Hay que ayudar a los cines



Según un reciente informe de la AIMC (Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación), más de un tercio de los ciudadanos españoles no disponen de salas de cine en su localidad. La inmensa mayoría, en núcleos poblacionales inferiores a los 50.000 habitantes, pero también en la periferia de grandes ciudades –las llamadas “ciudades dormitorio”– como Móstoles, Parla o Santa Coloma de Gramanet, que superan ampliamente esa cifra, o en municipios del relieve de Avilés o Algeciras. Son, en definitiva, 17 millones y medio de españoles los que no cuentan con un cine a su alrededor.


El declive queda patente en la proporción entre pantallas y habitantes: si en 2004 había algo más de cien por cada millón, ahora la cifra se reduce a 75’5, con unos trece mil vecinos por pantalla. Debe resaltarse que la Comunidad Valenciana se halla por encima de esa media, con 88’6 pantallas por millón de habitantes, únicamente superada por La Rioja y Navarra y por encima de Cataluña o Madrid. En todos los lugares, la mayoría de ellas pertenecen a las multisalas de los centros comerciales, puesto que con una pantalla solo quedan 303 de los 697 locales de exhibición existentes. Teniendo en cuenta lo que los cines significan, no ya de ocio y diversión, sino de cultura y convivencia, estos datos todavía son más preocupantes si se considera que la versión original subtitulada apenas reúne al 1% de espectadores, que residen en las principales capitales, con el 99% adicto al doblaje y, en notoria mayoría, consumidor de las superproducciones de Hollywood, repetidas sin cesar en una y otra cartelera de aquellos centros.


Así las cosas, se me ocurren dos reflexiones: la primera y fundamental, que hay que ayudar urgentemente a las salas, protagonistas además, con la distribución, de una costosa renovación tecnológica desde la llegada del digital. Una ayuda que ha de provenir de las Comunidades Autónomas, porque –aunque tantas veces se ignore– las competencias sobre el sector de la exhibición están transferidas a ellas, no pertenecen al Estado. Y un apoyo que debería concentrarse de forma muy especial en los cines de V.O., lo que en otros países se conoce como la red de Arte y Ensayo. Su supervivencia en medio de tal situación resulta heroica y los poderes públicos deberían reconocerlo y ayudarlos mediante un generoso sistema de subvenciones.


La segunda reflexión tiene que ver con la rápida expansión de las plataformas digitales en nuestro país, con Netflix triplicando en un año su número de abonados, que llega a 1’46 millones en un corto periodo de tiempo, mientras Movistar continúa detentando el liderazgo con 2’16 millones de suscriptores. Parece inevitable que si el ciudadano no dispone de una sala en su entorno, saciará su sed de cine contemplándolo en el sofá de su casa. Ya es el único recurso para casi 18 millones de españoles.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2018).

Kore-eda llega hasta la Palma de Oro


 Hirokazu Kore-eda, con su Palma de Oro

Ya era hora de que el gran cineasta japonés Hirokazu Kore-eda llegase a lo más alto del Palmarés de Cannes. Lo había intentado en varias ocasiones, ganando premios de los considerados “menores”, pero hasta el momento se le resistía la Palma de Oro. La ha conseguido finalmente con Un asunto de familia, también llamada Shoplifters o Ladrones de tiendas, una película muy en su línea, aunque más ácida y con un contenido de mayor calado social. Se le acusaba, indebidamente, a Kore-eda de ser un poco “blando”, un tanto repetitivo en su continua exploración del universo familiar. Aquí vuelve a hacerlo, pero –al situarse en un núcleo peculiar de clase baja y con una deriva delictiva– parece haber convencido a quienes no lo estaban, y concretamente al Jurado Internacional presidido por Cate Blanchett. Particularmente, no creo que Un asunto de familia sea la mejor obra de su autor (prefiero Nadie sabe, De tal padre, tal hijo o Nuestra hermana pequeña), pero me satisface de verdad que al fin sea reconocida la valía del más importante cineasta japonés actual.

En el rodaje de "Cafarnaún", de Nadine Labaki

Mis preferencias iban sobre todo hacia Guerra Fría, la preciosa historia de amor en tiempos muy difíciles de la que ya les hablé en mi crónica precedente y que ha logrado el Premio a la Mejor Dirección. Por su parte, la muy impactante Cafarnaún, de la libanesa Nadine Labaki, que aparecía como favorita en las quinielas de las últimas jornadas, se ha tenido que conformar con un Premio del Jurado, el mismo que el año pasado también postergó a Sin amor, que había sido el film más relevante del certamen (curiosamente, su realizador, el ruso Andrei Zvyagintsev era esta vez miembro de ese Jurado, junto a otros directores como Robert Guédiguian y Denis Villeneuve). Tampoco limitarse a destacar su guion valora demasiado Tres rostros, de Jafar Panahi, ni la imaginativa Lazzaro felice, de Alice Rohrwacher, mientras que sobra sin duda ese Gran Premio del Jurado para la fácil comedieta de Spike Lee, Blackkklansman, por mucho que estemos de acuerdo con sus ideas antirracistas. En cuanto a otorgar una Palma de Oro Especial para Jean-Luc Godard y su “collage” Le Livre d’Image, solo habrá satisfecho a quienes admiran los trabajos recientes de un cineasta en la etapa final de su carrera.

"En guerre", de Stéphane Brizé

Por supuesto, en el Palmarés de una edición de notable nivel medio de calidad, muy superior al de las dos precedentes, no caben todos los títulos que merecerían figurar en él. Pero aun así, se hace muy cuesta arriba la total marginación de algunos como el excelente trabajo de reconstrucción semidocumental que efectúa Stéphane Brizé con En guerre, o los de Jia Zhang-Ke en Les éternels, Nuri Bilge Ceylan en El peral salvaje (el film peor tratado por la organización, al situarlo en el último lugar de la Competición, cuando la Prensa ya no podía prácticamente hablar de él), o Lee Chang-dong en Burning, el preferido por la crítica internacional, como se demostró al otorgarle el premio de su Asociación, Fipresci. Al menos, otras dos películas relevantes del certamen, Dogman, del italiano Mateo Garrone, y Ayka, del ruso Sergei Dvortsevoy, sí hallaron hueco en el Palmarés al ensalzar a sus potentes y convincentes intérpretes, Marcello Fonte y Samal Yesyamova.

Me alegro coincidir con mi compañera Laura Pérez en la valoración que ambos hemos hecho del film belga Girl, de Lukas Dhont, con cuya importancia también estuvo de acuerdo tanto el Jurado a la hora de elegir la Cámara de Oro, galardón que premia la mejor “opera prima” de todo el certamen, como la Fipresci en su decisión respecto a la sección paralela Un Certain Regard. Paradójicamente, el Jurado propio de ese apartado solo la destacaría por la labor de su protagonista, Victor Polster, optando por la estimable sueca, de corte fantástico, Gräns, de Ali Abbasi.
"Gräns", de Ali Abbasi


Finalizaba de esta manera un Cannes que ha dado un cierto giro a su programación oficial, no ya por la revelación de nuevos autores –que apenas ha sucedido– como por el carácter social y crítico de buena parte de las películas, situadas en la actualidad o, como muy atrás, en las décadas de los 70 y los 80, salvo la excepción de Guerra Fría. No ha habido films históricos propiamente dichos, lo que parece deberse a cuestiones de producción, pero sí una fuerte presencia de conflictivas relaciones amorosas, muy “púdicas” por otra parte, y de una dura violencia que se diría signo de nuestro tiempo. Las “estrellas” internacionales sobre la alfombra roja han escaseado, quizá porque la realidad no esté para demasiadas vanaglorias…

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2018).


El amor, en tiempos oscuros



Prometía Cannes la llegada de una “nueva generación” de cineastas que no eran habituales en su programación. Pero a la hora de la verdad, y cuando quedan solo pocos días del certamen, las películas más valiosas han venido firmadas por autores consolidados: Pawel Pawlikowski, Jafar Panahi, Hirokazu Kore-eda, Jia Zhang-Ke…, y falta por conocerse la muy esperada El peral salvaje, de Nuri Bilge Ceylan, cuyas tres horas largas la organización ha tenido el sadismo de incluir como último título de la Competición Oficial. Predominio de grandes nombres, en la mayoría de los casos muy habituales aquí, lo que en definitiva resulta normal. Como me decía un amigo periodista, es como si un equipo de fútbol pusiera a los suplentes en vez de a las jugadores titulares cuando se halla en disputa la final de una competición.
"Guerra Fría", de Pawel Pawlikowski

No sé si influenciado por la –para mí– mejor película del certamen hasta ahora, Guerra Fría, lo cierto es que veo en las historias de amor un nexo común de varios los principales films. De hecho, el del polaco Pawlikowski (el autor de Ida) lo es, un amor a contracorriente de los meandros de la lucha entre el bloque capitalista y el socialista desde el final de la II Guerra Mundial. La relación erótica a lo largo de los años entre la cantante y bailarina de un grupo folklórico, similar a los de la Sección Femenina española, y el músico que lo dirige, se ve totalmente condicionada por los avatares de ese incesante periodo histórico que aparece en el título. Rodada en un espléndido blanco y negro y con formato cuadrado, Guerra Fría conmueve por su sobriedad y su apasionamiento, términos que en este caso no son antitéticos.

Aunque contemplado desde una mayor distancia, también es un amor conflictivo el que domina el comportamiento de la protagonista de Les éternels o Ash is Purest White (que ambos títulos internacionales tiene el film), de Jia Zhang-Ke, de quien cabe recordar Un toque de violencia y Más allá de las montañas. Su entrega al jefe de un “gang” local la seguimos, asimismo, a través de un arco temporal entre 2001 y la actualidad, en tres partes muy diferenciadas, a la vez que asistimos a las radicales transformaciones de la sociedad china durante esa etapa, tema dominante en el cineasta. Mientras que, en Un asunto de familia, es a otro amor diferente, entre los miembros de una familia de marginados un tanto especiales, al que dedica su mirada habitual sobre ese núcleo doméstico el japonés Hirokazu Kore-eda, autor de Nadie sabe, De tal padre, tal hijo o Nuestra hermana pequeña. Siempre haciendo prevalecer los vínculos afectivos sobre los biológicos, lazos que en este caso adoptan un tono delictivo en el tercio final de la narración.
"3 rostros", de Jafar Panahi

No está precisamente para amores Jafar Panahi, impedido de rodar (aunque lo haga) y de salir de Irán, por lo que no ha podido acompañar a su 3 rostros hasta Cannes. En una clara metáfora de su situación personal, se muestra muy crítico con el conservadurismo, la tradición y las costumbres ancestrales, que encuentra en un perdido pueblo al que acude con una amiga actriz para conocer el paradero de una aspirante a serlo. Y que amenaza con el suicidio a través de un vídeo, si la hostilidad de su familia y de los vecinos de esa localidad impide su vocación.

Dos “grandes nombres” han saltado también a la palestra en esta semana: Jean-Luc Godard con Le Livre d’image y Lars von Trier con The House that Jack Built, fuera de concurso. Del primero baste decir que, a sus 87 años y con uno de sus “collages” ya habituales, ha convencido a los ya convencidos, lo que no es mi caso. Y del cineasta danés, que su desasosegante y muy violento relato sobre un asesino en serie y sus psicóticas reflexiones sobre sus crímenes, que expresa a un personaje en “off” casi hasta el Epílogo final y que es un trasunto del poeta romano Virgilio que le acompañará al Infierno como a Dante en “La Divina Comedia”, merece un análisis detenido porque en absoluto se trata de una obra convencional sobre este tipo de personajes.

"Girl", de Lukas Dhont

También, no lo oculto sino todo lo contrario, ha habido “descubrimientos” con dos “operas primas”: el del hasta ahora solo actor norteamericano Paul Dano en Wildlife, dentro de la Semana de la Crítica (de esta sección paralela, como de la Quincena de Realizadores, habla en detalle nuestra compañera Laura Pérez). Y el del belga Lukas Dhont en Girl, lo mejor del apartado Un Certain Regard, sobre la decidida lucha de un transexual de 16 años contra su cuerpo masculino y por su vocación de llegar a ser bailarina. Les recomiendo encarecidamente que no se olviden de ambas películas.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2018).

En busca de una nueva camada


 Entrada al Palacio del Festival de Cannes, con la reproducción gigante de una imagen de "Pierrot le fou"

Tras el muy deficiente resultado de la pasada edición, Cannes ha decidido apostar por una nueva generación de cineastas. Solo así puede entenderse que, de los 21 realizadores en liza para la Palma de Oro, casi la mitad (10, exactamente) lo haga por primera vez. Frente a su política habitual de jugar sobre seguro, el Festival ha decidido arriesgarse con directores poco o nada conocidos, lo que significa una apuesta bastante inusual por estos pagos dentro de la Sección Oficial, no así en las paralelas. De hecho, en nuestro último comentario al certamen de 2017 ya advertimos de que se estaba produciendo un cierto relevo generacional, que ahora parece confirmarse.

Mientras que autores de tanto peso como “el hijo pródigo” Lars von Trier o Wim Wenders quedan fuera de concurso, Europa es dentro de la Competición el continente más representado en cuanto a directores, con diez largometrajes: cuatro franceses –como no podría ser de otra forma–, dos italianos, dos rusos, un suizo (el incombustible Godard, con Le Livre d’image) y un polaco, mientras que también figura el turco Nuri Bilge Ceylan y su El peral salvaje, que tratará de repetir el triunfo de Sueño de invierno en 2014. Pero ya se sabe que en el caso de Turquía se le sitúa en uno u otro continente según se mire al Bósforo… Inmediatamente después están los cineastas asiáticos, con siete películas llegadas de Irán (con dos “pesos pesados”, Jafar Panahi y Asghar Farhadi), Japón (otras dos, una del gran Hirokazu Kore-Eda), China, Corea del Sur y Líbano. Escasa presencia norteamericana a concurso, una de ellas Blackkklansman, de Spike Lee, y todavía menor de África, con únicamente la egipcia Yomeddine, y nada de nada de Latinoamérica. En otro sentido, en la competición oficial solo hay tres películas dirigidas por mujeres (la francesa Eva Husson, la italiana Alice Rohrwacher y la libanesa Nadine Labaki), proporción tan escasa como lamentablemente repetida si se recuerdan los 21 títulos mencionados al comienzo de esta crónica.

¿Y el cine español? Bien, gracias… Dos coproducciones mayoritarias en las Galas de Apertura y Clausura, Todos lo saben y El hombre que mató a Don Quijote (aunque esta última se encuentra ahora mismo en manos de un juez, por la querella presentada por el coproductor inicial, el portugués Paolo Branco, que pide la retención del film). La primera, realizada por el citado Farhadi; la segunda, por Terry Gilliam: se diría que no hay directores de nuestro país, salvo Almodóvar, capaces de hacer una película digna de Cannes. A lo más que llegan es a las secciones paralelas, como le sucede a Jaime Rosales con Petra y a la debutante Arantxa Echevarría con Carmen y Lola. A su vez, la coproducción con Polonia Un día más con vida, donde se mezclan animación e imagen real al adaptar el conocido relato de Kapuscinski, codirigida por Raúl de la Fuente, se halla incluida dentro de las Sesiones Especiales, y El ángel, del argentino Luis Ortega y coproducida por El Deseo, en la paralela Un Certain Regard. Una presencia del cine español algo mejor que la de otras ediciones, pero tampoco como para tirar cohetes.

"Todos lo saben", de Asghar Farhadi, con Penélope Cruz y Javier Bardem

Presencia que se ha iniciado, según hemos dicho, con Todos lo saben, recibida con frialdad por la Prensa acreditada, que este año ve los films al mismo tiempo de su “première” oficial o al día siguiente. Aunque sea coproducción, se trata de una película española por su rodaje, sus intérpretes (encabezados por Penélope Cruz y Javier Bardem), la gran mayoría de sus técnicos…, salvo que el guionista y director es iraní y la ha impregnado de su estilo propio. La historia podría suceder en cualquier parte del mundo, no solo en un pueblo de nuestro entorno, pero la verdad es que reconocemos en ella el estilo y las habituales preocupaciones éticas y morales de Farhadi. Quienes recuerden A propósito de Elly, Nader y Simin, una separación, El pasado o El viajante, sus cuatro anteriores títulos, se encontrarán con una propuesta similar: a través de un suceso dramático (que no revelaré), se establece la radiografía de un determinado grupo humano, en este caso una familia de viticultores, con todo su bagaje de miserias, odios, mentiras y contradicciones. Pese a su fuerza e interés como variante del melodrama, Todos lo saben no es un film redondo ni apasionante, sino la obra de un valioso cineasta, dos veces ganador del Oscar, que se reafirma en su trayectoria personal, de nuevo fuera de su país de origen.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2018).

Por fin, Kore-eda se lleva la Palma de Oro


Hirokazu Kore-eda, con la Palma de Oro del 71 Festival de Cannes


Ha sido como una larga escalada hacia la Palma de Oro, como si el gran cineasta japonés Hirokazu Kore-eda hubiera ido subiendo poco a poco la alfombra roja del Palacio del Festival hasta conseguir su máximo galardón. En anteriores ediciones fue cosechando diversos premios con ‘Nadie sabe’ y ‘De tal padre, tal hijo’; ahora logra llegar a lo más alto del Palmarés con ‘Un asunto de familia’, también conocida por su título internacional de ‘Shoplifters’, que traduciríamos por ‘Ladrones de tiendas’.

Ambos nombres son adecuados, porque, efectivamente, el padre y el hijo mayor de la película se dedican a robar pequeños artículos como un medio de subsistencia, entre otros. Pero la alusión familiar resulta todavía más certera, porque de nuevo Kore-eda centra su mirada en una familia, bastante peculiar en este caso. De clase baja, sobreviviendo como puede, que decide sin embargo adoptar a una niña a la que encuentran en la calle. Con la conclusión habitual en su autor: lo que importa no es el vínculo de sangre o biológico, sino la filiación que se basa en el afecto, el cariño y el deseo de compartir un  mismo techo y una comunidad de sentimientos. A sus 56 años, Kore-eda es el gran cineasta actual japonés y se merece este reconocimiento máximo por parte de Cannes.

Hay, sí, otra Palma de Oro, Especial o de Honor, para Jean-Luc Godard y su ‘Le Livre d’image’. Mejor que por la valía intrínseca de este “collage”, que viene a sumarse a cuantos ha hecho en esta etapa de su larguísima carrera, tomémoslo como un reconocimiento, una especie de homenaje a quien ya ha cumplido 87 años y le queda poco tiempo para cerrar su filmografía.

Pero de disparate del Jurado Internacional presidido por Cate Blanchett y mayoritariamente femenino, es el haber otorgado su Gran Premio –nada menos que el segundo por importancia– a la facilona sátira de Spike Lee, ‘Blackkklansman’, con la que se puede estar de acuerdo por su antirracismo y puesta en solfa del supremacismo blanco norteamericano. Aunque de ahí a subir a los altares una comedia vulgar va mucho trecho.

Pawel Pawlikowski, Premio a la Mejor Dirección por "Guerra Fría"

Sobre todo, porque se han quedado totalmente fuera del Palmarés títulos de la valía de ‘En guerre’ (extraño, estando Robert Guédiguian en el Jurado), ‘ El peral salvaje’, ‘Les éternels’, ‘Verano’ o ‘Burning’, el preferido por la crítica internacional, que le ha otorgado el Premio de su Asociación, Fipresci. Mientras que otros como ‘Cafarnaún’, de Nadine Labaki, solo recibía un Premio del Jurado, cuando venía siendo la favorita en las últimas quinielas; y ‘Tres rostros’ o ‘Lazzaro felice’ se han tenido que contentar con el galardón “ex aequo” al Mejor Guion. Más relevancia posee el de Mejor Dirección para Pawel Pawlikowski por la magnífica ‘Guerra Fría’, en mi opinión la película más sobresaliente de la Competición Oficial.

En cuanto a los Premios de Interpretación, se ha elegido con justicia a la omnipresente y muy creíble protagonista de ‘Ayka’, Samal Yesyamova, al encarnar a una inmigrante “ilegal” en Moscú; y –tal como adelantábamos al reseñar ‘Dogman’– a Marcello Fonte por su papel de vengativo peluquero de perros. Otro galardón plenamente merecido es la Cámara de Oro para ‘Girl’, del belga Lukas Dhont, destacada también por la Fipresci, y que ya elogiamos al presentarse en la sección Un Certain Regard, cuyo Jurado, sin embargo, la dejó reducida al Premio al Mejor Intérprete, fuese hombre o mujer.

Marcello Fonte, Premio al Mejor Actor por "Dogman", de Matteo Garrone

Termina así un Festival de elevada calidad media, indudablemente superior a la del pasado año. Con una señalada carencia de “estrellas” internacionales, debido sobre todo a la escasa participación del cine norteamericano; y con un claro protagonismo de la mujer, que luego no se ha visto reflejado en que una directora se llevase por segunda vez en la historia la Palma de Oro. Pero, dentro de una programación volcada hacia el cine oriental, sí la ha conseguido un autor tan relevante de esa área geográfica como Kore-eda.

Hasta Cannes 2019.

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 20 de mayo de 2018).

Sobredosis de cine en el tramo final


Ni al más torpe de los organizadores de un Festival se le ocurriría programar tres películas a competición el día en que se cierra la misma. Con el agravante de que la última de las últimas es ‘El peral salvaje’, de Nuri Bilge Ceylan, una de las más esperadas, pues con la anterior, ‘Sueño de invierno’, el cineasta turco logró la Palma de Oro en 2014. Y todavía más: dado que en esta edición se ha instaurado la fórmula de que la Prensa vea los films al tiempo o después de la proyección oficial (como ya comentamos al inicio de estas crónicas), no habrá mañana críticas a ella en los medios escritos, pues la sesión para los periodistas terminará a más de las once de la noche de hoy, dado que ‘El peral salvaje’ supera además las tres horas de duración.
"El peral salvaje", de Nuri Bilge Ceylan

La única explicación para que Cannes haga esto puede ser que afecta a los títulos que se añadieron a la Competición Oficial en el último momento, por lo que no han encontrado lugar mejor para meterlos que esta jornada final a concurso. Pobre justificación que enmascara ciertos desajustes organizativos percibidos en esta edición, especialmente en el trato a los informadores, a los que se les ha arrebatado el presunto “privilegio” de poder escribir sus reseñas con una cierta tranquilidad y dentro de los cierres adecuados.

Tampoco se entiende que, con una distancia de pocas horas, se hayan programado dos películas tan similares como ‘Cafarnaún’, de la libanesa Nadine Labaki, y ‘Ayka’, del ruso Sergei Dvortsevoi. En países y sociedades evidentemente distintos, pero ambas vienen a hablar de lo mismo: la tremenda vida de los refugiados sin papeles, la extrema pobreza, la lucha por la vida de los niños, la maternidad, la carencia de trabajo, las mafias que explotan la situación, ya sea para explotar a los inmigrantes “ilegales” o para vender a familias pudientes bebés desatendidos por la necesidad que pasan sus madres… Ambas películas son gemelas y resultan elogiables por su capacidad de denuncia de situaciones de desigualdad realmente escandalosas; e incluso ambas utilizan un estilo similar, cámara en mano siguiendo a sus protagonistas, en la estela que dejaran marcada los Dardenne. En este sentido, la manejabilidad de las actuales cámaras digitales está imponiendo una forma de rodar cada vez más habitual, muy próxima a la reconstrucción documental y en largos planos-secuencia.

"Cafarnaún", de Nadine Labaki

De Nadine Labaki cabe recordar su “opera prima” en 2007 como directora, ‘Caramel’, que fue un éxito en España, hasta el punto de dar nombre a una conocida distribuidora independiente de nuestro país (Caramel Films), ganadora de la Semana de Valladolid en varias ocasiones. Su propuesta en ‘Cafarnaún’ se resumiría en la contestación que el niño protagonista de 12 años da a un juez que le pregunta por qué ha denunciado a sus padres ante la Justicia: “Por haberme traído al mundo”, simplemente… A un mundo tan hostil y plagado de miseria, malos tratos y confusión donde este crío tiene que cuidar de un bebé sin ningún medio para hacerlo, después de que su madre (una etíope “irregular”) haya desaparecido. Quizá para compensar tanta angustia como la que el espectador pasa viendo a estos dos niños vagabundeando por las calles, Nadine Labaki opta por un “final feliz” que resulta más deseable que verosímil.

"Ayka", de Sergei Dvortsevoi

Angustia que respira cada una de las imágenes de ‘Ayka’, cuando la mujer de este nombre abandona a su bebé recién nacido con el fin de buscar cualquier trabajo para poder sobrevivir y pagar sus deudas a los traficantes. En medio de una gigantesca nevada en Moscú, sufre continuas hemorragias al no haberse recuperado debidamente del parto y se expone a una grave mastitis por acumularse en sus pechos la leche materna. El segundo largometraje de Sergei Dvortsevoi deja sin aliento al mostrar una realidad totalmente alejada de cuanto proclama la propaganda del régimen de Putin.

Es también una segunda obra ‘Un cuchillo en el corazón’, del francés Yann González. Pero mejor casi pasarla por alto: se trata de una pésima película, entre el cine de género y el “porno” gay, absolutamente fuera de lugar en un certamen de la importancia de Cannes, por más que pretenda encerrar una metáfora sobre el carácter asesino del Sida al final de la década de los 70.

Y mañana, ya, después de esta jornada exhaustiva, el Palmarés final.

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 19 de mayo de 2018).

Whitney Houston renace en un documental biográfico


"Whitney", de Kevin MacDonald

La conflictiva vida y la trágica muerte de la cantante Whitney Houston han resurgido en las pantallas de Cannes. Mediante un largometraje documental de Kevin MacDonald que recorre toda su existencia a través de entrevistas con familiares, amigos y colaboradores, mezcladas con una nutrida recolección de imágenes de archivo, asistimos a una trayectoria marcada por los estragos de la fama y de la droga. Quien fuera conocida como “La Voz”, la artista más laureada de todos los tiempos, nada menos que 415 galardones, encerraba una intimidad (marcada por los abusos sexuales sufridos durante la infancia) que dejó pocos resquicios a la felicidad. Con un pico de máxima fama a comienzos de los 90, cuando cantó a su estilo el himno nacional norteamericano en el intermedio de la Super Bowl e hizo mundialmente célebre el tema ‘I Will Always Love You’ de la película ‘El guardaespaldas’ (que también protagonizó junto a Kevin Costner), y una decadencia que el film recoge al mostrar, sobre todo, su penosa interpretación de esa misma canción en una gira que buscaba relanzar su carrera, Whitney Houston –fallecida en 2012, con tan solo 48 años– supuso todo un hito en la música popular contemporánea.

Kevin MacDonald sabe recoger en ‘Whitney’ estas distintas vertientes de la cantante, de manera muy cercana a como hizo tres años atrás Asif Kapadia con ‘Amy’, sobre otra intérprete de fatal desenlace como Amy Winehouse. Ambos acercamientos se centran en un objetivo parejo: ahondar en la persona que hay detrás del personaje, en un notorio esfuerzo documental por situarnos en la trastienda del mito, en todo aquello que no aparece en el escenario pero que determina la vida de quienes se suben a él envueltos por el halo, finalmente trágico, del triunfo.

A la realidad también acude el cineasta italiano Matteo Garrone en su ‘Dogman’, que ha presentado a competición de un Festival en el que está acostumbrado a llevarse buenas recompensas, como hiciera con los Grandes Premios del Jurado en 2008 y 2012 por, respectivamente, ‘Gomorra’ y ‘Reality’. Una realidad que generó en 1988 un tremebundo hecho, conocido como el caso de “Il Canaro”, pero que no les describiré para no fastidiarles la película. Baste decir que se halla más cercana al primero de los títulos citados, aunque aquí ya no estemos en la Nápoles mafiosa de Roberto Saviano, sino en un pequeño pueblo (su localización y retrato es uno de los mejores logros del film) donde un peluquero de perros y un brutal y forzudo gigantón van a solventar sus “diferencias”, no precisamente de manera civilizada. Dice Mateo Garrone que ‘Dogman’ se le ocurrió desde una imagen, “la de algunos perros, encerrado en una jaula, que asisten como testigos a la explosión de la bestialidad humana”. Visión a partir de la cual mostrar a un personaje que, “después de una vida de humillaciones, tiene la ilusión de liberarse de ella, y con él su barrio e incluso quizá el mundo”. A tan alta pretensión la película no llega, quedándose en un relato ultrarrealista donde valdría modificar la máxima latina para asegurar que “el hombre es un perro para el hombre”... Apunten el nombre de Marcello Fonte como posible Premio al Mejor Actor.

"Burning", de Lee Chang-dong

Todo lo contrario a ese hiperrealismo es el que ofrece el cineasta coreano Lee Chang-dong en su ‘Burning’, presentada asimismo a concurso por alguien cuyos films han sido también doblemente premiados en Cannes: a la actriz Jeon Do-yeon de ‘Secret Sunshine’ (2007) y al guion de la excelente ‘Poesía’ (2010). Se basa ahora en un relato breve de Murakami, titulado ‘Las granjas quemadas’, para trazar una película bañada por la ambigüedad, la indefinición y los huecos narrativos. “Para mí, el mundo es un misterio”, dirá en un momento su protagonista, un repartidor aspirante a escritor. Otro tanto le sucede al espectador, que duda con frecuencia sobre la manera adecuada para discernir el terreno en el que contemplar el film, especialmente debido al tercer vértice de un peculiar triángulo amoroso del que, por voluntad de sus creadores, no conocemos apenas sus pretensiones ni sus finalidades. No se trata de reivindicar tramas demasiado directas ni explicativas, pero, junto a su indudable entidad creativa, sería deseable una mayor precisión de la que exhibe ‘Burning’. Quizá es que nos tengamos que acostumbrar a un tipo de cine oriental que, paso a paso, va dominando Festivales como el de Cannes.

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 18 de mayo de 2018).