo de “no parar hasta matar de sufrimiento” a Eloísa. En medio de ambas, “dos furias, dos basiliscos”, sus padres (Milagros Leal y Francisco Pierrá), sufridora ama de casa ella, guardia municipal él, que no logran que su hija mayor se aleje de su marido ni que la pequeña varíe de conducta, acabando por aceptarla bajo eufemismos como que “se desgració y se echó a la vida ancha” o que decidió “tirar por la calle de en medio”, lo que no es raro porque “entre los pobres esto se ve cada día con mayor frecuencia”. Una sortija de oro para el padre, incluso con más quilates que la de su jefe, y un relojito de valor para que la madre no esté preguntando continuamente la hora, regalos de Luisita cuando quiere volver a casa, ayudan decisivamente a que cambien de actitud.

Destaca El mundo sigue por su dureza, por la potencia con que unos sentimientos a flor de piel y el contexto en que se producen, llegan al espectador. Con un costumbrismo naturalista, que incluso llegó a ser calificado de “tremendista”, en el caso de Zunzunegui; con ese regusto melodramático, como espejo devastador del fracaso y la desesperación, en el de Fernán-Gómez. Sin duda, el dinero se eleva como máximo protagonista de la novela y la película, gravitando de forma obsesiva sobre cada uno de los personajes. No es nada habitual que sepamos por una película española que en los años 50 un aborto clandestino costaba 15.000 pesetas, que el generoso cheque de un “banquerito” para que su amante se comprase un visón de segunda mano podía ascender a diez veces más, que el fruto que sacabas por robar la recaudación de un bar en viernes era de 22.000 pesetas, que por muchísimo menos, por solo 500, alguien se creía con derecho a “meter mano” a la mujer de su empleado, que un buen camión, “de los que trabajan para los americanos”, llegaba al millón de pesetas, e incluso que por acertar los 14 resultados de una quiniela podías cobrar solo 5.069,50 pesetas si había un alto número, 485 exactamente, de acertantes, signo evidente de que “el talento de los españoles aumenta a ojos vistas”, como titulaba el diario del Movimiento franquista, Arriba. Pocos meses después, el Régimen se gastaba millones para lanzar la campaña de los “XXV Años de Paz”.

El desgraciado matrimonio formado por Eloísa y Faustino (Fernando Fernán-Gómez)

Y es que “¡ganar dinero es fácil!”, según lanzaba a los cuatro vientos de la madrileña Plaza del Dos de Mayo la propaganda de un concurso al comienzo de El mundo sigue. Lo tiene claro Faustino cuando, al acertar su quiniela, está convencido de que “sin dinero no hay nada que hacer”, aunque su mujer, Eloísa, piense que “no hemos nacido para ricos”. En definitiva, y ante la admonición del pío Rodolfo de que “no hay dinero más sucio que el adquirido por el juego” (pese a lo cual en la novela él mismo se engolfa en la rifa fraudulenta de un Mercedes), el padre acaba sentenciando: “Al dinero no hay que mirarle el origen, sino su cantidad y su poder adquisitivo”. Toda una actitud ética para quien “no consigue olvidar que es autoridad” cuando, por ejemplo, pega a Luisita antes de que los regalos de su hija muevan a variar de “principios” a este “cordero que ladra”, según le define su mujer.

Son solo unos cuantos botones de muestra de esa incesante presencia del dinero tanto en el libro como en el film. Que coinciden también en la situación, ideada por Zunzunegui y mantenida por Fernán-Gómez, en que el director del periódico en que trabaja Andrés (Agustín González), vecino de la familia y que siempre estuvo enamorado de Eloísa, le recrimina por su ácida crítica a la obra teatral de un consejero del periódico, con la antológica frase de que él debería saber que “nuestros consejeros, y los hijos y los parientes y los amigos de nuestros consejeros, todos tienen un enorme talento”…

El acoso callejero a Eloísa

Otro aspecto básico en que El mundo sigue incide, en este caso más en la película que en la novela, es la manera en que describe la terrible situación de la mujer española en aquellos días, víctima de un asfixiante machismo que se demuestra a cada paso. La absoluta dependencia de Eloísa respecto a su marido, del que se enamoró tras ser proclamada “Miss Maravillas 1950”, tanto en el aspecto económico como afectivo, motivará su entera desgracia, como lógica consecuencia de ser “demasiado buena para andar entre hombres”. Paralelamente, la incesante búsqueda de Luisita en pos de un marido rico, empezando por el dueño de la tienda de lujo en la que trabaja, orientará toda su vida, con la angustia siempre presente de que “el hombre dé la espantada para no casarse”, lo que para ella significa el fracaso absoluto. Mientras que lograrlo le hace exclamar sin ambages, sentada en el “haiga” que le ha regalado su esposo por el primer aniversario de boda, la frase brutal de “¡Que se mueran los pobres!”, las gentes de esa misma clase a la que ella ha pertenecido y de la que ha escapado mediante la explotación de sus encantos. Además, resulta asfixiante el clima de acoso de los clientes cuando Eloísa acude al bar donde trabaja Faustino, o de cuantos hombres pasan por su lado al pasear sola por las calles de Madrid. Como bestias en perpetuo celo muestra Fernán-Gómez a la mayoría del género masculino; como sin posibilidades de salir del círculo del matrimonio, los hijos y la casa a unas mujeres para quienes “no deben estar tan mal los hombres cuando tanto andas detrás de ellos”, como su veterana compañera Vicenta le reprocha a la criada con los rasgos de una jovencísima Marisa Paredes.

¿Por qué un cineasta de ideología progresista y cercana al anarquismo se interesó tanto por la obra de un escritor que había militado en la Falange y cuyo primer trabajo reconocido fue como crítico de libros de la revista Vértice, órgano de propaganda cultural franquista? Primero, habría que precisar que Juan Antonio de Zunzunegui fue de los falangistas cercanos al “hedillismo” que, al igual que sucedió con Gonzalo Torrente Ballester o José Antonio Nieves Conde (de su colaboración nació la decisiva Surcos), se desmarcaron del falangismo oficial al tiempo de sentirse atraídos por el “realismo social” que propugnaban los autores de izquierdas. Asimismo, que Fernán-Gómez mostró desde sus comienzos como cineasta un visible interés por esa forma de acercarse a una realidad tan hiriente e injusta como la española de la época, aunque fuese a manera de comedia en La vida por delante y La vida alrededor al final de la década de los 50. Hay que considerar también que Zunzunegui era un novelista de referencia en ese momento, tan prestigioso entonces como casi olvidado hoy, en un tránsito de la fama a la inexistencia generalizada realmente espectacular.

Luisita, con una de sus "conquistas", el estudiante Rafa (Fernando Guillén)

Pero cuando el escritor vasco publica El mundo sigue en noviembre de 1960, solo seis meses después de haberla terminado, recibe una buena acogida crítica y, de hecho, recordaba Fernán-Gómez cómo fue una elogiosa reseña lo que motivó su interés por el libro. Luego, como señalamos al comienzo, se lanzó a llevarlo a la pantalla, empeñando su propio dinero para producirlo porque otros no quisieron y él decidió “hacerse un regalo”, contando para ello con la complicidad de un grupo de actores y actrices que solían trabajar a su lado en teatro. Y con la rara valentía de dar vida a ese Faustino tan detestable –que llegaba a adquirir acentos “dostoievskianos” en las intensas secuencias del robo–, una vez que Francisco Rabal no pudiera encarnarlo; igual que estaba previsto que fuese Aurora Bautista la Eloísa que finalmente interpretaría una espléndida Lina Canalejas, dentro de una cohesionada y muy valiosa dirección de actores, marcada por un “tono alto” de melodrama.

Ya hemos insistido en la capacidad de síntesis de la película, aunque con ella perdamos lógicamente situaciones y personajes, en especial el largo tramo de la novela en que Luisita decide convertirse en “vedette” de revista para conquistar así con más facilidad a hombres ricos. A su lado en ese intento, Pepe Rueda, que actúa como su desinteresado consejero, pero que en realidad es un desequilibrado que acaba en plena locura. O Paco Roca, “Roquita”, informador de chismes teatrales y escritor de biografías de comerciantes prósperos, que consigue casarse con la bien dotada hija de uno de ellos. O “La Madelón”, un peculiar representante homosexual de artistas de “varietés” a las que asegura llevar al éxito y que sirve a Zunzunegui para apoyar su acerada visión del ambiente picaresco de los teatros de variedades y de cuanto los rodea, sobre todo ricachones que caen por Madrid escapando de sus mujeres. Mientras que por parte de Eloísa es Vicenta, la cocinera de la casa donde se pone a servir y que también ha sido víctima de unos amores desgraciados, la que en la pantalla apenas aparece. Pero con otros personajes secundarios que se pierden o que alcanzan menor desarrollo, como Andrés o Rodolfo, aunque con un más amplio y mejor enfoque en el de la madre, la narración de la película sigue con plena fidelidad al libro, sin perderse ni uno de los valores dramáticos de este, sino potenciándolos a un nivel creativo superior.

Andrés (Agustín González) sigue con espanto la situación final de "El mundo sigue"

Ante la tragedia final, Andrés lamentará en la novela que “el mundo sigue y seguirá sordo en su marcha inconsciente…, y siempre a peor”, de donde nace su título, que Fernán-Gómez conserva pero no la frase a la que pertenece. Sí, en cambio, la triple advocación a Dios que lanza el periodista, desesperado ante la indiferencia y el silencio divinos, al tiempo de que en las imágenes, no en las páginas, Luisa pida a gritos a su hermana un ya inútil perdón…


(Publicado en "CLIJ", Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil, nº 296, julio-agosto 2020).


Marsé y el cine

 


Se lamentaba siempre Juan Marsé de las adaptaciones cinematográficas de sus novelas. Una tras otra, y fueron siete, le decepcionaban, en ocasiones sin motivo, porque se trataba de buenas películas, sobre todo las firmadas por Vicente Aranda, con mención especial para Si te dicen que caí (1989) entre las cuatro que realizó sobre sus libros. Y cuando, por una vez, un guion le gustó de verdad, el de Víctor Erice para El embrujo de Shanghai, el proyecto se vino abajo y quedó en manos de Fernando Trueba, que desarrolló un enfoque más convencional, acorde con lo que deseaba su productor, Andrés Vicente Gómez. Una oportunidad de oro, única, malograda para el cine español.

"Libertad provisional", de Roberto Bodegas (1976)

Curiosamente, lo que mejor valoró Marsé en su relación con el cine fue la escritura del guion original de Libertad provisional, que dirigiese en 1976 Roberto Bodegas (quien, por cierto, murió hace ahora un año ante la indiferencia general), con Concha Velasco y Patxi Andión en los papeles principales, él en una variante de charnego que tanto se acercaba al Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa, la obra que dio fama a su autor. Mención aparte merece Un día volveré, excelente serie de seis capítulos sobre la novela homónima, producida en 1993 por Televisión Española y dirigida por Francesc Betriu.

"Un día volveré", serie de TVE dirigida por Francesc Betriu (1993)

Quizá esa repetida insatisfacción con sus adaptaciones proviniera de que, en realidad, Marsé llevaba dentro un cineasta que nunca se atrevió a ponerse detrás de la cámara, probablemente por su carácter tímido. Fue, además, siempre “un verso libre”, alguien de bastante genio que no buscaba pertenecer a ningún grupo concreto ni a ninguna facción cultural, ni siquiera en los tiempos del Bocaccio y la “gauche divine”. Pesaba mucho más en él su individualismo de perdedor en zona de perdedores, en los barrios obreros y las calles de los abatidos por una guerra y una posguerra inclementes. Ese era el humus, la tierra de origen de un escritor que volvió una y otra vez a su mundo de infancia y adolescencia, a esa Ronda del Guinardó donde giraban incesantemente sus sueños. Motivados tantas veces por films míticos vistos en salas de programa doble y que se transformarían en “aventis”, esos fantasiosos relatos infantiles de sus novelas que el escritor nunca encontró adecuadamente traducidos a imágenes.


Aparte de escribir sobre las películas que más le gustaban, y en un apartado menos conocido de su personalidad, Marsé –como depositario en España de The Kobal Collection– guardaba y administraba fotos inmortales de la historia del cine, en especial del Hollywood clásico que le fascinaba desde niño. Y las editaba, a menudo en colaboración con algún Festival, en bellos libros que inmediatamente se convertían en piezas de coleccionista, como aquel “Amores de cine”, dedicado a famosas parejas de la pantalla, que publicásemos con su colaboración en la Semana de Valladolid de 1994.


¡Felices vacaciones de verano (dentro de lo que cabe) a todos!


(Publicado en "Turia" de Valencia, julio de 2020).

Cine, Educación y Patrimonio



En el marco de la Mesa Redonda celebrada en Sigüenza (Guadalajara) el sábado 18 de julio de 2020 con el tema común descrito en el título, este es el texto que tuve ocasión de presentar.

En su libro ya clásico “El cine o el hombre imaginario”, el antropólogo y filósofo francés Edgar Morin afirmaba que “antes de examinar el papel social del cine, tendremos que considerar el contenido de los films en su triple realidad antropológica, histórica, social, siempre a la luz de los procesos de proyección-identificación. Una vez más, la materia fílmica es privilegiada, porque está precisamente en el límite de la materialidad, semifluida, en movimiento…”. De ahí que Morin concluyera que “el mundo se refleja en el espejo del cine, que nos ofrece no solo ese reflejo del mundo, sino del espíritu humano”.

Traigo a colación esta cita porque me sirve como engarce de los tres elementos que deseo que conformen mi intervención: Cine, Educación y Patrimonio. Tres vectores, en definitiva, de una misma concepción humanista del hecho cinematográfico. Porque el cine, que se compone básicamente de tiempo, posee la virtud de transformarse en memoria de sí mismo, pero también de la realidad en que ha nacido y que, como decía Morin, refleja como quizá ningún otro arte. Si nosotros recordamos tiempos pasados, lo hacemos desde 1895 gracias al cine; si incluso nos retrotraemos más allá en la Historia, el documental o la ficción reconstructiva nos la pondrán ante los ojos, con mayores o menores licencias respecto a lo que sucedió de verdad en función del escrúpulo o la inventiva de los autores de las películas. Algo de lo que Sigüenza sabe mucho por la cantidad y variedad de films que se han rodado entre sus piedras, en sus edificios y calles, tantas veces mostradas como pertenecientes a otros lugares y entornos.

Por sí mismo, el cine es patrimonio de una sociedad y de unos ciudadanos en sus diversas épocas, y a protegerlo, conservarlo y restaurarlo se dedican las imprescindibles Filmotecas. Pero es, asimismo, patrimonio del resto de expresiones personales y sociales de toda una comunidad, que se verá mostrada y reconocida en la pantalla. “Tal como éramos” es el título de una espléndida película de Sydney Pollack, con Barbra Streisand y Robert Redford, que seguro que ustedes recuerdan. Pues el cine, en su esencia, es un “tal como éramos” continuo y en todas sus dimensiones. De ahí la importancia de que las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos españoles potencien esos pantanos de memoria que son las películas, mediante la creación de Film Commissions, rutas cinematográficas o instrumentos similares, que ayuden a la fijación en el tiempo y en el espacio de lo que antes eran unos metros de celuloide y ahora son combinaciones numéricas en el universo digital.

El camino idóneo entre Cine y Patrimonio lo recorre ese tercer vector que hemos mencionado, la Educación, que es la principal garante de respeto y cuidado hacia todo patrimonio. Pero me refiero no a una educación memorística o de simple cúmulo de nombres, hechos y cifras, sino a algo muy distinto. La verdadera educación fílmica significa trazar un sendero de conocimiento y comprensión entre la obra y el espectador. Desconfíen de los que dicen que “hay que saber de cine para hablar a fondo de él”. No, el cine se siente, se respira, se integra en uno mismo y sí, luego, hay unos datos complementarios que permitan una más intensa aproximación a un autor, un género, una época o un contexto determinados, pues mejor que mejor, pero lo imprescindible es nuestra respuesta concreta ante el desafío estético que supone cada obra. No hace falta “saber de pintura” para disfrutar a fondo con el deslumbrante estilo de Velázquez en “Las Meninas”, ni compartir una fe religiosa para conmoverse con el “Réquiem” de Mozart, ni tener necesidad de ahondar en los materiales escultóricos para sentir la vibración íntima que Rodin aplicó a “El beso”. Los ejemplos podrían ser infinitos, dentro del océano de belleza que ha ido conformando la Humanidad, pese a guerras, catástrofes naturales o pandemias como la que estamos sufriendo.

¿No se contradice lo que digo con la idea primigenia y fundamental de Educación? Creo que precisamente todo lo contrario, porque la Educación, debidamente impartida y asimilada, debe conducirnos de manera fluida a ese disfrute estético que estoy proponiendo. No es sencillo, lo reconozco, debe ser un esfuerzo compartido por la sociedad, pero que logra espléndidos frutos en cuanto se pone adecuadamente en marcha. Volviendo al hecho cinematográfico, hay que lamentar que en nuestro país no se haya ni se esté procurando de una manera sistemática esa educación de la imagen, frente a lo que lleva practicándose hace muchos años en países de nuestro entorno cultural, como Francia, Dinamarca o Gran Bretaña. Nunca los Gobiernos españoles, de uno u otro signo, han sido sensibles a esta cuestión, que siempre se plantea como acuciante pero que nunca llega a hacerse realidad.

Hay, sí, iniciativas privadas y públicas muy estimables, como las que surgen en diferentes puntos de nuestra geografía, con un empeño voluntarista digno del máximo elogio pero sin una incidencia global en la población. Existen centros de todo tipo que están desarrollando teorías y prácticas muy relevantes, pero –en mi opinión– falta sin duda la acción estatal que ofrezca coherencia y un marco específico a todas estas plausibles iniciativas. Así lo hemos intentado en la Academia de Cine con el Programa Cine y Educación, que contó con la labor conjunta de una quincena de especialistas en los campos cinematográficos y pedagógicos a lo largo de más de dos años. Y que se tradujo en un amplio libro, en papel y en formato virtual, titulado como el Programa y que ha alcanzado una notable repercusión. En todas partes…, menos en el Ministerio correspondiente, en el que se ha ignorado, entre otras posibles razones por estar las competencias educativas transferidas en buena parte a las Comunidades Autónomas y por la dificultad que entraña la formación de un profesorado ya sujeto a múltiples obligaciones.

Desde luego, no planteábamos desde la Academia ningún principio dogmático ni un único trayecto para conseguir lo que, de forma bastante fea, en Bruselas la Comisión Europea llama “alfabetización audiovisual”. Todo lo contrario: además de repasar la situación legislativa y práctica en cada Comunidad de una forma que no se había hecho antes, hemos propuesto diversos itinerarios concretos para llegar al objetivo buscado. Al tiempo que trazábamos una propuesta exhaustiva de títulos españoles en función de las diferentes edades y tramos educativos, junto a un listado de un centenar de películas básicas de nuestro cine entre 1929 y 2000, cuyos DVDs pensamos que deben figurar en nuestros colegios e institutos al mismo nivel que existen en ellos bibliotecas escolares.

Según los expertos convocados por la Academia, no sería aconsejable, al menos en una primera etapa, introducir esta enseñanza como asignatura dentro de unos currículos escolares enormemente saturados. Sino, mejor, llevar a cabo una serie de acciones paralelas y simultáneas, que pueden extenderse desde promover la experiencia de ver cine en las salas hasta formar grupos de filmación entre los alumnos o mantener debates con profesionales del sector que puedan aportar experiencias concretas. Se trata, en definitiva, no de poner al cine al servicio de otras disciplinas, como tantas veces ya se hace, sino de enseñar un lenguaje propio y una estética peculiar. Y también una Historia imprescindible, porque nos parecía, y nos parece, realmente escandaloso que una alumna o alumno español salga del bachillerato sin conocer a Buñuel, Berlanga, Bardem, Saura, Fernán Gómez o tantos otros, al mismo nivel que conocen (eso espero) a Goya, Picasso, García Lorca, Valle-Inclán o Falla. Es una cuestión de cultura general, no específicamente cinematográfica, y paliar tal déficit lo  considero una tarea fundamental respecto a las nuevas generaciones.

Retrocedamos al concepto de Patrimonio. Si mediante la Educación hemos llegado a valorarlo y a transmitirlo a través de una promoción y difusión culturalmente efectivas, sabremos hasta qué punto resulta fundamental para una comunidad, en este caso la de Sigüenza. Me parece muy enriquecedor el recorrido que han hecho y van a hacer mis compañeros de Mesa sobre las películas y series televisivas que se han rodado en la ciudad o tienen que ver con ella. Pero junto a esta aportación documentada, deseo ir hacia la idea más amplia de Patrimonio Cultural como bien fundamental de la Humanidad, que es preciso divulgar y promocionar para transmitirlo debidamente.

Por ello apostamos con fuerza en esta tarde/noche, apoyándonos de nuevo finalmente en Edgar Morin, cuando afirma con convicción que “el cine se ha lanzado, cada vez más alto, hacia un cielo de sueño, hacia el infinito de las estrellas, bañado de música, poblado de presencias adorables y demoníacas, escapando de la tierra de la que debía ser, según todas las apariencias, servidor y espejo”. Pero, me permito añadir yo, siendo asimismo ambas cosas, servidor y espejo, para concluir en un momento mágico de reencuentro y fusión con la sociedad de la que ha nacido y en la que se ha desarrollado.

Elogio de la diversidad


Fue una fecha importante la del 20 de octubre de 2005. Ese día, en París, la UNESCO aprobaba la Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales, más conocida como la Convención para la Diversidad Cultural. No era un documento precisamente minoritario, 146 Estados lo firmaban, España entre ellos, con Carmen Calvo, entonces Ministra de Cultura, como signataria por nuestro país.


Quien ha tenido una actitud relevante en favor de esa diversidad cultural, y concretamente en el campo del cine, es la Distribución independiente europea y, entre nosotros, la española. La variedad en las carteleras, las posibilidades de ver expresiones en imágenes diferentes de la dominante y casi exclusiva, el rico tapete de autores, tendencias y estilos mostrado a la sociedad, constituye un motivo de profundo elogio. Porque de este impulso cultural se han beneficiado ya varias generaciones de espectadores.

Si se repasan los premios de los principales Festivales del mundo, ya sean la Palma de Oro de Cannes, el León de Oro de Venecia, el Oso de Oro de Berlín o la Concha de Oro de San Sebastián, incluso el Oscar a la Mejor Película en 2020; si se consultan los títulos que han logrado una mayor repercusión internacional; si se consideran aquellos films que han quedado en la memoria reciente de los aficionados, se comprobará que la inmensa mayoría de ellos han sido comercializados por distribuidores independientes.

Y eso que tienen que luchar, en muy desigual competencia, con las Majors norteamericanas, colonizadoras de nuestro mercado fílmico; también con la anomalía que supone que, aparte de sus propios films, distribuyan los títulos nacionales de mayor atractivo comercial, algo que no sucede en los otros países europeos. Pese a ello, los independientes no olvidan al cine español: baste decir que, en cifras de 2019, la Distribución independiente se encargó de 66 de sus producciones, cinco veces más que las citadas multinacionales.

Es un sector que se ha encontrado repetidas veces ante el abismo: creciente descenso de espectadores en las salas; carencia de adquisiciones por parte de las Televisiones, incluso las de carácter público; retraimiento vertiginoso de los formatos domésticos en DVD o BluRay; piratería masiva; cambios radicales de ocio y, últimamente, la aparición de poderosas plataformas digitales. Pero por espíritu de supervivencia o por un sólido espíritu cinéfilo, la Distribución independiente ha sobrevivido en los más duros escenarios.

Y sigue haciéndolo ahora, cuando una pandemia la ha dejado tan fuera de juego como a todo nuestro mundo, con cines cerrados durante más de tres meses en los que no poder exhibir sus películas. Su futuro no es nada fácil.

 

(Publicado en "Turia" de Valencia, julio de 2020).


Lo que vino para quedarse


Ha sido la frase favorita del estado de alarma, ya finalizado después de un centenar de días. Cada vez que se hablaba de algo, se repetía lo de que “ha venido para quedarse”, como apostando a que en el futuro iba a seguir teniendo un peso específico. Que ya fuese el teletrabajo, el máximo cuidado con la higiene, o una justa consideración –¡por fin!– de la sanidad pública y el cuidado de los mayores no habían sido algo pasajero durante este tiempo, sino que tenían fuerza y sentido para permanecer entre nosotros. Esperemos que no, por el contrario, esa cursilería de estilo que se ha impuesto en tantos comentarios, refritos de imágenes o reencuentros familiares. No, no es cierto el mantra de que vamos a salir “mejores” de la pandemia. Más bien lo contrario, porque habrá más paro, peores trabajos y, sobre todo, una situación de penuria económica que afectará especialmente a los jóvenes.

"Soy leyenda", práctica de Mario Gómez para la Escuela Oficial de Cine (1967)

Pero ciertas “invenciones” sí deben salvarse. Entrando ya en el terreno cinematográfico, considero necesario conservar la iniciativa de algunas Filmotecas de nuestro país, proponiendo programas “on line” con tesoros de sus archivos que, en otras condiciones, pocos habrían conocido. Filmoteca Española, por ejemplo, se ha marcado un buen tanto en esta línea, ofreciendo novedades entre las que han destacado las valiosas prácticas de Mario Gómez, que en la década de los 60 fue alumno de la Escuela Oficial de Cinematografía y desarrolló después su carrera profesional en Televisión Española. Una de estas prácticas en particular, Soy leyenda, sobre la famosa novela de Richard Matheson, ha batido el récord de visionados, con más de 50.000. Pero también es destacable el “descubrimiento” de María Forteza y su corto documental Mallorca, que la ha convertido en la primera cineasta del periodo sonoro español, como ya reseñamos en esta misma sección.

Rótulo de "La obra del fascismo", producida en 1936 por el Socorro Rojo Internacional

Pero un similar relieve ha alcanzado la programación virtual de la Filmoteca Valenciana (que reabrió sus puertas físicas en compañía de Fellini y su Roma), con sesiones tan importantes como la que albergó el documental La obra del fascismo, producido por el Socorro Rojo Internacional, con imágenes impresionantes y muy poco conocidas de los bombardeos sobre Madrid; o, en su última entrega, un melodrama rural, Castigo de Dios, de Hipólito Negre (1925), todo un clásico del género.

Esas joyas de los archivos permanecían ocultas para la mayoría de los mortales. Y no deben seguir estándolo, porque hay mucho cinéfilo de pro que, por vivir en ciudades distintas u otros motivos, no puede desplazarse a las salas de proyección de las Filmotecas. Que estos programas “hayan venido para quedarse” es lo que hace falta para conformar unas auténticas Cinematecas virtuales de nuestro tiempo.


(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2020).



El último deseo


–Es mejor que lo sepa. Ya no queda la más mínima esperanza.

Llevaban días temiéndose escuchar esta frase del médico. Y la hora había llegado. La hora de comunicárselo al enfermo, que dormitaba, medio sedado, al otro lado de la puerta de la UCI. La hora de decidir quién y cómo se lo decía. La hora de buscar la forma de hacer el menor daño posible a quien ya llevaba semanas de insostenible angustia. El coronavirus le había destrozado los pulmones.

Un improvisado consejo de familia se reunió en la sala de espera más cercana a la UCI. Les faltaba el valor suficiente para anunciar que se le acababa la vida a alguien que la había vivido con apasionamiento, casi con derroche. Perdidos demasiados minutos, ahora preciosos, en dudas, en dar vueltas y vueltas a la situación, fue Leyre, su nieta, la niña de sus ojos, quien se ofreció a hacer de mensajera.

–Abuelo, tengo que hablar contigo.

No fue fácil reclamar su atención. La enfermera le había pedido que no le forzara, que podía ser contraproducente. Prometió hacerlo con el máximo cuidado, elevándole muy suavemente la cabeza para estar más cerca de él. Mientras acariciaba su cara como a un niño pequeño, le susurró la terrible noticia. Apenas aquel rostro martirizado por el dolor y la falta de oxígeno, sumido en la negrura de tantas noches en vela, mostró signo alguno de sorpresa o desesperación. Era patente que lo esperaba, por lo que una serena calma, una especie de tranquilidad íntima se asomó a sus ojos.

–Solo quiero pediros un deseo. Mi último deseo. Al fin y al cabo, soy un condenado a muerte…

Tuvieron que hablar con un amigo que llevaba una distribuidora, con un familiar que trabajaba como relaciones públicas en unas multisalas, ahora cerradas al público por el confinamiento, explicando que se trataba de un compromiso moral al que no podían sustraerse. La dirección del hospital se resistía a que se trasladara, aunque fuera por pocas horas, a un enfermo terminal y que podía motivar contagios. Su médica les ayudó a conseguir el permiso, del que tuvieron que asumir la “plena responsabilidad”, como también a disponer de una ambulancia cuyos camilleros, muy protegidos contra el virus, le condujeron hasta una de las salas.

–¿Te apetece que empecemos ya?

Asintió con un leve movimiento de cabeza a la pregunta de Leyre. Pronto, se hizo la oscuridad. Sobre la gran pantalla amanecía en Venecia, con el humo del barco que llevaba a Gustav von Aschenbach mezclándose con los jirones del alba. Incorporado en la camilla por unos almohadones que le sujetaban la espalda, siguió la proyección con tranquilidad, en paz, sin que el dolor pareciera visitarle en ningún momento. Mientras otros familiares, a distancia, estaban repartidos por la sala, Leyre permanecía a su lado, con mascarilla y guantes y apretando suavemente la mano izquierda del enfermo, esa misma mano que, muchos años atrás, tantas veces la llevó por la ciudad, por los parques, por el frío y por el calor, por la risa y por el llanto.

Moría Von Aschenbach en la playa del Lido y, desde el mar, Tadzio señalaba una dirección en el infinito de los deseos irrealizados e irrealizables. Fue el instante en que también él, víctima de otra pandemia, eligió para morir. Leyre sintió cómo la mano del enfermo perdía su fuerza, cómo sus dedos dejaban poco a poco de apretarla. Con el reflejo del agua azul que brillaba en las imágenes, pudo ver cómo aquellos ojos, devoradores de tanto amor, se cerraban quedamente. Pero aun ya sin vida, sus párpados no pudieron contener dos lágrimas que se deslizaban por las mejillas en un silencio final.


(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2020).


¿Mascarilla o palomitas?




“Soplar y sorber, no puede ser”, asegura el tradicional refranero español. Que todavía es más preciso cuando afirma que “teta y sopa no caben en la boca”… Vienen estas sentencias como anillo al dedo porque en la tontamente llamada “nueva normalidad”, la exigencia de mascarillas en locales cerrados como los cines posiblemente impida que los espectadores consuman palomitas o similares dentro de ellos. Sí, cabe el ejercicio continuo de meter los “popcorn” por debajo de la protección, pero va a resultar demasiado incómodo. Y no saben hasta qué punto me alegro de la situación: locales no oliendo a grasa flotando en el ambiente, suelos limpios sin restos de comida, ausencia de continuos ruidos de cric crac durante las proyecciones. Las salas volverán a ser esos paraísos soñados por los cinéfilos.

Tal alegría no me impide reconocer que para los cines la pérdida en palomitas va a suponer una fuerte disminución de sus ingresos. Lo lamento, porque a menudo sacaban así más dinero que con la venta de entradas. Ya recuerdan el caso de aquella cadena de salas mexicana que programaba o mantenía las películas no por su atractivo para conseguir espectadores, sino por el volumen de palomitas que generaban: nivel alto, debido a la ansiedad que provocan las películas de terror; medio, las de acción, y bajo en el caso de los films románticos, que motivan que los manos e incluso la boca se dediquen a otros menesteres…, y así se iba componiendo la cartelera semanal. Pero las ventajas antes mencionadas son tan potentes que no puedo dejar de celebrar la crisis de los palomitones y artefactos parecidos.

Están volviendo los cines, aunque poco a poco. Tras algunos como el Almenara de Lorca, que fue el primero en abrir el 25 de mayo, los Kinépolis valencianos se lanzaron a la aventura el pasado viernes, 5 de junio. El lunes 8 lo hicieron tres complejos de la cadena Cinesa, entre ellos el Luxe Bonaire de Aldaia, y hoy mismo, 12 de junio, se les unen los madrileños Renoir Plaza de España y once multisalas de Yelmo en seis localidades. Hasta llegar a la apertura generalizada el día 26, como señalé en un anterior artículo, aunque con el problema de que, pese a haber finalizado ya para entonces el estado de alarma, lo más seguro es que Madrid y Barcelona todavía se hallen en fase 3, con aforos reducidos al 50%, lo que dificulta enormemente el estreno masivo de los títulos más relevantes.
Según una prospección de FECE, la Federación de Exhibidores, las tres primeras semanas desde la reapertura serán flojas de público, sobre todo por parte de familias que temen arriesgar a sus hijos al virus. Pero luego los empresarios centran sus esperanzas de recuperar el terreno perdido con la versión de Mulan en imagen real; Tenet, de Christopher Nolan, o Padre no hay más que uno 2, con la que Santiago Segura apuesta a repetir su éxito del pasado verano. Veremos.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2020).