Karla Sofía Gascón, antes Carlos Gascón, es una actriz
española que protagoniza ‘Emilia Pérez’, la película de Jacques Audiard centrada
en la improbable figura de un narcotraficante mexicano cuyo principal deseo es
convertirse en mujer. Se apoya para ello en una abogada más o menos corrupta y
con mala conciencia (interpretada por Zoe Saldaña, la princesa Na’vi de
‘Avatar’), pero encuentra la hostilidad de su esposa, encarnada por una Selena
Gómez a la que se le resiste el español, cuando Emilia, que antes era conocido nada
menos que por Manitas del Monte, pretende quedarse con sus dos hijos. Claro,
que ahora el narco y la abogada han decidido montar una ONG benéfica que ayude
a encontrar a los “desaparecidos”, víctimas del mundo de la droga. Entre ellos,
la mujer de uno de ellos, de la que Emilia acabará enamorándose… Y todo en plan
“musical”, con canciones y bailes que interrumpen la acción cuando desean sus
autores.
Lo que cuento les sonará a disparate, pero no exagero ni una
pizca al hablarles de un film que ha despertado la polémica en Cannes, con
defensores a ultranza, lo que no es mi caso. Nadie va a negar la capacidad
narrativa de Audiard, la fuerza de que dota a muchas de sus imágenes, pero ello
no le basta para justificar esta adaptación de un mediocre “musical pop”.
Cineasta admirable en títulos como ‘Un profeta’, ‘París, distrito 13’ (la
inmediatamente anterior a ‘Emilia Pérez’), ‘Un héroe muy discreto’ o incluso
ciertos aspectos de ‘Dheepan’, con la que obtuvo la Palma de Oro en 2015, no se
halla aquí a la altura de su espléndida filmografía. Siempre le ha gustado
cambiar abruptamente de género, pero en este caso parece un salto sin red que
no ha llegado a superar por la debilidad del material de base.
Mucho más humilde, pero encomiable en lo que tiene de contar
bien una historia con todos sus componentes, considero a la rumana ‘Tres
kilómetros hasta el fin del mundo’, de Emanuel Parvu. Muy típica del cine de su
país, donde los diálogos adquieren siempre una importancia básica, desarrolla
un relato de homofobia en una pequeña localidad del delta del Danubio. Allí,
por influencia de su conservadora familia y del sacerdote ortodoxo del pueblo,
un muchacho de 17 años se ve agredido, incomprendido e incluso víctima de una
especie de exorcismo a causa de su homosexualidad, solo aceptada por una
cariñosa vecina. No se busca demasiadas complicaciones su realizador a la hora
de abordar esta dramática situación, pero no hacía ninguna falta y, así, la
sencillez es la mejor virtud del film.
Nos acercamos al ecuador de la amplia Competición oficial,
compuesta por 22 películas, solo 4 de ellas dirigidas por mujeres, y vamos
comprobando que el nivel general se aleja considerablemente del muy poderoso de
la pasada edición. Porque tampoco en las secciones paralelas se están
encontrando demasiadas joyas ocultas. No lo es, fuera de concurso, ni
‘Rumeurs’, una débil sátira política sobre los dirigentes del G7 que acaba
desembocando en lo fantástico y lo esotérico, a cargo del “renacido” Guy
Maddin, en otra época autor experimental de prestigio dentro del cine
canadiense. Ni, como Sesión de Medianoche, ‘Les femmes au balcon’, segundo
largometraje de la actriz Noémie Merlant, un solo curioso manifiesto feminista en
tiempos del “Me Too” francés, llevado hacia la “comedia negra” y el “gore”, que
se aproxima bastante al cine de Álex de la Iglesia.
(Publicado en "El Norte de Castilla", 20 de mayo de 2024).
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