Dos o tres cosas que yo sé de él


Más allá de la calidad concreta de las múltiples obras que en él se ofrecen, el Festival de Cannes sirve cada año para auscultar por dónde va el mundo del cine. En este sentido, hay un par de cosas o tres que merece la pena resaltar tras la 70 edición del certamen:


Ante todo, la lucha que se avecina –o que está ya– entre las diversas formas de mostrar y recibir las películas. La larga discusión sobre los dos títulos que presentaba Netflix en la Sección Oficial ha valido como punta de lanza de un debate fundamental. ¿Debe privilegiarse a las salas o el signo de los tiempos hace que las imágenes “se consuman” básicamente en soportes domésticos o individuales? Almodóvar y otros muchos profesionales se han pronunciado en público por lo primero, aludiendo a la inigualable sensación de verlas en pantalla grande, con la proyección y el sonido adecuados, además de la experiencia que supone participar en un acto comunitario. Otros, más pertenecientes al mundo de la industria, argumentan que esa postura no busca sino poner puertas al mar y que la revolución digital ha llegado para quedarse en los sectores de la producción, la distribución y la exhibición. Aunque también los hay más “equilibrados”, que piensan que ambos caminos de difusión no resultan excluyentes y que pueden convivir las salas con las plataformas de internet sin antagonismos insuperables. La polémica está servida y de cómo se resuelva va a depender en gran medida el futuro de la cinematografía mundial.

Ruben Östlund, ganador de la Palma de Oro con "The Square"

Otra constatación importante que nos ha dejado Cannes es que se está produciendo un cierto relevo generacional entre los cineastas. Frente a una edición como la del pasado año, en que uno de los realizadores más veteranos en ejercicio, Ken Loach, ganó la Palma de Oro con Yo, Daniel Blake, en esta ocasión los privilegiados por el Palmarés son en su mayoría directores nacidos en la década de los 70. De hecho, los de mayor edad como Michael Haneke (de 1942) o Jacques Doillon (de 1944) fueron ignorados a la hora del reparto de premios. Lo que ello suponga cara al desarrollo del “cine de autor” está por ver, aunque el panorama general recién mostrado por Cannes no invita precisamente al optimismo.

Nicole Kidman, en la multicoproducción "El asesinato del ciervo sagrado"


Quizá porque –tercera consideración– ese “cine de autor” cada vez está más sujeto a condicionamientos económicos que se han convertido en una auténtica superestructura. No resulta extraño ver una coproducción sueco-eslovena-franco-neozelandesa, por ejemplo, con lo que eso supone de control por parte de múltiples comisiones que tienen que aprobar el proyecto, ya sea con dinero público o de las televisiones. Hasta qué punto ello no les está coartando a los cineastas la posibilidad de expresarse en libertad, es otro asunto que merece la máxima atención.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2017).

El territorio de la memoria



Texto de presentación del cuarto tomo de la colección "75 años de estrenos de cine en Madrid", de Juan José Daza del Castillo, donde se abarca el periodo 1964-1968. Esta presentación, que tuvo lugar en el Hotel Ritz, de Madrid, el 1 de junio de 2017, se iniciaba con unas palabras de agradecimiento al autor del libro y a los asistentes al acto, para seguir con los siguientes párrafos:

Dicen los neurólogos que la memoria se sitúa en unas pequeñas terminaciones nerviosas del cerebro, que se activan cuando una determinada situación, palabra o hecho llega hasta nosotros. No supone, por tanto, que continuamente estemos recordando con mayor o menor intensidad, sino que tiene que darse algún factor externo o interno que genere esos recuerdos. Hasta que, poco a poco, se conforma una Memoria global, que puede ser individual o colectiva en función de aquella circunstancia que la haya puesto en acción.

Pues bien, el libro que hoy me complazco en presentar posee todos los atributos para que nuestra memoria se active continuamente. En cada ficha de película estrenada en Madrid, con los datos de su director, sus intérpretes, su duración, el cine que la exhibió, su distribuidora, los días que permaneció en cartel e incluso algo tan “antiguo” como la calificación moral que recibió (aspectos que Juan José Daza incluye puntualmente título a título), sentimos restallar un fogonazo de memoria. Revivimos aquella sala ante la que tuvimos que hacer una espera tan larga, aquellas carteleras que nos impresionaban, aquella película con la que disfrutamos, aquella compañía que nos hizo feliz, si es que no fuimos solos, que también tenía su encanto... La incomparable liturgia de la sala oscura, el silencio compartido (todavía no había llegado, afortunadamente, la era de las palomitas), el respirar en común la película, sentir las emociones que se desprendían de la pantalla, los apasionados comentarios a la salida del cine…

Una experiencia impagable (aunque costara, poco, la entrada), que el libro de Daza nos hace recuperar. Parece mentira que una sucesión de fichas posea esta capacidad de evocación para quienes fuimos espectadores continuos en esos cinco años que en sus páginas quedan recogidos. Lo que cabría considerar como un conjunto de datos fríos se convierte así en una rememoración en toda regla. Y quien más quien menos reproducirá en su memoria lo que aquellas sesiones de cine significaron, aunque los más jóvenes nos miren como “bichos prehistóricos” porque ellos no lo vivieron.

Esos años 60 fueron realmente los de la eclosión de las salas madrileñas, y las de España entera. Sobre todo, las que albergaban enormes pantallas destinadas al Cinerama, el Todd-Ao o los 70 milímetros. Títulos como “La conquista del Oeste”, “Cleopatra” o “Lawrence de Arabia” se perpetuaban de una manera que hoy, sujetos a una exhibición intensiva en multisalas, resulta casi inimaginable. La crisis del cine derivada de la extensión masiva de la televisión había llevado a Hollywood a competir con ella merced al tamaño de la pantalla y a la especial calidad de la imagen y el sonido. Era la forma de “sacar” al público de sus casas, prometiéndoles una forma de espectáculo al que no podrían asistir desde sus sofás. Una estrategia que impidió que la televisión arrasara con todo.

Pero también, en un contexto español, la década de los 60 supone la llegada de las “Salas Especiales” y “de Arte y Ensayo”, donde la mano represora de la censura franquista se abría ligeramente para dejarnos ver lo que en otros países se contemplaba sin ningún problema. Jóvenes universitarios y profesionales inquietos alternaban en ellas con muchachas “de calcetines blancos” que, antes incluso del dominio de las minifaldas, respiraban sus primeras bocanadas de libertad. Allí, de aquellas salas, surgieron muchas parejas que se fueron conociendo a base de Polanski, Resnais, Buñuel o Fellini; que encontraron interlocutores que teorizaban sobre las tendencias más significativas del cine europeo; que su unían en sus críticas al Régimen; que tuvieron hijos concebidos a 24 imágenes por segundo.

Pero también este cuarto volumen de Juan José Daza significa un retrato de la ciudad de Madrid. La “polis” griega, la “civitas” romana, se basaba en una experiencia común de convivencia, de ciudadanía, de compartir cosas dentro de la comunidad. Y en pocos lugares cabía hacerlo de la manera en que se producía en las salas, que, además, conformaban una auténtica geografía de la ciudad. El mapa de Madrid podía seguirse a través de sus cines, con concentraciones tan intensas como las de la Gran Vía o la calle Fuencarral en zonas burguesas, o Bravo Murillo, General Ricardos y los Paseos de Delicias y Extremadura en sectores populares. Muy raro era el barrio madrileño donde no hubiera diversas salas, aunque fueran de primer, segundo o hasta tercer reestreno, con copias que iban rayándose y deteriorándose sucesivamente a medida que pasaban una y otra vez por los proyectores. También ahí se daba una clara diferencia de clases: entre las copias impolutas de la Gran Vía y las plagadas de rayas y saltos de imagen que llegaban a las salas de tercer orden, había un mundo que reflejaba profundamente las desigualdades de una sociedad que empezaba entonces a conocer el desarrollismo.

Sin embargo, todo conformaba una misma ciudad, la de los potentados y los desheredados, las de los biempensantes y los progresistas, la de los ricos y los pobres. Todo era Madrid, un Madrid que en buena parte ya no existe, como han dejado de existir la mayoría de las salas que Daza reseña. Producto de los tiempos y de un modelo de consumo entonces impensable, otras salas han nacido en el extrarradio de la ciudad, igual que en la mayoría de las capitales europeas. ¿Mejor o peor? No seamos apocalípticos y pensemos que el cine, en el centro de Madrid o en la periferia, siempre ha estado vivo.

Estas y parecidas reflexiones me han surgido repasando con detalle las páginas del cuarto volumen de “75 años de estrenos de cine en Madrid”. Otras diferentes se les plantearán a ustedes, porque el territorio de la memoria es fértil, enriquecedor y muy personal. Solo cabe desear que Juan José Daza continúe con esta iniciativa única, que él ha emprendido con voluntad férrea y a la que todavía le quedan numerosos tomos con los que documentarnos, conocer más sobre el cine y sobre Madrid y, sobre todo, disfrutar tanto como él lo hace elaborando pacientemente esta colección.


Tal como éramos



Prólogo al cuarto volumen (1964-1968) de la serie de libros "75 años de estrenos de cine en Madrid", de Juan José Daza del Castillo, publicado por Ediciones La Librería: 

Si no fuera porque le conozco personalmente, pensaría que el nombre de Juan José Daza del Castillo correspondía a toda una entidad o institución. Porque es tan ingente la obra que ha acometido, que parece imposible que esté siendo desarrollada por una sola persona (aunque “con la inestimable ayuda”, como él mismo la califica, de Alín Acatinca y Carmen Vega). Uno diría que esta labor de reseñar sala a sala cuantos estrenos cinematográficos se han producido en Madrid durante 75 años, desde 1939 tras la Guerra Civil, sería objeto del amplio equipo de un centro público, con los necesarios medios humanos, documentales y tecnológicos puestos a su disposición. Craso error: es obra de alguien único, que se pasa días enteros en la Hemeroteca Nacional recogiendo todo tipo de datos. De ahí habían nacido hasta ahora tres tomos, dedicados a los periodos 1939-48, 1949-58 y 1959-63; nace ahora el cuarto, que comprende entre 1964 y 1968, el que me honro en prologar con estas líneas.

Editados por La Librería, además, en tan solo tres años, lo que habla de una vastísima preparación previa para hacer posible el extremadamente minucioso recorrido por la programación de los cines madrileños, con la ficha de cada película exhibida, incluyendo cuánto duró en cartel e incluso la “Calificación Moral” recibida. Y acompañado por un espacio previo para Noticias del año, que aporta informaciones relevantes y muchas veces poco conocidas, y el Resumen de la temporada. Lo que, unido al Índice de títulos citados, convierte prácticamente al volumen en un Anuario de cuanto ha sucedido en el campo cinematográfico. Con ello, la indudable vocación de Juan José Daza, que ha dedicado gran parte de su vida a la exhibición, se transforma en un empeño enormemente útil no ya solo para historiadores y eruditos, sino para aficionados en general que quieran rememorar aquellas carteleras o conocerlas de primera mano.

Unas carteleras que, en la década de los 60, viven en Madrid –y en toda España– una verdadera explosión. Es una auténtica “Edad de Oro” de las salas, que duplican su número en nuestro país durante tan solo una década, como consecuencia de que cada españolito va al cine nada menos que una media de doce veces al año (el doble que en Alemania), cuando en la actualidad no va más de dos. Es el momento de las grandes pantallas para albergar las proyecciones en Cinerama, Todd-AO o 70 milímetros, con que la industria de Hollywood trata de combatir denodadamente la infiltración popular de la televisión. Es cuando era posible que una película llegase a ser proyectada durante 639 días consecutivos, entre el 19 de abril de 1963 y el 19 de enero de 1965, como logró La conquista del Oeste en el Cine Albéniz, estableciendo un récord absoluto. O cuando también se eternizaban en la pantalla títulos como West Side Story y Doctor Zhivago en el Paz, Cleopatra en el Conde Duque o Lord Jim, en el Palafox. Aunque no sucedía lo mismo con films españoles del máximo nivel de calidad, caso de El verdugo (28 días), La Tía Tula (otros 28), Nueve cartas a Berta (42) o La caza (tan solo 7).

Lo que supuso la llegada en 1967 de las llamadas “Salas Especiales” y “de Arte y Ensayo”; las modificaciones legislativas aplicadas por José María García Escudero al frente de la Dirección General de Cinematografía, con un cierta apertura de la censura; el hecho de que Alegre juventud fuera en 1964 la primera película no religiosa autorizada a proyectarse durante la Semana Santa; que nada menos que al 61% de las 1.456 películas calificadas entre 1963 y 1966 por la autoridad eclesiástica les fuese aplicado el 4 de “Gravemente Peligrosa” (hombre, tan malos no hemos salido…); que el precioso Cine Doré se salvara milagrosamente de la piqueta al pensarse en él como futura sede de la hoy Filmoteca Española; que la sala preferida de Azorín fuera el pequeño Cine Gong, situado en la calle de Marqués de Cubas y que pasaba con frecuencia films en versión original “avant la lettre”…


Todo esto lo sabemos o lo recordamos ahora gracias al trabajo de Juan José Daza, en un ejercicio de memoria que va mucho más allá del frío dato, de la estadística objetiva. “La nostalgia ya no es lo que era”, sostenía Simone Signoret, pero en este volumen recuperamos lo mejor de ella. Pasando y paseando por sus páginas, uno rememora tantas miles de horas disfrutadas ante la pantalla, pero también las enormes carteleras, las interminables colas de espectadores, el ansia hacia lo maravilloso que nos esperaba, las personas queridas que nos acompañaban. Íbamos al cine tal como éramos, tal como vivíamos, sentíamos y anhelábamos: ahí radica la principal lección de los impagables libros de Juan José Daza, este confeso admirador de Dreyer, Kurosawa, Fellini y Wilder, que le enseñaron “a amar el cine”. Apasionadamente.

El Palmarés de un año gris


"Basado en una historia real", de Roman Polanski (fuera de concurso)

No fueron tampoco mejores los días que transcurrieron desde la pasada crónica hasta el final de la 70 edición de Cannes. Ni Krotkaya, del ucraniano Sergei Loznitsa (estropeada por un larguísimo y absurdo sueño que ocupa su desenlace); ni Good Time, de los estadounidenses hermanos Safdie (ocupando el hueco que el Festival suele “reservar” a los films de acción criminal); ni L’amant double, del francés François Ozon (que tan buen sabor de boca dejara con su anterior Frantz); ni De la nada, del alemán Fatih Akin (muy cuestionable éticamente en su respuesta al terrorismo neonazi); ni Nunca estuviste realmente allí, de la escocesa Lynne Ramsay (donde solo destaca la interpretación de Joaquin Phoenix), aumentaron el nivel de calidad de la Sección Oficial. Tampoco Roman Polanski, que participaba fuera de concurso con una poco original, aunque bien narrada, Basado en una historia real, cambiaría el signo de la muestra. Con lo que se confirmaba que Cannes 2017 ha sido un año menor dentro de la trayectoria del certamen, recolectando una “cosecha” que no pasará precisamente a su historia.

Lo preocupante no es ese hecho en sí mismo, porque quizá se deba a una concatenación de errados criterios seleccionadores, repartos geográficos o de falta de coincidencia en la terminación de determinadas películas, aspectos que se deben tener siempre en cuenta a la hora de valorar una edición. Pero si se trata de Cannes, que puede elegir lo que desee de cuanto se hace en el mundo del cine, la cosa resulta más preocupante. Sobre todo, porque llegue a reflejar una situación general de crisis creativa en la producción mundial. Los meses venideros nos darán la respuesta.

Ruben Östlund, mostrando su Palma de Oro por "The Square"

Así las cosas, y dado que no había films situados muy por encima del resto, el Palmarés podría haber sido el que ha sido u otro diferente. Llevado de criterios que el propio Almodóvar calificaba de “democráticos” –es decir, que no ha habido unanimidad ni presidencialismo–, el Jurado optó por otorgar la Palma de Oro a The Square, quinto largometraje de Ruben Östlund, que destacase internacionalmente con Fuerza mayor, también llamada Tourist, que precisamente ganase aquí en 2014 el Premio de la sección paralela Un Certain Regard. Contra lo que se ha escrito, no es una “comedia sofisticada” ni consiste en ironizar sobre las convenciones del arte contemporáneo. Aunque posea ingredientes de ambos aspectos, lo que el cineasta sueco pretende verdaderamente en The Square es conformar un juicio moral sobre su protagonista, el prestigioso director de un museo de esas características, sujeto a múltiples contradicciones, dudas y falsedades a partir del momento en que le roban su cartera y su móvil.

Film irregular, excesivo en su duración de 142 minutos, con secuencias prescindibles o recortables como las que tienen como centro a un gorila y a un “performer” que imita sus movimientos y gestos, The Square es siempre un film inquietante, que crea desasosiego en el espectador. Y que ha superado en el Palmarés al que parecía favorito, el francés 120 latidos por minuto, Gran Premio del Jurado para la primera presencia en Cannes de Robin Campillo, que reconstruye con estilo semidocumental la lucha de un grupo de enfermos de sida contra las políticas gubernamentales y de los laboratorios en la década de los 90.

Joaquin Phoenix y Diane Kruger, Premios de Interpretación 

Nadie se sorprendió demasiado con los premios de interpretación para el citado Joaquin Phoenix y Diane Kruger, que lleva a sus espaldas todo el relato de De la nada, pese a que yo habría preferido para estos galardones al gran Dustin Hoffman de The Meyerowitz Stories y a la fascinante Ayame Misaki de Hikari, Hacia la luz, de Naomi Kawase. Pero eso ya son opiniones particulares, convertidas en general cuando se rechaza que El asesinato del ciervo sagrado, de Yorgos Lanthimos, y la mencionada Nunca estuviste realmente allí contengan los mejores guiones de la competición, como también que hiciera falta ese Premio 70 Aniversario para la omnipresente Nicole Kidman. En un Palmarés dentro del que la rusa Nelyubov, Falto de amor, de Andrei Zvyagintsev debía haber estado mucho más arriba que con un simple Premio del Jurado. Para mí, fue la obra más completa de la Sección Oficial, como la que más me impresionó fue el espléndido documental 12 jours, del maestro Raymond Depardon, presentado fuera de concurso.

Laura Ferrés, directora de "Los desheredados"

Una constatación para terminar: solo una participación española en todo Cannes, la del valioso cortometraje Los desheredados, de Laura Ferrés, y premio de la Semana de la Crítica para él. A eso se llama lograr un pleno…

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2017).


Una edición bajo el clima antiterrorista


Vigilancia policial ante el Palacio del Festival de Cannes

Está resultando rara esta edición de Cannes, debido al clima de temor que la preside. El atentado de Manchester ha venido a redundar lo que ya se estaba viviendo desde un principio: controles continuos, vigilancia extrema y una tensión que incluso hizo desalojar el Palacio del Festival ante la aparición de un bulto sospechoso. Aunque quede disimulado por los fastos del 70 Aniversario del certamen, quien más quien menos está deseando que llegue el próximo domingo y que esto termine. Niza se halla muy cerca y París ha quedado en la memoria de todos, por poner solo dos ejemplos de la propia Francia que, lamentablemente, cabe extender a otros numerosos países.

Tampoco ayuda a tan lógica preocupación por el mundo que nos rodea el que, desde el punto de vista cinematográfico, estemos viviendo un año escasamente maravilloso. La cantidad prima sobre la calidad, con una Selección Oficial que, además de la Competición, extiende sus tentáculos con proyecciones especiales, fuera de concurso y sesiones de medianoche, junto a la sección paralela Un Certain Regard y las complementarias Quincena de Realizadores y Semana de la Crítica. Un monstruo de mil cabezas, donde los criterios selectivos resultan tantas veces inescrutables, como si ante todo se hubiese querido llenar horas y horas de programación.

De hecho, cuando quedan solo tres días para completar la Sección Oficial, no ha habido lo que suele llamarse “la película del Festival”, como en ediciones anteriores sucedió con Paterson, Sueño de invierno, La vida de Adèle, AmorMelancolía, La cinta blanca o Cuatro meses, tres semanas y dos días. Por el contrario, la mayoría de los cineastas han estado por debajo de sus obras anteriores; y en ese grupo hay que incluir al Michael Haneke de Happy End –por mucho que me pese–, el Todd Haynes de Wonderstruck, el Ruben Östlund de The Square o el Yorgos Lanthimos de El asesinato del ciervo sagrado, en quienes se albergaban fuertas esperanzas.

Ha habido, por supuesto, muy buenas películas como Sin amor, del ruso Andrei Zvyagintsev (una certera descripción del marasmo ético de su país); 120 latidos por minuto, del francés Robin Campillo (centrada en las actividades reales de un grupo de enfermos de SIDA, que luchan contra las políticas gubernamentales y de los laboratorios sobre la enfermedad en los años 90), o Hacia la luz, de Naomi Kawase (dentro de su estilo poético y de potenciación de las relaciones personales y la naturaleza), en mi opinión los tres títulos más destacados hasta ahora en la Competición Oficial.

Como asimismo hemos visto films sólidos y bien narrados, caso de The Beguiled, de Sofia Coppola (“remake” muy fiel de aquella película de Don Siegel con Clint Eastwood, El seductor, de 1971); la comedia muy neoyorquina y cercana a Woody Allen The Meyerowitz Stories, de Noah Baumbach, uno de los dos casos del conflicto del Festival con Netflix que señalamos en la anterior crónica, o, dentro de un sólido clasicismo, Rodin, del ya veterano Jacques Doillon. También destaquemos L’atelier, lo más relevante de Un Certain Regard, en la que Laurent Cantet prolonga el estilo directo y comunicativo que, con La clase, le dio la Palma de Oro en 2008.

Interior de la Gran Sala Lumière en el Palais du Festival

Suficiente, pensarán ustedes, para una sola edición. Pero no para la que, a bombo y platillo, buscaba celebrar las siete décadas del certamen. Y, además de la citada 120 latidos por minuto, sorpresas pocas entre los más o menos debutantes en La Croisette, como lo es Robin Campillo. Quizá la mayor de ellas provenga de la Quincena de Realizadores, donde The Florida Project, de Sean Baker, ha logrado la unanimidad de crítica y espectadores. Porque no es precisamente novedad que un documental de Agnès Varda destaque por su sensibilidad y cercanía: así sucede en Visages Villages, realizado en colaboración con el fotógrafo JR, famoso por situar grandes imágenes de gente normal y corriente en paredes de edificios, industrias y hasta trenes.

Esperemos que de la mano de Sergei Loznitsa, François Ozon, Fatih Akin, Lynne Ramsay o, fuera de concurso, Roman Polanski, cineastas significativos que faltan por aparecer en la Sección Oficial cuando escribo las presentes líneas, nos llegue el deseado empujón de calidad. Se lo diré la próxima semana, al comentar el Palmarés de esta muy tensa y controlada 70 edición.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2017).


Cannes'17: Siete décadas nos contemplan


Para comenzar su 70 edición, que desea conmemorar con la imagen en su cartel de una vitalista Claudia Cardinale y numerosas fiestas y homenajes, Cannes ha elegido una película relacionada con el cine, Les fantômes d’ Ismaël, de Arnaud Desplechin. O, más concretamente, sobre el conflicto interior de un cineasta que ve cómo su mujer reaparece tras veintiún años sin noticias de ella, en medio de la elaboración de su próximo trabajo. Inauguración débil, acogida gélidamente por la Prensa, ya que el cineasta francés solo consigue interesar en la primera parte de su narración. Tampoco resultaba muy estimulante el debut en la realización de Vanessa Redgrave, con un documental, Sea Sorrow, plagado de buenas intenciones pero cuya única novedad es mezclar textos de Shakespeare con el que parece que va a ser gran tema del certamen, el del actual éxodo de refugiados.

Cartel conmemorativo de los 70 años del Festival de Cannes

Siempre se ha dicho que Cannes cuida especialmente su “cuadra” de cineastas; es decir, de aquellos que se han significado especialmente en el certamen y están adheridos a su nombre. Buena prueba de ello es la competición de este año, con diecinueve títulos, entre los que la inmensa mayoría pertenece a realizadores habituales por estos lares. Un doble ganador de la Palma de Oro como Michael Haneke presenta su muy esperada Happy End, mientras otros seis compañeros ya han sido premiados aquí, o bien por sus películas o por sus intérpretes: Fatih Akin (Aus dem Nichts), Todd Haynes (Wonderstruck), Michel Hazanavicius (Le redoutable), Naomi Kawase (Hikari), Yorgos Lanthimos (The Killing of a Sacred Deer) y Andrei Zvyagintsev (Nelyubov). Además, varios otros cineastas como Sofia Coppola, el citado Desplechin o François Ozon han figurado también numerosas veces en una Sección Oficial que privilegia al cine europeo con doce films, por encima del estadounidense, con cuatro, y del asiático, con tres. En total, hay solo seis caras nuevas, casi siempre procedentes de las secciones paralelas del certamen; y únicamente tres mujeres detrás de la cámara concurren a concurso.

Hasta cierto punto, esa insistencia en determinados cineastas es normal. Un Festival que ha llegado a su séptima década, siendo además y desde hace mucho tiempo el más importante del mundo, resulta lógico que haya contado con una inmensa pléyade de nombres de primera fila a lo que acude regularmente cuando cuentan con obra nueva. Casi todos los certámenes cuidan a unos determinados autores, porque forman parte de la propia identidad de la manifestación. Aunque un poco de renovación no le vendría mal a Cannes, alejando la idea de que, hagan lo que hagan, hay nombres que siempre figurarán en su catálogo.

Especialmente, si cuentan con producción o coproducción francesa, lo que parece un pasaporte imprescindible para cruzar la frontera de La Croisette. Lo que, a imitación de la Sección Oficial, viene a repetirse en las paralelas Un Certain Regard, Quincena de Realizadores y Semana de la Crítica. Para que no haya dudas del profundo chovinismo francés en materia cinematográfica, todas ellas están inauguradas en la presente edición por films galos. Y todavía eso va a ser más intenso en el futuro: según ha anunciado el certamen, para concurrir a él hará falta desde el próximo año contar con un distribuidor del país vecino. ¿Motivo? Luchar contra la política de Netflix de no estrenar en salas, sino directamente en su plataforma, caso este año de The Meyerowitz Stories, de Noah Baumbach, y Okja, de Bong Joon-Ho.

Y una tercera característica típica de Cannes es su sempiterno desdén hacia el cine español. Casi sobra decirlo por lo que tiene de repetitivo, pero cuesta pensar que sus diversos comités de selección no hayan encontrado entre la producción de nuestro país más que un cortometraje (Los desheredados, de Laura Ferrés) para la Semana de la Crítica y un largometraje en coproducción (La cordillera, del argentino Santiago Mitre) para Un Certain Regard, elegido muy a última hora. Por cierto, Cannes ha puesto de moda añadir en los momentos finales películas para todos sus apartados, decisiones fuera de tiempo que antes eran consideradas propias de Festivales mal organizados…

El Jurado Internacional, presidido por Pedro Almodóvar


Tendremos que “consolarnos” entonces con la presidencia de Pedro Almodóvar en el Jurado Internacional, al frente de figuras tan destacadas como Jessica Chastain, Paolo Sorrentino, Maren Ade, Agnès Jaoui o Fan Bingbing, la máxima estrella del cine chino y que el pasado año obtuvo en San Sebastián el Premio a la Mejor Actriz por Yo no soy Madame Bovary. Una vez más, por si hiciera falta, se comprueba que para Cannes el cine español comienza y acaba en Almodóvar.

(Publicado en "Turia" de Valencia, mayo de 2017).

Relevo generacional en el Palmarés


Ruben Östlund. celebrando su Palma de Oro por "The Square"

A medida que se iba conociendo el Palmarés del 70 Festival de Cannes, donde los premios siempre se otorgan de menor a mayor importancia, podía deducirse que iba a surgir la sorpresa. Así ha sido, con la obtención de la Palma de Oro (que no puede coincidir con ningún otro galardón) por parte de ‘The Square’, quinto largometraje del sueco Ruben Östlund, que ya había obtenido en 2014 el Premio de la sección Un Certain Regard por ‘Fuerza mayor’ o ‘Tourist’. De hecho, no figuraba en ninguna de las quinielas: en la revista ‘Screen’, la crítica internacional lo había puntuado con una media de 2’7 sobre 4; y en ‘Le Film Français’, solo al comentarista de ‘Le Figaro’ le había parecido merecedor de la más alta distinción.

Dos circunstancias curiosas se dan en el caso de ‘The Square’. La primera, que fue un título seleccionado a ultimísima hora para la competición, cuando el resto de sus compañeros de programa ya era público. La segunda, que se exhibió en Cannes el mismo día, sábado 20, que se proyectaba el film que ha quedado justo detrás de él con su Gran Premio del Jurado, ‘120 latidos por minuto’, de Robin Campillo, la que aparecía como favorita y que se ha llevado la mayor ovación en la Gala de Clausura. Se diría que ese sábado el Jurado presidido por Pedro Almodóvar estaba especialmente receptivo para apreciar las buenas películas.

Robin Campillo, con su diploma de Gran Premio del Jurado por "120 latidos por minuto"

Porque tanto ‘The Square’ como ‘120 latidos por minuto’ lo son, con temáticas tan distintas como el cuestionamiento moral de la forma de actuar del prestigioso director de un centro de arte contemporáneo a raíz del robo de su cartera y su teléfono móvil, y la lucha de un grupo de enfermos de sida contra la política gubernamental y de los laboratorios en el París de los 80. Como ya abordamos ambos films en nuestra crónica del pasado domingo, nos remitimos a ella en esta reseña de urgencia.

Porque lo que considero más significativo del Palmarés de este año es que da paso a un cierto relevo generacional dentro del mundo del cine. Ruben Östlund nació en 1974; Robin Campillo en 1962, pero esta es únicamente su tercera obra; Sofia Coppola, que ha obtenido el Premio a la Mejor Dirección por ‘The Beguiled’, en 1971; Yorgos Lantimos, cuyo guion de ‘El asesinato del ciervo sagrado’ ha sido galardonado “ex aequo” con el de ‘Nunca estuviste realmente allí’, de Lynne Ramsay, en 1973, mientras ella lo hacía solo cuatro años antes… Quiero decir que, dejando totalmente fuera del Palmarés al Michel Haneke (1942) de ‘Happy End’ o al Jacques Doillon (1944) de ‘Rodin’, parece que el Jurado ha apostado por una generación más joven para llevar el timón del cine actual. Baste recordar, además, que la Palma de Oro del pasado año fue para uno de los autores más veteranos en ejercicio, el Ken Loach de ‘Yo, Daniel Blake’…


Discutir las decisiones de un Jurado suele ser un ejercicio estéril. Al fin y al cabo, es la opinión de un heterogéneo grupo de profesionales respecto a la de uno mismo. Pero sí cabe decir que me alegro profundamente que se halle en el Palmarés ‘Nelyubov’, ‘Falto de amor’, del ruso Andrei Zviagintsev (otro nacido en los años 60), para mí la película más completa de la Sección Oficial dentro de un Cannes que no quedará en la memoria por su nivel de calidad. En el capítulo interpretativo, esperables eran los premios a Joaquin Phoenix por ‘Nunca estuviste realmente allí’ –lo dijimos ayer mismo– y a Diane Kruger por ‘De la nada’, con el “estrambote” del Especial 70 Aniversario a Nicole Kidman por su presencia en nada menos que cuatro títulos de la Selección Oficial. Mientras que el más rechazable es el compartido, y ya mencionado, al Mejor Guion. Refiriéndose a premios, hay que subrayar el logrado en la Semana de la Crítica por la catalana Laura Ferrés por su notable corto documental ‘Los desheredados’, única representación española en el certamen.

Permítaseme un párrafo final de homenaje a quien durante muchos años me acompañó en Cannes con el fin de seleccionar películas para el Festival de Valladolid: Juan Antonio Pérez Millán, fallecido hace solo unas semanas y de recuerdo imborrable.

Hasta Cannes 2018.

(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 29 de mayo de 2017).