Ruben Östlund divierte con una comedia crítica

 

"Triangle of Sadness", de Ruben Östlund

No es nada habitual ver y oír a los más de dos mil espectadores de la Gran Sala Lumière, sede de la Sección Oficial de Cannes, reírse al unísono con una película. Lo ha conseguido Ruben Östlund con su Triangle of Sadness, título que se refiere al llamado “triángulo de la tristeza”, el espacio entre los dos ojos tan propicio a las arrugas. Pero nada de tristeza hay en el film de quien ya ganase Cannes en 2017 con The Square, ácida sátira sobre el mundo del arte contemporáneo, tras haber triunfado tres años antes en la sección paralela Un Certain Regard con Turist. Más volcado ahora el cineasta sueco hacia un humor crítico, y algo grueso, que pone en solfa a sus numerosos personajes, reunidos en un crucero de lujo, sometido a incidencias diversas.

Si hay algo que Óstlund domina es el retrato de la estupidez humana actual, ya sea en el mundo de la moda, de las y los “influencers” o de magnates rusos y fabricantes de armas. El microcosmos que encierra Triangle of Sadness tiene el contrapunto de un capitán, interpretado por Woody Harrelson, demasiado aficionado a la bebida y que se entrega a toda una disputa dialéctica a base de citas de Marx y Lenin con un viajero ruso bañado en millones.

Lástima que en su tercio final, a partir de un momento que no desvelaré para no fastidiar a los lectores y futuros espectadores, la película pierde aliento y gracia. Ello le quita posibilidades de cumplir del todo su objetivo, aunque el público la ha recibido en la Lumière con un aplauso mayor que en cualquier otra proyección previa. No es nada fácil encontrar comedias en la programación de un Festival para dejar pasar la oportunidad de reírse así de bien en una mañana de domingo.

"La sombra de Goya por Jean-Claude Carrière", de José Luis López-Linares

En la que todavía guardábamos en la retina las pinturas, grabados y murales que hemos tenido ocasión de repasar en La sombra de Goya por Jean-Claude Carrière, del experto documentalista y director de fotografía José Luis López-Linares, que ha ofrecido la sección Cannes Classics. Teniendo a Luis Buñuel como tercer personaje junto a Goya y Carrière, son las reflexiones de este sobre la obra del pintor lo que nos interesa sobremanera en un largometraje donde las demasiado breves palabras de Carlos Saura poseen también valor especial. El guionista francés falleció poco después de haber grabado su parte, que todavía iba a ser más extensa, pero resulta suficiente para potenciar unas imágenes que siguen vivas e impresionando a cuantos se acercan a ellas.

El odio feroz entre una hermana y un hermano que Arnaud Desplechin describe en un tono excesivamente alto domina Frère et Soeur, en competición, por la que el director francés ha tenido una recepción menos calurosa de lo habitual. Aunque la verdad es que el film no deja de ser uno más de los ya muchos, demasiados, de Desplechin en Cannes. Igual que suele ser visitante adicta de este certamen Mia Hansen-Love, cuyo Un beau matin ha recalado en la Quincena de Realizadores para contar la consabida relación de pareja con hombre casado y dubitativo. Pero con la variante fundamental de que ella tiene que cuidar de su padre, víctima de un proceso neurovegetativo irremediable y que le ha dejado ciego.

Si a ello sumamos Plan 75, en Un Certain Regard, una distopía japonesa donde los mayores de 75 años son obligados a la eutanasia para evitar los gastos sociales, entenderán el motivo de que reírnos con Triangle of Sadness haya venido como agua de mayo. Nunca mejor dicho.


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 23 de mayo de 2022).

 

 


Se inicia la participación española en Cannes

 

Mientras las aguas bajan muy revueltas en el cine español a causa del Proyecto de Ley del Audiovisual, en el que productores independientes y mujeres cineastas consideran que el PSOE no ha sido fiel a sus promesas, en Cannes se ha abierto el turno para la presencia de nuestro cine, bastante más nutrida que en la mayoría de las ediciones. No tan revuelta, pero es precisamente El agua la película que ha roto el fuego en la Quincena de Realizadores, con una historia muy a ras de tierra y con el aire de la localidad alicantina donde se desarrolla, Orihuela. No es casual citar los cuatro elementos de la materia al hablar de esta “ópera prima” de Elena López Riera, después de haber transitado el terreno del cortometraje con notable éxito, e incluso haber ganado en Locarno en 2018 con uno de los tres que dirigiese, Los que desean, y con otro, Pueblo, haber participado ya en 2015 dentro de esta misma Quincena.

"El agua", de Elena López Riera

Pertenece El agua a una tendencia del actual cine español que se extiende como mancha de aceite por toda nuestra cinematografía: temáticas muy locales, habitualmente referidas a zonas rurales o núcleos de población que no son las grandes ciudades, personajes infantiles o adolescentes, mezcla de documental y ficción y mayoría de actrices y actores no profesionales. Cuentan con el respaldo de los Festivales y los críticos, pero no de los sectores de distribución y exhibición, simplemente porque el público mayoritario no acude a ver estas películas. Sí lo hace cuando se trata de una obra cuya calidad artística está más allá de las etiquetas y las corrientes dominantes, como es el caso de Alcarràs, éxito de espectadores y, por tanto, de recaudación. Le cuesta mucho más cuando no logra llegar a ese nivel, como me temo que sucederá con El agua en su acercamiento a la leyenda secular de que el río se lleva a jóvenes mujeres para hacerlas suyas.

"Boy from Heaven", de Tarik Saleh

Fue una notable sorpresa cuando el desconocido cineasta sueco, de origen egipcio, Tarik Saleh, se llevó con su segundo largometraje, El Cairo confidencial, la Espiga de Oro de la Semana de Valladolid de 2017. Y no solo eso, sino también el Premio a la Mejor Dirección y al Mejor Guion, en una confirmación de que había sido lo que suele llamarse “la película del Festival”. Regresa ahora a la palestra con Boy from Heaven, con el mismo actor protagonista, Fares Fares, pero donde ya no aborda un problema de corrupción policial como en aquella ocasión, sino de lucha de poderes entre la religión y el Estado a propósito de la elección de un nuevo Gran Imán de la Universidad Al-Azhar cairota, instititución de referencia para todos los musulmanes sunitas. La infiltración gubernamental con el fin de evitar el creciente peso de los Hermanos Musulmanes en el centro mediante un alumno que es progresivamente manipulado en su papel de informador de la policía, supone el núcleo de una película que, pese a su voluntad de introducirse en los círculos de poder de uno y otro signo, no posee la garra de El Cairo Confidencial y resulta algo elemental en su desarrollo.

Autocalificado de “integrista del cine”, Tarik Saleh no duda en afirmar que “Cannes es La Meca del 7º Arte” y que, por lo tanto, se siente aquí “lo más cerca del Paraíso que se puede estar”… No diría yo tanto bajo un sol inclemente y un calor mucho más que primaveral, incrementado por el humano que proporcionan los miles de visitantes que, en el fin de semana, no quieren dejar de darse una vueltecita por este presunto “Paraíso”.


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 22 de mayo de 2022).

 


"Mariupol 2" estremece con el horror sonoro de la invasión

 

Todavía más que las imágenes de destrucción de Mariupol 2, lo que estremece en este documental de urgencia sobre la criminal invasión de Ucrania son sus sonidos. La incesante tormenta de los misiles, las bombas, los tanques y las ametralladoras supone una trágica sinfonía sonora que penetra en el espectador, al tiempo que vemos surgir incendios aquí y allá y sus humaredas surcan el cielo. Testimonio del horror, es un film que remueve la conciencia de cualquier espectador mínimamente sensible.

Máxime cuando se sabe que quien filmó este documento audiovisual, el cineasta lituano Mantas Kvedaravicius, falleció en un ataque ruso al intentar salir de Mariupol. Por lo que, con infinito valor, ha sido su compañera de equipo y de vida, Hanna Bilobrova, la que ha reunido el material y lo ha editado en colaboración con la montadora Dounia Sicho hasta llegar a un largometraje en bruto de una hora y tres cuartos. Que se sitúa básicamente en una iglesia evangelista, donde se refugia gente mayor y niños cuyas casas han quedado destruidas o sometidas al fuego enemigo. La supervivencia, la elaboración de una sopa reconfortante o el agradecimiento por haber podido dormir una noche con cierta tranquilidad, componen este retablo humano de lucha por seguir existiendo. Y cuando esa existencia ya ha desaparecido, comprobamos que esos cuerpos tirados en el suelo no son figurantes bien colocados por un ayudante de dirección, sino cadáveres de verdad que hay que enterrar antes de que empiecen a descomponerse…

"Armageddon Time", de James Gray

Ante esta cruel realidad de cada día, cualquier ficción palidece, aunque sea de la entidad de Armageddon Time, donde el norteamericano James Gray (autor de títulos remarcables como La noche es nuestra, Dos amantes o El sueño de Ellis) se retrotrae hasta su propia adolescencia para ahondar en ese cine de conflictos éticos que le es propio. Partiendo de la convicción de que desde unos hechos pequeños y locales puede llegarse a conflictos universales, Grey supera una primera parte demasiado próxima a consabidas películas de “iniciación a la vida”, ambientes escolares y disputas familiares, para llegar al terreno donde realmente se siente a gusto: el de la tensión dramática, con secuencias tan valiosas como la del interrogatorio de los dos muchachos, el del conflicto donde hay que apostar por actitudes que marcarán la vida de sus personajes. Ahí ya encontramos temas mayores, como el racismo, la supremacía de las élites, la adscripción o no a un mundo que pretende salvarse de ese apocalíptico “tiempo de Armageddon” que Ronald Reagan no dudó en vaticinar para el futuro de Estados Unidos.

"Eo", de Jerzy Skolimowski

Quien sí sufre la violencia y el despotismo de nuestro mundo es el burro protagonista de Eo, la película con la que Jerzy Skolimowski vuelve al cine después de más de una década, pero con similar vigor “vanguardista” con el que encabezó el “Nuevo Cine Polaco” de los 60. Ahora con unos 84 años que le convierten en el realizador más veterano en competir en esta edición de Cannes, ha elaborado una especie de fábula, de cuento moral en homenaje a su precursora Au hasard Balthazar, que Robert Bresson crease con maestría. Las singulares imágenes de Eo nos remiten también inevitablemente al recuerdo escolar tantas veces memorizado de que “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos…”, según inmortalizó Juan Ramón Jiménez. No solo James Gray ha traído hoy a Cannes su memoria de las aulas.


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 21 de mayo de 2022).


El Festival de Cannes realza su 75 Aniversario

 

Entre las veintiuna películas que compiten dentro de la Sección Oficial del 75 Festival de Cannes, cuatro pertenecen a realizadores que ya saben lo que es ganar la Palma de Oro: Tori et Lokita, de los Hermanos Dardenne, que la obtuvieron en dos ocasiones; y una vez, R.M.N., de Cristian Mungiu; Triangle of Sadness, de Ruben Östlund, y Broker, el film que Hirokazu Kore-eda ha rodado en Corea del Sur. Junto a ellos, otros directores que han figurado en distintos apartados del Palmarés, como Jerzy Skolimowski (el más veterano de los concursantes, con sus 84 años), David Cronenberg, James Gray, Park Chan-Wook, Arnaud Desplechin o Kirill Serebrennikov, exiliado de la Rusia de Putin y decidido opositor suyo. Puede comprobarse con tales nombres que Cannes apuesta fuerte para celebrar nada menos que sus tres cuartos de siglo de existencia, que se dice pronto. Aunque la presencia de mujeres cineastas continúa siendo débil, solo cinco, y una de ellas compartida, frente a la quincena de colegas masculinos que van a concursar.

Dentro de una edición que vuelve por sus fueros y por sus fechas habituales de mayo, pasada por decreto-ley una pandemia que obligó a suspender el Festival de 2020 y pasar a julio del pasado año una versión reducida. Ahora ya han regresado los enormes gentíos, las largas filas de espera –pese a que, además de la acreditación, todo el mundo tiene que sacar previamente una entrada–, la multiplicidad de secciones y subsecciones más allá de las tres paralelas habituales, Un Certain Regard, la Semana de la Crítica y la Quincena de Realizadores, elaboradas con los títulos que les deja la Selección Oficial.

Un inagotable panorama de imágenes donde el cine español cuenta en esta 75 edición con más representación que en la mayoría de las ocasiones. A ultimísima hora, Pacifiction, de Albert Serra, entró en la Competición después de que el director catalán fuese “escalando” en anteriores años por esas muestras paralelas. Otro tanto sucedió en el tiempo de descuento con As bestas, de Rodrigo Sorogoyen, dentro de la denominada Cannes Première, y el documental de José Luis López-Linares La sombra de Goya por Jean-Claude Carrière en Cannes Classics. Mientras que la Quincena ha programado El agua, primer largo de la cineasta española afincada en Suiza Elena López Riera, y la Semana dos cortos, ambos con mujeres tras la cámara, Anna Fernández de Paco y Estíbaliz Urresola.


Realmente, tal panorama merecía un mejor inicio que el que ha procurado Coupez! (título que, en una acertada decisión, ha sustituido al primitivo “Z” para evitar usar la letra que simboliza para el ejército ruso su brutal invasión de Ucrania), de Michel Hazanavicius, director de aquella The Artist que tanto sorprendió en su día. “Remake” de una película japonesa de género sobre “zombies”, repite el esquema de “cine dentro del cine” con una narración en tres partes (la primera, un plano secuencia de media hora) que solo contiene ciertos momentos divertidos y se limita a mostrar la pericia profesional y la capacidad mimética típicas de su autor. Pero el verdadero protagonismo de la Gala de Inauguración se lo llevó con toda justicia el Presidente ucraniano Zelinski, con un amplio mensaje en directo al Festival donde destacó el papel del cine como garante de la libertad, la paz y la justicia, apoyando de manera especial sus palabras en el inolvidable discurso con el que Chaplin finalizaba El Gran Dictador.


(Publicado en "Turia" de Valencia, 20 de mayo de 2022).


Con música de Tchaikovsky al fondo

 

"La mujer de Tchaikovsky", de Kirill Serebrennikov

Esta es una crónica cuya lectura debe ser acompañada por música de Tchaikovsky, ya sea El lago de los cisnes, la obertura de Romeo y Julieta o su Cuarta Sinfonía. Para, después de disfrutar con ellas, denostarlo como persona por el trato cruel y despiadado que infringió a su esposa, Antonina Miliukova, con la que convivió muy poco tiempo e ignoró después. Lo cuenta, y lo hace suficientemente bien, La mujer de Tchaikovsky, de Kirill Serebrennikov, que por fin ha podido acompañar su película a Cannes, después de las dos veces anteriores, con Leto y La fiebre de Petrov, en que no lo consiguió por tener prohibido salir de Rusia. Revocada tal medida, el cineasta, siempre muy crítico con Putin, ha decidido abandonar su dictadura y exiliarse en Alemania.

De ahí que pese a que Cannes haya impedido toda presencia oficial de Rusia en el certamen, incluso de los medios afines a su régimen, una producción de ese país figure en la Competición del certamen, en la que ha sido su primera muestra dentro de las veintiuna películas que la forman. Y lo hace con fuerza y dignidad, apoyándose en el magnífico trabajo protagonista de la actriz Aliona Mikhailova, que deberá figurar entre las opciones del Jurado internacional que preside otro intérprete, el actor francés Vincent Lindon. El desgarro de una mujer enamorada hasta la locura del compositor, quien consiente casarse con ella para disfrazar su homosexualidad y espera lograr también con ello un rédito económico, está comunicado básicamente por Serebrennikov mediante la mirada y la composición física de dicha actriz.

Por su parte, el film que acompañaba a La mujer de Tchaikovsky en el concurso, el suizo-italiano Las ocho montañas, de la pareja de cineastas Charlotte Vandermeersch y Felix Van Groeningen, fue seleccionado por Cannes en el último minuto. Parafraseando aquel “preferiría no hacerlo” que inmortalizó Herman Melville en su Bartleby, los espectadores habríamos preferido muy mucho que el Festival no lo hubiera hecho… Porque el relato de una amistad de décadas entre dos hombres, urbano uno, campesino el otro, a lo largo de dos horas y media interminables, mejor habría estado en el Festival de Cine de Montaña de Banff, en Canadá, que se dedica al tema y no en nada menos que en la Sección Oficial del primer certamen del mundo.

"La Maman et la putain", de Jean Eustache (1973)

Un certamen que, al llegar a sus tres cuartos de siglo, vuelve por sus fueros, sus habituales fechas de mayo, once mil acreditados más que en 2021 (lo que multiplica colas, esperas y demás) y sus características de siempre, que no pudieron desarrollarse a causa de la pandemia en la suspendida edición de 2020 y en la reducida del pasado año. Y también vuelve a celebrar, en la sección Cannes Classics, el renacimiento de determinadas películas al ser debidamente restauradas. Es el caso de la famosa La Maman et la putain, de Jean Eustache, que obtuvo aquí en 1973 el Premio Especial del Jurado envuelto en un notable escándalo, y cuyas 3 horas y 40 minutos continúan vivas y siendo un excelente testimonio de un “modo de vida” muy típico del post-mayo del 68.

Muy difícil de ver desde hace décadas, en Valladolid tuvimos la fortuna de que fuese el “plato fuerte” del importante ciclo de ocho películas que la 31 Semana de Cine dedicó a Eustache en 1986. Aunque, la verdad, comprobar cómo están ahora, cómo estamos, Jean-Pierre Léaud y Françoise Lebrun, aquellos Alexandre y Veronika cuya relación erótica centraba la trama, deja un tanto con el alma en los pies.


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 20 de mayo de 2022).


J.A. Bardem: Imágenes para un tiempo de sombras

 


Ahora, cuando llegamos al Centenario del nacimiento de Juan Antonio Bardem el 2 de junio de 1922, es el momento de regresar a él y a su obra. No tanto con homenajes, que de poco sirven, como con la revisión de una filmografía bien merecedora de ello, sobre todo si conseguimos alejarnos de los muchos y variados tópicos que la han acompañado.

Porque la valoración del trabajo de Bardem ha supuesto un carrusel de opiniones y juicios, tantas veces alejados de criterios cinematográficos y bañados por cuestiones políticas. De ser ensalzado en una primera etapa de su carrera, la de Cómicos, Muerte de un ciclista y Calle Mayor, de 1953 a 1956, momento en que los grandes Festivales internacionales se disputaban y premiaban sus películas, hasta verse ninguneado a raíz de asumir encargos “alimenticios”, sobre todo desde la debacle económica de la productora Uninci, que Bardem presidía, tras la radical prohibición de Viridiana por parte del Gobierno español. Es entonces cuando resurgen contra él adjetivos despectivos en función de su militancia política, acusándole de haber hecho cine “al servicio del Partido Comunista”, a seguir sus consignas en unos films puramente “militantes” o “propagandísticos”. El síndrome anticomunista anidado en la sociedad española jugó siempre muy en su contra.

No bastaba con que asegurase en numerosas ocasiones que el Partido jamás se había inmiscuido en sus películas, incluso al abordar en 7 días de enero el atentado del 24 de enero de 1977 contra el despacho laboralista de Atocha, y que había gozado de libertad para hacer cuanto la censura y la industria le permitieran. A partir del impactante titular “Mort d’un Bardem” con que la revista francesa Arts recibió en 1959 la presencia de Sonatas en la Mostra de Venecia, se abrió la veda contra él, repitiéndose los juegos de palabras sobre sus títulos anteriores, como la de llamar “Calle Menor” a un film tan valioso como Nunca pasa nada, que hiciese cuatro años después.

"Muerte de un ciclista" (1955): El accidente

Para la crítica franquista, Bardem siempre había sido un enemigo a batir, sobre todo desde su participación en las Conversaciones de Salamanca de 1955, para las que elaboró aquel famoso pentagrama con el que quiso resumir la situación del cine español. Y más todavía sufrió las invectivas derechistas al ser detenido meses después en Palencia durante el rodaje de Calle Mayor, solo por su condición de intelectual de referencia dentro del antifranquismo. Paralelamente, la crítica de izquierdas se inclinaba por los “Nuevos Cines” que surgían por el mundo, incluido España, desde la eclosión de la Nouvelle Vague en 1959. Bardem ya no tenía quien le defendiera.

Incluso no se analizaba el trasfondo revulsivo que sobre el mundo taurino contenía A las cinco de la tarde en los albores de los 60, por qué poco después tenía que hacer Los inocentes en Argentina al prohibir la censura que se rodase aquí, o la profunda disección del asfixiante clima moral propiciado por el nacionalcatolicismo que albergaban las imágenes de la citada Nunca pasa nada. En 1964, precisamente el año en que Bardem asume la dirección teatral de La casa de Bernarda Alba, en la primera vez que llega a un escenario comercial en España, lanzarse al empeño internacional de Los pianos mecánicos, basada en la novela de éxito de Henri-François Rey, motiva ya un pimpampum hostil que se prolongaría con películas ya poco o nada personales como El último día de la guerra, Varietés (remake de Cómicos a mayor gloria de Sara Montiel), La isla misteriosa, La corrupción de Chris Miller o El poder del deseo, llevadas ambas de la pretensión de ofrecer un perfil distinto de la figura de Marisol.

Sin duda, esta es la etapa, entre 1968 y 1975, más oscura e impersonal de Bardem, motivada por la imposibilidad de llevar a término otros proyectos suyos más valiosos, la necesidad de mantener una familia bastante numerosa o, quizá por encima de todo, el deseo que siempre le obsesionó de no quedarse excluido de una industria tan competitiva como cainita. El éxito comercial de El puente en el 77, con un Alfredo Landa al que pretendía alejar de los estereotipos del “landismo”, aunque aprovechándose de ellos; o la urgencia y valentía con las que aborda 7 días de enero, pese a ser cuestionado por fijarse más en los asesinos que en las víctimas, suponen un repunte en su carrera. Como lo significaría el encargo de dirigir en Bulgaria la superproducción Advertencia, sobre el líder comunista Georgi Dimitrov.

Triunfó con ella en el Festival checo de Karlovy Vary de 1982, como lo habían hecho antes El puente y 7 días de enero en el de Moscú. Pero como eran certámenes que se celebraban dentro del bloque soviético y Bardem era del PCE, nadie en España le concedió apenas importancia. A partir de ahí, serían los trabajos para televisión los que mejorasen su valoración profesional, ya fuera por su espléndido Jarabo para la serie La huella del crimen de TVE como por Lorca, muerte de un poeta, considerada por la Semana de Valladolid de 1987 como “Serie del Año”, para la misma cadena pública. Que, sin embargo, no quiso financiar otra serie, El joven Picasso, que sería asumida por sus colegas autonómicas. La despedida de Bardem del cine, en 1997, Resultado final, con Mar Flores de protagonista, mejor la olvidamos.

Plano final de "Calle Mayor" (1956)

Volvamos al comienzo, porque con Bardem insisto en que corremos el peligro de que los árboles y los tópicos no nos dejen ver el bosque. Hay que decir, alto y claro, que esa primera etapa de Cómicos, Muerte de un ciclista y Calle Mayor (en mi opinión, su obra maestra), que yo prolongaría hasta La venganza pese a la masacre cometida por la censura que incluso prohibió su nombre original, Los segadores, por si aludía al himno catalán, y obligó a retrotraer su acción hasta los años 30 en vez de los 50, sigue resultando impactante, está viva y refleja el pulso de un cineasta en pleno dominio de sus recursos expresivos. Se dijo ya entonces que se había inspirado “demasiado” en, respectivamente, Eva al desnudo, Cronaca di un amore e I vitelloni, como si fuera disparatado situarse cerca de Mankiewicz, Antonioni o Fellini. Junto a su fascinación por el mejor cine norteamericano, al que admiraba por su sentido narrativo y del ritmo, Bardem se sintió especialmente próximo de estos dos últimos colegas a raíz de las Semanas de Cine Italiano celebradas en Madrid y que deslumbraron no solo a él sino a numerosos jóvenes directores españoles del momento. Sobre todo, por la segunda de ellas, que contó con la presencia del guionista por excelencia del neorrealismo, Cesare Zavattini, con quien Berlanga y él trabaron amistad y urdieron proyectos que nunca llegaron a nacer por motivos de censura.

Además, ¿a qué autores o films españoles podría haber acudido Bardem en busca de referencias creativas? ¿Al cine acartonado del franquismo de los años 40, al que precisamente la nueva pareja de cineastas, “las dos B”, detestaba y puso en solfa con la primera secuencia de Esa pareja feliz, su entrada en el cine profesional? Era perfectamente lógico fijarse en nombres admirados de más allá de nuestras fronteras, cuyas películas muchas veces no lograban atravesar. Si toda la cultura española sufrió el aislacionismo de un Régimen represivo y autárquico, el cine no podía serlo menos, sino todo lo contrario debido a su carácter popular.

Bardem fue muy consciente de ello, y así hoy debemos apreciarlo y valorarlo en esos títulos básicos, pero no ya únicamente por su reflejo de un duro mundo de actrices y actores que tan bien conocía al ser familia de cómicos e hijo de dos de ellos, Matilde Muñoz Sampedro y Rafael Bardem; o por su denuncia de una burguesía hipócrita y cobarde; o por su descripción de un contexto provinciano que motivaba la crueldad contra una mujer soltera, en lo que ya Arniches incidiese con La señorita de Trevélez. Todo ello respondía a ese “cine social, crítico y comprometido con su tiempo”, que Bardem demandaba y que supone una especie de divisa de su trilogía fundamental. Pero también hay en estos films una notable búsqueda estética, una ambición expresiva en la composición del encuadre, el frecuente uso del plano-secuencia (no solo Berlanga los utilizaba), el juego dramático con la luz o ese sentido del ritmo que tanto le obsesionaba, aspectos que siguen vivos en las imágenes y que quizá hoy apreciemos mejor que entonces.

Por el contrario, lo que nos aleja en ocasiones de Bardem es su tentación hacia lo demostrativo, como si desconfiase de la capacidad del público para entender el significado de las historias, para apreciar en la pantalla la sugerencia por encima de la evidencia. Personajes como el cínico crítico de arte que interpretaba Carlos Casaravilla en Muerte de un ciclista o el escritor encarnado por Fernando Rey que trae la buena nueva de la “reconciliación nacional” en La venganza, hacen flaco favor a películas que no precisaban de tanta explicitud para narrar en profundidad cuanto deseaban.

Lo que no impide en absoluto que Juan Antonio Bardem continúe siendo un autor de referencia dentro de la historia del cine español. Debemos situarlo de esta manera si no queremos atender a modas casi siempre pasajeras y a vaivenes de una crítica que precisa a menudo de nombres nuevos a los que ensalzar para dejar en los cajones del pasado a otros que lo fueron en su momento, esa práctica tan habitual como injusta. No la empleemos contra quien ha dado títulos señeros a nuestro cine.


(Publicado en el semanario "El Cultural", 20 de mayo de 2022).

La invasión de Ucrania gravita sobre Cannes

 

Si ha habido un momento especialmente intenso en estas horas iniciales del 75 Festival de Cannes, fue cuando, ante la sorpresa de todos, el Presidente Zelenski se dirigió en directo a los asistentes a la Gala de Inauguración. Fue una emocionante intervención en la que, apoyándose en el memorable discurso final de Chaplin en El Gran Dictador, subrayó el poder del cine como defensor y garante de la libertad, la justicia y la paz, ahora destrozadas por la criminal invasión de Rusia sobre Ucrania.

Quedaron minimizados entonces los diversos discursos que hubo en el acto. Y mucho más todavía la irrelevante película que le siguió: Coupez!, de Michel Hazanavicius, el realizador que saltó a la fama con The Artist. Su único verdadero acierto fue cambiar el título previsto en principio, Z, para no publicitar una letra que se ha convertido en símbolo de la barbarie al ser utilizada por el invasor ejército ruso. Por lo demás, Coupez! es solo el “remake” de un film japonés sobre zombies que alcanzó cierta notoriedad entre los aficionados al género. Entre quienes también deben de figurar los responsables de la programación de Cannes, porque la última edición prepandémica, la de 2019, también la abrieron con los resucitados de Jim Jarmusch en Los muertos no mueren.

Ni aquella resultó una película valiosa para la carrera del cineasta norteamericano, ni la de Hazanavicius pasará precisamente a la posteridad. En realidad, se trata de una nueva vuelta de tuerca al tema “del cine dentro del cine”, con tres partes bien diferenciadas, la primera de las cuales es un plano secuencia verdadero o fingido de media hora donde los zombies campan por sus respetos. Conocer cómo se ha llegado a ese rodaje y su trastienda durante la filmación conforman los otros dos tercios, divertidos en pocas ocasiones y donde vuelve a demostrarse la clara tendencia hacia el mimetismo de su autor.

"Esterno notte", serie de Marco Bellocchio

En un extremo radicalmente opuesto se sitúan las cinco horas y media de Esterno notte, donde Marco Bellocchio, el único cineasta verdaderamente grande que queda vivo de su generación, aborda el doloroso y conflictivo tema del secuestro y asesinato de Aldo Moro a cargo de las Brigadas Rojas y la inacción que mantuvo la Democracia Cristiana en el poder. En seis capítulos de casi una hora cada uno, Bellocchio va dando protagonismo sucesivamente al raptado Presidente de la DC; a Francesco Cossiga, entonces ministro del Interior y máximo dignatario italiano años después; al Papa Pablo VI, que intentó diversas iniciativas que a nada condujeron; y, ya en la segunda parte, a una pareja de terroristas de las Brigadas Rojas; a Eleonora Moro, su esposa, para terminar con la descripción en todos los sentidos del trágico desenlace. Esterno notte es una magnífica serie televisiva, pero que al menos en Italia se verá también en salas como si fueran dos películas.

Disfrutando de esta ejemplar serie de Bellochio, con un nivel interpretativo altísimo, uno no puede dejar de sentir envidia. Porque aquí es una cadena pública la que ha intervenido decisivamente, la RAI, mientras que en España públicas o privadas y plataformas que producen en nuestro país se dedican a repetir fáciles líneas de comedia e inevitables “thrillers” policiacos. Por miedo a la realidad histórica, a los conflictos políticos o ideológicos, nuestras televisiones y similares han decidido que eso “no vende”, que “es arriesgado”. Pero aquí al lado, en Italia, resulta que no es así. Por algo será…


(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 19 de mayo de 2022).