"La grande bellezza" siembra la polémica en Cannes



Para unos, es la adaptación al nuevo siglo de ‘La dolce vita’ y ‘Ocho y medio’, trayendo hasta el presente todo el universo romano que Fellini inmortalizó en sus famosas películas. Para otros, se trata tan solo de una sucesión de imágenes pretenciosas y vacías, de un continuo querer y no poder estar a la altura de tan ilustre precedente. Con la italiana ‘La grande belleza’, de Paolo Sorrentino, la polémica está servida, con apasionados defensores y detractores que la discuten acaloradamente. “Sublime”, “fascinante”, “genial”, dicen los primeros; “ridícula”, “superficial”, “puro manierismo”, responden los segundos. Viene a reproducirse así, con características y protagonistas diferentes, el contencioso que el pasado año enfrentó a crítica y público a propósito de ‘Holy Motors’, de Leos Carax. La verdad es que a Cannes siempre le sienta bien la polémica.


Sin ánimo de quedarse en un cómodo término medio, hay que decir que ‘La grande bellezza’ tiene de todo: secuencias espléndidas, deseo incesante de “epatar”, momentos que quedan en el recuerdo y otros en los que apetece someter a Sorrentino a juicio sumarísimo. Desde luego, lo que no se le puede negar son ambiciones, no ya solo de remedar al mejor Fellini, sino de trazar un retrato –que busca ser irónico pero despiadado– sobre la burguesía intelectual romana de nuestros días, a través de las confesiones de un personaje tan lúcido como cínico, que actualiza el de Marcello Mastroianni en ‘La dolce vita’. Interpretado, y en eso sí está todo el mundo de acuerdo, por un grandísimo actor, tanto de cine como de teatro: Toni Servillo, que ha trabajado en casi la media docena de films realizados por Sorrentino (cinco de ellos presentados en Cannes, es un “hijo predilecto”), con mención especial para ‘Il Divo’, donde encarnaba al recientemente fallecido Giulio Andreotti.

De hecho, este martes ha venido marcado por interpretaciones de alto nivel, porque así también debe considerarse la de Michael Douglas en ‘Behind the Candelabra’, de Steven Soderbergh. Este típico “biopic” (película biográfica) del pianista y “showman” Walter Liberace, quien alcanzó una extraordinaria popularidad en Estados Unidos, sigue los pasos de su relación personal con el joven Scott Thorson (Matt Damon), que fue su amante durante cinco años. En la que vuelve a decir que será su última película, filmada en este caso para el canal televisivo HBO, Soderbergh se esmera en reproducir el mundo gay y “kitsch” que rodeaba a Liberace, poniendo un énfasis especial en la interpretación –incluso vemos a Debbie Reynolds, como la madre del protagonista, y a Dan Aykroyd y Rob Lowe– y la caracterización, con un Douglas casi irreconocible si no fuera por sus ojos y su voz. Ese “ambiente” que quedó destrozado por el sida y las drogas, en el tránsito de la década de los 70 a la de los 80, se plasma en este ‘Behind the Candelabra’, cuyo título hace referencia al candelabro que Liberace siempre situaba sobre el piano durante sus actuaciones, al que puede achacarse una visión demasiado tópica de la homosexualidad.

Y ya que nos estamos refiriendo a actores y actrices, y además de reseñar la aclamada presencia de todos los citados en la famosa “alfombra roja”, quede constancia de un fenómeno que queda muy patente este año en Cannes: su frecuente paso a la dirección, sin por ello renunciar casi nunca a estar también delante de la cámara. Así sucede, con poca fortuna por cierto, en el caso de James Franco con ‘As I Lay Dying’, insoportable adaptación de “Mientras agonizo”, de Faulkner; de Valeria Golino, con la más valiosa ‘Miele’ (ambas presentadas en Un Certain Regard); de Guillaume Canet y su comentada ayer ‘Blood Ties’; o de la insulsa y cargante ‘Un château en Italie’ (Competición Oficial), aunque en el caso concreto de Valeria Bruni Tedeschi, hermana de Carla de Sarkozy, ya se trata de su tercer largometraje como realizadora.

Con lo que les cuesta a los directores, antiguos y nuevos, poner en pie sus proyectos y encontrar la financiación necesaria para ellos, solo falta que los actores, basándose en la popularidad adquirida, les disputen también su trabajo… “Competencia desleal”, cabría llamarlo, aunque lo cierto es que, desde Chaplin, la historia del cine está plagada de ejemplos similares.

Publicado en "El Norte de Castilla", de Valladolid, 22 de mayo de 2013


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