Una gran cosecha de cortos


No es la primera vez que, en esta misma sección, me refiero a la gran valía de los cortometrajes que se hacen en España. No todos, claro, porque la oferta es enorme: 249 en 2011, 240 en 2010 y 241 en 2009, con una cifra posiblemente similar en el año que ahora termina. Aunque me figuro que va a descender en el próximo al no haber convocado el ICAA en este ejercicio las Ayudas sobre Proyectos de cortos y solo las de los ya realizados, al tiempo que diversas Autonomías las han rebajado. ¿Qué cómo se hacen tantos? Es uno de los muchos misterios que pueblan el cine español, y cuya explicación remite al entusiasmo de quienes los ponen en pie, su capacidad para mover carros y carretas hasta encontrar financiación o el entusiasmo paterno-filial, sin excluir herencias de tías lejanas… Además, la frase de que “en los cortos no cobra nadie” se ajusta bastante a la realidad, y hasta algunos optimistas no dudan en prometer un reparto equitativo sobre beneficios futuros.


Entre los numerosos títulos que en 2012 merecen la pena, hay dos que se elevan por encima del resto: Aquel no era yo, de Esteban Crespo, en el terreno de la ficción; y A Story for the Modlins, de Sergio Oksman, en el del documental, ganadores ambos de numerosísimos premios nacionales e internacionales. Mientras este segundo traza la historia de la familia Modlin, compuesta por un actor secundario norteamericano, su mujer (obsesionada con pintar el Apocalipsis) y el hijo de ambos, que acabaron recalando en Madrid, donde dejaron tirados en la calle cientos de fotos y de documentos personales, que el film recoge, Aquel no era yo sorprende por el nivel de su producción y su potencia narrativa al relatar, a propósito de un secuestro en un país africano, la terrible realidad de los “niños de la guerra”.

Pero es que, centrándonos en este terreno de la ficción, podríamos citar otros muchos ejemplos: la sensible emotividad de La boda, de Marina Seresesky; la forma de tratar un encuentro amoroso entre adultos en Desayuno con diadema, de Óscar Bernàcer; el alto nivel de la interpretación de Juan Diego en Matador on the Road, de Alexis Morante, comparable al de María Botto en La mujer del hatillo gris, de Luis Trapiello; la mirada satírica sobre la hipocresía familiar que despliega Natalia Mateo en Ojos que no ven; la digna herencia del Mihura de “Maribel y la extraña familia” perceptible en Abstenerse agencias, de Gaizka Urresti…

Como ya no voy a estar con ustedes hasta después de las Navidades, voy a pedir a los Reyes Magos tres cosas, todas ellas referidas a la Turia: que, como creo que ya tuvo en tiempos, recupere una sección crítica referida a los cortometrajes; que los incorpore a sus Premios anuales, y que –dado que buena parte de sus lectores son jóvenes y proclives a este mundo– encabece unas jornadas dedicadas a estudiarlo en profundidad. Sería de justicia.

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Diciembre 2012

Cuestión de mirada


Si hubiera que elegir el concepto que mejor define las características concretas de una película, este sería sin duda el de la mirada desde la que se observa cuanto se narra. Supone el elemento fundamental a partir del que enjuiciamos adecuadamente lo que el relato quiere ser, cómo se desarrolla y a dónde pretende ir. Es, por tanto, la mirada del director (y antes la del guionista, en muchos casos la misma persona) la que determina el alcance de esa película y lo que propone al espectador. De ella nacerán tanto la elaboración e itinerario de los personajes como el sentido y significado que adopta la trama, e incluso el estilo particular que se aplica a ella. Por encima de cuestiones previas temáticas y formales, o mejor englobándolas en un todo conjunto, es la mirada del autor lo que realmente importa.


Lo acabamos de comprobar en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva y, más exactamente, en sus títulos más significativos a juicio de su Jurado Oficial, compuesto por la actriz Irene Visedo, el productor Luis Miñarro, el director Gerardo Olivares, el guionista argentino Marcelo Vernengo y quien esto escribe. Elegimos para el Colón de Oro, el premio máximo, Infancia clandestina, primer largometraje de Benjamín Ávila, que aborda la difícil existencia de una familia de activistas montoneros durante la dictadura militar argentina. Pero lo fundamental es que la mirada que sobre esta historia plantea su director la identifica con la del niño protagonista, trasunto autobiográfico del propio cineasta. Si desde otro acercamiento, la película podría resultar insuficiente en sus planteamientos ideológicos y políticos, o incluso demasiado sentimental, al venir observada desde los ojos de este crío de unos once o doce años, ya adquiere un sentido distinto y transforma su experiencia directa en el medio a través del que el público recibe el film. Merece la pena que lo comprueben dentro de poco, cuando se estrene Infancia clandestina, ya seleccionada para representar a su país entre aquellos títulos que aspiran a los Oscar y los Goya.

Pero es que lo mismo sucedía con las películas que igualmente destacaron y lograron los principales galardones: la mexicana Fecha de caducidad, de Kenya Márquez (Colón de Plata a la Mejor Dirección), una notable ilustración en clave negra del famoso dicho de que “las apariencias engañan”, contada desde tres puntos de vista, un tanto a la manera del clásico Rashomon; la también “opera prima” De martes a martes (Carabela de Plata y Premio al Mejor Actor), donde el argentino Gustavo Fernández Triviño observa con inteligencia a un ser anónimo que parece pasivo pero acaba modificando su realidad y la de otros personajes, y Mai morire, de Enrique Rivero (Premio Especial del Jurado), personal acercamiento a temas tan mexicanos como el desarraigo y la muerte. Todo ello dentro de una Sección Oficial que reunía una decena de películas de buen nivel medio, y de un Festival que ha tenido que recortar este año nada menos que la mitad de su presupuesto.

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Diciembre 2012


El muro




No hay clase, conferencia, charla o mesa redonda en que no surja la misma pregunta, planteada por alguien joven del auditorio: ¿cómo puedo hacer para entrar en el mundo del cine, o del mundo audiovisual en general? Las respuestas inciden habitualmente en términos similares: la importancia de la formación, el esfuerzo, el trabajo, la paciencia, la constancia en lograr el objetivo si la vocación es clara… Palabras en definitiva vanas, porque uno tiene la íntima convicción de que lo van a tener especialmente difícil, que no hay apenas caminos que recorrer, que solo muy pocos lo lograrán. Las chicas y chicos de hoy sienten que tienen ante ellos un muro casi imposible de penetrar, que no existe manera humana de franquearlo.

Siempre ha sido así para acceder a cualquier profesión, podrán decirme, pero no es cierto. Cuando más de la mitad de los jóvenes españoles se halla en paro, cuando –como se repite sin parar– están mejor preparados que nunca pero de muy poco les sirve, cuando ven que muchos de sus compañeros deben marcharse al extranjero para encontrar un hueco, eso significa que la realidad es más dura que nunca. Supone el fracaso de toda una sociedad, incapaz de abrir paso a la gente joven. Revela el desatino de unos poderes públicos que les cierra la mayoría de las vías de acceso, después de haber invertido una serie de recursos en su formación y de prometerles lo que luego no son capaces de cumplir. Señala también la carencia de generosidad de unas generaciones anteriores que, más que facilitarles el tránsito al ámbito profesional, parecemos empeñados en cerrárselo a cal y canto.

Están hartos de nuestros tópicos: que si la ilusión derriba cualquier obstáculo, que cuentan a su favor con la fuerza de la edad, que el mundo está lleno de posibilidades que descubrir…, a lo que ahora se añade en las consignas oficiales la monserga de los “emprendedores”, de que ellos mismos se valgan por sí mismos gracias a sus iniciativas. ¿Cómo no van a estar “indignados”? Mucho más deberían estarlo al ver que hemos construido una sociedad que les excluye del sistema o les envía fuera del país para buscarse la vida.

Centrándonos en el campo cinematográfico y audiovisual, sirva un hecho: si había un resquicio por donde la gente joven podía entrar en él, eran las ayudas estatales a la escritura de guiones, a los proyectos de cortos, a las obras que utilizan nuevas tecnologías o a los proyectos de largometrajes. Pues bien, las tres primeras no han sido convocadas este año y la última no ha vuelto a llegar a los diez millones de euros que tuvo en su día (aunque se acaba de suplementar hasta algo más de cinco millones). Y, a la vista de los Presupuestos Generales del Estado, me temo que lo mismo va a suceder en 2013. Bonito panorama que no se palia con frases cursis sobre la juventud. Para ser sinceros, mejor digamos que los jóvenes, al paredón.

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Noviembre 2012

¡Salvem l'IVAC!


Cuando una Administración quiere debilitar o anular a un determinado organismo, lo que suele hacer es insertarlo en otro mayor para, desde él, ir minando su desarrollo. Es una vieja práctica que, me temo, va a utilizar ahora la Generalitat con el Institut Valencià de l’Audiovisual i la Cinematografia, más conocido como el IVAC. La creación por decreto-ley de CulturArts Generalitat implica poner bajo este “paraguas” a la mayoría de los organismos culturales, el IVAC entre ellos, lo que va a suponer una reducción de nada menos que del 40% en presupuesto y personal. Es decir, dejar limitado a su mínima expresión al Instituto, del que dependen, entre otras cosas, la Filmoteca, el Festival Cinema Jove y toda la –ya menguada– política de apoyo al audiovisual valenciano. Si a ello se añade la tremenda situación de Canal Nou, se deducirá el negro futuro que se le ofrece al sector.

Es otra barbaridad de las muchas que se están cometiendo. ¿Por qué ir contra el IVAC, por qué condenar a Cinema Jove después de haber destrozado la Mostra, por qué machacar a la Filmoteca, que se ha ganado un prestigio internacional entre los centros de esta naturaleza? Una Filmoteca que atesora cerca de treinta mil películas; que cuenta con mil doscientos depósitos, legados y donaciones, además de un excelente centro de documentación; cuyas publicaciones superan el centenar y medio; que ha contado con un público fiel, por encima de los cien mil espectadores durante 2011, en sus diversas sedes; que se beneficia del trabajo de un equipo pequeño pero sumamente eficaz… ¿A quién molesta todo ello? La pregunta es retórica, porque todos sabemos la brutal política que está detrás de este previsible recorte de un 40%. Si los 274 millones de euros de dinero público que se han invertido en la Ciudad de la Luz hubieran ido a parar al IVAC, y este los hubiera distribuido con criterios justos y equitativos en lugar de emplearlos en un invento megalómano y sin sentido, otro gallo le cantaría al mundo audiovisual valenciano.


Pero lo urgente es ahora salvar al IVAC de la rapiña de sus administradores. Sé que no es lo mismo que defender a un barrio popular como el Cabanyal, pero la sociedad civil debe tomar cartas en el asunto. Confórmese una Plataforma ciudadana de protesta y apoyo, organícense actos que clarifiquen la situación, respáldese a los trabajadores y trabajadoras del IVAC que, justo el Día Mundial del Patrimonio Audiovisual, ya hicieron público un manifiesto sobre la amenaza que se cernía sobre su institución y sobre ellos mismos. No vale la argumentación de que hay otras cosas más decisivas, más básicas, de que “con la cultura no se come”: todo es decisivo cuando se está atentando de esta forma contra bienes legítimamente adquiridos. Estamos en nuestro perfecto derecho de exigir que sobrevivan la Filmoteca, Cinema Jove y el conjunto del audiovisual valenciano. Que, por lo menos, no destrocen lo que con tanto esfuerzo e ilusión se ha edificado.

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Noviembre 2012

¡Pobres guionistas!


No ha tenido eco alguno, ni se ha publicado en ningún medio que yo sepa, pero la noticia me parece tremenda: la Comisión Nacional de la Competencia (CNC) ha impuesto una multa de 29.700 euros a la asociación de guionistas Autores Literarios de Medios Audiovisuales, más conocida por ALMA. ¿Cuál ha sido el “delito” que merece esta sanción económica de casi cinco millones de las antiguas pesetas? Pues “una conducta anticompetitiva consistente en la elaboración y publicación de recomendaciones colectivas sobre los precios cobrados por los guionistas autónomos en el ámbito de los medios audiovisuales”. Es decir, que una asociación profesional ni siquiera puede trazar una tabla orientativa sobre cuánto tendrían que percibir quienes escriben películas o series televisivas. Parece el objetivo mínimo de una entidad de este tipo, orientar a sus asociados sobre los salarios que deben reclamar a sus empresarios. Pues no, la CNC ha decidido que eso atenta contra el artículo 1 de la Ley de Defensa de la Competencia. De lo que cabe deducir que o este artículo es injusto o se aplica de manera inadecuada.



¿Qué han hecho los pobres guionistas para recibir tal palo en los lomos de su asociación? Tan solo escribir historias, hacer posible que se pongan en pie obras audiovisuales, crear ficciones con las que otros se enriquecen…, a cambio de un dinero mínimo. Cualquiera que lea el presupuesto de una película o una serie españolas se escandalizará con lo poco que cobran quienes las han inventado. Ninguna profesión está tan mal pagada en este ámbito como la de guionista, aunque se nos llene la boca hablando de la importancia decisiva de maestros como Rafael Azcona. No se trata de llegar a las enormes cantidades que se manejan en Hollywood, sino de asegurar unos ingresos dignos a quienes se dedican a este trabajo. Aunque solo una ínfima minoría puede consagrarse a él en exclusiva, debiendo compaginarlo con otras tareas más rentables. Contratos leoninos, condiciones laborales penosas, pérdida de derechos en beneficio de sus empleadores, todo se conjuga en su contra. Y va la asociación que los representa y se “atreve” a difundir unas orientaciones sobre lo que deberían cobrar, y un organismo oficial se lanza a degüello contra ella. Todo un ejemplo de buenas prácticas.

Lejanos suenan los tiempos –y no lo son, menos de cuatro años– en que parecía que la Federación de Productores y ALMA iban a establecer un acuerdo por el que se pagaría por los guiones una cantidad mínima del 3% del presupuesto. Porcentaje que no resulta precisamente exagerado para quienes determinan el punto de partida de cualquier obra audiovisual. Pero todo quedó, una vez más, en agua de borrajas, y de aquel posible pacto nunca más se supo. Con lo que se perpetúa la tradicional indefensión de los guionistas, en especial de los más jóvenes que se inician en televisión y que tienen que aceptar las condiciones leoninas de las productoras. Ahora, ya ni siquiera una “tabla orientativa” puede acompañar a sus reivindicaciones.

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Octubre 2012

Europa Creativa




Este es el nombre del nuevo Programa de la Unión Europea, que –desde 2014 y hasta 2020– va a apoyar a los sectores culturales, incluyendo de manera destacada al sector audiovisual. Reemplazará a los dos existentes en la actualidad, MEDIA y Cultura, que todavía seguirán operativos el próximo año, además de añadir un Fondo de Garantía (similar a la S.G.R. española) destinado básicamente a las pequeñas empresas. La dotación global de este nuevo Programa será de 1.801 millones de euros para todo el periodo mencionado, lo que supone un incremento del 37% respecto a la cantidad que ahora tienen los dos a los que sustituye. El trámite parlamentario ha comenzado en la Comisión de Cultura el pasado lunes, se prevé que llegará al Pleno del Parlamento Europeo en diciembre y que sea aprobado de manera definitiva durante el primer semestre de 2013.

Es una buena noticia, que no ha encontrado en los medios españoles el eco que merece y que fue presentada y analizada en un Seminario que tuvo lugar en Cuenca hace una semana, donde se reunieron un centenar de representantes de la cultura de nuestro país. Y digo que es una buena noticia porque contrasta con la incesante e injusta política de recortes que estamos sufriendo: mientras, por ceñirnos al mundo del cine, para 2013 los Presupuestos Generales del Estado español limitan el Fondo de Protección a la Cinematografía a 39 millones, lo que supone una reducción del 20% respecto al ya insuficiente de este año y de más del 50% si miramos tiempo atrás, Europa Creativa aborda el incremento citado del 37% en la cantidad global de 1.801 millones, de los que el 55% corresponderían al audiovisual. Formas muy diferentes de hacer frente a la tan manipulada crisis…

Perdón por este cúmulo de cifras y porcentajes, pero considero que, ante la política del Gobierno del PP hacia la cultura (como hacia tantos otros sectores, excepto el bancario y las grandes fortunas), tenemos que mirar más que nunca a Europa porque necesitamos de ella. No se está demasiado acostumbrado a hacerlo en el cine español, que suele acusar a Bruselas de un exceso de burocracia, pero las circunstancias ya obligan. Programas como Eurimages, el actual MEDIA y el próximo Europa Creativa suponen un claro respiro para productores, distribuidores independientes y exhibidores en el panorama de desolación que estamos sufriendo, agravado por la brutal subida del IVA desde el 8 al 21%.

Cualquiera que lea el palmarés del reciente Festival de San Sebastián, pensaría que vivimos en el mejor de los mundos, con los importantes premios para Blancanieves, El artista y la modelo o El muerto y ser feliz. Pero el cine español pasa por uno de sus peores momentos debido a las contracciones financieras y la incertidumbre existente, lo que se traduce en suspensión de rodajes, aumento del paro y frustración general. “La cultura es un bien público europeo”, mantuvo en Cuenca el eurodiputado socialista Emilio Menéndez del Valle. Por estos pagos, muchos no lo han entendido.

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Octubre 2012

Más allá de la indignación


Lo primero es lo primero: subir las entradas al cine, igual que a otras actividades culturales, trece puntos de IVA, supone una auténtica salvajada (y no soy el primero en utilizar este término). Mientras la media europea está en el 10%, con países como Francia o Alemania donde se sitúa al 7%, elevar el tipo impositivo del 8 al 21% significa una ofensiva en toda regla contra un sector que sobrelleva actualmente una fuerte inversión en la digitalización de las salas. Se diría que igual que Goebbels echaba mano de la pistola cada vez que le mencionaban la palabra “cultura”, el ministro Montoro y todo el Gobierno al que pertenece echa mano de un IVA aniquilador.


Cuando escribo estas líneas, no han fructificado las gestiones para evitar el desastre. Y dudo mucho que vayan a hacerlo. Por eso, creo que hay que encontrar soluciones con el fin de paliar en lo posible la situación. Pongamos en práctica aquello tan misterioso que, ya que estamos citando a jerarcas fascistas, pronunció Franco ante la tumba de Carrero Blanco: “No hay mal que por bien no venga”… Y una primera y fundamental sugerencia se dirige al ámbito gubernamental: ¿por qué no aplicar un IVA distinto –menor en el primer caso, evidentemente– según sean entradas a películas europeas, incluidas las españolas, de aquellas que dan acceso a las que proceden de un ámbito extracomunitario? Me explico: ya que en su día no se pudo aplicar una tasa sobre los films doblados no europeos, ahora podría ser el momento de diferenciar fiscalmente lo que procede de nuestro país y nuestros vecinos de lo que nos invade, por ejemplo, desde más allá del Atlántico. Sería una manera de respaldar la “excepción cultural”, apoyando ese principio que el Gobierno parece desconocer, pero que tanto ayudaría al cine español.

Otras posibilidades se refieren al propio sector de la exhibición, donde, una vez más, habría que hacer de la necesidad, virtud. No considero que fuera encerrarse en ningún “ghetto” cultural el que las entradas costasen menos para ver nuestras películas. Que una película cuya producción haya valido dos o tres millones de euros compita de igual a igual en la taquilla con otra de cien millones de dólares y una cifra similar en promoción, supone un claro despropósito. Es como si al consumidor le valiera lo mismo un Ferrari que un Seat: no hay ningún desdoro en que este último resulte más barato; otro tanto sucedería con las películas españolas, que así resultarían más asequibles para el público. En este aspecto, debería haber una clara liberalización en el coste de las entradas, que ninguna ley determina sino que funciona por acuerdos sectoriales, donde las grandes circuitos de exhibición y las distribuidoras multinacionales (que comercializan, no se olvide, la mayoría de los títulos más potentes de la producción española) imponen hasta ahora el paso.

Además, y dentro de esa liberalización, una escala de precios aplicada con inteligencia según días de la semana y sesiones o una extensión de sistemas que ya se han experimentado con éxito, como las rebajas a la gente mayor, a jóvenes, a parados, también serían bienvenidas, al igual que los carnets de fidelización. Y, por qué no, el regreso a la fórmula de los programas dobles de nuestra infancia, o la reposición de películas de éxito que la gente de menor edad no ha visto en pantalla grande. Mucho ya se viene haciendo, pero hay que profundizar en estos métodos cuando las circunstancias son tan adversas. Todo, menos incrementar el precio de las entradas –que han experimentado una fuerte subida durante los últimos años– en la misma proporción que el IVA, lo que resultaría funesto.

Días atrás, hice una encuesta informal con un amplio grupo de adolescentes. A todos les encantaba ir al cine: porque se ve y se oye mejor que en casa, porque las pantallas son grandes y el sonido te envuelve, porque puedes divertirte junto a tus amigos, porque así ve a gusto a Mario Casas… No dejemos que este caudal de entusiasmo se pierda, mantengamos un “fuego sagrado” que precios prohibitivos para esta y otras franjas de población pueden llegar a apagar.   

Publicado en "Fotogramas"
Septiembre 2012

El misterio de los actores


Son adorados, venerados, imitados; pero también, tantas veces, odiados, insultados, vejados. Son apasionados, reivindicativos, divertidos; pero también, en muchas ocasiones, vanidosos, exigentes, caprichosos… Son los actores y las actrices, unos profesionales siempre expuestos a la mirada del público, a los vaivenes de la popularidad, unos seres especialmente vulnerables y frágiles situados en el ojo del huracán de la opinión de los demás, tan vinculada a los criterios dominantes o a los caprichos de moda. Nadie como ellos para sentirse triunfadores o desamparados, los reyes del mundo o los más desgraciados del planeta, los conductores de masas o los más débiles, incesantemente sometidos a una llamada redentora.


Son, en realidad, un misterio, porque en un misterio se basa su labor: el de cómo poder transformarse en “otro”, el de cómo llegar a instalarse en su cuerpo, su psicología y su comportamiento, en una suerte de esquizofrenia ajena al resto de los mortales. Pero un desdoblamiento que no les impide seguir siendo, de alguna manera, ellos mismos, sin renunciar a su propia personalidad, a su identidad como seres humanos. Y, en cuanto tales, nada de lo humano les resulta ajeno, nada de todo aquello que les rodea les deja indiferentes. De ahí su respuesta ante problemas o situaciones sociales y políticas, ante las que cualquiera puede y debe reaccionar pero ellos lo hacen soportados por el sostén de su popularidad y con la valentía de jugársela en ocasiones ante la opinión pública.

Son, no lo olvidemos, ante todo trabajadores por cuenta ajena, sujetos a las preferencias de productores y directores cinematográficos, televisivos o teatrales, salvo aquellas excepciones en que ellos puedan ser quienes elijan. Y, pese a la abundancia de películas, series o espectáculos escénicos, sobre ellos gravita la sombra del paro, más fuerte ahora quizá que nunca. Ya se sabe que a nadie se le obliga a ser actor (pero también eso sucede en las otras profesiones liberales) y que su número va creciendo progresivamente, surgidos de las escuelas públicas y privadas, de los cursos de aprendizaje, incluso de los “castings” a los que se presentan quienes buscan acceder de forma directa a este mundo tan fascinante como duro, tan deslumbrador como cruel.

Son, en su inmensa mayoría, trabajadores y profesionales que se atienen a un proceso de formación continua, de preparación incesante, porque ahí radica casi siempre la base de su éxito. Ya lo decía el entonces ministro de Cultura, César Antonio Molina, en sus palabras durante el acto en el que se concedió el Premio Nacional de Cinematografía a Javier Bardem: “Ser actor o actriz supone un duro trabajo, que nace del rigor y del entrenamiento, de prepararse a fondo los personajes en sus múltiples vertientes para llegar al objetivo buscado de transformarse en ellos y hacerlos creíbles a ojos del público. Sin desdeñar en absoluto lo que de innato haya en esta capacidad de recreación, que ha dado tantos nombres de gloria al cine y al teatro españoles, Javier Bardem nos aporta esa imagen del actor moderno que basa su labor en el estudio y el detenido análisis fílmico y anímico de sus personajes, imagen en la que convergen muchos otros de sus compañeros y compañeras”. El mismo Javier Bardem que ahora ha conseguido el Premio al Mejor Actor del Festival de Cannes, sumándolo a una serie incesante de galardones, y que allí mismo ha subrayado ese máximo objetivo de “eclipsarse” personalmente en beneficio del personaje. Lo que se logra gracias a la preparación y al entrenamiento, algo que nos parece evidente cuando se trata de un deportista, pero que no percibimos ni valoramos igual en el caso de los intérpretes.

Son, cuando llegan a este nivel, referentes sociales, imágenes valiosas y reconocibles de una sociedad que necesita de ellas. Lo hemos comprobado en los últimos años con motivo del triste fallecimiento de Fernando Fernán Gómez, Agustín González o José Luis López Vázquez, cuando los más diversos sectores españoles se han volcado en el agradecimiento a aquellos que les habían proporcionado tantos momentos de satisfacción, alegre o triste pero siempre intensa, frente una pantalla o un escenario. Continuar ese legado, ser fieles al compromiso que tienen con una sociedad (y del que se deriva esa actitud cívica y pública que antes mencionaba), significa su responsabilidad y la autoexigencia que deben mantener respecto a sí mismos y su profesión. Viendo, por ejemplo, hace unas semanas “La función por hacer”, donde un grupo de jóvenes actrices y actores –excelentemente dirigidos por Miguel del Arco– se “dejan la piel” para dotar de verdad y cercanía a los seis personajes pirandellianos, creo que el respeto a esos principios se halla asegurado para el futuro.

Son, en definitiva, “la sal de la Tierra”. Y, como tal aditamento, habrá a quienes siente bien, siente mal o tenga que tomarlo en pequeñas dosis. Pero a nadie resulta indiferente. Cuando Javier Bardem, Penélope Cruz, Antonio Banderas o tantos otros trabajan con los mejores directores nacionales e internacionales y reciben premios, esa sal se extiende gozosamente a todo el país. Sepamos respetarlos también cuando (excepto algún caso desafortunado), amparados por esa relevancia pública pero también por ese compromiso citado con su sociedad, ellos o distintos compañeros expresan sus opiniones como ciudadanos libres. Hay que verlos compungidos si el estreno de una película o una función va mal, como exaltantes si va bien. Supone el precio de la sensibilidad que tienen que transponer a sus personajes, y que les hace a ellos mismos tan extremadamente receptivos e incluso indefensos. En el éxito o en el fracaso, se trata de una doble sensibilidad la que se pone en juego. Porque de ahí nace su misterio, porque de ahí nace ese sabor salado que se extiende sobre todos nosotros.

Publicado en "El Mundo"
Junio 2010

El brillo de sus ojos


Tienen un brillo especial en la mirada. Sus ojos son habitualmente inquietos, inquisitivos, como si quisieran borrar las apariencias. Parecen estar buscando siempre algo que el interlocutor no sabría definir exactamente qué es, aunque adivina que va más allá de su comprensión inmediata en el cara a cara. Dicen que están un poco locos, como los porteros de fútbol, pero creo que son más bien iluminados que nos muestran caminos que nosotros no nos atrevemos a recorrer. Me refiero a las actrices y los actores, a esos seres que nos deslumbran desde un escenario, una pantalla grande o pequeña, y en los que se intuye un cierto abismo interior. Sobre todo, cuando no están interpretando un determinado personaje. Porque, ¿no están también interpretando en la vida real, en el tiempo de ser ellos mismos?


A menudo me pregunto la razón de que alguien quiera ser actor o actriz, desdoblándose en personalidades diferentes durante gran parte de su existencia. Quizá sea algo innato, algo que se lleva en la sangre: en sus biografías suele leerse que ya de pequeños imitaban a sus padres o hermanos, que les gustaba representar ante amigos y familiares, que en el colegio destacaban por ello entre sus compañeros, que se apuntaban con entusiasmo a funciones de Navidad o de fin de curso, por más que fuera para hacer simplemente de árbol o de mudo centurión romano. Y a partir de ahí, reuniones con colegas de similares preferencias, cursos de interpretación, escuelas, hasta llegar al nivel profesional. Es una descripción sensata, pero que no me basta cuando siento ese brillo en la mirada, la sensación de que pertenecen a un grupo aparte y peculiar. En otra ocasión ya me referí al “misterio de los actores” y no quiero repetirme, pero hay mucho de verdad en esa idea respecto a un mundo casi insondable para quienes no pertenecemos a él. Posiblemente, la respuesta se halle en lo que, dentro del terreno musical, dijo Rubinstein: “A veces, cuando me siento a practicar y no hay nadie alrededor, tengo que reprimir el impulso de llamar al ascensorista y ofrecerle dinero para que me escuche”

Pero junto a ese lado especial, diferente, que ha llevado a la mitificación en tantos casos, resulta que las actrices y los actores son también profesionales que tienen que vivir de su oficio, que tienen que comer y dormir bajo techo, que sufren de manera muy intensa el fantasma del paro. Es el otro lado de la moneda, la otra cara de su dimensión humana. Siempre me ha impresionado que figuras de la categoría de un Fernán-Gómez, un Paco Rabal o un López Vázquez asegurasen, incluso en los últimos días de una trayectoria artística tan sólida, que sentían la angustia de que no los iban a volver a llamar… Ante el teléfono de casa, ahora en el móvil, desde los más jóvenes a los más veteranos, todos esperan ese aviso redentor de que una función, una película o una serie los reclama. Entonces son los más felices del mundo, porque superan su debilidad ante las cuestiones materiales con la ilusión del trabajo a desarrollar. Y sus ojos renacen; vuelven a resplandecer.

Son ellos mismos los que, tantas veces, airean su vanidad. Seguramente no hasta el extremo al que lo llevó Marlon Brando cuando afirmaba que “actor es uno que si no estás hablando de él, no está escuchando”. Pero sí hay una necesidad de reconocimiento por parte de los otros, una búsqueda –en ocasiones, desesperada– de aprecio y entusiasmo. La “droga del aplauso” puede ser un tópico pero, como todos, encierra una auténtica realidad. Necesitan que sus personajes vivan, que respiren verdad bajo la piel y los cuerpos que ellos les aportan. A partir de ahí, precisan de espectadores de su trabajo, de seres humanos a quienes llegue la comunicación que proponen. El espejo está bien para los ensayos, pero, aunque sea con el monólogo más íntimo, tiene que haber alguien (el primero, su director), y preferiblemente una mayoría, que les vea, les escuche y participe con ellos de la experiencia. No existe el actor onanista, el que trata solo de complacerse a sí mismo, sino que necesita que su placer sea compartido con otros. Algo que, voluntaria o involuntariamente, acostumbran a aplicar a su vida diaria, donde también sienten la tentación de ser mirados, de ser aplaudidos, de convertirse en el centro de la reunión.

Pero hemos citado la palabra “trabajo”, y es esencial. Más allá de las vanidades superficiales, más allá del banal “glamour”, la base está en el trabajo. La preparación, hecha de horas y horas de dedicación y esfuerzo, soporta toda la estructura de la labor interpretativa. Se resalta muchas veces el valor de salir a un escenario o a ponerse delante de una o varias cámaras, lo que la mayoría de los mortales no se atrevería a hacer. Pero lo fundamental es el esfuerzo intelectual y físico que conlleva siempre una buena interpretación. Un esfuerzo que no se nota, que no se debe notar, como el de esos bailarines alados a los que, entre bastidores, ves llegar agotados, repletos de sudor y fatiga, cuando acaban de danzar su “paso a dos” o una coreografía muy exigente. Un esfuerzo tras el que siempre hay años de entrega a algo que llamamos comúnmente “vocación”, pero que implica factores bastante más complejos.

Son imprescindibles. Y ellos, los actores y las actrices, lo saben, para bien o para mal (que ambas cosas pueden darse). Para contrarrestar este principio, suele citarse tontamente el ejemplo de los dibujos animados o, ya en plan provocativo, el de la mula Francis o el cerdito Babe. Pero se olvida que, incluso en estos casos, existen las voces de unos actores que otorgan vida, fuerza y matices a lo que, por sí mismos, esos dibujos o esos animales son incapaces de dar. “Mucho más fácil es convertir a un actor en vaquero que a un vaquero en actor”, sentenciaba con esa sencillez que aplicaba a su cine John Ford, que algo conocía de interpretación.

Por analogía o por comparación, los mejores momentos de tantas de nuestras vidas están unidos al rostro y el cuerpo de estos seres indefensos y prepotentes, tímidos y exacerbados, míticos y cotidianos. Siempre hay una actriz o un actor ligados a los “flashes” temporales que conforman nuestra memoria. Son contemporáneos y eternos al mismo tiempo; de ahí que se diga que nunca mueren del todo porque guardamos sus imágenes de una u otra manera. En tiempos de oscuridad, entre los nubarrones de un futuro incierto, nos quedarán permanentemente sus figuras interpretando a Shakespeare o a Bergman, a Molière o a Wilder. Nadie mejor que ellos para acompañarnos y hacernos comprender la tragicomedia humana. Nadie mejor para hacer avanzar nuestro sentido y nuestra sensibilidad.

Publicado en la revista "Actúa"
Accésit Premio Paco Rabal 2012
Imagen: Luis Frutos

Querido Goran...




Querido Goran:

Todavía recuerdo perfectamente cuando, en los últimos días de la 40 edición de la Semana, en 1995, me reuní contigo en el Olid Meliá para decirte que queríamos organizar al año siguiente un ciclo con toda tu filmografía. Te sorprendiste, te emocionaste y nos auguraste un difícil trabajo, porque el clima bélico en que vivía la exYugoslavia no iba a facilitarnos precisamente las cosas y creías muy complicado encontrar las copias de tus películas. Además, desde tres años antes, estabas exiliado de tu país (a donde no volverías hasta 1998), por lo que tu ayuda para lograr esa retrospectiva tenía que ser limitada, aunque siempre fue generosa dada la situación. No sabíamos entonces que, solo unas horas después, el Jurado Internacional iba a otorgarte la Espiga de Oro por ‘La otra América’, por lo que todo ajustaba a la perfección. Curiosamente, lo mismo había sucedido con Abbas Kiarostami: lograr la Espiga el año anterior a que se proyectase el ciclo previsto. Era una casualidad, pero también la ratificación de que nuestras elecciones no eran equivocadas. Y así se demostró con tu retrospectiva, que –una vez vencidos numerosos obstáculos– fue seguida en 1996 con enorme interés porque tu obra era, salvo ‘La otra América’, prácticamente desconocida entre nosotros.

Desde entonces, has ganado dos veces más la Espiga de Oro: con ‘Optimistas’ en 2006 y con ‘Lunas de miel’ en 2009, por lo que te has convertido nada menos que en el único cineasta que la ha logrado en tres ocasiones. Valladolid es “tu Festival”, donde encuentras una acogida especial, ese calor distinto que se nota al estar entre amigos. A ello ha contribuido también el respaldo que siempre has tenido por parte de José María y Miguel Morales, dirigentes de Wanda Visión, que no solo han distribuido tus películas en España sino que también han coproducido los más recientes de los dieciséis largometrajes que conforman tu filmografía.

Una filmografía que, cuando publicamos el libro que sobre ella escribió para la Semana el crítico norteamericano Ron Holloway (y que luego diversos Festivales han reeditado), caracterizamos en el título como “La tragicomedia humana”. Porque en la fusión de esos elementos de tragedia y de comedia se halla una de las raíces fundamentales de tu obra, como de tantos otros exponentes de la cultura de tu país, unida a un cuestionamiento incesante de quiénes somos y dónde estamos en cada ocasión, como haciendo realidad el proverbio latino de que “nada de lo humano me es ajeno”. Si a ello se suma un estilo donde el clasicismo del lenguaje se tiñe a menudo de barroquismo balcánico, con un sustrato siempre emotivo y pasional, obtendremos una descripción bastante certera de tu cine.

Regresas ahora a Valladolid con ‘Al nacer el día’ (donde vuelves a colaborar con uno de tus guionistas habituales, Filip David), una bella película donde el tema predominante es el de la memoria, el del reencuentro con un terrible pasado y la necesidad de asumirlo, por sorprendente que sea, para conocer y completar la vida de cada persona. No avanzaré más, pero estoy convencido de que el excelente público vallisoletano sabrá apreciarla y que, de nuevo, te sentirás como en casa. Lamentablemente, no podré estar contigo en la presentación de ‘Al nacer el día’ en la Semana. Por eso, a través de EL NORTE DE CASTILLA, te envío esta carta abierta, al tiempo que mi deseo de que con ella logres la candidatura a los Oscar, para los que estás seleccionado por Serbia. Con un abrazo, que te ruego hagas extensivo a tu mujer, Christine,
Fernando Lara

Publicado en "El Norte de Castilla" de Valladolid
Octubre 2012

Alberto Iglesias. El mito de Sísifo


Si usted se sienta a ver una película en un cine y percibe que, en el momento en que surge la música, las imágenes adquieren un sentido especial, una profundidad y un carácter diáfano que antes no tenían, es que esa música es de Alberto Iglesias. Haga el experimento al revés: en el vídeo que tiene en su casa de la misma película, quítele el sonido en las secuencias que no llevan diálogos. Verá como el efecto es el contrario; todo se empobrece, se queda como huérfano de expresión, más bien vacío. Seguro que esa música que usted ha eliminado era de Alberto Iglesias.


Serio pero cordial y divertido, austero pero generoso, extremadamente sensible y educado, Alberto Iglesias responde al estereotipo del buen vasco (no por casualidad nació en San Sebastián, en 1955). Modestia y humildad son otras de sus notas características, que podrían casar mal con quien ha logrado nada menos que diez Premios Goya, tres nominaciones a los Oscar y otra multitud de distinciones; entre ellas, de la Academia Europea de Cine, la Academia Británica, los Globos de Oro e incluso el Premio Nacional de Cinematografía en 2007, a las que se suma la Espiga de Honor que le concede ahora la Semana de Valladolid Una lista de galardones que viene a hacer justicia a una trayectoria sobresaliente no solo entre nosotros, sino también en el plano internacional, donde Alberto Iglesias es reconocido como uno de los profesionales españoles con mayor prestigio.

Citemos algunos títulos que dan suficiente idea de hasta qué punto es relevante esa filmografía y, para acotarla mínimamente, fijémonos –por orden cronológico inverso– en los diez Goyas citados: ‘La piel que habito’, ‘También la lluvia’, ‘Los abrazos rotos’, ‘Volver’, ‘Hable con ella’, ‘Lucía y el sexo’, ‘Todo sobre mi madre’, ‘Los amantes del Círculo Polar, ‘Tierra’ y ‘La ardilla roja’, dirigidos o bien por Pedro Almodóvar o bien por Julio Médem (salvo la excepción de Icíar Bollaín), los dos cineastas españoles con los que más ha colaborado. O detengámonos en las tres nominaciones a los Oscar: ‘El jardinero fiel’, de Fernando Meirelles; ‘Cometas en el cielo’, de Marc Foster, y ‘El Topo’, de Tomas Alfredson. Films todos ellos en que la deseada fusión de imagen y música llega a su máximo nivel.

Quizá mejor que nadie lo ha expresado el propio Iglesias: “Lo que trato siempre es de encontrar el eco de donde ha nacido la película, lo que busco es que la música contenga plenamente la idea que tiene el director, devolviéndole su impulso en forma de creación musical”. Eco e impulso que encontramos siempre en los grandes compositores de la historia del cine, concretamente Bernard Herrmann o Nino Rota, los dos a quienes Iglesias más admira. Y sigamos con sus palabras para determinar cómo se produce la comunicación con el espectador: “En la música de cine, yo creo que se establece una cita continua de ‘lugares comunes’ que vienen desde el post-romanticismo y que son asimilables por una especie de inconsciente colectivo. El público sabe relacionar un estado psicológico con un estado visual, dentro de una relación que es muy abierta pero muy cambiante. De ahí que me interese la música de cine como uno de los principales lenguajes de la música que está en permanente contacto con la manera de percibirse y, sobre todo, con una región de la percepción que casi siempre pasa desapercibida, que es la del inconsciente”. Lenguaje musical que Iglesias no ha limitado al cine, sino que lo ha extendido a otras disciplinas como la danza (con diversos trabajos para Nacho Duato), las instalaciones plásticas (de Juan Muñoz, en especial) u obras específicamente musicales, de una enorme variedad y riqueza de inspiración.

Si hay un libro clásico sobre la música cinematográfica, es el que Adorno y Eisler le dedicaron. En él entendían al compositor cinematográfico como una especie de Sísifo, pero en sentido positivo: no por acarrear piedras tan incesante como infructuosamente hasta un monte del Hades, sino al contrario, “por aportar sus notas para hilvanar la acción, para unir o separar los diferentes tiempos o escenarios, para que la construcción de la narración fílmica y de la narración se hagan más fluidas, más candentes y se eleven a la categoría de expresión a través de la música”, puesto que “la exigencia fundamental de la concepción musical del film consiste en que la naturaleza específica de éste debe determinar la naturaleza específica de la música, o a la inversa”. Así, mediante tal fusión de lenguajes, Alberto Iglesias vendría a ser como ese Sísifo creativo que interviene en beneficio de unas películas que, indudablemente, no serían las mismas sin su decisiva aportación.

Publicado en "El Norte de Castilla" de Valladolid
Octubre 2012

Con "Amour", Haneke logra su segunda Palma de Oro


Se ha hecho justicia. Y como preveíamos ayer, ‘Amour’, de Michael Haneke, se ha llevado con todo merecimiento la Palma de Oro. Estaba muy por encima del resto de las películas vistas este año en Cannes, y ese máximo galardón viene a recompensar la enorme valía cinematográfica e intelectual del último film del realizador austriaco, que reedita así su triunfo de 2009 con ‘La cinta blanca’. La historia del profundo amor que en la senectud viven la pareja formada por Georges y Anne, influenciada decisivamente por la progresiva enfermedad de ella, viene expresada por Haneke con tanta sabiduría como sensibilidad, dando a cada plano su sentido y medida exactos. Lástima que los premios de interpretación no hayan ido a parar a Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, que encarnan al matrimonio protagonista, pero quizá el Jurado haya pensado que la Palma de Oro ya abarca a todos cuantos han intervenido en ‘Amour’.


Muchísimo más difícil resulta adivinar qué es lo que han encontrado en la labor de Carlos Reygadas para concederle, por ‘Post Tenebras Lux’, nada menos que el Premio a la mejor Dirección. Casi todo palmarés tiene su disparate, y este es de los que hacen época. Acogido con abucheo y rechifla en la sala de Prensa, como era lógico tras ser el film de la Sección Oficial peor valorado por los críticos, el reconocimiento al cineasta mexicano posee una “lectura” peligrosa: si la labor que, según el Jurado, debe desempeñar un director es esta, vamos por mal camino. Premiar al tiempo a Haneke y a Reygadas supone una excesiva incoherencia por parte de un Jurado que, presidido por Nanni Moretti, estaba formado por los también directores Alexander Payne y Raoul Peck, la directora Andrea Arnold, las actrices Diane Kruger, Emmanuelle Devos e Hiam Abbass, el actor Ewan McGregor y el modista Jean Paul Gaultier, que no se sabía muy bien qué hacía en él. Son prácticamente los únicos en todo Cannes, además del Comité de Selección, que le ha encontrado algún sentido a ‘Post tenebras lux’. Menos mal que la locura no se ha extendido hasta ‘Holy Motors’, de Leos Carax…

Lo de elevar a ‘Reality’ hasta el Gran Premio, sin duda excesivo, ya suponíamos ayer que pertenecería al presidencialismo de Moretti y su deseo de respaldar a su compatriota Matteo Garrone por encima, sobre todo, de ‘De rouille et d’os’, de Jacques Audiard, que se ha quedado indebidamente fuera del palmarés, casi igual que ‘La caza’, de Thomas Vinterberg, reducida al Premio al Premio al Mejor Actor para Mads Mikkelsen y al, no oficial, Premio Ecuménico. Excluidas totalmente de los galardones han quedado ‘En la bruma’, de Sergei Loznitsa (sin embargo, Premio de la Crítica Internacional), o ‘Mud’, de Jeff Nichols, precisamente los dos únicos títulos valiosos de la decepcionante segunda parte de un Festival que, finalmente, se ha movido lejos del nivel de la extraordinaria pasada edición. Aunque el gran perdedor de este año es el cine norteamericano, que no ha visto ninguna de sus diversas participaciones dentro del palmarés.

Donde sí ha encontrado acomodo, con el Premio del Jurado, Ken Loach y su simpática y divertida ‘The Angels’ Share’ y, por partida doble, la rumana ‘Más allá de las colinas’ debido al trabajo de sus dos jóvenes protagonistas, Cristina Flutur y Cosmina Stratan, y al guion de Cristian Mungiu, galardón todavía más discutible por el carácter dubitativo y la carencia de un propuesta concreta que lastra desde su inicio esta discursiva película. Lo contrario que sucede en ‘Beasts of the Southern Wild’, de Benh Zeitlin, cuya potencia narrativa ha convencido al Jurado, distinto del Oficial, encargado de la Cámara de Oro para primeros largometrajes (tal como previmos tras su proyección en los primeros días del certamen, después de su triunfo en Sundance), aunque el de la sección Un Certain Regard en que el film estaba programado se decantase por la mexicana ‘Después de Lucía’, de Michel Franco, ante la sorpresa generalizada.

Sin duda, nunca llueve a gusto de todos y cada cual lleva un jurado en su interior. Pero hay que resaltar que grandes nombres como Kiarostami, Resnais o Cronenberg se han quedado –con obras inferiores a muchas otras suyas– en el limbo, ya no solo del palmarés sino del reconocimiento de la mayoría. Pero poco importa: al tiempo que se conocen los premios de la 65 edición ya han surgido las previsiones para la próxima. Que si Almodóvar con su comedia ‘Los amantes pasajeros’, que si Terrence Malick con ‘To the Wonder’, que si Wong Kar Wai con ‘The Grandmasters’, que si la nueva película que Woody Allen va rodar este verano en Nueva York… Cannes es como un “continuum infinitum” que nunca se detiene, que se regenera cada doce meses para que todos volvamos aquí a comprobar qué está pasando, año tras año, en el mundo del cine.

Publicado en "El Norte de Castilla" de Valladolid
Mayo 2012

Hoy va a ser un gran día


Antes de llegar a casa, ayer por la tarde, había comprado “Fotogramas” y “Cinemanía”. Su quiosquero, Micky, se las tenía reservadas desde hacía más de diez días, y le regañó en broma por su tardanza en recogerlas:

–Parece mentira, con lo que tú eres para esto del cine…, le dijo el chico, casi todavía adolescente. El aparente regaño era una forma como otra cualquiera de trabar conversación, porque estaba bastante claro que a Micky le gustaba su cliente, o al menos ella se divertía pensándolo.

Guardó sus revistas en la mesilla de noche debajo de varias prendas de ropa. Tenía que esconderlas bien, porque no soportaba que su hermano se las cogiera y las estropeara con sus manazas, su forma de doblarlas y esa maldita costumbre suya de pasar las páginas mojándose con saliva el dedo índice. Para disfrutar de un libro o de una revista necesitaba que estuvieran completamente nuevos (Micky ya sabía que era una condición inexcusable si quería que ella comprara), y así las dejaba también después de leídas, para coleccionarlas como si nadie las hubiese tocado.

–Son tontas manías de perfeccionista…, protestó una vez su madre; ella ni siquiera le replicó porque quizá era verdad, pero con eso no hacía mal a nadie –en todo caso, al pesado de su hermano– y reafirmaba su idea de que, aparte del contenido que tuvieran, una revista o un libro eran objetos bellos que valía la pena conservar sin ningún deterioro.

Le costó levantarse tan temprano, cuando aún todos dormían en casa y tenía que desayunar ella sola. Abrió levemente la puerta del dormitorio de sus padres por si se habían despertado con el ruido de sus pasos en el parqué. No, seguían en siete sueños, por lo que les dejó una nota en la mesa de la cocina: Volveré tarde porque voy al cine. No os preocupéis y no me esperéis para cenar. Un beso.

Había en la estación menos gente de lo habitual, seguramente debido a la huelga que, según escuchó en la radio, estaba convocada en la universidad. Con la carpeta en que llevaba sus dos revistas bien agarrada, subió al tren de cercanías y pudo encontrar asiento sin demasiados problemas. No era supersticiosa, pero empezar la mañana pudiendo ir sentada hasta Atocha le auguraba que aquél iba a ser un día estupendo. Seguro que ahora que tenía horario continuo y le quedaban las tardes libres podría disfrutar a tope del cine: hoy mismo había quedado con Sara y Alberto para ver en los Renoir “21 gramos” y “Lost in Translation”. Le encantaba enlazar dos películas, o más si era posible, y envidiaba a quienes iban a festivales, que encadenaban sesión tras sesión. Alguna vez pediría vacaciones para ir a San Sebastián o a Valladolid y darse un festín corriendo de sala en sala, quizá con Antoine, el chico francés que había conocido en un campamento y que, tan cinéfilo como ella, le había prometido venir a España para vivir juntos un festival. No está nada mal el plan, se dijo sonriendo a sí misma.

Un estallido seco, brutal, rasgó la mañana. Junto a su cadáver, rodeado de otros muchos cuerpos, sólo se encontró una zapatilla deportiva, un “walkman”, una cassette de Serrat y trozos de una carpeta roja con pegatinas de “No a la guerra” e imágenes de películas. Y, casi cubriendo su cuerpo, las páginas dispersas de “Cinemanía” y “Fotogramas”, que –esta vez– ya no podría guardar como a ella tanto le gustaba…

Monotonía de lluvia tras los cristales


En el principio fue “Molokai”

Niños hacinados en un gimnasio lleno de columnas. Niños que pegan chicles en los asientos, y a los que se les pegan chicles en las culeras de los pantalones. Niños con los ojos abiertos hasta el infinito, esperando que la luz se apague, que la pantalla empiece a brillar. Niños aburridos, nerviosos, metijones, serviles, pícaros. Niños de una generación sumida en el vacío y despertada a empellones.

Y el cura

Padre Damián arriba. Padre Damián abajo. Los leprosos, pobrecitos. También eran hijos del Señor, pese a sus llagas, a sus pústulas, a su miseria. Aprended, aprendamos. Aquella humildad, aquella alegría de sacrificarse por Dios, admirable, pequeños. Hay que intentar ser siempre como ellos. Hablaba y hablaba el cura. Pero la pantalla seguía blanca, no tan inmaculada como la Virgen que nos vigilaba, pero sí tan estática como su imagen de la capilla. El tiempo se dilataba hasta el infinito, hasta haber desgranado las últimas frases que buscaban nuestra salvación, llegada de la mano de Javier Escrivá.

Y todos íbamos a ser misioneros

El Bien y el Mal. El Blanco y el Negro. El Vicio y la Virtud. No nos dieron leche en polvo, ni mantequilla, ni “Phoscao” con galletas. Nos dieron esquemas, muletas, anteojeras. En nombre de un Dios todopoderoso.
Porque cuando no era “Molokai”, era “La mies es mucha”, esos negros tan salvajes a los que evangelizábamos entre todos. Soñábamos con tierras lejanas, menos divertidas que las de Julio Verne, pero en las que valía la pena dar la vida para salvar almas paganas, derramando por ello incluso nuestra última gota de sangre. Asentía el Padre Espiritual. Nos miraba complacido y, si se terciaba, nos metía mano. Estábamos en el buen camino. Quizá se hiciera una película sobre nuestra santa heroicidad. Algún día.

Y nunca tuvimos a un Jacques Prévert

Los niños de Aubervilliers podían pasarlo mal, chapotear en el agua sucia de los canalillos de las aceras, sentirse atenazados por mil y una posguerras. Pero tenían a un Jacques Prévert que les ofreció su mirada poética, su canto triste, capaz de convertirlos en metáfora de “les enfants du Monde entier”.
Nosotros no tuvimos quien nos cantara, debimos contentarnos con programas dobles los jueves, bocadillos de pan y chocolate, fútbol de Di Stéfano y Kubala, Basora y Gento, escaparates con muñecas de Mariquita Pérez, cuentos de Celia o Antoñita la Fantástica…, y “Cabalgata fin de semana”, al hogar de la mesa camilla en frías noches de invierno. Nacimos en un país de perdedores, crecimos en tierra de nadie que cualquiera pisoteaba, nos deformamos envueltos en tiempos de grisura.
Eso sí, debimos soportar que nos dijeran que nada valía tanto como la sonrisa de un niño.

Cabalgata Fin de Semana


-¡Con todos ustedes, Bobby Deglané!

Sonaba fuerte la voz desde la radio situada sobre una mesita de madera. Era noche de sábado y “Cabalgata fin de semana” concentraba a toda la familia junto al receptor. Se repetía el ritual cada siete días, sentados los cinco hermanos y mis padres en la mesa camilla, al cobijo de un cálido brasero, o en los sillones cercanos a ella para escuchar Radio Madrid. Hacía frío, demasiado para finales de octubre, y la lluvia golpeaba insistentemente sobre las ventanas del piso. Todo era igual en la única cita ineludible para que nos reuniéramos.

No, hoy no era todo igual. Apartado de los demás, cabizbajo y con aire ausente en un rincón del comedor, mi padre rompía la ceremonia semanal. No quiso hablar con nadie desde que llegó a casa, apenas unas palabras con mi madre en la cocina, que los demás no pudimos oír. Ni siquiera mi hermana, la niña de sus ojos, había conseguido arrancarle una sonrisa o un rictus de alegría. Parecía paralizado, embebido en sus pensamientos, ajeno por completo a lo que ofrecía el programa radiofónico y a los comentarios que nos provocaba.

-Y ahora, tras unos momentos de publicidad, interesantes como siempre para todos nuestros radioescuchas, llegará el inconfundible humor de Pepe Iglesias, “El Zorro”, que nos divertirá con sus simpáticos personajes.

Mi madre se acercó a él y, muy quedamente, le acarició la cara, le dijo algo al oído y puso una silla cercana a la suya para cogerle del brazo con decisión. Nosotros mirábamos sin entenderlo, pero sabíamos que algo grave estaba pasando, sin que se nos diera oportunidad de compartirlo. Era la divisa que se nos había inculcado: no hay que hablar de las cosas malas, no hay que comentar nada que sea conflictivo o capaz de romper la armonía de la familia. Así lo deseaban ellos y así lo respetábamos, pero nos resultaba muy difícil aislarnos con la radio cuando notábamos que ese presunto cielo se estaba quebrando.

-Yo soy el Zorro, Zorro, Zorrito, para mayores y pequeñitos

Sonaba ya la melodía cantada por Pepe Iglesias, que pronto iniciaba su actuación con el personaje de Catita, uno de nuestros preferidos, al menos de los más pequeños. Pero se nos quebró la diversión al comprobar que, a tan sólo unos metros, mi padre estaba llorando, con un sonido quedo que se mezclaba con el de la lluvia repiqueteando sobre los cristales. Nuestra madre hizo un gesto enérgico, como para que alejáramos la mirada de aquel llanto, para que volviésemos a una radio que en ese momento habíamos abandonado. Fuimos obedientes, una vez más, con su deseo de que no abrumarle mientras ella sacaba un pañuelo de su bolsillo para que él se enjugara las lágrimas.

-Escuchemos ahora la inimitable voz de Concha Piquer, que nos deleitará con su mejor repertorio, comenzando por “Suspiros de España”.

Estábamos acostumbrados a la expresión de cansancio y hastío que dominaba a mi padre cuando, todos los sábados a la hora de comer, regresaba de Toledo en un renqueante autocar de la empresa Galiano después de trabajar allí toda la semana como agente comercial. Le costaba reintegrarse a la vida familiar, recuperar un diálogo interrumpido durante tantos largos días, donde mi madre, además de la casa, tenía que llevar las riendas de los cinco hijos. Sólo quería descansar, dormir tranquilamente, sin que el despertador le previniera como cada mañana de la monótona fatiga de un trabajo que detestaba, tan lejano de aquella tarea de enseñar en un instituto que le depuración de la posguerra le había prohibido. Ya no nos extrañábamos de su infinito gesto de tristeza al despedirse de nosotros los domingos por la noche, en la calle Méndez Álvaro de donde salían los autobuses, antes de regresar a Toledo.

Pero aquello era distinto, nunca le habíamos visto llorar.

-El tiempo en la radio es oro, y se nos ha pasado volando. Y nada mejor como cierre de nuestra “Cabalgata” que entrevistar a Miguel Muñoz, el magnífico capitán del Real Madrid.

Sólo un tiempo después supimos que, esa noche de sábado que parecía igual a cualquier otra, nuestro padre volvía del hospital, donde le habían diagnosticado un tumor maligno en el esófago. Quiso ir solo, sin mi madre ni ninguno de mis hermanos, porque ya se temía el diagnóstico y no quería inundarles de tristeza. Sobre todo, porque se angustiaba ante la idea de cómo podríamos sobrevivir sin él, salir adelante con una mísera pensión y un pequeño seguro de vida.

Mi padre murió a los tres meses de aquella “Cabalgata fin de semana”.

Un paseo por la Gran Vía


Cuando, atravesando el viento de la Plaza de España, entre rascacielos vacíos que esperan a sus próximos inquilinos, te adentras por la Gran Vía, deseas celebrar a tu manera el centenario de la calle más popular de tu ciudad. Y recuerdas los tiempos en que, de adolescente, ibas a ella simplemente por el placer de sentirte en medio de la gente, de ver escaparates, de contemplar las grandes carteleras de los cines y las fotos de las películas que te prometían emociones sin fin. Hoy es distinto, la mayoría de esos cines han desaparecido, buena parte de esos escaparates muestran lo mismo que en otras muchas calles y quienes recorren la Gran Vía son mayoritariamente inmigrantes venidos de otras latitudes que disfrutan, en este domingo invernal, del descanso tan deseado después de una semana de trabajo o de inquietud por su futuro, por la hipoteca de la casa, por una familia tan lejana. No lejos de ellos, grupos de chicos y chicas celebran algo, no sabes si comenzando a hacerlo ahora o continuando todavía la noche anterior.

Superas Callao, añoras el Avenida, el Palacio de la Música e incluso el Imperial en los que tantas horas pasaste viendo imágenes imborrables; te detienes unos minutos en la Casa del Libro para comprar la novela con cuya lectura estás en deuda, y llegas a una Red de San Luis sin aquel templete del Metro que tanto te inquietaba. Y bajando hacia la calle de Alcalá, a la izquierda, te encuentras sin querer con el rótulo del Bar Chicote. Te gustaría evitarlo, fingir como si no lo vieras y dirigir mejor tu mirada hacia el gran ángel de la antigua Unión y el Fénix. Pero te resulta imposible hacerlo, porque el nombre de Chicote resuena con demasiada fuerza en tu memoria. No por los famosos cócteles de su fundador, tampoco por las tertulias de artistas y escritores con Mihura y Tono junto a sus compañeros humoristas de “La Codorniz”, ni siquiera por las muchachas que con ellos y otros clientes alternaban en busca de un papelito en una quimérica película o de formar parte algún día del elenco de Celia Gámez.

No, el nombre de Chicote representa para ti algo muy distinto. Es tu padre, a finales de los años cuarenta, yendo de madrugada a buscar allí estreptomicina de estraperlo para tu hermano mayor, víctima de una tuberculosis tan terrible como la de tantos niños de la interminable posguerra. Es tu padre, reuniendo como fuera el dinero necesario que el simple sueldo de agente de seguros no procuraba, con el que apenas se llegaba a fin de mes. Es tu padre, escuchando las recomendaciones de tu madre de que fuese prudente, de que tuviera cuidado por si estaba vigilada la zona, de que se asegurase al máximo de que el antibiótico no estaba adulterado. Casi ya amanecía cuando mi padre llegaba a casa, sonriente pese al intenso frío, con el pequeño tesoro en su bolsillo que le aseguraba a mi hermano un poco más de vida.

Hoy le dedico un íntimo homenaje cuando, desde la esquina de Gran Vía y Alcalá, ya diviso la Cibeles y el antiguo Palacio de Comunicaciones. Personas como él hicieron posible este Madrid de hoy, tan distinto por fortuna al que ellos vivieron entre el coraje y la esperanza.

Lo que define a Madrid


Era su primer trabajo serio para el periódico. Había estado el verano anterior como becaria y ahora la contrataban ya de redactora, aunque con un sueldo pequeño y un periodo de prueba de seis meses. Tiempo en el que tenía que demostrar su valía, convertir en realidad no sólo cuanto había aprendido en la Facultad sino, sobre todo, su sueño de siempre de llegar a ser periodista. El reportaje que le había encargado su jefe de sección no le parecía demasiado difícil: ¿Qué define a Madrid? ¿Qué paisajes, calles o edificios lo representan mejor? ¿Qué lugares especiales pueden simbolizarlo?

Se pateó la ciudad de arriba abajo. Miró una y mil veces la Cibeles y Neptuno, la Puerta de Alcalá y el Retiro, la Gran Vía y la Plaza de España, el antiguo edificio de Correos y la Telefónica, hasta las misteriosas Torres Kío y los cuatro rascacielos de la prolongación de la Castellana… Sí, todo era muy madrileño, muy peculiar, muy estupendo, pero cada vez que se decidía por algo notaba que muchas otras cosas se le escurrían entre los dedos, que no acaba de responder a lo que verdaderamente necesitaba. Y no podía volver a la Redacción sin algo consistente, de peso, que convenciera a su jefe de que no se había equivocado con ella. Bajo una apariencia sencilla, de prueba fácil para una novata, aquel reportaje era en verdad un embolado. Hasta que, entre el cansancio de su cuerpo y el desánimo de su espíritu, se dio cuenta…

Entendió, y así lo escribió, que lo que define a Madrid no son sus edificios ni sus calles, ni siquiera su tan celebrado cielo velazqueño. Lo que define a Madrid es su gente, su apertura, su hospitalidad, esa generosidad tan especial con todo aquel que llega, ese no cuestionar a nadie venga de donde venga o por los motivos que le traen. Y la tranquilidad de sentirse madrileño la ve ella reflejada en el confiado andar de aquel hombre mayor que cambió su pueblo andaluz por un oficio aprendido en tiempos difíciles; en la charla relajada de una mujer a la que todavía se le nota el acento aragonés; en la forma de tomarse una cerveza del joven vasco que decidió estudiar aquí; en la bella y profunda mirada de esta chica hondureña que se preguntaba en su tierra, entre la inquietud y la ilusión, cómo sería la capital de España… Por fin, ya tenía enfocado el reportaje sabiendo que estaba rozando un  trocito de verdad, lo máximo a lo que puede aspirar un buen periodista.  

Ahora que estamos solos



¡Por fin lo había conseguido! Después de casi un año de estar en paro, por fin había encontrado trabajo, por fin se sentía útil y no un deshecho de esa sociedad en la que vivía, malamente, de una prestación de desempleo. Y era en la Renfe donde iba a reanudar su vida laboral, nada menos que en el AVE, donde se disponía a empezar en el trayecto Sevilla-Madrid-Sevilla como auxiliar, camarero, “azafato” o como demonios se dijera. Lo único que le preocupaba era cumplir bien con su labor, que nadie pensara que era un novato incapaz, sino demostrar un dominio y un dinamismo que le valorase tanto entre los viajeros como entre sus propios compañeros.

El mundo ya no era tan opaco ni tan triste, sobre todo desde el día que la vio a ella. Ella. Fue en su primera mañana de trabajo, mientras repartía los periódicos a poco de salir de la estación. Le dio la impresión de que el vagón entero se había oscurecido y que un foco se centraba en ella para iluminarla y revelar todo su encanto y capacidad de fascinación. Quedó deslumbrado. No era especialmente bella, incluso algún análisis detallado podría demostrar ciertos aspectos de su rostro y de su cuerpo que no respondían a una suma perfección. Daba lo mismo. La forma en que le señaló qué diario prefería, en que le miró y le dijo “gracias” cuando él se lo entregó, ya nunca se le olvidarían. ¿Qué había de especial en ello? Cualquier observador habría dicho que nada en absoluto, pero él sabía que no era así, que aquella era la mujer de su vida aunque acabara de conocerla.

Se había enamorado, sí, se había enamorado. En un instante, en menos de un minuto, sin que lo pudiera prever. De manera tan tonta como, cuando de adolescente, pensó que aquella chica rubia que le sonreía bajo la lluvia ya no le abandonaría nunca. De manera tan gratuita como cuando aquella mujer bastante mayor que él le dijo que siempre le protegería. Pero esta vez era distinto, no se podían comparar la intensidad, la fuerza con que había recibido esas palabras y esa mirada únicas. Tuvo que sobreponerse durante un buen rato para poder seguir desarrollando su labor sin parecer obnubilado, sin que nadie se diera cuenta de ese “súbito trastorno tan intenso como pasajero”, como había leído que se definía al enamoramiento.

Los lunes: Sevilla-Madrid. Los viernes: Madrid-Sevilla. Éstos eran los trayectos que, todas las semanas, ella realizaba y que él controlaba con escrúpulo. Siempre elegante, vestida con falda y chaqueta excelentemente combinadas, maquillada lo justo para subrayar lo que sus más o menos treinta años le demandaban. Podía ser una ejecutiva o una alta funcionaria o una profesora universitaria. Podía ser lo que quisiera, porque seguro que era inteligente, hábil, capaz para todo. No paraba de leer, sin apenas cruzar palabra con su ocasional vecino de asiento. “Se lo guarda todo para mí”, pensaba él, “para cuando le traigo el periódico y la comida y la bebida”. Suponía, sabía que no era así, pero le ilusionaba pensarlo y se notaba sonreír en su interior como si fuera verdad.

Eran duros, casi insufribles, los días intermedios, los no-lunes y no-viernes, en que ella no estaba. Hacía su trabajo de forma rutinaria, sin más estímulo que el de cumplir adecuadamente con su labor y así poder conservar su puesto de trabajo. Sobrevivía porque, en esos momentos de monotonía y de puro trabajo mecánico, una fantasía recurrente le llenaba por entero: con el vagón absolutamente vacío de viajeros, ella y él se encontraban cara a cara, muy cerca uno del otro; y él, con voz muy queda, le decía: “Ahora que estamos solos...”. No daba tiempo para más. Ella le besaba con pasión, como si en vez de la primera fuese la última vez que lo hiciera. Y comenzaba todo un juego erótico en el que, con sus manos –suaves, dulces, eternas–, iban descubriendo mutuamente sus cuerpos, muy despacio, apenas sin hablar ni ningún otro sonido que el del propio roce de sus pieles.

Una mañana, en Santa Justa, en Sevilla, vio como un hombre la despedía con un abrazo amoroso. Otro día, a ese hombre se le habían sumado dos críos de corta edad... Pero no por eso se sintió desfallecer, ni hubo nada que se rompiera en su interior. Ella era suya durante cinco horas a la semana, un tiempo que le resultaba suficiente para dar sentido a su vida. El resto no le importaba nada, seguía esperando con el mismo anhelo la llegada de los lunes y de los viernes, porque nadie le podía privar de su presencia, de sus palabras de agradecimiento y de su cálida mirada. Todo lo contrario: quería que ella fuera la persona más feliz del mundo, que tuviera a su lado a quienes la amaran al menos tanto como él lo hacía en esos trayectos de ida y de vuelta.

Y cuando se ensombrecía su ánimo, cuando se sentía vencido por la fatiga o la rutina, siempre le quedaba su fantasía: “Ahora que estamos solos…”.