"Le Deuxième Acte", de Quentin Dupieux
Muy escasamente conocido en España (el próximo mes de junio se estrenará su anterior film, ‘Daaaaaalí!’), Dupieux rueda a toda velocidad película tras película, como queda patente porque en diecisiete años ha dirigido esa cifra citada de trece largos. Conocido también como Mr. Oizo en el mundo de la música electrónica, es un peculiar personaje que se inclina habitualmente por la comedia y que posee la característica de tener ideas brillantes no siempre bien desarrolladas y que suelen hacerse repetitivas. Así sucede también con este curioso ‘Le Deuxième Acte’, muestra de cine dentro del cine y que pretende acabar siendo una reflexión sobre la realidad y la ficción, apostando por la segunda para llegar mejor a la primera.
“Mi recurso es filmar lo artificial de manera realista para
convertir en totalmente creíble el absurdo que muestro. Quiero ofrecer una
burbuja de ligereza y hacer olvidar una sociedad enferma de ansiedad”, ha
declarado Dupieux sobre su obra, y no le falta razón en resumirlo así, según
pueden comprobar con ‘Yannick’, del pasado año, los abonados de Filmin. De ahí
a convertirlo en santo y seña del actual cine francés hay cierta distancia, que
Cannes trata ahora de cubrir otorgando, fuera de concurso, a ‘Le Deuxième Acte’
su muy potente sesión inaugural. Una Inauguración que contó, por una vez, con
un sugerente texto de apertura bien dicho por la actriz Camille Cottin y la
presencia estelar de Meryl Streep, a quien se concedía este año la Palma de Oro
honorífica y que fue recibida con una interminable ovación mucho más que
merecida.
Todo ello había sido prologado por ese ‘Napoleón’ que citaba
al comienzo, en una impresionante labor de la Cinemateca Francesa, que –de
acuerdo con las palabras de Costa-Gavras, su actual Presidente– “ha
reconstruido, no solo restaurado” el inmenso trabajo de Abel Gance, del que
Cannes ha mostrado la primera mitad de sus siete horas. Una obra sobre la que
se superpone una doble mirada, en la que confluyen la admiración por el despliegue
estilístico y técnico de su autor, en especial en el montaje, con el rechazo
hacia el hipernacionalismo y la hagiografía del personaje que destilan las
imágenes, convertido en el mesías redentor de la sagrada patria francesa. No es
por supuesto, la única vez en que la estética y la ética de una película se
hallan contrapuestas (el ejemplo máximo es ‘El nacimiento de una nación’, con
el homenaje de Griffith nada menos que al Ku Klux Klan, aunque estableciendo al
tiempo las bases del lenguaje fílmico en 1915), pero en el ‘Napoleón’ de Gance
también se halla muy clara esta importante dialéctica.
(Publicado en "El Norte de Castilla", 16 de mayo de 2024).
No hay comentarios:
Publicar un comentario