Hoy he soñado que Putin estaba en Cannes. Había venido a ver
‘La invasión’, el documental que un maestro del género, el ucraniano Sergei
Loznitsa, ha dedicado a la invasión rusa…, y había decidido pararla.
Cartel de "La invasión", de Sergei Loznitsa
Impresionado no ya por combates o enfrentamientos directos que el film nunca muestra, sino por esos habitantes de una nación independiente que dan sepultura a sus muertos en la guerra, que se casan, tienen hijos, se recuperan del impacto de las minas con sus ya artificiales piernas, que tratan de aprender entre alarmas aéreas y refugios, que se alimentan como pueden en tiempos de penuria e incluso sobreviven a la destrucción de sus hogares; la muy dura vida cotidiana, en suma. Al ver Putin todo ello, reconocía que se había equivocado, que Ucrania no es ese país lleno de nazis peligrosos que proclama, y se decantaba por pedir perdón, retirar sus tropas y volver a la concordia internacional.
Sueño de una noche de primavera que en nada se aproxima a la
realidad, tan tremenda la mostrada por ‘La invasión’ como la destrucción
programada de la Gaza palestina, cuyos documentales no tardarán en llegarnos.
No, el cine no posee, por desgracia, ese poder de cambiar el mundo, de
convencer a los autócratas, aunque sea mediante un trabajo tan inteligente y
sensible como el llevado a cabo por Loznitsa a lo largo de dos horas y media,
en una nueva muestra de su talento para reflejar situaciones actuales o
pasadas, como en sus obras de montaje sobre el estalinismo soviético o la
barbarie hitleriana. Así, Putin se desvanece entre las sombras de un Cannes,
sin embargo bañado por el sol y el restallar azul de su Mediterráneo. Y nos
quedamos con la amarga sensación de que la cultura no suele servir más que para
utilizarla, bajo forma de propaganda, en beneficio de los más poderosos.
Cruzando a la vía de la Competición oficial, se me presentan
dos paradojas: la primera, que necesitaría de un libro de claves del cine de
Yorgos Lanthimos, del que no dispongo, para desentrañar lo que realmente ha
querido revelarnos en ‘Kinds of Kindness’, traducible por ‘Bondades amables’ o
‘Amabilidades bondadosas’, título irónico donde los haya viendo su contenido.
Está claro que es un Lanthimos mucho más próximo al de sus películas iniciales
como ‘Canino’ o ‘Langosta’ que a las de éxito reciente, caso de ‘La favorita’
y, sobre todo, ‘Pobres criaturas’. Pero eso no es decir mucho de estos tres
mediometrajes unidos en un mismo film donde asistimos a pulsiones humanas,
destructivas, sexuales, grupales y de todo tipo que no se sabe muy bien a dónde
conducen. El libro de claves, por favor.
La otra paradoja se refiere a ‘Oh, Canadá’: ¿cómo explicarles
a ustedes por qué me ha interesado enormemente la última película del muy
veterano Paul Schrader sin “fastidiarles” su merecido visionado cuando se
estrene en España? Porque este relato de la vida del famoso documentalista que
protagoniza Richard Gere ante unos alumnos suyos en busca de su último testimonio,
solo adquiere su auténtico sentido cuando llegamos a ese desenlace que para
nada quiero adelantarles, pero es a partir de él cuando ‘Oh, Canadá’ ofrece
toda su valía. Eso sí, les citaré que en sus títulos de crédito aparece bien
claramente mostrada la Espiga de Oro especial que el Festival de Valladolid
entregase personalmente a Schrader en 2013, señal de su aprecio por el
galardón.
(Publicado en "El Norte de Castilla", 19 de mayo de 2024).
No hay comentarios:
Publicar un comentario