El 70 Aniversario del Festival de Cannes merecía una película
inaugural bastante mejor que la que ha abierto el certamen: ‘Les fantômes
d’Ismaël’. Contemplado entre la indiferencia general y recibido sin un solo
aplauso en la sesión de Prensa, el décimo largometraje de Arnaud Desplechin
–muy querido por este certamen y por buena parte de la crítica especializada–
ha decepcionado ampliamente. Su primera parte aún resultaba prometedora,
todavía hacía esperar algo bueno, que luego desperdicia en un segundo tramo
arbitrario, donde aquellas esperanzas quedan reducidas a cero. Mucho mejor era
cuando, como ha sucedido en varias ocasiones, la última el pasado año con ‘Café
Society’, era Woody Allen el encargado de comenzar las actividades de la
Sección Oficial.
"Les fantômes d'Ismaël", de Arnaud Desplechin
Quizá la única razón de situar ‘Les fantômes d’Ismaël’ en la
inauguración (aparte de ser francesa y de contar en la alfombra roja con
figuras patrias como Marion Cotillard, Charlotte Gainsbourg, Mathieu Amalric y
Louis Garrel, sus protagonistas) sea que hace referencia al mundo del cine. Su
personaje principal es un guionista y realizador cuya mujer reaparece después
de veintiún años sin saber nada de ella y habiéndola dado por muerta. Su
estupor y el de su actual pareja ante esa aparición casi irreal llena esa
primera parte más convincente que antes mencionábamos. Pero como Desplechin es
un cineasta “moderno” y siempre quiere hacer gala de ello, hete aquí que
paralelamente a esa historia se desarrolla, en una confusión de tiempos y
espacios, la de la película que está elaborando. Es decir, “cine dentro del
cine” o su utilización como elemento de metalenguaje, donde vida y ficción se
entremezclan de manera frecuente. Hasta el punto de que ‘Les fantômes d’Ismaël’
termina con Charlotte Gainsbourg contándole al espectador lo que finalmente
sucedió con los diversos personajes del relato, como si su autor no confiara
demasiado en que aquello quedase claro…
Parece que la versión del film que se estrena ya mismo en las
salas francesas cuanta con unos veinticinco minutos más que la que ha
inaugurado el Festival. Hecho extraño, porque, en todo caso, sucede lo
contrario, pero que de todas formas no creo que cambie sustancialmente la
opinión sobre su valía. El desquiciamiento que progresivamente se apodera de
‘Les fantômes d’Ismael’ y que arruina aquel tono sugerente con que se había
iniciado, no es cuestión de minutos más o menos.
Tampoco ha dado mucho de sí el documental ‘Sea Sorrow’ con el
que Vanessa Redgrave se pone por primera vez detrás de la cámara. Simple
continuación de su encomiable labor en favor de los refugiados que llegan
actualmente a Europa, no aporta nada realmente nuevo sobre el tema, más allá de
relacionarlo con otros éxodos históricos o con hermosos pasajes de obras de
Shakespeare. Su breve duración, 74 minutos, se sigue con interés y respeto,
pero cabía esperar una visión más personal por parte de la veterana,
inteligente y combativa actriz, que en Cannes ha presentado su trabajo fuera de
concurso. Posiblemente, el mayor significado de ‘Sea Sorrow’ sea el de situarnos
ante un asunto que va a aparecer con frecuencia en el certamen, el de esos
miles y miles de refugiados que confluyen en una Europa que los mira con recelo
o abierta hostilidad.
No se ha correspondido, por tanto, la primera jornada del
Festival con la imagen alegre y colorista que preside su cartel de la 70
edición, presente en todos y cada uno de los rincones de la ciudad: la de una
joven Claudia Cardinale sobre fondo intensamente rojo que brinca, baila o salta
con un contagioso dinamismo. Aunque se ha creado una fuerte polémica, porque la
figura de tan bella mujer ha sido tratada con “Photoshop” a fin de adelgazar
sus rotundas formas y hacerlas, si cabe, más atractivas para el público… Nada
es ya lo que parece, y menos en Cannes, auténtica feria de las vanidades, como
iremos teniendo ocasión de comprobar en los próximos días.
(Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 18 de mayo de 2017).
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