Anatomía de un productor



No es habitual que un productor proceda del campo de la crítica, el ensayo o el cineclubismo. Directores sí, hay muchos casos, pero no de quienes parecen que están más cercanos al campo económico o de gestión. Eduardo Ducay fue una excepción: fundó el importante Cineclub de Zaragoza en 1945, antes de matricularse en el IIEC (precedente de la Escuela Oficial de Cine) y desarrollar una significativa labor crítica en publicaciones como “Índice”, “Ínsula” u “Objetivo”. A partir de ahí pasó a la producción, creando Época Films, tras la que se hallan títulos de la valía de Los chicos, de Ferreri; Tiempo de amor, de Diamante, y nada menos que Tristana. Con otra firma, Classic Films, llevó a cabo Padre nuestro, de Regueiro; El bosque animado, de Cuerda, y, sobre todo, la excelente serie que sobre La Regenta escribiera y realizara Fernando Méndez-Leite para Televisión Española.
Un libro en dos voluminosos tomos, con el común título de “La pasión de ver” junto al nombre de Ducay y editado por Prensas de la Universidad de Zaragoza, le devuelve a la actualidad al recoger su vida, obra y escritos, aportando además ocho análisis y testimonios ajenos sobre sus principales trabajos. Lo ha elaborado quien fue su segunda mujer, Alicia Salvador Marañón, que ya publicase otro encomiable volumen sobre la productora Uninci, la que impulsó en su día Viridiana. No resulta, por tanto, extraño que el nombre de Buñuel se halle también muy presente en este caso como paradigma de un autor oculto para los españoles en aquellos años, pero cuya presencia física en esos dos films rodados en nuestro país sería un acicate para los jóvenes autores que planteaban una actitud crítica y combativa ante la penuria cultural del franquismo. Ducay, afiliado al Partido Comunista desde 1953 y que seguiría en él hasta el 77, fue uno de ellos y trató de llevar su compromiso hasta las imágenes que él tanto contribuyó a poner en pie.
Eduardo Ducay

Pero más que una biografía al uso, lo que propone Alicia Salvador Marañón con su libro es un homenaje por escrito al hombre con el que compartió la vida desde 2002 hasta su fallecimiento en 2016, etapa en la que él ya estaba retirado de una profesión a la que se dedicó por entero. Porque como señalaría Alonso Ibarrola con motivo de la concesión en Aragón de la Medalla al Mérito Cultural, “decir Ducay es decir Cine con mayúscula”... Un ejemplo de vocación de quien, con un carácter reservado, no precisamente fácil en apariencia, luchó siempre por un mejor cine español.

(Publicado en "Turia" de Valencia, junio de 2019).

1 comentario:

  1. Ahora entiendo por qué, consultado por el Cine Club Ingenieros en los primeros 70, fue una de las dos únicas personalidades de cine que contestaron a la encuesta sobre situación del cine español inocentemente enviada urbi et orbe.

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