"La tía Tula": El mito de la 'Virgen madre'

 

Me temo que muchos de los que en su día dijeron que La tía Tula, de Miguel Picazo, era una “fiel adaptación” de la novela homónima de Unamuno, simple y llanamente no la habían leído. Porque, en todo caso, lo sería de tan solo seis capítulos, del VIII al XIII inclusive, nada más que una treintena de páginas en la reedición de Espasa/Austral de 2010. Que recogen desde la muerte de Rosa, la esposa de Ramiro, hasta la boda con Manuela, en el libro una hospiciana que sirve en la casa familiar y Juanita en el film, hija del tío Pedro, inexistente en el texto. Todo lo demás de él, que comienza con el noviazgo entre Rosa y Ramiro, inducido decisivamente por Tula, y termina con la muerte de esta y las disensiones entre los cinco hijos que llega a tener su cuñado –fruto de sus dos matrimonios– quedó obviado por Picazo y sus tres coguionistas, José Miguel Hernán, Luis Sánchez Enciso y Manuel López Yubero. Disculpen que entre tan pronto en materia, pero me parece esencial para entender desde un comienzo la relación que en este caso se establece entre libro y película, objeto del presente texto.

Ya lo señalan claramente sus títulos de crédito: “Inspirada en la obra del mismo título de Don Miguel de Unamuno”. Nada de adaptación, versión o término similar que hiciese pensar que se trataba de una traslación a imágenes de la novela que Unamuno publicara en 1921 y Picazo llevase al cine cuarenta y tres años después, en 1964, para convertirse en inexcusable referencia para la historia del cine español. Periodo de tiempo que tiene que haber influido, sin duda, a la hora de abordar el renacimiento en la pantalla de La tía Tula, como el propio cineasta señalaba a Ignacio Ortega Campos dentro del volumen Miguel Picazo, crónica de un cinéfilo: “En el guion utilizamos solo la arquitectura argumental del relato, trasladándolo adecuadamente a la represiva, enfermiza, clerical e hipócrita vida provinciana de aquella España. Unamuno sintió por Tula una admiración que yo no sentía. Hice de Tula un personaje polémico, mientras que Unamuno hizo una loa, aunque hablaba del sentido inhumano de la virtud de Tula”. Frases que el autor enlaza con unas declaraciones del cineasta a la revista Film Ideal en julio de 1964, cuando aducía que “lo que nos interesaba era ver las condiciones en que una mujer que renuncia a su condición de tal, que es víctima de una serie de represiones y de un medio moral asfixiante, está en posibilidad, a su vez, de hacer víctimas a los demás”. Similares palabras han sido recogidas en varias ocasiones por Enrique Iznaola, máximo conocedor del universo “picaziano”, en volúmenes como Miguel Picazo, un cineasta jiennense, de 2004.

En la casa familiar, Tula (Aurora Bautista) y Ramiro (Carlos Estrada)

Mediante este tratamiento tan personal, de hecho es Tula, apelativo cariñoso del recio Gertrudis que la película nunca utiliza, uno de los grandes personajes femeninos de todo el cine español. Gracias en una parte decisiva a la magistral interpretación de Aurora Bautista quien, precisamente, se había especializado en otro tipo de mujeres patrias, las heroicas, patéticas y siempre exacerbadas protagonistas de Locura de amor, Agustina de Aragón o La Gata, a las que dotaba de un histrionismo superlativo. Aquí no, todo lo contrario, es un prodigio de contención, de creación de un personaje en el que la composición física se une a una mirada siempre penetrante, fiel, en este caso, a esos ojos de Tula que Unamuno destacase en muchas de sus páginas. Unos ojos a menudo censoriales y reprendedores, con los que dominaba a su núcleo de convivencia más cercano, pero también a cuantos se atrevían a acercarse a él.

... su forma de arreglarse ante el espejo...

De ahí que, en su prólogo a la citada edición de La tía Tula, la profesora de la Universidad de Barcelona Anna Caballé mantuviera que “si aplicáramos una interpretación psicoanalítica del personaje, cabría hablar de una personalidad xenofóbica y narcisista, encorsetada, que, en el fondo, oculta una cierta perversión sexual”. Duro diagnóstico pero que se acerca mucho a la realidad, no ya solo de Tula sino de un tipo de carácter femenino que ha prevalecido largo tiempo en nuestro país. Sin embargo, el acercamiento que a él efectúan Unamuno y Picazo son radicalmente distintos: mientras el escritor y filósofo explora y analiza la cuestión de la “maternidad virginal o la virginidad maternal” de la Tía, ensalzando su comportamiento con unos sobrinos (cinco en la novela, dos en la película) que considera hijos plenamente suyos, el cineasta enfoca y describe la represión sexual que domina su comportamiento, extensible al grupo de histéricas amigas que no aparecen en las páginas. Motivado de forma básica por un sentimiento religioso castrador, el rechazo de Tula a cualquier tipo de sensualidad no puede ocultar un cierto erotismo que las imágenes sugieren en su forma de arreglarse ante el espejo, ciertos gestos de coquetería contenida o al bañar sus piernas con colonia en la secuencia del río.

Una secuencia sobre la que Enriqueta Carballeira, que interpreta a Juanita, recuerda ahora “el frío que hacía cuando rodamos la excursión, en la que Juanita se tira al agua torpemente, arrastrada por un impulso incontenible, queriendo disfrutar del momento y también descolocando a toda su familia”. Como también rememora “el rodaje en la antigua fábrica de paños de Brihuega, paseando por su hermoso jardín, cuando Juanita, nerviosa y tímida, le suelta a Ramirín (el hijo mayor de Ramiro y Rosa) una retahíla de trabalenguas sin sentido, dejando desconcertado al pobre niño”. Ya hemos dicho que Juanita es el trasunto en la pantalla de Manuela, la pobre criada que en la novela queda embarazada de Ramiro, a quien Tula exige que se case con ella y con la que tiene dos hijos, el último de los cuales, la pequeña Manolita, nace en el parto en que su madre fallece.

Tula y Juanita (Enriqueta Carballeira)

Cerca de cincuenta años después, la actriz se siente muy satisfecha de haber participado en “una película que retrata, de forma minuciosa, la vida de una mujer en una ciudad de provincias, en unos años en los que en España la falta de libertad y la miseria moral se imponían en todos los aspectos de la vida”. Desde la interpretación, Enriqueta Carballeira cree haber contribuido a que su Juanita “destacase en una historia donde el talento de Aurora Bautista y la potencia del personaje de Tula lo hacían muy difícil. Pero la sabiduría de Miguel Picazo hizo que cada personaje tuviera su lugar, algo decisivo para la comprensión de la historia. Después de todo, la prima del pueblo, Juanita, resolvía el conflicto creado entre Tula y Ramiro”…

La confesión de Tula con el padre Álvarez (José María Prada) 


El conflicto entre ellos se refiere al deseo del viudo a casarse con su cuñada, a lo que ella se opone decididamente, incluso contraviniendo los consejos de su confesor, el padre Álvarez (encarnado por un José María Prada perfecto), que tilda de “soberbia” la actitud de su feligresa. Dentro de los capítulos citados al inicio, Unamuno entra enseguida en esa petición de Ramiro a Tula para que se convierta en su segunda esposa. Mientras que Picazo lo demora más, dejando espacio para que la Tía vaya mostrando su personalidad al espectador, claramente definida cuando, al referirse a su pretendiente Emilio –invención de la película–, asegura que “no me caso porque no quiero aguantar a ningún hombre”. Y mantendrá esa actitud todo el tiempo, como cuando Ramiro intenta besarle la mano mientras está convaleciente de anginas y ella le advierte después, muy severamente, “que no se te ocurra otra vez lo de antes”; o al encontrar las amorosas cartas de él a Rosa, en una secuencia de potente intensidad. El brutal intento de violación de Ramiro acabará por imposibilitar el matrimonio entre ambos y motivará el desenlace del film, con Juanita como nueva víctima de su violencia sexual, aunque ello la convierta en señora de la casa. Cuando Tula le reprocha su conducta, “¡Con una niña, Ramiro, qué vergüenza!”, él se defiende atribuyéndola a su negativa a casarse, para rematarlo con una frase de muy rancio machismo: “Tú no puedes entenderlo, eres una mujer y es distinto”…

Junto a sus sobrinos, Tulita y Ramirín

Cuanto sucede en las imágenes de La tía Tula se halla impregnado de un catolicismo exacerbado, donde domina el retrato de Pío XII en el salón de la casa, se privilegia los rosarios expiatorios, una cría se obliga a cumplir la penitencia de dos horas sin hablar o solo se ven películas cuya calificación moral sea inferior a 3R (Mayores con reparos) y 4 (Gravemente peligrosa). Nada escapa a esa superestructura ideológica, porque, como asegura Tula a sus sobrinos tras el fallecimiento de su madre, “Dios nos ayudará a todos, ya lo veréis” y hay que estar a bien con Él por encima de cualquier circunstancia. Prefiere Unamuno situar en este contexto el mito de la “Virgen madre” o la “Madre virgen”, presente en tantas culturas, una mujer no contaminada por deseos o pasiones carnales, que tampoco deben “ensuciar” a los niños que de ellas nacen. Tula es la encarnación de ese mito y sus sobrinos su auténtica obsesión: “Los niños son míos”, le dice en la película a Ramiro, como reivindicación suprema de una vida que Picazo muestra con sumo detalle en bellos y medidos planos-secuencia.

Después del intento de violación de Ramiro

Pero si en la novela, tras la muerte de Ramiro, Tula se queda con los que considera sus hijos, en el film los pierde, según queda patente en esa estación final, cuando entre lágrimas se despide de ellos, mientras Juanita permanece casi oculta en la oscuridad del vagón. Solo le pide a Ramiro que traiga cada año a Ramirín y Tulita el Día de los Santos para que visiten la tumba de su madre, cuya lápida con el nombre de Rosa Hernández Santos ya vimos visitada por él y su hijo en la secuencia del cementerio, poco antes de que una mujer grite su incomprensión ante lo que deducimos que es el suicidio de un ser querido. Y cuando el tren se va, Tula susurra el nombre de Ramiro al quedarse sola en el andén… Una secuencia muy similar con la que Pedro Olea cerrase Tormento, diez años posterior, aunque con un significado muy diferente: mientras que el ambicioso personaje femenino creado por Galdós reaccionaba con rabia e insultos ante la decisión del indiano, Tula es víctima de su represión erótica, de los condicionamientos de una mujer de mediana edad en una ciudad española de provincias “cada día más aburrida”, en afirmación de Emilio, el citado pretendiente de la protagonista.

Despedida final entre Tula y Ramiro en la estación

Parafraseando a Flaubert y su identificación con Emma Bovary, a Miguel Picazo le gustaba bromear de vez en cuando con la frase “La tía Tula soy yo”. No lo era, por supuesto, pero sí tenía interiorizado ese ámbito provinciano que conocía a la perfección por su estancia durante la posguerra en Guadalajara, donde también está enclavada, aunque sin enunciarlo, la película. Con un salto temporal de cuatro décadas respecto a la historia de Unamuno, el cineasta la sitúa en la de los sesenta, con el nacionalcatolicismo todavía vigente, aunque el desarrollismo y el turismo lo hayan ya debilitado. El país estaba cambiando, pero permanece casi inalterable entre las cuatro paredes de esta casa familiar que se diría incólume al tiempo. Tras la primera pero firme negativa de su cuñada a casarse por respeto a su hermana (“¡Qué pena, qué disgusto tan horrible!”, le reprocha entre sollozos a Ramiro, antes de pedir a los niños que recen por su padre y no le dejen solo), el viudo escapa a un merendero de las afueras que frecuenta gente joven más desinhibida y se acerca a un bosquecillo donde unas prostitutas tratan de atraer a sus clientes y él busca complacer su frustrado deseo sexual.

Son las secuencias menos logradas de una obra maestra como La tía Tula, que conserva hoy su plena valía. La “opera prima” de Miguel Picazo, tras ser prohibida Jimena por la censura, supuso el descubrimiento de un gran autor, por más que su filmografía se redujera a cinco largometrajes al no lograr poner en pie proyectos tan queridos como Los hijos de Alvargonzález, sobre el poema de Antonio Machado. Y es que ni siquiera teniendo como segundo apellido Dios, un cineasta logra plasmar todos sus sueños…


(Publicado en "CLIJ. Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil, nº 302, julio-agosto 2021).


Los dobladores

 

Tema espinoso este del doblaje, con apasionados defensores y detractores. Aunque yo creo que se puede estar en contra de esta práctica y, al tiempo, respetar e incluso admirar a quienes la ejercen. Porque es cierto que nos privan de uno de los principales atributos de un actor, como es su voz, pero al tiempo tienen la humildad de ocultar su cuerpo en los rasgos de otro. El tema es diferente cuando hablamos de producciones extranjeras a cuyos intérpretes se les dobla; cuando a un director español no le ha convencido la dicción de un determinado intérprete y la sustituye por la de quien se ajusta más a sus pretensiones, o cuando son actrices y actores que no hablan nuestro idioma pero en la pantalla ha de parecer que sí. A eso vamos.

Nino Manfredi estaba doblado por José María Prada en "El verdugo"

Porque en las ya innumerables conmemoraciones del Centenario de Berlanga, nadie parece haber reparado que en varias de sus películas las voces de los personajes no corresponden a las de quienes salen en imagen. Estamos realzando unos trabajos sin subrayar que en buena parte se deben a los actrices y actores españoles que les han dado su voz. Todos ensalzamos al Nino Manfredi de El verdugo, pero no he leído ni un mínimo elogio al gran José María Prada, cuya voz es la que escuchamos. Al intervenir muchas veces en coproducciones, Berlanga debió trabajar con intérpretes de fuera, encomendando luego a colegas españoles que se convirtieran en sus “yos” sonoros, lo que, por otra parte, a él le encantaba porque detestaba el sonido directo. Aparte de Manfredi, está el caso de Michel Piccoli en la versión española de Tamaño natural, doblado por José Guardiola. Y el de Hardy Krüger en La muerte y el leñador, el episodio berlanguiano de Las cuatro verdades, donde a quien escuchamos en lugar del actor alemán es a Rafael de Penagos. Todavía más en el triple ejemplo de Calabuch, con Edmund Gween envuelto en los giros de Eduardo Calvo, mientras que Valentina Cortese y Franco Fabrizi fueron suplementados por la magistral Elsa Fábregas y por Fernando Nogueras. Incluso cuando a José Isbert se le puso la voz demasiado ronca y opaca, la imitó sin apenas diferencias Julio Alymán.

Edmund Gween y Franco Fabrizi fueron doblados en "Calabuch" por Eduardo Calvo y Fernando Nogueras

Me parece de justicia reconocer esta labor. Se lamentan con frecuencia los dobladores de que su profesión no está bien considerada, de que los puristas no la valoran, tratándoles como actores de segunda fila o que deben ponerse detrás de un micrófono porque no han logrado triunfar ante las cámaras. No es cierto, y los ilustres nombres que acabo de citar lo desmienten suficientemente. Parafraseando a Concepción Arenal, cabe decir que puedes detestar el doblaje pero respetar al máximo a los dobladores…

Y mientras la Turia llega con todos los honores nada menos que a su número 3.000, yo les deseo un feliz descanso a cuantos el virus deje disfrutarlo.


(Publicado en "Turia" de Valencia, 30 de julio de 2021).


La Palma de Oro que nunca debió ser

 

¿Será una pompa de jabón, un efecto pasajero, o el cine del futuro va a ser como esa Titane que Cannes acaba de coronar? ¿Triunfará gracias al impulso del primer Festival del mundo un film que bebe de la violencia extrema de muchos videojuegos, del “gore” como atracción de públicos jóvenes y de referencias como la obra de Gaspar Noé o, más lejanamente, el Crash de David Cronenberg? Habrá que ver en los próximos años si todo ha respondido a un impresionante despliegue de marketing, culminado con la Palma de Oro, o crea una tendencia, como cuando Pulp Fiction marcó el inicio del “tarantinismo” y de decenas de sus acólitos y discípulos. En caso de que Titane determine una corriente tan poderosa, yo me bajo de este barco.

Porque mi opción, y la de muchos otros, sigue siendo la del espléndido Jacques Audiard de Les Olympiades, el “reencontrado” Asghar Farhadi de Un héroe, el Nanni Moretti de Tre piani o el Ryûsuke Hamaguchi de Drive My Car, películas todas ellas presentes en la Competición de Cannes, y solo reconocidas en el Palmarés en el caso de la iraní con el Gran Premio del Jurado y la japonesa con el de Mejor Guion. Es decir, un cine de autor, que nace de una elaborada propuesta estética y ética, de decidido hálito humanista y que respeta la libertad y el criterio del espectador. Justo lo que no es, ni hace ni pretende el film de Julia Ducournau, un verdadero sinsentido en todo su desarrollo, empezando por una media hora inicial de violencia casi insoportable. Pero parece que a Spike Lee y sus colegas del Jurado les ha ido la marcha. No a la crítica internacional, que puntuó Titane con tan solo 1.6 puntos sobre 5 y premió Drive My Car, ni siquiera a la siempre chovinista Prensa francesa: en el colmo del absurdo, fue “L’Humanité”, vinculada de siempre al Partido Comunista, la única publicación que le asignó una Palma de Oro.

No estoy apostando por una opción solo realista o que rechace cualquier adscripción a un marco genérico como el terror o lo fantástico. De hecho, pocos autores tan escasamente realistas como Apichatpong Veerasethakul, que vuelve a demostrarlo en su delicada Memoria; o tan apreciable en su modesta pero sensible apuesta por el conocimiento de los demás que ofrece la finlandesa Compartimento nº 6. Aunque se haya visto alzada en exceso dentro del Palmarés con el Gran Premio ex aequo con Un héroe, mientras el tailandés compartía otro galardón (lo que hasta ahora no se consentía), el ya secundario Premio del Jurado, con la autocomplaciente La rodilla de Ahed, del israelí Nadav Lapid. Claro que si ese Jurado consideró que el desmesurado Leos Carax era el mejor director de la Competición por su Annette, de ahí a ensalzar Titane hay solo un paso… Pese a alegrarme de que nada menos que casi tres décadas después de que Jane Campion fuese la primera mujer en lograr la Palma de Oro, "ex aequo", con El piano, ahora lo logre otra cineasta, ojalá hubiera sido con una película radicalmente distinta a la suya.

A base de multiplicar secciones que nacían de la selección establecida oficialmente, el Festival ha logrado dos paradójicos objetivos: confundir con su criterio de por qué un film estaba en un apartado u otro; y debilitar no ya las muestras paralelas como la Quincena de Realizadores o la Semana de la Crítica (en la que tuvo buena presencia, pero ningún galardón, el único largometraje español presente en el Festival, Libertad, opera prima de Clara Roquet), sino la propia Un Certain Regard que surge de la misma selección oficial, en un absurdo juego de tirar piedras contra el propio tejado.

Con una frase ya tópica desde que la pandemia nos azota, quizá lo decisivo de Cannes 2021 es que haya podido celebrarse de principio a fin tras el parón del pasado año. Una organización tan ensoberbecida como siempre y preocupada ante todo de salvaguardar el Festival se ha esforzado en esa continuidad, plagada de controles, avisos y decisiones sobre la marcha. Pero con ese carácter oportuno u oportunista que ha desplegado a lo largo de sus tres cuartas partes de siglo, Cannes se ha ganado los titulares de los medios de comunicación de buena parte del mundo premiando a la película más polémica del certamen (¡pobre Benedetta, que se quedó en el camino de ser considerada así!), la que entra en un terreno conflictivo de opciones sexuales y además está dirigida por una mujer y joven, de 37 años. ¿Hay quien dé más cara a celebrar en 2022 una edición tan conmemorativa como la 75?


(Publicado en "Turia" de Valencia, 23 de julio de 2021).

 


Un Palmarés que es una desgracia

 

Siempre he creído que no hay que dar demasiada importancia a las decisiones de los Jurados de los festivales. Al fin y al cabo, es solo la opinión de un grupo de profesionales, tan válida o inválida como la de cualquiera que está en el certamen como espectador o como crítico. Pero la situación varía cuando un determinado galardón puede ser el salvoconducto de una forma de entender el cine, de marcar una tendencia para el futuro capaz de resultar muy nociva. Si ese galardón es la Palma de Oro y tiene a Cannes como altavoz mundial, el asunto ya resulta verdaderamente preocupante. Es lo que sucede con la obtenida por ‘Titane’ en esta 74 edición del Festival.

Julia Ducournau recibe de Sharon Stone la Palma de Oro por "Titane"

Sucedió en los 90 con Tarantino y su ‘Pulp Fiction’, cuyo premio máximo no solo le subió a los altares sino que popularizó una concepción del hecho cinematográfico que, particularmente, considero muy nociva, sobre todo por los múltiples acólitos que la siguieron. Me temo que va a suceder lo mismo con esta hiperviolenta ‘Titane’, con la que la joven Julia Ducournau puede crear escuela, lo mismo que con ella ha hecho su claro inspirador Gaspar Noé. Cabe pensar que esta postura de rechazo a la violencia procede de actitudes moralistas que no comparto en absoluto. O de un rechazo frontal al cine de género más o menos fantástico y de terror, que tampoco es mi caso. Sí estoy en contra del “gore” que puebla, sobre todo, la primera media hora del film, y de la gratuidad generalizada de cuanto en él ocurre, según ya reflejé en mi crónica del día de su proyección. Me alegro de que la francesa Julia Ducournau, con sus 37 años, sea la segunda mujer que logra la Palma de Oro, tras la obtenida “ex aequo” por Jane Campion ¡hace casi tres décadas! con ‘El piano’, pero lamento que lo sea con una película ante la que vuelvo a plantearme la pregunta de por qué tanta violencia en la pantalla.

Tiene que haber influido en la decisión la personalidad de un cineasta “showman” y poco consistente como Spike Lee, presidente del Jurado internacional. El impacto mediático que sin duda logro ‘Titane’, con discusiones y ríos de tinta y de imágenes muy bien promocionadas, quizá haya influido en su ánimo y en el de sus subordinados. Pero no se entiende muy bien cómo casa esta decisión con la del obligado tributo a Leos Carax por su errática dirección de ‘Annette” y el galardón dividido entre ‘Un héroe’, de Asghar Farhadi, y ‘Compartimento nº 6’, del finlandés Juho Kuosmanen. Y, todavía más abajo, a ‘Memoria’, la delicada miniatura sobre el tiempo de Apichatpong Weerasethakul, y la grandielocuente ‘La rodilla de Ahed’, ejercicio sumamente egocéntrico del israelí Nadav Lapid. Aunque, en el fondo, lo más grave del Palmarés es que se haya rechazado de plano el humanismo y la autoría creativa que se deriva de ‘Les Olympiades’ o ‘Tre piani’, totalmente ausentes de él. Eso sí resulta coherente: ensalzar a Julie Ducournau y olvidar a Audiard y Moretti.

No se ha ignorado del todo a ‘Drive My Car’, la película preferida por la crítica internacional (que, sin embargo, solo dio un 1.6 de media sobre 5 puntos a ‘Titane’) a la que se busca el consuelo de un Premio al Guion, que debería ser compartido con Anton Chejov, verdadero inspirador de su relato. Resulta lógico que la obra de Hamaguchi se haya llevado el galardón de la Federación que agrupa a los críticos, FIPRESCI, al considerarla “extremadamente sutil, una fantástica obra sobre el poder eterno del arte”. Que los reconocimientos a la Mejor Actriz y al Mejor Actor –Cannes no juega a la tontería del premio unitario– hayan recaído en la omnipresente Renate Reinsve por la noruega ‘Julia, en doce capítulos’, y el norteamericano Caleb Landry Jones en su incorporación del psicópata que mató a 35 personas en la Tasmania de 1996, al que se refiere la australiana ‘Nitram’, me temo que será algo olvidado en poco tiempo.

Foto de grupo de los premiados en el 74 Festival de Cannes

Deseo que estas crónicas les hayan transportado de alguna manera al Cannes raro, incómodo y con la pandemia como inevitable telón de fondo de este 2021. Quizá, pensándolo bien, sea en el fondo lógico que una película tan desquiciada como ‘Titane’ se haya llevado en esta ocasión el gato al agua. Espero encontrarles en la 75 edición del Festival, cuya conmemoración ojalá celebremos volviendo a mayo. Veremos…


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 18 de julio de 2021).

 


Entramos en la selva de la memoria...

 

Decía Andrei Tarkovski que el cine es, por excelencia, un arte del tiempo. Otros muchos autores han coincidido con él, pero pocos con más atributos que el tailandés Apichatpong Weerasethakul. Lo demuestra de nuevo en su última película, que significativamente se titula ‘Memoria’ y que se ha presentado en la Competición Oficial. Esa Competición que él venciese en 2010 por ‘Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas’, con lo que, tras Moretti y Farhadi, se cierra el cupo de tres cineastas ganadores de la Palma de Oro.

Al trasladarse su autor muy lejos de su país, a Colombia, la primera parte de ‘Memoria’ muestra ese síndrome del artista en el extranjero al que ya hicimos alusión en una crónica anterior. Otro ambiente, otro idioma, otra luz muy distinta a la tenue que suele dominar en las imágenes de su autor, ahora más cromáticas y brillantes. Es diferente de su mundo onírico y fantasmagórico este reflejo de una mujer escocesa (interpretada por Tilda Swinton, también productora ejecutiva del film) obsesionada por un potente ruido cuyo origen desconoce. Tan visible desapego inicial del director se traduce en una puesta en escena inusualmente plana y rutinaria en él.

"Memoria", de Apichatpong Weerasethakul

Sin embargo, cuando llega a las secuencias de la selva, Weerasethakul se transforma de manera positiva hacia un mundo de sugerencias. Quizá porque las selvas acaban siendo un tanto iguales entre sí, el cineasta se siente como en Thailandia, en su ámbito natural, y nos ofrece un muy sugestivo ejercicio sobre la memoria individual, y de cómo puede ser compartida con otras personas, mediante un uso magistral de la banda sonora, con diálogos, músicas y ruidos. Encontramos ahí a un autor que, sin ser uno de mis favoritos, merece el respeto de quien lleva una trayectoria coherente con sus principios fílmicos. Hay personalidad y belleza en la hora final de ‘Memoria’, lo que debe resaltarse debidamente. Aunque la razón de que una piedra de buen tamaño se convierta en nave espacial y surque los aires, ya se lo dejo a los entusiastas exégetas del cineasta tailandés…

No diría lo mismo de dos realizadores franceses amados hasta la sinrazón por la crítica de su país, Arnaud Desplechin y Bruno Dumont. El primero ha presentado fuera de concurso ‘Tromperie’, adaptación de la muy misógina novela de Philip Roth, ‘Engaño’, editada en España por Seix Barral. No se esfuerza demasiado Desplechin en su trabajo de traslación de un lenguaje a otro, limitándose a filmar las conversaciones de un detestable escritor judío, e inglés, con las diferentes mujeres, reales o fingidas, que se cruzan en su camino. Quizá el magro presupuesto de un millón de euros con que ha hecho ‘Tromperie’ pueda justificarlo, pero se habría agradecido al menos una mejor interpretación de Denis Podalydes en el papel de Philip, ese novelista británico cuyo atractivo para el sexo opuesto no se acaba de entender.

Ese sexo opuesto está representado sobre todo por la inevitable Lea Seydoux, también protagonista de ‘France’, la película de Dumont que sí opta a los premios, esperemos que sin posibilidad alguna. El retrato de una “periodista estrella’ televisiva, su búsqueda de aislamiento para acercarse a la felicidad y la denuncia de las prácticas manipuladoras que utiliza, no son precisamente originales. La idea de que la gente rica y famosa también tiene su corazoncito y es a menudo desgraciada, vale para la Prensa rosa, pero no es de recibo en un film que se halla al máximo nivel de este Festival.

"Buñuel, un cineasta surrealista", de Javier Espada (imagen de "Un perro andaluz")

Paralelamente, para reunir restauraciones de títulos con años a sus espaldas y trabajos que se refieran a lo cinematográfico, se creó hace ya tiempo Cannes Classics. Donde hoy ha habido una doble cita con el cine español: el documental ‘Buñuel, un cineasta surrealista’, en que el experto Javier Espada realza, desde un acertado didactismo, esa vena fundamental en la obra del maestro aragonés; y, ¡oh sorpresa!, la reivindicación y homenaje a Ana Mariscal como directora. Para ello, su hijo se ha hecho cargo de la restauración digital en 4K de uno de los principales empeños de Ana Mariscal al otro lado de la cámara, ‘El camino’, de 1964, basada en la famosa novela de Miguel Delibes que Josefina Molina convertiría después en una espléndida serie televisiva. Quizá el recuerdo a Ana Mariscal se halle también en esa sima de la memoria explorada a fondo por Weerasethakul…


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 17 de julio de 2021).


El amor hoy, según Audiard

 

"Les Olympiades", de Jacques Audiard

Aunque se llame ‘Les Olympiades’, no crean que la última y excelente película de Jacques Audiard se refiere a los Juegos Olímpicos, sino al Distrito XIII de París, en la margen izquierda del Sena. Entre sus más de treinta torres, cuenta con ocho rascacielos de 104 metros y 36 plantas que llevan los nombres de ciudades donde se han celebrado Olimpiadas, de ahí le viene el nombre que ha hecho suyo el cineasta francés. Se basa para ello en ‘Killing and Dying’, un libro con seis relatos gráficos del norteamericano Adrian Tomine, titulado en español ‘Intrusos’, y en su adaptación, llevada a cabo junto a las también cineastas Céline Sciamma y Léa Mysius, demuestra su gran categoría como guionista. Audiard, tras el resonante éxito aquí de ‘Un profeta’ en 2009 y la Palma de Oro para ‘Dheepan’ seis años después, bien merece estar de nuevo en lo alto del palmarés de Cannes.

Hallarse entre el público de la gran sala del Palacio del Festival, con dos mil espectadores “respirando” al unísono una película (aunque con mascarilla obligada, eso sí), supone algo que solo este certamen puede darte y donde quizá radica su mayor atractivo. ‘Les Olympiades’ ha sido recibida así, con una entregada atención y una potente ovación final. Se lo merece, porque es un auténtico retrato de nuestro tiempo el que el film nos ofrece, especialmente en el terreno amoroso y sexual, donde las relaciones cada vez resultan más complejas, no importa la frecuencia y la variedad con que se emprendan. Me decía un antiguo colega que la diferencia entre el cine clásico y el actual es que, en el primero, la historia terminaba cuando la pareja llegaba al beso o la cama, mientras que en el moderno arranca precisamente ahí… Hacer el amor, por decirlo de manera “poética”, no parece ser ya la solución de nada, sino un simple incidente en el camino.

Audiard da cauce a reflexiones así a través de la historia de tres personajes, dos mujeres y un hombre, que se entrecruzan en diversos momentos y circunstancias. Sin estridencias, con pulso muy firme y fluido y en el tiempo justo de proyección, ‘Les Olympiades’ nos va hablando de los mimbres de una sociedad occidental que deja mucho que desear, pero que es la que hay y no parece que vaya a cambiar de la mañana a la noche. También, como no podía ser menos, nos habla de la muerte entre los altos edificios y las calles de este Distrito XIII parisino, poblado básicamente por emigrantes asiáticos y africanos ya de segunda y tercera generación. El amor y la muerte siempre se entrecruzan, por algo el orgasmo es llamado en Francia desde el siglo XVI “la petite mort”, como Georges Bataille se encargaría de recordarnos…

"La historia de mi mujer", de Ildiko Enyedi

Si ‘Les Olympiades’ es una magnífica película, no se puede decir lo mismo de su acompañante en la Competición Oficial, ‘La historia de mi mujer’, de la húngara Ildiko Enyedi, que tiene la relativa originalidad de basarse en el diario de un capitán de barco mercante para sus casi tres horas de monótona narración. Caso interesante el de esta cineasta magiar, dada a conocer internacionalmente por su Cámara de Oro a la Mejor Ópera Prima en Cannes de 1989 para ‘Mi siglo XX’, desaparecida después durante décadas, hasta que hace cuatro años obtuviese el Oso de Oro de la Berlinale con la estupenda ‘En cuerpo y alma’. Lo que le falta precisamente en este caso, alma creativa, en un ejemplo de “europudding” que se diría ya desterrado de las pantallas. Y en el que no falta la inevitable Léa Seydoux, con nada menos que cuatro films en Cannes, muy bella pero que en ‘La historia de mi mujer’ insiste en sus típicos mohines y gestos seductores Esperamos que el talento de Ildiko Enyedi renazca al abordar temas más personales y cercanos.

Me resulta curioso que, al margen de en el epílogo de ‘Drive my Car’, no he visto ninguna película que evidencie que su narración trascurre en estos largos meses de pandemia. Lo hace, en cambio, el film en episodios ‘El año de la tormenta eterna’, en el que siete directores lo resumen cada uno a su buen entender, que no rebosa inspiración. Sus imágenes apenas valen para descubrir que al confinado políticamente Jafar Panahi le acompaña en su preciosa casa un enorme lagarto o que Apichatpong Weerasethakul, el otro cineasta más conocido que ha colaborado en el proyecto, asimila la expansión del virus con la de unos insectos sumamente invasores.


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 16 de julio de 2021).

 

Cannes 74, donde las segundas partes sí parecen mejores

 

Mientras España cambiaba de Gobierno, terminaba la Eurocopa y se propagaba la quinta ola, hasta que llegaron en su segunda mitad Drive my Car, de Ryûsuke Hamaguchi, y Tre piani, de Nanni Moretti, la Competición Oficial de Cannes no levantaba cabeza. Tras el fiasco de Leos Carax con su Annette, al que ya me referí en la primera crónica, el Festival presentaba un perfil muy bajo, por más que ciertos títulos como los franceses Tout s’est bien passé y La fracture, de François Ozon y Catherine Corsini respectivamente, ofreciesen aspectos interesantes. Situados ambos en ambientes médicos, lo que viene a ser una de las características del certamen de este año, quizá influenciado por una pandemia que, entre controles y rumores, no cesa de estar presente en la Croisette. También películas como la finlandesa Compartimento nº 6 o Lingui. Los lazos secretos, que denuncia la tremenda situación legal y social de la mujer en el Tchad, merecían consideración, pero el conjunto no remontaba el vuelo.

Incluso con films tan lamentables como la Benedetta de Paul Verhoeven, centrada en el caso real de una monja lesbiana en la Toscana del siglo XVII (Miguel Picazo lo hizo infinitamente mejor en Extramuros al abordar un tema similar); o Julie, en 12 capítulos, donde el noruego Joachim Trier efectúa un verdadero ejercicio de manipulación trazando de manera tramposa el retrato de una mujer a la que parece dar todo el protagonismo, pero desde la mirada del machismo intelectual y moral más absoluto. Tampoco un director de moda como el israelí Nadav Lapid, con un Oso de Oro de la Berlinale a sus espaldas, superó su exhibicionismo narcisista y gritón en la denuncia del régimen de su país para La rodilla de Ahed.


Así que tuvieron que venir el ya veterano Moretti y el japonés Hamaguchi, multipremiado en Festivales por sus diez largometrajes anteriores, aunque prácticamente inédito en España, para que mandasen parar… En el caso del autor de Caro Diario y La habitación del hijo (que se llevó la Palma de Oro en 2001), sin que siquiera Tre piani figure entre sus mejores obras, quizá por partir de un relato ajeno al cineasta como es la novela homónima del escritor israelí Eshkol Nevo y sentirse con ello no tan a su gusto como cuando trabaja sobre guiones propios. De ahí nace, posiblemente, un inicio débil y dubitativo del relato de tres familias burguesas y sus vecinos de un mismo inmueble de Roma, que va tomando fuerza a medida que vamos conociendo, cada cinco años, sus vicisitudes. Las heridas de la convivencia, abordadas por Moretti en aquella espléndida La habitación del hijo, quedan así al descubierto, con una esperanza de reconciliación todavía muy incierta.
Desde parámetros culturales y estilísticos opuestos y también basándose en un relato, en este caso del Murakami de “Hombres sin mujeres”, Hamaguchi se enfrenta a unos dilemas existenciales casi irresolubles, aunque igualmente la posible “salida” se deja en manos femeninas. Después de unos primeros tres cuartos de hora impresionantes, cuando se muestra la relación entre un actor y director teatral y su mujer, guionista televisiva, y previo paso –en ese momento tan tardío– por los títulos de crédito, Drive my Car se desplaza hasta Hiroshima, donde su protagonista debe montar “Tío Vania”, de Chejov, y es conducido a los ensayos por una conductora que acabará teniendo una dimensión fundamental en la trama. Intimista, delicada, sutil, llena de matices, la película pesa, sin embargo, por un exceso de metraje que llega a las tres horas, con inútiles insistencias. Drive my Car ha sido hasta ahora el título definitorio del certamen, aunque uno sospeche si tanto entusiasmo de los críticos no se debe a que la mayoría de ellos no suele ir al teatro y no saben que mucho de lo que Hamaguchi ofrece estaba ya en Chejov…

Fuera de la Competición han resaltado documentales como Babi Yar. Context, en el que Sergei Loznitsa vuelve a demostrar su maestría al tratar material de archivo, en este caso para referirse al asesinato de 33.771 judíos ucranianos por parte de las tropas alemanas en 1941. O Retour à Reims. Fragments, donde Jean-Gabriel Périot elabora una inteligente síntesis de la lucha de la clase obrera francesa durante más de un siglo. Y en el terreno de la ficción, merecen ser recordados dos films de la sección paralela Un Certain Regard: Lamb, un estupendo cuento fantástico centrado en el “peculiar” hijo de un matrimonio de granjeros islandeses; y el austriaco La gran libertad, con su protagonista homosexual que, por ello, pasa directamente del campo de concentración nazi a sucesivas cárceles hasta el inicio de los años 70.


(Publicado en "Turia" de Valencia, 16 de julio de 2021).