Las películas de nuestra vida

 

Dice Martin Scorsese que las dos películas que más le han influido como cineasta son Ocho y medio, de Federico Fellini, y Peeping Tom, de Michael Powell, largo tiempo prohibida en España y que se estrenó con el tremendo subtítulo de El fotógrafo del pánico. Muy dado a elaborar listas de todo tipo sobre sus films preferidos, lo que proviene, según él, de un deseo didáctico para que sean conocidos por los espectadores más jóvenes, la elección de estas dos obras de la década de los 60 tiene su justificación: “Siempre he sentido –señala Scorsese– que Peeping Tom y Ocho y medio dicen todo lo que puede decirse sobre el hecho de hacer cine, sobre el proceso de aunar en una película la objetividad y subjetividad de la misma y la confusión entre ambas”. Porque Ocho y medio captura el disfrute de hacer películas, mientras que Peeping Tom muestra la agresión que subyace en ellas, de qué manera y hasta qué punto viola una cámara. Al estudiarlas, puedes descubrir todo acerca de las personas que se expresan a través del cine”.

Palabras dignas de reflexión por parte de uno de los autores decisivos del cine norteamericano contemporáneo, me inducen a una idea que ofrezco a Pau Vergara: proponer a los lectores de la Turia que nos comuniquen cuáles han sido las dos o tres películas de su vida, españolas o extranjeras. No es cuestión de elaborar otro listado para discernir “las películas más importantes de la historia del cine”, sino de traer a la memoria aquellas que hayan supuesto un impacto especial en nosotros por causas que pueden ser variopintas, incluso dependiendo en ocasiones de cuándo, dónde y con quién las hemos visto. Se trata, en definitiva, de una encuesta pública para diseñar la “crónica sentimental” de generaciones de espectadores ante unas pantallas siempre mágicas o generadoras de conocimiento. Ya verán cómo casi siempre la elección de unos determinados títulos va unida a la música que acompañaba a aquellas imágenes imperecederas para cada uno, dotando así de pleno sentido a su lenguaje audiovisual.

Para dar “ejemplo”, me lanzaré a decirles las dos películas que más me han influido para llegar a la apasionada tarea a la que me dedico: Mi tío y Muerte en Venecia. La de Jacques Tati porque supuso el descubrimiento de que el cine podía ser otra cosa que los films de aventuras, “del Oeste” o de pura distracción que solíamos ver en programas dobles las tardes en que no había colegio. La de Luchino Visconti porque refleja como ninguna la búsqueda del cine por conseguir ser un arte total y, sobre todo, por el infinito deseo de belleza que Tadzio sugería con su brazo extendido hacia el horizonte. Pero que, al mismo tiempo, denotaba que nunca seremos capaces de abarcarla en toda su irresistible plenitud.

¿Se animan al juego? Puede ser no solo divertido…


(Publicado en "Turia" de Valencia, marzo de 2022).


Moscú no cree en las lágrimas

 

Era el título de una película soviética de 1979, gran éxito en su país y que trascendió las fronteras al recibir al año siguiente el entonces llamado Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa. Gracias a este premio se estrenó en casi todo el mundo, también en España, con un cierto reconocimiento crítico, hoy ya olvidado. Moscú no cree en las lágrimas era un largo melodrama centrado en tres mujeres jóvenes que llegan a la capital en busca de realizar sus sueños, en gran parte incumplidos. El también actor Vladimir Menshov la dirigió con eficacia, basándose sobre todo en el encanto interpretativo de su esposa, Vera Alentova, en el papel protagonista. Una pareja rota al fallecer él a consecuencia del covid en julio del pasado año.

Pero, como cabe suponer, no me refiero a este film para hablar de él, sino por utilizar su título para abordar la criminal invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin. Y, dentro de las características de esta sección, deseo rendir un sincero homenaje a los cineastas ucranianos, que seguro que están filmando los sucesivos pasos de la barbarie emprendida desde el Kremlin. Un terreno, el del documental, donde las y los jóvenes profesionales han destacado sobremanera en los últimos años, especialmente a partir de la revuelta del Maidán, cuyo desarrollo testimoniaron de forma muy eficaz.

Tienen un maestro en el que fijarse, Sergei Loznitsa, cuyos trabajos le han ido convirtiendo en figura de referencia dentro de las cinematografías del Este de Europa. Sus documentales de montaje sobre uno de los más significativos Procesos de Moscú en los años 30 (El proceso), los funerales por la muerte de Stalin (Funeral de Estado) o el exterminio de judíos por parte de los nazis en los alrededores de Kiev (Babi Yar. Contexto) se conjugan con títulos de ficción (En la niebla) o que fusionan uno y otro género, caso de Donbás, premiada por la sección paralela Una cierta mirada del Festival de Cannes de 2018 y que logró el máximo galardón del de Sevilla.

Pero Ucrania ya se relacionó históricamente con nombres ilustres, como los de Dziga Vertov o Aleksandr Dovjenko, adscritos a la etapa más fértil del cine soviético. Porque hasta la caída de la URSS, las producciones de sus distintas repúblicas se confundían con las creadas y, sobre todo, financiadas desde Moscú. Así fue hasta que el conflicto de las zonas separatistas del Donbás, que Rusia apoyó decisivamente, interrumpiese el grifo financiero de esta producción y el cine ucraniano quedara a expensas de sus propios recursos, que no eran muchos y circunscritos casi siempre –como queda dicho– al documental. También se secaron entonces los ingresos y puestos de trabajo generados por películas y series cuya trama tenía lugar en Moscú, pero que se rodaban en Kiev para abaratar costes, a la manera en que los norteamericanos hacen con Nueva York y Toronto.

Todo puede quedar arrasado en muy breve tiempo por la furia nacionalista de Putin. Realmente, Moscú no cree en las lágrimas.


(Publicado en "Turia" de Valencia, marzo de 2022).


Pasolini y el cine: Los desafíos de la realidad

 

Si hay una figura definitoria de la segunda mitad del siglo XX, es sin duda la de Pier Paolo Pasolini. Todas las constantes de ese periodo y sus profundas contradicciones, todo cuanto supuso la crisis cultural sobrevenida en la Italia de la década de los 60, y en el conjunto de Europa, se resumen en la personalidad de este “marxista y católico echado a perder”, como le gustaba definirse. Poeta, novelista, dramaturgo, ensayista, polémico por excelencia en sus actitudes cívicas, incluso dibujante y pintor, sin embargo su nombre sería conocido básicamente por el cine. Un medio, “un lenguaje” diría él, al que aportó una docena de largometrajes de ficción, además de episodios para films diversos, cortometrajes, guiones e incluso trabajos como actor.

“Durante el rodaje de su primera película, Accattone, Pasolini se descubrió inventando el cine, con la furia y la naturalidad de quien, teniendo entre sus manos un nuevo instrumento expresivo, no puede dejar de adueñarse de él totalmente, anular su historia, darle nuevos orígenes, beber de su esencia como en un sacrificio. Yo era su testigo”. Y lo era Bernardo Bertolucci porque fue su discípulo y el ayudante de dirección de aquella “opera prima” pasoliniana de 1961, cuando le veía como un Griffith de su tiempo. Quizá no era para tanto, pero el ahora cineasta sí quería resucitar aquel neorrealismo que tanto le impactó en las sesiones de cine-club de su Bolonia natal, cuando se quedó fascinado por Roma, città aperta o Ladrón de bicicletas.

Bernardo Bertolucci con Pasolini en los días del rodaje de "Accattone"

Desde ese momento, Pasolini se batiría a cuerpo descubierto con la noción de realidad y de cómo afrontarla para ser fiel lo más posible a ella. “El cine es, a través de la reproducción de la realidad, el momento escrito de esa realidad”, sostuvo con firmeza, igual que mantuvo que “solo hay una cosa esencial en una buena película: el hecho de que en la pantalla pase algo real”. Pero no nos equivoquemos, en un autor tan exigente consigo mismo, ese desafío que le planteaba la realidad no se tradujo en un realismo plano ni en un naturalismo costumbrista. Tampoco en Mamma Roma, su segunda película, que seguía senderos similares a Accattone en su descripción del subproletariado y que nos regaló una interpretación memorable de Anna Magnani, pese a las desavenencias que director y actriz mantuvieron.

Dos ideas básicas considero que contribuyen de forma decisiva a que Pasolini trascienda tal noción de realismo: un sentido de la espiritualidad, “cuasi” religiosa, que se expresa en el destino de personajes como el hijo de Mamma Roma o, por supuesto, el Cristo de El Evangelio según Mateo (que la censura española santificó en el título), así como en su frecuente utilización de música sacra para acompañar imágenes descarnadas. La otra idea se centraría en su defensa apasionada del “cine de poesía”, entendiendo como tal el que privilegia el estilo frente a un “cine de prosa”, donde el protagonismo corresponde a la narración, al relato.

Terence Stamp y Pasolini, durante la filmación de "Teorema"

De ahí que, desde ambos conceptos, no resulte extraño que dentro de sus deseos continuos de emprender nuevos caminos en busca de la realidad, recurriera o bien al mito clásico en Edipo, el hijo de la fortuna (1967) y Medea, de dos años después; o bien a la parábola de carácter social, caso de Teorema, una de sus obras clave, con la que logró su primer éxito de público, y Porcile, su film más oscuro e impenetrable, realizados cuando la década iba finalizando. Precedidas por otras parábolas aparentemente más ligeras pero no menos ideológicas, como Pajaritos y pajarracos y sus episodios epígonos La Terra vista dalla Luna y Che cosa sono le nuvole?, donde enlazaba con la tradición popular gracias a la figura emblemática de Totò y la mezclaba con el juego interpretativo de Ninetto Davoli, su actor fetiche.

Entre título y título de ficción y bajo su principio, acertado, de que “el documental es siempre subjetivo”, Pasolini va desgranando una serie de trabajos de mayor o menor dimensión. Surgirán así Comizi d’amore, en 1964, sobre los hábitos sexuales de los italianos; su cuaderno de notas a propósito de localizaciones en Palestina, Sopralluoghi in Palestina; o los Appunti referidos a la India y África, este último en busca de escenarios para la tragedia de Esquilo (Appunti per un’Orestiade africana, en 1970). Siempre con una sempiterna preocupación por el entonces llamado “Tercer Mundo”, que consideraba tan cercano a sus queridos suburbios romanos, en contraposición al incesante consumismo que veía apoderarse de Occidente.

Llega un nuevo giro en la trayectoria pasoliniana al adentrarse en la Trilogía de la Vida, que compusieron El Decamerón, I racconti di Canterbury y Las mil y una noches entre 1971 y 1974, con un Pasolini también frente a la cámara para encarnar a un discípulo del Giotto o al mismísimo Geoffrey Chaucer, autor de la segunda de estas obras. Pasamos aquí de Tánatos a Eros, en una celebración del erotismo, el sexo y, en definitiva, la alegría de vivir pese a los peores amenazas interiores y exteriores. El primitivismo, casi la ingenuidad primigenia de Pasolini al llevarlas a la pantalla, caracteriza una trilogía que causó no pocos debates e incluso escándalos un tanto farisaicos.

Pasolini, en un ensayo del rodaje de "Saló o los 120 días de Sodoma"

Como no podía ser menos, acabó abjurando de ella y, en una radical vuelta de tuerca, se lanzó a un film marcado por la desesperación y la más absoluta negrura: Saló o los 120 días de Sodoma, adaptando el texto y el espíritu del marqués de Sade a la República ideada por el fascismo italiano, en la que la realidad era pura apariencia fantasmagórica. Regresemos a Bertolucci para finalizar, cuando, al referirse a su mentor, hablaba de que “sus metamorfosis no conocieron pausa alguna. Pasó de la sagrada frontalidad de su estilo primitivo al manierismo desagarrado y docto de su propio lenguaje, hasta llegar a las visiones atroces y sublimes de Saló”. Fue así Pasolini un cineasta irrepetible, cerrado en sí mismo, testigo privilegiado de una época convulsa que acabaría incluso con su propia vida.


(Publicado en "El Cultural", 25 de febrero de 2022).


Desde Valencia, con tantísimo amor

 

Fernando León de Aranoa, con su Goya por "El buen patrón"

Aunque su récord de veinte nominaciones se tradujo solo en seis Goyas, no hay duda de que la gran triunfadora de los premios de este año ha sido El buen patrón, en lo que coincide con las preferencias de los críticos de la Turia. Lograr los galardones de Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Original y Mejor Actor, además de los correspondientes a Montaje y Música, denotan la clara superioridad del film de Fernando León de Aranoa. Tampoco Maixabel vio cumplidas sus expectativas, pues de catorce candidaturas se quedó en tres victorias, todas ellas centradas en el capítulo interpretativo. Pero, sin duda, la máxima perdedora fue Madres paralelas, al no concretar ni un solo reconocimiento entre los ocho posibles, ni siquiera el que parecía más seguro, el de Penélope Cruz, aspirante, eso sí, al Oscar de Hollywood.

Fue una ceremonia sin apenas garra ni imaginación la del pasado sábado en el Palau de les Arts valenciano durante sus tres horas y cuarto de duración. De hecho, los momentos más estelares no procedieron –en mi opinión– de los premiados por sus trabajos en 2021, sino que tuvieron otro origen: la extraordinaria interpretación que Luz Casal hizo de “Negra sombra” mientras se rememoraba a los fallecidos durante el año; las palabras de la cineasta afgana Sahraa Karimi, pidiendo que no se reconociera a un régimen terrorista y represivo, especialmente con las mujeres, como el de los talibanes, y el discurso de agradecimiento de José Sacristán por su Goya de Honor, en el que mostró su dominio sobre qué y cómo ha de decirse desde un escenario. Ah! de Berlanga, pese a lo anunciado, muy poquito.

El imparable temblor corporal de la compositora Zeltia Montes al recibir su galardón por El buen patrón, el recurso de dar imagen a personas cercanas a cuantos aspiraban a ser considerados Actriz y Actor Revelación, así como el hábil discurso del Presidente de la Academia, Mariano Barroso, al introducir en él sucesivos recuerdos a Almudena Grandes, Mario Camus, Verónica Forqué y Pilar Bardem, merecieron quedar en la retina. Sin olvidar ese gesto semiclandestino de Pedro Almodóvar animando a que el auditorio se pusiera en pie y ovacionara a Cate Blanchett (que inauguraba la categoría de Goya Internacional), al fin y al cabo la protagonista de su próxima película, Manual para mujeres de la limpieza, basada en el libro de relatos de Lucia Berlin.

Foto de grupo con galardonados en los Goya 2022

En definitiva, un acto que, como sugirió Blanca Portillo en su inacabable retahíla de amores varios, pareció muy influenciado por la cercanía de San Valentín. Tantas declaraciones amorosas a tirios y troyanos, a madres, hijos, esposas y demás familia, integrantes de los equipos y compañeros de profesión acabaron por ser más bien insufribles. Ya sabemos que todo el mundo tiene su corazoncito, pero tampoco hay que ir enseñándolo por doquier en una ceremonia que tiende a ser endogámica, con sus asistentes demasiado encantados de haberse conocido. Al menos, en apariencia…


(Publicado en "Turia" de Valencia, febrero de 2022).


Macrocifras y microcifras

 

Pues resulta que, mediado el pasado mes de enero, los accionistas de Netflix se llevaron un gran sofoco porque la compañía había cerrado el ejercicio 2021 con un beneficio neto de ¡solo! 5.116 millones de dólares, unos 4.500 millones de nuestros euros, duplicando casi el del año anterior. Estaban muy cariacontecidos los pobres porque había descendido el ritmo de suscripciones: ¡solo! 18,2 millones de nuevos abonados, cuando en el año más duro de la pandemia, con la gente confinada en casa, se había logrado más de 36 millones de suscriptores. Como la previsión es que se capten ¡solo! unos dos millones y medio de usuarios en el primer trimestre de este 2021, no es extraño que los accionistas corrieran despavoridos y la compañía sufriese un descenso en Bolsa superior al 20%. Total, los 221,8 millones de abonados con los que ¡solo! cuenta Netflix los tiene cualquier plataforma de medio pelo… ¿Quién había dicho que el capitalismo no es insaciable?

"Spider-Man: No Way Home"

Y hablando de macrocifras, no están mal los 1.700 millones de dólares que lleva recaudados hasta ahora la última entrega de Spider-Man, de los cuales cerca de 30 millones corresponden al mercado español. Y eso que todavía no se ha estrenado en China, lo que multiplicará la cantidad. Frente a ello, poco pueden hacer las películas independientes, cada vez más reducidas a ser un mero acompañamiento de los estrenos semanales. A ellas les pertenecen las microcifras del Box Office, las que raramente superan los mil espectadores por pantalla en cada fin de semana. Si el público, salvo el más joven de los superhéroes y los efectos digitales próximos al videojuego, sigue muy renuente a entrar en las salas (menos de medio millón de espectadores en España el pasado finde), nuestros distribuidores independientes tienen cada vez más difícil amortizar sus adquisiciones y seguir en la pelea.

"Drive my Car"

Pero que nadie tire la toalla ni se rinda antes de tiempo. Aviso de que vienen a los cines unos excelentes títulos que deberían motivar al espectador mínimamente cinéfilo. ¿Quieren algunos de ellos, ya proyectándose u otros dentro de muy poco? Pues ahí van: Drive my Car, de Ryûsuke Hamaguchi, máxima favorita al Oscar a la Mejor Película Extranjera; El acontecimiento, de Audrey Diwan, León de Oro en la última Mostra de Venecia; Un héroe, de Asghar Farhadi, que tanto destacase en el pasado Cannes, lo mismo que París, Distrito 13, de Jacques Audiard; En un muelle de Normandía, tercera incursión tras la cámara del gran novelista Emmanuel Carrère, con una impresionante Juliette Binoche; o dos películas belgas de fuerte contenido social, ya sea por su tratamiento del acoso escolar, Un pequeño mundo, de la debutante Laura Wandel, o de la bipolaridad, Un amor intranquilo, de Joachim Lafosse, bien experimentado en el tema de las duras relaciones de pareja. Todas ellas de distribuidoras independientes, aunque, además de sus “blockbusters”, alguna multinacional también ofrece films de notable calidad, como Universal con Belfast, de Kenneth Branagh, y Licorice Pizza, de Paul Thomas Anderson. Como ven, hay margen para la esperanza del cine en salas, no desaprovechen esta oportunidad de oro.


(Publicado en "Turia" de Valencia, febrero de 2022).

El cine como una de las Bellas Artes

 

Edificio de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando 

Desde que, en su Manifiesto de las Siete Artes, el escritor italiano Ricciotto Canudo incluyese al cine como la séptima de ellas, considerándolo un “arte plástico en movimiento” que fusionaba a las restantes, ha pasado más de un siglo y la idea ha adquirido plena carta de naturaleza. Ya pocos discuten esta valoración que el futurista Canudo lanzó entonces no sin polémica, aunque algunos “ortodoxos” todavía continúen poniéndola en cuestión.

Que la muy prestigiosa Academia de Bellas Artes de San Fernando, hija de las ideas de la Ilustración, haya acogido en su seno al cine significa que esa antigua mentalidad prácticamente ha desaparecido. No lo ha hecho ahora, sino desde 2004, cuando se creó la sección de Nuevas Artes de la Imagen, que alberga también a la fotografía o el diseño. Y, dentro de ella, procedentes del campo cinematográfico han sido académicos Berlanga y Borau, como también en la actualidad Josefina Molina, Manuel Gutiérrez Aragón y Román Gubern, además de Arantxa Aguirre y quien esto firma, que acabamos de entrar. No lo hizo finalmente José Luis Cuerda, porque fue elegido pero no llegó a leer su discurso, trámite obligado para el ingreso oficial. Exigencia no debida a una pura cuestión formal, sino porque ese discurso supone la presentación del recién llegado ante sus ilustres colegas y, en cierta manera, denota cuál va a ser su papel en la Academia.

Durante la lectura del discurso de ingreso

En mi caso, el discurso ha llevado por título El fuego sagrado. Un itinerario personal y se refiere a mi relación con el cine desde prácticamente la infancia. Tras abordar mi trayectoria periodística y crítica en Nuestro Cine, Triunfo, La Calle o este mismo querido Fotogramas, me detengo en la decisiva experiencia de dos décadas como responsable del Festival de Valladolid hasta mi incorporación al ICAA en enero de 2005. Pero si hay algo que centra el sentido del texto es una serie de consideraciones sobre la crítica cinematográfica, además de proponer un Decálogo nada dogmático ni grandilocuente sobre cómo llevarla a la práctica con una cierta coherencia y respeto hacia las obras analizadas. Labor en la que los críticos españoles han carecido de auténticos referentes, debido a la represión o al exilio de quienes podrían haber desempeñado ese engarce entre generaciones.

Elogio y defensa de la crítica de cine, título ese apartado básico de mi discurso, cuya ambición es, ante todo, servir de punto de partida para un debate posterior. Igual que el que, sobre patrimonio, creo que va a interesar de manera particular a mis cincuenta y cinco compañeros académicos, procedentes de diferentes terrenos artísticos como la pintura, la escultura, la arquitectura o la música. Mostrar, por ejemplo, cómo Filmoteca Española (en cuanto ejemplo máximo de las Filmotecas existentes) es la conservadora del patrimonio cinematográfico de nuestro país y, por tanto, tan merecedora de apoyo y recursos como las instituciones que protegen el patrimonio literario, plástico o musical, me parece una labor digna de ser desarrollada en la sección de Nuevas Artes de la Imagen. Donde, por el extremo opuesto pero no contradictorio, debe prestarse máxima atención a las expresiones más creativas y renovadoras que vayan surgiendo en este fértil territorio.

Contra lo que suele creerse en demasiadas ocasiones, la Academia de Bellas Artes es un centro vivo, dinámico, inclinado a mostrar lo mejor de cada disciplina en cada momento. Según le gusta señalar a su Director, el gran músico Tomás Marco, junto a significar un honor y un motivo de satisfacción personal, a la Academia se llega para trabajar en favor de una valía y una diversidad artísticas que conecten con aquellos que van a disfrutarla; es decir, con los ciudadanos de un país que se sienta responsable de su cultura. No podía ser de otra manera cuando sus paredes se hallan impregnadas por el espíritu de alguien como Francisco de Goya, allí donde se formó y donde se atesoran muchas de sus obras más representativas.

 
Tras recibir el Diploma y la Medalla de Académico

(Publicado en la sección "La firma invitada" de "Fotogramas" número 2.140, febrero de 2022).

El crepúsculo de las diosas

 

Pocas vidas tan inestables como la del actor. Siempre pendientes de que alguien los elija, de que un productor, un director o un agente se fije en ellos o ellas para llevar adelante su vocación. El paro en la profesión es inmenso, solo las primeras figuras tienen asegurada una cierta continuidad que tampoco sucede siempre. Cuando se escuchaba a todo un Fernán-Gómez confesar que en numerosas ocasiones estaba pendiente de que el teléfono sonara, cuando incluso los más grandes han sufrido profundo baches en sus carreras, no hay duda de que se trata de un oficio muy peculiar. Inestabilidad que viene a sumarse a la ya bastante paradójica labor de pasarse media vida haciendo de otro que no es uno mismo.

Verónica Forqué

Dentro de esas características de su trabajo, me parece especialmente preocupante la subida al estrellato de las actrices jóvenes, las que se ven encumbradas en el principio de su carrera y creen que a partir de ahí se abre ante ellas un eterno camino de vino y rosas. Y me refiero a las actrices más que a los actores porque ellas lo tendrán más difícil al pasar los años, en el momento de que dejen de ser “jóvenes” y sientan que los mejores papeles ya no les llegan, que no hay apenas personajes femeninos interesantes en los guiones recibidos, que la edad es una dura barrera que pocas consiguen franquear sin estrellarse. Lo peor es que, en aquellos días de éxito, nadie les preparó para su declive, nadie les puso sobre aviso de lo que podría sucederles, o quizá han hecho oídos sordos a las advertencias. Surge entonces la depresión o el abandono personal y profesional.

Pensaba en ello con motivo del triste adiós a la vida de Verónica Forqué. Similar a la experiencia de muchas otras compañeras que, con una salida menos trágica, han ido constatando cómo su trayectoria declinaba sin cesar. Sucede también con los deportistas, pero los más inteligentes o mejor aconsejados suelen desarrollar una actividad paralela, ya sea mediante estudios, negocios o inversiones bien planteadas. Además de que resulte frecuente que su carrera siga ligada a la actividad que practicaron, como entrenador, técnico, directivo o responsable de algún área específica. Pero, ¿cuántas actrices que lograron pronto la fama han pasado a ser realizadoras, técnicas, representantes o similares? Pueden contarse con los dedos de las manos, y no siempre los resultados han sido los apetecidos.

"El crepúsculo de los dioses", de Billy Wilder (1950) 

Ya Billy Wilder lo reflejó genialmente en El crepúsculo de los dioses a través de su Norma Desmond, la célebre actriz del cine mudo que se resiste a aceptar que su estrellato ha terminado con el sonoro, porque –afirma– “yo soy grande, pero las películas de hoy ya no tienen grandeza”. Sumirse en pensamientos nocivos similares, obsesionarse con ellos frente a la realidad, solo conduce al agujero negro de la autodestrucción. Traten de evitarlo a toda costa y disfruten, si les dejan los virus, de estas inciertas Navidades.


(Publicado en "Turia" de Valencia, diciembre de 2021).